Unico
Lo que casi nadie te advierte es que encontrarlo no significa, ni de chiste, que vayas a quedarte a su lado. Y si por un milagro logras estar con esa persona, hacer planes y construir una vid a su lado, ¿quién te asegura que van a llegar juntos a ese futuro que planearon?...
Max lo aprendió por la vía rápida. Estuvo un buen tiempo con Kelly, una mujer bastante mayor que él.
Al inicio la diferencia de edad parecía un detalle sin importancia, pero con los meses la realidad pesó: ella era increíblemente inmadura para sus años.
Max era de los que entregaban todo cuando querían, pero a Kelly esa intensidad le abrumaba y le fastidiaba, evidentemente terminaron.
El proceso no le dolió tanto como esperaba; Max se había acostumbrado a una rutina gris donde dejó de amarla sin darse cuenta. Cuando ella le dijo que hasta ahí llegaban, él sintió un alivio inmenso en el pecho. Simplemente no iban hacia el mismo lugar.
Por otro lado estaba Sergio... Cuando conoció a Lewis creyó, sin dudarlo, que había encontrado al hombre de su vida.
Sergio amaba con un fuego desbordante, tanto que a veces Lewis le confesaba sentirse asfixiado.
Pasaron cinco años juntos. De pronto, Sergio comenzó a notar cambios sutiles en su novio: citas canceladas a última hora, excusas interminables sobre juntas urgentes y exceso de trabajo.
Un día, tras meses sin quedarse a dormir en casa de Lewis, Sergio abrió la alacena para buscar la crema de avellanas que había comprado para sus visitas, pero el frasco estaba vacío. A Lewis jamás le había gustado eso. ¿Quién se la había comido?
Sergio le contó la situación a su mejor amigo, Nico, pero este solo se burló diciéndole que estaba alucinando, y Sergio prefirió creerle. Poco después, mientras iban en el auto de Nico, Sergio vio un reloj en la guantera idéntico al que le había regalado a Lewis por su aniversario. Nico lo cerró de golpe y dijo que era de un tipo que conoció en un bar.
Sergio volvió a cerrar los ojos.
La situación pareció estabilizarse cuando Lewis le propuso matrimonio. Sergio pensó que ese compromiso arreglaría la distancia, pero fue todo lo contrario. Cuando le dio la noticia a Nico, este reaccionó con una molestia algo extraña. Además, la preparación de la boda cayó al cien por ciento sobre las espaldas de Sergio; Lewis nunca tenía tiempo.
Tras casi dos meses sin ver a su prometido, cansado de que no le contestara las llamadas, Sergio decidió darle una sorpresa. Compró su cena favorita y manejó hasta su casa sabiendo que al tipo siempre se le olvidaba comer cuando trabajaba mucho.
Usó su llave para entrar en silencio, en el pasillo encontró prendas de ropa tiradas en el suelo. Y desde el fondo, al final del pasillo, venían gemidos sofocados.
Con las manos temblando violentamente y la caja de la cena apretada contra su pecho, caminó paso a paso. Empujó la puerta de la habitación, la cual estaba entreabierta.
La escena le revolvió el estómago de inmediato. Nico, su gran "amigo", estaba desnudo sobre Lewis.
Sergio no lo pensó, un ataque de rabia se apoderó de él; dejó caer las cosas, entró a la habitación y tomó a Nico del cabello, tirándolo al suelo de un jalón.
—¡Esto no es lo que parece! —exclamó Lewis levantándose a toda prisa, cubriéndose torpemente.
—¿¡Que no es lo que parece!? —gritó con la voz rota— ¡Dime qué carajos es entonces!
Lewis intentó acercarse, pero Sergio lo frenó con una cachetada.
—¡Eres un imbécil! Te di mi vida, te di todo durante todos estos años... ¿y así me pagas?
—Sergio, yo... —intentó hablar Nico desde el piso, sobándose la cabeza.
—¡Tú te callas! —le apuntó con el dedo temblando de coraje— Jamás lo esperé de ti. Qué ciego fui... Todo tiene sentido ahora, por eso te encabronaste cuando te conté de la boda. Debieron ser sinceros, si tanto querías estar con él me hubieras dicho la verdad antes de que este pocos huevos me pidiera matrimonio.
Sin esperar una respuesta más, Sergio dio media vuelta, salió de la casa y borró a esos dos de su vida para siempre.
Pasaron los días y el despecho cobró su cuota. Sergio hizo algo que casi nunca acostumbraba: irse a emborrachar solo a un bar. Una noche, apenas llevaba un par de tragos, se quedó mirando fijamente el anillo en su dedo, con la cabeza apoyada sobre la barra.
Alguien se sentó en el taburete de al lado.
—¿Quieres un trago?
Sergio alzó la mirada y se topó con un chico rubio de ojos azules intensos. Lento, se enderezó en el asiento.
—Sí... un tequila doble —contestó.
El chico dejó escapar una leve risa.
—¿Dije algo gracioso? —cuestionó, alzando una ceja.
—No, para nada. Eres agradable.
—Ni siquiera me conoces.
—Perdón, qué mal educado soy, Max, ¿y tú?
—Sergio.
Max empezó a sacarle platica de forma natural, sin presiones. Logró lo que nadie había podido en semanas: sacarle una sonrisa.
En un momento, las miradas de ambos se cruzaron más de la cuenta. Sergio bajó la vista hacia los labios del rubio y se fijó en un lunar sumamente tentador.
Max, por su parte, observó los ojos café de Sergio, notando cómo la luz del bar les sacaba destellos verdosos.
—¿No quieres ir a un lugar más...? —murmuró Sergio.
—¿Más?
—Privado.
Max captó la indirecta al instante. Pagó la cuenta de ambos y caminaron hacia el estacionamiento.
—Tú me diriges —dijo Max subiendo al auto.
Sergio manejó hasta un motel discreto a las afueras. En cuanto bajaron del auto, antes siquiera de sacar las llaves del cuarto, Max acorraló a Sergio contra el costado del coche, tomándolo firmemente de la cintura para besarlo con un deseo brutal.
Eso era exactamente lo que Sergio necesitaba: sentirse deseado, dejar de sentirse como el idiota al que engañaron en su propia cara.
En medio del beso, el brillo del anillo atrapó la mirada de Max.
—¿Estás comprometido?
Sergio miró la joya un segundo.
—No, ya no.
Se arrancó el anillo con furia y lo lanzó lo más lejos que pudo al estacionamiento, mandando al demonio el último recuerdo de esa traición.
Max no esperó más, lo cargó y Sergio enredó de inmediato sus piernas en la cintura del rubio, devolviéndole el beso con desesperación. Max abrió la puerta de la habitación como pudo, entraron tropezando y dejó caer a Sergio con cuidado sobre el colchón.
El calor dentro del cuarto se volvió denso. Max se quitó la playera de un solo tirón, dejando ver sus hombros anchos, y comenzó a desvestir a Sergio despacio, besando cada zona de piel que iba descubriendo hasta dejarlo solo en ropa interior. Sus manos, cálidas y firmes, empezaron a acariciar el vientre de Sergio, sacándole el primer jadeo de la noche. Momentos después, ambos quedaron completamente desnudos sobre las sábanas.
Max buscó a tientas en el buró hasta encontrar un sobre de lubricante. Preparó la entrada de Sergio con paciencia, usando sus dedos con lentitud, sintiendo cómo los músculos del pelinegro se relajaban al ritmo de sus besos en el cuello. Sergio ahogaba los gemidos apretando las sábanas, sintiendo una corriente recorrerle el cuerpo con cada roce.
Cuando consideró que estaba listo, Max se colocó el condón y lo penetró de un solo movimiento, firme y profundo. Sergio arqueó la espalda al sentirse lleno, soltando una respiración entrecortada mientras sus manos buscaban los hombros de Max para aferrarse a ellos.
Max esperó unos segundos para que se adaptara y comenzó a embestir. El ritmo empezó pausado, marcando cada empuje con fuerza, haciendo que Sergio gimiera de manera constante al compás de sus movimientos.
La sensación de calor y la fricción entre ambos era abrumadora; Sergio sentía que la piel le ardía de la mejor manera posible, borrando cualquier rastro de tristeza de su mente. Max ahogaba sus gemidos juntando sus bocas en besos hambrientos, mientras Sergio enredaba los dedos en su cabello, jalándolo levemente para profundizar el roce.
Cambiaron de posición varias veces en medio de la noche. Max lo tomó de lado, luego con Sergio arriba tomando el control, y finalmente de espaldas, buscando siempre ese ángulo exacto que hacía a Sergio temblar por completo.
Cada embestida de Max era precisa, cargada de una energía sofocante que los llevó al clímax más de una vez, dejando sábanas sudadas y jadeos fuertes resonando en la habitación hasta que las fuerzas no dieron para más y cayeron rendidos.
Al amanecer, Sergio despertó sintiendo un peso tibio sobre él: la mano de Max descansaba relajadamente en su cintura.
La retiró milímetro a milímetro para no despertarlo. Al sentarse en la cama observó el cuarto: era un desastre. Había ropa regada por el suelo y varios condones usados cerca del bote de basura.
Sinceramente, Sergio ya ni recordaba cuántas veces se había venido esa noche; le dolía cada músculo del cuerpo y tenía la cadera sensible, pero la sensación de descarga emocional era enorme.
Se vistió en silencio, sacó su billetera, tomó unos billetes y los dejó sobre el buró de la cama para que Max pagara la habitación.
