Una vez más, Sr. Suppasit - MewGulf

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Summary

-¿Ahora los elfos de Santa se dedican a saltarle encima a los pobres transeúntes? -Este elfo acaba de evitarle una factura de hospital -Había replicado a su vez, empujando el dedo índice contra su pecho-. Ese maldito teléfono móvil va a costarle la vida un día de estos. -No sabría decirte, ayudante de Santa, empiezo a sospechar que tú podrías causar el mismo efecto sobre mí.

Genre
Romance/Drama
Author
Nanie
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
16+

Capítulo Único

Sí, señor Suppasit.

No, señor Suppasit.

¿Quiere tirarse ya por un puente, señor Suppasit? Permítame, que yo le empujo.

Gulf se tenía a sí mismo por una persona tolerante, por un trabajador serio, eficiente y con una paciencia infinita o al menos ese había sido su currículum hasta hacía un año, cuando entró a trabajar como asistente personal del presidente de Suppasit Corporate, Mew Suppasit.

El hombre sentado al otro lado del amplio escritorio, enfundado en un magnífico Armani y con una corbata que proclamaba las fechas navideñas que ya se cernían sobre ellos, era un auténtico tiburón de los negocios y también un reverendo idiota que no era capaz de ver lo que tenía delante ni aunque le pegasen con ello en la cabeza.

¿Cómo era posible que no se hubiese dado cuenta todavía de que él era el «elfo» que lo había rescatado el año pasado por esas mismas fechas?

Sin duda la palabra «rescatado» era excesiva para catalogar lo ocurrido, pues se había limitado a tirar del imbécil que estaba demasiado enfrascado en su teléfono móvil y que no dudó en ponerse delante de un coche que decidió saltarse el semáforo.

Vale, tirar no era precisamente lo que había hecho. Lo había tacleado en toda regla. Se había lanzado como un cohete con su peluca rosa ondeando al viento, el cascabel de su gorro de elfo tintineando al mismo tiempo que los que decoraban la falda del traje navideño, su uniforme de trabajo en aquellos días, y lo había empujado con todo su peso terminando ambos en el suelo a pocos centímetros de los neumáticos del chirriante coche.

Recordaba haber terminado en el suelo sobre él, la acerada mirada de un tono azul grisáceo clavada en él con cierta incredulidad mientras la recorría de la cabeza a los pies y replicaba en ese tono profundamente masculino y sexy que usaba a veces:

—¿Ahora los elfos de Santa se dedican a saltarle encima a los pobres transeúntes?

—Este elfo acaba de evitarle una factura de hospital —Había replicado a su vez, empujando el dedo índice contra su pecho—. Ese maldito teléfono móvil va a costarle la vida un día de estos.

Una sencilla indirecta cargada de intención, pues él seguía sosteniendo el aparato como si fuese su línea privada con la vida.

—No sabría decirte, ayudante de Santa, empiezo a sospechar que tú podrías causar el mismo efecto sobre mí.

Esa había sido su risueña contestación un minuto antes de levantarse, comprobar que ambos estaban de una pieza e invitarlo a un café por haberle salvado la vida. Dado que no podía ausentarse del trabajo, le había sugerido tomarse ese café en el centro comercial en el que trabajaba, el mismo en el que se habían vuelto a ver unas cuantas veces más hasta que él desapareció como por arte de magia.

Un año, había pasado ya un año desde aquel primer encuentro y ese hombre ni siquiera se había dado cuenta de que el chico que trabajaba como su asistente, era el mismo que habitaba bajo aquel disfraz de elfo.

La navidad había quedado atrás, con ella terminó también su trabajo estacional y se había encontrado de nuevo yendo de entrevista en entrevista en busca de un nuevo empleo que pudiese sacarlo de su precariedad.

No sabía si había sido el destino o el karma, pero un mes después acudió a una entrevista en este mismo edificio y acabó obteniendo el puesto de asistente de un hombre que no parecía guardar ningún recuerdo de él.

—¿Qué opina, señor Kanawut?

Levantó la cabeza al escuchar su nombre y se maldijo interiormente porque no tenía la menor idea de lo que había estado diciéndole.

—No sabría decirle... —replicó con ese tono serio que procuraba mantener siempre que sentía ganas de arrancarle la cabeza y jugar a los bolos con él.

