La peste en San Coquein

En la villa de San Coquein los hombres habían aprendido la rigurosa disciplina de habitar entre castillos prestigiosos y castillos con puentes saltones que son la sombra de aquellos goces del reino. Durante el día, las batientes de las ventanas permanecían entornadas en apenas unos centímetros, no tanto para permitir la evacuación de humores en aquellos enfermos que se encuentran caídos por el pueblo y dejan su pestilencia con cada paso que permiten darse sus huesos desgastados. Por las noches, los vecinos atrancaban los accesos con pañuelos impregnados de vinagre y azufre, bajo la superstición de que la dolencia era una sustancia fluida y dotada de voluntad, que se alejaba de la capacidad de las callejuelas con aquella subrepticia paciencia con que la bruma del otero anegaba las cercas..
Nadie en la comarca lograba precisar la fecha exacta en que el contagio había inaugurado su reinado y como había provocado que todo el pueblo acabase fundido, extraviado y muy temerosos.Decían que entraba por debajo de las puertas, que se escondía en los pliegues de los vestidos y que aguardaba en los pozos esperando que alguien se incline presuntuosamente; los cazadores de la cordillera aseguran que la plaga descendió de los desfiladeros tras una primavera de lluvias extraordinarias; el capellán, cuyas lecturas se limitaban a los relatos de San Antonin,Proclamaba desde la catedra que el creador había sido cruel con sus manifestaciones punitivas para sancionar un agravio cuyos mortales no debían omitir con el tiempo sepultado. En los zaguanes se conciben diálogos en una voz tan baja que rozaba el silencio, y cuando la tos de un moribundo resonaba al otro lado de un pequeño caserío, es asi que los presentes abortaban la frase a medio formular, ya se hacía parte de un resoplido orgánico que toma la batuta y acusa la presencia de un fiscal invisible.
Surinam no daba crédito a la doctrina de los castigos providenciales ni a la promesa de que después de tal epidemia habría un futuro más esperanzador. No lo hacía por soberbia, ni porque creyera poseer una inteligencia superior a la de los demás hombres. Tampoco ignoraba el horror de la enfermedad y lo que estaba causando en el pueblo. Había visto a jornaleros fuertes perder el dominio de sus piernas en mitad de la plaza y había visto a mujeres jóvenes consumirse en tres días, con la lengua inmóvil y la piel marcada por manchas oscuras.
Pero no quería atribuir aquellos mensajes soeces que generaban un escándalo mayor en la población, el horror y la desgracia de la enfermedad debía ser tomada y analizada desde las familias más adineradas proporcionando las herramientas a los médicos. Sin embargo desde las plazas hasta el mercado, todo se encontraba con el hartazgo pretencioso de que cualquier poblador podría mantener aquella enfermedad
“Fui testigo de cómo los deudos abandonan cuencos de potaje y mendrugos en las pequeñas puertas de los infectados antes de emprender una huida presurosa, sin atreverse a desviar la mirada. Presencié asimismo al párroco transitar las calzadas aludiendo un crucifijo de bronce enmohecido, escoltado por dos monaguillos que rociaban agua lustral sobre las manguardas señaladas como maldición“, –grita Surinam sin temor a ser abatido por algún escolta
“Pese a todo, ninguna de aquellas ceremonias me resultaba una justificación para que olviden a las personas más vulnerables. Pensaba entonces, sumido en una suerte de gélida desazón, que la fe bien podía ofrecer un consuelo oportuno al alma del moribundo, pero se manifestaba estéril para descifrar el arcano de por qué el azote seleccionaba a un sujeto específico mientras perdonaba a quien compartía su lecho, dibujando una cartografía clandestina cuya razón de ser resultaba inalcanzable para la lucidez de los mortales”, –
La memoria de su estirpe había permanecido durante más de tres siglos ligada a la administración de las fincas, los graneros y las tierras de los marqueses de la comarca. Los Surinam habían aprendido a vivir en la sombra de una casa ajena. Su abuelo había custodiado los archivos de los diezmos, aquellos libros donde la riqueza de los campesinos quedaba reducida a cifras y firmas; su padre había servido como escribano y canciller en los tribunales ordinarios de la diócesis. Durante generaciones, los Surinam habían ocupado los extremos de los banquetes señoriales, habían firmado mercedes que rara vez los beneficiaban y habían aprendido el antiguo arte de inclinar la cabeza ante una voluntad escrita.
