Capítulo 1
Descargo de responsabilidad: No soy dueño del anime/manga “Dragon Ball” en general o de la saga de videojuegos “The Elder Scrolls”, y de lo único que soy dueño es de esta historia alternativa/paralela que he escrito por diversión para lectoras/lectores curiosos.
Goki en Skyrim
Capítulo 1: El Llamado de otra Realidad
Guía de Lectura:
—Diálogos—
«Pensamientos»
¡KameHameHa!(Ataques / Habilidades / Ki / Magia / Técnicas)
[Lectura / Noticias / Intercomunicadores]
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El viento soplaba suavemente a través de las pacíficas y verdes montañas del Monte Paoz. Los pájaros cantaban su melodía matutina, y el sonido de una cascada cercana creaba una atmósfera de tranquilidad absoluta. Sin embargo, dentro de la pequeña y rústica casa de cúpula redonda, el ambiente era de pura tensión nerviosa.
Frente a un espejo de cuerpo entero, Goki se observaba con el ceño ligeramente fruncido. A sus treinta años, la guerrera Saiyajin poseía una belleza que dejaba a cualquiera sin aliento, aunque ella misma fuera completamente ajena a ese hecho. Su cabello negro azabache caía en sus características puntas rebeldes con forma de palmera, enmarcando un rostro de tez blanca y suave, adornado por unos ojos grandes y oscuros como el carbón que irradiaban una pureza casi infantil.
Con su estatura de 1,70 metros, su físico era un testimonio de sus intensos entrenamientos, pero con una genética que había decidido dotarla de curvas extremadamente pronunciadas. La Saiyajin lucía su icónico dogi naranja y azul, el cual se ajustaba peligrosamente a su figura voluptuosa. Poseía unos pechos enormes que tensaban la tela de su camiseta, un vientre perfectamente plano donde se asomaban unos abdominales definidos pero femeninos, una cintura muy delgada y unas caderas anchas que daban paso a un enorme trasero.
Era un cuerpo que, cada vez que bajaba a la Ciudad del Oeste, desataba el caos. Goki estaba acostumbrada a las miradas. Veía cómo algunas mujeres la observaban con rostros apretados (ella pensaba que les dolía el estómago, sin saber que era pura envidia o celos), mientras que otras pocas la miraban con un brillo extraño en los ojos y las mejillas rojas. Por otro lado, los hombres solían tropezar con sus propios pies, soltar lo que llevaban en las manos o quedarse con la boca abierta en un estado de incredulidad y admiración. Debido a su inmensa inocencia e ingenuidad, Goki siempre asumía que la gente simplemente estaba sorprendida por sus músculos, o tal vez, que tenían hambre y querían compartir un poco de comida con ella.
Pero hoy, ni la comida ni el entrenamiento ocupaban su mente. Hoy era un día crucial.
—Bien, Goki... tú puedes hacerlo,—se dijo a sí misma, dándose un par de palmaditas en las mejillas para darse ánimos—. Esta es la séptima vez. El número siete es de buena suerte, ¿verdad? ¡Como las Esferas del Dragón!
Un suspiro pesado escapó de sus labios, desinflando un poco su entusiasmo. La soledad le estaba pegando muy fuerte últimamente. Había salvado el universo en múltiples ocasiones; había sentido la electrizante adrenalina recorriendo sus venas al enfrentarse al tirano Freezer en Namekusei, y había disfrutado cada segundo del tenso y emocionante combate contra Cell. Amaba entrenar, ya fuera superando sus propios límites en solitario o intercambiando golpes a velocidades supersónicas con Vegeta —quien era el único que se negaba a llamarla por su nombre terrícola, gruñéndole siempre un“¡Kakaroko!”en medio de sus combates—.
Sin embargo, cuando el polvo se asentaba, cuando el ki se calmaba y las batallas terminaban, Goki tenía que volar de regreso al Monte Paoz. Y al abrir la puerta de su hogar, solo la recibía el silencio.
La casa estaba vacía.
Esa realidad le provocaba un nudo en el pecho, una tristeza profunda que amenazaba con convertirse en depresión. Goki anhelaba, más que nada en el universo entero, tener una familia. Quería que su hogar estuviera lleno de risas, de pequeños pasos corriendo por el suelo de madera, de hijos e hijas a los que pudiera enseñarles artes marciales y con los que pudiera pescar peces gigantes en el río. Su mayor deseo era tener un bebé.
Para ahuyentar esa tristeza, solía pasar tiempo con sus dos mejores amigas, Bulma y Milk. Ellas siempre intentaban animarla, invitándola a fiestas extravagantes en la Corporación Cápsula, a cumpleaños llenos de comida deliciosa, o simplemente a tomar el té. Goki apreciaba esos momentos con todo su corazón, pero la sensación de vacío regresaba en cuanto se despedía de ellas.
Por eso, esta cita era tan importante. Su nombre era “Ryu”. Bulma había movido algunos hilos para organizarlo. Goki no entendía por qué sus seis intentos anteriores habían sido un desastre. Los hombres la miraban, se ponían extremadamente nerviosos, sudaban a mares y, de repente, inventaban una excusa para salir corriendo, o directamente tartamudeaban un rechazo incomprensible antes de huir. Si Ryu también huía... Goki estaba segura de que terminaría volando a casa de Milk o Bulma para llorar en sus brazos durante horas, consumiendo montañas de helado y rindiéndose en su sueño de tener una familia.
