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Herencia Celestial

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Summary

En un mundo donde la Tierra, el Cielo y el Infierno conviven, Zackel, un ángel tan poderoso como orgulloso, es desterrado del Cielo tras intentar asesinar a la mujer que estaba destinada a convertirse en el amor de su vida. Condenado a vagar por la Tierra durante veinte años, vuelve a encontrarse con ella. Está decidido a terminar lo que comenzó, pero una fuerza desconocida se lo impide. Cuanto más lucha contra ese vínculo inexplicable, más comprende que su destino está entrelazado con el de la hija de su peor enemiga. Y eso... será su mayor condena. ¿Serías capaz de arriesgarlo todo por alguien que podría ser tu destrucción?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

«Porque la paga del pecado es muerte». Romanos 6:23.

Generación tras generación, el ser humano ha demostrado ser capaz de cometer los peores desmanes. Destruir la Tierra que el Todopoderoso les prometió, asesinarse entre ellos, crear guerras solo por problemas políticos, creer que quien tiene el poder tiene el control. Aunque parezca que la justicia no existe, algunos sí obtienen su merecido.

Y en una ciudad tan problemática como Valdoria un espíritu justiciero resplandece.

-¡Suélteme! -El grito ensordecedor de un hombre rompió la calma de la noche.

Se arrastró por el suelo, pero fue imposible que avanzara mucho. Un pie cayó sobre su espalda. El crujido de los huesos resonó hasta su cabeza y el dolor se expandió por cada parte de su ser.

-Definitivamente, ustedes son una plaga -dijo otra voz.

No conforme con haberle roto las costillas, el verdugo lo tomó del pie y empezó a arrastrarlo por el suelo. El asfalto rasgó su piel hasta desgarrarla. La sangre se escurrió por su rostro, pero no pudo hacer nada contra la fuerza de un animal.

-¡Déjeme! -insistió entre lágrimas y desesperación.

Gritó una vez más, pero nadie lo escuchó.

El dolor cesó un poco cuando se detuvieron.

-¿Por qué no me deja hacer mi trabajo tranquilo? -Aquella voz altiva escupió las palabras --No sabe lo molesto que es estar lidiando con cucarachas como usted, en lugar de estar en el lugar al que pertenezco.

No conforme con la humillación de ser arrastrado como el peor de los seres humanos, su cuerpo se alzó en lo alto para estrellarse de lleno contra un muro de concreto. El golpe fue contundente, casi fatal, pero aún con aire en los pulmones logró alzar la cabeza para, por fin, ver el rostro de quien estaba a punto de matarlo.

Una figura imponente permanecía a un metro de él, firme, grande, majestuosa. Su sonrisa resplandecía con luz propia. Sus ojos claros estaban puestos en él, como los de un depredador ante su presa. El cabello rubio le bailaba con una brisa dramática que le daba un aire teatral a su escena final.

-Hora de purificar esta podrida alma -sentenció, solemne, frío y complacido.

No supo en qué momento algo atravesó su corazón. La vida se le escapó del cuerpo. Se vio a sí mismo tumbado entre los escombros. Perdió la pesadez de un cuerpo mortal para convertirse en una silueta traslúcida: su alma.

Logró escuchar el aleteo de unas plumas. Alzó la mirada para encontrarse con la imagen idílica del joven que le había arrebatado la vida. Tras su espalda bailaron un par de brillantes alas.

-Un ángel... -murmuró, pero su voz se escuchó lejana-. ¿Es hora de ir al Cielo? ¿Era necesario matarme?

La sonrisa del ángel se amplió. Sus ojos, más brillantes que antes, se entrecerraron. La luz que lo acompañaba tomó la forma de una espada delgada, del color dorado del oro.

-Por supuesto que no -contestó y dio un paso hacia adelante-. He venido a purgar la Tierra de alimañas como tú. Castigar a los pecadores y eliminar su existencia. -Elevó la espada en su dirección-. Has sido un infeliz, Adam. Un malnacido violador y asesino de niños.

Entonces, Adam lo confirmó. Venía por él. No era el ser puro que comentaban en las iglesias; este venía a reclamar justicia.

-¡Perdóname, señor! -imploró.

Creyó que todavía podía redimirse después de tanta maldad. Pero alguien andaba de muy mal humor ese día.

-No. Ya es tarde.

Dejó escapar un poderoso rayo de luz que impactó justo en el centro de aquella alma sucia que tanto daño había hecho en vida. El fuego lo consumió hasta que no quedó nada. No hubo más castigo, ni Cielo, ni Infierno. Solo olvido.

-Uno menos -dijo el ángel para sí mismo mientras hacía desaparecer sus alas-. Quedan miles de ellos. -Soltó un sonoro suspiro-. ¡Maldición! Estos veinte años van a ser muy largos.

Otro suspiro lo acompañó mientras avanzaba por las calles desoladas de la peor ciudad a la que lo habían podido mandar como castigo. Aquí sí que tendría trabajo, pero no era lo que más le apasionaba.

Habían pasado unos meses desde que cayó del Cielo por culpa del ángel que más había querido, pero que ahora odiaba. Estar en la Tierra era la peor humillación, pero no había remedio. Entre eliminar pecadores y soportar la presión de la atmósfera, tendría que pasar su corta condena.

Varias gotas de agua empezaron a caer sobre su cabeza. En minutos, una fuerte tormenta se abrió paso hasta empaparlo por completo.

