PrĂłlogo
Taehyung
âBienvenidos a Filadelfiaâ.
Las palabras perfectamente sincronizadas del locutor de radio resonaron en los altavoces del Jeep de Jimin mientras tomĂĄbamos el puente Benjamin Franklin para cruzar el rĂo Delaware.
Jimin, Hobi y FĂ©lix eran mis acompañantes en Yale. Jimin y Hoseok eran primos, criados casi juntos por la mamĂĄ de Jimin en California. Hoseok era temerario pero fĂĄcil de querer y, segĂșn todas las historias que habĂan compartido a lo largo de los años, era el yin del yang de Jimin. Jimin, que llevaba preparĂĄndose para las Olimpiadas desde el dĂa en que se calzĂł los patines artĂsticos, tenĂa una determinaciĂłn que se beneficiaba de las alocadas maneras de Hoseok.
Luego estaba FĂ©lix, que siempre se aseguraba que hiciĂ©ramos los movimientos correctos y pensĂĄramos con nuestro lado sensato del cerebro en lugar de con el de un lagarto. Siempre bromeĂĄbamos diciendo que era la mamĂĄ gallina de nuestro grupo, pero no nos gustarĂa que fuera de otra manera.
Y yo... bueno, yo era sĂłlo yo. Taehyung Murphy, hijo doncel de un mafioso irlandĂ©s. Tanto mi papĂĄ como el de Hoseok dirigĂan las partes de nuestras familias en una organizaciĂłn criminal mucho mayor. Su papĂĄ dirigĂa la mafia irlandesa de los Brennan, su territorio en Irlanda y Estados Unidos, y mi papĂĄ y mis hermanos dirigĂan la mafia irlandesa de los Murphy solo en Irlanda.
A mĂ me funcionaba: menos posibilidades de encontrarme con mis hermanos. O, como se les conocĂa en los bajos fondos, los capullos irlandeses. No habĂa vuelto a Irlanda desde que pisĂ© suelo americano, e incluso ahora, con un tĂtulo de Yale en mi haber, seguĂa retrasando mi regreso a Irlanda.
AsĂ que aquĂ estĂĄbamos los cuatro, de camino para llevar a cabo nuestro atraco: robar a uno de los capos. ÂżCĂłmo llegĂł a pasar esto, te preguntarĂĄs? Bueno, empezĂł con un incendio y el chantaje del ex novio de FĂ©lix. SeguĂamos una regla: nunca robar dos veces en el mismo sitio. Hasta ahora, habĂamos robado al papĂĄ de Hoseok, un casino en Chicago, y ahora estĂĄbamos cambiando nuestros esfuerzos a un club en Filadelfia. La diversidad era importante para nosotros, criminales aficionados.
Y algo bueno habĂa salido de ello.
DespuĂ©s que el novio de Jimin nos ayudara a borrar las pruebas de nuestras operaciones pasadas, decidimos utilizar el dinero para fundar una escuela. Era una escuela que enseñarĂa un plan de estudios normal complementado con lucha, defensa personal y supervivencia en el mundo de la mafia.
En poco tiempo, Jimin habĂa estacionado su Jeep y nos pavoneĂĄbamos por el club como si fuĂ©ramos de la casa. A mi izquierda estaba el guardarropa, teñido de luces de neĂłn rojas, y una zona de bar con una docena de mesas altas. Algunos de los clientes habĂan despejado un espacio para una pista de baile, y detrĂĄs, en la pared mĂĄs alejada, colgaba un cartel familiar.
Kingpins of the Syndicate.
Su gran cråneo me siguió mientras pasåbamos por la pista de baile, haciéndome un agujero en la nuca.
La mĂșsica sonaba a todo volumen mientras nos adentrĂĄbamos en el club, haciendo vibrar el mugriento suelo bajo mis pies. Algunos cuerpos se retorcĂan mientras nos movĂamos entre ellos en direcciĂłn a otra barra.
Pedimos una ronda de refrescos y, mientras esperĂĄbamos, mis ojos recorrieron el club iluminado con luz estroboscĂłpica. La gente iba tan elegantemente vestida que podrĂa jurar que su ropa habĂa salido directamente de las pasarelas de Nueva York.
Hoseok y yo terminamos primero nuestras bebidas, las bajamos y nos dirigimos a la pista de baile. Empezamos a balancearnos al ritmo de la mĂșsica, riendo y moviendo el culo como chicos de discoteca que intentan ganarse la vida.
FĂ©lix y Jimin se unieron a nosotros cuando sonĂł âMorning After Darkâ de Timbaland, y estirĂ© el cuello para ver a la DJ, una impresionante mujer de piernas largas, cabello rubio y un par de auriculares rosa chicle. AnotĂ© que le darĂa una propina al salir.