—¡No! ¡Nada de pensamientos negativos! —exclamó en voz alta, sacudiendo la cabeza para despejar su mente.
Forzó una sonrisa enorme y brillante, apretando los puños con determinación. Si Ryu aceptaba estar con ella, si resultaba ser “el indicado”, entonces podría dar el siguiente gran paso: llevarlo a conocer a sus amigas y, finalmente, preguntarle a Bulma o a Milk cuál era el secreto exacto sobre cómo se hacían los bebés. Porque, por más que intentaba deducirlo, seguía siendo un misterio para ella.
Con la moral restaurada y un objetivo claro en mente, Goki salió de su casa, cerró la puerta y dio un salto hacia el cielo. En un segundo, estaba volando por encima de las nubes, dejando una estela blanca a su paso mientras se dirigía hacia la ciudad.
El sol brillaba en lo alto, calentando su piel. Goki aceleró un poco, no queriendo llegar tarde. Todo parecía normal, otro día pacífico en la Tierra gracias a los Guerreros Z.
Pero entonces... ocurrió.
En pleno vuelo, Goki se detuvo en seco. Su ki se estabilizó de golpe, manteniéndola suspendida en el aire mientras sus oídos captaban un sonido que no pertenecía a este mundo. No era un ki, no era una voz física. Era un eco antiguo, un cántico gutural y poderoso que parecía vibrar directamente en su alma, resonando en la estructura misma de la realidad.
—...Dovahkiin...
Goki parpadeó, confundida, mirando a su alrededor en el cielo vacío.
—¿Uh? ¿Alguien me llama? —murmuró, llevándose una mano a la oreja—. ¿Kaio-sama, eres tú? Tienes la voz un poco ronca...
—...Dovahkiin, naal ok zin los vahriin...
Antes de que pudiera llevarse dos dedos a la frente para intentar usar la Teletransportación, el cielo frente a ella se rasgó. No fue una explosión de ki, sino una distorsión del espacio mismo. Una luz cegadora, fría y arcaica, envolvió su cuerpo voluptuoso en una fracción de segundo. Goki soltó un pequeño grito de sorpresa al sentir cómo una fuerza invisible e inmensamente pesada tiraba de ella, arrastrándola hacia un abismo de colores boreales y estrellas desconocidas.
La gravedad desapareció, el sonido del viento de la Tierra se desvaneció, y por un momento, todo fue oscuridad.
Cuando Goki volvió a abrir los ojos, lo primero que sintió fue el frío.
Un viento helado y cortante le golpeó el rostro, haciéndola temblar ligeramente. Se frotó los ojos y se sentó, dándose cuenta de que ya no estaba flotando en el cielo de su mundo, sino tirada sobre un lecho de hierba escarchada y musgo húmedo.
Se puso de pie de un salto, sacudiendo el polvo y algunas hojas de pino de su dogi naranja. Al mirar a su alrededor, sus oscuros ojos se abrieron de par en par. Estaba rodeada por un bosque colosal. Los árboles eran inmensos pinos cuyas copas parecían rozar un cielo gris y encapotado. El olor del aire era diferente; olía a tierra mojada, a humo de leña a lo lejos y a magia antigua, un concepto que ella no lograba comprender del todo, pero que su instinto guerrero detectaba como una energía extraña y densa, muy distinta al ki al que estaba acostumbrada.
—Guau... ¿Dónde estoy? —se preguntó en voz alta, rascándose la mejilla con confusión—. ¿Me habré perdido de camino a la ciudad? No recuerdo que la Capital del Oeste tuviera tantos árboles... ¡y hace mucho frío!
Intentó concentrarse, cerrando los ojos para buscar la energía de Vegeta, de Gohan, de Krilin o de Piccolo.
Nada.
Había energías a su alrededor, sí, pero eran débiles, pequeñas... humanas o de animales silvestres. Ninguna firma de ki familiar estaba a su alcance. Era como si sus amigos hubieran desaparecido por completo de la faz de la tierra.
Un pequeño atisbo de pánico cruzó su rostro, pero rápidamente lo reemplazó por su característica practicidad. Si estaba perdida, lo mejor era preguntar por direcciones.
Caminó unos pasos a través de la espesura del bosque, guiándose por el suave sonido de un río que corría cerca y el olor a humo que había detectado antes. Tras apartar unas gruesas ramas, el paisaje se abrió ante ella, revelando un valle escarpado atravesado por aguas cristalinas y rápidas.
Y allí, a unos cientos de metros más abajo, descansaba un pequeño y rústico asentamiento. Era un pueblo construido con madera y piedra, con tejados de paja y humo saliendo de sus chimeneas. No había carreteras de asfalto, ni autos voladores, ni rascacielos esféricos. Parecía un lugar sacado de un libro de cuentos muy antiguo.
—Ese lugar se ve muy tranquilo —murmuró Goki, ladeando la cabeza mientras observaba un gran molino de agua girando en el borde del río—. Tal vez alguien ahí pueda decirme cómo llegar al restaurante donde me espera Ryu. ¡Si me apuro, tal vez no llegue tan tarde a la cita!
El camino de tierra y piedras sueltas que descendía hacia el pueblo no representó ningún desafío para Goki. Sus botas azules pisoteaban la escarcha con suavidad, moviéndose con una gracia felina que contrastaba con su abrumador poder. A medida que se acercaba, el sonido del agua golpeando las aspas del gran molino de madera se hacía más fuerte, mezclándose con el rítmico repique de un martillo golpeando metal caliente.
