La Montaña, el Oso. El Pico, y Maribel

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Maribel

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13+

el uno


Maribel se acostaba debajo y observaba un árbol que tiraba flores de 5 puntas, amarillas en lo profundo con un fucsia fosforescente hacia sus extremos, mediadas por una delicada paleta de blancos cremosos que incluso tiraban un aroma frutal. otoño, próximamente invierno. Se sentía más viva que su cumpleaños de 13. De su sonrisa era imposible escapársele los brillantes dientes compuestos de frenillos. Hoy era el primer día de vacaciones. Hoy. Hoy esperaría a su mítica bicicleta, según le había contado su madre, en el carro del tío Tamo, quien era el que más le gustaba, porque le alzaba en formas que a ella no lo le parecían correctas, y contaba chistes de adultos en la mesa con ella presente; convirtiéndola por momentos en una grande más. Miraba el pasto, las mariposas, y especialmente las montañas que rodeaban la distancia. Tenía pies pequeños comparados con mamá. Aún así se probaba los de ella, “para cuando fuese grande”, a imagen y semejanza. Maribel creía que había algo permanentemente presente, constante, algo que rodeaba a la atmósfera y que se desarrollaba; con me refiero a un Dios. No lo entendía, no lo podía descifrar, por más que sus padres le hayan enseñado las distintas religiones del mundo, sentía que cada una de ellas provenían de la misma historia. Su familia nunca le impuso una. Era confuso. A Maribel no se le escapaba nada. Nunca. Y con su gran bicicleta y su abrigo, podría conquistar otros mundos. Más fríos y oscuros, dentro del bosque, y encontrar dentro de él, el predominante olor a pino y moho. Las flores eran distintas. Le parecía que eran mucho más verdes. Incluso superiores. Llevaba dentro de ella una jerarquía secreta sobre todo. Las nubes, que ahora observaba, tienen la forma de elefantes sonrientes mirando hacia abajo, gozosos, porque sus brazos se apoyan en pedestales de oro que observan, a los que alguna vez los hicieron llorar y sufrir en aquellos circos; aquellos que para Maribel, con la influencia de aquella película de Disney, habría aprendido un poco sobre la maldad y los finales felices, hay que admitir que le había causado un impacto en su momento.

Arrancaba el césped un poco mucho, ese objeto de deseo se volvía insoportable, la bicicleta morada, de pronto se paró y se echó a correr hacia casa. Calles de poca anchura, raíces o tallos iban frotándole la pierna, raspándole, que importa, atravesaban el rabillo del ojo de Maribel, esquivando al perro, al anciano, al otro niño, a un adulto obeso, y a un heladero que, con sus campanas, ensordecían al mundo. El silencio sagrado que se había pronunciado en el parque se disipaba, y se disipó, al llegar.

Describamos un poco. Maribel vivía rodeada de otras pocas casas parecidas. Celeste con puertas rojas donde su posición permitía que siempre el sol llegara a su habitación; el ventanal rojo derecho del segundo piso. Podía vislumbrar desde afuera, espectadora en museo contemporáneo, como si captase un segundo de su vida a través del ventanal rojo, a un cuadro mapamundi, puesto por su padre quien le enseñaba sus estampillas de colección y sus recorridos. Y recordó. El encanto de la exploración no se basaba en conquistar tierras, decía, sino examinar con mucho respeto y delicadeza las diferencias que esta Tierra podía ofrecerles. La palabra delicadeza la conocía desde niña. La gentileza de quienes la rodeaban permitió aflorar en ella su significado. La palabra respeto le producía confusión a Maribel, por ahora. El respeto a veces fluctúa entre lo que estaba bien y mal, pero al darse cuenta de que las personas tienen distintas definiciones de ella, dudaba. Especialmente estos meses, la formación de su moralidad se manchaba de preguntas que ni ella, ni el colegio, ni sus padres, ni su abuela, ni Tamo, podrían darle una respuesta clara.


Entró. Sus zapatos viejos mancharon un poco la casa y subió las escaleras en 4 patas, como tigre atravesando esa selva.

“...Exactamente en una hora me tendré que ir…”. Escuchó distante, y cada vez más próximo el murmullo de su madre.

“ Si… volveré por la tarde… Te llamo luego.”

“Mami, hola, ya regresé de Daniela.” - Primera mentira. Daniela era una antigua amiga; tenía 11 años, y cada vez la distancia entre ellas era mayor, indudablemente, pero su madre no sabia de esto, y últimamente aprovechaba la visita falsa para indagar en parques cercanos a solas o caminatas nocturnas por el pasto con los pies desnudos. Una vez enterró a su anillo favorito, porque perdurará, o eso al menos creía, más que ella sobre el futuro distante.

