¿Por que tienía que ser yo?
Darwin había nacido un nueve de enero del año 2000.
Desde pequeño, su vida había sido algo... complicada.
Sus padres se habían divorciado cuando todavía era bastante joven. Su padre terminó mudándose a España, mientras que su madre decidió quedarse en Argentina para rehacer su vida junto a otra persona.
Aquello provocó que Darwin pasara buena parte de su infancia viajando de un país a otro.
España.
Argentina.
Argentina.
España.
Cada cierto tiempo tenía que hacer las maletas, despedirse de un lugar y acostumbrarse nuevamente al otro.
Y aunque sus padres intentaban hacer lo mejor que podían, aquella situación terminó afectándolo de una manera que ninguno de ellos había previsto.
Darwin nunca tuvo la oportunidad de formar amistades realmente duraderas.
Cuando empezaba a acostumbrarse a alguien...
Tenía que marcharse.
Cuando finalmente comenzaba a sentirse cómodo en un lugar...
Volvía a cambiar.
Con el paso de los años, aquello hizo que sus habilidades sociales se deterioraran considerablemente.
Darwin terminó convirtiéndose en alguien bastante antisocial.
No porque odiara a las personas.
Simplemente no sabía muy bien cómo relacionarse con ellas.
Prefería quedarse en casa.
Prefería su computadora.
Prefería sus proyectos.
Prefería pasar horas investigando cosas que probablemente a cualquier otra persona de su edad le parecerían aburridas.
Porque Darwin era un nerd.
Pero no precisamente del tipo que se sabía de memoria todos los cómics existentes o que podía recitar diálogos completos de anime.
No.
Darwin era un nerd de la tecnología.
La tecnología era su verdadera pasión.
Desde pequeño había sentido fascinación por los dispositivos electrónicos.
Computadoras.
Teléfonos.
Consolas.
Robótica.
Inteligencia artificial.
Procesadores.
Circuitos.
Todo aquello podía mantenerlo ocupado durante horas.
Incluso tenía una cuenta de TikTok.
Su contenido consistía principalmente en hablar sobre tecnología, videojuegos y diferentes dispositivos que conseguía probar.
También aceptaba pedidos de algunas personas que necesitaban ayuda con sus computadoras.
Y, para su sorpresa, le iba bastante bien.
Tan bien que incluso algunas marcas de tecnología habían comenzado a contactarlo para que promocionara determinados productos.
No era famoso mundialmente ni mucho menos.
Pero tenía suficientes seguidores como para ganar algo de dinero haciendo aquello que le gustaba.
Y ese dinero le había permitido montar su pequeño taller.
La cochera de su madre.
Para Darwin, aquel lugar era prácticamente su santuario.
Allí podía pasar horas desmontando computadoras, reparando componentes y trabajando en sus propios inventos.
No tenía los recursos de una empresa tecnológica.
Ni mucho menos un laboratorio profesional.
Pero tenía imaginación.
Tenía conocimientos.
Y, sobre todo...
Tenía ganas.
Darwin soñaba con construir algún día tecnología realmente avanzada.
Tecnología que pareciera sacada directamente de una película de ciencia ficción.
Aunque, siendo honestos, sabía perfectamente que todavía estaba muy lejos de conseguirlo.
Su intelecto estaba por encima de la media.
Era bastante inteligente.
Pero tampoco era un genio capaz de construir una máquina del tiempo en el garaje.
Al menos todavía no.
Lo que sí podía hacer era desmontar una computadora prácticamente pieza por pieza y volver a ensamblarla sin dejar ningún componente fuera.
Y eso ya era bastante.
Aquella noche, Darwin se encontraba sentado frente a su computadora.
La pantalla iluminaba parcialmente su rostro mientras sus dedos se movían rápidamente sobre el teclado.
Su cabello azulado, teñido por él mismo porque aquel era su color favorito, caía ligeramente sobre su frente.
Sus ojos eran naturalmente negros, aunque utilizaba lentes de contacto rojos que había mandado fabricar especialmente.
Vestía su ropa habitual.
Una chaqueta gris con detalles de color celeste chillón.
Jeans negros.
Y unos zapatos deportivos.

Nada demasiado extravagante.
Simplemente Darwin.
—A ver... ¿qué tenemos por aquí?
Darwin tomó su bebida energética y dio un sorbo mientras continuaba navegando por Internet.
Aquella era una de esas noches en las que no tenía absolutamente nada mejor que hacer.
Había terminado algunos trabajos.
No tenía ningún pedido pendiente.
Y tampoco encontraba un videojuego que realmente quisiera jugar.
