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Trazos de una verdad

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Summary

Alba solo quería pintar. Pero un cuadro, una brújula y una misteriosa frase en latín están a punto de cambiarlo todo. Cuando una noche la pintura cobra vida, Alba descubre que su pasado esconde secretos que jamás imaginó. **¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar para descubrir la verdad?**

Genre
Fantasy
Author
Paula
Status
1h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

El camino perdido

Solemos pensar que la vida es un camino recto. Nacemos, crecemos y morimos; algunos incluso tienen descendencia. Sin embargo, esa no deja de ser una visión demasiado simple.

Supongo que por eso me gusta el arte, concretamente la pintura. Da igual lo que quieras plasmar en un lienzo: siempre consigue sorprenderte.

Quizá fue eso lo que me llevó a estudiar arte, algo muy distinto de la fijación que tenía mi padre por las matemáticas.

Según él, todo tenía un significado, incluso los números.

Era una de las pocas cosas de las que hablábamos cuando no estaba ocupado. O, al menos, eso es lo que recuerdo.

Lo que conservo de él es su amor por las matemáticas y el recuerdo de su despacho. Pasaba horas allí realizando estudios y cálculos que yo no entendía. Nunca llegué a entrar. Era un lugar prohibido.

Digo «era» porque, hace quince años, un incendio arrasó con todo. Incluso con mi padre.

Por suerte, aquella noche yo estaba en casa de mis abuelos. Apenas recuerdo lo sucedido; era demasiado pequeña.

A pesar de todo, la vida siguió.

Terminé la secundaria y, a los diecinueve años, me matriculé en la escuela de arte situada cerca de la universidad donde había estudiado mi padre.

Fue mi decisión.

Por mucho que lo intentara, las matemáticas no eran lo mío. Sin embargo, cuando sostenía un pincel entre los dedos, sentía que formaba parte de mí, como si fuera una extensión de mi propio cuerpo.

Por eso me apunté al curso de pintura. Además, la primera impresión que me transmitió el profesor Juan Gómez fue de confianza.

El primer día de clase transcurrió entre presentaciones y explicaciones. Aquel curso prometía.

El profesor entró sin demasiados rodeos. Su actitud reflejaba experiencia y cercanía, algo que consiguió tranquilizarme.

Al finalizar la presentación, nos propuso una actividad:

—Dibujad algo que os represente.

Nunca me había planteado una pregunta así.

Mientras pensaba qué podía pintar, abrí el cajón derecho de mi escritorio y saqué la brújula metálica de mi abuelo.

Mi abuelo era astrónomo o, como él mismo decía, «un enamorado de las estrellas». Me la regaló cuando cumplí once años. Por aquel entonces me encontraba completamente perdida.

Después de la muerte de mi padre, dejé de hablar.

Mi psicóloga lo llamó «estrés postraumático». Nadie conseguía que pronunciara una sola palabra.

Hasta que una noche vi a mi abuelo cargando con su enorme telescopio.

—Esta noche, Saturno se verá perfectamente en el cielo. ¿Quieres verlo?

No respondí. Simplemente lo seguí hasta la azotea.

Colocó el telescopio sobre el trípode y miró por el ocular. Después de unos segundos, me hizo una señal para que me acercara.

—Ven. Tienes que verlo.

Dudando, me aproximé al aparato y me coloqué tal y como me indicó.

Fue increíble.

Ver el planeta tan cerca resultaba fascinante y, al mismo tiempo, un poco aterrador.

Absorta por lo que tenía delante, empecé a hablarle.

Y él comenzó a transmitirme su pasión por el cielo.

Quizá de ahí nació también mi gusto por pintar espacios abiertos.

En una de nuestras conversaciones, cuando cumplí once años, mi abuelo tomó la brújula entre sus manos y me dijo:

—Cuando estés perdida, utilízala para buscar el norte. Estarás en el camino correcto.

Desde entonces, siempre la llevo conmigo.

Al recordarlo, mis manos comenzaron a moverse solas sobre el lienzo.