Luego, tomó sus llaves y se fue sin dejar una sola nota.
Un par de horas después, Max se despertó pasando la mano por el lado vacío de la cama. Se sentó, se estiró perezosamente y, al voltear hacia la mesa de noche, vio el dinero.
—¡Ja! ¿Piensa que soy un prostituto o qué? —soltó Max con incredulidad, negando con la cabeza.
Sergio volvió a su vida normal, convencido de que ese encuentro no había sido más que una aventura rápida de una sola noche para desahogarse. Max hizo lo mismo, siguiendo con sus asuntos.
Sin embargo, para ninguno de los dos fue fácil dar vuelta a la página: Max no podía sacarse de la cabeza la mirada de Sergio ni el tacto de sus labios, y Sergio descubría a cada tanto recordando ese lunar.
Sin saberlo, ambos compartían la misma conclusión: esa noche en el motel había sido, por mucho, el mejor sexo que habían tenido en sus vidas.
Han pasado dos años desde aquella noche vertiginosa en el motel.
Dos años en los que ambos encontraron un consuelo inesperado y profundo en los brazos del otro, de esos que dejan una marca permanente en la memoria.
No se olvidaron, pero tampoco se atrevieron a buscarse. Ambos venían saliendo de relaciones largas y agotadoras; no era sencillo soltar el pasado ni lanzarse a ciegas a los brazos de un desconocido, por más fuerte que hubiera sido el impacto.
Pero esa noche había sido distinta en todo. Checo jamás se había sentido tomado con tanta devoción, tratado como si fuera algo infinitamente preciado. Y Max nunca había conocido a alguien tan hermoso: esos ojos oscuros que lo atraían sin remedio y esas pecas que parecían una pequeña pincelada de estrellas. Sin embargo, el tiempo siguió su curso y la rutina los absorbió, dejando aquel recuerdo como un oasis aislado.
Tras mucho tiempo de ver a su amigo encerrado en una soledad implacable, Charles decidió tomar cartas en el asunto e invitar a Max a una cita doble.
—¿Y para qué carajos quiero yo una cita doble? —protestó al teléfono, apoyado en el sillón de su sala.
—Porque Carlos y yo queremos presentarte a alguien especial —respondió Charles con tono insistente—. Ya sabes, estamos convencidos de que es totalmente tu tipo ideal.
Max accedió a regañadientes.
En el fondo, no quería pasar otro sábado aburrido en su departamento; ya había tenido demasiados y el silencio empezaba a pesarle. Llegó el día, y tras recibir la dirección por mensaje, se vistió con su mejor ropa solo porque Charles le recalcó que debía dar una buena impresión.
¿Buena impresión?, pensó Max mientras se ajustaba el abrigo frente al espejo.
Al final sería un desconocido más; fingiría que le caía bien, comería algo y se desaparecería como en todas las citas fallidas que Charles le había organizado.
Según su amigo, esta vez sí "sentaría cabeza", Max se río para sus adentros. No había nadie capaz de hacerlo sentar cabeza. Con quien creyó que construiría su vida lo había echado como si nada —aunque, para ser honestos, él tampoco sentía lo mismo al final, por mucho que al principio lo hubiera pensado.
Max llegó al restaurante y divisó a Charles esperándolo en una mesa del fondo. Se acercó y tomó asiento a su lado.
—¿Y tu novio? ¿Y tu persona "especial"? —preguntó, mirando alrededor.
—Carlos fue por su... —Charles interrumpió la frase al mirar por encima del hombro de Max—. ¡Oh, por cierto, ya vienen! ¡Por aquí, amor!
Charles alzó la mano haciendo señas. Dos figuras se acercaron a la mesa y se dispusieron a tomar asiento frente a ellos.
En ese instante, Max le daba un trago a su copa de agua. Al alzar la vista y reconocer el rostro del acompañante de Carlos, el agua se le fue por el lado equivocado y terminó escupiéndola de la impresión, salpicando la camisa del recién llegado.
—¡Max! —exclamó Charles, horrorizado.
Carlos reaccionó de inmediato y le tendió una servilleta a su amigo.
—Checo, ¿estás bien?
Checo, con el rostro serio, comenzó a limpiarse la camisa y la mejilla con cuidado.
—Estoy bien —dijo con voz tranquila, aunque sus ojos estaban fijos en el rubio.
—Tú... —murmuró Max, aún tratando de procesar la escena.
Los dos se quedaron mirando fijamente, en un silencio tenso que congeló la mesa.
—¿Se conocen? —preguntó Carlos, alzando una ceja.
—¡No! —respondieron al mismo tiempo, demasiado rápido.
Carlos y Charles intercambiaron una mirada de sospecha.
—Bueno... si ustedes lo dicen —dijo Charles sin estar muy convencido—. Sergio, te presento a Max; Max, él es Sergio.
Max recuperó el aire y esbozó una sonrisa.
—Mucho gusto en conocerte, Sergio.
—El gusto es mío —respondió Checo, manteniendo la compostura.
Durante la primera parte de la cena, Carlos y Charles intentaron por todos los medios integrarlos en la conversación. Sin embargo, las respuestas de Checo eran cortas y reservadas, al igual que las de Max. Lo peor para el pelinegro era que Max no dejaba de mirarlo; la mirada azul del rubio estaba clavada en cada uno de sus movimientos, en cómo tomaba el cubierto, en cómo bebía vino, lo que comenzó a incomodar profundamente al pecoso.
De pronto, Charles se aclaró la garganta.
—Necesito ir al baño. ¿Vas conmigo, amor?
Carlos lo miró con extrañeza.
—Pero si yo no tengo ganas...
Charles soltó un suspiro frustradoy le dio una patada por debajo de la mesa en la espinilla.
—Sí tienes, vamos —sentenció entre dientes.
Carlos se levantó sobandose la pierna mientras Charles lo arrastraba hacia el pasillo. Una vez fuera de la vista de la mesa, Charles le susurró:
—Debemos dejarlos solos.
—¿Para qué?
—¿Ya viste cómo lo mira Max?
—¿Cómo?
Charles sonrió con ternura y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Ay, amor, qué distraído eres... por eso yo te tuve que pedir ser mi novio. Ven, vamos a ver.
Desde un rincón cercano a las plantas del pasillo, la pareja los espiaba.
En la mesa, Checo intentaba seguir comiendo mientras sentía la mirada pesada de Max encima. Incapaz de aguantar más, se limpió la comisura de los labios con la servilleta y encaró al rubio.
—¿Podrías dejar de mirarme así? Pareces un imbécil.
—No pensabas eso esa noche —respondió con voz baja y pausada.
—Eso debiste olvidarlo. Solo fue una noche y ya.
—Para mí fue más que eso... —Max se inclinó un poco hacia adelante sobre la mesa—. Y yo sé que para ti también significó lo mismo.
Un leve sonrojo traicionero tiñó las mejillas de Sergio, quien bajó la mirada a su plato. Max no pudo evitar sonreír victorioso.
—¿O me equivoco?
—¿Qué quieres? —suspiró Checo, sintiendo que la firmeza se le escapaba.
—A ti.
Desde su escondite, Charles le daba manotazos en el brazo a Carlos.
—¡Te lo dije! Van a ser el uno para el otro.
—No creo —murmuró Carlos sobándose el brazo—. Mira a Checo, creo que le cayó mal.
—Es el idioma del amor, vas a ver que esos dos se van a querer demasiado —aseguró Charles con convicción—. Regresemos, nos vamos a ir porque esos dos van a terminar saliendo hoy, y lo digo yo.
La pareja regresó a la mesa pidiendo disculpas por la tardanza. Apenas se sentó, Charles miró su teléfono y fingió sorpresa.
—¡No puede ser!
—¿Qué pasó? —preguntó Max, alzando una ceja.
—Arthur me mandó mensaje, dice que Leo se puso mal.
Carlos se asomó al teléfono de su novio para revisar.
—Pero si no te mandó na...
Un pisotón de Charles lo dejó sin aire.
—Lo sentimos muchísimo pero nos tenemos que ir —dijo a toda prisa, tomando sus cosas—. Nosotros pagamos la cuenta y luego nos invitan ustedes. ¡Nos vemos!
Charles se llevó a Carlos a rastras fuera del restaurante. Checo y Max se quedaron solos en la mesa, viendo cómo la puerta se cerraba tras sus amigos.
—Bueno... nos quedamos solos —comentó Max con tono tranquilo.
Checo no lo pensó dos veces; tomó sus cosas y se puso de pie.
—Me voy.
Avanzó hacia la salida, Max dejó un par de billetes sobre la mesa y corrió tras él, alcanzándolo justo en la acera mientras el pelinegro buscaba con la vista un taxi libre.
—Te llevo —ofreció Max, poniéndose a su lado.
—No, gracias. Puedo pedir un taxi.
Max dio un paso al frente y lo tomó suavemente de la cintura, pegándose a él.
—Tu boca dice una cosa, pero tus ojos no mienten —murmuró el rubio cerca de su oído.
Checo sintió una descarga recorrerle la espalda al sentir la calidez de la mano de Max y su aliento tibio en la piel. El sonrojo volvió a traicionarlo, pero apretó los puños intentando recuperar la compostura.
—No sabes mentir.
Checo soltó un largo suspiro y se giró apenas un poco para mirarlo.
—Está bien... pero no quiero ir a un motel.
—Eso déjamelo a mí —sonrió el rubio.
