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El hombre de la bata +21

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Summary

Esta historia contiene escenas explicitas +21. Si eres sensible ante temas relacionados con incesto, sexo explicito, infidelidad te recomiendo no leer.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


MIA

La sala de espera olía a alcohol y a papel nuevo. Un olor limpio, aséptico, de esos que se te meten en la garganta y te dejan la lengua seca. Tenía las manos sudadas sobre el regazo y las apretaba una contra otra como si así pudiera calmar el tamborileo que me golpeaba por dentro.

Mamá me había mandado ahí casi a empujones.

—Tienes veinte años, Mía. Veinte. Y nunca te han mirado ahí abajo. No es normal.

No es normal. Esa frase me perseguía desde hacía tres días. No es normal. Como si yo fuera un electrodoméstico defectuoso. El caso es que llevaba meses con un flujo que cambiaba de textura según la semana, a veces espeso, a veces casi transparente, y un tirón sordo en el bajo vientre cuando me sentaba demasiado rato. Nada grave, supongo. Pero mamá había decidido que aquello requería bata blanca, y contra mamá no se discutía.

Lo que no me había dicho era el nombre del médico.

Cuando la recepcionista cantó mi apellido y me señaló la puerta del fondo, sentí el clásico cosquilleo en el estómago de quien va a lo desconocido. Abrí. El consultorio era pequeño, ordenado, con una camilla vestida de papel, un ecógrafo en un rincón y un escritorio de madera oscura. Y detrás del escritorio, de pie, con las mangas de la bata remangadas hasta los codos y unas gafas de montura fina que no le había visto nunca, estaba él.

—Hola, Mía.

Me quedé plantada en el marco de la puerta. El corazón me dio un vuelco raro, un salto que no supe si era sorpresa o era otra cosa.

—¿Ryan?

—El mismo. —Sonrió, y esa sonrisa me la sabía de memoria, la había visto mil veces en la cocina de casa, en los desayunos, en las noches de película en el sofá—. Siéntate. No me mires como si fuera un desconocido.

Pero lo era. Ese era el problema. Conocía a Ryan desde que tenía seis años. Lo conocía en camiseta de dormir, con la barba crecida un domingo, discutiendo con mamá por el termostato. Lo conocía como padrastro. No como médico. Y menos como médico de esto.

—No sabía que… —Traqué. Me senté en la silla frente a él porque las piernas empezaban a pesarme—. Mamá no me dijo que eras tú.

—Porque quería que vinieras sin pensar en excusas. —Cruzó los brazos. Los antebrazos eran anchos, con una vena que le cruzaba la piel clara—. Si te digo que tu padrastro te va a meter los dedos, te habrías buscado cualquier otra cosa.

Me reí. Fue una risa floja, de nervios.

—Me sigue dando cosa igual.

—Lo sé. —Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Sin ellas los ojos le quedaban más desnudos, más oscuros—. Vamos a ir despacio. Primero hablamos. Cuéntame qué te pasa.

Y conté. Con torpeza, con las mejillas ardiendo, con palabras que buscaba en el aire como si fueran de otro idioma. El flujo. El tirón. Las semanas que cambiaban. Ryan escuchaba con una atención total, la cabeza ladeada, sin interrumpir, tomando notas de vez en cuando con una caligrafía que ya le conocía de las listas de la compra.

Cuando terminé, asintió despacio.

—Suena a una flora alterada. Puede ser poca cosa, una candidiasis, un desequilibrio hormonal. Pero para saberlo hay que mirar. —Me clavó los ojos—. ¿Alguna vez te has tocado, Mía? Ahí abajo. Para explorarte.

Tragué saliva.

—¿Tocarme?

—Con los dedos. Para ver qué hay, si algo duele.

—Eh… —Bajé la mirada a mis rodillas—. Poco. Casi nada. Como que me da cosa, no sé.