Al cruzar un pequeño puente de piedra que marcaba la entrada al asentamiento, Goki empezó a notar que el lugar era... pintoresco, por decir lo menos. No había cables de electricidad, ni señales de neón, y la gente vestía ropas gruesas de pieles, lana rústica y cuero.
En el momento en que Goki puso un pie en la calle principal de Cauce Boscoso, la actividad del pueblo pareció detenerse abruptamente.
Era imposible que pasara desapercibida. En un mundo donde los tonos predominantes eran el gris de la piedra, el marrón del barro y el verde oscuro de los pinos, su dogi de color naranja brillante y azul intenso era como un faro cegador. Pero no era solo su ropa lo que captaba la atención; eraella.
Un guardia de la comarca, enfundado en su armadura acolchada y con un casco que le cubría media cara, se detuvo en seco durante su patrullaje. Sus ojos se clavaron en la figura de Goki, abriéndose tanto que casi parecían salir de sus órbitas. La Saiyajin caminaba con la espalda recta, lo que acentuaba de manera casi peligrosa el tamaño de sus pechos bajo la tela tensa de su camiseta. El cinto azul que llevaba amarrado marcaba su diminuta cintura, resaltando el dramático contraste con sus caderas anchas y sus muslos fuertes y torneados que se movían con cada paso.
—Por los Nueve... —murmuró el guardia, dejando caer distraídamente la mano de la empuñadura de su espada.
Cerca de allí, Sven, el bardo local, dejó de afinar su laúd. Su mandíbula literalmente cayó al ver el rostro angelical e inocente de Goki, enmarcado por ese cabello exótico en forma de palmera. Nunca en su vida había visto a una mujer tan esculturalmente perfecta y hermosa en toda la provincia de Skyrim.
Sin embargo, no todas las miradas eran de asombro masculino. Un par de mujeres que cargaban leña cerca de la posada fruncieron el ceño profundamente. Una de ellas, de rostro endurecido por el clima helado, la barrió con la mirada de pies a cabeza, deteniéndose en las generosas curvas de la extranjera. La envidia se dibujó en sus facciones, apretando los labios con evidente disgusto ante la presencia de alguien que hacía lucir a las mujeres del pueblo como simples campesinas desaliñadas.
Goki, por supuesto, no notó en absoluto el caos hormonal y emocional que estaba provocando a su paso. Fiel a su inmensa ingenuidad, al ver que la gente la miraba fijamente, simplemente les ofreció una de sus radiantes y cálidas sonrisas, levantando una mano para saludar.
—¡Hola! ¡Buenos días! —saludó con una voz alegre y melodiosa, lo que provocó que el guardia tosiera nerviosamente y apartara la mirada, completamente ruborizado bajo su yelmo. Goki ladeó la cabeza, confundida. «Vaya, la gente aquí es un poco tímida... y parece que tienen frío en la cara porque se ponen rojos,» pensó con inocencia.
Guiándose por el sonido metálico, Goki se acercó a la fragua al aire libre. Allí, un hombre fornido, calvo y con una tupida barba, estaba golpeando un lingote de hierro incandescente sobre un yunque. Era Alvor, el herrero del pueblo.
Al sentir que alguien se acercaba, Alvor levantó la vista. El martillo se detuvo en el aire.
La imponente figura de Goki se detuvo frente a él. Vista de cerca, la blancura de su tez y la suavidad de sus rasgos contrastaban salvajemente con los músculos definidos de sus brazos descubiertos. Alvor era un hombre casado y respetable, pero tragó saliva con dificultad al tener que obligar a sus ojos a mirar el rostro de la mujer y no el pronunciado escote que se adivinaba bajo el dogi desgarrado por sus entrenamientos.
—¡Hola, señor! —dijo Goki, apoyando las manos en sus caderas, una postura que resaltó aún más su figura curvilínea—. Disculpe la interrupción, pero creo que me he perdido. Estoy buscando la Capital del Oeste. ¿Sabe en qué dirección queda? Tengo mucha prisa.
Alvor parpadeó un par de veces, saliendo de su estupor. Bajó el martillo lentamente, frunciendo el ceño con confusión ante las palabras de la extraña.
—¿La... Capital del Oeste? —repitió el herrero, rascándose la barba con su mano libre y manchada de hollín—. Muchacha, llevo viviendo aquí toda mi vida y jamás he escuchado hablar de una “Capital del Oeste”. ¿Te refieres a Soledad? ¿O a Markarth, en el rincón occidental?
La sonrisa de Goki vaciló un poco. Sus grandes ojos oscuros mostraron una chispa de confusión.
—¿Soledad? ¿Markarth? No, no. La Capital del Oeste, donde está la Corporación Cápsula. Es una ciudad enorme, con edificios redondos, autos que vuelan y muchas tiendas... —Goki hizo gestos con las manos intentando describir la ciudad de su amiga Bulma—. Tengo una cita importante en un restaurante allí. Ryu me está esperando, y si no llego, ¡esta será la séptima vez que fracaso!
Alvor intercambió una mirada de total desconcierto con Hadvar, un soldado imperial que resulta ser su sobrino, quien acababa de acercarse a la fragua y también se había quedado congelado observando a Goki.
—Por Ysmir, muchacha... no sé qué hayas bebido, pero estás muy lejos de cualquier ciudad con “autos que vuelan”, sea lo que sea eso —dijo Alvor, usando un tono cuidadoso, como si hablara con alguien que hubiera perdido la razón debido a un golpe en la cabeza—. Estás en Cauce Boscoso. En la provincia de Skyrim.