Max lo guió hacia su auto, abriéndole la puerta como todo un caballero para que subiera. El trayecto hacia su departamento fue en silencio. Al llegar, subieron por el elevador sin tocarse, pero manteniendo una tensión magnética. Max abrió la puerta de su hogar y le cedió el paso.
Al entrar, el rubio caminó unos pasos y dejó las llaves sobre la mesita de la entrada.
—¿No quieres algo de to...?
Checo no lo dejó terminar. Dejó caer su abrigo al suelo, tomó a Max con ambas manos por las solapas del saco y lo atrajo hacia sí para besarlo con fuerza.
Era un beso hambriento, cargado de un deseo acumulado y de una pasión visceral, lejos de la simple lujuria. Max reaccionó de inmediato envolviendo la cintura de Sergio, devolviéndole el beso mientras avanzaban a tropezones por el pasillo hasta dar con la habitación.
Con manos torpes por la prisa, Checo le fue quitando el abrigo y comenzó a desabotonarle la camisa una a una, bajando de inmediato al cinturón y al pantalón. Max no se quedó atrás y le despojó de la ropa con la misma urgencia. Checo empujó ligeramente a Max sobre la cama; el rubio cayó de espaldas mientras el pelinegro se desprendía del pantalón y le quitaba el suyo al rubio, quedando ambos en ropa interior.
Checo se subió encima de Max, horcajadas sobre sus muslos, y los besos se reanudaron con más fervor. Sergio comenzó a bajar por el cuello y la clavícula, dejando marcas rojas con sus labios y dientes, marcando el terreno, queriendo asegurarse de que el rubio lo recordara durante mucho tiempo.
Max soltó un gemido bajo, tomó el rostro del pecoso entre sus manos y lo trajo de vuelta para profundizar el beso, sintiendo el calor del cuerpo del pelinegro sobre el suyo.
Checo cortó el beso apenas unos milímetros, manteniendo sus respiraciones entrecortadas chocando.
—Condones... ¿dónde están? —preguntó con la voz agitada.
Max señaló con la mirada hacia la mesita de noche. Checo se puso de pie a un lado de la cama, despojándose por completo de la ropa interior, mientras Max hacía lo propio, dejando al descubierto su erección. Checo tomó un paquete del cajón, lo rasgó con los dientes y se lo tendió a Max, quien se lo colocó con rapidez.
Sin perder un segundo, Checo volvió a subir sobre él. Acomodó las piernas a los lados de la cadera y tomó con su mano el miembro erecto del rubio para guiarse y autopenetrarse.
—Espera... necesito prepararte —dijo Max, intentando frenarlo por un instante.
—No... lo quiero ahora.
Sin más rodeos, se dejó caer sobre él. Un jadeo se le escapó del pecho al sentirse lleno sin la dilatación previa. El estiramiento dolía un poco, pero el placer superaba con creces la molestia. Puso sus manos sobre el vientre marcado de Max y comenzó a alzar y bajar la cadera con ritmo constante, dando saltos sobre el miembro del rubio.
Max dejó escapar un gruñido de satisfacción, tomó a Checo de las caderas y comenzó a empujar su pelvis hacia arriba para hacer la penetración aún más profunda.
Desde su posición, el rubio tenía una vista espectacular del cuerpo de Sergio iluminado apenas por la luz de la luna. Subió una de sus manos al pecho del pecoso y comenzó a masajear uno de sus pezones, apretándolo con la yema de los dedos.
Checo echó la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda y entregándose al placer que le recorría las venas. Los gemidos del pelinegro llenaban la habitación a cada embestida. Sin embargo, tras unos minutos de llevar el control, el cansancio físico comenzó a hacer flaquear sus piernas.
Max lo notó de inmediato y aprovechó el momento para cambiar la posición. Tomó a Checo de la cintura, lo giró sobre la cama y lo colocó en cuatro. Sin darle tregua, se posicionó detrás y lo penetró de nuevo de un solo empuje. Con una mano afianzó la cadera de Sergio y con la otra hundió suavemente la cabeza del pelinegro contra el colchón, marcando un ritmo de embestidas fuertes, profundas y placenteras que hacían retumbar la base de la cama.
—Ah... Max... —gemía sin contención, sintiendo que la fricción constante en su punto lo estaba llevando al límite muy rápido. Le encantaba la fuerza y posesión con la que Max lo tomaba.
Sintiendo que el orgasmo estaba a punto de llegar, Max sacó su miembro. Se sentó rápidamente en la orilla de la cama, tomó a Checo y lo acomodó sobre su regazo, de frente a él, para penetrarlo una vez más en esa postura. Agarró las caderas del pelinegro con fuerza para subirlo y bajarlo a su antojo, mientras Sergio se sostenía de los hombros del rubio para no perder el equilibrio.
Checo tomó su rostro entre sus manos y lo besó apasionadamente, gimiendo dentro de su boca mientras la intensidad del acto alcanzaba su punto mas alto.
La fricción, el calor de la piel y el ritmo desenfrenado los empujaron al límite al mismo tiempo; ambos alcanzaron el clímax con un espasmo violento, aferrándose el uno al otro mientras el placer los recorría en oleadas.
Exhausto, Max se dejó caer de espaldas sobre el colchón, trayendo a Checo consigo para que quedara acostado sobre su pecho. Ambos se quedaron en silencio por unos minutos, escuchando únicamente sus respiraciones pesadas y los latidos acelerados de sus corazones coordinándose poco a poco.
Una vez que recuperó un poco de fuerza, Max se levantó en silencio, fue al baño y regresó con una toalla húmeda con agua tibia. Con delicadeza, comenzó a limpiar el cuerpo de Sergio, retirando los restos de sudor y fluidos con una ternura que contrastaba con la intensidad de minutos antes.
Checo solo mantenía los ojos entreabiertos, dejándose consentir.
Al terminar, Max dejó la toalla a un lado y acomodó a Checo en la cama. Se metió bajo las sábanas y atrajo al pelinegro en un abrazo, pegando la espalda de Sergio contra su pecho.
Checo se acurrucó contra el calor de Max y, sintiéndose seguro y satisfecho, se quedó profundamente dormido en sus brazos. Ambos permanecieron así, descansando plácidamente durante el resto de la noche.
Amanecio y la habitación está en silencio. Checo abrió los ojos despacio, parpadeando para adaptarse a la claridad de la mañana, y se da cuenta de que está solo en la cama. Sin embargo, un aroma delicioso a café y algo recién horneado flota desde el exterior, colándose por la rendija de la puerta.
Sin hacer ruido, se levanta, busca algo qué ponerse y encuentra una camisa holgada en el suelo; es de Max. Se la abotona con torpeza —le queda un poco grande, dándole un aire desalineado pero cómodo— y sale al pasillo siguiendo el olor.
Al llegar a la cocina ve a Max de espaldas. El rubio lleva puesto un pants gris y está con el torso desnudo.
Max siente su presencia y voltea con una sonrisa.
—Vaya, ya despertaste, dormilón.
Checo se cruza de brazos, sintiéndose de pronto un poco expuesto.
—Esto...
Max le sirve un plato con el desayuno y lo deja sobre la barra.
—¿Esto qué? —pregunto el rubio.
—Esto no debió pasar de nuevo —murmuró Checo, apartando la mirada.
—Pero pasó, y ahora estamos aquí. Come, no te preocupes por eso ahora.
Checo se sentó en un taburete y comio en completo silencio, aunque sentia la mirada atenta del rubio en cada uno de sus movimientos. Al terminar, agradeció en voz baja, se cambio con su propia ropa y se despidió de prisa para irse a su casa.
—¿Esa era mi camisa? —pregunta Max desde la puerta con una sonrisa divertida.
Checo solo agito la mano sin voltear y se marcho. Pero esa mañana marco un punto de quiebre para Max.
Mientras limpiaba la cocina, piensa en las palabras de Charles: su amigo no se equivocaba. Checo es su pareja ideal, encaja perfecto con lo que busca, y esta vez no piensa dejarlo ir tan fácil.
Los días pasan y Max se quiebra la cabeza pensando en cómo volver a verlo. Sabe perfectamente que por voluntad propia Checo no lo va a buscar; si no lo hizo en dos años, menos lo haría ahora.
Una tarde, Max está en su oficina revisando unos documentos. Tiene la vista fija en las hojas, pero su mente está divagando en el recuerdo de los labios de Sergio. La puerta de la oficina está abierta, y de pronto tocan un par de veces.
—Tengo como cinco minutos viéndote ahí pasmado y estás en las nubes. ¿Qué te pasa? —le dice Charles cruzándose de brazos.
Max se frota la cara con frustración y suspira hondo.
—Oye... ¿puedo pedirte un favor?
—Mientras no sea dinero...
—El amigo de tu novio me interesó y de verdad quiero acercarme a él —soltó Max directo al grano.
Charles alza una ceja, sorprendido.
—¿Y luego?
—Pues no tengo forma de cómo encontrarlo.
—¿Qué? ¿Eres idiota? ¿No le pediste su número?
Max niega con la cabeza, apenado.
Charles lo mira con incredulidad.
—Entonces, ¿qué tanto hicieron después de que los dejamos a solas esa noche?
Max recuerda de inmediato la sensación de los besos de Sergio y la intensidad de aquella noche. Un rubor evidente se asoma por sus mejillas.
—Verstappen... ¿qué diablos pasó ahí?
—Nada, solo tomó sus cosas y se fue, es todo.
Charles no le cree ni una sola palabra, pero decide dejarlo pasar por el bien de su amigo.