La familia conocía el peso de las palabras de los poderosos. Una firma podía abrir una puerta, cerrar un camino o convertir una parcela en propiedad de algún condes más aventajado. Los Surinam habían vivido junto a aquella disrupción durante siglos sin preguntarse demasiado por su destino. Eran una pieza pequeña de un mecanismo que parecía anterior a todos ellos y que, según la costumbre, habría de sobrevivirlos.
Pero aquella certeza terminó el verano en que la peste llegó a los herederos de la cabeza principal. Empezaron los contagios y toda la familia se comenzó a ver perjudicada
Los nobles cerraron los caminos reales con barricadas de pino y bloqueando rutas soberanas. Expulsaron a los colonos enfermos hacia los baldíos y ordenaron quemar aldeas enteras con sus casas, animales y herramientas. Desde las galerías de sus palacios contemplaban el humo elevarse sobre los campos como si la peste pudiera ser expulsada de la tierra por medio del fuego. Para ellos, las vidas de los campesinos parecían ser otra clase de hombres que podía derribarse si amenazaba con acercarse demasiado.
El padre de Surinam no aceptó aquel razonamiento y lo tomo como una falta de respeto hacia el pueblo. Elevó una protesta ante el cabildo y citó en ella pasajes de aquel sacramento y de los antiguos jurisconsultos romanos. Sostenía que ninguna ley podía convertir el miedo en justicia ni conceder a un hombre el derecho de destruir a otro para salvarse a sí mismo. Su escrito no cambió las órdenes de los marqueses. Solo consiguió darle un nuevo nombre a su autor: sedicioso.
Poco después fue encerrado en una celda de paso y no pasaron ni unos días para que fuera encontrado muerto.Nadie supo con certeza si la muerte había sido causada por la enfermedad, por el hambre o por alguna decisión que los documentos prefirieron no registrar. Su cuerpo fue devuelto a la familia sin explicaciones, como si incluso después de muerto siguiera siendo un expediente incómodo.
Los sobrevivientes abandonaron entonces la casa que ocupaban junto a los jardines de la nobleza. Dejaron atrás las habitaciones donde durante generaciones habían servido a otros hombres y levantaron una vivienda de piedra y vigas descubiertas en el límite del pueblo, allí donde los últimos huertos terminaban y comenzaba el monte, dicha nueva casa parecía menos una vivienda que una frontera, donde a lo ancho se podría percibir los campos cultivados
Conservó el apellido y los libros de jurisprudencia de sus antepasados que tanto cariño les tiene. Los libros eran quizá lo único que había sobrevivido intacto a la caída de la familia. En ellos encontró las leyes que su padre había defendido y, entre sus páginas, la prueba de que la justicia podía ser escrita con una mano y negada con la otra.
Desde entonces se negó a asistir a las asambleas del consejo real.Cuando los administradores o los hombres de armas de los marqueses pasaban frente a su portal, Surinam no los miraba y se negaba a prestarles su tiempo. Dirigía los ojos hacia los campos, examinaba las herramientas o continuaba puliendo una azada con una lentitud deliberada. No era necesario insultarlos o tratarlos como basura. Había comprendido que, algunas veces, tan solo debia apartar la mirada y no compartir momentos con ellos.