Así que decidió perder el tiempo navegando por algunos foros tecnológicos.
Hasta que algo llamó su atención.
—¿Qué demonios?
Darwin se acercó un poco más a la pantalla.
Había encontrado un informe sobre una escuela en Estados Unidos que había conseguido ejecutar una versión del videojuegoDOOMutilizando neuronas humanas.
Darwin parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
—No puede ser.
Leyó nuevamente el artículo.
Después volvió a leerlo.
Y finalmente soltó una pequeña risa.
—Esto es ridículo.
No porque creyera que fuera falso.
Todo lo contrario.
Precisamente por eso le parecía tan gracioso.
—Estamos viviendo en el futuro y nadie me avisó.
Se acomodó en su silla.
Aquello había conseguido despertar completamente su curiosidad.
Darwin comenzó a investigar el proyecto.
Leyó artículos.
Revisó explicaciones.
Buscó información científica.
Incluso terminó entrando en algunos foros donde varias personas discutían sobre las posibilidades de utilizar tejido neuronal como parte de sistemas computacionales.
Para cualquier otra persona aquello probablemente habría sido aburridísimo.
Para Darwin...
Era fascinante.
—Si esto continúa avanzando...
Se quedó mirando la pantalla.
—...algún día vamos a terminar construyendo computadoras biológicas.
Sonrió.
Quizá algún día.
Quizá no durante su generación.
Pero la idea le parecía increíble.
Después de varios minutos, Darwin finalmente apartó la mirada del monitor.
—Bueno, suficiente Internet por hoy.
Se levantó de la silla.
Estiró los brazos.
Y miró hacia la puerta que conducía a la cochera.
Su pequeño taller.
Había algo allí que llevaba varios días intentando terminar.
Su proyecto más ambicioso hasta ese momento.
Una computadora personalizada.
Una máquina que había construido prácticamente desde cero utilizando piezas que había comprado, modificado o conseguido con el dinero de su pequeño negocio.
Darwin la había bautizado de una manera bastante peculiar.
La Provocadora.
El nombre tenía un motivo sencillo.
Era la culminación de todo su trabajo.
Todo lo que había aprendido.
Todo el dinero que había invertido.
Todo el tiempo que había pasado diseñándola.
Todo el conocimiento que había adquirido durante años.
Para Darwin, aquella computadora representaba lo máximo que podía conseguir con los recursos que tenía a su disposición.
Y estaba orgulloso de ella.
—Vamos a ver cómo estás, Provocadora.
Darwin salió de su habitación y caminó hacia la cochera.
Abrió la puerta.
El olor característico de cables, plástico, metal y componentes electrónicos llenó el ambiente.
La computadora estaba allí.
Grande.
Personalizada.
Con múltiples componentes modificados.
Darwin se acercó.
—Bien...
Se sentó frente a ella.
Abrió el panel lateral.
Comenzó a revisar la placa madre.
—Vamos a ver qué demonios te pasa.
Sus dedos tocaron cuidadosamente algunos componentes.
Revisó las conexiones.
Los cables.
La fuente de alimentación.
El sistema de refrigeración.
Todo parecía estar funcionando correctamente.
—Esto no tiene sentido...
Darwin frunció el ceño.
Volvió a revisar la placa.
—Vamos...
Entonces ocurrió.
CRACK.
Darwin levantó la cabeza.
—¿Qué...?
Un sonido eléctrico recorrió el interior de la computadora.
—Espera.
Las luces comenzaron a parpadear.
—No.
Darwin se levantó rápidamente.
—No, no, no...
La máquina emitió un fuerte zumbido.
Darwin apenas tuvo tiempo de reaccionar.
¡BOOM!
La computadora explotó.
El destello fue repentino.
Blanco.
Rojo.
Darwin apenas alcanzó a cubrirse antes de perder el equilibrio.
—¡¿QUÉ...?!
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
El mundo comenzó a desaparecer de su percepción.
El ruido se volvió distante.
Su cuerpo dejó de responder.
Y lo último que sus ojos alcanzaron a percibir fue aquel extraño destello rojo y blanco frente a él.
Después...
Nada.
Darwin cayó inconsciente.
Lo que él no sabía era que uno de los fragmentos expulsados por la explosión había provocado una herida mortal.
Su vida terminó allí.
En aquella cochera.
Junto a la computadora que había construido con sus propias manos.
La Provocadora.
Una forma bastante absurda de morir.
Especialmente para alguien que había pasado toda su vida obsesionado con la tecnología.
Y, sin embargo...
Aquello no sería lo último que el mundo sabría de Darwin.
