Prefacio
De un momento a otro, la nada, se convirtió en el todo. El inmenso espacio blanco, se llenó de colores. De sus manos, salió una esfera perfectamente imperfecta. Esta esfera consistía en gran parte de tierras de distinta naturaleza y características. Se establecieron largos y anchos canales de agua, que posteriormente, se llamaron ríos. Los días contarían con catorce horas de oscuridad —tiempo que utilizaba la Diosa para descansar—, y con dieciséis horas de luz para realizar las actividades demandadas. Las horas de oscuridad serían alumbradas por Spag, un astro que se convertiría en una gran amiga de la Diosa; Y luego de que Spag hiciera su aparición, Ein la remplazaría. Spag y Ein se hicieron rivales en los primeros minutos de convivencia por el contraste entre sus características.
El resultado de Carmell —como llamo la Diosa al mundo— fue magnífico. Sin embargo, este mundo, era demasiado extenso para una Diosa. Triste por esa soledad, la poderosa Diosa Carmelitide, creó la vida. El mundo ya no se sentía vacío, al contrario, era sobrepoblado. Pero la Diosa quería más, necesitaba contar con poderosos amigos, tan gloriosos como ella. Seres con los que pudiera entablar una conversación. Realizó experimentos, intentando encontrar el balance perfecto entre los animales y ella, pero no lo logró. De sus experimentos resultaron seres oscuros, que solo podían moverse cuando Spag se encontraba en lo más alto de el cielo. La diosa, furiosa con estos seres, los erradicó sin dejar a ninguno con vida. Cuando acabó con el último ser, fue muy tarde, los seres oscuros se habían reproducido con todos los seres vivos. El producto entre un animal y un ser oscuro, terminó por ser una bestia fuerte e invencible. Horrorizada, luchó contra las bestias, pero no les causó ningún daño, fue ella la que resultó con múltiples heridas.
La Diosa sabia el mal que había hecho, aun así, lo intentó una vez más. Esta vez creó seres especiales. Estos seres tenían la misma apariencia de la Diosa. Eran capaces de aprender, y seguían las enseñanzas que ella les había impuesto. Feliz con el resultado, les brindó amor incondicional y satisfizo todos los deseos que tenían.
Generación tras generación, ella observó los movimientos que realizaban, hasta que uno de ellos le llamó la atención. El joven Som, un gran caballero con grandes habilidades para la caza, el cultivo y el liderazgo. De inmediato, la Diosa —al igual que otras jóvenes— cayó rendida por él. Pasaron los años, y el joven creció. Su belleza lograba enamorar a las personas, independientemente de su género. Un día, cegada por el amor que sentía hacia él, la Diosa Carmelitide en busca de su enamorado, bajó de los cielos y adquirió forma "humana". Al verlo, ella le propuso estar juntos para toda la vida. Sin siquiera conocerse, se desconoce el porqué, Som aceptó sin dudar. Meses después, la Diosa dio a luz a un niño y tuvo que volver a los cielos, dejando a su hijo a cuidado de su padre.
Los demás humanos al conocer esta historia, acorralaron a Som por haber profanado a su Diosa. Ellos no podían creer lo que él había hecho. A la mañana siguiente, Som fue expuesto a severas torturas.
Él suplicó día y noche, pero nadie lo libró de su sufrimiento.
Les daba asco estar en el mismo lugar que Som. Contrataron un verdugo para evitar compartir el mismo lugar que él.
Illuri, una amiga de la infancia, consiguió entrar al calabozo en donde lo tenían encarcelado. Cuando lo vio, rompió en llanto. El amigo que conocía por su gran belleza, se encontraba en el piso, escupiendo sangre de su boca. Le faltaban los dedos de sus manos y pies, en su espalda había rastros de látigos, su antigua cabellera yacía en los suelos. Illuri fijó la mirada en su rostro, corrió hasta conseguir abrazarlo. El rostro del joven, presentaba extrañas escamas, su piel era demasiado áspera. Al pasar su mano, las filosas escamas dejaban un rastro de sangre en ella.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Som le susurró a su amiga: "Por favor, solo mátame".
Illuri le clavó un puñal en el pecho, el mismo que había usado minutos antes para asesinar a los guardias. Secó sus lágrimas y se retiró del lugar.
La Diosa, cuando supo de todo esto, castigó a los involucrados y se llevó a su hijo con ella, protegiéndolo de cualquier daño. Recuperó el alma de Som, seguido, lo subió a los cielos, convirtiéndolo en un compañero de Ein. Som sería la segunda luz que saldría, luego de que Ein se ocultara.
