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ARTIFACT HUNTERS

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Summary

Una historia de terror psicológico, donde se encuentra un estudiante de psicología con su único familia en un estado vegetal, pero tido cambia cuando se da cuenta que existen 546 artefactos que acambio de tú cordura de tan abilidades , pero todo tiene un precio un precio que no se recupera

Status
few sec ago
Chapters
1
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n/a
Age Rating
16+

Chapter 1: la locura tiene forma

ARTIFACT HUNTERS

Capítulo 1 — la locura tiene  forma

Autor: GAGM

Mi nombre es Kaelen Noctrae.

Mi apellido significa «noche».

Siempre he sentido curiosidad por saber por qué mis padres decidieron darme ese nombre. Me gustaría preguntárselo algún día, aunque existe un pequeño inconveniente: jamás he visto a ninguno de los dos.

La única persona que siempre estuvo a mi lado fue mi abuelo.

Sin embargo, incluso él terminó abandonándome de alguna manera.

Su cuerpo continúa aquí, pero su mente parece haberse marchado a un lugar del que no puede regresar. No habla, no responde y ni siquiera parece reconocer mi existencia.

Es como convivir con alguien que ya no está.

Así que, en cierto sentido, estoy solo.

Durante mucho tiempo me pregunté qué pudo haberle sucedido. Qué clase de acontecimiento sería capaz de arrebatarle a una persona todo aquello que la convierte en sí misma.

Nunca encontré una respuesta.

Al menos, hasta que descubrí aquel libro.

---

El joven Noctrae contemplaba las páginas de un extraño volumen con una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y una melancolía difícil de disimular.

El libro, aparentemente antiguo, contenía afirmaciones que cualquier persona razonable habría considerado absurdas.

Sin embargo, había algo en aquellas palabras que le impedía cerrarlo.

Según el texto, el mundo estaba repleto de locura.

No se refería a la locura como una enfermedad de la mente, sino como algo mucho más tangible.

Una fuerza capaz de manifestarse en objetos.

Artefactos.

Existían exactamente 1546.

De ellos, mil se habían perdido, dejando únicamente 546 cuya existencia todavía podía rastrearse.

Aquellos que dedicaban su vida a encontrarlos recibían el nombre de buscadores.

Algunos obtenían habilidades extraordinarias.

Otros, en cambio, perdían aquello que pretendían conservar: la cordura.

Kaelen pasó lentamente una página.

—Qué conveniente...

El libro describía la existencia de aquellos objetos con una seguridad inquietante, pero omitía casi por completo los procedimientos necesarios para obtenerlos.

Casi.

Entre sus páginas había una excepción.

Artefacto número 34: La manta transparente.

Kaelen arqueó una ceja.

—¿Una manta... transparente?

Volvió a leer la descripción, convencido de que había interpretado mal alguna palabra.

Pero no.

Una manta transparente.

Eso era todo.

—¿La locura se convierte en objetos y uno de ellos resulta ser una manta? —murmuró—. ¿Qué sigue? ¿Una cuchara que concede deseos?

Soltó una risa seca.

La idea era ridícula.

Aunque, pensándolo bien, había algo todavía más absurdo.

El procedimiento para conseguirla.

El libro señalaba un lugar concreto: un hospital psiquiátrico.

Y, debajo de aquella indicación, aparecía una lista.

Procedimiento de obtención del artefacto número 34:

1. Dirígete al mostrador principal y solicita hablar con la recepcionista.

2. Pregunta por el artefacto número 34. Si la recepcionista no comprende tu pregunta o se niega a responder, abandona el lugar e inténtalo otro día.

Si, por el contrario, responde: «Toma asiento, te llamaré en breve», permanece allí.

3. El tiempo de espera puede variar entre diez y veinte minutos, dependiendo de la cantidad de personas presentes. En determinadas circunstancias, la atención puede ser inmediata.