—Entonces, ¿qué necesitas?
—¿Podrías decirle a Carlos que me pase su número o su dirección? Del resto me encargo yo.
A Charles no le tomo mucho tiempo conseguir lo que su amigo necesita. Esa misma tarde le manda un mensaje con el número de teléfono y la dirección de Sergio. Ahora Max tiene las armas necesarias para hacer que Checo se dé cuenta de que va en serio.
Durante varios días, por las tardes, el timbre de la casa de Checo comienza a sonar de manera constante. Al abrir, se encuentra con pequeños detalles: un ramo de flores, chocolates finos, o algún detalle discreto.
¿Por qué cosas sencillas?
Porque Max intuía que a Checo no le importan los lujos ni los regalos ostentosos; no tiene perfil de alguien interesado.
Junto a cada detalle, Max incluía una nota, haciéndole ver que su interés es genuino, que esto no se trata solo de repetir lo de una noche. Max se está enamorando, pero la gran duda que lo atormenta es: ¿Checo sentirá lo mismo?
Del otro lado, Checo vive un dilema constante. Al principio, Max empezó a mandarle mensajes que el pelinegro optaba por ignorar. Creía firmemente que el rubio solo lo buscaba por impulso, por lo bien que la habían pasado en la cama y ya.
Pero la rutina de los regalos lo desarmaban Todas las tardes tocan el timbre. Sale, recoge las flores, los chocolates o algún postre, lee las notas y una inevitable sonrisa se dibuja en sus labios. Sabe perfectamente que son de Max. Al principio pensó en cómo diablos había conseguido su dirección, dedujo rápidamente que tuvo que ser obra de Carlos y Charles.
Una tarde llego un nuevo ramo enorme. Ya no sabia dónde meter tantas flores en su casa. Entro a la habitación, dejo el arreglo sobre la cama, saco la pequeña tarjeta del sobre, que decia:
“Desde que te conocí, no pude olvidarte. Esto no es solo por lo que tú crees que es; yo quiero ir en serio. Permíteme demostrártelo.
P.D. Tienes unos ojos tan bellos.
Atte: Max Verstappen”
Checo mordía su labio inferior, sonriendo de manera involuntaria. Es obvio que el rubio no le es indiferente, pero el miedo lo paraliza. Miedo a volver a sentir el dolor de una traición, a entregarse y terminar lastimado como le pasó en el pasado. Por eso sigue ignorando los mensajes donde Max le pregunta cómo le va en el día, si llovió, o si ya comió.
El empeño de Max es real, y eso asusta más que la indiferencia.
Hasta que un día, cansado de disparar al aire, Max decidió atacar directamente.
Como dice el dicho: si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña.
Saliendo de trabajar, condujo hasta la zona donde vive Checo. Estaciono el vehículo al otro lado de la calle, dispuesto a esperar pacientemente el tiempo que sea necesario. El cansancio de la semana le pesa; pasan las horas y empieza a cabecear contra el volante, vencido por el sueño, hasta que el sonido de un motor lo hace sacudirse de golpe.
Ya es de noche, agudizo la vista bajo la luz de la farola y ve a Checo descender de su auto. Lo observa abrir la puerta trasera, colgarse una mochila al hombro y bajar una caja bastante pesada.
Sin pensarlo dos veces, se baja de prisa y cruza la calle para ayudarlo. Checo camina tambaleándose un poco por el peso, cuando de pronto siente cómo se la arrebatan de las manos.
—Buenas no... ¿qué traes aquí, piedras? Pesa muchísimo —dice Max cargando la caja con facilidad.
—¡Eso a ti no te importa! ¿Qué haces aquí?
—Quería verte.
Checo intenta arrebatarle la caja, pero Max la hace a un lado con agilidad, jugando un poco con él mientras intenta esquivarlo. Entre tanto jaloneo, Checo se descuida un segundo y Max aprovecha para darle un beso rápido en la mejilla.
—Oye... entiende de una vez, lo que pasó solo fue sexo de una noche —protesto cruzándose de brazos, aunque sus mejillas lo delatan.
—Para mí no lo fueron, y de hecho ya van dos —responde el rubio con una sonrisa de lado.
—Pues las que hayan sido, fue algo casual y ya.
—Yo no quiero nada casual contigo, Checo. Quiero ir en serio.
—No te creo nada —dice el pelinegro, intentando de nuevo quitarle la caja.
—¿Entramos? De verdad que esto está pesado y me estoy quedando sin fuerza.
Checo soltó un suspiro de derrota. Saca las llaves, abre el pequeño portón y luego la puerta de su casa, dejándolo pasar. Max entra y echa un vistazo rápido: es una casa cálida, ordenada y sumamente acogedora.
—¿Vives solo? —pregunto el rubio.
—No intentes hacer nada extraño, Verstappen.
—No vengo a eso, no te ataques. ¿Dónde pongo esto?
—En el comedor.
Max camino hasta la mesa y dejando la caja con cuidado. Al inclinarse nota lo que hay dentro: montones de hojas de colores, dibujos infantiles, tijeras y materiales escolares.
—¿En qué trabajas?
Checo deja su mochila sobre el sillón y se aflojo un poco el cuello de la camisa.
—Soy maestro de preescolar. ¿Y tú?
—Asesor financiero.
Sin decir más, Checo desapareció por el pasillo rumbo a su habitación. Sale minutos después con ropa mucho más cómoda y ligera.
—¿Sigues aquí?
—Pues... quiero hablar contigo.
—Lo estamos haciendo.
—Buen punto... —Max se froto la nuca, de pronto sintiéndose extraño. Checo se cruza de brazos esperando—. Espera, que así me pones más nervioso.
Max toma una bocanada de aire y lo miro fijamente.
—Ya te lo había dicho afuera: quiero ir en serio contigo, que seamos pareja, que hagamos equipo. Y sé perfectamente que no me eres indiferente.
—¿Y qué te hace pensar que me gustas?
Max acorto la distancia entre ambos con pasos lentos, hasta quedar a pocos centímetros. Alza una mano y le acaricia la mejilla con ternura.
—Tus ojos no mienten, Checo. Me dicen que me deseas, y no hablo solo del aspecto sexual; hay algo más allá de eso, y tú lo sabes perfectamente, solo que te niegas a aceptarlo. Permíteme demostrártelo... por favor.
Checo sintió que las rodillas le flaquearon ante el tacto cálido de la mano del rubio. Trago saliva, desviando la mirada hacia el suelo y luego suelta un suspiro tembloroso.
—Ayúdame...
—¿En qué? —pregunta, esperando una respuesta profunda.
Checo señala con la cabeza hacia la caja sobre el comedor.
—A preparar el material para mi aula.
Max se queda en silencio unos segundos, parpadeando varias veces, antes de soltarse a reir.
No se esperaba para nada esa petición.
—Ok... tú dime qué tengo que hacer.
Minutos después, la mesa del comedor estaba llena de papeles, pinturas y tijeras.
Checo le asigna tareas: recortar figuras, pintar algunas cartulinas y armar manualidades mientras él organiza las carpetas del curso que está por iniciar.
Mientras trabajan hombro con hombro, el ambiente se relaja por completo. Max aprovecha para hacerle preguntas sobre cómo es trabajar con niños pequeños, y Checo, poco a poco, va bajando la guardia. Sus ojos brillan con entusiasmo mientras cuenta anécdotas tiernas de su salón de clases, sacándole sonrisas a Max.
La plática, sin darse cuenta, se torna más profunda. Checo termina confesando, con la voz un poco más apagada, lo que pasó en su pasado: cómo estuvo a punto de casarse y descubrió la infidelidad de su expareja con quien creía su mejor amigo.
—Pues vaya amigo que tenías.
—Sí, un completo idiota.
Max estira la mano y le acomoda con delicadeza un mechón detrás de la oreja.
—Tienes una sonrisa muy bonita, deberías usarla más seguido.
Checo se sonroja y baja la vista al papel que está recortando.
—Ya hablé demasiado de mí, sigues tú.
Max se encoge de hombros y le cuenta sobre su relación pasada con Kelly, la diferencia de edad, cómo al principio creyó que era amor intenso pero terminó volviéndose una rutina gris llena de desplantes, hasta que el amor simplemente se apagó.
—Y bien... —lo miro Checo con seriedad—. ¿Quién me asegura que no harás lo mismo conmigo? ¿Que no llegará un punto en el que te canses y dejes de quererme?
Max deja las tijeras sobre la mesa, se gira por completo hacia él y le toma las manos.
—Si es necesario, soy capaz de borrarme la memoria una y mil veces solo para volver a gustar de ti como la primera vez.
—Estás loco.
—Tal vez, pero lo estoy por ti. Sé que aún es muy pronto para decirlo, pero... siento que ya te amo, Checo.
Sergio se queda helado. Al mirar esos ojos azules no ve juegos, ni segundas intenciones; hay una sinceridad tan pura y cruda que lo desarma por completo.
Para disimular el nudo en la garganta, Checo se pone de pie de golpe.
—¿Quieres algún bocadillo? Puedo preparar algo rápido.
—Como gustes.
—Pon algo en la televisión y ahorita te lo llevo.
Max asiente y camina hacia la sala, encendiendo el televisor en un canal aleatorio.
Checo se refugia en la cocina, tratando de calmar los latidos desbocados de su corazón mientras prepara un par de sándwich rápidos y sirve dos vasos con refresco en una charola.