Arrepentida por no haber protegido al amor de su vida, experimentó otra vez. Esta vez, a los humanos, se les otorgó diversas habilidades, con las cuales, podrían ser capaces de cuidarse por sí mismos. En total la Diosa creó las Diez Casas, cada una con un don distinto y su hijo fue coronado como el Rey Lue Rofésta. Su madre le dio a elección una de las Diez Casas, y finalmente, se decidió por la Casa Viahn. La casa elegida fue bendecida con el don de los santos, el poder les permitiría contactar con la Diosa, controlar el paso del tiempo y tener premoniciones sobre el futuro.
El Rey Lue Rofésta eligió a los duques de las Casas. Él eligió solo a los más fuertes y poderosos, para que sirvieran de ejemplo para los demás integrantes de sus familias. Las personas se sorprendieron e indignaron al saber que los elegidos fueron mujeres, pero el Rey en conjunto con la Diosa, explicaron la situación: las mujeres tienen una cantidad de poder inimaginable.
Cuando una mujer tiene un bebé, esta pierde cierta cantidad de poder y su hijo lo absorbe; su inmenso poder existe para poder donársela a sus descendientes. El primer hijo es el que obtiene la mayor cantidad de poder —es por eso que el primer hijo es el elegido para representar a su familia—, mientras que los siguientes descendientes solo reciben una ínfima cantidad.
El Rey Rofésta siempre resolvía las cuestiones de las personas.
Con el reinado de Rofésta, todos se unieron y vivieron felices por muchos años, al menos hasta que los seres oscuros salieron de sus escondites, mostrando su evolución. Estos eran capaces de transformarse en el ser vivo que quisieran, haciendo peligroso cualquier tipo de convivencia. Se exiliaron a los seres oscuros junto con la antigua aldea de Som.
Con ayuda de la Casa Rater y de la Casa Swym, levantaron grandes murallas de acero y extensas montañas, impidiendo el paso al exterior. Años transcurrieron, las tesvieh —así llamaron a los seres oscuros— y, los habitantes murieron al no poder alimentarse y obtener los recursos suficientes.
Fuera de los muros, la vida era el infierno.
La Diosa dijo que los rebeldes que desobedecían las reglas, o cambiaban el ciclo por el cual se regía el reino, serían expulsados, y la Dueña del infierno: Weihrentide, se encargaría de castigarlos. Ella no quería que las catástrofes pasadas se repitieran y cada año se usaban a los exiliados como ejemplo.
Gracias a eso, hoy en día vivimos en un hermoso y pacífico mundo.
—¿Alguna pregunta?
La mayoría de mis compañeros se encontraban dormidos en sus asientos. Era aburrido escuchar la misma historia todos los años.
Esta clase era obligatoria y tenía que conseguir buenas calificaciones para egresarme con honores para obtener un puesto en la Academia Carmell. Ir allí es el sueño de todos los carmellianos —hijos segundos o personas en Casas alejadas de la capital—, es difícil para nosotros conseguir entrar a diferencia de los carmelís —hijos primeros o personas de la capital—.
—Si no tienen preguntas, eso significa que entendieron el tema sobre el cual tratamos ¡Qué lástima! Le iba a subir la calificación al que lograra hacer una gran pregunta. —Muchos levantaron la mano, e incluso, se comportaron de manera extraña para llamar la atención de la profesora. Después de varias preguntas, para las que ya teníamos respuesta, la profesora me nombró. —Impresióneme, señorita.
—¿Por qué no nos dejan salir de las murallas? Se supone que las tesvieh están extintas, no hay ningún daño más allá.
La profesora borró la divertida expresión que adornaba su rostro, lo pensó un poco y dijo:—Porque la Diosa así lo quiso —sus ojos anaranjados (propio de los descendientes de la Casa Rater), miraron los míos—. La clase ha terminado, pueden retirarse.
Recogieron sus bolsas y salieron corriendo.
—Usted dijo que la pregunta debía de ser interesante —dije acercándome a ella.
—No vuelvas a hablar de esto con nadie. Olvídalo, ¿sí? Eres una de mis más preciadas estudiantes. —Luego de sonreírme se retiró por una de las puertas delanteras de la pequeña estancia.
De haber seguido su consejo nada de eso hubiera pasado, pero era una niña en ese entonces.
Ambas corríamos por el bosque. Este se veía tenebroso, como si en cada segundo que pasara nos estuviéramos metiendo en terrenos peligrosos. Yendo hacia nuestra perdición.