...
..
.
Darwin despertó.
O eso pensó.
Durante los primeros segundos permaneció completamente quieto, mirando hacia el techo.
Todo se sentía... extraño.
No recordaba prácticamente nada.
Intentó hacer memoria.
Una explosión.
Eso era todo.
Una explosión directamente frente a su rostro.
Después...
Nada.
Darwin frunció el ceño.
—¿Qué...?
Intentó recordar qué había sucedido antes.
Nada.
¿Dónde estaba?
Nada.
¿Quién era?
...
Darwin abrió los ojos un poco más.
Algo no estaba bien.
Se llevó una mano a la cabeza.
—Espera...
Intentó recordar su nombre.
Nada.
Su fecha de nacimiento.
Nada.
Sus gustos.
Nada.
Sus disgustos.
Nada.
Sus amigos.
Nada.
Su familia.
Nada.
Su casa.
Nada.
—¿Qué...?
Darwin comenzó a respirar un poco más rápido.
Intentó recordar cualquier cosa relacionada con su vida.
Pero era como intentar encontrar información en una computadora cuyo disco duro hubiera sido completamente borrado.
No había absolutamente nada.
Excepto una cosa.
—Dieciocho...
Darwin se quedó mirando sus propias manos.
—Tengo dieciocho años.
No sabía cómo lo sabía.
Simplemente lo sabía.
Al menos conservaba aquello.
Aunque, francamente, no servía de demasiado.
—Genial...
Se quedó sentado durante unos segundos.
—No recuerdo quién soy, pero sí recuerdo mi edad.
Soltó un suspiro.
Por suerte, todavía recordaba cómo respirar.
También podía mover perfectamente las manos.
Los brazos.
Las piernas.
Su equilibrio.
Sus funciones motoras parecían funcionar con absoluta normalidad.
Eso consiguió tranquilizarlo ligeramente.
—Bueno...
Darwin se incorporó lentamente.
Entonces miró a su alrededor.
Estaba acostado sobre una cama.
La habitación era extraña.
No parecía un hospital.
Tampoco parecía su casa.
Ni siquiera se parecía a un lugar que pudiera reconocer.
Pero había algo todavía más extraño.
En medio de la habitación había un sillón.
Y sobre él...
Había una criatura.
Darwin se quedó inmóvil.
La criatura parecía estar formada por una masa de tentáculos negros que se entrelazaban entre sí hasta formar una silueta vagamente humanoide.
No tenía una apariencia que pudiera considerarse normal.
Ni remotamente.
Darwin la observó.
La criatura también lo observó.
Silencio.
Pasaron unos segundos.
Darwin esperaba sentir miedo.
De hecho, una parte de su mente le decía que debería estar aterrorizado.
Aquello era una criatura desconocida.
Una criatura que parecía salida de una pesadilla.
Pero...
No sentía miedo.
Ni siquiera sabía por qué.
—...
La criatura inclinó ligeramente la cabeza.
Darwin hizo exactamente lo mismo.
Finalmente, contra toda lógica razonable, el joven salió de la cama.
Caminó hasta el sillón.
Y se sentó frente a aquella cosa.
La criatura permaneció inmóvil.
Darwin también.
Silencio.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Finalmente...
La criatura habló.
Su voz era extraña.
Era una mezcla entre un gorgoteo profundo y un eco sobrenatural.
Cada palabra parecía repetirse varias veces por toda la habitación.
—Ḫ̷͝a̸͙̿ś̵͔ ̷̢̇d̸̗̋e̵̩̎s̶̤͆p̷̥͝é̷̜r̵̺͝t̷̟̅a̸̮̍ḏ̵̛o̷̻͝...
Darwin parpadeó.
—Sí.
La criatura hizo una pausa.
—¿No tienes miedo?
Darwin pensó unos segundos.
—Supongo que debería.
—Deberías.
—Pero no tengo miedo.
—Interesante.
La criatura se acomodó lentamente en el sillón.
—Puedes llamarme...
El Custodio
.
Darwin levantó ligeramente una ceja.
—¿El Custodio?
—Ese es el nombre que utilizan aquellos que han tenido el privilegio... o la desgracia... de conocerme.
—¿Y qué custodias exactamente?
La criatura extendió uno de sus tentáculos.
—Soy el encargado de regular las almas que llegan al más allá.
Darwin guardó silencio.
—¿El más allá?
—Exactamente.
El joven miró alrededor.
Luego volvió a mirar al ser.
—Entonces estoy muerto.
—Sí.
Darwin permaneció en silencio.
Curiosamente, la noticia no le provocó ninguna reacción especialmente fuerte.