4. La recepcionista te conducirá hasta un pasillo que, en condiciones normales, no debería existir.

5. Cuando te indique que atravieses una puerta, hazlo.

Debajo de las instrucciones, separado del resto del texto, aparecía un último párrafo.

«Temían tanto a la lujuria que prefirieron pudrirse en vida antes que reconocer aquello que deseaban».

«Y eso fue exactamente lo que hicieron».

Kaelen permaneció inmóvil durante unos segundos.

Luego cerró el libro.

—¿Y ya está? ¿Eso es todo?

Contempló la cubierta desgastada antes de dejar escapar un suspiro.

—Abuelo... ¿en qué clase de cosas creías?

Su mirada se desplazó hacia la habitación contigua.

Allí permanecía el anciano, sentado en su habitual silencio.

—No me sorprende que terminaras perdiendo la cabeza —murmuró—. Aunque, viendo esto, quizá ya la habías perdido mucho antes.

No obtuvo respuesta.

Por supuesto que no.

Kaelen apartó la mirada.

El silencio de aquella casa llevaba demasiado tiempo acompañándolo.

Y, sin embargo, todavía no había conseguido acostumbrarse.

---

Las semanas transcurrieron con una monotonía casi insoportable.

Kaelen asistía a clases, regresaba a casa y se ocupaba de su abuelo.

Nada parecía cambiar.

Los mismos pasillos.

Los mismos rostros.

Las mismas conversaciones que olvidaba apenas terminaban.

Incluso su cumpleaños pasó sin demasiada importancia.

El 27 de junio de 2007 cumplió dieciocho años.

No hubo celebración.

Tampoco la esperaba.

Aun así, entre aquella rutina gris, una idea persistía en algún rincón de su mente.

El libro.

Había intentado convencerse de que su contenido no era más que una recopilación de disparates, pero sus pensamientos regresaban una y otra vez a aquellas páginas.

Especialmente cuando miraba a su abuelo.

¿Y si...?

No.

Era absurdo.

No existían mantas transparentes capaces de conceder poderes.

Ni pasillos imposibles.

Ni objetos nacidos de la locura.

Pero entonces...

¿Por qué seguía pensando en ello?

---

Una tarde, al terminar las clases, Kaelen tomó un camino distinto al habitual.

No sabría explicar por qué lo hizo.

Tal vez buscaba escapar del aburrimiento.

Tal vez su curiosidad había terminado imponiéndose sobre el sentido común.

O quizá, en algún lugar de su mente, todavía esperaba encontrar una explicación para lo ocurrido con su abuelo.

Fuera cual fuese el motivo, terminó frente a un hospital psiquiátrico.

Se detuvo.

Contempló la fachada durante varios segundos.

—No puede ser...

Reconocía aquel lugar.

Era el mismo que aparecía mencionado en el libro.

O, al menos, coincidía con su descripción.

Kaelen observó la entrada.

Podía marcharse.

De hecho, probablemente era lo más sensato.

Pero tampoco tenía nada mejor que hacer.

—Bueno... no pierdo nada por preguntar.

Entró.

El interior del edificio resultó decepcionantemente normal.

Un mostrador de recepción, varias filas de asientos y algunas personas aguardando en silencio.

El ambiente estaba impregnado de aquel olor característico de los hospitales, una mezcla de desinfectante y aire encerrado.

Nada extraordinario.

Nada que sugiriera la existencia de artefactos capaces de alterar la realidad.

Kaelen se acercó al mostrador.

Detrás se encontraba una mujer de cabello castaño y ojos color canela.

—Disculpe...

La recepcionista levantó la mirada.

—¿Sí?

Kaelen vaciló.

Ahora que estaba allí, su pregunta le parecía todavía más estúpida.

—Quería saber si... bueno... ¿aquí tienen el artefacto número treinta y cuatro?

La mujer lo observó.

No dijo nada.

Su expresión se endureció ligeramente.

Kaelen sintió que el calor le subía al rostro.

Magnífico.

Acabo de preguntarle a una recepcionista de un psiquiátrico si tienen una manta mágica.

