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Please || Toll ©️ (one shot, AU, Saga Rojo ✔️)

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Final alternativo de Please.

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18+

Final alternativo

[Capitulo único]



El trayecto de vuelta a casa desde el hospital se me había hecho eterno, pero por fin atravesamos la puerta con el alta en la mano y con una sensación de alivio indescriptible en el pecho. Tom venía justo detrás de mí empujando el cochecito doble, donde nuestros niños descansaban profundamente, bien acurrucados en sus mantitas. Apenas vi el sofá, dejé caer todo mi peso sobre el acolchado, soltando un largo suspiro de gusto.

Estaba completamente agotado. Jamás en mi vida había experimentado un cansancio de este nivel, ni este dolor punzante en cada uno de mis músculos; no sabía si achacárselo al parto en sí o al hecho de que la maldita camilla del hospital era una auténtica piedra.

—Vale...— murmuró Tom mientras acomodaba el cochecito en el centro de la sala, justo frente a mí —Ha sido un día agotador.

—¿A ti te parece agotador?— mascullé con un ramalazo de irritación, cerrando los ojos y dejando caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá —¿A ti, que no hiciste más que estar de pie dándome apoyo moral mientras yo me llevaba la peor parte?

Tom soltó una risita baja.

—Precisamente por eso, cosita preciosa. Me duelen los pies de estar de pie.

Chasqueé la lengua, indignado.

—A mí me duele hasta el alma, ¿te parece justo, Tom?— le pregunté usando mi voz más infantil, dejando escapar un pucherito con los labios —Me siento cansado, triste, feliz... No sé, ni siquiera yo me entiendo ahora mismo y tú no haces el esfuerzo por hacerlo.

—¿Todavía estás enfadadito conmigo porque no te dejé llamar a Natalie?— preguntó, acercándose a mí a pasos lentos hasta sentarse a mi lado.

Intentó envolverme en un abrazo, pero me zafé al instante, marcando distancia. Sí, estaba molesto porque no había querido prestarme su móvil para avisar a mi amiga. Tommie suspiró profundamente.

—Amor...— murmuró. Poco le importó que lo hubiera rechazado apenas unos segundos atrás; volvió a acortar el espacio entre los dos como el migajero que es y esta vez sí me atrapó entre sus brazos, cálidos y fuertes —Morenito, sabes que solo quiero asegurarme de que estemos a salvo. ¿Sí?

—¿Qué peligro podría representar Natalie, eh?— insistí con los ojos entrecerrados y un mohín de descontento en los labios —Es mi amiga, le prometí que la llamaría en cuanto me instalara aquí y ya ha pasado mucho tiempo.

—Lo sé, pero es lo mejor por ahora— dijo con voz firme pero pausada —Escúchame, morenito, primero vamos a acomodarnos bien aquí o nos iremos a México, lo que sea necesario. Mi padre nos va a ayudar. Sabes de sobra que no puedo simplemente salirme del submundo si nací en él, bebé, y hay un enemigo ahí fuera que podría aprovechar que estamos aquí sin ningún tipo de protección. Cuando estemos completamente seguros, veremos lo de la llamada. Pero será desde un móvil y una línea imposibles de rastrear, y sin soltar una sola palabra sobre nuestra ubicación.

Lo miré fijamente a los ojos, ladeando un poco la cabeza.

—Tú siempre me consientes en todo lo que te pido— gimoteé, sintiendo ese nudito en la garganta —Pero claro, como eres un señor de veintitrés años, no le prestas atención a lo que te pide tu bebito de dieciocho.

Tommie soltó una carcajada ante mi ocurrencia y me apretó todavía más contra su pecho.

—Soy un señor de veintitrés que a veces tiene que tomar las decisiones difíciles para asegurarse de que su bebito de dieciocho y sus bebitos gemelos, recién salidos del horno, estén bien y a salvo. Vuestra seguridad está en mis manos.

—¿Aunque tengas que hacer sentir mal a tu bebito grande negándole algo que quiere hacer solo porque echa de menos a su amiga?