—¿También tiene dudas entre el Carnival y el Blurs?

Nombres de restaurantes. Los dos locales favoritos de su jefe para ir a tener una cena de negocios.

—El Carnival habrá agotado sus reservas en estas fechas...

—Pero usted será capaz de conseguir una mesa para dos para la cena de fin de año —replicó dejando claro que le daba lo mismo que estuviese lleno, que debería vender hasta su misma alma con tal de conseguirle una maldita mesa.

—Sí, señor Suppasit.

—Que le den una con vistas en la terraza acristalada —continuó mientras se recostaba contra el respaldo y cruzaba los dedos sobre su estómago—. Me han dicho que en estas fechas es un verdadero espectáculo de luz y color.

Sí, lo era y por eso estaba tan demandado el restaurante. En estas fechas, con todas las luces de navidad ya colocadas, era cómo poder contemplar un trocito del paraíso, las reservas se hacían de un año para otro, ¿y el imbécil de su jefe quería que le consiguiese una para dentro de once días? Sí, claro y también podía vestirse de elfo y cantarle Jingle Bells.

¿Podía estrangularlo ya con esa fea corbata o tenía que esperar alguna petición más?

No dejaba de ser curioso lo rápido que podía ir de un extremo a otro con ese hombre. Había días en los que le daban ganas de abrazarlo y preguntarle porqué había desaparecido como lo hizo, en los que deseaba que le dijese cómo era posible que se hubiese olvidado de él, pero entonces lo escuchaba coquetear con alguna mujer por teléfono o en la oficina y se recordaba a sí mismo que apenas habían pasado unos pocos días juntos, que nunca había existido nada serio y que un par de besos no significaban nada para alguien como él.

Él había sido el único tonto en enamorarse como lo había hecho, en desear más de un hombre al que realmente no conocía, en esperar que esos días hubiesen significado para él tanto como para Gulf.

—Gulf, ¿Cuáles son sus flores favoritas?

La pregunta lo llevó a luchar para no poner los ojos en blanco. No era la primera vez que recurría a sus gustos personales o a sus sugerencias para hacer los arreglos necesarios para otras personas. Todavía recordaba la vez en que le había preguntado qué color de ropa interior se le podía regalar a una mujer.

«¿Me lo está preguntando en serio?».

«¿Ve que bromee?».

«No puede regalarle ropa interior a una mujer, automáticamente pensará que quiere meterse en sus bragas».

«¿Mejor un liguero?».

«Cómprele un maldito ramo de flores y olvídese de la ropa interior».

«De acuerdo. Pues encargue un ramo de lo que quiera y envíeselas a la atención de Charisma con la siguiente nota: La ropa interior te la compras tú. Usa mi tarjeta. Tu cuñado, Mew».

Sí, el hijo de puta tenía momentos retorcidos como aquel. ¿Quién había dicho que su jefe no tenía sentido del humor? Lo tenía, sí, uno muy retorcido y carente de gracia alguna, al menos desde su lado.

Contó mentalmente hasta cinco y habló.

—Los girasoles.

—Encargue un ramo y que lo entreguen en el restaurante el día de la cena —le indicó.

—¿Quiere que incluyan alguna tarjeta?

—Sí —admitió, se echó hacia delante y tamborileó con los dedos sobre la mesa—. Que ponga exactamente lo siguiente: Perdóname por hacerte esperar.

Levantó la cabeza del iPad que tenía entre las manos y enarcó una ceja.

—¿Quiere que ponga la reserva para después de medianoche?

—No, ya me salté una vez esa cena y no puedo seguir retrasando lo inevitable.

Sus palabras le provocaron una punzada en el estómago, luchó por mantener una expresión indescifrable mientras hacía un rápido repaso mental por todas las féminas que habían pasado por la oficina de su jefe, con las que había cenado —y que él hubiese tenido que encargarse de las reservas—, o hubiese tenido una actitud más... cariñosa... de lo que le gustaría, como ocurrió con aquella pelirroja con la que lo vio besándose en su oficina.

Idiota, ¿Qué esperabas que fuese a suceder? Es un hombre soltero, atractivo y carismático, ha estado viéndose con mujeres y hombres durante todo el año, antes o después iba a decidir elegir a alguno.