Entró a la habitación donde su madre y padre dormían. Modesta, cama de dos plazas, y dos grandes escritorios con una biblioteca de madera que a ella le parecía excesivamente gigante. Papá trabajaba hasta tarde. Mamá también. Estaba despeinada, con cara de pánico, piernas raspadas, desesperada de que tal vez algo haya salido mal y su preparación del bosque salvaje no pudiera darse, lo cual terminaría en una noche sin tener en nada que pensar, solo imaginar. Y para Maribel imaginar era otro tipo de exploración, temeraria y colorida, pero el acto de pensar, era superior.

¿Vería desde la ventana de su cama, hacia la calle de faroles amarillos mostaza que parecían acompañantes nocturnos o a las estrellas, y el insoportable deseo pulsándole las piernas de correr hacia cualquier, estúpido lado?

¿Dibujaría flores en su pequeño cuaderno, a plena consciencia de la falta de experiencia artística?

¿Escondería su cuerpo dentro del sarcófago anestésico en el que se convertiría su cama?

“Dime, pequeña.” -

Acogió la madre a Maribel en sus brazos, y enseguida se acordó de su bicicleta nueva y la ternura que le provocaba ver a su bicicleta anterior ya oxidada, en las mañanas cuando salía del trabajo; la que llevaba dos rueditas atrás, pudriéndose lentamente en esa esquina donde poco a poco las cosas van desapareciendo en el bote de basura.

“La bicicleta…”

Maribel expresaba los sentimientos en sus ojos siempre, no podía evitarlo, la bicicleta simplemente le representaba la libertad. Su madre explicó que en 30 minutos su tío se encontraría afuera, tenía que salir, pero Helena, quién la ayudaba, se encontraba en casa pero se iría a las 5:30pm de la tarde y solo podría usarla hasta esa hora. Vio el reloj de su muñeca. 12:23pm. Maribel le contó que haría la mayor travesía por la montaña Fitma que quedaba a unos dos kilómetros en bicicleta rondando, fondeando el pueblo, donde podría ver claramente, con este inmenso e infinito sol de un sábado, la luz en el agua del lago reflejada. En realidad esto era la segunda mentira en los últimos 2 meses, donde iría al bosque nacional, a 6km de distancia, prohibida a oídos de mamá por ser peligrosa. Cuesta subirla, hay un recorrido, según le había contado su compañero Omar, quien ya había tenido bicicleta hace años y la había subido con su padre varias veces. Lo demás, pensó hacía ella misma, se me dará allí adentro. Tenía que agradecer al tío con un abrazo, subirla, y probarla. Unos 50 minutos en bicicleta si alcanzaba volar. Trataba de hacer restas y cálculos en su mente. ¿Cuánto le faltaba a 23 para llegar a 60?.... 37. 37 + 50. 1pm. + 50. 50 minutos. 2 de la tarde sería su llegada aproximadamente a la parte media baja de la montaña. Su madre ya sabía de su plan, el falso, no el original, donde secretamente Maribel había estado condicionando a sus padres sobre esta travesía a esa montaña que ya había recorrido decenas de veces con comentarios espontáneos, el permiso garantizado a través de un mecanismo lento que se podría llamar en tal caso, manipulación.

Fue a su habitación de paredes blancas, el sol relucía. Corrió de nuevo al baño, al cuarto, al baño, y se lavó los dientes. Fue al cuarto de nuevo, donde guardó en una maleta azul, a un cuaderno, una cartuchera con stickers fosforescentes llena de lápices, una botella de agua, chocolate, un encendedor (escondido de ma), 1 cigarrillo robado de Helena, su tercero en la vida; preparado para el grandioso momento del viaje en el que se imaginaría que le tomarían una foto por su conquista, como las viejas fotos de aquellos hombres barbudos de National Geographic, un compás, una pequeña toalla y una navaja suiza. Tomó su saco. Las piernas le corrían hacia la cocina, hacia un sandwich, el alimento que la protegería. 2 panes, 2 rodajas de queso, mantequilla, pepinillos y listo. Algo le aparecía desde adentro, no desde afuera. ¿Qué emoción era? ¿Cuál era de todas las que conocía? Cuando tomó las dos rodajas de queso, se atrevió a ponerle una extra más. Agregó mayonesa y lo barnizó tal cual como cerámica en estudio; qué extraño, pensó.