—Ah.
El Custodio ladeó la cabeza.
—¿Eso es todo?
—No sé qué quieres que diga.
—La mayoría grita.
—No tengo recuerdos suficientes para saber qué debería sentir.
El Custodio permaneció completamente inmóvil.
Después comenzó a emitir un sonido parecido a una risa.
Un eco profundo recorrió la habitación.
—Ja...
El sonido se repitió.
—Ja...
Y otra vez.
—Ja...
Darwin lo observó con una expresión neutral.
—Eso fue raro.
—Llevo muchísimo tiempo haciendo este trabajo.
—¿Y?
—Me he aburrido.
Darwin parpadeó.
—¿Te aburriste?
—Muchísimo.
El Custodio apoyó una especie de mano formada por tentáculos sobre el reposabrazos.
—Durante eras he observado almas llegar, ser juzgadas y continuar su camino. Algunas reencarnan. Otras siguen hacia otros destinos. Todo es extremadamente predecible.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
El Custodio pareció sonreír.
O al menos Darwin creyó que aquella masa de tentáculos había sonreído.
—Que decidí hacer algo diferente.
Darwin lo miró fijamente.
—¿Qué cosa?
—Voy a reencarnarte.
—¿Dónde?
—En otro mundo.
Darwin se quedó pensando.
—¿Qué mundo?
La criatura levantó uno de sus tentáculos.
—Un mundo habitado principalmente por ponis.
Darwin guardó silencio.
—...
—...
—¿Ponis?
—Ponis.
Darwin procesó aquella información.
—¿Ponis que hablan?
—Sí.
—¿Magia?
—Sí.
—¿Monstruos?
—También.
—¿Civilizaciones?
—Por supuesto.
Darwin suspiró.
—Esto cada vez suena más raro.
—Y aún no he terminado.
Darwin levantó la mirada.
El Custodio continuó.
—Esta no será exactamente la realidad que conoces por las historias que quizá recuerdes... porque, evidentemente, has perdido esos recuerdos.
—¿Qué tendrá de diferente?
—Los ponis evolucionarán tecnológicamente.
Darwin mostró por primera vez cierto interés pero no supo decir porque tenía interés.
—¿Tecnológicamente?
—Sí.
—¿Hasta qué punto?
—Lo suficiente como para desarrollar una civilización tecnológica avanzada.
Darwin se quedó pensativo.
—Eso sí es interesante.
—Además, los humanos también existirán en ese mundo.
Aquello hizo que Darwin levantara una ceja.
—¿Humanos y ponis?
—Humanos y ponis.
—Curioso.
—Y tendrás un poder.
Darwin volvió a mirarlo.
—¿Qué clase de poder?
El Custodio se inclinó ligeramente hacia él.
—Uno extremadamente versátil.
Una pequeña esfera de oscuridad apareció entre sus tentáculos.
—También será poderoso.
La esfera desapareció.
—Pero su verdadero potencial dependerá de ti.
Darwin permaneció atento.
—No voy a regalarte poder ilimitado. Tendrás que aprender a utilizarlo, comprenderlo y desarrollar sus posibilidades.
—¿Y qué poder es?
El Custodio guardó silencio durante unos segundos.
—Lo descubrirás cuando llegue el momento.
Darwin suspiró.
—Claro.
El Custodio continuó.
—También mejoraré tu cuerpo.
—¿Mejorarlo?
—Tu organismo alcanzará su máximo potencial natural.
Darwin observó sus manos.
—¿Seré más fuerte?
—Sí.
—¿Más rápido?
—Sí.
—¿Más resistente?
—Sí.
Darwin pensó un momento.
—¿Y mi cerebro?
—También.
—¿Intelecto?
—Mejorado.
—¿Memoria?
—Mejorada.
—¿Capacidad de aprendizaje?
—Mejorada.
Darwin comenzó a considerar aquello.
—Entonces básicamente voy a recibir un cuerpo mejorado.
—Exactamente.
El Custodio hizo una pausa.
—Pero antes de enviarte necesito preguntarte algo.
Darwin levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Quieres recuperar tus recuerdos?
Aquella pregunta consiguió cambiar ligeramente su expresión.
Darwin tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Su voz fue firme.
—Quiero recordar.
El Custodio asintió.
—Puedo hacerlo.
Darwin dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias.
—Sin embargo...
Darwin entrecerró los ojos.
—Sabía que había un “sin embargo”.
—Recuperarás tus recuerdos, pero eliminaré ciertos datos personales.
—¿Como cuáles?
—Tu nombre.