Si el beso que había presenciado entonces por accidente ya lo había hecho llorar, imaginárselo con una pareja con la que pudiese tener algo más serio, era una auténtica tortura.

Eso te pasa por enamorarte de un hombre que ni siquiera te ve.


Mew no perdió detalle de la reacción que tuvo Gulf ante sus palabras y se obligó a contener una sonrisa de satisfacción; todavía no estaba todo perdido. Gulf no era inmune a él, si bien lo intuía desde hacía tiempo, no las había tenido todas consigo.

No podía creer que hubiese tardado casi tres meses en darse cuenta de que el hombre que había empezado a trabajar para él era el mismo elfo de pelo rosa que había evitado que acabase bajo las ruedas de un coche las navidades pasadas.

Había estado tan enfrascado en la conversación que estaba teniendo por teléfono, en la rabia que nacía en su interior con cada maldita excusa que ofrecían para negarle el negocio que llevaba tanto tiempo buscando, que se había despistado y había estado a punto de terminar bajo las ruedas de un coche.

Todo lo que recordaba era un borrón rosa y verde lanzándose como un tanque en su dirección, el tintineo de cascabeles llenando el aire junto con el grito de advertencia que lo alcanzó casi al mismo tiempo de terminar siendo derribado contra el suelo.

Acaba de atacarme un elfo de Santa Claus, había pensado al momento, alucinando con esas dos gemas verdes que se posaron sobre él, con las puntiagudas orejas de elfo y el inmediato regaño que no dudó en decirle.

Entre sorprendido y divertido, había agradecido a su salvador la ayuda prestada y lo había invitado a un café, una excusa para pasar un poco más de tiempo junto al chico que acababa de despertar su curiosidad. Así descubrió que Gulf trabajaba por entonces como animador en un centro comercial, solía acompañar a los niños y subirlos al regazo de un imberbe Santa Claus y vio por sí mismo la preciosa sonrisa que le iluminaba el rostro y le hacía brillar los ojos, una combinación absolutamente letal para él.

Nunca había sido de los hombres que creyesen en el amor, menos aún en el amor a primera vista, pero esa sonrisa le había conquistado tanto o más que la franqueza con la que el pequeño elfo se conducía. Por primera vez en años, volvió a ver las navidades de otra manera, disfrutó del encendido de las luces, de un caliente ponche y sabía que se habría declarado el mismo día de fin de año si no hubiese tenido que salir pitando al recibir la llamada de su cuñada Charisma; su hermano David había sufrido un accidente y estaba en el hospital.

Cuando por fin pudo regresar a casa, habían pasado las fiestas y él ya no estaba en el centro comercial. El trabajo estacional que realizaba se había terminado y le había sido imposible dar con él... Hasta que lo reconoció en la fiesta de lanzamiento de la nueva colección de la empresa.

Ciego.

No había otra manera de describir lo que había pasado. Había estado completamente ciego, sordo y corto de astucia para no darse cuenta de que el hombre que esa noche vestía con un traje en verde jade y el pelo negro salvaje pero que se veía acomodado meticulosamente, no era solo su eficiente asistente personal, sino también el elfo que había estado buscando durante los últimos cinco meses.

Sin embargo, Gulf también era responsable en contribuir a dicha ceguera por no haberle dicho desde el primer momento que se conocían, que el moreno de curvas voluptuosas que se paseaba sobre unos mocasines por su oficina y le traía el café, era la persona que se ocultaba bajo el disfraz navideño con el que siempre lo había visto.

No sabía por qué, pero Gulf había optado por fingir que no le conocía de antes, se había pasado todo ese tiempo a su lado sin hacer comentario o alusión alguna a sus pasados momentos juntos.

Sonrió para sí, recorrió al hombre que se paseaba de un lado a otro de la habitación recitándole los datos que él acababa de transmitirle y decidió que había llegado el momento de darle una nueva oportunidad a la navidad.

—¿Y usted? ¿Ya tiene planes para las navidades?

Su mirada dejaba claro que buscaría cualquier excusa que lo llevase lo más lejos posible de él, algo que no podía permitirse, no si quería que todo saliese como esperaba.