—Aunque tenga que arriesgarme a que mi nene me mande a dormir al sofá— musitó, siguiéndome el juego con una sonrisa ladina —Pero quiero que entiendas que es por tu bien, que no voy a arriesgarme a que pase nada malo.— levantó una mano y, con delicadeza, me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja —Morenito, tú y mis hijos sois mi vida entera. Dime que me entiendes, por favor...

Solté un pequeño suspiro y asentí un par de veces contra su hombro. En el fondo lo entendía. Mi enfado era más bien el berrinche y la indignación de que en el hospital me hubiera prohibido tajantemente hacer esa llamada. Se sintió como si quisiera mandarme, y no; o tal vez yo lo estaba exagerando todo como el buen dramático que soy. Tommie nunca me decía que no, siempre terminaba cediendo a mis caprichos, pero en el hospital se mantuvo firme y eso me dio un bajón horrible.

Sin embargo, viéndolo con calma, sus razones eran reales.

Al final del día no importaba tanto. Estaba con él, estábamos juntos con nuestros hijos y eso era lo verdaderamente importante. Ya le hablaría a Natalie más adelante, justo como dijo Tom... sin rastreos y sin dar direcciones, evitando arriesgar a los niños o cargar con una culpa espantosa si algo salía mal. Además, mi propia intuición me daba un pinchazo, advirtiéndome que no hiciera esa llamada.

Le haría caso a mi instinto y a él.

—Está bien...— cedí al fin, con tono resignado —Pero vas a tener que contentarme, porque sigo enfadado.

—Yo, con todo el gusto del mundo, mi bebé— contestó con una sonrisa de medio lado —¿Quieres follar?

—¿Tú estás loco o qué te pasa?— exclamé contenidamente abriendo los ojos de par en par, impactado por su propuesta tan descarada. Mi reacción le sacó una risotada retumbante. —Acabo de parir, ¿en serio crees que estoy en condiciones?— lo reñí, dándole un golpe flojo en el pecho.

—Perdón, mi amor, solo estaba bromeando— se justificó entre carcajadas —Aunque le pregunté a la doctora cuando pedí tu alta que hasta cuándo podrías estar preparado para recibir a mi calamar... Me dijo que en cuatro o seis semanas. Esperaremos a la quinta por si acaso.

No sabía si morirme de la vergüenza o enfadarme de verdad. O sea, ¿de verdad tuvo la osadía de hacerle esa pregunta a la doctora? Tom era un idiota, Dios mío. Con razón, cuando la doctora entró en la habitación para darme el alta después de hablar con él, me miró de aquella manera tan rara.

—Siempre te pido que no me avergüences y es justamente lo primero que haces— dije negando con la cabeza, aguantándome la risa.

Él me dedicó su sonrisa más encantadora.

—Así me conociste y justo así te enamoré. ¿O acaso fue solo por mi cara bonita?

Esta vez fui yo quien sonrió con los labios apretados.

—Fue por el tamaño de tu amigo— bromeé, echándole una mirada bastante sugerente a su entrepierna.

Tom lo captó al instante; como el rey de los dobles sentidos que era, no se le escapaba ni uno. Mordí mi labio inferior con gesto juguetón al ver cómo abría la boca, indignado.

—Es una cosota, ¿eh?

—¿O sea que para ti soy feo?— indagó poniéndose la mano en el pecho con todo el dramatismo del mundo —¿Mi cuerpo atlético no te llama la atención? ¿O mi encanto natural?

Me empezó a doler el estómago de lo mucho que me estaba riendo, intentando contener la risa porque no me quedaban fuerzas ni para eso.

—¿En serio, morenito?

—Tommie...— jadeé entre risas, casi sin aire.

—¿Has escuchado eso? Es el sonido de mi corazón rompiéndose en mil pedazos...