Esperó en la silla al lado de la puerta de entrada. Su casa era bastante floreada. El sol llegaba a la silla que se movía, rodeada de pequeñas plantas en maceteros pequeños. Qué paisaje más abrasador, que fastidio. Su imaginación se apoderaba de su pensamiento, y como había dicho antes, la imaginación era menos importante que el pensar; ahora solo imaginaba el verde natural deslumbrante y oscuro, húmedo, intenso, borroso, cerró los ojos. De pronto veía figuras geométricas alumbradas por el sol a través de sus parapados, creando un rango de amarillos y rojos y naranjas, de acuerdo a la intensidad de presión que ejercía. Pensó que últimamente había estado soñando con fantasmas de cuerpos verdes y putrefactos que en algún punto de la misión lograban llegar hacia ella. Rojo. Otras veces soñaba estar rodeada de monjes que pronto le confesarían un secreto de las tierras, pero todo se silenciaba al momento en el que ellos abrían su vieja y maldita boca. Veía naranja. Normalmente, pero nada ha sido normal en estos últimos meses, antes, antes, soñaba con que volaba sobre la Antártica o el Gran Cañón si quisiese. La presión sobre sus ojos cesaba. Todo amarillo hasta convertirse en blanco.

Abrió de repente los ojos. No supo cuánto tiempo estuvo jugando con los colores y la presión. Se abrieron como gato en busca de presa, sus pupilas se habían expandido tanto que el color verde y café de sus ojos desapareció por unos milisegundos. Tamo, sonriente a pesar de sus pesares, los cuales los conocía, ya era un señor que para ella entraba en cierta categoría de personas; aquellas que de gran edad habían perseguido un sueño y al no alcanzarlo, recurrió como ave hambrienta atacando a una presa, aquella que para él, su destino, fue la apuesta. Era hermano de su padre. Barrigón, siempre en camisas de rayas y pantalones de tela. Fue hacia él. Lo abrazó con una fuerza moderada, como aquel al que le asignaba la función paterna o de mentor sustituto, alguien en quién más confiar.

”Te veo mas grande, que ha cambiado en ti?”- dijo Tamo.

Maribel lo vió con aquella misma expresión que había visto a su madre anteriormente, enormemente, gigantemente, un hueco vacío verdoso que lo miraba fijamente y cejas que apuntaban en la dirección contraria. Hacia arriba. Como cachorrito.

“Ya creo que soy lo suficiente. Estoy feliz de al menos verte un rato…” dijo Maribel.

Lo seguía mirando fijamente.

“Es más, podría contarte algo prohibido.”

La confianza había crecido gradualmente y consolidado cuando Tamo le contó su más grande secreto hace unos 16 meses. Me contó que solo papá y yo lo conocíamos. Y en esas computadoras del gobierno donde todo queda registrado.

El fuego de la fogata poseía a Maribel de dos formas; aquella que había prendido su familia durante una cena familiar. La primera era visual; del fuego parecían salir espinillas que en su punta no paraban de cambiar de forma. Rojo intenso, azul, mezclas. Algo arrebataba al fuego al alzarse de esa manera. De presentarse como un pasto siendo arrancado hacia arriba con la fuerza permanente de Dios mismo. La segunda, era el frío. No lo soportaba, no podía, especialmente en ese invierno. Tamo fue el único que se le acercó y la notó. Y ella noto en él el olor a alcohol. Le dió su saco campero, “tenía calor” recordó que le había dicho. Le había contado que cuando tenía 36, había muerto su única hija, su prima Raquel, a quien nunca conoció. Entró en el mundo del póker. Una vez vendió el televisor, su computadora, impresora, refrigeradora, y todos sus vinilos, y se mudó a un chiquero, porque precisamente la sensualidad misma de la ganancia de placer le otorgaba esa esperanza perdida. 2 años más tarde había ganado más de 100.000 dólares en apuestas, que lo llevaron a él mismo a escapar a México, donde perdido durante por un año en el furor de la vida, terminó derrochando su pequeña fortuna en alcohol y más apuestas, hoteles, entre otras diversiones. El padre de Maribel fue a rescatarlo tan pronto supo su condición. Maribel, al escuchar esta historia, solo respondió con un abrazo. Hubo un momento de silencio, y pretendió que no se le escapaban lágrimas de los ojos. La muerte de una hija. Pensó en su propio padre, y Maribel comprendió, a los 11 años, lo que la muerte puede hacerle a un ser humano sensible, como ella y Tamo, y había decidido que no tendría hijos nunca.

“No quiero saber de tu secreto. Tómala, la he probado yo mismo. Es nueva y te permitirá subir esas montañas que alguna vez me contaste, ¿no?”- dijo Tamo.

El secreto de Maribel era demasiado obvio. Iría a otro lugar, no estaba seguro, solo sabía que era inteligente y en el fondo, pero no era consciente de ello, le hubiese gustado que su hija también recorriera los bosques con libertad, diferenciándose de su hermano, Ivan, quien no permitiría jamás este tipo de cosas.

“Por ahora solo quiero rodear el río, tal vez tomar un helado y regresar a casa.” - respondió Maribel.

Su tío sacó de su billetera un billete de 20.