Los cuatro nos reĂmos y movimos las caderas, olvidando el motivo por el que estĂĄbamos allĂ. Un baile se convirtiĂł en dos, luego en tres y, en poco tiempo, llegĂł el momento de ejecutar nuestro plan.
âBien, estĂ©n alertas, chicos âdijo Jimin despuĂ©s de que nos reuniĂłâ. La señal no puede estar muy lejos.
HabĂamos estacionado en el camino del camiĂłn del dinero que llegarĂa en cualquier momento. El plan era volver al auto y seguir al camiĂłn del dinero. Nada podrĂa detenernos ahora.
Bueno, casi nada.
âTengo que ir al baño. âMirĂ© a mi alrededor, buscando una señal de bañoâ. SerĂ© sĂșper rĂĄpido. âSi oyes el anuncio âordenĂł FĂ©lixâ, no vuelvas aquĂ. DirĂgete directamente al auto.
Salà corriendo con un movimiento de la barbilla, dejando a Hoseok, Jimin y Félix bailando. Vadeé entre cuerpos bañados en sudor y esquivé bandejas plateadas flotantes que transportaban bebidas que brillaban bajo las luces parpadeantes. Una vez en el baño, me ocupé de mis asuntos, me lavé las manos y estaba a punto de volver al pasillo oscuro cuando choqué con el duro pecho de un hombre.
MirĂł hacia abajo, recorriendo mis piernas desnudas, antes que su mirada carente de emociĂłn subiera y atrapara la mĂa. Era como si me estuviera atravesando con la mirada. Se me puso la piel de gallina y al instante supe quiĂ©n era. Priest, el capo del Sindicato que gobernaba Filadelfia.
Instintivamente, di un paso atrĂĄs, y algo oscuro pasĂł por sus ojos.
âÂżQuĂ© tenemos aquĂ? âdijo en voz baja. Mi estĂłmago se volviĂł duro como plomo y sentĂ un temblor en el pecho. Estar solo con Ă©l me hacĂa sentir como si no hubiera suficiente oxĂgeno en el pequeño espacioâ. No deberĂas estar aquĂ solo, ĂĄngel.
AcortĂł la distancia que nos separaba con una poderosa zancada y un escalofrĂo me recorriĂł. Sus ojos, que se clavaron en mĂ, no tenĂan corazĂłn. Invasivos. Azules.
El momento se alargĂł, robĂĄndome la poca bocanada de aire que habĂa logrado sacar de mis pulmones.
La sola idea de estar tan cerca del hombre al que Ăbamos a robar hacĂa que cada terminaciĂłn nerviosa de mi cuerpo se estremeciera de expectaciĂłn. SentĂa el peligro y me preguntaba cuĂĄnto tiempo pasarĂa antes de que mis amigos vinieran a buscarme.
Un paso mĂĄs y quedĂ© acorralado, con su aroma a roble envolviĂ©ndome. Su cuerpo quemaba al rozar el mĂo, el calor era poderoso e imposible de ignorar. SentĂa los miembros pesados y ligeros a la vez, y la piel me zumbaba como un cable en tensiĂłn.
âNo estoy solo.
TraguĂ© fuerte cuando se quedĂł callado. Era el hombre mĂĄs alto que habĂa visto en la vida real, con el cabello rubio como una aureola enmarcĂĄndole la cara. Pero habĂa algo oscuro y desquiciado en sus ojos azules, y me vi incapaz de apartar la mirada. Esa boca llena suya probablemente hacĂa que las damas cayeran rendidas a sus pies, y a juzgar por su sonrisa, Ă©l lo sabĂa.
Su mirada recorrió mis piernas desnudas como hielo derritiéndose sobre mi piel acalorada y soltó una risita, haciendo que mis mejillas ardieran de calor.
âÂżTe diviertes, ĂĄngel? âSu voz tenĂa un timbre evasivo y cada palabra tenĂa un toque abrasivo. Era pecaminosa, invitaba imĂĄgenes erĂłticas a mi mente. De las que se guardan en el fondo del alma. DesviĂ© la mirada con demasiada rapidez, haciendo dolorosamente obvio que habĂa estado mirando fijamenteâ. No seas tĂmido... A mĂ tambiĂ©n me fascinas.
TocĂł mis mechones rojos y enroscĂł uno alrededor de su dedo.
âNo estaba... Lo siento âdije sacudiendo la cabeza, e inmediatamente me estremecĂ. Su agarre se tensĂł y me preguntĂ© quĂ© sentirĂa si tirabaâ. Tengo que irme.