Darwin se quedó callado.
—También algunos detalles relacionados directamente con tu vida anterior.
—¿Por qué?
El Custodio respondió con absoluta tranquilidad.
—Porque si conservas absolutamente todo, existe la posibilidad de que pases tu nueva existencia intentando recuperar aquello que perdiste.
Darwin bajó la mirada.
—Entonces...
—Recordarás experiencias, conocimientos, gustos, habilidades y gran parte de tu pasado.
El Custodio hizo una pausa.
—Pero tu identidad anterior se desvanecerá parcialmente.
—¿Para poder empezar de nuevo?
—Exactamente.
Darwin permaneció pensativo.
Aquello era extraño.
Muy extraño.
Pero, después de enterarse de que estaba muerto y que una criatura hecha de tentáculos iba a enviarlo a un mundo de ponis...
Ya nada parecía demasiado absurdo.
Finalmente asintió.
—Está bien.
El Custodio levantó una mano.
—Entonces prepárate.
—¿Para qué?
La oscuridad apareció debajo de Darwin.
El joven miró hacia abajo.
—Oh.
Su cuerpo comenzó a hundirse.
—Espera...
La oscuridad lo envolvió lentamente.
Darwin miró una última vez al Custodio.
—¿Y cómo se supone que voy a recordar quién soy?
El Custodio respondió mientras la oscuridad terminaba de cubrirlo.
—No necesitarás recordar quién eras.
Una pausa.
—Solo necesitarás descubrir quién serás.
Darwin no tuvo tiempo de responder.
La oscuridad terminó de tragárselo.
Y desapareció.
Oscuridad.
Eso era lo único que Blue podía percibir.
No había suelo.
No había cielo.
No había absolutamente nada.
Durante unos segundos tuvo la extraña sensación de estar flotando en un espacio infinito.
Hasta que...
¡PUM!
Blue cayó de golpe.
—¡AU!
Su cuerpo golpeó contra algo bastante duro.
Permaneció unos segundos en el suelo, completamente confundido.
—...¿Estoy vivo?
Abrió los ojos.
Lo primero que vio fue un cielo despejado.
Azul.
Con algunas nubes pasando lentamente.
Blue permaneció tumbado unos segundos mientras su cerebro intentaba procesar la situación.
—¿Qué demonios...?
Se llevó una mano a la cabeza.
Y entonces ocurrió.
Los recuerdos comenzaron a regresar.
No todos de golpe.
Pero sí suficientes.
Su infancia.
España.
Argentina.
Sus padres.
La tecnología.
Su taller.
TikTok.
Su computadora.
La Provocadora.
La explosión.
Su muerte.
El Custodio.
La criatura formada por tentáculos.
La conversación.
La promesa de una nueva vida.
Blue abrió los ojos de golpe.
—...
Se quedó mirando el cielo.
—Oh.
Se incorporó lentamente.
—Oh, mierda.
Miró sus manos.
Después sus brazos.
Su cuerpo.
Todo parecía estar bien.
Respiraba.
Podía moverse.
Podía pensar.
Podía recordar.
Aunque había algo extraño.
Sabía que había cosas que faltaban.
Algunos detalles personales habían desaparecido.
Su nombre anterior.
Ciertos datos sobre su vida.
Era como si algunas páginas de su memoria hubieran sido arrancadas cuidadosamente.
Pero el resto estaba allí.
Todo.
Blue se puso de pie.
Sacudió un poco su ropa y miró a su alrededor.
Se encontraba en medio de un camino de tierra.
A ambos lados había grandes extensiones de vegetación.
Árboles.
Hierba.
Flores.
Y, a lo lejos, podía distinguir algunas estructuras.
El joven permaneció completamente quieto.
Entonces recordó las palabras del Custodio.
“Un mundo habitado principalmente por ponis.”
“Los ponis evolucionarán tecnológicamente.”
“Los humanos también existirán.”
Blue lentamente llevó una mano a su rostro.
—No me jodas...
Miró nuevamente alrededor.
—¿Estoy enMy Little Pony?
Se quedó callado.
—¿De todos los mundos posibles tenía que ser uno con uno de los fandoms más perturbadores...?
Pausa.
—Pero también uno de los más tiernos del mundo.
Blue suspiró.
—¿Por qué tenía que ser yo?
Se quedó unos segundos pensando.
Después negó con la cabeza.
—Bueno...
Miró sus manos nuevamente.
—De todos modos...
Se quedó pensativo.
—¿Cómo diablos me llamo en este mundo?
Aquello era un problema.
No podía continuar llamándose simplemente “humano”.
Necesitaba un nombre.
