La bibliotecaria

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Una señora aparece muerta en su apartamento y junto a ella, está su esposo con el arma recién disparada Una señora aparece muerta en su apartamento y junto a ella, está su esposo con el arma recién disparada

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DÍA 1

La señora Carmen Iznaga escuchó un disparo y sin necesidad de sacar muchas cuentas, supo con exactitud de dónde provenía.

Tantos años trabajando en la misma biblioteca la habían familiarizado de tal modo con su entorno, que era capaz de percatarse de cualquier suceso inusual por muy imperceptible que este fuera. Así que... ¡Cómo no iba a identificar algo que nunca había ocurrido desde que comenzó a trabajar en la biblioteca, hacía ya 25 años!

Acto seguido, llamó a la policía y les dio la dirección exacta: el segundo piso del edificio que, aunque formaba parte de la biblioteca, funcionaba como apartamento en el que vivían los Mejías hacía más de 20 años.

Impulsada por la aterradora novedad, la impetuosa mujer subió las escaleras llegando a la puerta del apartamento tres minutos antes de que lo hiciera la policía.

El apartamento estaba abierto de par en par. Sobre una silla yacía el cadáver de Lourdes y, a su lado, el enmudecido doctor Mejías, su esposo, con la pistola en la mano todavía.

Según los informes preliminares la bala había penetrado por la parte lateral del hombro derecho.

Ante circunstancias tan claras, lo único que había que esperar era por un experto forense para que confeccionara los informes de rigor.

Viendo que este trámite podría tomar más de una hora, Carmen decidió volver a su trabajo. Por una parte, para controlar la falta de aire que el fuerte olor de la habitación le había producido y, por la otra, la necesidad de contarle a Aurelio la hazaña de haber sido tan precisa y oportuna que permitió capturar al homicida con las manos en la masa, pero el jefe de la policía la detuvo, ya que ella era la única testigo y debía contestar algunas preguntas:

—No se preocupe, el interrogatorio será breve y rutinario. Es solo firmar el informe de la hora y lugar de la tragedia, el tiempo transcurrido entre el disparo y la llegada de las autoridades y cualquier otro detalle que ayude al esclarecimiento de los hechos. Usted sabe que la estación de policía está a menos de 12 minutos. Nos ofrecemos para llevarla en uno de nuestros automóviles y, si lo necesita, la traeremos de regreso.

El cuerpo policial de Pueblo Nuevo estaba conformado por ciudadanos residentes en el propio pueblo. Eran amables con la población, la cual nunca le daba problemas. Era lo que se llama una comunidad autodisciplinada. Los conflictos más graves que se habían producido allí habían sido alguna discusión entre vecinos por motivos irrelevantes.

Carmen empezaba a arrepentirse de haber actuado por impulso, pero debía obedecer la petición de las autoridades.

Una de las virtudes que más se destacaba en esta señora de 49 años, era que cuando explicaba algo lo hacía de manera concisa pero íntegra. Trataba de adelantarse a cualquier potencial duda de su interlocutor, fuese quien fuese. Esto lo había adquirido a fuerza de tratar con todas las personas que visitaban la biblioteca y la necesidad de optimizar el tiempo. El jefe de la policía agradeció infinitamente esta cualidad comunicativa:

—He trabajado en la biblioteca durante casi veinticinco años y, durante todo ese tiempo, he aprendido a notar cualquier movimiento inusual, al menos durante las horas de trabajo.

Respecto al terrible hecho de hoy, no es mucho lo que puedo decir porque la discreción es un elemento esencial en las relaciones de respeto entre vecinos. Lo único que sé es que la señora Lourdes estaba en proceso de divorcio y había iniciado una nueva relación con un hombre muy buen mozo, aunque no es tan joven que digamos.

Esto lo digo de oídas, porque a él no lo he visto en persona porque la visita por la noche, o sea, cuando ya yo terminé mi jornada laboral. En lo personal, me atrevo a asegurar que ella estaba muy satisfecha con él y me baso en que había dejado de ser una mujer taciturna y apagada para convertirse en una Lourdes rejuvenecida, alegre y rozagante. Como si de pronto hubiera comenzado a renacer. También sé que este hombre la llena de regalos porque he visto en el tanque de basura que está en el costado de la biblioteca, dos o tres ramos de rosas marchitas, a veces hasta frescas todavía, así como estuches de regalos y este tipo de cosas, pero jamás he hecho preguntas de su vida privada. Del doctor, puedo decir que era una excelente persona y que me niego a creer que haya asesinado a su ex esposa ¿Algo más?