—Eso es más común de lo que crees. —Se levantó y rodeó el escritorio. Se acercó a la camilla y palmeó el papel que la cubría—. Bueno. Necesito verte. Hay una bata detrás del biombo, ahí en la esquina. Quítate todo de cintura para abajo, y el sujetador si quieres. La bata se ata por delante. Cuando estés lista, me avisas.

Y salió para darme intimidad, aunque era su consultorio, y eso me pareció un detalle bonito.

Detrás del biombo me temblaban los dedos. Me desabroché el vaquero, me lo bajé por las piernas y lo doblé con cuidado sobre una silla. Luego las bragas. Me las miré antes de quitármelas, esas bragas color crema que llevaba, y pensé, sin saber por qué, si le parecerían decentes. Qué tontería. Me las quité, me puse la bata, me la anudé por delante y me senté en el borde de la camilla con las rodillas apretadas una contra otra.

—Listo —dije, con una voz que me salió más aguda de lo que quería.

Ryan volvió a entrar.

Y cuando lo vi cruzar la puerta, con la bata y las gafas de nuevo puestas, con esa seguridad tranquila de quien está en su terreno, sentí algo que hasta entonces no había sentido nunca estando cerca de él: la sensación nítida, casi física, de estar expuesta.


RYAN

La vi sentada en el borde de la camilla, con las rodillas juntas y los dedos retorcidos en el borde de la bata, y por un segundo se me olvidó que era mi hijastra.

No. Mentira. No se me olvidó. Se me duplicó. Estaba delante de mí la niña a la que había atado los cordones de los zapatos, la que se había dormido en mi hombro en los viajes largos, la que a los trece me había preguntado qué era un orgasmo con toda la cara y yo le había contestado con una metáfora que no le sirvió de nada. Y ahora estaba ahí, con veinte años, con la bata abierta en el hueco del pecho y las piernas desnudas desde el muslo, esperando a que yo la mirara por dentro.

Mía. Con la que había vivido catorce años. Y a la que, siendo sincero, nunca había mirado así hasta hacía poco.

Tengo lo que se llama satiriasis. Un nombre pomposo para algo muy simple: mi apetito sexual no se cansa. No conoce el punto de saciedad. Puedo acabar y querer más, y volver a querer, y seguir. Claudia, mi mujer, lo llevaba bien al principio y luego empezó a rendirse a medias, a poner excusas de cansancio, a decirme mañana. Y yo, que llevaba meses con el cuerpo encendido y sin dónde descargarlo, había empezado a notar cosas que no debía notar en la casa donde vivía.

Como la curva de la espalda de Mía cuando se agachaba a por algo.

Como el modo en que se mordía el labio cuando estudiaba.

Como, sobre todo, el modo en que me miraba ahora desde la camilla, sin saber todavía el lío en el que nos íbamos a meter.

—Bien. —Me acerqué despacio, tirando de un taburete con ruedas y sentándome delante de ella, a su altura—. Primero voy a palpar el vientre. Túmbate boca arriba. Sí, así. Las piernas estiradas.

Se tumbó. La bata se le abrió un poco más en el escote y tuve que hacer un esfuerzo consciente por no mirar.

—¿Duele aquí? —Presioné con dos dedos el bajo vientre, a la derecha.

—No.

—¿Aquí?

—Un poco.

—¿Aquí? —Bajé hacia el hueso del pubis, por encima del vello que asomaba en el borde de la bata.

Se le escapó un sonido, algo entre un sí y un suspiro.

—Ahí sí —dijo, con los ojos muy abiertos mirando al techo.

—Eso es normal. Es la vejiga y el útero. —Retiré la mano, aunque no me apetecía retirarla—. Ahora la parte de abajo. Necesito que te abras de piernas y que te relajes. ¿Has estado antes en una postura así?

—No.

—Pues vamos a ir paso a paso. Apoya los pies en los estribos, uno a cada lado. Sí. Y ahora déjate caer hacia atrás. Muy bien.

