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Me quedo mirando hasta que veo a qué bus se sube. Mi pecho se infla expectante, ¿Acaso esto es amor? Foto por JC Gellindon en Unsplash

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Complete
Chapters
1
Rating
n/a
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16+

79

Llevo varias horas mirando su figura mientras yace inmóvil junto a mí en la cama, lo sé porque los primeros rayos del sol comienzan a colarse por la ventana, minuto a minuto el frío de la habitación se disipa dando paso a un nuevo día.

Suspiro, agotada por la decepción.

Arrastro la silla del escritorio hacia la ventana y la abro un poco, mi anfitrión sin duda tiene una buena vista de la ciudad. Lentamente los pálidos edificios se teñían en los colores del amanecer mientras el brillo del sol se reflejaba insoportable sobre sus ventanas.

Puse mi bolso en mi regazo y hurgué en él hasta que saqué una cajetilla de cigarros. Pronto tendría que comprar otra.

Tomé el encendedor, pero no lo prendí de inmediato, la pregunta que no quería hacerme me acechaba como un fantasma y el silencio que compartía conmigo misma se hacía más denso e insoportable mientras más trataba de mantenerlo.

Casi sin darme cuenta empecé a aplastar el cigarro en mis dedos, deformándolo ligeramente.

Suspiré de nuevo.

¿Acaso esto es amor?

Miré a mi anfitrión, permanecía inmóvil sobre el colchón, desprovisto de cualquier ropa de cama. Definitivamente no entendía nada de esa emoción, pero todo lo que me habían contado en libros, en películas, en canciones... Definitivamente este vacío no podía ser eso.

Estaba sujetando el encendedor tan firmemente que el plástico crujió suavemente bajo la presión de mi mano y me trajo de vuelta al plano de la realidad. Aflojé mi agarre.

Siempre persigo esta emoción, como un perro hambriento que de pronto huele una botana que definitivamente lleva su nombre encima. Creo que no sería tan frustrante si no la alcanzara nunca, si me perdiera buscando esa recompensa, pero siempre que la muerdo, siempre que tengo una pequeña probada y siento que algo cálido y pesado late en mi pecho se escapa de entre mis dedos, como si jamás pudiera ser mío.

Después de sentirlo, de casi poder saborearlo por una fracción de segundo vuelvo a lo que era. Esta es un hambre que no puede ser saciada y me vuelve un huracán que destruye todo a su paso.

No soy más que un desastre tras otro.

Finalmente enciendo el cigarro, el cual amenaza con abrirse y hacerse pedazos en mis manos.

Calo un par de veces sintiendo el tibio humo llenar mi pecho antes de volver a meter la mano en mi bolsa en busca de un pequeño catalejo.

A estas alturas es casi como otra extensión de mi.

Lo abro y comienzo a escanear la calle. Este es el único tipo de caza que está en temporada todo el año.

Los miro a todos por un momento, hombres y mujeres por igual. A estas horas de la mañana la ciudad ya está despierta y la gente comienza a acumularse en las calles que rápidamente se hacen estrechas para el acelerado enjambre humano.

De pronto veo a alguien esperando en la parada de bus. Se sienta.

Una bufanda cubre parte de su rostro a pesar de que apenas es otoño; o tiene una temperatura inusualmente baja o se quedará afuera hasta muy tarde, quizás ambas, quizás ha tenido que caminar un rato hasta acá, no hay que descartar pistas. Pone sobre sus piernas un maletín que tiene un logo que reconozco, ¿No es ese un banco? Bueno, incluso si no llena el vacío al menos, quizás, pagará por una tarde entretenida.

Me quedo mirando hasta que veo a qué bus se sube. Con lo que tengo debería poder tener mi encuentro en un par de días.

Mi pecho se infla expectante, ¿Acaso esto es amor?

Apago el cigarro en el borde de la ventana y lo meto en una bolsa plástica en mi bolso. No hay que dejar nada atrás. Saco un plumón que, igual que el catalejo, casi es una extensión de mi.

Me acerco al cuerpo en el colchón. Mi anfitrión está frío como el hielo, sus ojos vacíos parecen estar pegados en el techo, la cuerda sigue pegada a la piel en su cuello.

Con paciencia escribo en su vientre un número. “78”.

Miro la habitación para asegurarme de que no dejo nada atrás.

Antes de irme saco el encendedor una última vez para encender las sábanas que alguna vez fueron la ropa de cama de 78.

Sonrío para mi misma. Quizás la siguiente es la vencida.