Chapter
Jungkook apagó el motor del auto y se quedó un momento en silencio, escuchando el suave clic del motor al enfriarse.
La casa estaba oscura, solo la luz de la cocina se filtraba por la ventana.
Sabía que Sara su esposa estaría dormida, ella siempre se dormía temprano.
Pero él no estaba pensando en Sara; su mente como siempre estaba en otro lugar.
En otra persona.
Entró sin hacer ruido; la casa olía a limpio, a algo dulce que no lograba identificar.
Se quitó los zapatos y caminó descalzo por el pasillo.
Al pasar frente a la puerta de la habitación de invitados del fondo, se detuvo.
No estaba cerrada del todo, una rendija de luz cálida se escapaba.
Su corazón latió más rápido.
Empujó la puerta con suavidad.
Jimin estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas leyendo algo en su teléfono.
Llevaba un short de tela fina y una camiseta sin mangas, su piel pálida brillaba bajo la luz de la lámpara. Su cabello rubio le caía sobre los hombros.
Al sentirlo, levantó la vista. Sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, una sonrisa que no era de sorpresa sino de bienvenida.
—¿Ya llegaste? —susurró, dejando el teléfono a un lado.
—Sí —respondió Jungkook, con la voz ronca.
Cerró la puerta detrás de él y echó el pestillo.
—Pensé que no vendrías —dijo Jimin, estirando las piernas. El short se le subió un poco dejando ver la piel blanca y suave de sus muslos.
—Sabes que no puedo evitarlo —Jungkook avanzó hacia la cama, sus pasos eran lentos, deliberados. Se sentó en el borde frente a él, podía olerlo; un aroma a jabón y a algo más, un olor dulce y cálido que lo volvía loco.
Jimin se incorporó de rodillas sobre el colchón quedando a su altura, sus pechos grandes se mecían ligeramente bajo la tela de la camiseta.
Jungkook deslizó una mano por su brazo, desde el hombro hasta la muñeca, su piel era suave, increíblemente suave. Lo atrajo hacia él.
—Eres un enfermo —le dijo contra la boca, su aliento caliente mezclándose con el de él. —Acosar a tu propio cuñado.
—Tú empezaste —respondió Jimin, con un hilo de voz, sus ojos oscuros fijos en los de él. —Tú me miraste primero, Jungkook. Me miraste con esos ojos de perro hambriento desde el primer día que me mudé aquí, me tocaste el culo "sin querer" en la cocina, me dejabas cartas en mi cuarto.
—Y te gustó.
—Me volvió loco —admitió Jimin, mordiéndose el labio inferior. —No podía dejar de pensar en ti, en tu pene dentro de mí, en tus manos en mis tetas. Sabes lo que es despertarse mojado todos los días con el olor de tu perfume en la almohada, sabiendo que el marido de tu hermana se pasea por la casa con la verga dura pensando en ti.
Jungkook gimió, un sonido bajo y gutural. Esas palabras dichas con esa boquita suave, eran dinamita pura.
Lo agarró por la nuca y estampó su boca contra la de él; un choque de dientes y lenguas casi un castigo. Metió su lengua en la boca de Jimin explorando, dominando; le mordió el labio inferior tirando de él con suavidad pero con firmeza.
—Puta —le susurró en la boca. —Eres una puta caliente y sucia, te mueres por que te follen, ¿verdad?
—Sí —jadeó Jimin, sus manos aferrándose a los hombros de Jungkook, clavándole las uñas a través de la camisa. —Solo por ti. Muérdeme, quiero que me dejes marcas.
Jungkook sonrió, una sonrisa oscura.
Bajó su boca a su cuello, no besó, mordió. Primero un pellizco con los dientes, luego una succión fuerte, chupó la piel pálida dejándola roja, marcada.
Jimin arqueó la espalda, gimiendo; sus caderas se movieron buscando fricción y contacto.
—Desnúdate —ordenó él, con la voz áspera, apartándose un poco para verlo.
Jimin no se lo hizo repetir, con movimientos rápidos se sacó la camiseta por la cabeza; sus pechos saltaron, grandes, redondos, con los pezones ya duros y rosados. Luego, se deslizó el short por las caderas junto con el encaje de su ropa interior, dejando al descubierto su coño.
—Mira lo mojado que estoy por ti —dijo abriendo las piernas un poco mostrándose sin vergüenza. —Todo el día esperándote, me toqué pensando en ti pero no fue suficiente. Necesito tu verga dentro.
Jungkook lo observó, devorándolo con los ojos. Su cuerpo era perfecto: delgado pero con curvas pronunciadas, sus muslos gruesos y suaves, sus tetas enormes. Su piel era tan blanca que casi brillaba en la penumbra.
Era la imagen de la perversión, su cuñado de diecisiete años, ofreciéndose a él como un plato exquisito.