Definitivamente, este ha sido uno de mis mejores momentos.

—Olvídelo —se apresuró a decir—. Era una broma.

Se apartó del mostrador antes de que la mujer pudiera responder.

Idiota.

¿En qué estabas pensando?

Decidió marcharse, pero la vergüenza le impidió dirigirse inmediatamente hacia la salida.

En su lugar, tomó asiento junto a unas señoras mayores.

Las mujeres parecían completamente normales.

Una de ellas sostenía un bolso sobre las rodillas; otra observaba distraídamente el suelo.

Kaelen las miró de reojo.

Me pregunto qué harán aquí.

No tuvo tiempo de continuar con sus pensamientos.

Una sombra se proyectó frente a él.

Al levantar la cabeza, encontró a la recepcionista.

—Sígueme.

Su voz era fría.

Demasiado fría.

No había impaciencia ni amabilidad en ella.

Ni siquiera parecía una orden.

Era como si estuviera anunciando un hecho inevitable.

Kaelen parpadeó.

—Lo siento, señorita. Como le dije antes, solo estaba de paso. Lo de hace un momento fue una broma.

—Sígueme.

—Eh... creo que no me ha entendido. No necesito ninguna consulta y...

—Sígueme.

Kaelen guardó silencio.

Algo no estaba bien.

La mujer mantenía exactamente la misma expresión.

Sus ojos parecían observarlo sin reconocer realmente su presencia.

Entonces comenzó a escucharlos.

Murmullos.

Al principio creyó que provenían de las personas sentadas a su alrededor.

Pero no.

Aquellas voces estaban demasiado cerca.

Parecían surgir directamente en sus oídos.

No conseguía distinguir palabras.

Solo lamentos.

Susurros entrecortados que se mezclaban unos con otros hasta formar una especie de respiración colectiva.

Y, poco a poco, aquellos sonidos adquirieron significado.

Síguela.

No te arrepentirás.

Síguela.

Kaelen intentó levantarse.

O quizá ya se había levantado.

No estaba seguro.

La recepcionista comenzó a caminar.

Y él la siguió.

No recordaba haber tomado esa decisión.

De hecho, no recordaba haber recorrido el pasillo.

Simplemente, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró frente a una puerta desconocida.

La mujer había desaparecido.

Kaelen miró a su alrededor.

El pasillo estaba vacío.

¿Cómo llegué aquí?

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Entonces recordó las instrucciones.

«La recepcionista te conducirá hasta un pasillo que, en condiciones normales, no debería existir».

Sintió un escalofrío.

—No puede ser...

Frente a él había una puerta.

La última instrucción regresó a su memoria.

«Cuando te indique que atravieses una puerta, hazlo».

Kaelen extendió lentamente la mano.

Por primera vez desde que había encontrado aquel libro, deseó sinceramente que todo fuera mentira.

Giró el picaporte.

Y abrió.

---

Lo primero que percibió fue el silencio.

Un silencio imposible.

Al otro lado de la puerta se extendía un salón inmenso, iluminado por una luz cálida cuyo origen no conseguía identificar.

Decenas de personas ocupaban la estancia.

Hombres y mujeres participaban en lo que parecía una celebración entregada al exceso y al deseo.

Sin embargo, había algo profundamente perturbador en aquella escena.

Nadie sonreía.

Nadie parecía disfrutar.

Los rostros permanecían inexpresivos, como si sus cuerpos continuaran participando en una fiesta que sus mentes habían abandonado hacía mucho tiempo.

No había música.

No había conversaciones.

Ni siquiera se escuchaban pasos.

Era una celebración sin alegría.

Una fiesta donde el placer parecía haberse convertido en una obligación.

Kaelen permaneció inmóvil junto a la entrada.

—¿Qué...?

Miró hacia atrás.

La puerta había desaparecido.

En su lugar se extendía una pared lisa.

Sintió que el estómago se le encogía.

Se acercó y apoyó ambas manos contra la superficie.