Sabía que Gulf no tenía buena relación con su familia, recordaba haberlo escuchado hablar con tristeza de una madre que murió demasiado joven y de un padre que prefirió volver a casarse y olvidar que tenía un hijo, todavía menor de edad, del que hacerse cargo. Había vivido con la esposa de su padre y los hijos de esta, hasta alcanzar la mayoría de edad, entonces se había marchado a la universidad y había empezado a trabajar en lo que encontraba para costearse los estudios.

Era un hombre que se había hecho a sí mismo, algo que había podido constatar en el tiempo que llevaba trabajando para él.

—Mis planes no están en su agenda del día, señor Suppasit.

Sonrió de soslayo, no pudo evitarlo, el tono de voz de su asistente era más ácido que nunca.

—Dígame al menos que su vuelta al trabajo después de las fiestas sí lo está, señor Kanawut.

—Qué remedio.

—¿No le pago lo suficiente?

Su pregunta la cogió por sorpresa, ladeó la cabeza y lo miró con una inesperada coquetería.

—Si le digo que no, ¿me subirá el sueldo como regalo de navidad?

—Cuando quiere puede ser muy impertinente, señor Kanawut.

—Usted preguntó —replicó con un sexy encogimiento de hombros—. Si ya hemos terminado...

—Una última cosa, señor Kanawut —lo detuvo y se tomó unos instantes para contemplarlo a placer. Su escrutinio no pasó desaparecido a juzgar por la obvia incomodidad y el sonrojo que acarició sus mejillas—. Necesito que me consiga un traje para un chico.

—¿Está seguro de que no prefiere un esmoquin? Correspondió a su chiste con una mirada insultante.

—No, pero un traje y de su talla, servirá —añadió sin darle tregua—. Y que sea de color verde.

Parpadeó como un búho, incapaz de creer en lo que le estaba pidiendo.

—Confío en su buen gusto para elegir un traje de noche, no me falle.

—Un traje —repitió y él asintió—. Para un chico...

—Desde luego para mí no es...

—¿Y para quién demonios es?

La pregunta fue pronunciada en voz baja y, a juzgar por la cara que puso, estaba claro que no quería decirlo en alto.

Estaba celoso, furioso, en verdad y eso lo calentaba como nada lo había hecho en todo el día.

Tuvo que contener las ganas de salir de detrás del escritorio, abrazarlo y decirle que lo recordaba, pero no lo haría... Gulf había comenzado ese juego negándole su identidad, así que seguiría haciéndose el loco un poco más.

—Eso es todo, señor Kanawut —optó por ignorar su pregunta y fingió volver a su tarea—. Cuando esté todo listo, hágamelo saber.

—No se preocupe que se enterará, señor Suppasit.

Mew cedió esta vez ante su irritado tono, levantó la cabeza justo a tiempo para verlo articular la palabra «idiota» antes de dar media vuelta y salir de la oficina como alma que lleva el diablo.

Si tenía alguna duda sobre lo cabreado que estaba, el portazo que dio al cerrar le dejó clara su inconformidad.


Había momentos en la vida en la que uno tenía que poner las cartas sobre la mesa y enfrentarse a la realidad. Daba igual lo mucho que la hubieses evitado, lo fuerte que cerrase los ojos, al final lo que siempre había estado ahí, asomaba para recordarte lo estúpido que habías sido.


—Por una deprimente Navidad más —se dijo, alzando la copa de vino en un solitario brindis antes de bebérsela de un trago.

Allí estaba otro año más, solo, sin más compañía que los trillados villancicos que había rescatado de un cd de antaño y una botella de vino. Se había puesto su pijama navideño y se había acostado en el sofá bajo la manta que parecía necesitar una pronta jubilación.

Aquel había sido su ritual desde hacía demasiado tiempo como para recordar otra cosa, uno que pensó que podría dejar atrás para siempre el año pasado, pero sus esperanzas se habían diluido la noche de fin de año, cuando su cita no apareció.

No pudo evitar deslizar la mirada a lo largo del salón abierto hacia la puerta abierta de su habitación y el pequeño armario de color caoba. Allí, relegado a la parte de atrás de un cajón, se encontraba su traje de fin de año. No era ni tan lujoso ni tan caro como el que se había visto obligado a comprar esa misma semana para el maldito señor Suppasit, pero se había sentido precioso con él, masculino pero bonito, a la espera de que él pudiese verlo... Pero las cosas se quedaron en eso, en un deseo, pues él nunca apareció.