“Tómalo, vete pequeña.”- le dijo Tamo mientras la sacaba del auto. Morada. Brillante. Fuerte. Se despidió con un abrazo.


Giró a la derecha, luego a la izquierda, hacia la calle Paz, volvió a dar la vuelta, el lago como lo esperaba, deslumbrante, espléndido. La Montaña se veía al fondo. La ansiaba tanto. Podía ver como el sol y su furia se extendían por esas verdes, verdes, verdes montañas. Chocaban el cielo y la tierra en el horizonte. Esto es parte de lo que le daba calma todos los días camino a la escuela. Rodea a la gente y sus miradas, las rodea, las casas de techos bajos, iglesias, otras panaderías, museos, árboles especiales. Maribel iba muy rápido y al mismo tiempo muy lento; semejante a la larga exposición de una foto análoga donde el espejo queda al descubierto. Era ella misma desde el momento que andó. No hay otra opción que verse reflejado. De pronto, se adentra hacia una calle corta. electrificada por cables de ramas y hojas. Cada vez más verdes, como los ojos de Maribel, se fundían como en el supermercado las distintas nuevas variedades de especies de flora y fauna que habitaban en estos caminos.


El centro se siente en mis piernas. Me deslizo como cobra a través de las rutas que me conducirán al lugar donde al fin, luego de un año de mierda de colegio, un año donde destruí todo; donde quise ser, y no fui. Cuando quise explorar, y no exploré, cuando quise estudiar, y no estudié. Ya desde lo lejos algo arrancaba mi corazón desde mi propio devenir; mi casa, en estos últimos meses, se convertía fría a pesar de haber sido verano, el otoño presente, o invierno si llegas a la punta de la montaña, digo, es relativo. El viento me resopla palabras de amor. Cientos de árboles me acompañan como seres conscientes que entendían que el orden de las cosas se encuentra en estos lugares donde de verdad nadie es nadie y todos son todos. Una vez me picó una serpiente, cuando tenía 10 años. Nunca le tuve rencor, en verdad, yo la estaba molestando con un palito, porque, pues, cuando te encuentras con ellas son tan extrañas que quieres tocarlas ¿no? Ya sé donde es la ruta. Un árbol inmenso se me presenta como una torre de ajedrez, con ese mismo valor; el de proteger. Mi mamá me enseñó ajedrez hace unos años, y me explicó que la torre siempre debía quedarse hasta al final protegiendo al rey. De pronto pensé: “El rey es la montaña, quizás el pico.” Lo analicé un poco. Era un gran árbol, no sabía su nombre. Unos 10 metros de altura. Sus raíces penetraban a la tierra parecido como a el enraizamiento de la idea en la mente que provenía alguna vez de la televisión, y que indució a mamá a que compre el airfryer, pensé. Continué mi ruta. Árboles cada vez más altos se me presentaban ante mí como pequeños guardianes observando. Seguí mi ruta de tierra, ya marcada antes, y aumenté la velocidad. Ahora me pegaban las hojas en la cara, a veces pequeñas raíces que se sentían como un castigo apropiado por la culpa de penetrar estas tierras sin permiso de nadie. Solo podía contemplar. Paré de pronto. Observé. Ahora me encontraba en un pequeño barranco donde podía observar nubes un poco más arriba, y hacia abajo, la calle, la ciudad, mi familia. Me gustaba la distancia que se iba produciendo cada vez más, por la simple razón de que al alejarse físicamente me permitía, por ahora, alejarme psíquicamente también. Las nubes no eran ya Dumbo, como más temprano, sino más bien como una literal nube de colores e ideas que iban aumentando con la frecuencia que me adentraba en el bosque. Ideas que implican acciones. Paré un momento en aquel barranco, rodeado de flores silvestres, de abejas, de pequeños insectos que eran parte de esta montaña. Me puse mi abrigo. Había un pequeño árbol a una distancia prudente del vacío donde pude subir y mirar con más claridad a las ideas que se me superponían. Miré el reloj y eran las 2:48 de la tarde. Escribí en mi cuaderno un par de notas y dibujé plantas.


El sol seguía brillando, pero ya no con la misma intensidad; los árboles frondosos se volvían más densos y pesados y Maribel obtenía luz de aquí para allá. Vió a unas cuantas serpientes debajo de hojas, vió pájaros azules y amarillos, pero ya no había camino. No sabía realmente qué hacer. ¿Se había perdido? ¿Se había confundido de camino? Vio a su alrededor árboles, y algo de nubes a unos 150 metros. Tal vez si era el correcto, tal vez si iba hacia la profundidad encontraría el pico. Pero retrasemos un poco, ¿acaso ese era el plan original? Maribel dudaba, dudaba, dudaba; si elegía seguir un camino desconocido y no retroceder, había posibilidad de perdición, pero también la gran posibilidad de llegar al pico. A ver, no era posible. Helena se iba de la casa a las 5:30pm. Nunca alcanzaría. Dejó la bicicleta a un lado y se acostó verticalmente sobre las hojas otoñales. Veía el cielo. Tenía una moneda en su cartuchera. “¿Y si la suerte decide más que yo?” Qué estúpido, no. No había alternativa. La idea se enraizaba literalmente sobre Maribel. Tomar la decisión propia, la manía de trepar hasta el pico, ausentarse y preocupar a sus padres, pero encontrarse con el lago que se encontraba allí. Casi vidriosa, casi acuosa, según Marcos. La convencía esa idea cada vez más. ¿Qué pasaría si se hacía cargo del castigo que seguirá?