Cuando sale de la cocina dispuesto a llevarlo a la mesita de centro, se detiene al ver una escena sumamente adorable.
Max se ha quedado dormido en el sillón. El cansancio acumulado de la semana lo vencieron; su cabeza está recostada de lado contra el respaldo, respirando de manera tranquila y con el rostro relajado.
Checo deja la charola en la cocina, va a su habitación por una manta y regresa a la sala. Apaga el televisor para que no haya ruido y cubre con cuidado el cuerpo del rubio.
Luego, se arrodilla lentamente frente al sofá, quedando a la altura del rostro de Max. Con una timidez impropia de él, alarga la mano y le acaricia unos mechones de la frente.
Max se remueve un instante, buscando el calor de su mano, pero no se despierta.
Checo lo observa dormir un largo rato, notando lo tranquilo y en paz que se ve sin el estrés del día a día. Una calidez desconocida le inunda el pecho, y mientras acomoda la manta bajo su barbilla, susurra para sí mismo:
—¿Llegar a amarte?... Siento que ya lo hago.
Semanas después de visitas constantes a su casa, de enviarle ramos de flores y comidas calientes a su trabajo, Max seguía al pie del cañón, demostrando con hechos y constante paciencia que su interés no era un capricho pasajero.
Una tarde, mientras estaban sentados en la sala con un par de tazas de café sobre la mesa, Sergio dejó de dar rodeos. Miró al rubio a los ojos y suspiró.
—Está bien... tal vez podamos intentarlo —dijo Checo, jugando con la asa de su taza—. Al cabo ya nos conocemos hasta los pecados.
—¿Entonces? ¿Quieres ser mi novio?
—Sí —asintió, señalándolo con un dedo acusador pero sin perder la sonrisa—. Pero cuidado con que me rompas el corazón, porque te juro que te mato.
Max no esperó un segundo más. Se levantó, lo tomó firmemente de la cintura, pegándolo a su cuerpo, y con una mano le acarició la mejilla con delicadeza.
—Eso jamás va a pasar, prefiero que tú me lo rompas a mí. Antes muerto que hacerte sufrir... De hecho, las únicas lágrimas que vas a derramar por mi culpa serán cuando me tengas dentro de ti.
—¡Max! —exclamó Checo, sintiendo cómo el rubor le quemaba hasta las orejas mientras le daba un leve empujón.
El rubio lo soltó, riendo abiertamente.
—Es broma... pero si no quieres, no es broma.
—Eres un idiota.
—Pero soy tu idiota —respondió, inclinándose para darle un beso rápido en los labios—. En esta y en mil vidas más.
Así comenzaron a correr los meses.
Iban a citas, a cenar, al cine o simplemente a caminar por el parque. Algunas salidas resultaban ser un desastre por culpa del clima, del tráfico o de restaurantes llenos, pero siempre buscaban el lado positivo y terminaban riéndose del caos.
En el camino, ambos se sorprendieron del otro. Max no era la persona fría y exageradamente seria que proyectaba en su trabajo; tenía un sentido del humor torpe y detallista. Y Checo, por su parte, era mucho más divertido y ocurrente de lo que el rubio se imaginó al principio.
Ambos sentían que habían encontrado a su otra mitad. No había empezado como en un cuento de fadas, sino como un acostón desesperado de una noche tras una traición dolorosa, pero esa chispa los había traído hasta aquí: a una relación maravillosa.
Aunque cada quien mantenía su propio espacio, la distancia de vivir separados comenzaba a volverse innecesaria. Una noche, mientras estaban recostados en el sillón de la casa de Sergio viendo una película de la que ya no estaban prestando atención, Checo rompió el silencio.
—¿Maxie?
—¿Mm? —respondió el rubio, acariciándole el hombro con lentitud.
—¿Y si vivimos juntos?
Max se quedó congelado un segundo y bajó la mirada hacia él.
—¿Qué?
—Obvio, si tú quieres... no es que sea obligatorio ni nada —se apresuró a decir, un poco apenado por la forma en la que soltó la propuesta.
Max lo interrumpió, tomándolo del mentón para que lo mirara.
—Es lo que he estado pensando últimamente.
—¿En serio? —los ojos de Checo se iluminaron.
—Sí. Pero ¿dónde? ¿Aquí o en mi departamento?
—Aquí, obvio... si tú quieres —sonrió Sergio—. Es más amplio y me queda más cerca de la escuela.
Max le dio un beso tierno en los labios, prolongándolo por varios segundos.
—Si así lo deseas, así será.
A los pocos días comenzó la mudanza. La casa de Sergio se llenó de cajas, ropa de Max y de sus cosas personales.
Vivir bajo el mismo techo, despertar juntos y compartirse el día a día les trajo una felicidad simple y diaria. Organizaron comidas para que sus familias se conocieran; las cosas fluyeron con soltura y todos se cayeron bien, lo cual fue un gran alivio para ambos.
La convivencia les permitió descubrir las pequeñas manías del otro. Checo resultaba ser increíblemente ordenado con sus pertenencias, todo en su lugar. Max también mantenía el orden, pero era mucho más desastroso al momento de cocinar o dejar herramientas fuera de sitio. Aún así, se complementaban.
En más de una ocasión, Max iba por las tardes a la escuela a ayudar a Checo a mover escritorios, reparar estantes o colgar las manualidades pesadas en su aula.
Y así, sin darse cuenta, pasaron tres años de relación.
Tres maravillosos años marcados por el amor y el respeto mutuo. Compartieron viajes a la playa, locuras improvisadas, momentos de enojo que resolvían hablando antes de dormir y tristezas donde el apoyo del otro nunca faltó.
Los planes a futuro no tardaron en aparecer. Aunque aún no estaba en sus prioridades inmediatas, ambos deseaban tener hijos más adelante.
Max, en sus momentos de descanso, soñaba con tener entre sus brazos a un niño; uno con los ojitos coquetos de Checo y sus pecas.
Checo, en cambio, soñaba con tener una niña rubia como Max, de ojitos azules e intensos, a la cual cepillarle el cabello largo, hacerle peinados bonitos, ponerle vestidos y moños.
Además, tenían pactado que, cuando finalmente llegaran los niños, adoptarían también a un perro y a un gato.
Hubo una época en la que Checo comenzó a sentirse mal por las mañanas, con náuseas y mareos raros. La idea de un embarazo cruzó por la mente de Max, quien corrió a la farmacia en medio de la duda a comprar una prueba. Checo se la hizo en el baño mientras Max esperaba afuera dando pasos en círculo. Esperaron los cinco minutos... negativo.
—Bueno... a veces esas pruebas fallan —murmuró Max, tratando de disimular la pequeña punzada de desilusión.
Poco después Checo se hizo una prueba de sangre, la cual confirmó el resultado: negativo.
Al ver el papel, Sergio se desanimó visiblemente. Max se acercó por detrás y lo abrazó con fuerza, pegando su barbilla al hombro del pelinegro.
—Todo a su tiempo, mi amor —le susurró al oído—. Tal vez todavía no es nuestro momento de ser papás.
—¿Y si nunca lo es? —preguntó el pelinegro con la voz apagada.
—Algún día lo será, tenemos mucho tiempo para intentarlo... y ya sabes de qué manera —bromeó el rubio para aligerar la tensión.
Checo rompió el abrazo de golpe y le dio un manotazo en el brazo.
—¡Max! —exclamó, aunque no pudo evitar sonreír un poco.
Por esas fechas, en el trabajo de Max las cosas empezaron a ir de maravilla. Sus evaluaciones como asesor eran impecables y sus jefes le ofrecieron una promoción importante que implicaba dirigir una nueva sede... en otra ciudad.
Max pasó varios días con la cabeza hecha un nudo. Aceptar significaba irse y dejar a Checo. Sin embargo, fue el mismo Sergio quien lo animó a dar el paso.
—Tienes que aceptarla, Max. Vas a estar bien y yo también, puedo cuidarme solo —le dijo una noche mientras cenaban—. Además, Carlos y Charles se van a ir a vivir allá en cuanto se casen, así que ni siquiera estarás tan solo.
—Pero te voy a extrañar muchísimo... —protestó Max, tomando la mano del pelinegro sobre la mesa.
Checo se levantó, se acercó a su asiento y acunó el rostro de Max entre sus manos.
—Igual yo, pero esta es una oportunidad grandiosa y no la puedes desaprovechar por miedo. Podemos llamarnos todos los días, hacer videollamadas y, en cuanto tenga un espacio, iré a verte. ¿Qué dices? ¿Aceptas?
Max lo miró a los ojos por un largo segundo y terminó asintiendo.
Aceptó el trabajo.
Días después, la casa se llenó de maletas. Checo lo ayudó a doblar la ropa y a subir el equipaje al auto. En la acera, antes de que el rubio subiera al auto, el ambiente se volvió triste.
—¿Me vas a extrañar? —preguntó Max, acomodándole el cuello de la chamarra.
—Demasiado —admitió Checo con la voz quebrada.
Se unieron en un beso largo, profundo, cargado de esa desesperación de saber que pasarían semanas sin poder tocarse así.
—Te amo —murmuró el rubio contra sus labios.
—Yo te amo más.
—No, yo más.
—No, yo más —insistió Checo con una sonrisa melancólica.
—No, yo más.
Checo lo volvió a besar rápidamente y lo empujó suavemente hacia la puerta del auto.
—Anda, ya vete. Luego se te hace más tarde y no quiero que manejes de noche por la carretera.
—Solo son cinco horas de viaje —minimizó Max.