Era como si un campo magnĂ©tico nos rodeara, dejĂĄndonos solos en el oscuro pasillo mientras hordas de gente se mezclaban a solo unos metros de distancia. Desbordaba sexualidad y masculinidad, su presencia era ineludible y me dejaba agotado. Todo en Ă©l me advertĂa que huyera, pero mi cuerpo se negaba a moverse y mi agujero eligiĂł ese momento para apretarse de necesidad.
âNo tan rĂĄpido âdijo, con voz grave mientras agachaba la cabeza, acercando su boca a mi orejaâ. DeberĂamos explorar esto.
Parpadeé, repentinamente excitado como nunca.
âÂżExplorar quĂ©?
âEsto. âMe mordiĂł el lĂłbulo de la oreja y todo pensamiento que tenĂa se marchitĂł. Oh, Dios mĂo. Esto no era parte del planâ. TĂș tambiĂ©n lo quieres.
TraguĂ© fuerte, negando con la cabeza. No podĂamos hacerlo. Ăl, de todas las personas, no estaba en la agenda de esta noche.
âNo creo que sea prudente âsusurrĂ©.
âEntonces dime que pare âdijo, bajando la voz otra octava. Me puso una mano en la cadera y mi piel se inflamĂł con el calorâ. Ni siquiera eres real, Âżverdad? Un ĂĄngel nunca tentarĂa al diablo.
Me puso las manos en las caderas y me acercó mås a él.
âNo estoy tentando a nadie âdije roncamente. No podĂa dejar que ese hombre me tocara. TenĂa que ponerle fin. Y sin embargo... mi cuerpo se inclinĂł mĂĄs hacia el suyo, la luz atraĂda por la oscuridad.
âNo puedes negarlo, pero algo me dice que lo sabes demasiado bien. âNi siquiera sĂ© tu nombre âprotestĂ©, pero mi voz era tan baja que apenas se oĂa. SĂ, Jimin me habĂa informado sobre este hombre, pero âPriestâ no podĂa ser su verdadero nombreâ. Esto estĂĄ mal. âOlvĂdate del bien y del mal âme ordenĂł, ignorando mis dĂ©biles razonamientos. AsentĂ, casi como en tranceâ. Ahora mĂrame.
LevantĂ© la cabeza y lo mirĂ© fijamente. TenĂa las pupilas muy dilatadas, el tono azul de sus ojos casi engullido por el negro. Pero fue el anhelo de su mirada lo que me cautivĂł.
AbrĂ la boca para decirle que parara, pero no salieron palabras. SĂłlo podĂa concentrarme en los fuertes dedos que flexionaban mis caderas. Mi interior se contrajo, inundĂĄndose de calor y haciĂ©ndome respirar entrecortadamente.
Me lamĂ los labios, cada cĂ©lula de mi cuerpo vibraba con energĂa sexual. No sabĂa quĂ© tenĂa este hombre, pero deseaba tener sus manos sobre mĂ, sus dedos dentro de mĂ. SĂłlo por esta vez, querĂa hacer algo salvaje y temerario y dejar que este magnĂfico desconocido me devorara y aliviara esta dolorosa necesidad.
âÂżY ahora quĂ©? âExhalĂ©.
El hombre me mirĂł fijamente mientras me subĂa la mano por el muslo.
âAhora te hago venir âgruñó, sus dedos alcanzaron mis bragas y se deslizaron sin esfuerzo dentro de la endeble tela.
La mĂșsica sonaba con fuerza, igual que la expectaciĂłn que me recorrĂa las venas. QuerĂa tocarlo, pasarle las manos por el cabello para estabilizarme mientras Ă©l deslizaba sus dedos alrededor de mi entrada, pero mi intuiciĂłn me decĂa que no le gustarĂa.
AsĂ que, en lugar de eso, mantuve mis pensamientos alejados de mis amigos y de la misiĂłn de esta noche, imaginando ojos sobre nosotros y emocionĂĄndome por ello.
âYa estas empapado âgruñó con una sonrisa burlona.
âQue no se te suba a la cabeza âle dije, esperando que no pudiera leer la conmociĂłn en mi cara. Nunca me habĂa pasado.
âQue luchador. âSoltĂł una risita oscura y con la yema de su dedo medio hizo cĂrculos alrededor de mi agujero que se abrĂa y cerraba a la nada, aplicando la cantidad perfecta de presiĂłn.
âMierda âsusurrĂ©, con las manos cerradas en puños y los nudillos blancos.