—¿Skyrim? —Goki ladeó la cabeza, repitiendo la palabra como si tuviera un mal sabor.
De repente, su cerebro comenzó a procesar la información. Cerró los ojos con fuerza y extendió sus sentidos al máximo. Buscó el ki inmenso de Vegeta, la energía cálida de Gohan, la presencia familiar de Piccolo.
Nada. El universo se sentía diferente. Las leyes físicas se sentían diferentes. La energía vital del planeta (o del verso) no era el ki vibrante de la Tierra.
Abrió los ojos lentamente. La comprensión la golpeó como un impacto directo de un cañón de energía. No estaba en la Tierra. Y si no estaba en la Tierra...
—No... —murmuró Goki, sus labios temblando ligeramente. Sus rodillas parecieron ceder y se dejó caer sentada en el suelo de tierra, provocando un leve temblor que hizo vibrar el yunque de Alvor y asustó a un par de gallinas—. No, no, no... ¡Ryu!
Ante la mirada atónita del herrero y el soldado, los enormes y oscuros ojos de la guerrera más poderosa del universo se llenaron de lágrimas gigantescas, estilo anime.
—¡BUAAAAAA!—Goki rompió a llorar a mares, frotándose los ojos con los puños como si fuera una niña pequeña, a pesar de su voluptuoso cuerpo de mujer adulta—. ¡Mi cita! ¡Mi séptima oportunidad! ¡Ryu va a pensar que lo dejé plantado! ¡Seguro ya se fue y me odia!
El llanto era tan genuino, tan cargado de una tristeza pura y desgarradora, que Alvor y Hadvar se miraron con pánico. No sabían qué hacer con una mujer de semejante belleza y físico llorando a gritos en medio de la calle.
—¡Me voy a quedar sola para siempre! —sollozaba Goki, golpeando el suelo con el puño de forma “suave”. El golpe agrietó la roca sólida bajo la tierra, creando un pequeño cráter que hizo que Alvor diera un salto hacia atrás, palideciendo—. ¡Mi casa va a estar vacía! ¡Nunca voy a tener un esposo! ¡Nunca voy a saber cómo se hacen los bebés para tener mis propios hijos y entrenar con ellos! ¡Buuuuaaaaa!
La mención inocente y directa sobre “no saber cómo hacer bebés” provocó que Hadvar se ahogara con su propia saliva, tosiendo violentamente y poniéndose rojo como un tomate, mientras que un par de guardias que escuchaban a lo lejos fingieron mirar hacia el cielo, muy interesados en las nubes.
Alvor, sintiendo lástima por la pobre mujer y genuino terror por la fuerza con la que acababa de romper el suelo, dio un paso tentativo hacia ella, levantando las manos en señal de paz.
—Ehh... oye, tranquila, muchacha. N-No llores, por favor... —Alvor intentó consolarla, buscando desesperadamente algo en su mente para calmarla. Entonces, recordó la panacea universal para casi cualquier alma en pena—. Escucha... mi esposa Sigrid acaba de preparar un estofado de ternera con verduras, y tenemos pan dulce recién horneado y tartas de manzana de la posada... ¿T-Te gustaría pasar a comer algo?
El llanto de Goki se detuvo al instante. Las enormes lágrimas desaparecieron mágicamente. Levantó la cabeza, su rostro repentinamente serio y sus ojos brillando con una intensidad que casi dio miedo.
Sus orejas parecieron moverse.
—¿Comida? —preguntó Goki, su voz había perdido cualquier rastro de tristeza, siendo reemplazada por una curiosidad hambrienta—. ¿Estofado? ¿Pan dulce?
Su estómago, ignorando por completo el drama cósmico de haber sido transportada a otro universo, emitió un rugido ensordecedor que sonó peligrosamente parecido al de un dragón despertando. Alvor y Hadvar retrocedieron un paso por mero instinto de supervivencia.
Goki se puso de pie de un salto, sacudiéndose el polvo del pantalón como si no hubiera estado a punto de sufrir una crisis existencial hace tres segundos. Su tristeza y preocupación por Ryu se habían esfumado temporalmente, eclipsadas por el agujero negro que tenía por estómago. Volvió a formar esa sonrisa deslumbrante que cortaba la respiración.
—¡Sí, por favor! —exclamó Goki, juntando las manos con entusiasmo, sus inmensos pechos rebotando ligeramente con el movimiento, un detalle que hizo sudar a Hadvar—. ¡Tengo muchísima hambre! ¡Prometo que pagaré si me ayudan a volver a casa luego! ¡Soy Goki, por cierto! ¡Mucho gusto!
Alvor tragó saliva, asintiendo lentamente y señalando hacia la puerta de su casa.
—P-Pasa, Goki. Eres... eres bienvenida.
El interior de la casa de Alvor era cálido y acogedor, impregnado con el delicioso aroma de la leña ardiendo en el fuego central y el estofado hirviendo en una gran olla de hierro. Para una familia nórdica promedio, la cena que Sigrid había preparado era un festín abundante, destinado a alimentar a un herrero trabajador, a un soldado imperial recién escapado de las fauces de la muerte y a una niña en crecimiento.
Pero no estaban preparados para el agujero negro que residía en el estómago de una guerrera Saiyajin.