—Era una broma, cielo— le aclaré al instante, viendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas con tanto drama. Quizás el tonto solo estaba exagerando para darme lástima, pero me ablandó por completo el corazón. —Amé absolutamente todo de ti desde el primer momento; todo de ti me enamoró perdidamente. Y sigue siendo así, y lo será por los siglos de los siglos.

Tom dejó escapar un largo suspiro de alivio y se llevó la mano al pecho, dramático como solo él sabía ser.

—Gracias... Siento cómo mi corazón vuelve a estar entero— dijo.

Aproveché el momento, lo cogí suavemente de ambas mejillas y le planté un buen beso en los labios.

—Ooh, dame otro— pidió de inmediato, inclinándose hacia mí.

Estaba a punto de complacerlo, pero en ese preciso segundo uno de nuestros bebés soltó un chillido agudísimo que me hizo girar la cabeza de golpe hacia los cochecitos. Nick ya estaba despierto, pataleando en el aire con las manitas alzadas.

—Ouh, creo que te vas a quedar con las ganas— dije, zafándome de Tom para ponerme de pie y coger al niño antes de que despertara a su hermana.

Sin embargo, ya era demasiado tarde porque mi pequeña Beverly ya tenía los ojitos abiertos de par en par. Pensándolo bien, creo que el chillido estridente había sido de ella. Sonreí inevitablemente ante la escena. Miré hacia atrás por encima de mi hombro y vi a Tom sentado en el sofá, con un puchero tremendo dibujado en el rostro por el beso que le había negado.

—Coge a la niña, hay que darles de comer— le ordené suavemente.

—Nick es un grosero, lo castigaré.— lo oí murmurar. —Por su culpa no me diste mi beso, envidioso.

—Tom, por Dios...

—¿Qué estás haciendo?— preguntó levantándose del sofá de un brinco en cuanto me vio inclinarme hacia el cochecito. No me dejó ni tocarlo. Se interpuso de inmediato. —La doctora dejó muy claro que nada de esfuerzos los primeros días— reclamó con firmeza —Déjame a mí, yo me encargo de darles de comer.

—Tom...— sonreí con ternura, negando con la cabeza —No vas a poder alimentar a los dos al mismo tiempo. Si le das el biberón a uno, el otro se va a poner a llorar desconsolado.

—Soy un Power Ranger, claro que podré— soltó, arrugando la nariz con su arrogancia habitual. Yo solo pude poner los ojos en blanco.

¿Que coño era un Power Ranger?

—Ve a preparar los biberones mientras yo los entretengo— le sugerí —Estando sentado sí les puedo dar de comer, ¿o es que eso tampoco me vas a dejar hacerlo?

Se quedó pensativo un segundo, analizándolo seriamente.

—Creo que estando sentado sí puedes, morenito— asintió varias veces para convencerse a sí mismo. Su actitud sobreprotectora me daba risa y a la vez me derretía por dentro; quería encargarse de todo para que yo no moviera ni un dedo. Era tan lindo...

Mi chico lindo.

—Iré a prepararlos— anunció, poniéndose en marcha.

—Eso, mi amor. Me encanta cuando me obedeces, te vez más papasito— lo molesté con tono burlón.

—Shh, eso es un secreto— susurró él, guiñándome un ojo antes de alejarse hacia la cocina.

Ay... Lo amaba tanto. Lo amaba con cada fibra de mi corazón.

.

.

.

Dos meses después, las cosas para nosotros habían mejorado aún más. Habíamos decidido viajar a Rusia, su padre había ayudado a Tom a buscar el lugar donde vivir. Que no era un apartamento cualquiera, era una mansión en toda la extensión de la palabra. Tom y yo debíamos arreglar el tema de nuestras identificaciones para poder darles nuestros apellidos a nuestros hijos.

Pero aún lo estábamos discutiendo... y de qué buena manera...

Estaba sentado a horcajadas sobre el regazo de mi Tom, con su verga gruesa y dura enterrada hasta el fondo dentro de mí. Cada vez que me levantaba un poco y volvía a bajar, la sentía rozarme por dentro de una forma que me sacaba el aire por completo y me hacía desfallecer del mero gusto. Sus manos grandes me apretaban las nalgas, separándolas y empujándome hacia abajo, marcando el ritmo.