Blue comenzó a pensar.
Pasaron unos segundos.
—Blue...
Pronunció la palabra lentamente.
Le gustaba.
—Blue.
Sonrió ligeramente.
Después pensó en un apodo.
—Berry.
Hizo una pequeña pausa.
—Blue Berry.
El nombre le parecía bastante ridículo.
Pero, por alguna razón, le gustaba.
—Sí.
Asintió.
—Blue. Y de apodo, Berry.
Era una referencia al sabor de helado que más le gustaba.
—Perfecto.
Con su nueva identidad decidida, Blue finalmente se giró para observar el camino.
Sin embargo, algo llamó su atención.
Había una caja en el suelo.
Una caja negra con detalles bastante particulares.
Blue se acercó.
La observó durante unos segundos.
Y entonces su cerebro hizo clic.
Reconoció inmediatamente aquella caja.
—No...
Se agachó.
La tomó entre sus manos.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—No puede ser.
La conocía.
Era la caja utilizada para guardar losMiraculous.
Las joyas mágicas que permitían a sus portadores transformarse en héroes mediante los poderes de losKwamis.
Pequeñas criaturas asociadas a diferentes conceptos y animales.
Blue observó la caja.
—Entonces el Custodio hablaba en serio.
Su expresión cambió.
—¿Me dio los poderes de Miraculous?
Blue abrió lentamente la caja.
entonces...
FWOOSH.
Una serie de pequeñas siluetas salió disparada desde el interior.
—¡¿QUÉ?!
Blue retrocedió un paso.
Las pequeñas criaturas comenzaron a flotar alrededor de él.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro...
Hasta que un total de diecinueve pequeños seres quedaron suspendidos frente a él.
Blue los observó.
Uno por uno.
Sus formas eran diferentes.
Sus colores.
Sus características.
Sus pequeños cuerpos flotaban en el aire mientras observaban al humano que tenían delante.
Blue estaba completamente fascinado.
—Así que ustedes son los Kwamis...
Los observó detenidamente.
Había algo casi adorable en ellos.
Aunque después de haber escuchado al Custodio hablar sobre el verdadero poder que poseían, Blue tenía una sensación bastante diferente.
No debía subestimarlos.
Entonces uno de ellos se acercó.
Era pequeño.
Apenas unos diez centímetros.
Tenía un cuerpo rojo con manchas negras y una apariencia que recordaba claramente a una mariquita.
La pequeña criatura flotó hasta quedar frente al rostro de Blue.
Lo observó.
Blue la observó.
Y supo inmediatamente quién era.
Tikki.
Pero antes de que pudiera decirlo...
La pequeña Kwami habló.
Su voz era suave y tranquila.
—Tú debes ser el nuevo portador de los Miraculous.
Blue parpadeó.
Tikki sonrió.
—Ya sabemos quién eres... hasta cierto punto.
La pequeña criatura hizo una pequeña pausa.
—Me presento. Soy Tikki.
Después señaló ligeramente hacia Blue.
—¿Podemos saber tu nombre?
Blue permaneció en silencio.
No porque no supiera qué responder.
Sino porque todavía resultaba extraño tener que decirlo.
Finalmente asintió.
—No recuerdo mi nombre de mi otra vida.
Tikki ladeó ligeramente la cabeza.
Blue continuó.
—Pero ahora me hago llamar Blue.
Tikki sonrió.
—Es un gusto conocerte, Blue.
Blue asintió.
—Igualmente.
Los otros Kwamis continuaban observándolo.
Tikki decidió comenzar a explicar.
—Nosotros somos entidades antiguas.
Blue levantó ligeramente una ceja.
—¿Antiguas?
—Tenemos al menos cinco mil años de existencia aproximados.
Blue miró al resto.
—¿Cinco mil?
Tikki asintió.
—Nosotros nacemos cuando un concepto abstracto cobra vida en el mundo.
Blue se quedó pensando.
—Entonces...
Miró a Tikki.
—¿Cada uno de ustedes representa algo?
—Exactamente.
Tikki comenzó a explicarlo.
—Cada uno de nosotros encarna un concepto específico, del cual provienen nuestros poderes. Desde nuestros orígenes, hemos viajado juntos por el universo.
Blue permaneció completamente atento.
Aquello era mucho más grande de lo que había imaginado.
Tikki continuó.
—Nuestros poderes son extremadamente poderosos.
Blue asintió lentamente.
—Eso me lo puedo imaginar.
—Pero el uso irresponsable de nuestras habilidades podría provocar consecuencias terribles.
Tikki hizo una pequeña pausa.
