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Summary

Gabriela es una escritora sin trabajo estable que toma un curso de inglés. Allí conoce a Michael Park, un coreano-estadounidense que necesita aprender español. Con el tiempo se produce una atracción mutua, pero Gabriela ignora la verdad: Michael llegó a Chile para esconder su identidad y un pasado oscuro.

Status
1mo ago
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Uno - One - 하나

Estoy sentada en mi escritorio intentando escribir una especie de carta, mientras observo el test de embarazo que está junto al teclado, sin abrir. Hace un rato fui a la farmacia a comprarlo, con toda la vergüenza del mundo, aunque el farmacéutico que me atiende siempre no hizo ningún comentario. Sólo se limitó a decir “que tenga una buena tarde”. Eso sí, me recomendó ácido fólico, “por si acaso”. Lo compré, sin médicos intermediarios. Tengo un atraso de cinco días. La aplicación que utilizo para registrar mi ciclo menstrual dice que debo hacerme el test mañana. No soporto la espera, por eso estoy sentada en mi silla de gamer, comparezco frente al computador y estoy haciendo lo único que se me ocurre para combatir la ansiedad sin anestesia: escribir.

Me llamo Gabriela. Gaby o Gaba, para los amigos. Escribo de todo, desde cartas hasta tesis para flojos y gente demasiado ocupada que puede pagar ese lujo. Cuando quiero expresar cosas que no sean memorias de título ni ensayos, abro un documento de Word y derramo letras con fuente Garamond, tamaño doce, doble interlineado. Así veo pasar rápido las páginas y no me quedo atorada. Nunca pensé que iba a llegar a los treinta años sin un trabajo estable. Me gano la vida escribiendo de todo y a la vez siento que no hago nada relevante. Sin embargo, esta noche quiero contarles mi historia. El por qué todavía no me hago ese test de embarazo. No es porque quiera o no hacerle caso a una maldita aplicación. Será porque tengo miedo. Mi mamá será feliz con un nieto, supongo, es lo que siempre ha deseado. Es probable que, si ese test sale positivo, quiera tenerlo. En el fondo lo deseo: quiero tener mi propia familia.

Ustedes se preguntarán por el padre. Ya lo sabrán, paciencia. Por eso tengo que contar esta historia desde el principio, cuando mi abuela decidió pagarme ese curso de inglés como última voluntad, para que no me falte el pan. Porque ahora todo el mundo te pide inglés intermedio y hacer tareas múltiples, como si fueras un computador con patas. Sobre todo a los periodistas como yo, y creo que es un castigo para los que elegimos el camino difícil de comunicar en lugar de vender la pomada. Nunca he escrito una novela por completo y siento que ahora es el momento. Es la única forma que tengo de llegar a esa persona, a quien conocí en ese curso de inglés. Y ahora me tiene desordenada la vida entera.

Todo comenzó un mes después de haber cumplido 29 años. Mi abuela, en medio de sus últimos suspiros, pidió que parte del dinero que ella dejaba en su cuenta de ahorros fuera destinado para mi formación. Con su mano arrugada sobre la mía, desde su eterna cama de viuda postrada, me hizo jurarle que encontraría un marido y un buen trabajo, para que no me faltara nada en el futuro. “No podré ser bisabuela, pero quiero que tú seas feliz”, fueron sus palabras. Al día siguiente falleció. Al principio no lloré, estuve lúcida e impecable durante todo el velorio. Pero cuando nos tocó enterrarla y dejarla sola en medio de un campo lleno de árboles, mármoles escritos y remolinos de colores, algo se abrió en mi pecho y derramó todo su contenido. Fue la única vez que la lloré, con todo el agua de mi cuerpo. Mi mamá me abrazó fuerte ese día, susurrándome al oído que debía cumplir su último deseo, para que su espíritu estuviera tranquilo.

Yo sé que mi abuela está tan inquieta como yo y necesito calmarla. En estos momentos me estaría retando por tomar café corriente de tarro con dos cucharadas colmadas de azúcar. No debería hacerlo, pero tengo la necesidad de inyectarme cafeína, porque no tengo ninguna pretensión de dormir hasta que termine de contarles lo que pasó. No me daré más vueltas.

A la semana del funeral, me inscribí en el curso de inglés. Tenía que pasar por una entrevista inicial para determinar mi nivel. Me atendió un hombre alto, gordo, de cabello castaño y barba frondosa, que usaba unos lentes de marco grueso color negro. Yo no estuve tan mal en mi performance, pude elaborar un diálogo coherente, aunque por dentro estaba muerta de miedo. Mezclé el inglés británico del colegio con el inglés norteamericano de las sitcoms que veía. El resultado fue “quedaste en el B2 y deberías tener más seguridad en ti misma”.