-Mierda, lo que faltaba -Pasó una mano por su cabello corto.

Cargado de frustración, siguió su camino para buscar refugio. En medio del silencio de las estrechas calles, encontró una figura hecha ovillo contra la pared de una panadería. Se trataba de una niña de unos cinco años.

Le causó curiosidad y, a la vez, extrañeza, hallar a una infante a tan altas horas de la noche, bajo la frialdad de la lluvia.

-¡Ey! -Decidió llamarla para que lo viera.

En cuanto la chiquilla alzó la cabeza, sus hombros se tensaron al instante. Reconoció esa mirada dulce, la piel de porcelana y las mejillas sonrojadas. Era ella.

Ese latido, que a duras penas había aprendido a soportar con el tiempo, estalló en su pecho. La ira le recorrió el torrente sanguíneo.

-¿Qué haces aquí, pequeña usurpadora? -habló con el filo de una espada.

La pequeña solo lo miró a los ojos. También lo reconoció, pero, una vez más, no hizo nada ni sintió temor, por más que él la mirara como si quisiera sacarle los ojos.

Ni siquiera cuando él adoptó su forma angelical hubo reacción. Es más, sus ojos brillaron al divisar las espléndidas alas del ser divino.

Él dio un paso firme. Las gotas de agua resbalaron por sus plumas blancas.

-No puedo creer que tenga otra oportunidad para matarte -pronunció con los dientes apretados-. Ahora que, por alguna razón, estás lejos del Cielo y de la protección de tu maldita madre, no voy a tener piedad contigo.

Olvidó su misión cuando invocó la espada y la alzó ante los ojos expectantes de la niña. Bastaba un tajo rápido para terminar con lo que había empezado a derrumbarlo. Sin embargo, no pudo mover ni un músculo. Era un guardián, no podía lastimar a un niño y, menos aún, a aquella que con una sola mirada despertaba calidez en su ser.

Esa niña siempre tuvo algo especial, una presencia cargada de luz, pureza y amor. No podía atacar a algo tan bueno, por más que su corazón herido lo quisiera.

-Dios, ¿por qué no puedo? -Bajó tanto el arma como la vista al suelo.

La lluvia cesó en un instante. Un escalofrío le puso los pelos de punta. Algo en el ambiente cambió; la energía que percibía se hizo más pesada. Alguien abrió una brecha entre lo real y lo espiritual.

-Debe ser porque no es tu deber.

Su voz resonó contra las paredes. Él la reconoció en segundos. Se trataba de una presencia lúgubre, fría, carente de vida. Cuando dio media vuelta, pudo verlo envuelto en telas negras, con la cabeza cubierta. Los huesos expuestos de su mano rodeaban la guadaña que siempre cargaba consigo.

-¿Qué haces aquí, Azrael? -preguntó, aunque sabía a la perfección por qué la muerte había hecho acto de presencia. No era por él.

-Mi trabajo, amigo -contestó bajo un murmullo oscuro y distorsionado-. Vengo por ella -señaló a la niña, que lo veía con horror-. Es un ser errante. No sé a dónde pertenece, no sé nada de ella. Ya sabes que se tienen que eliminar las almas que no tienen nombre.

La pequeña dio un salto para acomodarse tras el ángel. Se aferró a él con sus pequeñas manos.

-No dejes que me lleve con él -suplicó al borde de las lágrimas.

La confusión tiñó sus finas facciones, pero una gran idea iluminó su mente. Si tenía la oportunidad de quedarse con esa niña, no la desaprovecharía. Como no pudo matarla, haría que su existencia fuera un beneficio para él.

-No -contestó a la parca-. Es solo una niña, y mi deber es protegerla. Soy un ángel guardián ahora.

La tierra se resquebrajó bajo los pies del ángel de la muerte.

-No puedes interferir en el orden natural de las cosas, Zackel.

Ante el silencio de su respuesta, Azrael se abalanzó en su contra. Tomaría esa alma por las buenas o por las malas. El filo de la punta de la guadaña estuvo a punto de tocar la cara de Zackel, pero logró protegerse con la dureza de sus alas y, con un movimiento, empujó a la parca lejos de ellos.

Aprovechó la ventaja para tomar a la niña de la mano. Dibujó un rombo dorado con sus dedos y, dentro de él, una estrella brillante. Un símbolo tan poderoso que era capaz de proteger cualquier alma.

-Con esto no te harán daño -dijo a la pequeña-. No sé qué hay en ti, pero me impide lastimarte, pajarito. Pero eso no quita que odio a tu madre y no le voy a dar el placer de verte de nuevo en el Cielo. Estarás aquí por siempre.

-¡Zackel! -La muerte se levantó. Otro temblor sacudió la tierra-. ¡No lo vas a hacer de nuevo! ¡No puedes pretender que romperás las reglas en todas las dimensiones!

Azrael estaba a punto de lanzarse una vez más.

-¡La reclamo como mía, está bajo mi protección! -vociferó con la fuerza de una legión.

Una ráfaga de luz alejó a la muerte y la hizo desaparecer entre la oscuridad.

El ambiente retomó la normalidad y la lluvia volvió sin piedad. Zackel regresó a su forma más simple: la de un humano, el recipiente perfecto para condensar su poder celestial. Luego, tomó a su protegida de la mano.

-Voy a dejarte en un lugar mejor, Elsabel...

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