Se abrió. Despacio, con las rodillas temblorosas, con las manos agarradas al borde del papel. Y ahí, entre sus muslos, apareció el centro de todo el asunto, tapado a medias por la bata que caía como una cortina.

—Voy a levantar la bata —avisé—. ¿Vale?

—Vale.

La levanté. La dejé caer hacia los lados, sobre sus muslos, y la dejé ahí, desnuda desde el ombligo hacia abajo. Mia tenía el vello oscuro y suave, recortado de cualquier manera, un poco descuidado, y los labios mayores cerrados uno contra otro con una timidez que me pareció de lo más tierno.

Me puse los guantes de látex. El chasquido del guante al ajustarse sonó fuerte en el silencio.

—Voy a tocarte. Primero por fuera. Solo los labios, para ver cómo está la piel.

Asintió sin hablar. Tenía la garganta apretada, se le movía el cuello al tragar.

Puse los dedos sobre ella.


MIA

Y entonces pasó algo que no había previsto.

Cuando los dedos de Ryan —sus dedos, de él, no de un médico cualquiera— me rozaron los labios de fuera, un relámpago me subió por la columna y me salió por la boca en forma de suspiro que no pude frenar.

—¿Te he hecho daño?

—No… —Cerré los ojos—. No, al contrario.

—¿Al contrario? —Noté una sonrisa en su voz.

—Es que… —Abrí los ojos y lo miré. Estaba inclinado sobre mí, con la cabeza entre mis rodillas, en una postura que de repente me pareció la cosa más íntima del mundo—. No sé cómo decirlo sin que suene raro.

—Dilo como te salga.

—Es que tengo… como muy sensible todo. Desde siempre. Cuando me toco el pecho, o ahí, siento mucho más de lo que debería. Como si tuviera los nervios a flor de piel.

Ryan se quedó quieto un momento. Luego asintió despacio, como si acabara de entender algo que llevaba tiempo rondándole.

—Eso tiene nombre —dijo—. Y no es nada malo. Al contrario.

—¿Y es normal?

—Es poco común. Pero normal. —Sus dedos volvieron a moverse, muy despacio, separando apenas los labios de fuera, sin entrar—. Vamos a ver. Dime si esto es mucho.

Me tocó.

Y fue mucho.

Fue un tirón húmedo, cálido, que me subió desde ahí hasta los pezones, que se me endurecieron de golpe bajo la bata, y hasta la garganta. Me mordí el labio para no hacer ruido. No servía de nada, porque Ryan lo estaba viendo todo, tenía la cara a veinte centímetros de mi cuerpo y no se le escapaba nada.

—Mía —dijo, con una voz que sonaba distinta a la de siempre, un poco más grave—. ¿Cuánto tiempo llevas sin que nadie te mire aquí?

—Nunca. Nunca me ha mirado nadie.

—¿Nunca? —Levantó la vista y me encontró los ojos—. ¿Ni tú misma?

—Poco. —Sentí que me ardían las mejillas—. Ya te he dicho que poco.

Se apartó un segundo. Se enderezó en el taburete, se ajustó los guantes, y cuando volvió a inclinarse sobre mí lo hizo con una calma que no me engañó: algo en su mandíbula estaba más tenso que antes.

—Vale —dijo—. Ahora sí. Necesito ver un poco más adentro. Voy a usar un espéculo. Es un instrumento de plástico que abre un poco, no duele. ¿Preparada?

—Creo.

—Respira. Cuando lo meta, empuja un poco hacia abajo, como si quisieras hacer fuerza. Eso ayuda.

Lo sentí frío, resbaladizo. Lo sentí entrar despacio, empujando, y esa sensación de plenitud nueva, de algo dentro de mí que no había estado nunca, me hizo apretar los puños contra el papel de la camilla.

—Ya está —dijo—. Muy bien, Mía. Muy bien.