La recorrió buscando una rendija, una bisagra, cualquier indicio de que aquella entrada hubiera existido.

Nada.

—No...

Golpeó la pared.

—¡Oigan!

Nadie respondió.

—¡¿Qué demonios es este lugar?!

Su grito atravesó el salón.

Y entonces ocurrió.

Todos se detuvieron.

Al mismo tiempo.

Decenas de cabezas giraron lentamente hacia él.

Sus miradas se clavaron en sus ojos.

Kaelen retrocedió.

Aquellas personas no parecían sorprendidas.

Tampoco molestas.

Simplemente lo observaban.

Como si hubieran estado esperando su llegada.

Durante unos segundos interminables, nadie se movió.

Hasta que, de manera perfectamente sincronizada, todos levantaron un brazo.

Y señalaron hacia el fondo del salón.

Kaelen siguió la dirección de sus dedos.

Allí había una puerta.

Era alta, estrecha y de un color rosado casi desagradable.

Su forma circular contrastaba con la arquitectura del lugar.

Parecía más una abertura construida para algo distinto de un ser humano.

Kaelen tragó saliva.

¿Quieren que entre ahí?

Miró nuevamente a los invitados.

Continuaban señalando.

Inmóviles.

Sus rostros carecían de cualquier emoción.

Supongo que no tengo muchas opciones.

Permanecer allí tampoco parecía una buena idea.

Así que, reuniendo el poco valor que le quedaba, comenzó a caminar.

Cada paso resonaba en aquel silencio antinatural.

Nadie intentó detenerlo.

Nadie apartó la mirada.

Cuando finalmente alcanzó la puerta, Kaelen apoyó una mano sobre su superficie.

Estaba tibia.

Como si algo vivo respirara detrás.

—Esto es una estupidez...

La abrió.

---

La habitación era considerablemente más pequeña que el salón anterior.

Y en su centro había una mujer.

Kaelen se quedó sin palabras.

No encontraba otra manera de describirla.

Era hermosa.

No.

Aquella palabra resultaba insuficiente.

Su rostro poseía una armonía casi imposible. Cada rasgo parecía haber sido cuidadosamente diseñado para despertar admiración.

Era, sencillamente, la representación de una belleza perfecta.

Una belleza que no debería existir.

La mujer llevaba una vestimenta ligera y sostenía entre sus manos algo que apenas podía distinguirse.

Una tela.

Tan fina y transparente que parecía confundirse con el aire.

Kaelen sintió que su respiración se detenía.

La manta...

El artefacto número treinta y cuatro.

No estaba solo con ella.

Cinco personas permanecían alrededor de la habitación.

Tres hombres y dos mujeres.

A diferencia de los invitados del salón, aquellos individuos parecían conscientes de lo que ocurría.

Y, precisamente por eso, resultaban todavía más inquietantes.

Sus expresiones reflejaban un agotamiento profundo.

Algunos mantenían la mirada perdida.

Otros contemplaban el suelo con una tristeza difícil de describir.

Parecían personas que habían esperado demasiado tiempo algo que nunca llegaría.

¿Serán buscadores?

Kaelen observó sus rostros.

¿Terminaré como ellos?

La idea debería haberlo aterrorizado.

Sin embargo, sus pensamientos comenzaron a desvanecerse.

Sus ojos regresaron hacia la mujer.

No podía evitarlo.

Había algo en ella que lo atraía con una intensidad que jamás había experimentado.

Su belleza parecía absorber cualquier preocupación.

El miedo.

La confusión.

Incluso el deseo de regresar a casa.

Todo comenzó a parecer insignificante.

Qué hermosa...

Dio un paso.

Luego otro.

La mujer permanecía inmóvil.

Kaelen sintió el impulso de acercarse todavía más.

De olvidar las preguntas.

De abandonar cualquier resistencia.

Y entonces recordó una frase.

«Temían tanto a la lujuria que prefirieron pudrirse en vida antes que reconocer aquello que deseaban».

Se detuvo.

