Prólogo
Su amistad siempre fue importante.
Incluso cuando ambas eran opuestas, estaban muy unidas.
Año tras año, su relación no hacía más que afianzarse y por eso, ambas hicieron una promesa.
No dejarían que nada ni nadie se interpusiera jamás entre ellas.
Con objetivos distintos en la vida, tomaron caminos diferentes, sin embargo, eso jamás resintió su amistad.
Darcy era todo lo que Debra nunca sería.
Con un cuerpo lleno de curvas exhuberantes, unos labios gruesos y unos impresionantes ojos azules, Darcy era el sueño húmedo de cualquier hombre. Y a eso había que añadirle su larga cabellera negra y su personalidad divertida y arrolladora.
Nadie se resistía a Darcy.
A su lado, Debra era una chica menuda, con un cuerpo sin forma y un cabello pelirrojo indomable que siempre tenía que llevar recogido.
Su rostro estaba lleno de pecas y aunque sus ojos eran verdes, su color no destacaba tanto como el de su amiga.
En cuanto a su personalidad, era tímida y pasaba la mayor parte del tiempo con la nariz enterrada en un libro.
Darcy solía decirle que debía vivir sus propias aventuras en lugar de la de los personajes de los libros que devoraba.
Y tenía razón. Solo tenía que reunir el valor y encontrar a alguien con quien quisiera compartir esa aventura.
Otra cosa que las diferenciaba era que así como Debra era sencilla y buscaba el amor y el compromiso, Darcy era superficial y todo lo que le interesaba, eran las cosas materiales.
Con una carrera inacabada de periodismo, Darcy conoció a Henry un año antes de finalizar los estudios.
Henry era muy atractivo, tenía su propia fortuna y solo le llevaba cinco años a su amiga. El sueño de Darcy se cumplió en el mismo momento que él se puso sobre una rodilla frente a decenas de personas en el restaurante más lujoso de París.
Por otro lado, Debra acabó su carrera de psicología y acabó casándose con un compañero de la facultad con quien tenía absolutamente todo en común.
Cinco años más tarde y dos hijos juntos, Tobias la dejó por otra mujer.
Divorciada y con dos pequeños de cinco años, había terminado habilitando una habitación de su casa como consulta y de este modo ahorrarse el alquiler de su despacho en el centro.
Darcy había tenido a su primer hijo cuatro años antes y desde entonces se había dedicado totalmente a ella, ignorando tanto a su marido como al pequeño.
Su teléfono sonó rompiendo la tranquilidad del silencio del que estaba disfrutando antes de ir a por los niños al colegio.
—¿Diga?
—¿Debra? Gracias a Dios que te encuentro aun en casa. Escucha, sé que te aviso con poco tiempo, pero ¿podrías recoger a Anthony también? Mi reunión se está alargando más de lo que pensaba y no voy a llegar a tiempo.
—Por supuesto. No hay problema.
—Muchas gracias. Te debo una enorme, Debra. De nuevo.
Escuchó su suspiro al otro lado y ella misma contuvo uno.
Darcy no se merecía ni a Henry ni a Anthony y por primera vez en todos sus años de amistad, odió ser su amiga.