—Ponte de rodillas —dijo mientras comenzaba a desabrocharse el cinturón; bajó el cierre del pantalón y liberó
su verga enorme, gruesa y con venas marcadas. El glande rojo e hinchado ya goteaba líquido preseminal.
Jimin se humedeció los labios, con los ojos clavados en su pene; se puso a gatas en la cama, acercándose a él. Sin que se lo pidiera tomó su miembro con una mano, estaba caliente y palpitante, lo apretó un poco sintiendo la textura de las venas bajo sus dedos.
—Me encanta tu verga —murmuró, acercando su cara. —Es tan grande, a veces no sé cómo me cabe.
—Te cabe, y te encanta —dijo Jungkook, tomándolo del pelo, haciendo un puñado.
No lo obligó, solo lo guió; Jimin sacó la lengua y lamió el glande, probando su sabor salado; un gemido escapó de su garganta. Luego, abrió la boca y lo introdujo, centímetro a centímetro. Su boca era cálida y húmeda.
Lo chupó con ganas moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás, usando la lengua para masajear la parte inferior del tronco.
Jungkook gruñó cerrando los ojos por un momento. Verlo así, con sus labios hinchados alrededor de su pene, era un espectáculo.
Pero no quería correrse así, quería estar dentro de él.
—Basta —jadeó tirando de su pelo con suavidad para apartarlo. —Quiero follarte.
Jimin lo soltó con un sonido húmedo; un hilo de saliva conectaba su boca con el glande. Sonrió, con los ojos brillantes de deseo.
—¿Cómo quieres follarme? —preguntó, con voz inocente que contrastaba con sus palabras sucias. —¿Quieres ponerme en cuatro y embestirme como un animal? ¿Quieres que me siente en tu verga y rebotar hasta que me corra en ella? ¿O quieres ponerme boca arriba y mirarme a los ojos mientras me destrozas el coño?
La mente de Jungkook se nubló.
Ese niñito era un demonio; uno que hablaba como una puta experimentada y gemía como un ángel.
—Quiero todo —respondió con la respiración agitada. —Pero primero quiero probarte.
Lo agarró de las caderas y lo empujó bruscamente para que se tumbara boca arriba.
Jimin obedeció abriendo las piernas de par en par, su coño estaba totalmente expuesto, húmedo, rosado y palpitante.
Jungkook se arrodilló en el suelo frente a la cama y acercó su cara a su entrepierna. Aspiró su olor, un aroma dulce y excitante que lo embriagó.
—¿A qué sabes? —murmuró, más para sí mismo que para él.
—A ti —respondió Jimin. —A lo que me haces sentir.
Sin más, Jungkook hundió la cara entre sus piernas. Su lengua caliente y húmeda trazó una línea desde su entrada hasta su clítoris.
Jimin se estremeció, arqueando la espalda y soltando un gemido agudo.
—Joder, sí —jadeó, aferrando las sábanas con las manos.
Jungkook lamió con ganas, con desesperación; chupó su clítoris, lo rodeó con la lengua, lo mordisqueó con suavidad; metió dos dedos en su interior, curvándolos hacia arriba para tocar ese punto que lo hacía enloquecer. Su coño estaba tan caliente, tan mojado que sus dedos entraban y salían con facilidad haciendo ruidos obscenos.
—Más adentro —suplicó Jimin moviendo sus caderas contra su boca. —Mételos más adentro.
Jungkook obedeció, introduciendo un tercer dedo.
Lo penetró con fuerza moviendo la mano con rapidez; su boca no dejaba de trabajar en su clítoris chupándolo con voracidad.
Jimin era un desastre de gemidos y súplicas, le encantaba verlo así, perdido, entregado.
—Me voy a correr —anunció, con la voz entrecortada. —Sigue, no pares. Me voy a correr en tu boca, joder.
Jungkook no paró, aumentó la presión de su lengua y la velocidad de sus dedos. Sintió cómo los músculos internos de Jimin se contraían alrededor de sus dedos.
Un espasmo recorrió su cuerpo, un grito quedó atrapado en su garganta y se corrió con fuerza en la boca de Jungkook, quien bebió cada gota saboreándolo.
—Joder, Jungkook... —jadeó, temblando. Su cuerpo quedó sobre la cama, sus pechos subiendo y bajando con rapidez.
Jungkook se levantó limpiándose la barbilla con el dorso de la mano; se quitó la camisa dejando al descubierto su torso marcado.
Jimin lo observaba con deseo renovado, lo quería de nuevo. Siempre lo quería más.
—Ahora sí —dijo subiendo a la cama.
Se colocó entre sus piernas, que Jimin abrió de nuevo para recibirlo. Agarró su pene, grueso y erecto, y lo restregó contra su entrada húmeda.
Jimin gimió al sentir el contacto.
—Métemela —suplicó. —Toda, de una vez.
