Capítulo 1
El intruso, el barro y la falta de cobertura
Alejandro apretó el volante forrado en cuero de su coche hasta que los nudillos se le quedaron blancos. El maldito GPS llevaba quince minutos parpadeando, buscando una señal que parecía haber decidido extinguirse justo cuando dejó atrás el último rastro de asfalto civilizado. Ahora, lo único que se extendía ante él era un camino de tierra lleno de baches que amenazaba con destrozar la suspensión de su vehículo y, de paso, la poca paciencia que le quedaba.
Miró la pantalla de su teléfono móvil. Sin servicio.
Un latigazo de ansiedad le recorrió el pecho, la misma opresión asfixiante que había sentido tres semanas atrás en la sala de juntas, cuando el aire pareció desaparecer y los números de las pantallas comenzaron a bailar. «Un mes de retiro absoluto, Alejandro», le había dicho su jefe, con esa falsa compasión que en realidad significaba: «Desaparece antes de que tu estrés cometa un error que nos cueste millones». Él necesitaba una conexión estable, un enchufe y la certeza de que sus posiciones en corto seguían a salvo. No necesitaba árboles, ni aire puro, ni silencio.
Aparcó frente a una verja de madera que parecía sostenerse por puro milagro, levantando una nube de polvo que cubrió la impecable carrocería oscura de su coche. Según las torpes indicaciones que había logrado descargar antes de perder la cobertura, aquel era el famoso “Retiro Rústico El Remanso”. Soltó un suspiro pesado, se aflojó el nudo de la corbata y abrió la puerta.
El primer contacto con su nueva realidad fue un charco de barro estratégicamente situado para arruinar su zapato izquierdo.
Maldijo en voz alta, soltando una retahíla de palabras que en la ciudad harían temblar a los becarios, pero que allí solo consiguieron espantar a un brillante gato negro que lo observaba desde el techo de un porche. El animal le dedicó una mirada de absoluta superioridad antes de darse la vuelta y desaparecer entre las macetas.
—Empezamos de maravilla —masculló, sacudiendo el pie inútilmente contra la grava.
Agarró su maleta de fin de semana y su maletín —donde guardaba el portátil, su único y verdadero salvavidas— y caminó hacia la construcción principal. Era una casa de piedra de una sola planta, flanqueada por una pequeña cabaña de madera un poco más apartada. El lugar era indiscutiblemente pintoresco, pero a él le resultaba hostil.
No había timbre. Solo el sonido rítmico, constante y húmedo de algo girando, acompañado por una música de jazz suave que provenía de una estructura anexa con grandes ventanales. El taller.
Alejandro se acercó, dispuesto a exigir las llaves de su cabaña y, lo más importante, la contraseña del router. Empujó la pesada puerta de madera entornada y el olor a tierra mojada, mezclado con el inconfundible aroma a café solo recién hecho, le golpeó de lleno.
En el centro de la sala, iluminada por una luz natural que lo bañaba todo de tonos cálidos, estaba ella.
No levantó la vista cuando la puerta chirrió. Estaba sentada frente al torno, descalza, con los pies manchados de arcilla presionando el pedal. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris bajo un delantal que alguna vez debió ser de un color indefinido, ahora cubierto por una gruesa capa de salpicaduras. Sus manos, ágiles y seguras, abrazaban una masa de barro que crecía y se curvaba bajo sus dedos como si respirara.
Alejandro se quedó quieto un segundo, descolocado. Acostumbrado a mujeres con trajes de chaqueta impecables, uñas de gel y agendas milimétricas, la visión de aquella mujer concentrada, con un mechón de pelo oscuro cayéndole sobre los ojos y la piel brillante por el esfuerzo, lo desarmó momentáneamente.
Se aclaró la garganta, recuperando su postura de ejecutivo al mando, irguiendo los hombros bajo su chaqueta a medida.
—Disculpa. Busco al responsable de este lugar.
A Adela le tembló el pulso imperceptiblemente, pero fue suficiente para que la simetría del jarrón que estaba levantando sufriera un leve rasguño. Sintió cómo la paz que tanto le había costado construir esa mañana se desvanecía por completo al escuchar aquella voz masculina, profunda y cargada de una exigencia impaciente que no encajaba en su santuario.
Detuvo el torno poco a poco. Suspiró, cogió un trapo húmedo y se limpió las manos con una parsimonia deliberada. Quería obligar al intruso a esperar. Su estudio era su refugio, el único lugar donde la arcilla lograba silenciar el ruido de las ausencias, y no iba a permitir que nadie entrara pisando fuerte.
Finalmente, levantó la cabeza y le clavó sus ojos oscuros.
Le recorrió con la mirada, de arriba abajo. El pelo perfectamente engominado, la mandíbula tensa, la corbata de seda ligeramente aflojada y el traje de un corte exquisito que desentonaba a gritos entre estanterías de cerámica sin esmaltar. Y luego, el detalle final: un zapato carísimo cubierto de fango fresco. Adela tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.
