Lujuria
Siempre me mantuve dentro de los límites de tu espectro visual, y la providencia dispuso a su antojo de las esperanzas que tenía de que como organismo pensante acudieras a tus capacidades cognitivas y lo descubrieras, a través del uso de sentidos tan tradicionales como la visión o del ejercicio de habilidades intelectuales comunes. Preferiste las cosas del mundo y a quemarropa soporté cuanto pude la despiadada manera con la que tus deseos de experimentar la vida alteraban mi realidad y te convertían en culpable hasta de existir. Entre tanto, largas madrugadas de parálisis del sueño y pesadillas en las que te observaba hacer el amor con otros desde una celda en la penumbra de un páramo, rodeado de extraños espíritus que me consolaban, susurrando a mis oídos historias ficticias sobre mis fantasías con tu cuerpo, eran mi penitencia ante el pecado que por dignidad preferiría no mencionar. ¿Curioso, verdad? Que a metros de la puerta de los terrenos baldíos que representan tu vida, ipso facto, tengo absolutamente toda tu atención.