—Idiota.

No se podía creer en la palabra de un hombre y mucho menos en la de alguien que solía vestir con trajes y zapatos que costaban prácticamente tres meses de su sueldo.

Hizo una mueca y volvió a servirse otra copa de vino, se la merecía después de la semana que había tenido yendo de un lado para otro para dejar todo listo para la maldita velada que tendría su jefe con otro hombre.

El pensamiento lo enrabietó y le llenó los ojos de lágrimas. No quería verlo con otro, no quería volver a la oficina y enterarse de que se había conseguido pareja, que se había comprometido o peor, que ya tenía fecha para casarse. No lo soportaría, no soportaría ver al hombre al que no había dejado de amar en todo ese maldito año al lado de otro hombre. Si ese era el caso, tendría que renunciar a su trabajo y marcharse.

Una rebelde lágrima se deslizó por su mejilla seguida de otra y otra más, las limpió con rabia y aspiró con fuerza en un infructuoso intento por contener el llanto.

—Es culpa mía —hipó, admitiendo haberse equivocado—. Tenía que haberle dicho quién era, tenía que haberle preguntado por qué no vino esa noche...

Había cedido al orgullo, se mantuvo firme en no decir una sola palabra cuando comprendió que él ni lo recordaba, ni sabía que él y el elfo del centro comercial eran la misma persona. Se había conformado con estar a su lado, con pasar esas inesperadas jornadas de fin de semana encerrados en una oficina, trabajando, compartiendo una tardía comida o cena, con traerle el café cada día y ejercer su trabajo con la mayor profesionalidad y efectividad posible.

Tontamente esperaba que él lo recordase en algún momento, que algún gesto o alguna frase lo llevase a establecer una conexión, pero para él solo era el señor Kanawut, su asistente.

Se acurrucó en el sofá, envolviéndose las rodillas con los brazos al tiempo que daba rienda suelta al llanto, olvidó la copa que todavía tenía entre las manos y que acabó cayéndose al suelo, derramando su contenido sobre la alfombra.

La última pista del cd terminó para dar comienzo de nuevo a la primera, los villancicos siguieron canturreando en el salón durante algún tiempo más. Gulf no se molestó en moverse, se encontraba demasiado agotado física y anímicamente cómo para levantarse del sofá, las lágrimas habían cesado por fin, pero no así el nudo que se le había formado en el pecho.

Se movió lo justo para tirar de la manta y cubrirse hasta la cabeza, no pensaba levantarse y aquel era un sitio tan bueno como cualquier otro para pasar la noche.

—Feliz Nochebuena, Gulf —murmuró para sí mismo, cerró los ojos y rogó para que el olvido se lo llevase.

El timbre de la puerta esfumó de un plomazo sus perspectivas. Se incorporó, suponiendo que había escuchado mal, pero el afónico sonido volvió a resonar por encima de los villancicos.

Miró la hora en el reloj que tenía sobre la mesa auxiliar y frunció el ceño. Eran casi las diez, no era precisamente el momento para visitas y, por otro lado, no había nadie que realmente pudiese pasarse por su casa ni de casualidad en una noche como aquella.

Se liberó de la manta y caminó hacia la puerta, quitó el seguro y abrió lo justo como para poder echar un vistazo.

—¿Sí? —preguntó en un hilito de voz.

—Entrega a domicilio para Gulf Kanawut.

La voz con ese profundo y sexy acento masculino lo hizo respingar. No podía ser, era imposible, pero cuando quitó la cadena de seguridad y abrió la puerta lo vio.

—¿Señor Suppasit?

—Bonito pijama, señor Kanawut —replicó recorriéndolo de la cabeza a los pies, entonces le puso en las manos un par de bolsas de las que emergía un delicioso aroma—. Ya he pagado yo.

Parpadeó como una lechuza, alternando la mirada entre él y las bolsas de cartón.

—¿Qué...? ¿Qué hace usted aquí?

—Impedir que mi asistente pase la Nochebuena solo —declaró, al tiempo que posaba una mano sobre su espalda y lo instaba a entrar de nuevo en la casa, seguido ahora por él.