Espera.

La habitación pareció recuperar lentamente sus contornos.

¿La lujuria?

Su mirada recorrió nuevamente a los cinco individuos.

Aquellos rostros agotados.

Aquella tristeza.

La belleza imposible de la mujer.

Entiendo...

No debo dejarme dominar por el deseo.

Apretó los puños.

Resultaba mucho más difícil de lo que había imaginado.

Jamás había sentido una atracción tan intensa.

Era como si sus propios pensamientos intentaran convencerlo de que rendirse era lo más natural del mundo.

Pero algo comenzó a cambiar.

Primero fueron los ojos de la mujer.

Su brillo perdió intensidad.

Después, su piel.

La perfección de su rostro comenzó a deshacerse lentamente.

Aquella belleza extraordinaria se transformó ante él en la figura de una anciana de aspecto enfermizo y perturbador.

Kaelen sintió que la sangre se le helaba.

¿Qué... demonios...?

La transformación continuó.

La figura que segundos antes había considerado perfecta se volvió una presencia grotesca, casi irreconocible.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Una náusea violenta le recorrió el estómago.

Entonces recordó otra advertencia del libro.

«Nunca manifiestes emociones intensas cerca de un artefacto».

«La locura posee inteligencia. Si descubre una debilidad, hará cuanto esté a su alcance para aprovecharla».

No debo reaccionar.

No debo...

Pero era demasiado tarde.

Kaelen se dobló hacia delante.

Y vomitó.

Durante unos instantes, apenas pudo mantenerse en pie.

Cuando recuperó parcialmente el aliento, levantó la mirada.

La mujer seguía allí.

La manta transparente permanecía entre sus manos.

Kaelen no sabía cuánto tiempo le quedaba antes de perder completamente el control.

Así que actuó.

Se abalanzó hacia el artefacto y lo arrebató de las manos de aquella figura.

La tela resultó sorprendentemente ligera.

Casi no parecía existir.

Kaelen la sostuvo frente a sí.

Esperó.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Nada.

La habitación permanecía exactamente igual.

—¿Eh...?

Miró la manta.

Después, a su alrededor.

—Vamos...

Esperó nuevamente.

—¡Vamos!

Nada ocurrió.

La desesperación comenzó a abrirse paso entre sus pensamientos.

¿No se suponía que debía regresar?

El libro nunca había explicado qué hacer después de obtener el artefacto.

Solo cómo llegar hasta él.

Kaelen apretó los dientes.

—Maldito libro...

---

El tiempo perdió todo significado.

Kaelen recorrió aquel lugar innumerables veces.

Buscó puertas.

Pasadizos.

Ventanas.

Cualquier cosa que pudiera conducirlo de regreso.

Pero el mundo parecía burlarse de sus esfuerzos.

Los pasillos cambiaban cuando dejaba de observarlos.

Las habitaciones conducían a lugares que no recordaba haber visitado.

Y, en ocasiones, después de caminar durante horas, terminaba exactamente donde había comenzado.

Intentó hablar con los habitantes de aquel sitio.

Nunca obtuvo respuestas que pudiera comprender.

Los días comenzaron a confundirse.

Después llegaron las semanas.

O, al menos, eso creía.

No existía manera de comprobarlo.

El cansancio se acumuló en su cuerpo.

Su mente, sometida a una tensión constante, comenzó a perder la capacidad de distinguir entre recuerdos y pensamientos.

A veces creía escuchar la voz de su abuelo.

Otras, despertaba convencido de encontrarse nuevamente en casa.

Pero al abrir los ojos, la realidad regresaba.

Seguía atrapado.

Solo.

En un mundo donde la locura parecía gobernarlo todo.

Y, durante todo ese tiempo, conservó la manta transparente.

La odiaba.

No sabía por qué continuaba aferrándose a ella.

Quizá porque era la única prueba de que todo aquello tenía alguna explicación.

O quizá porque, después de tanto tiempo, se había convertido en lo único que podía considerar suyo.