—Joder, Tom...— gemí entre dientes, con la voz temblorosa —Mhmm... así... más fuerte.

Él solo gruñó contra mi cuello y me levantó un poco más, solo para dejarme caer otra vez sobre su polla. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se escuchaba de lleno en toda la habitación. Yo me agarré a sus hombros, mis uñas se clavaron un poco en su piel, y empecé a saltar más rápido, rebotando sobre él porque no podía detenerme ni aunque quisiera.

Mierda, esto nunca dejaría de sentirse bien. 

—Ah... ah, mierda...— jadeé, con la cabeza echada hacia atrás —Se siente tan... tan grande, Tommie. Mmm.

Sus dedos se hundieron más en mi carne, guiándome, obligándome a tomar cada centímetro de su miembro. Cada embestida hacia arriba me hacía temblar las piernas. El calor me subía desde el culo hasta el pecho, y mi propia entrepierna rebotaba contra su abdomen, dejando hilos de semen brillantes sobre su piel.

—Eres demasiado lindo.— murmuró Tom sin aliento contra mi oreja. —Muy lindo, mhmm...— jadeó, para luego propinar una bofetada a una de mis nalgas que me hizo gimotear, por el ardor y también por lo bien que eso se sintió.

—Más... por favor, más— supliqué, casi sin voz, mientras seguía subiendo y bajando, cada vez más desesperado —Aahm sí... 

Tom me apretó más fuerte las nalgas y empezó a empujar hacia arriba al mismo tiempo que yo bajaba. El golpe fue tan intenso que solté un gemido largo, ronco, que se me escapó sin control.

—¡Ah, joder, sí...! Así, Tom... no pares...

Seguía saltando sobre él, empapado de sudor, con las piernas temblando y el culo ardiéndome de placer. Cada vez que su verga entraba hasta el fondo, me sacaba un gemido nuevo, más alto, más necesitado. Me sentía tan lleno, tan abierto, y no quería que terminara nunca.

Tom me agarró fuerte de la cintura y, sin salirse de dentro, me levantó como si no pesara nada. Me dio la vuelta y me empujó hacia adelante, hasta que quedé de rodillas sobre la cama, con el pecho apoyado en el colchón y el trasero bien alto, ofreciéndoselo completo. Tenía las piernas abiertas, las nalgas rojas de tanto que me las había apretado, y su verga gruesa y brillante de semen saliendo un poco, a punto de volver a entrar.

—Ay...— suspiró él con la voz ronca, mientras me separaba las nalgas con las dos manos —¿Sabes que es lo que me gusta de ponerte en cuatro?— preguntó —Que puedo verte bien el culo, todo mío. Rosadito, abiertito nada más por mi pene... joder, morenito, cómo me encanta. Podría comérmelo entero y todavía pediría más.

Maldición. Sus perversidades no dejaban de sorprenderme. 

Sentí la cabeza de su polla empujando otra vez. Entró lento al principio, y yo solté un suspiro largo, tembloroso. 

—Ahhh... Tom...

Cuando llegó al fondo, se quedó quieto un segundo, solo para que yo sintiera lo lleno que estaba. Después empezó a embestirme de verdad bien profundo, fuerte, cada embestida hacia que mi cuerpo se meciera hacia adelante.

—¿Tienes idea de cuánto amo este culo, cariño?— gruñó mientras me daba más fuerte —Quiero casarme contigo otra vez... pero como Dios manda, ya sabes. Tu amas que te folle todas las noches, que te deje temblando, y yo amo que seas solo mío. ¿Lo oyes? Solo mío.

Yo apenas podía hablar. Cada vez que su verga rozaba ese punto dentro de mí, se me escapaba un suspiro más alto, más roto. Estaba perdido en todo el placer que mi novio me hacía sentir. 

—S-sí... ahhh... Tom... sí...