—¡Estaba delicioso, señora Sigrid! ¡Tiene un sazón increíble! —exclamó Goki con una sonrisa deslumbrante, sosteniendo un cuenco de madera completamente limpio—. ¿Podría darme un poquito más, por favor?
Sigrid, una mujer rubia de rostro amable pero endurecido por la vida en Skyrim, parpadeó incrédula. Miró el cuenco vacío en las manos de la extraña, luego la torre de quince cuencos idénticos que ya se apilaban precariamente al lado del codo de Goki, seguidos por tres bandejas vacías que antes contenían hogazas enteras de pan de ajo, y una canasta donde solía haber una docena de panes dulces.
Goki llevaba sentada a la mesa apenas diez minutos.
—Por los Dioses... —murmuró Sigrid, mirando de reojo a su esposo Alvor, quien simplemente se encogió de hombros con una expresión de terror fascinado—. ¿D-De dónde sacas tanto espacio, muchacha? Eres muy... delgada de la cintura.
En efecto, a pesar de haber consumido suficiente comida para alimentar a una guarnición entera de la Legión Imperial durante dos días, el vientre de Goki permanecía perfectamente plano bajo la ajustada tela de su camiseta azul. La Saiyajin soltó una carcajada cristalina y se palmeó el estómago con satisfacción, haciendo que sus prominentes pechos rebotaran levemente, un detalle que Hadvar, sentado frente a ella, intentaba ignorar desesperadamente manteniendo la vista fija en su propia jarra de hidromiel.
—¡Es que entrenar da muchísima hambre! —explicó Goki con total inocencia, apoyando los codos sobre la mesa de madera—. En mi casa, a veces me como un jabalí gigante yo sola para desayunar. Aunque la comida de la Tierra es un poco diferente a esta, ¡el estofado de aquí es fantástico!
Dorthe, la pequeña hija de Alvor, miraba a Goki con ojos brillantes, llena de admiración. Nunca había visto a una mujer tan hermosa, con un cabello tan raro y con un apetito que rivalizaba con el de un troll de las cavernas.
—Dices que vienes de “la Tierra”, Goki... —intervino Hadvar, aclarándose la garganta para recuperar su compostura de soldado. Se inclinó un poco hacia adelante, analizando a la mujer—. He recorrido toda Tamriel y jamás había escuchado de un lugar llamado así. Ni de guerreras que vistan... ropa tan ligera en un clima tan frío. ¿Acaso eres una monje de Akavir? ¿O una maga de Páramo del Martillo? No portas espada, ni arco, ni magia visible.
Goki ladeó la cabeza, llevándose un dedo a la barbilla, pensativa. Las palabras de Hadvar sonaban a un idioma extraño mezclado con el suyo.
—No sé qué es un Akavir. Yo soy una Saiyajin criada en la Tierra —respondió Goki, usando un tono casual, como si estuviera hablando del clima—. Y no uso espadas porque se rompen muy rápido si las aprieto mucho. Yo peleo con artes marciales y con mi ki. ¡Pam, pium, crash! —Hizo un par de gestos rápidos con las manos, lanzando golpes al aire tan rápidos que rompieron la barrera del sonido en miniatura, creando un ligero chasquido de viento que despeinó el cabello de Hadvar.
El soldado imperial tragó saliva, sintiendo un sudor frío recorrer su espalda. Había visto a los maestros de las Espadas empuñar sus armas, pero el movimiento de las manos de esta mujer había sido tan rápido que sus ojos apenas pudieron registrarlo.
—Ya veo... —dijo Alvor, rascándose la barba—. Así que eres una guerrera a puño limpio. Bueno, supongo que en este mundo hay de todo. Pero, muchacha, pareces estar muy lejos de casa. Cuando llorabas ahí afuera, mencionaste a un tal... ¿Ryu? ¿Y algo sobre... hacer bebés?
Al escuchar eso, Sigrid se sonrojó furiosamente y le dio un codazo a su esposo en las costillas.
—¡Alvor! ¡No seas entrometido!
Pero a Goki no le molestó en lo absoluto. De hecho, su rostro se iluminó al recordar su objetivo principal, aunque una pequeña sombra de tristeza cruzó sus ojos oscuros.
—¡Oh, sí! Ryu era mi cita de hoy —explicó Goki con un suspiro pesado, apoyando su mejilla en la palma de su mano, lo que acentuó sus pronunciadas caderas al inclinarse—. Mis amigas me consiguieron esa cita porque... bueno, me siento muy sola en mi casa en el monte. Siempre que termino de entrenar o de derrotar a algún villano que quiere destruir el universo, regreso a un lugar vacío. Yo... realmente quiero tener mi propia familia. Quiero tener un bebé.
La sinceridad pura y la vulnerabilidad en la voz de la guerrera más fuerte del universo conmovieron el corazón maternal de Sigrid, quien olvidó su vergüenza inicial y la miró con ternura.
—Oh, cariño... eres una mujer hermosa. Cualquier hombre decente sería afortunado de tenerte como esposa —le dijo Sigrid, sirviéndole un poco más de estofado—. Estoy segura de que si le explicas a ese Ryu lo que pasó, lo entenderá.
—El problema es que no sé cómo volver —murmuró Goki, tomando la cuchara con un poco de melancolía—. Y tampoco sé cómo funciona eso de los bebés. Le iba a preguntar a mi amiga Bulma si la cita salía bien, porque los hombres siempre huyen de mí antes de que pueda preguntarles si quieren ayudarme a tener uno. ¡Es muy injusto!