Los hombres de la nobleza seguían atravesando el sendero, la tierra era suya como una pequeña parte del campo. No odiaba en ellos sus riquezas, sus vestidos ni sus honores. Lo que no podía perdonar era otra cosa, que hubieran hablado de la armonía del Estado mientras enviaban al fuego a los hombres que habían levantado aquellas condiciones viles y dañinas, que el orden era completamente falso y solo servía como fachada para seguir produciendo injusticias, que hubieran protegido sus palacios construyendo alrededor de ellos un reino de cenizas.
La vivienda constaba de dos estancias estrechas, un hogar de piedra y un patio interior cercado por maderas desiguales que los inviernos habían vuelto grises. Antes de la peste, Amalia cultivaba en un rincón del patio una pequeña colección de hierbas; ajenjo para las tercianas, romero para lavar las heridas y lavanda para perfumar la paja de los jergones. Aquellas plantas eran su pequeño reino y también su manera de conversar con la tierra. Cada una tenía un olor distinto que ella era la única que podía distinguir con facilidad.
Después de que aparecieron los primeros enfermos en el caserío, Amalia abandonó las eras y pasaba las tardes junto a la ventana, con las manos entrelazadas sobre la falda de lana y los ojos puestos en la cinta de tierra que atravesaba los campos hasta perderse en las estribaciones del monte de San Coquein. Miré aquel camino durante horas y parecía esperar a alguien, aunque sabía que nadie debía llegar por allí.
Elena, la única hija que les había dejado el destino, acostumbraba recorrer ese sendero todas las tardes al declinar el sol esperaba recibir alguna buena noticia. Su trayecto no era prolongado ni estrecho, avanzaba hasta la sombra de un roble milenario cuya copa dominaba la cañada, recogía las bellotas desprendidas por la brisa y retornaba al hogar con los bolsillos del delantal repletos de aquellos frutos leñosos. En ocasiones aparecía con vestigios de limo escondidos por su pantorrilla y pequeñas espinas enredadas en la cola de su cabello. Amalia amagaba con reñir a la niña por pura costumbre, pero acababa lavándole la cara con un trapo empapado en agua de rosas y dejando una de las bellotas en un plato de roble que había en la balda. Pasado un tiempo, aquel montón de cáscaras se convirtió en el vivo reflejo del paso del año.
Elena tenía ocho años y una forma muy suya de tratar con las cosa, ya que la forma de mirar el bosque era especial sobre los otros niños del pueblo que eran más inocentes e ingenuos. Se paraba ante los cipreses, torcía la cabeza y se ponía a escuchar muy atenta, esperando que los troncos le dijeran algo y emitiera algún sonido. También hablaba un montón con las plantas y los bichos, como si fueran pequeños infantes de su misma edad. Cuando Surinam le preguntaba con quién hablaba, la niña apuntaba a un rincón oscuro del patio y decía que la visita se había ido porque las preguntas de los adultos cortaba la conversación.
—No debes cambiar los límites del roble cuando notes que la luz se asoma —le advertía el padre.
—Yo no miro la montaña de esta forma—replicaba Elena con una gravedad en su voz—. Es la montaña la que extiende sus raíces bajo el suelo para acercarse hacia nosotros
Surinam solía sonreír con cierta lástima ante esas ocurrencias de la niña. Le tocaba la cabeza y le decía que tenía la mente llena de los cuentos falsos que las viejas del pueblo inventan mientras velaban a los muertos por aquel castigo peligroso. Y es que en San Coquein, de verdad, cada persona presumía de saberlo todo sobre la niebla, el idioma de los animales del monte y los ruidos extraños que sonaban bajo tierra en mitad del bosque. Las duquesas hablaban de fantasmas que vivían en los arroyos, mientras que los cazadores juraban que los lobos bajaban de los cerros no para comerse a las ovejas, sino para oler a los enfermos y ver si la peste ya los iba a matar; el cura repetía en la iglesia que la epidemia era un castigo porque la gente ya no iba a misa ni se arrodillaba ante el altar.