—Dime que sí, morenito. Dime que quieres que te folle el resto de la vida.

—Quiero...— jadeé, agarrándome a las sábanas —Quiero casarme contigo... como digas... solo no pares... ahhh, joder...

Él aceleró. Sus manos me apretaban las caderas, tirando de mí hacia atrás cada vez que empujaba hacia adelante, amaba los sonidos húmedos de su pelvis chocando contra mis nalgas. Yo temblaba entero, con los muslos separados, mi culo ardiendo de placer, y cada embestida me robaba el aliento. 

—Ahhh... ahhh... Tom... se siente tan bueno... no pares... por favor...

Seguía mirándolo por encima del hombro mientras él se enterraba hasta el fondo una y otra vez, sudoroso, con sus ojos bonitos oscuros de deseo, diciéndome guarradas entre embestidas y yo respondiendo apenas con la voz rota de tanto placer.

Nuestros hijos estaban en manos de Sophia, una mujer qué Tom contrató con una vida que nunca me ha querido contar. Pero ella era buenisima, amaba a mis gemelos y era súper encantadora, aunque con muchísimo carácter. 

Ella, según lo poco que me había contado Tom, era ex militar. 

Tom no aflojaba para nada. Me penetraba de lo rico, cada embestida era más intensa que la anterior, y yo ya no podía pensar en nada más que en cómo se sentía su verga abriéndome una y otra vez. Mis brazos temblaban, me dolían pero no importaba. 

—Ahhh... Tom... no puedo más...

—Sí puedes— gruñó él, agarrándome más fuerte de las caderas —Vas a correrte conmigo dentro. Quiero sentirte apretarme cuando te corras, eso me encanta y lo sabes...

Yo empujaba hacia atrás al mismo tiempo, buscando más, necesitando más de él. El calor se me acumulaba en el vientre, denso, casi doloroso de lo bueno que era.

—Joder... ahhh... Tom... me voy a...

No pude terminar la frase. 

El orgasmo me golpeó de golpe, tan fuerte que se me doblaron las rodillas. Todo el cuerpo se me contrajo alrededor de él, mis paredes internas lo apretaron con fuerza mientras el placer me atravesaba en oleadas intensas y deliciosas. Solté un gemido largo, roto, que se me quedó atrapado en la garganta mientras temblaba sin control.

Tom gruñó fuerte al sentirme apretarlo así. Sus embestidas se volvieron irregulares, profundas, y de pronto se enterró hasta el fondo y se quedó quieto, todo su cuerpo se tenso contra el mío. Sentí cómo se liberaba dentro de mí. 

Su líquido lo sentí caliente, abundante, llenándome por completo mientras sus caderas daban pequeños empujones involuntarios. Él soltó un jadeo pesado contra mi espalda, con los dedos aún clavados en mi piel. Durante unos segundos solo se escuchaba nuestra respiración agitada. Yo seguía temblando, con placer todavía recorriéndome en espasmos suaves, y él seguía dentro, sin querer salir todavía.

—Joder, cómo te quiero, bebé...— susurró él con la voz volviéndose ronca, mientras me acariciaba la espalda con una mano ligeramente temblorosa —Te quiero tanto, Billie bebé. ¿Quién más en esta vida podría quererte como yo?

Sonreí con cierto cansancio, dejándome llevar por la calidez de su tacto.

—Nadie— se respondió a sí mismo —Nadie, porque solo yo sé cómo quererte así... Mucho, mucho, mucho.

—Me dices eso todo el tiempo, Tommie...— jadeé, todavía intentando recuperar el aliento.

—Es que anoche soñé que estabas con otro y no conmigo. Con un tipo rubio, feo, de ojos azules horribles.— confesó, dejando ver esa vulnerabilidad tan suya. No sé, Tom temía tanto que yo llegara a fijarme en alguien más, temía perderme. Creo que esa era su única inseguridad. —Prométeme que si empiezas la universidad no vas a dejar que nadie se te acerque, ¿eh? Porque, si no, voy a tener que ponerme en plan novio tóxico que no te deja salir a ningún lado.