Mew había tenido toda la intención de estrangularlo hasta que lo vio al otro lado de la puerta, con el pelo alborotado de cualquier manera, los ojos rojos de llorar y un peculiar pijama polar navideño ocultando las curvas de su cuerpo. Toda posible bronca se esfumó al momento ante la vista de ese pequeño y solitario triste elfo. Había empujado las bolsas en sus brazos para evitar abrazarlo a él, que era lo que realmente quería hacer.

Cuando esa mañana escuchó por casualidad cómo le decía a la encargada de Recursos Humanos que pasaría la Nochebuena solo, quiso darse de cabezazos contra la pared. ¡Por supuesto que iba a pasarlo solo! Todo aquel asunto de una reunión de amigos no había sido otra cosa que una excusa para quitárselo de encima y evitar que siguiese interrogándolo. Las pasadas navidades también había tenido la intención de pasarlas solo, él mismo se lo había dicho cuando se vieron la mañana de Nochebuena en el centro comercial.

—...mi hermano me ha dado la paliza durante toda la semana para que vaya a cenar con él y su familia —había mencionado él de pasada—. Algo que me apetece tanto como abrirme las venas...

—Al menos tú tienes alguien con quién pasar esta noche —le había respondido con una melancólica sonrisa, posando la mano sobre su brazo al añadir—. No pierdas la oportunidad de estar con los tuyos...

—Dime que Santa te ha dado la noche libre y vas a pasarla con los demás elfos —había bromeado él.

Gulf había perdido entonces la sonrisa, solo durante unos segundos, pero había sido suficiente para él.

—Sí, Santa me ha dado la noche libre y la pasaré como siempre, en el taller, preparando los regalos para esta noche...

—Esta noche no, cariño, es Nochebuena, que tu jefe se las apañe — replicó sin darle opción a protestar—. Tú la pasarás conmigo.

No le había permitido replicar, lo había arrastrado tal cual estaba, vestido con ese eterno disfraz y, tras comprar algo en un restaurante de la zona, había llamado a su hermano para desearle unas felices fiestas y decirle que iba a celebrar la Nochebuena en compañía de uno de los elfos de Santa Claus.

Todavía podía escuchar las carcajadas de David en el oído cuando le explicó todo aquello de carrerilla.

Gulf no celebraba la Navidad, se limitaba a sobrevivir a ella y aquello era algo que no podía permitirse, nadie debía de estar solo durante esas fiestas.

Estaba tan enfrascado en sus planes, en prepararlo todo para la cena de fin de año y que él no tuviese oportunidad de negarse, que había olvidado todo lo demás. Había tenido que escuchar esa conversación fortuita para que su cerebro entrase de nuevo en funcionamiento y tuviese que llamar a su hermano para decirle que lo vería después de fin de año.

—Tiene que ser una broma —lo escuchó jadear mientras pasaba a un salón totalmente abierto que conectaba la cocina y otras habitaciones.

Cerró la puerta, se sacó los guantes y el abrigo y, después de dudar sobre qué hacer con ellos, los dejó sobre el respaldo de una silla situada junto a la entrada.

—La comida todavía está caliente —le informó al tiempo que examinaba rápidamente la vivienda del chico, encontrándola pequeña, pero muy hogareña—. Si me dices dónde tienes los platos y los cubiertos, te ayudaré a poner la mesa.

Gulf dejó las bolsas sobre la barra americana que separaba los espacios de la cocina y el salón y lo miró entre atónito y receloso.

—De acuerdo, a ver, un momento —pidió levantando una mano—. ¿Qué demonios hace en mi casa? Más aún, ¿Cómo demonios sabe dónde vivo?

—Pregunté en recursos humanos —declaró y entonces lo apuntó con un dedo acusador—. Debió decirme que no tenía planes para estos días.

Lo vio parpadear sorprendido por la acusación, eso fue unos segundos antes de verlo llevarse las manos a las caderas y enfrentarlo decidido.

—¡Y a usted que le importa lo que hago o dejo de hacer! —replicó molesto—. Solo soy su asistente, si debo responder de algo es de mi trabajo y en la empresa, no...

—No volverás a pasar estas fechas solo —lo atajó con firmeza.

Su abrupta interrupción hizo que diese un paso atrás y sus ojos se abriesen sorprendidos.

—¿Qué... puede importarle?

Dejó escapar un profundo suspiro y optó por terminar aquí y ahora con aquel juego.

