Chapter 1
El aire en el aula de Literatura Olía a polvo, café frío y al sofocante calor de mediados de octubre. Llevaban dos meses de curso en Saint Jude y, para todos los demás, las rutinas del Senior Year ya estaban perfectamente instaladas. Mateo dormitaba en la última fila, Sofía se retocaba el labial usando la pantalla de su teléfono como espejo y el profesor Martínez explicaba la estructura del ensayo final con la misma energía de un condensador dañado.
Para Red, sin embargo, el mes de octubre solo tenía un significado: treinta días viendo a Daniel sufrir.
Daniel había llegado hacía dos meses. Alto, encorvado tras una mochila demasiado pesada, con unos lentes de pasta negra que se le resbalaban por el puente de la nariz cada vez que miraba hacia abajo y una timidez tan enfermiza que, durante las primeras cuatro semanas, nadie en la clase lo escuchó decir más de tres sílabas seguidas.
Había sido a inicios de septiembre cuando Red logró sacarle la primera frase completa. Una victoria que celebró en el grupo de WhatsApp con Sofía y Mateo como si hubiera conquistado un país. Desde entonces, acosarlo sutilmente se había convertido en su pasatiempo favorito. No había piedad. Red no sabía ser piadosa.
—Le va a dar un infarto un día de estos, de verdad —murmuró Sofía, girándose apenas en su banco para mirar a Red—. Míralo. Ya sabe que lo estás observando. Está a tres segundos de hiperventilar.
Red no quitaba los ojos del escritorio de la esquina. Daniel estaba sentado allí, como siempre, intentando tomar notas. Llevaba una camisa gris de manga larga doblada hasta los codos, revelando unos antebrazos claros y curiosamente definidos para alguien que pasaba la vida pegado a un libro.
—No se va a morir —respondió Red con una sonrisa perezosa, jugando con una mecha de su propio cabello—. Se pone rojo porque le gusta. Si le molestara, ya se habría cambiado de lugar.
—No se cambia porque te tiene pánico —intervino Mateo desde atrás, dando un golpe ligero al asiento de Red—. En serio, Red, el pobre diablo es invisible para todo el colegio y tú te dedicas a acorralarlo en los pasillos como si fueras un cobrador de impuestos.
—Es encantador —susurró ella. Y lo decía en serio.
Le fascinaba el efecto que tenía sobre él. Esos lentes gruesos le daban una apariencia de inocencia absoluta, pero cuando se sonrojaba —esa mancha carmesí que empezaba en el cuello y le subía hasta las orejas—, algo en la postura de Daniel la volvía loca. Era la fricción entre la timidez extrema de él y la audacia sin frenos de ella.
Cuando la campana sonó anunciando el cambio de hora, el aula se convirtió en un caos instantáneo de mochilas y sillas arrastradas.
—Nos vemos en la cafetería —dijo Sofía, recogiendo sus cosas—. ¿Vienes?
—En un minuto —contestó Red, levantándose despacio.
Esperó a que Mateo y Sofía salieran al pasillo. Los demás estudiantes fueron vaciando la clase hasta que solo quedaron el profesor Martínez, guardando sus carpetas en el escritorio delantero, y Daniel, ajustando la cremallera de su mochila en el rincón.
Red caminó despacio hacia el fondo. El sonido de sus botas contra el linóleo hizo que Daniel se tensara visiblemente. No levantó la vista hasta que la sombra de Red cubrió su mesa.
—Hola, Daniel.
Él dio un pequeño brinco en la silla. Sus manos se congelaron sobre el cuaderno de notas. Levantó la cabeza y, como era costumbre, el rubor ya le teñía las mejillas. Se acomodó los lentes con el dedo índice, un gesto nervioso que ella ya tenía perfectamente catalogado.
—H-hola, Red —balbuceó él, bajando la voz al notar que el profesor aún estaba cerca.
—Me pareció que hoy estabas muy concentrado —dijo ella, apoyando ambos puños sobre la mesa de él y reduciendo la distancia a escasos centímetros.
Daniel trago saliva. Red pudo ver el movimiento rápido de su nuez de Adán. Sus ojos oscuros, detrás de los cristales, saltaron de los labios de ella a sus ojos, totalmente descolocado.
—Estaba... tomando apuntes. El ensayo del maestro es el treinta por ciento de la nota.
—Qué estudioso —se burló ella, inclinándose un poco más. Llevaba su chaqueta carmesí entreabierta y el perfume a vainilla y cuero que usaba pareció invadir el escaso espacio entre los dos—. ¿Sabes qué estaba haciendo yo?
—N-no.
—Mirándote.
El rostro de Daniel se encendió por completo. Cerró el cuaderno de golpe, casi derribando su propio bolígrafo.
—Red, por favor... el profesor está ahí.
—No me importa el profesor —respondió ella en un susurro provocador, rozando con la yema del dedo la esquina de la mesa de él, justo al lado de su mano temblorosa—. Me importa que te pones de este color cada vez que me acerco. Eres tan fácil de leer, Daniel.
—No soy fácil de leer —logró decir él, aunque la voz le salió rasposa y débil.
—¿Ah, no? —Red sonrió con malicia. Se agachó levemente, quedando a la altura de sus ojos. Sus miradas se cruzaron y, por una fracción de segundo, Red sintió una extraña descarga eléctrica. Los ojos de Daniel, por debajo de la capa de pánico y vergüenza, tenían un fondo extrañamente oscuro, denso, casi pesado—. Te tiemblan las manos.
Daniel apretó los puños sobre las rodillas para ocultarlo, bajando la cabeza inmediatamente.
—Tengo que ir a la siguiente clase —murmuró él, recogiendo su mochila a toda prisa y levantándose de la silla de un tirón.