Jungkook empujó sus caderas, el glande entró primero causando un pequeño estiramiento.
Jimin soltó un quejido.
Luego, con un solo movimiento, lo embistió hasta el fondo; su pene desapareció por completo dentro de su coño.
Ambos gimieron al mismo tiempo; el ajuste era perfecto, caliente y húmedo.
—Estas tan apretado —gruñó Jungkook, sus músculos tensos, conteniéndose. —Siempre me aprietas la verga como si fuera la primera vez.
—Es que me llenas todo —dijo Jimin con los ojos llenos de lágrimas de placer. —Siente cómo me abres, me encanta.
Jungkook comenzó a moverse; primero lento, saboreando cada centímetro de la fricción. Luego más rápido, sus embestidas se volvieron salvajes y descontroladas.
El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación.
—¿Te gusta que te follen así? —preguntó Jungkook, con la voz ronca, mirándolo a los ojos. —¿Te gusta que te parta en dos la verga de tu cuñado mientras tu hermana duerme en la habitación de al lado?
—Me encanta —gimió Jimin, enredando sus piernas alrededor de su cintura. —Me encanta tu verga sucia dentro de mi coño. Que me ensucies todo, hazme sentir que estoy vivo.
—Eres una zorra —gruñó él. —Una zorra ardiente y apretada.
—Tu zorra —respondió. —Haz lo que quieras conmigo.
Jungkook lo agarró de las muñecas y se las inmovilizó sobre la cabeza con una mano. Con la otra, le apretó una de sus tetas, masajeándola con brusquedad; pellizcó su pezón, haciéndolo gemir. Luego bajó su boca y chupó el otro mordiéndolo con suavidad.
Jimin estaba al borde del delirio, su cuerpo sacudido por las embestidas.
—Dime cuándo te vas a correr —le ordenó al oído. —Quiero sentirlo, quiero que me aprietes la verga.
—Ya... casi... —jadeó Jimin, sus caderas moviéndose al ritmo de las suyas. —No pares, sigue así. Me voy a correr, Jungkook.
Jungkook aceleró el ritmo, impactando contra su punto G.
Jimin gritó, un grito que no intentó contener; sus músculos internos se contrajeron con violencia alrededor del pene de Jungkook.
—¡Joder, sí! —gritó Jimin, arqueando la espalda con tanta fuerza que sus pechos se levantaron. —¡Me corro!
El orgasmo de Jimin fue la perdición de Jungkook, sintió cómo su miembro era cálidamente succionado haciendo que perdiera el control, sus caderas se movieron sin ritmo buscando su propia liberación.
Con un último gemido se derramó dentro de él, su semen caliente llenó su coño mezclándose con sus fluidos.
Se quedaron así un momento, jadeando, con los cuerpos pegados por el sudor.
Jungkook se dejó caer a un lado, sin salir de él. No quería romper la conexión.
Jimin se acurrucó contra su pecho, su cabello rubio pegado a la frente.
El olor a sexo llenaba la habitación.
—¿Y Sara? —preguntó Jimin en un susurro, después de un largo silencio.
—No preguntes por ella ahora —respondió Jungkook acariciando su espalda desnuda, trazando círculos con los dedos.
No quería pensar en su esposa, no quería pensar en la traición, solo quería quedarse en ese momento con el cuerpo cálido de Jimin contra el suyo.
—¿Vas a volver con ella? —insistió Jimin levantando la cabeza para mirarlo, sus ojos brillaban con una mezcla de inseguridad y posesión.
—Sabes que no puedo evitarlo —repitió Jungkook, las mismas palabras que le había dicho al entrar.
Era un ciclo infinito, una obsesión que los consumía a ambos.
La vergüenza y el deseo se entrelazaban formando una cadena que los mantenía unidos.
—Entonces —dijo Jimin, poniendo una mano sobre su pene que volvía a reaccionar a su contacto—, quédate un poco más, no me dejes solo todavía.
Jungkook lo miró.
Su cuñada.
Sabía que estaba mal, sabía que era un error.
Pero el deseo era un monstruo que no podía domar.
Lo atrajo hacia él y lo besó de nuevo; un beso largo, profundo, lleno de promesas sucias.
—No me iré —murmuró contra sus labios. —Aún no he terminado contigo.
Lo giró en la cama, poniéndolo de lado. Levantó una de sus piernas y se colocó detrás de él; su pene endurecido de nuevo, buscó su entrada que estaba húmeda de nuevo, mezcla de su semen y de su propia excitación.
Entró en él sin dificultad; Jimin gimió, un sonido gutural y satisfecho.
—Me encanta cómo te sientes —dijo Jungkook al oído mientras comenzaba a embestirlo lentamente con movimientos largos y profundos. —Podría follarte toda la noche.