—Por ahora, no. Muchas gracias por su colaboración —respondió el comisario realmente satisfecho con la información aportada por la bibliotecaria.

El timbre del teléfono sonó y el joven funcionario le hizo una seña con la mano para que lo dejase a solas. Fue un gesto descortés, pero ella hizo una rápida reverencia, lo aceptó y se marchó.

No quiso que la policía la llevara de regreso porque uno de sus pasatiempos favoritos era caminar por su, hasta ese día, tranquila ciudad.

Un agente le comunicó al comisario:

—Jefe, ya tenemos listo el informe preliminar con todos los datos, excepto la declaración de sospechoso, debido a que se encuentra en un estado de shock que le impide pronunciar una sílaba.

—Esta reacción es muy frecuente en personas que cometen este tipo de monstruosidad. Hay que reforzar la vigilancia porque el individuo podría atentar contra sí mismo. Debe ser mantenido en custodia con toda la atención que requiere una situación de alto riesgo.

Cuando Carmen regresó a la biblioteca, ya los pocos curiosos que se habían acercado al lugar se habían dispersado. La calle Retiro se caracterizaba por estar formada de pequeños negocios e instalaciones administrativas, por lo que no había muchos vecinos para curiosear.

Pueblo Nuevo contaba con cuatro autos de patrulla, pero con tan bajo índice de criminalidad, era frecuente verlos en la puerta de un establecimiento sin que eso significara una irregularidad del orden.

En su interior Carmen también sentía un ligero orgullo porque era la única persona a la que la policía había llamado a declarar, por lo que iba a toda prisa a buscar a Aurelio, el portero de la biblioteca y a quien consideraba su mejor amigo para comentarle los detalles de su entrevista con el comisario, pero para su sorpresa, Aurelio no se mostró entusiasmado con lo que Carmen le estaba contando, más bien, parecía contrariado y usaba un tono que la bibliotecaria jamás había escuchado en boca de Aurelio, quien siempre medía y seleccionaba sus palabras, en aras de no lastimar a sus semejantes.

—¡Fue una imprudencia tuya involucrarte en la investigación de un hecho tan espantoso! Además, ¿Cómo quieres que muestre entusiasmo si se trata de dos vecinos a los que conocemos hace muchísimos años? ¡Esto es una tragedia, una horrorosa tragedia! —decía con un tono histérico que a Carmen le parecía exagerado. Luego le advirtió con un inusual tono rotundo—: ¡No vayas a mencionar mi nombre a la policía! Si lo haces, puedes dar nuestra amistad por terminada.

A Carmen no le agradó mucho la amenaza de su amigo. Era cierto que existía una amistad entre ellos y el matrimonio Mejías que databa de más de dos décadas, pero ella nunca haría condicionado su amistad con Aurelio por nada ni por nadie, y optó por ignorar sus palabras, más bien fue autocrítica y reconoció que era cierto lo de la insensibilidad ante la desgracia de un matrimonio con el que mantenía una relación muy cercana, casi familiar, porque aunque no conversaban todo el tiempo, colaboraban mutuamente en cualquier situación que fuera necesaria, por ejemplo, en ocasiones el cartero les pedía a Carmen o a Aurelio que le entregaran la correspondencia a los Mejías para evitar subir las escaleras. De igual forma, Lourdes compartía algún que otro delicioso postre con sus vecinos.

Blas, el propietario del edificio y conocido filántropo estaba materializando el proyecto de convertir el piso superior de la biblioteca en un consultorio médico y ya las labores de remodelación estaban casi listas. Era lo único que faltaba en Pueblo Nuevo para que sus habitantes no tuvieran que trasladarse al Cerro, ciudad aledaña, para recibir atención médica primaria y de urgencia.

Lourdes había trabajado en la biblioteca por un tiempo, pero el polvillo que acumulan los libros y revistas le causaban alergia. Recordando estos detalles, Carmen sintió tristeza.

Al cabo de un rato, un poco avergonzada de su propia actitud se acercó a Aurelio en tono conciliador:

—Aurelio, por favor, si conoces algún dato relevante que esté vinculado con la tragedia de los Mejías, puedes confiármelo. Soy tu amiga y no quisiera cometer una imprudencia que te perjudique. Si no sé lo que me ocultas podría cometer una indiscreción y decir al comisario lo que no debo. Ten en cuenta de que él me ha elegido a mí para responder las preguntas en nombre de la vecindad.

—¡No estoy ocultando nada!