Maribel solo se ausentaba de la realidad cada vez más. Se iba perdiendo entre las propias raíces, estiraba su cuerpo contra ellas. Observaba a los altos guardianes a la altura de un conejillo. Cerraba los ojos. Presión. Menos presión. Fue ese momento de catarsis pura que la convenció. Miró su reloj. 3:45. El sol ya no brillaba como antes. Veía nubes que la acorralaban cada vez más hacia ella. Todo parecía recién estar empezando. Algo dentro de sí, la intuición, le decía que debía parar en ese instante, sacudirse, comer ese sándwich con rapidez y seguir montando la bicicleta. Comió con las manos un poco tierrosas con la rapidez del mono que come con las manos frutas o arroz. Se sentía exquisita. Sacó de su bolso su bufanda y se la acorraló en el cuello.


Puse mi primera pierna dentro de un pedal, instantáneamente el otro, y seguí recorriendo por lo que ya no parecía ser un día soleado, todo lo contrario. En cuestión de unos 15 minutos, parecía que iba a llover. Las nubes ya estaban en mi. Las verdes revoloteaban sin dirección ni corrección. Mi velocidad era rápida. Ese sándwich aplastado en el fondo de la mochila parecía que de verdad se había convertido en glucosa. Aún así, sentí el frío. Mis pelos dentro del cuerpo se iban parando lentamente. El viento, las nubes, más las velocidad a la que iba parecían concluir en un velo blanco, donde pequeñas y frágiles hojas se desplumaban de su pelaje y al mismo tiempo que las atravesaba; nunca tomaría la vuelta atrás. Pasé por un farol, donde revoloteaban luciérnagas y había una señal que decía: “B.C.W.S. Precaución con los animales salvajes”. El farol en medio de la nada, en esa neblina; nunca había sentido tanta libertad. Mis propios pies me habían llevado hasta aquí. El orgullo, la inmensidad, incluso la superioridad, eran parte ahora de mí, luego de mucho tiempo. Tenía que continuar, así que continué. El reloj marcaba las 4:16. ¿Cuánto tiempo más tomaría? Mi paso iba descendiendo, se me dificultaba respirar. De pronto, sentí en mis manos y cara gotas de agua. Lluvia. Lluvia en todo mi cuerpo.


Maribel y la lluvia y el viento. La intensidad que estaba viviendo no la había vivido nunca. Se daba cuenta que muchas cosas no importaban, eran irrelevantes. Pensó en el colegio, mientras su mirada se postraba en el camino, demostraban un tipo de posesión por parte de La Montaña. No estaba mirando, solo recorriendo. El poco interés que le generaba pensar en situaciones pasadas, en la poca representación que sentía en el colegio. El deseo de querer ser un tipo de ave, una grande, que en vez de tener piernas, alas, volar y alejarse más y más físicamente hasta no sentir nada. Nada en absoluto. Solo ser como ellos mismos, convertirse en el aire o la lluvia. El ciclo, la rutina, el proceso, como quieras llamarlo. Tan natural como tan complejo. Tan simple y al mismo tiempo penetra sobre todo y todos nosotros, los mortales, que no participamos de ese mismo ciclo.

Ya no le alcanzaban las piernas, tenía que descansar de nuevo. A pesar de todo, no dejaba de contemplar la belleza que existe dentro del bosque. En medio de todo, se sentía más viva que nunca. Debería tomarse una hora más, una hora y media si descansaba. Bueno. Dejó de nuevo su bicicleta a un lado, alrededor de una laguna, que no era la del pico, que fue lo que la hizo parar en primer lugar. El entorno en el que se encontraba era paradisíaco, había demasiados árboles a su alrededor. El frío no era un problema ya. La sonrisa iba creciendo poco a poco, mientras se quitaba los zapatos, el pantalón, y su buzo. La sonrisa era gigante. Dientes con frenillos en su máxima expresión. La laguna tenía una profundidad de unos 3 metros, pensó. Era verde, mohosa, exactamente como la había imaginado, unos 10 metros de anchura. Caían sobre ellas corrientes de agua que provenían desde más arriba. Los árboles se carcomían sobre aquellas aguas, provocando que caiga en distintas direcciones. El cielo estaba nublado, y de repente, cada 10 minutos, salía un rayo de luz pálido que asombraba todo por unos minutos y reposaba de nuevo.