—Hace un año le prometí a un elfo que pasaría cada Navidad a su lado—pronunció lentamente y vio como con cada palabra la comprensión se iba asentando en su rostro—. ¿Vas a hacer que rompa mi promesa, mi dulce Christmas?

Así era como él lo había bautizado, cómo había empezado a llamarlo cuando él se negó a decirle su verdadero nombre. En su mente Gulf siempre sería Christmas.

—Te... te acuerdas... —La incredulidad se mezclaba con la esperanza en su voz.

—Me llevó un poco de tiempo darme cuenta —admitió, ya que era la realidad—. No es fácil ver que debajo de un pelo rosa, orejas puntiagudas y lentillas de color... se esconde mi asistente.

Se sentó abruptamente sobre uno de los taburetes, con toda probabilidad habría terminado sentado en el suelo si no hubiese tenido el asiento a mano.

—¿Desde cuándo...? ¿Desde cuándo lo sabes?

—La presentación de la colección de primavera —admitió mirándolo a los ojos—. ¿Por qué lo has ocultado? ¿Por qué no me has dicho quién eras en el mismo instante en que te presentaste en mi oficina?

—No sabía que eras el propietario de la empresa, de haberlo sabido...

—No te hubieses presentado. —Lo sabía, podía verlo en sus ojos—. Pero lo hiciste, conseguiste el empleo y tuviste tiempo más que suficiente para decirme quién eras.

Su tono acusador hizo que Gulf se irguiese y presentase inmediata batalla.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¿Para qué? Dejaste perfectamente claro que ya no querías saber nada de mí —lo acusó a su vez con genuina rabia—. Me mentiste, me dejaste plantado, Mew.

La delicia que le supuso escuchar su nombre en los labios esponjosos solo mermó bajo la firme y dolorida acusación.

—No viniste, te esperé, pero nunca viniste...

La noche de fin de año, la cita a la que le había sido imposible acudir y por la que casi estrangula a su hermano en la cama de hospital en la que se lo encontró al llegar.

—Mi hermano David sufrió un accidente de tráfico dos días después de Navidad —explicó con un suspiro—. Cuando le llamé en Nochebuena para decirle que no pasaría las navidades con él, decidió coger el coche y venir con su familia para celebrarlas aquí conmigo... con nosotros —lo incluyó al momento—. La carretera estaba helada, había placas de hielo, uno de los vehículos que circulaba en sentido contrario perdió el control, atravesó la calzada y lo invistió. Su coche salió despedido hacia un lateral y terminó estrellándose.

El rostro de Gulf palideció gradualmente a medida que avanzaba en su narración, el horror se instaló en sus ojos, así que se apresuró a contarle el final.

—Me llamó mi cuñada desde el hospital, ella y los niños estaban bien, apenas si tenían algunos golpes, pero mi hermano se llevó un fuerte golpe en la cabeza y acabó con un par de fracturas. No tuve tiempo de avisarte, no sabía cómo localizarte, no tenía tu teléfono... y cuando volví, tú ya no estabas en el centro comercial.

Terminó con un ligero encogimiento de hombros.

—Que sepas que cuando llegué al hospital y vi que estaba de una pieza, le dije que tenía suerte, pues lo que me apetecía hacer en esos momentos era matarlo yo mismo, por el susto que me dio y porque me obligó a dejarte solo en Navidad —concluyó recordando el episodio con irritación—. No voy a volver a cometer ese error, mientras respire, no volverás a pasar estos días solo.

Las lágrimas anegaron los ojos de Gulf antes de deslizarse por sus mejillas.

—Un año, Mew, ha pasado un maldito año... —gimoteó acusador—. ¿Tienes idea de todo lo que puede pasar en trescientos sesenta y cinco días? ¿De lo que significa estar a tu lado y pensar que no me recuerdas? ¿Qué nunca te importé? ¡Has jugado conmigo, señor Suppasit, maldito seas por ello!

Rodeó la barra americana y se detuvo frente a Gulf, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y se inclinó para poder mirarlo a los ojos.

—¿Y tú no has jugado al mismo juego? —le recordó.

—¡No! —lo empujó—. Te lo habría dicho, te habría dicho quién era si no te hubiese visto comiéndole la boca a esa pelirroja en tu oficina una semana después de haber empezado a trabajar para ti. ¿Qué podía importarte yo cuando ya tenías a alguien más?