Su rostro se enrojeció. Carmen hizo un gesto con la cabeza y lo miró directamente a los ojos. Con este gesto él supo que ella no le había creído nada y concluyó que la única vía para deshacerse de las preguntas de la mujer era diciendo la verdad:

—Está bien. Te contaré, pero no se lo puedes decir a nadie.

Se sentó junto a ella, miró hacia los lados y comenzó a susurrar:

—Yo vi cuando el doctor bajó corriendo, estaba muy furioso y alterado, arrojó al césped el oso que el hombre que visitó a Gisela le había regalado anoche, fue a su auto, sacó la pistola de la guantera y volvió a subir las escaleras tan rápido como las había bajado. Menos de un minuto después, sonó el disparo y lo demás, ya lo sabes.

—Creo que debiste haber llamado a la policía en ese mismo momento.

—Sí, tienes razón, pero te juro por Dios que nunca pensé que el doctor fuera capaz de hacer algo semejante. Me quedé sin reacción, él era un bólido.

Sus ojos se le llenaron de lágrimas y sus manos temblaban sin que él pudiera evitarlo. Esta reacción era comprensible porque Aurelio era un hombre timorato.

— Me aterra que la policía piense que yo fui cómplice del doctor. No quiero que ellos sepan esto.

Aurelio era un hombre que no llegaba a los 40 años, pero su considerable peso corporal lo hacía lucir mucho mayor. Sus movimientos eran torpes y lentos, pero esto lo recompensaba con su carácter noble.

Era del tipo de persona que evita el más mínimo problema a cualquier precio, diríase que era un pusilánime. Era un soltero que había tenido una infancia muy desdichada, porque su madre se había casado por segunda vez y su hermano solía maltratarlo y hacer burla continua de su gordura.

Como este comportamiento cruel era consentido por su padrastro y por su propia madre, un día, con solo 14 años, renunció a su familia y, se aventuró a vivir en Pueblo Nuevo, lejos de todos los abusos y maltratos familiares. Nunca pensó en superarse académicamente, le bastaba con ser bien tratado y acogido por su nueva comunidad.

Tal vez esta era la razón por la que este acontecimiento lo había golpeado visiblemente, diríase que le había fragmentado su mapa emocional.

El matrimonio de los Mejías habían tratado a Aurelio como a un hijo desde su llegada, a pesar de que la diferencia de edad no era suficiente para ser sus padres biológicos. Ambos Mejías tenían entre 44 y 46 años aproximadamente.

Su función oficial era la de portero de la biblioteca, por lo que en sus ratos libres no podía hacer otra cosa que leer. Esto, sumado a las charlas con Gisela lo habían dotado de un extenso y rico vocabulario, sabía expresarse, aunque no era de mucho conversar con extraños.

Aurelio vivía en la misma biblioteca, en una habitación que quedaba al final del pasillo y pasando el patio. Como había llegado a este sitio siendo un niño, Blas le dio albergue en su propiedad y cuando arribó a la edad laboral, comenzó a ocuparse de la puerta y como custodio al mismo tiempo. Pero siendo una comunidad tan tranquila, le sobraba tiempo hasta para hacer la limpieza. Este trato con el dueño beneficiaba a ambos porque mientras uno tenía alojamiento gratis, electricidad y agua gratis, el otro le pagaba en efectivo solo por la limpieza. Este salario le alcanzaba ampliamente para darse gusto en las cafeterías o restaurantes de la ciudad.

Justificaba su débil carácter con aquello de que “cada quien es responsable de sus actos” y por eso su vieja amiga creyó en su explicación.

—Bueno, Aurelio, siendo como eres, sería absurdo que alguien que te conozca bien, te pida más —dijo en señal de comprensión.

Quedó pensando en que, si Aurelio había sido cómplice de Germán y ella, a su vez, sabía este dato y lo callaba, se convertía en encubridora del cómplice. ¿O estaba siendo un poco paranoica?

Como era temprano todavía, la bibliotecaria pensó que sería buena idea regresar a la comisaría y así investigar si se había establecido algún nexo con su amigo, de lo contrario, él no estaría tranquilo y el cariño que ella le profesaba era sincero.

Al salir de la biblioteca con rumbo a la comisaría sintió un olor muy penetrante y el olfato la llevó al oso de peluche que había arrojado el enojado doctor en el pequeño jardín que adornaba la entrada del edificio. Miró hacía todos lados y, al ver que nadie la miraba, lo recogió, entró para guardarlo y volvió a salir. Era bibliotecaria de profesión y conocía muy bien la historia de Pueblo Nuevo, tenía un enorme sentido de pertenencia y opinaba que una biblioteca local que se respete, debería tener registro de cada hecho importante acaecido en el lugar.