Hadvar se atragantó con su hidromiel y tosió violentamente. Alvor abrió los ojos como platos. ¿Cómo podía una mujer de treinta años, con el cuerpo de una diosa del amor, no saber cómo se hacían los bebés y decírselo a los hombres en la primera cita? No era de extrañar que salieran corriendo; probablemente pensaban que era una trampa de una súcubo, de un sirviente de Sanguine, o que simplemente estaba completamente loca.
—Ehh... b-bueno, Goki —tartamudeó Hadvar, secándose la boca rápidamente y decidiendo cambiar de tema drásticamente por el bien de su propia salud mental y cardiovascular—. Si estás varada aquí, vas a necesitar oro y un lugar donde quedarte. Y si de verdad eres una guerrera tan fuerte como insinúas, tal vez podrías ayudarnos.
Goki parpadeó, su tristeza disipándose un poco ante la perspectiva de ayudar a alguien. Su instinto de heroína y su buen corazón siempre prevalecían.
—¿Ayudarlos? ¡Claro! ¿Qué necesitan? ¿Alguien se quedó atrapado bajo una montaña? ¿O hay algún androide malvado atacando el pueblo? —preguntó Goki, apretando los puños con entusiasmo.
—No exactamente —respondió Hadvar, su rostro volviéndose sombrío y serio—. No sé de dónde vengas, Goki, pero Skyrim está en grave peligro. Yo acabo de sobrevivir a un ataque en la fortaleza de Helgen, al sur de aquí. No fue el Imperio, ni los Capas de la Tormenta... fue un dragón.
Goki parpadeó, sus ojos oscuros llenándose de una genuina curiosidad.
—¿Un dragón? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Te refieres a Shenlong? ¿O a Polunga? Oh, espera, ¿reunieron las siete Esferas del Dragón? ¿Qué deseo pidieron? ¡Yo hubiera pedido regresar a mi casa!
Hadvar y Alvor se miraron, completamente perdidos.
—No sé qué es un Shenlong o unas “esferas” —dijo Hadvar, frunciendo el ceño profundamente—. Hablo de un monstruo alado de leyenda. Una bestia gigante, negra como el carbón, que bajó del cielo y quemó toda la fortaleza hasta los cimientos. Escupía fuego y destruía torres enteras con solo aterrizar sobre ellas. Murieron decenas de hombres buenos. Y me temo que Cauce Boscoso podría ser el siguiente objetivo si esa bestia decide volar por este valle.
Al escuchar la descripción, la reacción de Goki no fue de miedo, ni de horror, ni de preocupación solemne. Al contrario, una enorme y brillante sonrisa se dibujó en su rostro, revelando sus perfectos dientes blancos. Sus ojos se iluminaron con la chispa inconfundible de una Saiyajin que acaba de escuchar sobre un desafío emocionante.
—¿Un lagarto gigante que escupe fuego y destruye edificios? —Goki se puso de pie de un salto, la silla de madera cayendo hacia atrás por la fuerza de su emoción—. ¡Eso suena a un entrenamiento increíble! ¡Hace mucho que no peleo con un monstruo gigante!
Hadvar se quedó boquiabierto. Alvor se llevó una mano a la cara. Sigrid simplemente suspiró.
—Goki, no lo entiendes —intentó razonar el soldado imperial, levantándose también—. No es un animal salvaje al que puedas cazar. Es un dragón, los heraldos del fin de los tiempos. Necesito que vayas a la ciudad de Carrera Blanca, al norte de aquí, y le informes al Jarl Balgruuf sobre el ataque. Necesitamos que envíe soldados para proteger este pueblo. Yo no puedo ir, estoy herido y tengo que reportarme con el General Tulio en Soledad.
Goki recogió su silla y asintió vigorosamente, golpeándose el puño derecho contra la palma izquierda.
—¡Entendido, señor Hadvar! Iré a esa “Carrera Blanca” y hablaré con el señor Jarl. ¡Y si veo a ese dragón en el camino, le daré unos buenos golpes por quemar el lugar donde estabas! —Goki se giró hacia Sigrid y Alvor, haciendo una respetuosa y exagerada reverencia—. ¡Muchas gracias por la comida! ¡Estaba deliciosa! ¡Prometo que les traeré un jabalí gigante o un oso como agradecimiento cuando vuelva!
Sin esperar más explicaciones, Goki salió de la casa de madera, dejando la puerta abierta detrás de sí. Respiró el aire helado de Skyrim, sintiéndose revitalizada y llena de energía. Aunque su corazón aún dolía un poco por la cita perdida con Ryu, su sangre Saiyajin burbujeaba ante la perspectiva de explorar este nuevo y extraño mundo.
—Muy bien, Goki... —murmuró para sí misma, mirando hacia las montañas nevadas que se alzaban en el horizonte norte—. Carrera Blanca. ¡Allá voy! Ojalá haya chicos lindos por allá... y mucha más comida.
Con una inocencia letal y un poder capaz de partir planetas a la mitad, Goki dio un salto al aire, pero recordando que no quería asustar demasiado a sus nuevos amigos, aterrizó suavemente y decidió comenzar a trotar por el sendero principal, perdiéndose en el denso bosque de pinos, lista para enfrentarse a lo que Skyrim le tuviera preparado.
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Fin del Capítulo 1
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Subido: 13/09/26
Actualizado (Corregido): ¿?/¿?/¿?