—Cinco horas son cinco horas. Si te vas ahorita, llegas a las tres allá.
Max lo tomó del rostro una última vez.
—Juro que pronto vendré a verte.
—Yo siempre voy a esperar por ti —respondió Checo.
—Te llamo en cuanto llegue.
Max arrancó el motor y Checo se quedó en la banqueta viendo cómo el auto se alejaba hasta perderse de vista.
Así dio inicio su etapa a distancia. Lejos de enfriar la relación, la distancia volvió su amor aún más fuerte y consciente.
Checo le llamaba todas las mañanas antes de entrar al trabajo, y Max organizaba sus horarios para hacer videollamadas durante el almuerzo; añoraba volver a compartir la mesa con él.
En una ocasión, Checo logró juntar un par de días y le llegó de sorpresa a su nuevo departamento. Cuando Max abrió la puerta y lo vio parado ahí con una pequeña maleta, la emoción lo rebasó a tal punto que comenzó a llorar.
Lloró como un niño pequeño abrazado al cuello de Sergio. Ambos sabían que ese sacrificio era necesario; era una oportunidad laboral que Max llevaba años esperando, y Checo entendió desde el principio que amar también significaba impulsarlo a crecer.
Cada que tenía un fin de semana libre, Max manejaba de vuelta a la ciudad. Pasaban horas enteros recostados en la cama, abrazados, hablando de sus días y añorando ese futuro juntos que esperaban no tardara en llegar. Pero luego Max tenía que volver, dejando su aroma impregnado en las sábanas, un rastro de olor que Checo extrañaba durante los días posteriores.
Meses más tarde, Max pidió unos días de vacaciones. Quería estar presente en el día especial de sus amigos, Carlos y Charles finalmente se casaban.
El rubio llegó a la ciudad con días de anticipación para pasar el mayor tiempo posible con Checo.
Cuando llegó el día de la boda, ambos se prepararon temprano, ya que eran los padrinos de lazo y debían estar entre los primeros en llegar.
La ceremonia fue hermosa, celebrada a orillas de la playa al atardecer, seguida de una fiesta al aire libre iluminada por guirnaldas de luces.
Max y Checo disfrutaron la noche como no lo hacían en mucho tiempo: bailaron, bebieron y se rieron de las ocurrencias de los novios. En el momento en que Charles lanzó el ramo, Checo se metió entre la multitud y lo atrapó con ilusión. Max, viéndolo desde la mesa con una copa en la mano, notó cómo le brillaban los ojos a su novio al sostener las flores.
Un poco más tarde, Checo se retiró con Charles para ayudarlo a acomodarse una parte del traje que se le había descosido. Al ver que pasaba el tiempo, Carlos se acercó a Max.
—Oye, ¿puedes ir a buscarlos? Siento que ya se tardaron mucho y Charles es capaz de estar distraído platicando.
Max caminó hacia la zona de cabañas y se acercó a la puerta que estaba entreabierta. A punto de tocar, escuchó la voz de Checo adentro:
—...la verdad es que estuvo hermosa la ceremonia. Ojalá que Max algún día me pida ser su esposo.
Max se quedó inmóvil un segundo en el umbral. Fingió no haber oído nada y tocó la madera con los nudillos.
—Oigan, Carlos anda buscando a su esposo.
Charles salió de prisa entre risas, disculpándose y dejando a la pareja a solas en la habitación. Max avanzó, tomó a Checo de la cintura por la espalda.
—¿De qué hablaban?
—De nada —mintió Checo, girándose en sus brazos—. Charles estaba un poco nervioso por esta nueva etapa, solo es eso.
El rubio le dio un beso suave en los labios.
—¿Seguro?
—Sí, solo era eso.
Días después, las vacaciones terminaron y Max tuvo que emprender el viaje de regreso. Antes de subir al auto, tomó las manos de Sergio.
—Te tengo una sorpresa, pero necesito que seas paciente y me esperes un poco más.
—Yo siempre voy a esperar por ti —respondió Checo, dándole un beso de despedida.
Max partió de regreso por la carretera. Durante las cinco horas de trayecto, se fijó una meta clara: trabajar duro, juntar el dinero necesario y comprar el anillo perfecto que su Checo se merecía para pedirle matrimonio.
La idea no había nacido por escucharlo hablar con Charles; era algo que llevaba meses rondándole en la cabeza. Sentía que ya era momento de llevar su relación al siguiente nivel.
En una de sus habituales llamadas nocturnas a la semana siguiente, Checo le comentó algo mientras estaba acostado.
—Oye... cuando regreses, quiero que vayamos a la playa juntos.
—Claro —respondió Max al teléfono—. Puedo ir organizando todo con nuestras familias para ir todos en grupo.
—No —lo interrumpió Checo con voz suave—. Quiero que vayamos los dos... solos.
Max se sorprendió un poco. A Checo le fascinaban las actividades familiares y las reuniones grandes.
—Claro, te lo prometo. Vamos a ir solos en cuanto esté de vuelta.
La promesa quedó hecha: ir a la playa los dos solos una vez que Max tuviera tiempo libre.
Días después...
Checo iba saliendo de su trabajo en la escuela. Había pasado la tarde decorando el salón porque el inicio de ciclo estaba muy cerca, subió las cajas con el material restante al asiento trasero de su auto. Manejaba despacio por las avenidas; nunca había sido de los que manejaban como locos.
En medio del trayecto, su celular sonó desde el soporte del tablero, era su hermana. Contestó por el altavoz mientras mantenía la vista en el camino.
—¿Hermanito? ¿Ya saliste? —preguntó Paola del otro lado.
—Voy saliendo, Pao. ¿Qué pasó?
—¿No quieres venir a comer a la casa? Mamá acaba de terminar de hacer tu guisado favorito.
—En un rato llego.
Checo hizo alto en un semáforo en rojo. En ese instante, la pantalla del celular notificó un mensaje entrante de Max.
—Espera, Pao, Max me mandó algo...
Abrió el mensaje rápidamente.
“Nunca olvides que te amo. En cuanto tenga oportunidad iré a verte y te mostraré la sorpresa que te tengo. Solo espera por mí.”
Sonriendo, Checo le respondió a toda prisa:
“Yo también te amo. Siempre voy a esperar por ti.”
Bloqueó la pantalla y retoma la llamada con su hermana mientras el semáforo cambiaba a verde.
—¿Sigues ahí, Pao?
—Sí, aquí estoy. ¿Qué te dijo Max?
Checo avanzó despacio, deteniéndose calles más adelante en otro semáforo. Ya estaba muy cerca de la casa de su mamá.
—Max... no sé por qué, Pao, pero tengo la sospecha de que pronto me va a pedir matrimonio.
Paola soltó un grito de emoción. Checo se rio, sintiendo el pulso acelerado de la pura ilusión.
—Por eso le pedí que fuéramos a la playa los dos solos —continuó Checo, apoyando los puños en el volante—. Imagínate que mi pedida de mano fuera en la playa, sería hermo...
El semáforo cambió a verde. Checo aceleró para cruzar la avenida.
De pronto, un estruendo ensordecedor ahogó su voz.
Al otro lado de la línea, Paola dio un brinco en la cocina de su madre.
—¿Qué fue eso? ¿Checo? ¿Hermano? ¡¿Hermanito?!
Un camión no había respetado la luz roja, embistiendo el auto de Checo. El impacto ocurrió del lado del chofer, destruyendo la puerta y haciendo que la estructura colapsara hacia adentro. Sergio quedó prensado.
El auto giró sobre su propio eje antes de detenerse contra un poste. Dentro de la cabina, entre el humo y el olor a gasolina, el último pensamiento de Checo antes de que la oscuridad lo envolviera por completo fue uno solo...
Max... Aún tengo muchas cosas que hacer y decirte...
A lo lejos comenzaron a escucharse las sirenas de las ambulancias abriéndose paso entre los gritos de los peatones que se acercaban a auxiliar.
Mientras tanto, a cinco horas de ahí, Max estaba parado frente a la vitrina iluminada de una joyería, observando con detenimiento un anillo de corte delicado, imaginando cómo se vería en la mano de Sergio.
Una punzada aguda lo atravesó. Max llevó su mano instintivamente a su pecho y dio un paso atrás, sofocado por una repentina opresión que no supo explicar, sin tener la menor idea de lo que acababa de ocurrir.
Su idea original era avisarle que en una semana iría a verlo, pero por dentro ya tenía todo planeado para darle una sorpresa: se iría un día antes de lo dicho. Desde la otra ciudad había estado organizando cada detalle de cómo sería la propuesta de matrimonio perfecta para Checo, imaginando su reacción y esa sonrisa que siempre le iluminaba la cara.
Sin embargo, la llamada sonó y sonó pero Checo no contestó.
Max guardó el teléfono pensando que debía estar ocupado. Sabía de sobra que se acercaba el inicio de clases en el preescolar y que, en esa época del año, Sergio prácticamente vivía en la escuela arreglando su aula y preparando todo para sus niños.
Al salir del trabajo por la tarde, Max volvió a sacar el celular con las ganas enormes de ver su bonito rostro en una videollamada. Entró al chat y notó algo extraño: la última hora de conexión de Checo marcaba el día anterior, justo a la hora en que le había enviado aquel último mensaje diciendo que él también lo amaba y que siempre lo esperaría.
—Qué raro... —murmuró Max para sí mismo, frunciendo el ceño.
Volvió a marcarle, pero el tono volvió a repetirse hasta cortar.
