Capítulo 1 LIORA
“Transforma oh luna mía, la esencia de mi alma”
“Escucha mis plegarias señora y llévame en el agua hasta el descanso eterno”
“Que el Metztitlán me reciba, así como yo recibí tus enseñanzas en vida”
☾ ✦ ☽ ✦ ☾ ✦ ☽
Junté mis palmas y recité el canto que me fue enseñado en una época que ya no existe en mi memoria, el vapor que brotó de mis labios subió por aire hasta desaparecer. Si bien mi cuerpo ya es ajeno a mi alma, soy consciente de la temperatura, pues mi señora me ha dicho que el cuerpo solo era un cascarón incapaz de sentir.
Me detuve un momento antes de concretar la plegaria, antes de que la belleza del cuadro frente mío desapareciera. Se trataba de una mujer en plena flor de su juventud, pero su cascaron ya estaba marchito por el abandono de días desde la pérdida del toque de la vida.
Su cuerpo estaba medio enterrado a las faldas de un ahuehuete, su rostro, pálido como la luna llena, estaba húmedo por las recientes lluvias. Si no fuera porque su alma dormía yo pensaría que seguía con vida.
El nacimiento de un riachuelo se escuchaba de fondo y las flores silvestres crecían a su alrededor ajenas a la sacra escena, el destino del alma de la muchacha estaba resuelto, desde que incluso con una muerte tan desagradable, las almas del aire habían formado un altar con ella.
☾ ✦ ☽ ✦ ☾ ✦ ☽
“Mama Kilari, fragmenta esta alma en polvo de estrellas”
“Que cada parte cumpla su destino final en el ciclo de la vida”
“Que te sirvan de alimento para tu bendición eterna”
☾ ✦ ☽ ✦ ☾ ✦ ☽
Cuando abrí los ojos un espejismo del alma de la joven dormida se presentó frente a mí. Como con tantas mujeres antes, lleve su espíritu entre mis brazos mientras su cuerpo desaparecía entre la maleza, como un secreto a voces del que nadie más hablaría nunca.
En esta ocasión, los últimos recuerdos de su portadora tardaron más en despegarse, quizá porque en el ultimo momento antes de morir quiso aferrarse a la vida de alguna forma. Pero al final, un alma vacía se queda vacía, al menos hasta que es llenada con algo.
Alcé mi rostro hacía el cielo; El titilar de las estrellas me dijo que era hora de partir hacia donde pertenezco, quise pecar un momento, pues añoraba las pequeñas delicias que el mundo terrenal le daba a mi alma, por un momento creí que mi corazón volvía a latirme en el pecho, aunque yo sabía que eso era imposible.
La muchacha en mis brazos comenzó a pesarme, como si no quisiera atender el llamado de la gran santa, como si aun hubiera en su corazón algo por vaciar.
Finalmente me dispuse a volver a luna que es mi dueña, en ese espacio ambiguo que se siente áspero por debajo de los pies. Es un camino largo pues hay que atravesar los pesares que una deja en vida, y que en mi caso son bastante extensos.
En el mundo espiritual el tiempo suele ser difícil de medir, entonces no sé cuánto demoré en cumplir mi deber.
La joven yacía apacible sobre la roca gris, sus pesares se habían desprendido en el trayecto y todo lo que la anclaba al mundo terrenal se había quedado en donde debía estar.
Su espíritu era uno de los más bonitos que habían llegado en décadas y sentí envidia de lo que le podría ofrecer a mi señora, la observé con atención un buen rato, no me importó si abría los ojos pues de cualquier manera no podría llegar a verme, no así.
Cuando despertó fue como el florecer de la planta más preciosa, de esas que luego de llegar a su máxima belleza comienzan a morir. Lo vi en sus ojos abiertos de terror, en los preciosos gestos que se formaban en su rostro por el pánico de la incertidumbre. Era la esencia concentrada de la naturaleza humana.
Pude percibir su soledad desde la distancia, las mujeres siempre habían sido preciosas en su humanidad, con la intensidad más grande en su sentir.
Se levantó del suelo pues estaba de rodillas y su piel ya se había enrojecido por la presión, observó el cielo a su alrededor, me sorprendí al ver que le rezaba a todos esos fragmentos de alma que flotaban siempre alrededor de mi señora. Juraría que vi una lagrima correr por sus mejillas, pero sin cuerpo eso no es posible.
—¿Dónde estoy? —murmuró entre dientes antes de mirar hacia donde yo estaba.
Abri la boca, como si fuera a escucharme, como si de verdad pudiera observarme. Pero no lo hacía, su mirada se había desviado en el momento justo para saber que seguía siendo invisible.
Entonces ella la llamó.
—Liora
El canto de la luna llenó mi corazón desbordándolo de belleza. Mi señora había anunciado su presencia para reclamar el alma nueva que le había traído a sus pies.