Coleccionaría la mayor cantidad de objetos posibles que estuvieran relacionados con este trágico suceso.

La comisaría distaba a dos kilómetros de la biblioteca y, por lo tanto, a Carmen no le costaba trabajo ir a pie. A veces ocurría que alguien, con las mejores intenciones, se ofrecía para llevarla en su auto o hasta el mismo chofer del bus lo detenía a su lado, estropeándole su feliz caminata. Esto la contrariaba, pero ella nunca se negaba, por gratitud y por educación. Para evitarlo, solía usar las entrecalles, pero en esta ocasión tenía prisa y fue directo por la avenida.

Por suerte para ella, hoy nadie se brindó a llevarla.

Cuando el comisario la vio entrar no pudo ocultar su alegría porque, casualmente, pensaba citarla esa misma tarde. Se disculpó por haber sido poco amable la vez anterior y le dijo que estaba interesado en que Carmen le diera alguna información acerca del hombre que supuestamente era el tercero en el triángulo amoroso que desencadenó la inédita tragedia.

—Comisario, recuerdo haberle dicho hace unas horas que yo jamás lo he visto a él. Ni siquiera sé su nombre.

Se acordó de la petición de Aurelio y trató de desviar el tema para evitar ser imprudente:

—¿Acaso el doctor no puede describirlo o ubicarlo con más exactitud? ¡Quién podría conocerlo mejor que él!

—¡Ahí está el asunto, querida Carmen! Usted recordará que el doctor Mejías se mantuvo en silencio todo el tiempo durante su detención y parecía no importarle la atrocidad que había acabado de cometer, ¿No es cierto? Pues, la verdad es que está padeciendo una amnesia temporal provocada por el shock. Está bajo custodia policial, pero internado en una clínica psiquiátrica. En esas condiciones no podemos interrogarlo y mucho menos juzgarlo. Mientras tanto, el cuerpo de la mujer permanece en la morgue ya que no tiene familiares registrados a quienes localizar en caso de una emergencia como esta. Por eso estoy tratando de encontrar al joven porque, considerando el estado mental y la condición de sospechoso del Dr. Mejías, él sería lo más cercano a un familiar. En resumen, la llamé porque necesito de su ayuda en este sentido.

El comisario investigador de la policía de Pueblo Nuevo era un hombre joven, no llegaba a los treinta años, pero como era una ciudad pacífica, ningún agente experimentado quería trabajar en un sitio tan aburrido. Este era su primer caso y se sentía bajo una fuerte presión:

—Cuento con 72 horas para dar un informe preliminar a mis superiores federales. El problema es que quisiera que este informe preliminar fuera tan bueno y aclaratorio como el definitivo. De esto depende mi futuro.

—Yo no sé mucho de estas cosas, pero he leído bastante...

—Mire, voy a confesarle algo: tengo mis reservas en cuanto al manejo de los resultados y la información de muchos expertos federales. Hoy en día, hay mucha corrupción y estos resultados podrían inclinarse a dictar lo que “algunos” necesitan que se certifique. No sé si me entiende. No es que yo tenga algo contra el doctor, pero él tiene excelentes abogados y me temo que el afán por inaugurar la clínica incentive a algunas personalidades influyentes a intentar darle un giro a las conclusiones para lograr una absolución. Por ejemplo, decir que él disparó en defensa propia. ¿Me entiende?

—¡Claro que lo entiendo!

—Esa es la razón por la que me interesa llevar una investigación paralela. No es que obvie del todo los informes oficiales, pero..., ¡ya le digo!

Estas palabras incentivaron el espíritu investigativo de la bibliotecaria que le respondió:

—No le prometo nada, pero tal vez mañana le pueda conseguir alguna pista.

Y no mentía. No tenía idea de cómo, pero sí estaba segura de poder llegar a la verdad. ¿Por qué el doctor querría asesinar a Lourdes si ya él estaba rehaciendo su vida? Tal vez por asuntos de bienes materiales...

Pueblo Nuevo no era una localidad muy avanzada en materia tecnológica y no era por falta de recursos ni por despropósito, todo lo contrario, al alcalde, con la aprobación de la mayoría de los vecinos, se le había ocurrido el brillante proyecto de no permitir que la tecnología arrasara con los servicios tradicionales como el correo postal, la prensa plana, los teléfonos analógicos, así como servicios a la vieja usanza, por ejemplo, lecheros que dejaban el litro de leche en las puertas de las casas, carritos de pan recién horneado y cosas de este tipo.