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Omake 1
El sol brillaba con intensidad sobre la bulliciosa Capital del Oeste. Los autos voladores dejaban estelas de colores en el cielo urbano, y las aceras estaban repletas de oficinistas apresurados, turistas maravillados y vehículos terrestres de última tecnología. Y caminando plácidamente entre todo ese caos metropolitano, se encontraba Goki.
La guerrera Saiyajin destacaba en la metrópolis de cristal y acero como una flor exótica en medio de un desierto. Llevaba su inconfundible dogi naranja y azul, el cual, como siempre, parecía estar librando una batalla perdida por contener sus abrumadoras curvas. Su busto masivo tensaba la tela a cada paso, su cintura diminuta contrastaba exageradamente con el vaivén hipnótico de sus anchas caderas, y su largo cabello negro en forma de palmera rebotaba alegremente con su caminar.
Fiel a su naturaleza, Goki iba completamente absorta en un trozo de papel arrugado que sostenía frente a su rostro, ignorando el caos absoluto que dejaba a su paso. Los hombres de traje tropezaban con los semáforos al girar la cabeza para mirarla, los conductores de los aerodeslizadores tocaban las bocinas por accidente, y más de una mujer soltaba un gruñido de indignación o un suspiro de asombro ante aquella figura imposible.
—A ver... Milk dijo que girara a la derecha en el edificio redondo que parece una cápsula gigante, pero... ¡todos los edificios de Bulma parecen cápsulas gigantes! —murmuró Goki, rascándose la mejilla con confusión—. Si no encuentro rápido el “Supermercado El Paraíso de las Carnes”, mi estómago va a empezar a comerse a sí mismo.
La soledad del Monte Paoz la había estado desanimando últimamente, y Milk, en un intento por subirle el ánimo, le había recomendado comprar provisiones para hacer un gran festín en casa. Sin embargo, el sentido de la orientación de Goki en las ciudades dejaba mucho que desear.
Tras dar una vuelta en una esquina equivocada, el ruido del tráfico disminuyó, reemplazado por un sonido mucho más agudo y caótico: el griterío de decenas de niños.
Goki parpadeó y bajó el mapa. Se encontraba frente a un gran edificio con un patio al aire libre cerrado por rejas pintadas de colores primarios. Un letrero en la entrada rezaba:“Escuela Primaria de la Capital del Oeste”.
Antes de que pudiera procesar dónde estaba, una mujer de mediana edad, vestida con un traje sastre impecable pero con el cabello completamente alborotado y una expresión de pánico absoluto, salió corriendo por las puertas dobles del edificio. Sus ojos escudriñaron la calle hasta que se clavaron en la figura atlética y llamativa de Goki, específicamente en su ropa de entrenamiento.
—¡Por fin! ¡Llegas tarde, querida! —gritó la mujer, corriendo hacia Goki y tomándola por la muñeca sin previo aviso—. ¡Pensé que la agencia me había dejado plantada!
—¿Eh? ¿Planta? No, soy Goki... —intentó explicar la Saiyajin, parpadeando con inocencia.
—¡No hay tiempo para presentaciones, señorita “Goki”! Soy la directora. ¡La maestra titular del primer grado tuvo una emergencia y los niños están a punto de destruir el aula tres! —la directora la arrastró hacia el interior del edificio con una fuerza nacida de la desesperación—. Veo que vienes con tu ropa deportiva para la integración de actividades. ¡Perfecto! ¡Entra y hazte cargo!
Antes de que Goki pudiera preguntar si en esa escuela vendían carne de dinosaurio o arroz por toneladas, fue empujada a través de una puerta. El sonido que la recibió fue ensordecedor.
Era un aula amplia, pero parecía una zona de guerra. Treinta niños de seis años corrían por todas partes, lanzaban aviones de papel, dibujaban en las pizarras y saltaban sobre los pupitres.
Goki se quedó de pie en el umbral, parpadeando lentamente. Su imponente figura, su musculatura suave pero definida bajo la ropa y sus inmensos atributos no pasaron desapercibidos ni siquiera para los infantes. Poco a poco, el caos fue cesando. Los niños se detuvieron, mirando con asombro a la extraña mujer de cabello de puntas que parecía una superheroína salida de un cómic.
Una niña pequeña con coletas se acercó tímidamente y le tiró del pantalón naranja.
—¿Tú eres la maestra nueva? Eres muy... grande. Y tienes los músculos de mi papá —dijo la niña con total honestidad infantil.
Goki miró a los niños. Sus grandes y oscuros ojos se iluminaron. No era la familia que tanto anhelaba tener, pero estar rodeada de pequeños llenos de energía hizo que la tristeza de su solitaria casa desapareciera por completo. Una sonrisa cálida y radiante, de esas que contagiaban pura alegría, iluminó su rostro.
—¡Hola a todos! —saludó Goki, levantando la mano—. Bueno, la señora de afuera me empujó aquí, así que supongo que jugaremos un rato. ¡Pero vamos a hacerlo divertido!
Los niños vitorearon.
—¿A qué vamos a jugar? —preguntó un niño con pecas, subiéndose a su silla.
Goki se llevó un dedo a la barbilla, pensativa. Recordó vagamente los juegos de bloques y números que Bulma intentaba enseñarle al pequeño Trunks; aunque como el bebé era tan hiperactivo y travieso, siempre terminaba lanzando los juguetes por la ventana o saliendo a volar a toda velocidad por la Corporación Cápsula para no estudiar.