—Mañana le vuelvo a marcar —se dijo, tratando de tranquilizarse—. Es tan olvidadizo que seguro dejó el teléfono en la escuela.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo al despertar fue revisar su celular, pero nada. Ni un solo mensaje, ni una llamada perdida. Le marcó de nuevo y el teléfono mandaba directo a buzón. Le envió un mensaje por Instagram pensando que tal vez ahí lo vería... pero tampoco hubo respuesta.
Pasaron tres días enteros.
Tres días en los que Max intentó comunicarse por todos los medios posibles, pero era como si Sergio se hubiera esfumado de la faz de la tierra.
La calma inicial se transformó en una desesperación opresiva que no lo dejaba concentrarse en nada. De pronto tuvo un momento de claridad y recordó a su cuñada.
Buscó entre sus contactos hasta encontrar el número de Paola. Marcó el teléfono y apretó el aparato contra su oreja, sintiendo los latidos de su propio corazón. Esperó dos tonos; sería el colmo que ella tampoco le contestara.
Al tercer tono, ella por fin contestó.
—¿Hola? ¿Quién habla? —dijo la voz al otro lado.
Su voz se oía cansada, agotada. Max supuso que era normal, ya que tenía muy poco tiempo de haber tenido a su bebé y seguro no estaba durmiendo bien.
—Pao, soy Max.
Al oírlo decir que era él, Max sintió claramente cómo algo se rompió al otro lado de la línea. La respiración de Paola se volvió pesada y su voz cambió por completo, sonando quebrada.
—Max...
—Oye, cuñada, ¿sabes dónde está Checo? Es que he intentado comunicarme con él desde hace días y no me contesta. Está muy raro, porque siempre hablamos en la tarde y él...
—Max... Checo... él está...
—¿Qué pasó? ¿Algo le pasó? —interrumpió el rubio, sintiendo una punzada de angustia en el estómago.
Paola hizo una pausa larga, llena de un silencio que le erizó la piel.
Max empezó a desesperarse por completo.
—¿Qué le pasó? ¡Habla con un carajo!
Paola soltó un sollozo ahogado que no pudo contener más.
—Tienes que regresar ya... Checo está muy mal.
—¿Está enfermo? —preguntó Max, intentando aferrarse a cualquier explicación lógica—. De seguro olvidó tomarse sus vitaminas...
—No... —lo cortó Paola llorando—. Un camión embistió su auto cuando venía a ver a mamá. Está muy mal, Max... regresa, por favor. Te mando la ubicación del hospital.
Paola colgó.
Max se quedó helado en medio de la sala, sintiendo cómo se le movía el piso, las piernas le temblaron. Checo, su amor, el hombre con el que planeaba pasar el resto de su vida, estaba grave... y él no estaba ahí para sostener su mano.
Corrió hacia la habitación como loco. Empacó rápido unas cuantas prendas en una mochila con las manos temblorosas. Al cerrar el cierre, sus ojos se toparon con la cajita terciopelada sobre la mesa de noche. La tomó y la guardó en la bolsa exterior de la mochila. Necesitaba aferrarse a algo. Checo se iba a poner bien, tenía que ponerse bien. Era un hombre fuerte. Van a salir de esta, van a ir juntos a esa playa que tanto quería visitar, se arrodillaría frente a él y le daría ese anillo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero se las limpió bruscamente con la manga. Tenía que calmarse. Checo estaría bien; su mamá y su hermana lo estaban cuidando en el hospital, y cuando él llegara, Checo lo recibiría con un abrazo, regañándolo por haber manejado tan rápido.
Se subió al auto y manejó las cinco horas a una velocidad arriesgada, sin detenerse ni un solo segundo, siguiendo la dirección del hospital que Paola le había enviado.
Llegó a la ciudad con los ojos rojos y el pulso acelerado. Ni siquiera se fijó si se estacionó bien. Paola lo estaba esperando en la entrada, con el rostro hinchado por el llanto. Max se bajó a toda prisa del auto y ella, sin decir gran cosa, lo guio hasta la zona de cuidados intensivos.
Lo hicieron lavarse y ponerse una bata de protección para poder entrar. Paola le pidió al médico internista que ingresara con él para que le explicara la situación.
Cuando Max cruzó la puerta de la habitación y vio la cama, la imagen lo dejó completamente devastado. Sobre la cama yacía un Checo pálido, con un brazo enyesado, conectado a múltiples monitores y con un tubo grueso metido por la boca que respiraba por él mecánicamente.
—¿Mi amor? —susurró Max con la voz hecha un hilo, acercándose despacio como si tuviera miedo de romperlo.
—Él puede escucharle.
Max arrimó un pequeño banquito que estaba a un lado y se sentó pegado a la cama. Estiró la mano y tomó la mano sana de su novio, pero al sentirla, notó la piel fría y la articulación rígida.
—Checo... ya llegué, mi amor, aquí estoy —le dijo, acariciándole los nudillos—. ¿Por qué no despierta?
El doctor dio un paso al frente.
—El paciente fue inducido a coma desde que llego, debido a la extrema gravedad de sus lesiones tras el impacto.
—¿Y cuándo va a despertar? —preguntó Max, mirando al médico con desesperación—. Necesito que despierte, necesito preguntarle algo y que me responda...
En la esquina del cuarto, las enfermeras apartaron la mirada, sintiendo lástima por el joven rubio que no dejaba de sujetar esa mano.
El doctor suspiró, buscando las palabras menos dolorosas.
—Lastimosamente... él nunca va a despertar.
—No... no, él debe despertar —negó Max rápidamente, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones—. Checo es fuerte, él tiene que despertar.
El médico le explicó con calma que ya no había nada más que hacer. Los órganos internos habían sufrido traumatismos irreversibles durante el choque y su cuerpo estaba fallando de manera multiorgánica. Ya le habían retirado los sedantes para permitir que la familia pasara a despedirse.
—No, deben hacer algo más —suplicó Max, agarrándose de la bata del doctor—. Por favor, se puede salvar, yo sé que se puede salvar, trasládenlo a otro lado, yo pago lo que sea...
—El paciente tiene heridas internas muy graves que ya no le permiten seguir —dijo el médico con tristeza—. No podemos reanimarlo si entra en paro porque el daño en el tórax es irreparable. Solo le queda poco tiempo.
Max se giró de nuevo hacia la cama y volvió a tomar la mano de Sergio con ambas manos, pegándola a su rostro.
—Checo, por favor... lucha —le rogó al oído, rompiéndose en llanto—. Lucha por favor, mi amor... Tenemos que adoptar a ese gato y a ese perro que querías, como lo soñamos. Tenemos que tener a esa niña rubia que tanto deseabas... o al niño con tus mismos ojitos. Por favor, no me dejes solo, nos falta ir a la playa...
Mientras Max le suplicaba entre sollozos, sintió una opresión leve, casi imperceptible, en las yemas de sus dedos. Checo hizo un esfuerzo mínimo por apretar su mano.
Sobre la mejilla pálida de Checo, lentamente, se desprendió una lágrima que rodó hasta la almohada, aunque sus ojos jamás volvieron a abrirse.
—¡Checo! —exclamó Max, besándole la mano sin parar, mientras sus propias lágrimas mojaban la piel helada de su pareja.
En ese instante, el monitor cardíaco cambió su ritmo constante. Un pitido agudo y continuo comenzó a sonar, mostrando una línea plana en la pantalla.
—¡Ayuda! ¡Por favor, hagan algo! ¡Ayúdenlo! —gritó Max desesperado, mirando al doctor y a las enfermeras.
El médico se acercó, revisó sus pupilas con una pequeña linterna, miró el reloj de la pared y declaró la hora de fallecimiento.
—No... ¡no! ¡Checo, no te vayas! —bramó Max.
Olvidándose de los cables y de los tubos, Max se inclinó sobre la cama y tomó en sus brazos el cuerpo sin vida de su pareja.
Lo pegó a su pecho con todas sus fuerzas, apretándolo como si pudiera transferirle su propio calor, y comenzó a gritar de dolor, un llanto desgarrador que escucho por todos los pasillos del área.
—¡Dios, por favor no! ¡Llévame a mí! ¡Yo debería estar en su lugar! ¡No me lo quites, por favor! —suplicaba al techo entre alaridos, besando la frente fría de Sergio, su frente, sus mejillas, sus labios sin color.
Checo había fallecido.
Y tal como siempre se lo prometió a Max en cada llamada y en cada despedida, Sergio esperó hasta el último minuto por él. Aguantó con lo último que le quedaba de vida solo para escucharlo llegar, sentir su tacto una última vez y poder despedirse antes de partir.
El rubio entró en un estado de shock. No lloraba, no hablaba con nadie, ni siquiera parecía registrar lo que sucedía a su alrededor. Se convirtió en una presencia autómata, dejándose llevar por los pasillos sin oponer resistencia, con la mirada perdida en el vacío.
La familia de Checo se hizo cargo de todos los trámites del funeral. Max sencillamente no estaba en condiciones de ayudar ni de tomar decisiones.
Durante el velatorio en la capilla, el dolor era palpable en cada rincón. La madre de Sergio, doña Marilú, estaba destrozada, sostenida apenas por sus hijos; Toño y Paola lloraban sin consuelo, y varios de los compañeros maestros de la escuela se presentaron para dar el pésame. Incluso algunos padres de familia acudieron junto a sus pequeños para despedirse entre sollozos del maestro Checo, a quien tanto querían.