La idea era que, a largo plazo, Pueblo Nuevo se convirtiera en una atracción turística para aquellas personas que sintieran el deseo de vivir alejados por unos días, de las acosadoras cámaras de vigilancias, o prescindiendo del continuo timbrar de sus teléfonos móviles. Este proyecto atraería a todas las personas que quisieran escapar de la sensación de estar localizados continuamente. Sería como el “Oasis de los Desconectados”.

La biblioteca funcionaba como el centro de información local y como fuente de conocimientos, ya que su gente solía pasar horas leyendo en el salón, aunque estaba permitido llevar libros a sus casas y luego devolverlos sin ser apremiados.

La mayoría contribuía con ejemplares leídos y que donaban a la biblioteca para el uso de todos.

Los jóvenes se divertían los fines de semanas en discotecas, en fiestas de cumpleaños, en el cine y en un gran parque de diversiones que funcionaba casi hasta el amanecer, aunque es válido decir que algunos viajaban a ciudades aledañas con la finalidad de disfrutar de las bondades de internet.

Desde luego que no estaba prohibido, pero no era permitido que entregaran sus deberes escolares impresos ni sacados de la red. Para eso estaban los libros físicos y la biblioteca.

Cuando Carmen regresó de la comisaría tomó la avenida principal para ganar tiempo porque había dejado a Aurelio al frente de la atención a los usuarios y no le gustaba abusar de la bondad del buen hombre y por eso optó tomar el autobús, miró a una joven pelirroja que pasaba conduciendo por el frente de la parada y no fue necesario que hiciera alguna seña para que la muchacha la invitara a subir al auto.

El trayecto no era tan largo, apenas tomaba unos 14 minutos con las paradas de semáforos incluidas, pero fue inevitable que aludieran al hecho que acababa de conmocionar a todos los habitantes.

Aceptar el aventón fue una buena idea, porque la muchacha, indirectamente, le dio una información muy valiosa a la bibliotecaria:

—Si no fuera porque es un tema delicado, y no me gusta lidiar con la policía, yo les avisara a los del departamento que los dueños de la joyería que está en la esquina del edificio en el que ocurrió la tragedia tienen instaladas cámaras de vigilancia. Ellos piensan que nadie lo sabe, pero yo me di cuenta porque viajo a otros lugares los fines de semana y aunque la enmascaren en anuncios publicitarios, estoy segura de que son cámaras.

Por primera vez, Carmen puso en duda la conveniencia de no tener acceso a las nuevas técnicas que facilitaban el trabajo de la policía. No solo lo facilitaban, sino que contribuían a que la justicia no fuera aplicada por testimonios de testigos que no siempre eran exactos, bien porque cambiaban su testimonio a conveniencia, bien porque no tenían buena visión, por ejemplo. En cambio, en un video, se ven los hechos tal y como ocurren y su veracidad es incuestionable. Había leído que hasta hacía poco tiempo, los jurados no podían tomar en cuenta las pruebas aportadas cuando habían sido encontradas a través de la violación de la privacidad de las personas. Esto había derivado en que muchos criminales salieran absueltos, pero, aunque no sabía si ya era legal, alguna influencia tendría en las investigaciones.

Lo primero que le vino a la mente fue que, si en el video aparecía el doctor lanzando el peluche y tomando el arma, esto sería una prueba irrebatible de su crimen. Mataría dos pájaros de un solo tiro: aportaría más pruebas al comisario y evitaría tener que decir lo que Aurelio le había confesado en secreto.

Se reincorporó a su trabajo, y aunque ya eran las 2:00 pm se puso a adelantar algunas fichas bibliográficas. Mientras lo hacía puso su ingenio a funcionar y, una hora después, trató de probar suerte:

—Buenos tardes. ¿Pudiera tener una conversación con el dueño de este comercio?

—Buenos tardes –respondió la dueña de la joyería quien, lógicamente, conocía a Carmen desde hacía tiempo, aunque nunca habían mantenido una conversación. —Lamento decirle que ya estamos cerrados, mire el horario en la puerta.

A decir verdad, el negocio no era muy próspero. Se comentaba que más que vender, se dedicaban a empeñar todo tipo de joyas, por lo que de inmediato la propietaria rectificó:

—¿Desea ver alguna de nuestras ofertas?

—No. En verdad lo que me trae aquí es un asunto mucho más serio.