Solté una risita suave.

—Mis ojos solo te miran a ti, Tommie...— como pude, me di la vuelta hasta quedar tumbado boca arriba, mirando a Tom sentado a mi lado en la cama, con la respiración agitada y la piel aún brillando por el sudor —Lo sabes bien, jamás estaría con nadie más. A menos que me seas infiel y nos separemos por eso... Ahí sí tendría todo el derecho a rehacer mi vida con alguien que no me engañe.

Tommie hizo un morrito de desaprobación al instante.

—Bueno, a mí ni siquiera se me pone dura si no es contigo...

La ocurrencia me hizo soltar una carcajada inmediata. Tom me sonrió con dulzura y se inclinó sobre mí para comenzar a besarme. Solo pude responder al contacto de sus labios contra los míos con un suspiro cansado pero lleno de satisfacción, sintiendo todavía la humedad de su rastro escurriéndose entre mis piernas.

Su lengua se deslizó contra la mía con pausada lentitud, saboreándome de verdad, y yo le respondí abriendo la boca por completo para recibirlo. Era un beso húmedo, tibio, impregnado de esa ternura tan bonita que solo él sabía darme después de haberme destrozado de placer. Me encantaba cuando Tom me mimaba así, después de hacerme el amor...

—Eres tan guapo, morenito...— susurró contra mi boca, separándose apenas un milímetro —Mi morenito... El más precioso, el más único y especial para mí.

Volvió a besarme, aún más despacio, acariciándome la mejilla con la yema del pulgar mientras sus labios se movían con infinito mimo sobre los míos. Volví a suspirar dentro del beso y subí las manos hasta su nuca para atraerlo más hacia mí.

—Te quiero mucho— me repitió, rozando sus labios con los míos —Te quiero de una forma que a veces hasta me asusta, pero meh, no importa, eso significa que mi amor por ti es inmortal. Quiero despertarme todos los días de mi vida viéndote justo así... Despeinado, sonrojado, mío... desnudo...

Decía cada palabra intercalando besos cortos y dulces, para luego profundizar el contacto una y otra vez. Yo lo besaba con la misma entrega, dejándome envolver por la calidez de su boca y la caricia lenta de sus dedos enredados en mi cabello.

—Eres lo mejor que me ha pasado— murmuró —Mi chico... Mi futuro esposito, y esta vez tu padre no va a poder hacer de las suyas... Eres mi todo.

Y siguió besándome de esa manera tan rica, despacio, como si el tiempo se hubiera detenido y no hubiera ninguna prisa en el mundo. Y la verdad es que no la había porque todo a nuestro alrededor estaba bien. Éramos felices, teníamos a nuestros hijos y vivíamos en Rusia, lejos de todo el peligro y protegidos bajo nuevas identidades.

Éramos solo nosotros dos, construyendo el hogar que siempre habíamos soñado... Porque Tommie quería tener una familia enorme conmigo. Y aunque se suponía que era un secreto entre los dos, él ya tenía guardada una lista entera de nombres para nuestros futuros bebés.

Era un amor mi Tommie.

Estábamos a salvo, sin que nadie más que su padre supiera dónde nos encontrábamos.

Simplemente éramos mi chico malo y yo. Un chico con una vida que solía ser perfecta y que dejé de lado sin dudarlo porque sí... No importaba si la sola mención del nombre de Tom era sinónimo de caos; no había nada en este mundo que me hiciera más feliz que estar a su lado. Si lo tenía a él, lo demás pasaba a segundo plano. El destino al final había sido generoso, y este era el capítulo que nos tocaba vivir... Uno donde nuestra historia por fin terminaba con el clásico...

Y fueron felices para siempre.

—Woah... que empapadito...

Abrí mis ojos de golpe al darme cuenta de qué Tom estaba deslizando sus dedos por mí entrada sin nada de vergüenza, los mismos se resbalaban por su semen. Se me encendieron las mejillas al instante, Dios mío. 

