Capitulo 1.
Parte 1
Sentía el nerviosismo poniéndome los pelos de punta. Estaba sentada delante del espejo mientras peinaba mi larga cabellera rubia.
Por fin era el día de la ceremonia de emparejamiento. Una ceremonia que se llevaba a cabo desde los inicios de la tribu. Aquella cual la diosa Luna nos haría encontrar a nuestra pareja destinada.
—Juls, ¿te has preparado? —La voz de mi madre interrumpió mis pensamientos. Dejé el peine al lado y me levanté hacia mi armario.
—Sí, pero aún no he acabado. —Mi madre resopló.
Cojí la prenda que debía llevar durante el ritual. La ropa era ancha y blanca. Con pequeños toques plateados en los bordes de la falda. Me recogí el cabello con la cordillera de color negro para atar mi larga melena rubia.
Me miré por última vez en el espejo, colocándome algunos mechones algo rizados tras las orejas, y bajé las escaleras. Mi madre ya estaba abajo con mi padre. Ambos hablando.
—Vamos a llegar tarde, le dije a Juls que se debía haber empezado a preparar antes —decía mi madre mientras le colocaba bien la chaqueta a mi padre. —Tranquila, ya sabes que la ceremonia tarda siempre en empezar —decía mi padre acariciando los brazos de mi madre.
Cuando llegué abajo las escaleras, mi madre me miró. —Ya era hora, Juls, vamos a llegar tarde —dijo indignada.
Mi padre se acercó a mí y me dio un beso en la frente. —Estás preciosa, cariño —dijo con mucha ternura. —Gracias, papá —dije casi susurrando, pero con una sonrisa en el rostro.
La ceremonia se celebraría en medio del bosque de Selena. Donde allí las dos truvus se reunirían para la esperada noche del eclipse.
Allí ambas tribus, los Sairkes y los Belbuz, prolongarían el tratado de paz que los había unido al final de la última guerra. Para la propia prosperidad en ambos reinos.
Al llegar, una sacerdotisa esperaba en la entrada con su vestuario común, una larga capa roja y su rostro tapado con una capucha y una cinta negra tapando sus ojos.
—Por favor, la participante de la ceremonia, pase por el arco de azucenas. Mi padre me dio un beso en la sien y mi madre me abrazó.
—Mi niña, qué mayor, no te pongas nerviosa. —Me dio un pequeño beso en la frente. —Que la diosa Luna te proteja. Ambos volvieron por donde habían venido. Los vi alejarse hasta que la niebla los hizo desaparecer.
Avancé por el arco de aquellas preciosas flores blancas. Caminé a través del bosque por el camino iluminado por las luciérnagas.
Hasta llegar al punto de encuentro. Había una hoguera en medio y estaba rodeada de chicos que se iban a presentar a la ceremonia. En una puta había un atril donde la anciana sacerdotista daría inicio a la ceremonia. El lugar estaba en completo silencio; solo se podía escuchar el sonido de los saltamontes y el canto de los búhos.
Me acerqué a la entrada, donde otra sacerdotisa esperaba a los llegados. —¿Nombre? —preguntó. —Juls Perpler. Tachó algo de su lista.
—Que la diosa te acompañe. —Asentí. Caminé hacia un espacio que había en una de las puntas. Respire hondo, no había nada que temer.
La ceremonia no tardó mucho en empezar. La anciana sacerdotisa se elevó en el altar delante de la hoguera.
-Hoy estamos aquí para el inicio de la ceremonia del eclipse. Con eso cogió un cuchillo y se cortó la palma de la mano y la mostró ante todos. —Que la diosa Luna os guíe en la búsqueda del hilo rojo. —Entonces cogió un hilo blanco y lo mojó en su sangre.
—Ahora daos las manos y repetid después de mí. Me cogí de la mano y cerramos los ojos.
—Diosa Luna protectora, hazme encontrar el hilo que me une con mi Sol —repetimos tras la anciana sacerdotista. Abrimos los ojos y vimos cómo había un hilo sujeto a nuestras muñecas. Nadie exclamó, nadie dijo nada; todos permanecíamos serios.
El hilo se adentraba en el bosque, pero no se veía dónde acababa. Era inquietante y emocionante.
—Ahora despojaos de vuestra infancia. Nos comenzamos a quitar la ropa y la lanzamos a la hoguera. La ropa blanca era el símbolo de nuestra inocencia y, para dejarla atrás, debíamos quemarla.
Cuando quedamos solo en ropa interior, todos caminamos hacia el bosque.
—Que la diosa os acompañe —dijo por última vez la anciana sacerdotisa. Bajando del atril.