La comerciante hizo un gesto de duda con el rostro, pero le abrió el paso para que la bibliotecaria entrara al local.

—¿Y bien?

—No sé cómo empezar..., no quiero alarmarla, pero ya debe saber lo que ha ocurrido hoy.

Esta vez, la joyera hizo un mohín con los labios queriendo preguntar: “¿Y a mí qué?”

Esta señora era un poco inaccesible, pero Carmen estaba dispuesta a agotar todos los recursos:

—Bueno, si le molesta, puedo irme..., solo quería decirle que mi compañero de trabajo me ha estado comentando que durante su guardia nocturna ha visto a un individuo muy sospechoso rondando las vidrieras de este establecimiento. Es cierto que esta no es una comunidad peligrosa, pero, habiendo ocurrido el hecho que ya todos sabemos, no sería extraño que con la llegada de tantos turistas las cosas estén empezando a cambiar.

Esta vez la joyera dio muestras de inquietud. No era de muchas palabras, pero sabía comunicarse muy bien mediante sus ademanes.

Esta característica dificultaba un poco el propósito de Carmen, quien sí era de hablar de manera copiosa. Hubo unos segundos de tensión que fueron rotos por Carmen:

—Bueno, era en esencia lo que vine a decir. Ya me voy.

—¡Un momento, un momento! –reaccionó, por fin, la tácita, mujer. —Pero, ¿usted lo ha visto con sus ojos o me habla de oídas?

—Claro que lo he visto también, de lo contrario no le hubiera dicho nada... —mintió otra vez Carmen.

La señora mostrando ya un franco nerviosismo, le pidió a Carmen que esperara unos minutos, luego de los cuales la invitó a pasar a un local donde estaba instalado un sencillo sistema de vigilancia. Sin decir una palabra más, la señora encendió un televisor, accionó dos o tres botones en un control remoto y comenzaron a rodar las imágenes.

Carmen se quedó boquiabierta al ver a los transeúntes pasar de un lado a otro sin sospechar que todos sus movimientos, inclusive, los gestos más privados, estaban siendo registrados por una cámara. No estaba segura de que esto fuera una práctica ética y correcta, pero de lo que estaba segura era de que útil, sí le resultaba… ¡y mucho!

Desde el primer momento reconoció al enamorado de Lourdes, pero guardó silencio para poder ver lo más que el tiempo, y la recta señora, le permitieran. No fue difícil porque era un tipo alto, muy apuesto, y todas las veces aparecía con un regalo en las manos, algo que ya ella sabía, era su costumbre.

La dueña la apremió.

De pronto, ante una escena, el corazón le dio un vuelco: ¡El doctor iba todas las noches a visitar a Aurelio! Pero había más, una joven delgada y ágil, de cabello oscuro, lo perseguía cada noche, y se quedaba oculta entre los arbustos del pequeño jardín de la biblioteca. No pudo ver su rostro, pero no parecía del lugar. Todo apuntaba a que se trataba de la novia del doctor, tal vez celosa por las escapadas nocturnas de su maduro novio. Pudo ver que cuando el doctor se iba, ella tomaba la dirección opuesta casi corriendo, salvo la noche anterior a los hechos que entró al edificio. Esto debía saberlo el comisario.

Lo que mostraba el video era que el doctor llegaba al edificio, entraba por la puerta correspondiente a la biblioteca, hacía una estancia muy breve, tal vez unos 10 minutos, salía acompañado de Aurelio que era quien tenía la llave de la verja, este le abría y el doctor se iba. Durante estos minutos la joven permanecía entre los arbustos, pero el día anterior se había quedado detrás de la pared y, mientras Aurelio iba entrando con su paso lento, ella aprovechó y entró por la puerta contigua que era la que daba acceso a los apartamentos de la planta alta.

—¿Y? –preguntó la dueña con impaciencia.

—No. El único que reconozco como extraño es a este hombre apuesto que pasa todas las noches…

La dueña la interrumpió:

—Si este es el “sospechoso” puede estar tranquila. Él es un cliente de esta joyería que, incluso, tiene un anillo de compromiso pendiente de recoger.

Antes de conducirla a la salida, le pidió:

—Espero que agradezca mi confianza y no comente acerca de lo que acabo de mostrarle. Como usted misma ha comprobado, en ocasiones puede ser muy útil.

“¡Qué manía la de la gente de decir siempre lo mismo!”, pensó Carmen, mientras sonreía con hipocresía.

Las palabras tajantes de la circunspecta propietaria eran un preludio de que pedir los datos del cliente que había reservado el anillo, era en vano.