Carlos y Charles, al enterarse de la tragedia, viajaron de inmediato para acompañar a la familia; ambos estaban impactadoa, sin encontrar palabras de consuelo para una pérdida tan lamentable.
Pero Max... Max seguía en el mismo sitio, sentado en una esquina, sin derramar una sola lágrima. Se mantenía erguido pero apagado, mirando el féretro como si su mente se negara a procesar la realidad.
Mucho tiempo atrás, durante una plática casual sobre la vida, Sergio le había confesado a su familia que si él llegaba a morir antes que ellos, su último deseo era ser cremado. Cumpliendo su voluntad, tras horas de llanto y despedidas, la gente comenzó a retirarse y el cuerpo fue trasladado al área del crematorio.
Toda la familia cercana se reunió en la sala previa. Abrazaron a Max, intentando darle algo del calor que a él parecía habérsele ido del cuerpo.
En el último instante, antes de que el personal cerrara el horno, Max dio un paso al frente. Se acercó al cuerpo de su amado, se inclinó despacio y le depositó un beso pausado en la frente.
Los encargados deslizaron la camilla hacia el interior e iniciaron el proceso. El horno se encendio llevandose lo que quedaba de Checo, Max dio un paso repentino hacia adelante. Sin pensarlo, llevado por un impulso ciego y desesperado de tocar algo, de sentir el dolor físico que no podía sacar de su pecho, pegó la palma de su mano contra el metal ardiente de la puerta del horno.
—¡Max! —gritó Toño, el hermano de Checo, reaccionando al instante.
Don Antonio, el papá de Sergio, se lanzó hacia él y lo jaló bruscamente del brazo para despegarlo del horno. Le giró la mano con urgencia para revisarlo, la cual ya lucía roja y con ampollas por la quemadura. Aunque no era de extrema gravedad, requería atención.
—Necesito llevarte a mi consultorio para revisarte eso bien —le dijo con firmeza, sujetándolo del brazo para sacarlo del lugar.
Sin embargo, Max se zafó del agarre con brusquedad. No dijo una sola palabra; simplemente se dejó caer en el suelo, sentándose de frente al horno con la mirada fija en la puerta.
Toño hijo intentó levantarlo a la fuerza, pero Max se puso pesado, negándose a moverse un solo milímetro.
—Déjenlo... yo lo curaré después —murmuró doña Marilú, interviniendo con la voz quebrada.
—Pero mamá, se le va a infectar... —protestó Toño.
—Por favor —pidió la señora, secándose las lágrimas—. Él está sufriendo al igual que nosotros. Déjenlo estar ahí.
Pasaron las horas en silencio hasta que el personal del crematorio salió con la urna de madera que contenía los restos de Sergio. Doña Marilú fue quien la recibió entre sus manos temblorosas. Caminó despacio hacia donde Max seguía sentado en el piso y se la ofreció.
Max levantó la cabeza, miró las cenizas y luego sostuvo la mirada cansada de su suegra.
—Es lo que él hubiera querido, mi vida... —le dijo doña Marilú con una ternura dolorosa—. Llévalo a casa.
Max extendió los brazos, tomó la urna y la pegó contra su pecho, abrazándola como si se tratara del mismo Sergio.
—Vamos a casa... —alcanzó a articular con la voz rasposa.
La familia lo acompañó hasta la vivienda que alguna vez compartió con Sergio y lo dejaron ahí, sabiendo que necesitaba su espacio. En cuanto la puerta principal se cerró y Max se quedó completamente solo, el peso del silencio dentro de la casa lo aplastó.
Sosteniendo la urna contra su estómago, Max se dejó caer de rodillas a mitad de la sala. Y ahí se rompió; soltó un llanto desolado y desgarrador, un grito de dolor primitivo que retumbó en las paredes vacías. Lloró hasta quedarse sin aire, arañando el suelo, sintiéndose morir por dentro. Deseaba con todas sus fuerzas estar muerto, pero en el fondo sabía que a Checo no le habría gustado verlo rendirse así.
Esa noche ni siquiera tuvo el valor de entrar a la habitación. Mirar esa cama matrimonial, ahora vacía y fría, le resultaba insoportable. Sabía que ya no habría nadie a su lado para darle los buenos días, ni para abrazarlo por la espalda.
Al enterarse de la situación, Charles habló en la empresa para solicitar una licencia de vacaciones indefinida para Max, asegurándose de que tuviera tiempo de vivir su duelo sin la presión del trabajo. Además, dejó arreglado que, en cuanto el rubio estuviera listo para reincorporarse, tramitarían su traslado inmediato de vuelta a su antigua sede.
Durante las semanas siguientes, doña Marilú iba a visitarlo casi a diario para asegurarse de que comiera algo. Ella le preparaba caldos sencillos y le curaba la quemadura de la mano, aplicando las pomadas necesarias. Max ni siquiera hacía el intento por atenderse solo; no se ponía las cremas ni se limpiaba las heridas.
—Hijo... tienes que limpiarte bien la mano y ponerte la pomada, si no se te va a infectar —le decía la señora con voz maternal mientras le cambiaba el vendaje.
Max solo miraba hacia el vacío, sin responder. Tenía los ojos hinchados y rojos por las noches de llanto continuo, y la barba le había crecido de manera descuidada. Llevaba días sin bañarse, usando la misma ropa holgada. Estaba tan deteriorado que a la mujer se le partía el corazón al verlo en ese estado.
—Vente a la casa unos días, mi niño... no te quedes aquí solo —le rogaba—. Quédate conmigo un tiempo.
Max no respondía nada. Ante la falta de respuesta, la señora suspiraba con tristeza.
—Piénsalo, ¿sí? Vendré en tres días a ver cómo sigues.
Cada vez que doña Marilú iba, tenía que limpiar el polvo acumulado y tirar la comida intacta de las visitas anteriores. A veces, al verlo tan ido y sin fuerzas para levantar un tenador, la mujer terminaba sentándose a su lado para alimentarlo a cucharadas como si fuera un bebé.
Así pasaron meses. Max vivió encerrado en la casa, aislado del mundo. Todas las noches arrastraba una cobija a la sala, colocaba la urna a su lado y se dormía abrazado a ella, llorando en silencio hasta que el cansancio lo vencía.
Sus noches eran una pesadilla recurrente. Los únicos sueños que tenía con Sergio eran imágenes horribles de él entubado, acompañadas por el tono continuo del monitor cardíaco que le recordaba, una y otra vez, que su amor se había ido para siempre.
Sin embargo, una madrugada, algo cambió.
En lugar del frío hospital, Sergio apareció en sus sueños de una manera distinta. Se veía lleno de vida, vistiendo su ropa favorita, con la piel cálida y esa sonrisa tranquila que lo caracterizaba. Se acercó a él, lo tomó de la mano y le susurró al oído que lo amaba.
Max despertó de golpe, llorando en medio de la oscuridad de la sala. Se sentó y el recuerdo de la última promesa que le hizo a su novio le vino a la mente como un golpe en el pecho: Checo quería ir a la playa con él, solo los dos y no había podido cumplírselo.
A la mañana siguiente, con el pecho apretado, Max le marcó a sus suegros. Les pidió permiso para llevarse la urna y esparcir las cenizas de Sergio en el mar. Ellos, entendiendo el gesto, accedieron de inmediato.
Por primera vez en meses, Max entró al baño. Se tomó un baño largo con agua caliente, se rasuró, se peinó y se puso ropa limpia. Antes de salir, caminó hacia el peinador de la habitación y vio la pequeña caja de terciopelo que había dejado ahí el día que llegó del hospital.
La abrió despacio, dentro brillaba el anillo que nunca pudo entregarle. Se le humedecieron los ojos al instante, pero guardó la cajita en el bolsillo interior de su chaqueta junto con las llaves.
Tomó la urna, la acomodó en el asiento del copiloto y manejó durante un par de horas hasta llegar a la costa.
El muelle estaba solitario. Max caminó hasta el extremo, donde las olas chocaban despacio contra los pilares. Se sentó en la orilla, dejando las piernas colgando hacia el agua, y colocó la urna a su lado.
Mirando hacia el horizonte, comenzó a hablar en voz alta, como si Sergio estuviera sentado a su lado escuchándolo.
—Te debía este viaje... —murmuró, volviendo a sentir las lágrimas rodar por sus mejillas—. Te prometí que vendríamos solos los dos... y aquí estamos, amor.
El viento le revolvió el cabello mientras el llanto apretaba su garganta de nuevo. Sabía que había llegado el momento de dejarlo ir.
Con las manos temblorosas, retiró la tapa de la urna. Se levantó despacio, inclinó el recipiente hacia el mar y dejó que la brisa marina se llevara las cenizas de su amado, dispersándolas sobre el agua hasta que no quedó nada.
Cuando la urna quedó vacía, Max metió la mano en su chaqueta y sacó la cajita de terciopelo. La abrió y tomó el anillo entre sus dedos.
—Tal vez en otra vida... pueda pedirte que seas mi esposo —susurró con la voz rota.
Entre lágrimas, se llevó el anillo a los labios, le dio un beso largo, y lo arrojó con fuerza hacia el océano.
—Si existe otra vida... yo siempre voy a esperar por ti —dijo al viento.
Los amores no siempre tienen un final feliz en este mundo. Pero tal vez, en algún otro tiempo y en otro lugar, estos dos enamorados puedan encontrarse de nuevo y vivir todo lo que soñaron juntos