Mientras esperaba que comenzara la clase, empecé a observar a las personas que me rodeaban, preguntándome si serían compañeros míos o no. Era un edificio antiguo, de seis pisos, pasillos fríos y decoración mediocre. Estábamos en el quinto piso. Pensándolo bien, más parecía un hospital que una escuela de idiomas. Lo único que aportaba colorido eran los afiches de los distintos talleres que impartían. Quise inscribirme en el club de series, pero no me dio la gana. La gente comenzó a llegar. Eran estudiantes de todas las edades: hombres con zapatillas y mochilas, mujeres con tacos y ropa de ejecutivas, algunos universitarios con sus vestuarios casuales. El único que llamaba la atención era un joven alto, de cabello negro y corto, con unos audífonos gigantes y vestido con ropa oversize. Cuando levantó la cabeza, noté que tenía rasgos asiáticos. ¿Japonés? ¿Chino? ¿Coreano? Una vez, alguien me enseñó a distinguir unos de otros. Lo más corto era preguntar directamente, pero él estaba concentrado en su música, moviendo los pies de vez en cuando, siguiendo el ritmo de una canción que yo no podía escuchar.

Entonces llegó alguien que parecía la profesora. Era alta, pelirroja y había evidencias claras de que le gustaba mucho el rosa. Estábamos en pleno invierno, por lo que llevaba un abrigo fucsia largo, un suéter rosa pálido y blue jeans con zapatillas blancas. Olía a rosas. Me pareció muy simpática y hasta atractiva, lo que me dio confianza en ese curso de completos desconocidos. Entramos todos a la sala, que era pequeña, con asientos de universitarios y una pizarra blanca, toda manchada por rastros de plumones de distintos colores. Encima de su mesa, la profesora colocó el clásico instrumento de todo maestro de inglés: una radio con reproductor de CD. Nosotros miramos el artefacto como pieza de museo, porque ya estábamos sumergidos en la era del streaming y pasamos hace rato la época del USB. Algunos se atrevieron a preguntar por la antigüedad del aparato de radio y todos nos reímos, menos el muchacho asiático. Con un rostro serio, guardó sus audífonos negros gigantes en su mochila y se acomodó en el asiento. No pude apartar la mirada de él.

La clase comenzó y la profesora se presentó como Fiona Smith, una chilena de ascendencia inglesa, con una maestría en Estados Unidos, por lo que conocía al revés y al derecho los dos tipos de inglés que dominaban el mundo. La publicidad de la escuela decía que nos enseñarían inglés británico, pero Fiona nos aclaró que aprenderíamos ambas versiones, porque nuestras vidas podían terminar en cualquier sitio y había que entrenar el oído. Por supuesto, eso lo dijo en un inglés pausado, para que todos pudiéramos entender. Ella sí era una profesora de verdad. Días antes, mis amigos me comentaban que no todos los profesores habían cursado la pedagogía y eran sólo bilingües buscando dinero fácil, por lo que las clases terminaban en nada y era poco lo que se aprendía de verdad. Fiona nos contó que había hecho clases a niños, niñas y adolescentes en Norteamérica, pero que por salud mental se tomó una pausa, regresó a Chile y prefirió el mundo de los adultos.

Antes de las presentaciones, que debían ser en el inglés que pudiéramos pronunciar, Fiona se acercó al muchacho asiático y le dijo algo al oído, en un volumen poco perceptible. Él se puso de pie e hizo gala de su altura. Calculé un metro ochenta, más o menos.

— Chicos, él se llama Michael, pero le pueden decir Mike. Es de Corea del Sur y vivió una temporada en Estados Unidos. No les mentiré, es mi amigo desde hace muchos años. Él estará de oyente en esta clase, porque a cambio él necesita conocer gente y aprender español. Aquí vamos a hacer toda la clase en inglés, pero quiero que lo conozcan y se hagan amigos de él. Hace poco llegó a Chile desde Portland. ¿Ustedes conocen Portland?

Uno de mis compañeros levantó la mano y dijo que tenía un primo que vivía en Oregon, que sabía algo de Portland. Pero me perdí el resto de la conversación, porque estaba concentrada en Michael. Algo me decía por dentro que le hablara. Observándolo bien, era demasiado guapo, parecía una estrella de pop. ¿Cómo es que se llama? Ah, K-pop. Apenas conozco un par de grupos famosos gracias a mi sobrina. Yo no sé nada de Corea del Sur, ni de los dramas coreanos que abundan en Netflix, ni de comida, ni de lugares turísticos. Con suerte sé que su capital es Seúl. Mis acercamientos a Asia se limitaban al manga y el anime, nada más, y eso es Japón.

Cuando fue mi turno de presentarme, salí de mi asiento con las piernas temblando y la cara roja. No le tenía miedo a Fiona, porque a primera vista parecía un amor de persona. Mis compañeros hablaban con algo de temor, todos éramos nuevos y hablar en otro idioma nunca es fácil. El que me daba miedo era Michael, porque cuando me puse de pie, me observó de pies a cabeza. Ahí noté que sus ojos eran oscuros, lo que no representó ninguna novedad. El problema era su expresión de mafioso. ¿Yakuza? No, eso sigue siendo Japón. ¿Cómo son los mafiosos en Corea? Su mirada penetró en mí como una daga fría y pensé que al mínimo error me corregiría, antes de que lo hiciera Fiona. Él era el verdadero dueño de la clase, no ella.

