EL PROTECTOR. CAPÍTULO UNO.
CAPÍTULO UNO.
Cuando las puertas metálicas del ascensor se abrieron, dejaron ver la imagen de un hombre en su interior. Este vestía un fino traje negro. Mientras que su diestra ajustaba el nudo de su corbata frente al espejo, su mano izquierda atesoraba un puñado de rosas rojas aterciopeladas, envueltas en papel transparente. Su cabello era corto y entrecano. De pronto, se dedicó una mueca de aceptación a sí mismo y abandonó el habitáculo, justo cuando las puertas comenzaban a cerrarse.
Una vez en el pasillo, se encontró con el tránsito propio de cualquier hospital. Intuyó que la mujer de blanco que avanzaba hacia él era una enfermera. Preguntó:
—Disculpe, señorita… ¿Terapia Intensiva?
La mujer sonrió, lo recorrió con la mirada y contestó:
—Un señor tan elegante como usted seguramente sabe leer…
El hombre miró hacia ambos lados y, en el acto, descubrió el gran cartel verde al final del corredor. Este indicaba, con una flecha y letras blancas, el lugar que buscaba. Giró en busca del rostro de la mujer, pero esta ya se alejaba con una sonrisa en el rostro.
—¡Gracias! —dijo, y se dirigió por el pasillo, esquivando personas y camillas.
Una voz femenina, encerrada en los altavoces, clamaba por la presencia de un doctor. Al llegar al final, obedeció la flecha y dobló hacia la izquierda. A lo lejos, entre el gentío, divisó a dos policías uniformados, vestidos de negro, parados frente a una puerta. Se dirigió hacia ese lugar, esquivando a un hombre en silla de ruedas.
Los oficiales estaban conversando, pero, al girar y ver al hombre de traje negro caminando hacia ellos, interrumpieron la charla y se colocaron las gorras que llevaban bajo las axilas.
—¡Buen día, capitán! —saludaron al unísono.
Él respondió al saludo mientras elevaba hacia atrás el costado del saco con la diestra para apoyarla en su cintura. Los policías miraron las flores y sonrieron.
—Cualquier comentario será la diferencia entre seguir patrullando las calles o dirigir el tránsito… —dijo el hombre.
Ambos apagaron sus sonrisas. El hombre de traje negro aprobó con una mueca.
—Descansen un rato… Vayan por un café o lo que sea… —ordenó.
Los uniformados asintieron y uno de ellos dijo:
—Gracias, capitán.
Ambos se marcharon por el corredor, hacia el cartel que decía: «Cafetería». El capitán los vio alejarse y tomó el picaporte para acceder a la habitación. Entró muy suavemente y cerró la hoja de madera sin hacer ruido. Allí se encontró con una mujer acostada en una cama. Su rostro presentaba maltratos. Tenía un ojo morado y escoriaciones en la frente y en el pómulo izquierdo. Su cabello negro se hallaba prisionero en una cofia de plástico blanco. Una manta la cubría hasta la cintura y sus brazos descansaban sobre ella, a cada lado de su cuerpo. Uno de ellos estaba conectado a una fina manguera que traía un líquido transparente desde un envase colgado en una ménsula. El capitán se había quedado parado frente a la puerta. El ramo de rosas ahora se hallaba erguido. Meditó por un momento. Aún no sabía cómo proceder.
De pronto, sin abrir los ojos, la mujer habló:
—Hay que averiguar quién fabrica ese perfume y darle perpetua… ¿No le parece, capitán?
El hombre hizo una mueca, relajó su postura y sonrió preocupado. La mujer abrió lentamente los ojos. El globo ocular izquierdo estaba rojo. Lo miró en silencio durante unos segundos y después lo animó:
—Vamos… Dispare…
El capitán aflojó el nudo de su corbata y recorrió la habitación con la mirada. Divisó una pequeña mesa con ruedas en el rincón derecho. Caminó unos pasos y aventó el ramo sobre ella. El ruido sobresaltó a la mujer.
—¿Qué mierda pasó, García? —preguntó, molesto.
—Ahora no, capitán… —pidió ella, con una mueca de dolor en el rostro.