Cuando Carmen se retiró, la dueña respiró profundamente aliviada, mientras Carmen caminaba con rapidez para anotar todo en su agenda y poder llevarle información útil al comisario, sin tener que referirse ni a Aurelio ni al video.

Mientras iba de regreso, Carmen empezó a sentir que Aurelio no había sido honesto del todo. Nunca le comentó que el doctor lo visitaba todas las noches y, si se lo había ocultado, era por alguna razón muy poderosa. Era del criterio que las cosas no ocurren por ocurrir. Por eso, a su regreso a la biblioteca intentó darle otra oportunidad a su compañero de trabajo para que compartiera su secreto. Lo induciría de forma indirecta:

—¡No lo vas a creer! ¡Acabo de ver al novio de Lourdes!

Aurelio reaccionó con más energía que la vez anterior:

—¡No me digas que sigues en las mismas, Carmen! ¿De qué forma debo pedirte que dejes que la policía haga su trabajo?

—No seas ingrato, Aurelio, todo esto lo estoy haciendo por ti.

—Si realmente quieres hacer algo por mí, te pido que te salgas del tema.

—Mira, para que veas que también hay buenas noticias para ti. El doctor Mejías tiene amnesia, es temporal según los médicos, pero tal vez ni recuerde lo que tú viste, y si lo recuerda, dudo que un tribunal tome muy en serio lo que declare alguien que acaba de sufrir un problema mental tan grave.

Carmen supuso que esta novedad alegraría a su amigo, pero al parecer la noticia tuvo el efecto contrario, porque de pronto toda la sangre se fugó del rostro del apocado hombre. La palidez casi encandiló la vista de la mujer, quien, por instinto, volvió su cabeza atrás. El que se acercaba gritando a la puerta de la biblioteca era el mismo hombre corpulento y elegante que había visto en los videos de la joyería. ¡Era el novio de Lourdes! Esta vez, para no variar, blandía un pequeño estuche en la mano:

—¡Dime que no es cierto! ¡Dime que ella está viva!

Gritaba con la voz agrietada por el llanto. Se recostó a la pared y, con su cabeza entre las musculosas manos, comenzó a llorar.

Era evidente que estaba haciendo todo lo posible por autocontrolarse. Se puso de pie y se acercó a la mesa preguntando:

—¿Cómo pudo ser? ¡Cómo pudo ser? Yo que venía hoy a proponerle matrimonio —sollozaba mientras abría un pequeño estuche que contenía un caro anillo de compromiso.

—¡Todo por no tener un maldito celular! ¡Ustedes están locos todos!

Estaba fuera de sí. Tanto que le gritó a Aurelio:

—Y tú, ¿qué hiciste? ¿Acaso no eres el maldito custodio? ¡Imbécil!

Aurelio no abrió la boca para defenderse. Por suerte, eran casi las seis de la tarde y ya no había usuarios en la biblioteca. El hombre se volvió a recostar a la pared y volvió a deshacerse en fuertes aullidos de dolor y angustia.

El portero sintió una imperiosa necesidad de ir al baño, pero cuando se puso de pie, el devastado hombre entendió que lo hizo para consolarlo y, se abalanzó hacia él para abrazarlo. Aurelio le respondió el abrazo con recelo, pero el hombre lloró como un niño sobre el hombro del portero, quien a su vez se cagó literalmente en los pantalones.

Ante una escena tan vergonzosa, Carmen tomó acción, aunque estaba muy nerviosa. Había sido un largo día y amenazaba con extenderse:

—¿Tiene inconveniente en que vayamos ahora mismo a la comisaría?

—¡Por supuesto que no! Tal vez ellos me den la información que necesito.

Carmen llamó para verificar si el comisario permanecía en su oficina todavía, ya que era un poco tarde. Pero estaba.

Cuando entraron en la comisaría, la sonrisa de satisfacción del comisario no dejó lugar a dudas de la creciente admiración que estaba sintiendo por Carmen.

Se hicieron las presentaciones de rigor y la bibliotecaria salió de la oficina antes de que el comisario se lo fuera a pedir.

El comisario no podía ocultar su emoción. Todo le estaba saliendo a pedir de boca y no negaba que se lo debía a Carmen. Era su primer interrogatorio importante y esto le causaba mucha inquietud:

—¿Dónde conoció a la señora Carmen?

—Ante todo, le ruego que me disculpen por la demora, —comenzó a explicar un poco más calmado el hombre que no lograba ocultar su devastación, aunque hacía todo lo posible. —Es que como los acontecimientos de este pueblo no salen en las redes sociales, me demoré mucho en conocer los hechos.

