PRÓLOGO
Las crónicas de Aethelgard no se escribieron con tinta, sino con la sangre vertida en las fronteras y el fuego que redujo a la humanidad a campos de contención militar. De aquella guerra despiadada donde los hombres demostraron ser las verdaderas bestias, emergió un único soberano absoluto: Jeon Jungkook. El Rey Alfa supremo, una presencia monumental cuya voz de mando resonaba en los salones como un látigo mortífero, capaz de doblegar las rodillas del guerrero más orgulloso y cortar el aliento de cualquier criatura que osara desobedecerlo.
Sin embargo, la victoria dejó una marca imborrable en la carne del monarca. Todo el torso de Jungkook y su brazo izquierdo eran una cordillera de piel castigada por las llamas; cicatrices oscuras y rugosas que recordaban la crueldad del enemigo. Su andar tosco, sus ojos oscuros que se teñían de un color rojo sangre al menor rasgo de ira y el aura indomable de su lobo escarlata infundían un terror absoluto. En la corte, las miradas no reflejaban lealtad, sino espanto; los y las omegas evitaban su cercanía con repugnancia disimulada, dejándolo confinado a la soledad de un trono de piedra.
A cientos de leguas de la gran capital, en las penumbras de un territorio vasallo, se erigía una prisión diferente.
Park Jimin permanecía de pie ante el espejo, observando los rizos naranjas que caían sobre su frente y el contraste de sus ojos verdes. Poseía una hermosura deslumbrante, de labios pomposos, figura pequeña y curvas suaves que robaban el aliento. Pero en aquella casa, su existencia era un motivo de vergüenza. Para sus padres, Jimin era una abominación: un joven en cuyo pecho jamás despertó el espíritu de un lobo.
Años de maltrato, encierro y palabras hirientes obligaron a Jimin a sepultar su esencia. El chico risueño, coqueto y afectuoso de la infancia dio paso a un joven de carácter firme y distante, armado con una coraza de hielo para sobrevivir al desprecio cotidiano. Nadie en su familia intuía la verdad oculta en los manuscritos antiguos que el tiempo había borrado: Jimin no era un ser defectuoso, sino la manifestación sagrada de un Doncel. Un ser inmune a la dominancia terrenal, poseedor de una voz divina y destinado a calmar la furia del alfa más indomable.
La orden real llegó al atardecer: el Rey de Aethelgard exigía la presencia de las familias nobles para saldar deudas de vasallaje. Viendo la oportunidad perfecta para librarse de su "maldición" y congraciarse con la corona, sus padres no dudaron en ofrecer a Jimin como tributo, esperando que el soberano lo descarte o lo destruya al notar su falta de lobo.
Ajustando su capa frente a la carroza que lo llevaría al reino principal, Jimin miró por última vez la mansión que nunca fue su hogar. Ignoraba que en el palacio de Aethelgard, aquel rey temido por el mundo encontraría en su mirada la única luz capaz de devolverle la paz bajo la piel del lobo.
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ADVERTENCIAS DE CONTENIDO (+18)
* Contenido Explícito: Contiene escenas de índole sexual detallada (+18 / Smut), dinámicas de posesividad, apareamiento y lenguaje explícito propio del género Omegaverse.
* Temáticas Sensibles: Representación de maltrato intrafamiliar, violencia verbal, rechazo emocional y trauma psicológico derivado del núcleo familiar del protagonista.
* Violencia y Secuelas: Menciones de conflictos bélicos sangrientos, descripciones de cicatrices graves por quemaduras de fuego y uso de fuerza física de dominancia.
* Universo Alternativo (AU): Interpretación modificada de las dinámicas de lobos, incluyendo la figura mística y sagrada del Doncel (ausencia de espíritu animal común, biología especial, inmunidad a la dominancia y voz de mando compartida).