—¿Pelirroja? —La acusación lo tomó por sorpresa. No había estado con ninguna mujer ni con ningún hombre desde que lo había perdido las navidades pasadas, no había salido ni se había acostado con nadie porque Gulf era todo en lo que podía pensar—. Gulf, yo no tengo ninguna relación con...

Y según lo decía recordó a una pelirroja, a una efusiva y simpática mujer que siempre lo recibía de la misma manera. Sonrió, no pudo evitarlo, los celos que estaba mostrando le daban esperanzas.

—Espera —pidió y echó mano al interior de la americana de la que sacó el teléfono móvil. Navegó rápidamente a través de las fotos y encontró una en la que salía dicha mujer—. ¿Esta es la mujer a la que viste conmigo?

Se limpió los ojos con las manos para borrar las lágrimas y clavó una irritada mirada en la pantalla.

—¿Lo ves? Ahí la tienes, pegada a ti como una lapa.

—Gulf.

—¿Qué?

—Esta es mi cuñada, Charisma —indicó y pasó a una siguiente foto en la que estaba también su hermano y sobrinos—. Es la esposa de mi hermano y, tanto como la quiero, no somos amantes, ni tengo nada con ella. Y sí, posiblemente la viste besándome —hizo hincapié en el hecho de que fuese ella la que iniciase el beso—, ya que es algo que hace solo para fastidiar a David. De hecho, me sorprende que no vieses también a mi hermano en la oficina en ese momento.

—Una mujer no besa así al hermano de su marido —replicó enfurruñado.

—¿Quieres que te la ponga al teléfono para que ella misma te lo diga?

Estaba dispuesto a hacerlo, aún si eso lo convertía en el blanco de las burlas de su familia durante el resto de su vida.

—No tienes que darme explicaciones de tus actos —continuó Gulf—. No soy otra cosa que tu asistente, el que te hace las reservas, te encarga las flores e incluso se prueba trajes de noche para otros hombres...

Debía de ser el primer hombre en la tierra que estaba cada vez más contento con cada uno de los reproches que le hacía el hombre al que amaba.

—Estoy deseando verte con ese traje, el verde es sin duda tu color — le dijo cogiéndole ahora el rostro entre las manos para obligarlo a mirarle—, quiero verte con él y disfrutar de la cena de fin de año que no pudimos tener el año pasado. Quiero tenerte para mí y mostrarle al mundo el hermoso elfo que se cruzó en mi camino unas navidades y al que ya no he podido sacarme del corazón. Quiero ver cómo se iluminan tus ojos cuando te entregue un ramo de tus flores favoritas y comprendas que las palabras que te pedí que incluyesen en la tarjeta eran para ti y solo para ti. No te he olvidado, christmas, te busqué aún sin saber que estabas a mi lado y cuando te encontré, supe que haría hasta lo imposible para conservarte.

Entrecerró los ojos y arrugó la nariz.

—¿Me estás diciendo que todo lo que me obligaste a reservar era en realidad para mí? —preguntó Gulf—. Eso es... muy retorcido.

—Se suponía que iba a ser una sorpresa, una forma de cumplir con mi promesa, aunque fuese un año después —admitió y bajó sobre su rostro—. Pero no puedo dejarte solo ni un minuto más, amor mío, no cuando me miras de esa manera.

—¿Y cómo crees que te miro, idiota?

Se echó a reír ante el insulto.

—Con amor, una pizca de irritación y esperanza, cariño mío, pero sobre todo con amor.

El mismo que crecía en su pecho en ese momento y lo había mantenido en movimiento desde el momento en que la conoció.

—Te quiero, Gulf, perdona por hacerte esperar.

Él suspiró en sus labios y lo envolvió con sus brazos, permitiéndole sentir de nuevo el calor de su presencia.

—Te perdono —musitó Gulf—. Pero no vuelvas a hacerlo.

—No lo haré, mi amor, nunca te dejaré de nuevo.

Le limpió una lágrima que resbalaba sobre las húmedas mejillas con los labios antes de bajar sobre su boca y besarlo con el hambre, la pasión y el amor que llevaba todo un año guardando para él y solo para él.


Fin