El frenesí de las pinceladas terminó dando forma a un cielo estrellado, un camino de piedras y una mano sujetando la brújula.

Cuando terminé el cuadro, lo llevé a clase al día siguiente.

Por la mañana, el profesor fue pasando de cuadro en cuadro, examinándolos detenidamente.

Hasta que llegó al mío.

En cuanto se colocó frente a él, su expresión cambió. La seriedad de su rostro se transformó en sorpresa.

—¿Por qué has pintado esto?

Le expliqué todo lo que significaban para mí la brújula y el cielo.

Él permaneció unos segundos observando el cuadro.

—De acuerdo... ¿y por qué has escrito una frase en latín en la brújula?

Fruncí el ceño.

En la parte inferior de la brújula aparecía una frase que yo no recordaba haber escrito:

«Quaere quod perditum est».

Me quedé desconcertada.

—No lo sé. No recuerdo haber escrito nada en la brújula.

Sus ojos se clavaron en mí, como si sospechara que estaba ocultando algo.

—Intenta recordarlo. Muchas veces el subconsciente nos juega malas pasadas.


Por la tarde, investigué el significado de aquellas palabras.

Aunque había estudiado latín en el instituto, nunca se me había dado especialmente bien. Así que saqué varios manuales y comencé a buscar.

Finalmente encontré la traducción:

«Busca lo que está perdido».

Tenía mucho sentido.

Demasiado, quizá.

Pero no recordaba haber escrito aquella frase.

Seguí pensando en ello hasta que cayó la noche.

Cuando me disponía a dormir, un destello verde rompió la oscuridad de mi habitación.

Seguí la luz con la mirada.

Procedía del cuadro.

Las esmeraldas de la brújula brillaban con intensidad, como si reclamaran mi atención.

Cuando quise darme cuenta, ya estaba frente al lienzo.

Algo me atraía hacia él, como una polilla hacia una llama.

Extendí la mano y pasé los dedos sobre la superficie, ignorando todas las señales de alarma que gritaban en mi cabeza.


El frío me hizo abrir los ojos.

Oscuridad.

Oscuridad total, o casi.

La única luz procedía de la luna, que iluminaba un paisaje que me resultaba extrañamente familiar.

El mismo camino de piedras irregulares.

Las mismas casas.

A pesar del miedo que sentía, comencé a caminar. Necesitaba encontrar una salida.

Mientras avanzaba por aquella calle, un hombre salió de una de las casas.

—¡HOLA, SUSANA! ¿QUÉ HACES POR AQUÍ? ¡ES PELIGROSO!

Se acercó rápidamente y bajó la voz.

—Entra. Rápido.

Sin saber muy bien por qué, lo seguí hasta el interior de su casa.

—Menos mal que te he encontrado. La noche no es segura.

Lo dijo con una seriedad que consiguió aumentar todavía más mi inquietud.

—Por cierto, ¿cuál es tu nombre? Yo me llamo Marcus.

—Soy Alba Ruiz López.

El nerviosismo amenazaba con apoderarse de mi voz.

Marcus abrió mucho los ojos.

—¡Tú eres Alba! ¡Aquí corres demasiado peligro!

Su rostro reflejaba auténtico terror.

—¿Qué tipo de peligro corro?

El miedo comenzó a crecer en mi interior.

—Entonces no sabes nada... —murmuró, incrédulo.

—¿Saber qué?

Su suspiro resonó por toda la habitación.

—Carlos, tu padre, estudió Física en la universidad local. Era el alumno más destacado de su curso. Un día, mientras esperaba en la parada de autobús frente a la universidad, conoció a tu madre. Con el tiempo se convirtieron en novios.

—Eso no explica lo que está pasando ahora.

Inquieta, interrumpí su explicación.

Una sonrisa ligeramente burlona apareció en su rostro.

—Eso es lo que piensas.

Continuó hablando.

—Pasaron los meses, pero tu padre nunca pudo conocer a tus abuelos maternos. Según tu madre, siempre estaban ocupados.

Hizo una pausa.