Liora alzo la vista en un segundo al escuchar su nombre desde la nada, despegó sus manos y dejo de rezar buscando con la mirada desesperadamente a quien habia respondido a sus plegarias.
—Liora. —Volvió a llamarla mi señora.
De entre tantas mujeres que podría haber escogido como obsequio divino, había elegido traer a Liora porque creí que mi señora no merecía menos, porque entre tantas almas vacías que podrían ser llenadas; la de Liora conservaba intactos los atributos femeninos que siempre habían sido valorados, la capacidad de sentir y de apreciar belleza incluso en la tragedia.
Las que son como yo, normalmente nos aprovechamos de mujeres en situaciones difíciles, nos convertimos en sus demonios, a esa edad las chicas suelen escuchar malos consejos fácilmente y cuando están por colapsar les ofrecemos ayuda. Liora no necesitó de nosotras para sumergirse, ella fue su propio demonio. Liora, a diferencia de las otras renunció a sus recuerdos por voluntad propia. Que ella lo haya hecho sola, y lo precioso que fue su sentido de arrepentimiento cuando ya era demasiado tarde, fueron los motivos por los que la había escogido.
Por primera vez pude observar en el rostro de Liora algo ajeno a la melancolía cuando mi señora apareció: Etérea, imponente y con un aura de paz ensordecedora, Liora no podía verla, pero sabía que ella estaba ahí, como un dios que se alza sobre sus devotos, su presencia se imponía, intangible pero poderosa, incluso el silencio parecía inclinarse hacia ella.
—Aquí estas, mi amor. —La luna le habló a Liora con una dulzura que hubiera deseado que fuera para mí, con un amor casi maternal que le acariciaba el rostro—. Ven aquí, Liora.
Liora se dejó envolver por los destellos de su voz, caminó hacia la luna hasta estar lo suficientemente cerca y por fin la vio. La silueta de una mujer que no podría describirse más que como la encarnación misma de una deidad, y es que ella se presenta cada vez de una manera diferente, para cada uno de sus devotos es quien ellos quieren ver.
Me di cuenta como mi señora entró fácilmente en el lienzo vacío que era Liora, capaz de escribir en ella lo que fuese que a mi señora se le antojara. Liora cerró los ojos y se dejó llevar fácilmente a sabiendas de quien era la entidad que tenia enfrente, Liora comenzó a rezar.
—Pobrecita, no tenías por qué haber llegado aquí. —Mi diosa, como cada vez, interpretaba un papel diferente—. Sabes, yo puedo ayudarte, podría reemplazar tu antigua vida por una nueva, una en la que yo siempre te acompañe.
Me mordí los labios y miré hacia otro lado cuando mi señora la abrazó, solo pude escuchar los suaves gemidos de la muchacha que se desintegraba en su regazo. Era increíble como Amaris podía transformarse tan fácilmente, su metamorfosis la hacía cambiar de aquella diosa imponente a una figura materna amable y comprensiva; Pero conmigo era diferente, y eso me hacía sentir orgullosa, solo yo conocía todas sus facetas, esas que la hacían acreedora de mil nombres, aquellas que ocultaba al resto del mundo.
Mis pensamientos me abandonaron solo para atestiguar como Liora se entregaba a la luna en alma, su existencia se fragmentó en mil pedazos que brotaron en el cielo como polvo estelar, mismos que flotarían un largo tiempo hasta que terminaran de disolverse.
Amaris no necesitaba un cuerpo para poseerme, pues cada una de sus palabras me envolvía, me arrastraba, ejercía su poder sobre mí incluso con su ausencia.
Ella se enteró de mi presencia cuando dejé escapar un suspiro, cuando parpadeé ya me encontraba justo frente a ella.
—¿Cuánto tiempo? —Me limité a preguntar.
Amaris que lucía como los últimos brotes de otoño miró al cielo, a donde dormían los restos del alma de Liora.
—Ella era preciosa. —dijo con tranquilidad mientras recorría sus labios con la lengua.
No dije nada, no era pregunta, era una constatación, pero sentí vergüenza cuando me miró a los ojos, cuando me tomó las manos.
—Doce o trece lunas. —Me susurró al oído y me estremecí.
“un año” Pensé para mis adentros mientras me paralizaba verla.
—Me gustó mucho tu obsequio, Edahí.
La forma en la que pronunció mi nombre tan cerca me hizo estremecer como las primeras veces que estuve en su presencia. Suspire entrecortadamente cuando se alejó un poco.
—Muchas gracias. —susurré—. Me esforzaré más la siguiente ocasión.
Me di cuenta de que Amaris sonrió, era una sonrisa capaz de destruir el mundo entero, una sonrisa preciosa para un alma tan insignificante como la mía. Un año mortal era el tiempo que me quedaba para encontrar otro obsequio tan digno como ella.