Surinam prefería pensar que la niña simplemente inventaba todo eso porque pasaba demasiado tiempo sola y dejaba brotar su imaginacion. Una mañana de mercado, cuando volvía con una bolsa de harina de centeno, vio a tres criados de los marqueses parados junto al pozo del pueblo. Llevaban chaquetas de tela oscura, botas altas de montar de cuero arrugado y se tapaban la cara con unas máscaras duras de tela tosca que tenían una especie de ojos largos como un búho que observa todo en la oscuridad. A su lado, dos perros de caza grandes estaban atados a una argolla de hierro. Los animales no gruñian, se quedaban con la cabeza alta, el cuerpo tenso y las orejas apuntando hacia lo espeso del monte con un temblor constante.
—Las bestias rehúsan avanzar hacia la espesura —observó uno de los hombres de armas, ajustando la correa de su máscara.
—Los perros no tienen alma para comprender la orden del señor marqués; aplica la fusta sobre sus lomos —ordenó el segundo.
Surinam conoció al hombre enseguida. Era Martín, el hijo mayor del abogado y consejero que llevaba las tierras de los duques. Casi no habían hablado desde que la familia de Surinam perdió todo su dinero y sus propiedades, pero Martín seguía teniendo la misma superioridad engreída de cuando era joven, una cara seria y fría que mezclaba el orgullo de los ricos con un gesto de aburrimiento frente a los problemas del campo y de la gente humilde.
–Ese maldito no le tengo ningun respeto, seguro ahora viene a reclamar lo que dije anteriormente por la pequeña plazuela, –responde Surinam muy al tanto de lo que vaya a comentar Martin, pero él se mantiene quieto mirando a varios lados, como si estuviese esperando a alguien.
Martin eleva la voz para ser escuchado por todos, —Para todos los oyentes quiero que sepan que desde ahora estaremos mas al tanto de la salud de cada uno de ustedes para intervenir de la mejor forma
—No todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y menos esperan consejos —dijo Surinam desde la sombra de la entrada.
Martín dio la vuelta despacio, y noto la presencia de Surinam respondiendo—Tampoco todos los hombres saben obedecer a quienes de verdad mandan —contestó.
Los dos se miraron fijamente un buen rato, acumulando el odio que sus familias se tenían desde hacía años. Detrás del grupo de los duques, el cura salió de la oscuridad del fondo de la iglesia con una cruz de hierro entre las manos. Tenía la cara flaca, amarillenta, demacrada por pasar días sin comer, y unos ojos hundidos y llenos de fiebre que parecían los de un vigilante al acecho.
—La peste no va a parar de matar gente mientras los monstruos que viven en las cuevas del monte sigan bajando a los ranchos —soltó el sacerdote con voz dura—. Hay que limpiar el bosque con fuego y espada.
—¿Limpiar qué cosa? —preguntó Surinam—. ¿Acaso los árboles pueden pecar?
—Limpiar lo que Dios ha marcado con el rastro de la podredumbre, –grita uno de los hombres de la iglesia completamente preocupado
Surinam miró a los perros. Uno se había sentado en el barro y tiritaba por momentos —A lo mejor Dios no sabe nada en este valle —dijo Surinam—. A lo mejor la enfermedad es solo un accidente de la naturaleza que la gente lo asocia con aquella religión
El cura apretó los dedos contra la cruz de hierro hasta que los nudillos se le pusieron blancos—Esa forma de dudar es justo lo que ha traído el castigo de Dios a nuestras casas.
Surinam no quiso seguir discutiendo, –Mejor me largo, no quiero seguir perdiendo el tiempo con ustedes…
Pasó de largo entre ellos caminando firme y se metió por el callejón que iba a su casa. Mientras se alejaba, escuchó el ruido del primer golpe contra el lomo del animal y el quejido ahogado que vino después. El segundo latigazo ya no sonó: un murmullo de golpe, espeso y frío como una corriente de agua bajo tierra, hizo que todos se callaran en la plaza.