—El responsable de este lugar es el sentido común, pero me da la impresión de que tú no vienes buscando eso —respondió ella, con una voz tranquila, cruzándose de brazos y dejando a la vista sus antebrazos manchados—. Si te has perdido, la carretera principal está a cinco kilómetros. Si vienes a vender algo, no compro. Y si eres el del seguro, ya os dije por teléfono que no me interesa ampliar la póliza.
Vio cómo el forastero fruncía el ceño. Definitivamente, no estaba acostumbrado a que no le extendieran una alfombra roja.
—No me he perdido y no vendo seguros —replicó él, arrastrando las palabras con exasperación—. Soy Alejandro. He alquilado la cabaña a través de la agencia para el próximo mes. Necesito las llaves y, por favor, dime que el router no está escondido en esta cueva, porque mi teléfono marca cero rayas de cobertura y tengo que conectarme a los mercados en menos de veinte minutos.
Adela se quedó estática. ¿Alquilado? ¿Una cabaña? Sintió que la sangre le hervía mientras procesaba las palabras.
—¿Has alquilado la cabaña? —preguntó, vocalizando cada sílaba como si hablara con alguien que no entiende el idioma—. Esa cabaña no se alquila. Es mi almacén de secado.
—Tengo una confirmación de reserva, un cargo astronómico en mi tarjeta por un mes completo y un nivel de estrés que no me permite jugar a las adivinanzas —contraatacó Alejandro, dejando su pesado maletín de cuero sobre una de las mesas de madera, apartando un par de herramientas de modelar sin ningún cuidado.
Adela dio un paso al frente, viendo cómo aquel extraño invadía su espacio con la prepotencia de quien se cree dueño del mundo.
—Cuidado con las estecas —le advirtió, señalando las herramientas de madera con un dedo manchado de barro—. Y me importa muy poco tu tarjeta dorada y tu estrés de la gran ciudad. Aquí no hay ningún alquiler.
Alejandro rebuscó en su teléfono, con un gesto de pura desesperación, y le plantó la pantalla a centímetros de la cara.
—Retiro Rústico El Remanso. Anfitrión: Adrián. Pago confirmado.
Adela leyó el nombre en la pantalla iluminada y cerró los ojos un instante, respirando hondo para no cometer un homicidio allí mismo. Adrián. Su querido, irresponsable y desesperado primo Adrián, que siempre intentaba “ayudarla” con la economía buscando fuentes de ingresos de las que, por supuesto, olvidaba informarle. Una furia sorda le subió por el pecho, pero la contuvo.
—Ese anuncio es un error —dijo ella, alzando la barbilla para mantenerle la mirada, aunque él era bastante más alto—. Mi primo lo subió sin mi permiso y pensé que lo había cancelado hace meses. Lo siento mucho, Alejandro. Tendrás que reclamar tu dinero a la plataforma y dar la vuelta. No te puedes quedar.
Alejandro la miró fijamente. Su mente parecía estar evaluando la situación en microsegundos, calculando pérdidas y ganancias. Adela notó cómo la mandíbula de él se tensaba aún más.
—Mira... Adela, supongo. No voy a irme. He cruzado medio país, mi coche necesita un lavado a presión y mi carrera profesional pende de un hilo si no me conecto hoy. La cabaña está ahí fuera. La he pagado. Voy a instalarme. Solo dime dónde está la clave del WiFi.
Una carcajada seca, carente de todo humor, escapó de los labios de Adela.
—¿El WiFi? —repitió ella, extendiendo los brazos hacia su rústico taller—. Alejandro, mírame bien. Tengo barro hasta en las pestañas y mi horno de cocción es más viejo que nosotros dos juntos. El router, cuando le da la gana funcionar, tiene la velocidad de una tortuga coja. Si vienes buscando fibra óptica y alta tecnología, te has equivocado de universo. Y te repito: la cabaña está llena de cajas.
—Pues ayúdame a vaciarla. O lo haré yo mismo. Te pagaré el doble de lo que marca la reserva por las molestias, en efectivo y ahora mismo, pero de aquí no me muevo.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de una electricidad innegable. Se miraron a los ojos, midiendo sus fuerzas. Adela quería echarlo a patadas, decirle que se llevara su maletín, sus prisas y su prepotencia por donde había venido. Pero la mención del dinero extra activó una pequeña alarma en su cabeza; la factura del proveedor de esmaltes llevaba dos semanas sobre la mesa de la cocina, ahogándola en silencio.
—Está bien —cedió Adela finalmente, con un tono gélido que dejaba claro que no era una derrota, sino una tregua temporal—. Pero te advierto dos cosas. La primera: no me hago responsable si te da un ataque de nervios cuando la conexión se caiga con la lluvia. Y la segunda: vuelves a tocar mis herramientas, y te juro que te entierro bajo diez kilos de arcilla.
Alejandro esbozó una media sonrisa, la primera que cruzaba su rostro, levantando las manos en una falsa señal de rendición. La guerra no había hecho más que empezar.