—Incluso podría provocar el fin de este mundo tal y como se conoce.
Blue se quedó completamente quieto.
—...
Su garganta se secó ligeramente.
Miró nuevamente a las pequeñas criaturas.
Eran diminutas.
Adorables.
Parecían incapaces de hacer daño a una mosca.
Y, según Tikki...
Podían tener suficiente poder como para acabar con el mundo.
—¿En serio?
Tikki asintió.
—En serio.
Blue volvió a mirar a los Kwamis.
—Genial...
Se pasó una mano por el rostro.
—Tengo dieciocho años, acabo de morir, fui enviado a otro universo y ahora tengo a diecinueve criaturas capaces de destruir el mundo flotando frente a mí.
Tikki simplemente sonrió.
—Podría decirse que sí.
Blue la miró.
—Eso no me tranquiliza.
Tikki continuó explicando.
—Para que puedas utilizar nuestras habilidades debes portar un Miraculous.
Blue miró la caja.
—Las joyas.
—Sí.
—Funcionan como un vínculo entre nosotros y nuestro portador.
Tikki señaló al propio Blue.
—Nos permiten canalizar nuestros poderes a través de ti.
Blue asintió lentamente.
—Entonces ustedes me prestan el poder.
—Exactamente.
—Y yo lo utilizo.
—Así es.
Blue cruzó los brazos.
—Bien...
Pensó durante unos segundos.
—¿Qué tengo que hacer ahora?
La expresión de Tikki se volvió ligeramente más seria.
—Ahora, Blue...
El joven levantó la mirada.
—Tú eres el portador y cuidador de los Miraculous.
Blue se quedó escuchando.
—Tu deber es protegerlos.
Tikki hizo una pausa.
—Y asegurarte de que no caigan en manos equivocadas.
Blue permaneció callado.
Miró la caja.
Después miró a los diecinueve Kwamis.
Finalmente suspiró.
—Claro.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Sin presiones, ¿eh?
Tikki soltó una pequeña risita.
—No pretendemos presionarte.
Blue levantó una mano.
—Bien.
Miró nuevamente la caja.
—Entonces ahora...
Se detuvo.
Su expresión cambió.
—Necesito un segundo.
Tikki parpadeó.
—¿Blue?
Pero el joven ya se había dado media vuelta.
Les dio la espalda a los Kwamis.
Respiró profundamente.
Una vez.
Después otra.
Y otra.
—Necesito asimilar todo esto.
Los diecinueve Kwamis permanecieron flotando detrás de él.
Blue cerró los ojos.
Un mundo nuevo.
Una segunda vida.
Una nueva identidad.
Un grupo de criaturas mágicas de miles de años.
Una caja llena de joyas capaces de otorgarle poderes.
Y, aparentemente...
Una responsabilidad enorme que acababa de caer sobre sus hombros.
Blue dejó escapar lentamente el aire.
—Sí...
Miró hacia el horizonte.
—Definitivamente necesito asimilar todo esto.
Blue permaneció unos segundos contemplando el horizonte.
El paisaje seguía pareciéndole extraño.
Demasiado tranquilo.
Demasiado bonito.
Y, considerando que acababa de morir y despertar en otro universo, aquella tranquilidad no le inspiraba precisamente confianza.
Finalmente, Blue se dio la vuelta.
Sus ojos recorrieron a cada uno de los Kwamis.
Uno por uno.
Las pequeñas criaturas permanecían flotando frente a él, observándolo con curiosidad.
Blue se aclaró la garganta.
—Bien. Todo el mundo, que ponga atención.
Los Kwamis inmediatamente centraron su atención en él.
Blue respiró profundamente.
—Bien, primero es lo primero. Dejaremos las presentaciones para después. Ahora tenemos asuntos más importantes.
Los Kwamis permanecieron atentos.
—Entre ellos estará ubicarnos exactamente. Ahora, sé que estamos en un mundo que más o menos conozco, pero no sabemos si los seres de este mundo son hostiles o neutrales.
Blue señaló hacia las estructuras que había visto a la distancia.
—Por ende, nuestro primer paso importante será localizar alguna zona poblada para recopilar información.
Después volvió a señalar.
—Allí se ven estructuras. Así que tal vez haya alguna zona donde podamos encontrar respuestas.
Los Kwamis intercambiaron algunas miradas.
Blue continuó.
—Bien. Ahora quiero saber si alguno de ustedes...
Hizo una pausa y luego se corrigió.
—No tengo tiempo para ponerme a entrenar sus poderes y habilidades uno por uno.
Tikki levantó ligeramente las cejas.