—Tom...— jadeé en medio de una risa. —Aparta tus dedos de allí...

Él se echó a reír. —Te quiero hacer el amor otra vez, déjame...

—No, ya estoy cansado.— murmuré, pero él metió sus dedos de golpe dentro de mí sin aviso alguno, y yo me encontraba tan sensible que la sensación fue rara de describir. —¡Tom!

—¡Está vez con tus piernas en mis hombros!— exclamó emocionadisimo, tomando mis piernas para ponerlas como mencionó antes, sobre sus hombros. —Porque claro, si yo me aguanto tu mal humor, tus berrinches y caprichos, tú te tienes que aguantar toda esta.— dijo, tomando su entrepierna que había vuelto a estar dura para emparejarla con mi entrada. 

—Tom... eres un cabrón.— reproché, acomodándome mejor para no tener dolores de espalda mañana cuando despierte. —Te odio. 

—Yo odio que, cuando estamos en la calle y tú caminas delante de mí, se me pare con solo verte el trasero. Y él no poder metértela en esos momentos... buff...— su pene fue entrando lentamente dentro de mí mientras me hablaba. —Como me enoja, como odio eso. 

—Humm...— jadeé. 

—Pero bueno, debes aceptar que te encanta tener toda mi polla llenándote todito.— bueno, pues sí tenía razón. 

—Ya deja de hablar, cotorra.

—¡Ahora te voy a dar duro por grosero! 

—¡Oh no, Tommie, duro no!— exclamé yo con falso miedo, riéndome y gimiendo a la vez mientras él comenzaba a cogerme duro, duro, duro. —¡Mierda, ahg!— mis piernas estaban bien abiertas sobre sus hombros y su pene entraba hasta el fondo de un solo empujón. —¡Ah, joder...!— jadeé, la voz quebrada entre la risa y el placer —Eres un cabrón, en serio... ahhh...

Él sonrió, sudado, y aceleró el ritmo sin piedad. Cada embestida era jodidamente deliciosa, seca, haciendo que mi cuerpo se meciera sobre la cama. Se oían nuestros cuerpos chocar otra vez, como si estuviésemos aplaudiendo. 

—¿Qué pasa, eh?— gruñó él, apretándome más las piernas contra su pecho —¿No querías que parara? Ahora te vas a aguantar todo lo que te dé.

—Tom... ahhh... mierda...— suspiré fuerte cuando rozó ese punto dentro de mí una y otra vez —Se siente... se siente demasiado... no puedo...

Mis manos se agarraron a las sábanas con fuerza. Estaba tan sensible después del primer orgasmo que cada embestida me sacaba un gemido más agudo, más necesitado. Él no aflojaba ni un segundo. Me miraba desde arriba con esa sonrisa de cabrón enamorado, disfrutando cómo me deshacía otra vez debajo de él.

—Mira cómo te abres para mí...— dijo, jadeando, sin dejar de empujar contra mi culo —Tan mojado, tan caliente... joder, morenito, este culo es una adicción. Podría follártelo toda la noche y todavía pediría más.

—Cállate... ahhh...— intenté responder, pero se me escapó un gemido largo y tembloroso cuando empujó más fuerte —¡Tom! ¡Más despacio...!

—¿Más despacio?— se rió él, y en vez de hacer caso, aceleró todavía más —Ni de coña. Te lo voy a dar justo como te gusta... duro y hasta el fondo.

Él se inclinó un poco más, casi doblándome por la mitad, y empezó a darme con todo. Yo solo podía gemir, con mis piernas temblando sobre sus hombros, el placer me subía otra vez como una marea caliente que me nublaba la cabeza. Cada vez que su verga entraba completa, ay Diosito...

—Ahhh... ahhh... joder, Tom... se siente tan bueno... no pares...

—¿Ves?— gruñó él, el sudor le caía por la frente —Dices que estás cansado, dices que me odias... pero mira cómo me vas pidiendo más.