Sus labios se presionaron contra mi oĂdo, su aliento caliente provocĂĄndome cosas.
âUn ĂĄngel con boca de pecador. Eso me gusta.
Sus labios rozaron mi cuello, recorriendo un camino ardiente sobre mi piel sensible, mientras hundĂa aĂșn mĂĄs la mano en mis bragas, tirando de ellas hacia abajo. Luego me separĂł mĂĄs las piernas y deslizĂł un dedo dentro de mĂ, entrando y saliendo.
Me mordĂ el labio para no gemir ni suplicarle mĂĄs. LlevĂ© las manos a su cabello y le rocĂ© el cuero cabelludo con las uñas. Por un momento se puso rĂgido, pero yo estaba demasiado ido para darme cuenta.
âOh, mierda... âgemĂ, agarrando sus cortos mechones rubiosâ. Si paras, te juro que te asesinarĂ©.
GimiĂł por lo bajo y añadiĂł otro dedo, luego reanudĂł la penetraciĂłn con los dedos, mientras mi agujero resbaladizo goteaba y me cubrĂa el interior de las nalgas. Me dio un mordisco en el cuello y el calor estallĂł en mi interior, licuĂĄndose en mis venas.
âMierda, estĂĄs muy apretado âgruñóâ. No eres virgen, Âżverdad?
Me invadiĂł una oleada de nerviosismo. No querĂa que se detuviera, y definitivamente no querĂa ser honesto.
âYa quisieras âgemĂ.
âEn realidad, no.
Su voz era ĂĄspera, pero tenĂa tanta lujuria en las venas que no pude leer entre lĂneas. MovĂ las caderas y me frotĂ© contra Ă©l mientras me metĂa los dedos hasta el fondo y me penetraba el punto P.
âSanta Madre de Dios. âMe aferrĂ© a Ă©l, el sonido de mi excitaciĂłn mientras los metĂa y sacaba de mĂ de alguna manera audible sobre el estruendo de la discoteca.
LevantĂł la cabeza. DetrĂĄs de sus ojos se desatĂł una tormenta que me hizo pensar que estaba a punto de detenerse. Sus labios se curvaron en una sonrisa arrogante y ĂĄspera.
âTe prometo, ĂĄngel, que Dios no tiene nada que ver con esto. Para cuando acabe contigo, ambos tendremos nuestra salvaciĂłn.
Sus palabras me parecieron extrañas, pero antes de que pudiera reflexionar sobre ello, cayó de rodillas y hundió la cabeza entre mis piernas, saco mi pene de mis bragas y lamio desde la base hasta el glande. Su gruñido de satisfacción me subió por la espalda y me pasó una mano åspera por la pierna, enganchåndome el muslo por encima del hombro.
El movimiento era obsceno: Ă©l arrodillado delante de mĂ como si fuera un dios y no un total desconocido, la embriagadora expectativa de ser descubierto aquĂ... Todo era demasiado.
Le pasĂ© los dedos por el cabello y Ă©l empujĂł mi pene dentro de su boca. Dentro y fuera. Dentro y fuera. Mi espalda se arqueĂł contra la pared y mis ojos se pusieron en blanco. Me trabajĂł como si me conociera desde hacĂa años.
MovĂ las caderas a medida que crecĂa la oleada de placer que me recorrĂa por dentro. Me mordisqueĂł el glande y luego me golpeĂł entre las piernas, y algo oscuro surgiĂł de lo mĂĄs profundo de mĂ. Una pasiĂłn feroz que nunca habĂa surgido antes.
Su mirada azul se clavĂł en la mĂa mientras me chupaba el pene, que seguĂa palpitando deliciosamente, y la presiĂłn acabĂł por estallar. Me corrĂ tan fuerte que me zumbaron los oĂdos, arrastrando por lo bajo todos los demĂĄs sonidos del club.
CerrĂ© los ojos y me esforcĂ© por recuperar el aliento mientras una lĂĄnguida sensaciĂłn tiraba de mis mĂșsculos. Me temblaban los muslos y una paz me invadiĂł sin precedentes.
HablĂł, pero las palabras no me llegaron. AbrĂ los ojos y lo vĂ aĂșn de rodillas, con los ojos fijos en mĂ. AĂșn me temblaban los muslos cuando el DJ parĂł la mĂșsica y hablĂł por el micrĂłfono, atravesando la niebla del placer.
âÂżPor favor, podrĂa el dueño del Jeep Wrangler rojo mover su vehĂculo?
Jadeé y me tapé la boca con la mano. Giré sobre mis talones y salà corriendo. Escuché la risita åspera que me persiguió durante muchos meses.