Blue levantó un dedo.
—No obstante, tampoco sabemos si los seres de este mundo son hostiles. Ir hacia allí sin preparación sería estúpido.
Bajó la mano.
—Así que, contra toda lógica, lo más razonable sería que tuviera algún tipo de protección en caso de que las cosas se compliquen.
Blue miró la caja que todavía sostenía entre sus manos.
Luego habló con un tono algo más tranquilo.
—Necesito que uno de ustedes me diga cuál es la mejor opción.
Miró nuevamente a los Kwamis.
—Preferiblemente uno que se base meramente en lo físico. Fuerza, resistencia, capacidad para pelear y escapar. Solo en caso de que tenga que enfrentarme a alguien.
Todos los Kwamis guardaron silencio.
Durante unos segundos nadie dijo absolutamente nada.
Blue esperó.
—¿Nadie?
Entonces...
Uno de los Kwamis comenzó a volar.
Se desplazó lentamente hasta quedar junto a Tikki.
Blue lo observó.
Era una pequeña criatura de aproximadamente diez centímetros.
Su cuerpo era de un tono azul grisáceo.
Tenía una cabeza relativamente grande en comparación con su cuerpo, ojos estrechos y un par de cuernos de buey que se curvaban hacia arriba.
El pequeño Kwami cruzó los brazos.
—Compañero...
Su voz era masculina y tenía un marcado acento sureño.
—En ese caso, yo soy tu mejor opción.
Blue lo observó.
El pequeño ser sonrió con orgullo.
—Yo soyStomppy mi Miraculous es el aro nasal.
Blue miró la caja.
Después miró a Stompp.
—Supongo que eso responde mi pregunta.
Introdujo una mano en la caja.
Revolvió cuidadosamente su contenido hasta encontrar el objeto que buscaba.
Sacó el aro nasal.
Lo examinó durante unos segundos.
Después se lo colocó en el orificio nasal derecho.
Blue sintió inmediatamente una ligera sensación extraña.
No era dolor.
Era más bien...
Una sensación de energía.
Como si algo hubiera establecido una conexión con él.
Blue movió ligeramente la nariz.
—¿Ahora qué?
Miró a Stompp.
El Kwami sonrió.
—Para activar el Miraculous debes decir tu frase de transformación.
Blue esperó.
Stompp levantó ligeramente un puño.
—¡Abran paso!
Blue asintió.
—Entiendo.
Tocó ligeramente el aro nasal.
—Lo tendré en cuenta.
Después miró nuevamente a los demás.
—Ahora, los demás regresen a la caja.
Varios Kwamis se miraron entre sí.
Blue levantó una mano.
—Los liberaré cuando tenga un lugar seguro donde puedan estar fuera no puedo arriesgarme a que ustedes sean visto eso genera pregunta y las preguntas generan interés.
Miró la caja.
—Pero ahora mismo no tengo absolutamente nada donde puedan esconderse si aparece alguien.
Los Kwamis parecieron comprender la lógica.
Tikki fue la primera en asentir.
—Tiene sentido.
Uno tras otro, los pequeños seres comenzaron a regresar a la caja.
Blue observó cómo desaparecían en su interior.
Cuando el último Kwami entró, Blue cerró cuidadosamente la caja.
Ahora solo quedaban él y Stompp.
El pequeño Kwami miró alrededor.
—Bueno, compañero. ¿Nos vamos?
Blue sostuvo la caja entre sus manos.
—Sí.
Stompp voló hasta uno de los bolsillos delanteros y se metió dentro, dejando solamente su cabeza asomando.
—Desde aquí podré avisarte si veo algo raro.
Blue miró hacia abajo.
—Perfecto.
Entonces volvió a mirar hacia el horizonte.
Las estructuras seguían allí.
Tal vez fuera una ciudad.
Tal vez un pueblo.
Tal vez simplemente algún edificio abandonado.
No lo sabía.
Pero necesitaba respuestas.
Necesitaba descubrir dónde estaba.
Qué año era.
Qué clase de mundo era aquel.
Y, sobre todo...
Necesitaba saber si realmente se encontraba en el universo deMy Little Pony.
Blue comenzó a caminar por el camino de tierra.
Un paso.
Luego otro.
Stompp permanecía oculto en su bolsillo mientras Blue avanzaba tranquilamente hacia las estructuras.
Sin saber todavía que aquella caminata sería el primer paso de una vida completamente diferente.
Y que, en algún lugar más allá del horizonte...
Su nueva vida ya lo estaba esperando.
Final del capítulo
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Preguntas:
Ideas:








