01. La cuota
El aire dentro de la pequeña cabaña de madera era helado antes de que el sol asomara por el horizonte. Me levanté en la penumbra, sintiendo la madera fría del suelo bajo la planta de mis pies descalzos. Mi cuerpo, acostumbrado a levantarse antes que la luz, no necesitó alarmas ni avisos.
En la esquina de la habitación, una silueta envuelta en cobijas gruesas aún respiraba a un ritmo lento y pesado. Me acerqué y le toqué el hombro a mi hermana con delicadeza.
—Despierta, Lina —murmuré, modulando la voz para que bajara de tono desde el primer segundo del día.
Lina gruñó, refregándose los ojos con los puños cerrados. A sus dieciséis años, el cansancio se le pegaba a los huesos mucho más que a mí. Se sentó en la cama de paja y comenzó a ponerse los pantalones de lona gruesa que le quedaban holgados. Fuera de las cuatro paredes de nuestro hogar, Lina no existía. Para el resto de los asentamientos que sobrevivían bajo la sombra de la muralla de piedra, ella era simplemente Leo, un chiquillo flaco y torpe que ayudaba a su familia en el taller.
Me envolví el torso con las tiras de lino bien apretadas, ajustándolas con firmeza hasta que la tela rígida me aplanó el pecho por completo. Luego me puse una camisa de lino basto, un chaleco de cuero gastado y me até los pantalones con una correa gruesa. Me miré en el pequeño espejo de cristal desgastado que teníamos en la pared: un cabello cortado casi al ras, mandíbula limpia, rasgos finos y la mirada fría de alguien que siempre estaba esperando un golpe. A mis veintitrés años, mi contextura pequeña me hacía pasar como un chiquillo de dieciocho o diecinueve. Un hombre menudo, pero un hombre al fin y al cabo a ojos del mundo.
Nuestra madre calentaba un caldero de agua en el fogón del salón mientras nuestro padre ajustaba las correas de un gran morral de cuero curtido. La casa olía a viruta de pino, cera de abejas y humo de leña. Mi padre había sido cazador en sus mejores años, pero una embestida de un Rondador le había destrozado el muslo izquierdo, dejándolo cojo y obligándolo a cambiar las armas por las herramientas de carpintería.
—Lleven las vasijas talladas y los mangos para hacha que terminamos anoche —dijo mi padre sin alzar la cabeza, pasándose una mano cansada por la barba rala—. El viejo Tomas nos dará harina y un poco de manteca si las piezas están bien pulidas.
—Están bien hechas, papá —dijo Lina, ajustándose la gorra de cuero que le cubría la melena castaña para que ningún mechón revelara su verdadero ser.
—En el mercado no bajen la guardia —intervino mi madre, acercándose a nosotras para acomodarnos las cuellos de las camisas con manos temblorosas. Su mirada iba de mi cara a la de Lina, llena de una angustia silenciosa que jamás desaparecía—. Manténganse juntas. Si ven a los soldados de la ronda exterior, caminen en sentido contrario.
Cargué el saco de yute más pesado a mi espalda y ayudé a Leo a acomodarse el suyo, más ligero pero abultado. Las herramientas de madera eran nuestro único sustento para conseguir alimentos en un mundo donde el dinero de metal no valía nada si no tenías qué comer.
Salimos a la penumbra de la mañana. El asentamiento de la frontera era una acumulación de chozas de madera, lodo seco y tejados de paja construidos al pie de las colinas. El aire mañanero calaba en los huesos y olía al barro húmedo de las ciénagas y al rastro acre de la sangre seca de los Rondadores que los patrulleros traían a veces del exterior.
A media hora de marcha, el mercado de la plaza baja era un hervidero ruidoso y peligroso. No había orden ni leyes civiles; el mercado era un lugar hostil, un foso donde los mercaderes sin principios, los cazadores del fango y los desertores se empujaban para conseguir víveres. Las chozas de madera crujían bajo el viento y la gente caminaba con las manos puestas en las empuñaduras de sus cuchillos.
Leo caminaba pegado a mi costado, con los hombros encogidos y la vista fija en los charcos del suelo. Se notaba a leguas su incomodidad, la forma en que temblaba cada vez que un hombre alto se le cruzaba en el camino.
—Mire hacia al frente, Leo —le ordené en un murmullo bajo y raspado, agarrándolo del hombro con fuerza—. Si caminas mirando tus botas, te van a ver como a una presa facíl. Levanta la barbilla y saca el pecho.
—Huelen mal, Valen... —susurró Leo con la voz temblorosa, refiriéndose a un grupo de mercenarios que bebían alcohol barato junto a una fogata—. Me miran raro.
—Que miren lo que quieran. Si alguien se acerca, déjame hablar a mí.
Nos abrimos paso entre puestos de carne salada de dudosa procedencia, cueros mal curtidos y montones de hierbas secas. Los gritos de los comerciantes se mezclaban con las risas pesadas de la gente del fango. Un tipo enorme, con la cara marcada por quemaduras de azufre, intentó empujar a Leo para quitarle el paso. Reaccioné antes de que su mano tocara la espalda de mi hermana: me metí en medio, clavándole la mirada firme y interponiendo el mango de mi saco entre los dos.
—Abre los ojos, bruto —le dije a través de los dientes, usando mi voz de recluta frío.
El hombre me miró de arriba abajo, evaluando mis pantalones llenos de tierra, la daga que colgaba de mi cinturón y la falta de miedo en mi rostro. Escupió un flema negra al barro y pasó de largo soltando una maldición.
Llegamos al puesto de Tomas, un anciano de cara arrugada que intercambiaba granos por productos de artesanía. Nos examinó las Vasijas de madera una a una, pasando sus dedos callosos por los bordes pulidos.
—Tu padre sigue teniendo buen pulso, Valen —dijo el viejo, soltando un saco pequeño con harina de centeno y un pedazo duro de manteca sobre la mesa de madera—. Tómenlo. Y váyanse rápido. Hoy la guardia del Bastión está revisando los puestos con más dureza de la habitual.
Hicimos el trueque sin perder tiempo. Cargué la comida en el morral y arrastré a Leo fuera del bullicio del mercado antes de que el sol terminara de elevarse sobre las torres de la muralla.
Al regresar a la cabaña a media mañana, mi padre nos esperaba en la parte trasera del terreno, bajo la sombra de un roble seco. Sobre el pasto amarillo yacían dos lanzas de entrenamiento de madera y la pesado arma que mi padre había reconstruido pieza por pieza durante meses: la Lanza de Impacto. Era un arma pesada, de acero oscuro, con un mecanismo de resorte y pistón en la punta que funcionaba a base de compresión.
—Llegan a tiempo —dijo mi padre, apoyándose en su bastón de madera mientras nos observaba—. El mercado no les dio problemas, ¿verdad?
—Ninguno que no pudiéramos manejar —respondí, dejando el morral de la comida sobre un banco de madera.
—Bien. A entrenar. Los Rondadores no van a esperar a que tengan hambre para bajar de las colinas.
Le entregué una lanza de madera a Leo y yo tomé la Lanza de Impacto. El entrenamiento diario no era un lujo en nuestra casa; era una doctrina diaria que mi padre nos había impuesto desde que éramos pequeñas para asegurarnos de que pudiéramos defender la propiedad y sobrevivir si algún día la estructura del poblado caía.
Pero mientras que para mí el combate se había convertido en una segunda naturaleza, un lenguaje claro de palancas, peso y velocidad, para mi hermana era un tormento constante.
—Abre más los pies, Leo —le corrigió mi padre, golpeándole el tobillo con la punta de su bastón—. Si te mantienes tan junta, el golpe de una garra te hará perder el equilibrio antes de que puedas sacar el cuchillo.
Leo intentó ajustar la postura, pero sus brazos temblaban bajo el peso de la madera. Se lanzó hacia adelante intentando embestir el saco de arena colgado del árbol, pero tropezó con su propia bota y cayó de cara sobre el pasto seco, soltando el arma.
—¡Maldita sea! —chilló, limpiándose la tierra de la mejilla con coraje. Tenía los ojos empañados por las lágrimas de frustración. Odiaba las armas, odiaba el olor del cuero y odiaba la sensación de dolor en las articulaciones. Prefiría estar dentro de la casa cosiendo o ayudando a mi madre con la cocina, pero nunca se rendía. Volvió a levantarse, apretando los dientes, y recogió la lanza de madera con las manos llenas de ampollas.
—Otra vez —le ordené, poniéndome a su lado—. No mires el saco, mira la cuerda que lo sostiene. Tienes que golpear donde la resistencia sea menor. Tu cuerpo no es pesado, Leo, así que tienes que ser rápida.
—¡No soy como tú, Valen! —protestó ella, con la voz entrecortada por el esfuerzo y el dolor—. ¡A ti todo esto te sale fácil! ¡A mí me duele todo!
—A mí también me dolió hasta que entendí que si no me movía más rápido que el dolor, acabaría muerta en el barro —le dije sin suavizar el tono, clavando mis ojos en los suyos—. Otra vez.
Leo dejó escapar un gruñido de rabia y volvió a arremeter. Esta vez su estocada fue más recta, pero el impacto de la madera contra el saco le sacudió las muñecas, haciéndola dar un paso atrás sobándose las articulaciones. Tenía la tenacidad del abuelo, pero carecía por completo del instinto asesino que la frontera exigía.
Mientras ella descansaba unos minutos en el banco, me coloqué frente al poste. Ajusté la postura, doblé las rodillas para bajar mi centro de gravedad y me lancé hacia adelante en un movimiento fluido. Esquivé el poste con un paso rápido a la izquierda y clavé la Lanza de Impacto en el centro del saco. Presioné el gatillo en la empuñadura con el pulgar. El mecanismo sonó con un clack seco y una violenta descarga de presión neumática atravesó la tela, desgarrando el saco y soltando una densa nube de arena.
Mi padre asintió en silencio, satisfecho.
—Tienes la agilidad de tu madre y la cabeza fría que a mí me faltaba —dijo, apoyando las manos en su bastón—. Pero no te confíes, Valen. Tu cuerpo sigue siendo menudo. Un hombre grande o una bestia pesada te destruirán si dejas que te agarren. Tienes que golpear primero y desparecer.
—Sé lo que tengo que hacer —dije, limpiándome el sudor de la frente con el reverso de la manga.
Entramos a la casa pasado el mediodía para comer. La comida consistía en un tazón de caldo caliente hecho con raíces secas y los restos del pan duro que habíamos cambiado en el mercado. Nos sentamos a la mesa de madera en silencio, disfrutando del pequeño respiro del día. Leo se sobaba los nudillos rojos debajo de la mesa mientras nuestra madre le ponía un poco de ungüento en los raspones.
Fue en ese momento cuando el sonido atravesó la tranquilidad del valle.
Un cuerno de bronce resonó desde las alturas de la muralla. El tono largo, grave y lúgubre hizo que mi padre soltara la cuchara de madera de inmediato.
—El aviso de reclutamiento —murmuró mi madre, cubriéndose la boca con las manos mientras se ponía pálida.
Los pasos pesados de caballos y el rodar de carretas de hierro se escucharon desde la calle principal del poblado. Pocos minutos después, el sonido de botas militares resonó en los escalones de madera de nuestro porche. La puerta se abrió de golpe sin que nadie llamara, dejando entrar la ráfaga de aire helado de la tarde.
Entró un oficial con la casaca militar gris del Bastión Norte, flanqueado por dos guardias armados con lanzas largas y petos de hierro. El hombre sacó un pergamino amarillento que llevaba atado al cinturón y pasó la mirada por la modesta habitación. Sus ojos rasgados recorrieron a mi padre, a mi madre, y se detuvieron en Leo y en mí.
—Familia de la Marca —dijo el oficial con voz aburrida y monótona, leyendo el encabezado del documento—. Ha vencido el plazo legal de veinte años. La fortaleza exige la cuota obligatoria de un hijo varón para integrar el cuerpo de patrullas exteriores.
Mi padre se levantó con dificultad, apoyándose en la mesa y tratando de ponerse entre el oficial y nosotros.
—Señor... no tenemos hijos hombres —dijo mi padre, con la voz quebrada por el pánico—. Solo somos mi esposa y yo con los muchachos...
El oficial soltó una risa corta y desagradable, dando un paso adentro.
—No me veas la cara de tonto, viejo. Veo a dos muchachos fuertes justo detrás de ti. Uno de ellos subirá al carro de la guardia hoy mismo, o la patrulla confiscara las tierras, quemará este taller y los expulsará a todos fuera del perímetro sin armas ni comida.
El hombre avanzó hacia la mesa y señaló con su fusta de cuero directamente a Leo.
—Ese de ahí parece joven, flexible y fácil de moldear —dijo el oficial con una sonrisa fría—. Nos lo llevamos a él.
El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho. Leo dio un paso atrás, chocando contra la pared de madera. Tenía los ojos desorbitados por el terror y los puños apretados a los lados. Con solo dieciséis años, si la llevaban a los barracones del ejército, la obligaban a pasar las revisiones de sanidad o la metían en una litera compartida con cincuenta soldados brutales, su secreto no duraría ni un día. No sobreviviría.
Me metí en medio de un solo salto, interponiendo mi cuerpo entre la fusta del oficial y mi hermana.
—Él no —dije con voz firme, bajando el registro para que sonara profunda, grave y sin un solo temblor—. Yo soy el mayor. Me toca a mí.
El oficial me miró de arriba abajo con curiosidad. Pasó la vista por mi cara limpia, mis hombros estrechos bajo el chaleco de cuero y la forma recta en que sostenía la postura.
—Pareces un chiquillo de dieciocho años, muchacho —comentó con burla, dándome un golpecito en el pecho con la fusta—. Eres bastante menudo. Pero tienes más agallas que el viejo de tu padre. ¿Cómo te llamas?
—Valen —respondí sin bajar la mirada ni un solo segundo—. Me llamo Valen.
A mis espaldas, mi madre ahogó un sollozo desgarrador, pero mi padre le agarró la mano con fuerza para evitar que cometiera una locura. Él sabía, al igual que yo, que esta era la única forma de salvar a la familia. Si no iba yo, se llevarían a Leo o nos ejecutarían a todos en la plaza por rebelión.
—Bien, Valen —dijo el oficial, guardando el pergamino en su funda de cuero—. Recoge tus cosas. El carro de reclutamiento parte hacia los barracones de la muralla en cinco minutos.
Giré la cabeza hacia mi hermana. Leo me miraba con lágrimas rodándole por las mejillas sucias, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que le salía sangre. Le sostuve la mirada y le hice un gesto imperceptible con la cabeza, pidiéndole en silencio que mantuviera el personaje de "Leo" y que cuidara de la casa.
Caminé hacia el rincón, recogí mi peto de cuero reforzado, mi morral con algunas prendas de repuesto y la Lanza de Impacto. Al pasar al lado de mi padre, me sujetó el brazo con sus dedos temblorosos.
—No dejes que nadie se acerque demasiado en los barracones, Valen —me susurró al oído, con la voz ahogada por la culpa y el miedo—. Mantén la guardia alta. No confíes en nadie.
—Sé cuidarme sola, papá —murmuré para que solo él lo escuchara.
Salí de la cabaña sin mirar atrás. En la calle, un gran carro de madera con barrotes de hierro esperaba rodeado por seis guardias montados. Dentro del vehículo había otros cuatro chicos jóvenes del poblado, aterrados, llorando en silencio o mirando fijamente sus manos. Subí de un salto al espacio trasero, acomodando mi lanza entre las piernas y apoyando la espalda contra las vigas de madera.
El látigo del oficial resonó en el aire y el carro comenzó a andar, dejando atrás mi hogar para adentrarse en la carretera que llevaba directamente hacia los portones oscuros del Bastión Norte.
Apreté el empuñadura de acero de mi lanza hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Tenía veintitrés años, una vida entera aprendiendo a pelear en las sombras de la frontera y la absoluta determinación de que ningún soldado del Bastión iba a romper la armadura que había construido para protegerme.