Y se quedó mirando. Con la luz de la lámpara apuntándome, con los ojos fijos ahí donde nunca me había mirado nadie. Y yo, tumbada, abierta, con las rodillas en el aire, pensé algo que me sorprendió por su claridad:

Que no se aparte. Que tarde.


RYAN

La verdad es que la niña era una virgen de manual, y no solo en el sentido anatómico.

El himen estaba intacto, un anillo fino y rosado, y el introito era tan estrecho que el espéculo de talla pequeña le costó. Pero no era eso lo que me tenía la boca seca. Era la reacción. Era el modo en que cada roce la sacudía, el modo en que los pezones se le marcaban bajo la tela, el modo en que respiraba corto por la nariz como si estuviera conteniendo un gemido en cada exhalación.

Hipersensibilidad. Yo había leído sobre ello, había tenido dos o tres pacientes así en quince años de consulta. Pero ninguna era Mía. Ninguna tenía esa carita de estar descubriendo, en tiempo real, que su cuerpo era una máquina que no conocía.

Y yo llevaba meses, quizá años, con el cuerpo encendido y sin apagarse del todo. Y tenía la boca de Mía, ahí, a un palmo de mis manos.

—Todo se ve bien por dentro —dije, más para llenar el silencio que otra cosa—. El cuello del útero está limpio. La flora, cuando salga el frotis, te diré. Pero a simple vista no hay nada raro.

—Entonces el flujo…

—Es normal. Cambia según el ciclo, según los días. Lo que a ti te parecía raro es lo que hace un cuerpo sano. —Retiré el espéculo despacio, con cuidado, y vi cómo se le escapaba otro suspiro al notarlo salir—. Ya está. Eso es todo por arriba. Ahora la parte de fuera. La vulva.

—¿Más?

—Un poco más. Y luego te vistes y hablamos.

Retiré los guantes, tiré de la papelera, cogí un par limpio. No hacía falta. Era un examen externo. Pero quería —y me costaba admitir por qué— volver a tocarla con las manos protegidas, como si el látex fuera una excusa.

—Voy a mirar los labios, el clítoris, la entrada. Te voy a decir lo que hago mientras lo hago, para que no te sorprenda.

—Vale.

—Los labios mayores —dije, y los separé con dos dedos—. Normales. Los menores. —Los seguí con la yema, despacio—. Un poco largos, hacia dentro, es una variación común.

—¿Largos? —preguntó, con la voz apretada.

—Es bonito. —La palabra se me escapó sola. Es bonito. Un médico no dice eso. Un médico dice dentro de la normalidad. Yo dije bonito.

Mía no contestó, pero sentí cómo se le aceleraba la respiración.

—El clítoris —continué, y lo descubrí con el pulgar, empujando la capucha hacia arriba, con una delicadeza que no me hacía falta—. Aquí. Es lo más sensible de todo. ¿Notas?

La respuesta no fue un sí. Fue un gemido. Corto, hondo, arrancado de algún sitio que Mía ni sabía que tenía. Y cuando lo soltó, se tapó la boca con una mano, avergonzada, y me miró por encima de los dedos como pidiendo perdón.

—Perdona —dijo.

—¿Por qué?

—Por… por el ruido.

—Mía. —Me incliné un poco más, sin apartar el pulgar—. Si no haces ruido, es que no estás sintiendo. Y yo necesito que sientas. Necesito saber qué te pasa por dentro para saber qué te pasa por fuera. ¿Entendido?

—Entendido.

—Pues no te tapes la boca.

Le aparté la mano yo mismo. Se la dejé apoyada en el muslo. Y ella se rió, una risa temblorosa, y luego cerró los ojos y se dejó ir.

Y yo, con el pulgar todavía sobre su clítoris, con la respiración de los dos sonando demasiado fuerte en aquel consultorio pequeño, supe que aquello no iba a ser un examen. Iba a ser otra cosa.

Mucho peor.

O mucho mejor. Según se mire.

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