—Bueno, señor Arrastía, los hechos ocurrieron en la mañana. No creo que haya transcurrido mucho tiempo.

El hombre miró al comisario con cara de quien acaba de escuchar lo más absurdo de su vida:

—¡Esto es el colmo! ¿Acaso aquí nadie sabe lo que es la inmediatez? ¡Hoy por hoy, 12 horas equivalen a una eternidad!

—Mire, señor Arrastía, entiendo que usted está pasando por un momento muy difícil, pero le ruego que se calme. Ya hemos hecho todo lo que debimos hacer y le prometo que el asesino será castigado.

Arrastía acercó su silla a la mesa que se interponía entre él y el comisario:

—¿De qué asesino usted me está hablando a mí?

—¿Acaso no sabe que fue el doctor Mejías quien le disparó a Lourdes con su propia arma?

Arrastía se puso de pie. Luego de respirar profundo se volvió a sentar:

—Eso no es posible.

—Entonces ¿usted es del criterio de que él no fue?

El comisario sintió simpatía repentina hacia este señor que no le había complicado la tarea de localizarlo.

—¡Para nada! Es más, parecerá raro que sea yo quien diga esto, pero el comportamiento del exesposo de mi novia era tan correcto, que sigo pensando que hay un error. No importa si, según dicen, fue visto con el arma en la mano. Tal vez todo se trate de un accidente y no de un homicidio. Hasta donde yo sé, él estaba muy entusiasmado con su nueva pareja. No creo que tuviera esas intenciones. Me van a disculpar, pero es lo que pienso, además, ella me habría comentado algo respecto a un acoso o conversación amenazante y no lo hizo.

Hablaba confirmando con un profundo movimiento negativo de su cabeza cada palabra que pronunciaba.

El comisario retomó su interrogatorio:

—¿Dónde estaba usted hoy entre las 6 y las 7 de la mañana?

—Le explico.

El fornido hombre rebuscó en su portafolios. Luego explicó:

—Lourdes y yo habíamos decidido irnos juntos a vivir a Nassau, una ciudad caribeña donde comenzaríamos de cero. Ella no quería que nos fuéramos sin tener la sentencia firme del divorcio que, precisamente, sería confirmada hoy. Anoche la visité y partí de inmediato al aeropuerto. El vuelo toma solo una hora y media. Durante el día hice gestiones de negocio, alojamiento y concreté algunos detalles. ¡Regresé en el segundo vuelo..., y ya ve usted! ¡Solo para encontrarme con esta espantosa e increíble situación!

Mientras el hombre hablaba iba poniendo el boleto, el pasaporte y todo lo que demostrara que realmente estuvo viajando desde la noche anterior. Datos que el comisario verificó. Todo era cierto.

—Por ahora, no creo que haya más que preguntarle, señor Arrastía. Solo recomendarle que se mantenga localizable...

—¿¡Qué saben aquí lo que es estar localizable!? —aprovechó para lanzar su crítica con desdén. —Me imagino que debo esperar que usted saque papel y lápiz para anotar mi número de celular. Aquí lo tiene. Me puede llamar a cualquier hora. Teníamos dos boletos para mañana en la mañana, pero los cancelaré. Debo ocuparme de los funerales de ella —le dolía pronunciar su nombre. Anotó toda la información acerca de la morgue y el comisario autorizó que él se encargara del cuerpo.

Carmen quiso aprovechar que había acompañado a Arrastía para hablarle al comisario acerca del video, pero se vio tentada por ver qué información podría obtener del atribulado hombre. Ambos decidieron que les haría bien caminar un poco y decidieron regresar a pie.

El desencanto de Carmen fue muy grande porque el hombre no habló con ella, solo lo escuchó decir hablándose a sí mismo: “¡Qué ignorancia, por Dios, decir que el doctor le disparó, cuando como médico tenía mil recursos para hacerlo sin levantar sospechas!”

Esta reflexión hizo que Carmen reconsiderara su criterio. Lo que Arrastía decía era muy cierto. Para romper el mutismo le preguntó:

—Tendrá un cigarrillo que me regale? Estoy muy estresada, ha sido el día más largo de mi vida y necesito fumar.

—Disculpe, pero yo no fumo. Y usted debería dejar de hacerlo por su salud. Tengo entendido que en este pueblo nadie fuma.

Carmen hizo un gesto de resignación y una cuadra más adelante se separaron.