Sonidos extraños provenían de lejanos lugares y los arbustos parecían monstruos acechándonos, esperando el momento exacto para atacar.
Nuestra agitada respiración era prueba de todos los kilómetros recorridos.
Pude contemplar la gran muralla de acero que nos rodeaba a pocos metros de distancia.
Teníamos las caras coloradas. Solo quedaba un poco más para llegar...
Mi madre, a causa de la herida que realizó un guardia sobre ella, cayó al suelo.
—Ya no hay tiempo. Tienes que salir de aquí. —Las palabras que Lyeg y Tirel habían dicho tiempo atrás, eran repetidas por mi madre. —Mamá los distraerá para que tú puedas escapar —ella trataba de calmar su respiración. —¿Te acuerdas del lugar del que te hablé? Allí se encuentra tu padre, él está esperándote.
—¿Quieres que vaya con él? No lo he visto en años.
—Él te cuidara, te brindara la protección que Lyeg y yo no pudimos darte. —Era mi culpa que todo esto estuviera pasando. —El destino así lo decidió. La diosa así lo quiere.
—No quiero dejarte, mamá —Mi corazón se veía alterado por la situación y las lágrimas no tardaron en hacer acto de presencia.
—Yo tampoco quiero hacerlo, ura savy —miró hacia el cielo y lo señaló—. Desde arriba, te cuidaremos junto con la Diosa. Ella nos dio la vida y ahora nos quiere de vuelta, junto a ella. Algún día teníamos que regresar, ese día es hoy...
Los guardias no tardaron en encontrarnos y nos rodearon. Ellos pertenecían a la misma casa que nosotras por lo que su única arma eran construcciones de metales que sobresalían de sus manos.
Estaban preparados para atacarnos, pero un rugido se escuchó y, seguido, una gran sombra salió de entre los arbustos.
Los guardias adoptaron una posición de ataque frente a la tesvieh y yo me coloque rápidamente en frente de mi madre tratando de salvarla de la gran bestia. ¿Qué podría hacer una niña contra un ser oscuro?
La tesvieh sacó sus garras. Cerré los ojos y me preparé para recibir el golpe, un golpe que nunca llegó. Extrañada, observe qué había pasado.
Los cuerpos de los guardias perdían sangre en la tierra, muchos de ellos lloraban del dolor. A su lado, mi madre se desangraba por la herida en su costado izquierdo.
Caí al lado de mi madre. Mientras sujetaba su mano, ella la apretó y me regaló una de sus hermosas sonrisas, y desgraciadamente, la última que recibiría de su parte.
—Te extrañaré mucho, ura savy. Perdón y..., gracias. —Lloré al ver cómo el brillo de sus ojos se iba apagando.
De entre la gran muralla de acero salieron muchas personas, ¿no estaban extintas? Me abracé a mí misma a modo de protección.
Un hombre de mediana edad se acercó hasta la tesvieh que se encontraba rodando sobre la sangre de su víctima. ¡Se va a hacer daño!
En contraste con mi suposición, la enorme tesvieh se mostró muy cariñosa ante el hombre.
—Bien hecho, mi bebé. —El hombre se veía muy entusiasmado acariciando a la tesvieh. —¿Quién es una buena bestia? ¿Eh? ¿Quién lo es? —La tesvieh gruñía a modo de contestación. La sangre se camuflaba en su pelaje.
Las tesvieh son seres oscuros, feroces, violentos e indomables. Ellos pueden elegir qué forma tomar y a quién matar.
Sus cuerpos están rodeados de un humo espectral. Pueden parecer una ilusión o el villano en una de las peores pesadillas. Independientemente de la forma que tome, la tesvieh siempre será un gran animal con largos y afilados colmillos.
Son seres con un único deseo: matar.
El hombre se dio la vuelta y me miró entrecerrando sus ojos, tal vez tratando de reconocerme.
—¡Crescencia! —profirió mi padre, acercándose para lograr abrazarme. Correspondí su abrazo, buscando el cariño que necesitaba. —¡Qué bien que ya estás aquí! —A pesar de su despreocupado comportamiento, podía intuir que era un acto. —Tenemos que irnos de aquí, ¿está bien?
Asentí viendo como las personas envolvían a mi madre en una gran tela y la cargaban entre todos.
La mano de mi padre no paraba de temblar.
Entramos al otro lado de la muralla, luego de unas instrucciones, un señor mayor cerró la puerta de acero con su poder.
Nunca había visto a ese portador del don Rater en la Casa.
—Tranquila, ya todo pasó... Ya estás en casa.