—La verdadera razón es que... no pertenecen al mundo humano.

Lo miré sin comprender.

Él continuó a pesar de mi expresión de desconcierto.

—El linaje de tu madre, los reyes de Celín, es uno de los pocos del mundo pictórico cuyos miembros pueden viajar al mundo humano. Todo se debe a una piedra esmeralda dotada de poderes mágicos.

Tras decir aquello, señaló la brújula que todavía sostenía entre mis manos.

—Las piedras que tienes aquí provocaron una enemistad con otro linaje. Cuando descubrieron su existencia, quisieron hacerse con ellas a toda costa.

No podía creerlo.

Tenía entre mis manos algo mucho más poderoso de lo que jamás habría imaginado.

—Al saber que harían cualquier cosa por conseguirlas, la familia de tu madre quedó en peligro. Por eso tardaron tanto en conocer a tu padre.

Se detuvo unos instantes antes de continuar.

—Aun así, tus padres se casaron y naciste tú. Entonces, el líder del clan mató a tus abuelos.

Sentí que el estómago se me encogía.

—Como no consiguieron lo que querían, amenazaron a tu madre. Le dieron a elegir: entregarles la piedra o acabarían con vosotros.

Marcus bajó la mirada.

—Por eso se marchó cuando tú eras pequeña. Quería protegeros.

Después de aquella explicación, sentí que la cabeza me daba vueltas.

Era demasiada información.

Demasiadas cosas que nunca había sabido.

Sin embargo, poco a poco, todo comenzaba a encajar.

—¿Sigue viva?

En el fondo, solo esperaba una respuesta positiva.

—Sí. Pero llegar hasta ella será peligroso.

Mi mirada determinada lo invitó a continuar.

—Antes de nada, tendrás que cambiarte de ropa para pasar desapercibida. Mañana te compraré algo sencillo.

Se acercó hasta una mesa y extendió un mapa de la ciudad.

—En cuanto al plan de rescate...

Señaló un punto concreto.

—Nosotros estamos aquí, en la calle central. Dos calles más atrás hay un quiosco de periódicos.

Lo miré sin entender.

—Aunque parezca un simple quiosco, es la puerta de entrada hacia el lugar donde está tu madre.

Señaló otro punto del mapa.

—Sin embargo, no será tan sencillo.

Hizo una pausa.

—Nada más entrar, el guardián de las tres puertas te hará una pregunta. Si aciertas, pasarás a la selección de las puertas.

Su expresión se endureció.

—Si fallas, mueres.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.

—Si aciertas, tendrás que elegir una de las tres puertas. Pero solamente una de ellas te llevará hasta la celda donde mantienen a tu madre.

Una corriente eléctrica me recorrió de pies a cabeza.

—De acuerdo. Pero ¿cómo sabré si estoy escogiendo el camino correcto?

El miedo se apoderó de mi voz durante un instante.

Marcus señaló la brújula.

—Muy fácil. Utiliza la brújula. Estoy seguro de que la esmeralda te guiará.

Bajé la mirada hacia ella y la acaricié de manera instintiva.

—Cuando brille, sabrás que te está ayudando.

La seguridad con la que pronunció aquellas palabras consiguió calmar un poco mis nervios.


Al día siguiente, Marcus regresó con la ropa que necesitaría para pasar desapercibida.

En su mano izquierda sostenía un traje azul celeste, arrugado por el camino.

En cualquier otra circunstancia, probablemente me habría parecido una ropa demasiado extraña como para ponérmela.

Pero, después de todo lo que había sucedido, aquello era lo último que iba a cuestionar.

Después de muchas horas de espera, finalmente se hizo tarde.

Me coloqué frente a la puerta.

Antes de salir, me despedí de Marcus con un abrazo afectuoso.

—Ten cuidado, por favor.

Su abrazo se hizo más firme.

Su voz dejaba escapar una preocupación que intentaba ocultar.

—Nada de esto funcionará si te pasa algo.

Le dediqué una sonrisa cariñosa y, sin decir nada más, salí por la puerta.

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