—¿Ahora no? ¿Te parece? —preguntó con ironía. Continuó:
—¡Tengo a seis viudas esperando respuestas! ¿Cuándo crees que se las daremos? —inquirió con bronca, mientras caminaba de un lado a otro de la habitación, con las manos en la cintura.
La mujer lo miraba en silencio.
—No lo sé, capitán… —dijo, tratando de incorporarse un poco.
—Yo misma no lo entiendo —agregó la mujer, con tristeza en la voz.
El hombre se acercó a la ventana, corrió las cortinas y acercó su rostro al cristal, como si necesitara aire. Sus ojos recorrían sin mirar los edificios linderos. Respiró profundamente y luego propuso:
—Empecemos por donde nos quedamos… ¿Te parece?
—El helicóptero los dejó en la azotea, rompieron la cerradura e ingresaron al edificio. Descendieron hasta el piso 27. Allí gritaron: «¡Contacto!». Luego se oyeron disparos…
En ese momento, la mujer apretó los párpados en una mueca de dolor y sus lagrimales destilaron agua salada.
—… Gritos… Más disparos, luego silencio. Después, Clayton grita: «¡Se llevaron a García!». Y repite: «¡Tienen a García!». Y luego los pisos 26, 27 y 28 explotan…
El hombre giró en busca de su rostro.
—Más tarde, García aparece en la azotea del edificio Mac Adams, a 150 metros del lugar donde mueren todos sus compañeros… ¿Me faltó algo? —preguntó el capitán, dirigiendo su mirada penetrante hacia ella.
La mujer lloraba desconsoladamente. El hombre arrimó una silla junto a la cama y se sentó, acercando su rostro al de la mujer.
—¿Qué fue lo que pasó?
Ella lo miraba con los ojos inundados.
—¡No lo sé, capitán! ¡Nunca me creería!
—¡Inténtalo! —la animó el hombre de la corbata azul, elevando la voz.
La mujer desvió la mirada y buscó entre sus recuerdos…
—Veníamos bajando las escaleras… Roy iba primero, revisando los recodos y testeando las puertas de emergencia… Yo iba en segundo lugar, cubriéndolo. Pero, cuando pasé junto a una salida de incendios, supuestamente ya cotejada por Roy, esta se abrió y apareció un hombre. Me golpeó en el rostro antes de que pudiera apuntarle. Con una mano tomó mi automática con fuerza para impedir que la girara hacia él. Con la diestra volvió a golpearme en el rostro. Allí perdí un poco el conocimiento, pero me recuperé rápido. Para entonces, ya me tenía agarrada del cuello y, usándome como escudo, les disparó a mis compañeros con mi arma. Su brazo me apretaba tan fuerte que luchaba por respirar…
El capitán observó su cuello enrojecido y vio la marca de una hebilla dibujada en morado sobre su piel maltratada.
—… Volví a perder el conocimiento… Cuando me recuperé, estaba apoyada con la cintura sobre la baranda del balcón, con el torso colgando hacia la calle y las manos esposadas. Traté de enderezarme y allí lo vi. El hombre estaba vestido como uno de los «nuestros»… como un comando de élite… Me sonrió y ajustó los atalajes de su cuerpo y su casco. Luego me tomó por la cintura desde atrás y me arrastró con él, tirándose de espaldas por encima de la baranda, hacia la calle.
Todo daba vueltas hasta que, de pronto, un fuerte tirón ciñó mis ataduras. Ahí me di cuenta de que un paracaídas de tela oscura se había abierto sobre nosotros, en el momento en que planeábamos entre los edificios más altos. De pronto, sucedieron las explosiones, una tras otra. Allí vi la azotea del Mac Adams acercarse rápidamente. Caímos de pie… pero yo seguí con el impulso que traía y los dos caímos hacia adelante. Golpeé mi frente contra el piso de la terraza y quedé atontada.
El desconocido sacó mis correas y me esposó a un caño que cruzaba en el techo. Juntó todo y lo guardó en un bolso grande. Una vez de pie, me dijo: «Vine a corregir un error… No debías morir en ese edificio».
Y luego dio media vuelta y se marchó…


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