—Te odio...— susurré entre jadeos, sin ninguna convicción, mientras mis ojos se cerraban de placer —Te odio tanto... ahhh...

—Claro que sí— se burló él, sin dejar de embestirme con fuerza —Por eso estás tan mojadito ahora mismo. Por eso estás gimiendo como un desesperado, morenito, claro que me odias, bebé.

Y seguía, duro, profundo, sin parar. Yo sentía cómo me abría una y otra vez, cómo el calor se me acumulaba otra vez en el vientre, más intenso que antes. Mis gemidos se volvieron más altos, más descontrolados, y él solo respondía con embestidas más fuertes, como si quisiera sacarme hasta el último suspiro.

—Dime que te gusta— ordenó, la voz ronca —Dime que te encanta que te folle así.

—Me gusta... ahhh... me encanta...— confesé sin pudor, con mis uñas clavándose en las sábanas —Me encanta tenerte dentro... no pares, amor... por favor...

Él gruñó satisfecho y redobló el ritmo, follándome con una intensidad que me dejó temblando entero, perdido otra vez en esa sensación de estar completamente a su merced. 

Tom no paraba. Yo ya no podía controlar los gemidos; salían rotos de mi boca, altos, mezclados con risas nerviosas de lo intenso que se estaba poniendo. ¿Había dicho alguna vez que me encantaba tener la vista de Tom encima de mí, con su expresión de placer mientras se enterraba en mi? 

—Ahhh... Tommie... espera... se siente raro...— jadeé, con la voz temblando —Algo... algo está pasando...

Juraba haber sentido esta sensación antes pero, no recordaba de qué. 

Él no me hizo caso, aceleró todavía más, apuntando justo a ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Cada embestida era precisa, brutal, y de pronto sentí una presión enorme en el bajo vientre, caliente y casi imposible de contener.

—¡Tom...!— grité, —¡No puedo... ahhh...!

El orgasmo me golpeó de una forma distinta. No fue solo correrme... fue algo más fuerte, más intenso. El placer me atravesó entero y, un chorro caliente y claro salió disparado de mi pene, mojando mi abdomen, el pecho de Tom y las sábanas debajo de nosotros. Seguí contrayéndome alrededor de él, temblando sin control, mientras el líquido seguía saliendo a borbotones con cada embestida que me daba.

Claro.., ya había recordado... 

—¡Joder, Billie...!— gruñó él con los ojos abiertos de la sorpresa y su aún excitación —¿Estás... estás chorreando? Mierda, qué rico...

Yo solo podía gemir y temblar, mi cuerpo estaba siendo sacudido por las oleadas de placer tan fuertes que hasta se me doblaban los dedos de los pies. El líquido seguía saliendo, caliente, abundante, mientras Tom seguía follándome a través del orgasmo, disfrutando cómo le apretaba y cómo me mojaba entero.

Él se inclinó más, embistiéndome todavía más profundo mientras yo seguía liberando ese chorro claro e incontrolable. El sonido húmedo se volvió todavía más obsceno, y yo solo podía aferrarme a las sábanas, perdido en esa sensación de correrme de una forma que solo había experimentado una vez antes. Y con esta... dos...

Tom gruñó fuerte al sentirme apretarlo tanto y, segundos después, se enterró hasta el fondo y se corrió también, llenándome otra vez mientras yo todavía temblaba y soltaba los últimos restos de ese squirt intenso. Cuando por fin se detuvo, ambos estábamos empapados, jadeando, con el colchón hecho un desastre debajo de nosotros.

—Joder...— susurró él, todavía dentro, mirándome con una sonrisa de puro asombro —Acabas de chorrear como una puta. Y me ha encantado.

—Puta tú...— refunfuñé cansadísimo. 

Tommie dejó un besito en mis labios. —Eres mi putita y no te lo digo como insulto, es solo porque mierda... ¿cómo te explico? Te amo. 

Sí, sí. Yo lo amaba aún más. 

Ahora sí, fuimos felices por siempre.






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