Empecé primero con los pies. Recuerdo que estaba resbaladizo al comienzo. Luego fueron mis tobillos, mis rodillas. Quería llegar hasta el chapuzón de agua. Podía ver a los peces pequeños alrededor, los chiquitos, luego ví a uno más grande, rojo y naranja, que se encontraba a pocos centímetros de mi, que implicaban lanzarme a la laguna, sin tener exactitud de que tanto medirá. Ya les dije que no tenía miedo. Respiré 5 segundos hasta que mis pulmones estuvieran llenos y me lancé. De pronto, vi burbujas pálidas y borrosas cruzadas con el claro agua y la luz del sol, solo pude ver a la inmensidad que se escondía debajo de la tierra mohosa y tierrosa. Vi con mis propios ojos a decenas de peces grandes, que me aleteaban en la cara. Por primera vez desde mi recorrido, me sentí parte de ellos. El frío aumentaba, y mis piernas se acalambraban un poco, pero debajo, me sentía en otro universo, tan universal como tan extraño para algunos. De pronto, me di cuenta de algo. Desde que me había tirado sin desgracia alguna a este lago, habían pasado más de 30 segundos. ¿Por qué no necesitaba respirar? ¿Por qué mis pulmones no me exigían aire?. Quise ver que tan profundo podría llegar, y descendí como sirena hacia una piedra en medio del lago, para observar con más claridad el paisaje. Saqué todo el aire de mis pulmones, mi peso se iba aligerando, y la gravedad me hacía cada vez más pesada. Me postré sobre el trono. Mis sentidos me estaban engañando. ¿Era un sueño? ¿Todo?. No podía ser posible. Iba más de 2 minutos debajo y mis pulmones reposaban tan naturalmente como en el pasto. Me cachetee a mi misma. Me pegué contra una pequeña roca y sangré. Todo era real. Todo iba en contra de las leyes naturales. Mi trono, mis pulmones. Un rayo de sol cayó sobré todo el lago alumbrando a todos sus peces en su propio mundo, su propio ecosistema escondido. Yo también sentí el sol y ahora ya nada parecía ser fuera de lo normal. Mi normalidad, nuestro canto, era el mismo.


Maribel se postraba bajo el agua, el ardor del brazo no le molestaba, más bien le recordaba de su finitud y mortalidad frágil; su tiempo en la tierra, tan prematuro. Las cosas y decisiones más importantes vendrían en años. La princesa de la laguna contemplaba los distintos animales, y trataba de recordarlos para dibujarlos. Estuvo un buen rato. El pelo se le disparaba en todas las direcciones, se sentía limpia, íntegra, en paz. Cerró los ojos y solo pudo pensar en los secretos que descubrió y estaba por descubrir a lo largo de su recorrido. Miró su reloj, prendió la lucecita, 5:02 p.m. Helena ya debe estar esperándola. No regresaría hasta dentro de 2, o 3 horas mínimo. No había espacio para culpa. Era exactamente como había recordado las palabras que Tamo pronunció luego de 3 años de sobriedad, estaba en el aquí y ahora. El tiempo no quiso tener sentido, y así sucedió. Pronto, ascendió tal cual como Jesús en el río luego de ser bautizado. No se me ocurre otra mejor forma de describirlo. Eran las 5:26 ya. Respiró aproximadamente 25 minutos debajo del agua. El frío empezaba a incomodar.

Trataba de agarrarse sobre las rocas, moho, cruzar el pequeño lago una última vez más. De nuevo, los peces le inspiraban un sentido de comunidad. Como mariposas al aire, como peces en el agua. Llegó a la orilla. Un pie, encima otro, el moho la hizo caer de nuevo al agua. Espanto. Su sistema nervioso envió una señal de alerta total. Si sus sentidos no le mentían, durante el pequeño segundo que tuvo para ver el panorama de afuera, se encontraba una especie de bola café gigante. El raspado le sangraba un poco. Un animal. ¿Qué pasa si la olería? ¿Puede hacerlo? Maribel tomó la decisión de subir, despacio, primero sentada en el moho, y sus rodillas hacia las rocas. Luego se paró lentamente. Se presentó como la sirena que había sentido dentro de ella 5 minutos atrás. Alzó su cabeza.