Entonces conté que mi nombre era Gabriela y era escritora. Me dio pereza mencionarles que era periodista, porque en estricto rigor no estoy ejerciendo ni tampoco pretendo mostrar el lado amargo del oficio, cuando no eres un reportero famoso o un coordinador de comunicaciones de una respetada empresa. Prefiero que me conozcan como escritora, lo vi más interesante. Dije que había cumplido 29 años hacía poco, que me gustaba escuchar música y ver series y que me gustaban los gatos y los perros, pensando en que así podría llevarme bien con los compañeros.

Michael seguía mirándome, lo que me puso más nerviosa de la cuenta. “Hablas bastante bien, pero te queda mucho por aprender”, comentó Fiona delante de todos, con su tono de maestra infantil. “No importa, aquí están todos ustedes por la misma razón y les prometo que al final del semestre tendrán más confianza en ustedes mismos”, agregó. El alivio repentino que producía la voz de Fiona hizo que me olvidara por un momento de Michael. Cuando volví a mirarlo, él estaba agazapado en su silla, con las manos sobre la mesita, mirando hacia el suelo de baldosas viejas.

La clase pasó rápidamente. Fiona nos explicó el uso que le daríamos a nuestro libro de inglés, el que compramos antes de que empezara el curso. Nos dio algunas recomendaciones, como ver sitcoms —que usualmente duraban media hora— y ver dos veces el mismo capítulo: una vez con subtítulos y otra vez sin ellos. Primero tienen que entrenar el oído, nos advirtió, porque así será todo más fácil y tendremos más confianza. Repasaríamos los conceptos básicos: los verbos, las oraciones que más se utilizan en momentos de viaje, estudios y negocios simples. Los diez estudiantes que estábamos allí teníamos los conocimientos básicos y, a medida que pasaba el tiempo, el ambiente tenso que había al principio se relajó bastante. El único que no reaccionaba era Michael, concentrado en lo que había en la pared del frente, sin importar lo que había a su alrededor.

Cuando terminamos, Fiona nos repitió las tareas que debíamos realizar: escuchar más música anglo, hacer el ejercicio de las series y tener a la mano un buen diccionario, ya sea en papel o en el teléfono, ojalá con las pronunciaciones. Durante la próxima clase veríamos el alfabeto fonético internacional y ahí nos explicaría bien lo de la sonorización de las palabras. Entonces agarré valentía de no sé dónde, me acerqué a su escritorio y le agradecí en el inglés que pude. Me interrumpió.

— Ahora puedes hablarme en español, no te preocupes. ¿Cómo te llamas?

— Gabriela. Gabriela González. Pero mejor dígame Gaby.

— Trátame de tú, aquí todos somos adultos —corrigió Fiona, con una sonrisa delineada por un buen labial fucsia.

Michael estaba sacando sus audífonos de la mochila cuando notó que lo estaba observando.

— ¿Tienes alguna pregunta? —dijo secamente en inglés, sin levantarse de su puesto, como si yo lo estuviera juzgando por algo.

— No... no te preocupes —le respondí, en el mismo idioma—. No es nada... aunque me preguntaba si te gustaría que yo te enseñara español. Tengo mucho tiempo libre.

Mentira. Los que trabajamos freelance no tenemos tanto tiempo libre. Podemos organizar nuestras vidas si tenemos una buena agenda, pero tampoco es que seamos vagos. Nos inventamos trabajo. Sin embargo, estaba dispuesta a hacerme el tiempo para conocer a Michael. Su cuerpo parecía un imán: quería acercarme a él, observarlo mejor, que me sonriera por lo menos. Ahí me di cuenta de que es difícil que un asiático te sonría sin razón, como lo haría un latino si le cuentas algún chiste malo.

— Oye, Mike. Deberías ser más amable con Gaby —Fiona hablaba rápido en inglés, pero le entendía perfecto—. Ella te está ofreciendo su tiempo para enseñarte, tal vez deberías ayudarla también con las clases.

Michael se puso de pie, su expresión facial se hizo más blanda y estiró su mano para estrecharla con la mía. Sus dedos eran largos, delgados, piel de miel. Un amigo me contó que, al menos para los fanáticos de las idols en Japón, estrechar las manos podía considerarse un gesto erótico. ¿Será verdad? ¿Ocurrirá lo mismo con los coreanos? No tenía idea. Lo cierto es que ese día nos estrechamos la mano por primera vez. Mis manos estaban heladas. Las de él eran cálidas y muy suaves, pese al frío invernal.

— Gusto en conocerte, Gaby. Me gustaría aprender español contigo.

Dibujó una pequeña sonrisa. Yo dejé de tenerle miedo en ese mismo instante.

Hice una pausa en mi escritura. Quedaba un poco de café frío. Tuve la tentación de fumar, pero no quise hacerlo. Instintivamente me llevé las manos al vientre. Dudé. Miré el teléfono, abrí el Telegram y busqué a Mike. Ahí estaba, con su foto de perfil, sentado bajo un árbol frondoso, mirando hacia el horizonte. No aparecía conectado. Escribí un par de palabras, pero luego las borré. Dejé el teléfono de lado y derramé algunas lágrimas.

Ahora más que nunca recuerdo ese primer día. El día en que comenzó nuestra historia.

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