I
Los días se acaban lentamente.
Al tiempo que se oculta la luz natural dentro del inmenso horizonte, la oscuridad se apodera de este lugar. Las personas dejan de ser percibidas alrededor, y solo las puedes ver hasta que pasan cerca de la luz blanca… luz artificial, sus presencias se delatan sí hablan fuerte, sus murmullos son fantasmas en la penumbra.
Este lugar tiene algo diferente que se apacigua en la caída de la noche, es una zona que emana silencio, y este me acompaña por más que rompo en dudosas reflexiones solitarias. Mis palabras son igualmente murmullos enfermos, parecen ser ilusiones, como lágrimas que brotan en los rostros de estatuas mármol.
La gente en su mayoría es muy silenciosa e imprevisible a mi alrededor. Las sombras persiguen a la nada entre el camino y las paredes. ¡Nunca completan su desvariada persecución!
Detrás de mí hay una gran pared de rocas blancas y plomas, ellas guardan compañía en este paramo, en esta zona donde ya nadie me observa directamente. Soy un ser dentro de la soledad.
Su superficie dura, rocosa se evidencia expuesta por el paso del tiempo y estaciones invernales.
Esas rocas fueron erosionadas por los persistentes dedos del viento, el frío yace en sus poros, el mismo frío dentro de mis huesos, que va esculpiendo mi alma.
Los huesos que se enfrían por perderse en un cuerpo con vida, pero sin muchos días.
La enfermedad tiene guarida en cada rincón, en cada paso de mi sombra. Muerte, oscuridad, y enfermedad en un continuo crecimiento del silencio.