---

Llegó un momento en que Kaelen dejó de buscar una salida.

Estaba exhausto.

Su ropa se encontraba desarreglada y su cuerpo apenas respondía a sus movimientos.

Sentado en el suelo de una habitación desconocida, contemplaba la manta extendida sobre sus piernas.

La observó durante largo rato.

Luego comenzó a reír.

Una risa débil.

Sin alegría.

—Qué gracioso...

Levantó la tela.

—Todo esto... por una maldita manta.

Recordó su casa.

Las clases.

El hospital.

El rostro de la recepcionista.

Y a su abuelo, sentado en aquel silencio interminable.

—Abuelo...

Su voz se quebró ligeramente.

—¿Tú también pasaste por algo así?

No hubo respuesta.

Kaelen bajó la cabeza.

Durante semanas había intentado comprender aquel mundo.

Había buscado reglas.

Patrones.

Una lógica que explicara lo imposible.

Pero ya no podía pensar con claridad.

La frustración terminó imponiéndose.

—¡Estoy harto!

Sujetó la manta con ambas manos.

—¡Harto de este lugar!

Tiró de ella.

La tela resistió.

Kaelen apretó los dientes.

—¡No quiero volver a verte!

Y, en un impulso de desesperación, la desgarró.

El sonido fue apenas perceptible.

Un rasgado breve.

Insignificante.

Pero el mundo reaccionó.

Durante una fracción de segundo, todo pareció detenerse.

La habitación perdió sus contornos.

La luz desapareció.

Kaelen sintió que el suelo se desvanecía bajo su cuerpo.

Y entonces...

---

Abrió los ojos.

Parpadeó.

Una vez.

Dos.

Frente a él había varias personas.

Mujeres mayores.

Una de ellas sostenía un bolso sobre las rodillas.

Otra lo contemplaba con una expresión de absoluto desconcierto.

Kaelen reconoció sus rostros.

¿Qué...?

Bajó la mirada.

Estaba sentado.

En una silla.

En la sala de espera de un hospital psiquiátrico.

Sobre su regazo descansaba una manta transparente.

Intacta.

Kaelen dejó escapar una respiración temblorosa.

Volví...

No podía creerlo.

Después de tanto tiempo.

Después de aquellas semanas interminables.

Había regresado.

Pero algo no encajaba.

Las mujeres seguían observándolo.

Sus expresiones oscilaban entre el asombro y el disgusto.

Kaelen sintió un sabor desagradable en la boca.

Se llevó una mano a los labios.

Estaban húmedos.

Al bajar la vista, descubrió restos de vómito sobre su ropa.

Su estómago se contrajo.

Recordaba haber vomitado frente a aquella mujer.

Pero eso había ocurrido...

Hace semanas.

Levantó lentamente la cabeza.

—Disculpe...

Una de las señoras lo miró.

—¿Sí?

Kaelen tragó saliva.

—¿Podría decirme... cuánto tiempo ha pasado desde que vomité?

La mujer frunció el ceño.

Parecía desconcertada por la pregunta.

Luego respondió con una indiferencia casi ofensiva:

—Lo acabas de hacer.

Kaelen permaneció inmóvil.

Las palabras tardaron varios segundos en adquirir sentido.

¿Lo... acabo de hacer?

Observó nuevamente la manta.

Sus dedos temblaron ligeramente.

Había pasado semanas atrapado en aquel lugar.

Semanas de angustia.

De agotamiento.

De desesperación.

Sin embargo, para aquellas personas...

No había transcurrido prácticamente nada.

Kaelen bajó la mirada hacia el artefacto que descansaba sobre sus piernas.

Por primera vez, comprendió que el libro de su abuelo quizá no contenía simples fantasías.

Y que la locura de la que hablaban sus páginas era mucho más real de lo que jamás habría deseado.

Porque, si todo aquello había sucedido en apenas un instante...

¿Qué clase de mundo acababa de descubrir?

---

Fin del capítulo 1.

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