—Hazlo —respondió, apretando sus nalgas contra su pelvis buscando más contacto, más profundidad. —Fóllame hasta que no pueda caminar mañana, hazme tuyo una y otra vez.
—¿Qué vas a hacer mañana cuando me veas desayunar con tu hermana? —le preguntó Jungkook con una sonrisa cruel en los labios, su embestida se hizo un poco más fuerte. —¿Vas a poder fingir normalidad? ¿Vas a aguantar las ganas de tocarme debajo de la mesa?
—Voy a pensarte —dijo Jimin, con la voz entrecortada. —Voy a mirar cómo hablas con ella y voy a recordar cómo me follas por la noche, y voy a mojar mis braguitas.
Jungkook gruñó, esas palabras fueron su detonante. Lo embistió con más fuerza, con más rabia, su mano bajó hasta su clítoris y comenzó a frotarlo en círculos rápidos.
Jimin se retorció, gimiendo su nombre una y otra vez, sentía cada centímetro de su pene, cada roce de sus dedos. El placer era insoportable, un fuego que lo consumía todo.
—No pares —suplicó, su voz rota. —Me vas a hacer correr de nuevo; me encanta tu mano en mi culo.
Jungkook apretó su nalga con más fuerza, era un culo perfecto, redondo y firme; le dio una nalgada suave.
—¡Ah! —gritó Jimin, un grito de puro placer. —Otra vez, pégame otra vez.
Él obedeció, le dio otra nalgada esta vez un poco más fuerte. La piel blanca de su nalga se enrojeció con la marca de sus dedos.
Jimin gimió empujando sus caderas hacia atrás buscando más.
La perversión los envolvía, los hacía perder la noción de la realidad.
Solo existían ellos dos, sus cuerpos y sus gemidos.
—¿Te gusta que te nalgue? —preguntó él, con la voz ronca y jadeante. —¿Te gusta ser mi puta?
—Sí —admitió Jimin, sin vergüenza. —Soy tu puta, pégame y fóllame. Usa mi coño para tu placer.
Jungkook lo agarró del pelo rubio, tirando de su cabeza hacia atrás.
Su boca estaba cerca de su oído.
—Voy a llenarte de nuevo —le susurró, su aliento caliente contra su piel. —Voy a preñarte, te voy a llenar el coño de mi leche para que sientas cómo tu coño gotea durante todo el día.
La idea era tan sucia que Jimin estalló; su cuerpo se tensó, un orgasmo violento lo sacudió. Sus paredes internas atraparon el pene de Jungkook, exprimiéndolo.
Jungkook al sentir las convulsiones de él, se corrió también, derramando su semen dentro con un gemido largo y profundo.
Se quedaron inmóviles, exhaustos.
Jungkook se retiró de su interior con suavidad, un hilo de semen blanco y espeso se deslizó por el muslo de Jimin, manchando las sábanas.
Jimin se giró, mirándolo con los ojos vidriosos y una sonrisa de satisfacción total: —Eres un enfermo —le dijo, con un tono juguetón. —Y yo también.
—Lo somos —admitió él, acariciando su mejilla, le apartó un mechón de pelo de la cara. —Y no quiero que pare.
Jimin se levantó de la cama, sus piernas temblaban ligeramente. Caminó desnudo hasta el armario y sacó una toalla; se limpió entre las piernas sin prisa, dejando que él lo observara.
Luego, le lanzó la toalla.
—Límpiate —dijo. —Y vete a la cama con tu esposa.
Jungkook se limpió y se vistió en silencio; la realidad volvía a caer sobre él, pesada y opresiva.
En la puerta, se giró una última vez.
—Mañana —dijo como una amenaza y una promesa a la vez.
—Mañana —respondió Jimin ya metido de nuevo en su cama con las sábanas manchadas cubriendo su cuerpo.
Jungkook cerró la puerta con cuidado.
El pasillo estaba oscuro.
Caminó hacia la habitación principal, la que compartía con Sara.
Al abrir la puerta, la vio dormida, respirando suavemente.
Se metió en el baño para darse una ducha rápida, intentando borrar el olor a sexo y a Jimin.
Pero era inútil, su olor estaba impregnado en su piel, en su mente y en su alma.
Se acostó junto a su esposa con la rigidez de la culpa en el pecho; pero al cerrar los ojos, no era el rostro de Sara el que veía.
Era el de Jimin con su pelo rubio desordenado, sus ojos oscuros llenos de deseo y su boca suplicando por más.
La obsesión era un pozo del que no quería salir, había empezado él, pero ahora ambos estaban atrapados en el fondo, revolcándose en la suciedad de un placer que los consumía y a la vez los mantenía vivos.
Afuera, la noche seguía.
Dentro, Jungkook no pudo dormir.
Solo podía esperar con una erección incómoda y la mente nublada, el momento de volver a la habitación del fondo.