—Nos vemos en la última hora, chico listo —le dijo Red, dejándole paso con una risita mientras lo veía salir casi tropezando con el marco de la puerta.
El profesor levantó la vista de sus papeles, suspiró y miró a Red con desaprobación.
—Deje en paz al chico, señorita. Bastante tiene con adaptarse.
—Solo soy una buena compañera, profesor —respondió ella, guiñándole un ojo antes de salir al pasillo con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo habitual.
A la última hora, la biblioteca del instituto estaba casi vacía. Era el lugar de estudio libre para los alumnos de Senior Year, y Daniel siempre elegía la mesa más alejada, oculta entre las estanterías de historia medieval.
Red no necesitó buscarlo mucho. Conocía sus escondites. Dejó a Sofía en la entrada discutiendo sobre los vestidos para el baile de graduación y avanzó por el pasillo de alfombra raída.
Allí estaba él, con los audífonos puestos, una montaña de libros abiertos a su alrededor y los lentes caídos a mitad de la nariz mientras leía fijamente.
Red se acercó sin hacer ruido. En lugar de sentarse en la silla de enfrente, se deslizó por detrás y se inclinó sobre su hombro derecho.
—¿Qué leemos hoy, cerebrito? —susurró pegada a su oreja.
Daniel pegó un brinco tan fuerte que el audífono izquierdo se le cayó al suelo. Se giró rápidamente, con la mano en el pecho y el aliento entrecortado.
—¡Red! Me vas a matar de un susto.
—Eres demasiado asustadizo —dijo ella, riendo suavemente mientras se apoyaba en el borde de la mesa, quedando sentada justo al lado de sus libros—. ¿A qué le tienes miedo? ¿A mí?
El sonrojo de Daniel regresó con fuerza renovada. Ajustó sus lentes con torpeza, mirando hacia la alfombra antes de volver a mirarla a ella.
—No te tengo miedo —dijo en tono bajo, intentando sonar firme, aunque el tono de su voz delató la mentira.
—Pues lo parece. Cada vez que me acerco sientes que te voy a comer viva.
—Es que... eres muy ruidosa. Y directa. Y no respetas el espacio personal.
Red soltó una carcajada limpia que hizo que la bibliotecaria chistara desde lejos. Red levantó una mano pidiendo disculpas sin dejar de mirar a Daniel.
—El espacio personal está sobrevalorado —dijo ella, acortando la distancia. Estiró la mano y, antes de que él pudiera reaccionar, le tocó el puente de la nariz para subirle los lentes suavemente
—. Además, me gusta verte la cara. Con estos cristales tan grandes casi te escondes.
Daniel se congeló ante el contacto de los dedos de Red en su piel. El calor que emanaba de sus mejillas era casi palpable.
—Necesito los lentes para ver —murmuró él, apenas moviendo los labios.
—Ya lo sé. Pero me preguntaba... —Red bajó la mano lentamente, dejando que la yema de sus dedos rozara la línea de su mandíbula. Daniel dio un respingo, pero no se echó hacia atrás. Se quedó inmóvil, mirándola con los ojos muy abiertos, casi sin atreverse a respirar—. Me preguntaba cómo te verías sin ellos.
—Igual. Solo que no vería nada.
—Dudo que te veas igual —dijo ella, acercándose un poco más. La timidez de él la excitaba de una forma que no estaba dispuesta a admitir en alto. Sabía que lo tenía acorralado, que el pobre chico no sabía cómo manejar a una mujer que tomara la iniciativa de forma tan descarada—. Te ves tan inocente, Daniel. Tan puro.
Daniel cerró los ojos un segundo cuando los dedos de Red tocaron el borde de su oreja. Un temblor fino recorrió su cuello.
—No soy... no soy como crees —susurró él, y por primera vez en dos meses, su voz no sonó asustada, sino cargada de algo denso, rasposo y contenido.
—¿Ah, no? —desafío ella, inclinándose hasta que sus labios quedaron a milímetros de los de él—. Demuéstramelo.
Daniel abrió los ojos. La distancia entre ellos era casi nula. Podía sentir el calor del aliento de Red, el peso de su presencia audaz. Por un instante interminable, la mirada de Daniel cambió. El brillo tímido desapareció, reemplazado por un abismo oscuro y helado que le dio a Red un escalofrío por toda la columna vertebral. La mano de Daniel, que descansaba sobre la mesa, se cerró con fuerza alrededor del borde de madera, tensando los nudillos hasta ponerlos blancos.
Fue solo un segundo. Un parpadeo.
Inmediatamente, Daniel bajó la mirada, rompiendo el contacto y apartándose hacia un lado, devolviendo la vista a sus libros con pánico renovado.
—Tengo... tengo que terminar este resumen —dijo con la voz temblorosa, la frente sudando levemente y el sonrojo cubriéndole hasta el cuello.
Red se quedó en posición, sintiendo una pulsación rápida en su garganta. Esa mirada. La forma en que él la había observado por un microsegundo no era la de un chico asustado. Era algo completamente distinto.
Sonrió, recuperando el control de la situación y acomodándose la chaqueta universitaria.
—Está bien, Daniel —dijo, poniéndose de pie con parsimonia—. Te dejo estudiar. Pero no pienses que te vas a librar de mí mañana.
Él no contestó, manteniendo los ojos fijos en la página en blanco de su libreta mientras su corazón martilleaba en su pecho. Red caminó hacia la salida de la biblioteca con una satisfacción ardiente en el pecho.
Pensaba que solo estaba jugando con un chico tímido y fácil de sonrojar. No tenía idea de que acababa de tocar la puerta de algo que no iba a poder controlar.