—¡Haremos un entrenamiento especial de Matemática y Artes Visuales! —anunció Goki, apretando el puño con entusiasmo. Los niños la miraron confundidos; esas palabras solían significar aburrimiento, pero la energía de Goki decía lo contrario.
—¡Para la Matemática, vamos a contar, pero estilo Saiyajin! —Goki se tiró al suelo en posición de flexión, pero en lugar de usar ambas manos, se apoyó únicamente en el dedo índice de su mano derecha. Su dogi se ajustó peligrosamente, pero los niños solo miraban maravillados la proeza física—. ¡Todos al suelo! Vamos a contar hasta el número cien. ¡Uno! —Goki bajó y subió a la velocidad de la luz, creando una pequeña ráfaga de viento.
Los treinta niños de primer grado se tiraron al suelo, riendo a carcajadas, intentando imitar a su nueva y extraña maestra. Hacían “flexiones” chocando sus barrigas contra el suelo mientras gritaban los números a todo pulmón. Goki los corregía con cariño, asegurándose de que contaran bien, convirtiendo una simple clase de números en una competencia de resistencia que dejó a todos los niños agotados pero felices en menos de diez minutos.
—¡Uf! ¡Muy bien! Son muy fuertes —los felicitó Goki, sentándose en el escritorio del profesor con las piernas cruzadas—. Ahora... ¡Artes Visuales!
—¡Pero no tenemos crayones nuevos! —se quejó un niño desde el fondo.
Goki sonrió, sus ojos brillando con picardía.
—¡No necesitamos crayones! Vamos a crear narrativas visuales, ¡del texto a la viñeta! Yo les contaré una historia y nosotros la dibujaremos... ¡en el aire!
Los niños contuvieron el aliento. Goki levantó sus dos manos índice. Con un control de ki magistral y extremadamente delicado, comenzó a liberar pequeñas y seguras chispas de energía dorada y azul que flotaban en el aire del aula.
Mientras les contaba con su inocencia habitual cómo había derrotado a un “bicho verde muy feo llamado Cell que quería lastimar a sus amigos”, sus dedos se movían a velocidades supersónicas, trazando líneas de luz que persistían en el aire por unos segundos. Creó viñetas brillantes de cómic flotantes donde se veían figuras geométricas perfectas que representaban los escenarios, mostrando una ilusión geométrica tridimensional que dejó a los niños boquiabiertos.
—¡Y entonces, le di un puñetazo súper fuerte, así! —Goki simuló un golpe al aire, y un destello dorado formó la onomatopeya ”¡BAM!" en letras gigantes y luminosas sobre el techo del aula.
Los niños aplaudían y saltaban, completamente hipnotizados por la integración de la historia narrativa con el espectáculo visual de proporciones épicas. Estaban aprendiendo sobre secuencias, geometría y arte sin darse cuenta, todo gracias al control de energía de la guerrera más fuerte del universo.
Justo en el momento en que Goki estaba a punto de enseñarles cómo hacer una escultura de plastilina usando solo la presión del viento de sus palmas, la puerta del aula se abrió de golpe.
La directora entró, acompañada por una joven pálida que sostenía un maletín.
—Lamento la confusión, señorita López —decía la directora, secándose el sudor de la frente—. Tuvimos un error con...
La directora se quedó muda. El aula, que antes era un campo de batalla, estaba inmaculada. Los treinta niños estaban sentados en círculo en el suelo, en perfecto silencio y orden, mirando con adoración a la voluptuosa mujer de cabello de palmera que estaba sentada en el centro, terminando de disolver unas chispas doradas en sus manos.
—¡Directora! ¡La maestra Goki es la mejor del mundo! —gritó la niña de las coletas—. ¡Nos enseñó a contar haciendo lagartijas con un dedo y a dibujar con luces mágicas!
La joven maestra verdadera dejó caer su maletín. La directora miró a Goki, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua.
—¿L-Luces mágicas? ¿Lagartijas? —balbuceó la directora.
Goki se puso de pie de un salto, sacudiéndose el polvo del dogi, haciendo que la tela naranja y azul se ajustara nuevamente a sus curvas de infarto. Le dedicó a la directora su sonrisa más pura e ingenua.
—¡Fue muy divertido! Son unos niños muy buenos —dijo Goki, acercándose a la puerta—. Pero ahora sí me tengo que ir. Si no llego pronto a El Paraíso de las Carnes, creo que me comeré la puerta de la escuela. Por cierto, ¿saben para qué lado queda?
La directora, aún en estado de shock, simplemente levantó un dedo tembloroso y señaló hacia la derecha.
—A... a tres cuadras de aquí...
—¡Genial! ¡Muchas gracias! —Goki se giró hacia los niños y agitó la mano frenéticamente—. ¡Adiós, pequeñines! ¡Coman muchas verduras para que se hagan fuertes!
—¡Adiós, maestra Goki! ¡Queremos que seas nuestra mamá! —gritaron un par de niños al unísono, provocando que la Saiyajin sintiera una punzada de calidez y ternura en su solitario corazón.
Con el alma un poco más ligera y una sonrisa gigante en el rostro, Goki salió del aula, dejando atrás a una directora al borde del desmayo y a un primer grado que jamás olvidaría su primera clase de Artes y Matemáticas estilo Saiyajin. Ahora, con las direcciones correctas en mente, la guerrera retomó su camino, lista para vaciar por completo las reservas del supermercado y prepararse para volver a su pacífica, pero ya no tan triste, rutina.
Fin del Omake 1






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