A unos 5 metros, observando, sentado en cuatro patas. Por una pequeña pausa, presentándose hacia ella un oso pardo de 2 metros y medio. Éste no emitió ningún sonido.y al De pronto se paró. Maribel temblaba y al mismo tiempo no. Caminó hacia ella lentamente hasta que la distancia entre ellos no superaba el metro. Ella también calló. Sabía que debía quedarse inmóvil en caso de encontrarse con ellos. Ella. Ahí. En camiseta. Desnuda, bajo los 14 grados centígrados que lastimaban sobre la piel mojada. El animal abría y cerraba la boca lentamente, emitía suspiros altos, podía oler el pescado crudo. Es importante recalcar que el oso pardo no la miraba directamente a los ojos. Miraba hacia el más allá, hacia la colina. Su cuerpo no era el de ella, no le pertenecía. Podría ser más bien, lo que se define como un ente. Dudó de su existencia. Dudó de su propia libertad como ser. Dudó hasta si esta idea era totalmente real. La bestia se limitaba a olerla. De pronto giró hacía arriba, empezó a caminar muy lentamente. Maribel estaba petrificada. Se estaba adentrando, y ella quería seguirlo. Era él mismo. La canción de nuevo era la misma. De repente se puso la ropa, arregló su bicicleta, y fue detrás a una distancia de 4 metros, porque era el máximo de lo que permitía verlo en la neblina en este punto. Iba con las piernas cansadas, flotando a través de la nube y la bestia, que parecía estar condunciendola a algún lugar; el espesor de sus ojos caía, ya no había sol, solo un azul que iba descendiendo de tonalidad en los cielos. De sus ojos, caían gotas desesperadas de su pelo, y aquella poseída niña, iba detrás, lentamente, de aquel oso pardo. Como una canción que sonaba entre los árboles chirriantes y el paso firme de su compañero; de sus ojos también caían lágrimas tal cual como los de su seguidora, solo que Maribel no podía verlas. Creía escuchar un piano distante, deliraba que había un compás entre cada sonido que se iba produciendo, una canción verdadera. La desolación empezaba a nacer en el pecho de Maribel. Sentía hambre, miró su reloj. Ya era demasiado irrelevante para captarlo en aquel punto.


Las melodías que escuchaba en la distancia parecían haber sido creadas por mi, pianos junto a ramas, junto a pasos, junto a metal, junto a la lluvia. Un eco de allá, allá arriba me arrinconaba. El oso fue mi maestro por ese momento. Me guió hacia la colina, lentamente, como si quisiera no estar solo. Es más, creía sentir que sentía soledad. Tan tristemente, tan alegremente; nos descomponíamos. No era soledad. No podía serlo. Eso era lo que conocía allá afuera. Acá, ese sentimiento de soledad lo compartía con otro ser de una manera pacífica. Me gustaba estar a solas, pero en verdad sentía soledad. Y de pronto me di cuenta que éste mismísimo momento no era igual al de las calles; la definición de la palabra soledad cambió para siempre. No bastaban las palabras. No bastaba nada. Para qué emitir un sonido si puedo expresarlo con el cuerpo. Acá no había esa comprensión entre humanos. Era entre entes. Es lo mismo pero al mismo tiempo no.

Cierto tiempo después, vi como las nubes se esclarecían. Podía ver más firme el horizonte. Ya los árboles no poseían hojas, sino eran simples ramas.


En el fondo de lo que parecía ser un túnel de nubes, se podía ver una distante puerta conductora al cielo. Pronto llegaría. A pesar de estar empapada ya no sentía nada más que la renovación, constituyente de la destrucción y el renacimiento de otra cosa que todavía no podía nombrarla.

¿Quiénes de verdad eran las personas en las que podía confiar?

¿A caso su criterio no se vería afectado, condicionado también por el pasado de esas personas que le cuentan su cotidianidad filtrada por el pasado que no conocemos, y que llegan a conclusiones en base a su experiencia?

¿Su pasado era su pasado, tal como lo recordaba con anterioridad?

¿Si se hubiera producido un cambio en su persona, y ocurrido todo lo ocurrido, podría compartir esta información casi imaginaria con alguien más?

Muchas eran las dudas que ahora se le presentaban. Las ideas se esparcen como conjuntos de galaxias, o como balas que disparan hacia la nada. El cielo era ahora un azul índigo. Los planetas y estrellas empezaban a relucir su luz, que se vertía sobre su corazón y mente sangrante por preguntas sin respuestas. La cabeza de Maribel ardía. Sus ojos cada vez más abiertos, sus cejas negras cada vez más altas, su mandíbula, cada vez más punzante.

Hacia unos 50 metros, podía ver sólo un cielo despejado que también empezaba a despejar las dudas sin respuesta de Maribel, que ya no tenían relevancia. Faltaban unos 30 minutos para que el sol desapareciera en el horizonte por completo. Empezó a andar más rápido, superando al animal. Fue a una velocidad extrema. Paró. Sus pulmones exhalaban e inhalaban por la boca fuertes sonidos. El Pico. Vio como la mezcla de violetas, naranjas, azules, y verdes se colocaban como un cuadro, vio a la pequeña laguna, descendiendo unos 30 metros, pequeña, con un cartelito. No hizo más que chillar en lágrimas de felicidad. Las bocanadas de aire aumentaban. Lo que alguna vez fue imaginación ahora era real. Ideal. Para siempre impregnado en las memorias de esta niña.


¿Cómo me atreví a dudar de mi existencia misma, de mi realidad, de mi pasado? El sentimiento de ser una máquina armada de materia orgánica, finita, me otorgó un significado mayor de la palabra existencia. Lo que más me asombraba no era el reluciente, perfecto, intocable paisaje. Era lo que se había venido extrayendo de mi a lo largo del recorrido; un líquido putrefacto, una coraza que se había apropiado de mi ser el último año, y que desangraba por los poros hasta haber sido bautizada en el río, limpiada por la lluvia, afrontada hacia el oso que se aproximaba cada vez más cerca, al mismo ritmo con el que había empezado. Descendí por la montaña dejando mi bicicleta a un lado. Me postré con las piernas cruzadas sobre el río. El oso pardo, se acercaba lentamente también. Mis ojos se postraban en la laguna. Totalmente abiertos, reflejaban sobre ella, a la laguna, y sobre la laguna al cielo. El oso pardo caminó hacia un pico de madera firme que se encontraba cerca. Todavía no me permitía a mi misma parar de llorar.


El oso la empezó a mirar fijamente. Ya no como un ente, sino más bien como un ser que por ahora se encontraba completada, pertenecía al orden de las cosas. El oso le habló.

“Tengo hambre. ¿Tú no?”.

Maribel quedó petrificada por tercera vez en el lapso de 5 horas. Respondió.

“Si, pero no puedo comer peces crudos, me harían vomitar. Mi estómago funciona diferente al tuyo, sabes?”

El oso la miró desconcertadamente.

“No eres diferente de mí, de ningún modo.”

El oso se acercó al río y vio con sus propios ojos cómo devoraba a dos peces.

“No hay moralidad. básicamente. no hay mucha vida, dependendemos de los ríos”, le sigue contestando el oso. De pronto, habían dos aves buscando comida, en el frío. Escuchó el sonido punzante de chirridos cortos. Giró su cabeza enseguida. Un águila. La vio ferozmente. Sus ojos eran determinados, verdes agua. Su pico parecía estar manchado de sangre, probablemente de un pez que acababa de comer. El águila se postraba en un único brazo de madera que se extendía hacia el horizonte del lago. La vio danzar por los árboles y deseó tener esa misma libertad. Había soñado antes que era un águila, pero ahora la podía contemplar de maneras presentes. De carne y hueso. Pensó en en qué punto nos cruzaríamos; Maribel, el resto de animales y el resto de la supervivencia. Probablemente ese animal tendrá que conseguir otra comida más tarde. Sobrevivir, reproducirse, y dormir. Podía ver a otras águilas más pequeñas, picoteando entre ellas por restos de comida casi podrida, dejados por otras aves más grandes; vio la determinación de la guerra.

“La guerra y esas dos jóvenes águilas, eran la misma cara de una moneda imaginaria e impuesta″, decidió.

Maribel se preguntaba si era libre o capaz de escapar de la naturaleza humana y animal. Si las dos en algún punto se habían separado o si realmente conformaban uno solo, junto a su bicicleta, a los árboles, a su familia, a su libro de notas. ¿Era libre? ¿Podía continuar pretendiendo que todo no era una simple ecuación de causa y efecto? Si llegó a este punto, definitivamente fue una causa la que la motivó a conducirla hasta acá. Y pensó en por qué había decidido ir al parque más temprano. Y se preguntó por qué había mentido.

Pronto, vió su reloj, las 7. Decidió descender sin antes no meter toda su cabeza ardiente sobre el congelado lago. Las ideas se esclarecieron. Se subió a la bicicleta y arrancó. Le tomaría unas 3 horas. No pensó más.


Había llegado de nuevo a la puerta por la que entré hace mucho, mucho tiempo. Recorrí los dos kilómetros y de pronto me encontraba a unos 100 metros de mi casa. Veía carros de policía afuera. Me acosté en el pasto de algún vecino. Y pensé en las repercusiones, en la vida terrenal, el miedo me invadía, pero el miedo es esencial a la vida y ningún animal podría vivir sin ella. Yo me hice cargo de ella. Debo tomar consciencia plena de mis acciones. La causa anterior fue su libertad, el efecto de sus actos lo tomaría solemnemente. Fue caminando, empapada, temblando, dirigiéndose hacia aquel ventanal rojo que la haría dormir y soñar con cantos angelicales.