CAPÍTULO 1
San Rafael (California)
LYSETT
Son más de las dos de la madrugada y todavía no he podido pegar los ojos. Mi mente solo sabe dar vueltas pensando en él, hace seis años que no le veo ni se nada de su vida. Ya no soy esa niña molesta que lo seguía a todas partes, he crecido. Acabo de cumplir dieciocho años, y llevo enamorada de Jason desde siempre.
Dentro de unas horas voy a ir a la casa que me acogieron cuando tenía seis años, soy huérfana. Ese día un señor muy elegante llamado Charlie Evans, vino a buscarme y me acogió. Desde entonces y hasta cumplir los doce años que me mandaron a un internado para educarme, viví en su hacienda. Según la señora de la casa no podía vivir más con ellos hasta que no tuviera buenos modales, pues decía que era una niña rebelde y mal educada. Con todo el cariño que Charlie me trataba, su esposa me odiaba.
Al fin amaneció y pronto vendrá el señor que decidió darme una oportunidad a recogerme, lo que más voy a echar de menos es a mi mejor amiga y compañera de habitación, Gisela.
—Buenos días, dormilona. — hablo sonriendo.
—¿No me digas?, estuviste toda la noche despierta. — habla Gisela con voz ronca al estar medio dormida.
—¡Cómo crees!, claro que no... — respondo enseguida, no quiero que se me note mucho lo nerviosa que estoy.
—Mira qué te lo advertí Lysett, estás fatal con esas ojeras, estoy segura que vas a asustar a Jason cuando te vea. Vamos a ponerte algo de maquillaje en esa carita que tienes.
—Gisela, sabes que no me gusta el maquillaje y además yo no tengo que impresionar a nadie, lo de Jason fueron fantasías de niña. — aclaro de inmediato.
Mientras mi amiga se levanta y va sacando sus cosas, voy a darme una ducha. Me pongo unos jean, una camiseta blanca Levi's y mis Converse favoritas, me hago una cola alta y lista.
—¿No creerás que vas a ir así verdad? No te vas a escapar de que te arregle. — veo a mi amiga con todo preparado y tan emocionada que no puedo negarme.
—Bueno, pero solo un poco, te conozco demasiado bien y sé que te encanta experimentar con el maquillaje. — de inmediato suelta una carcajada, para después hacer una mueca graciosa. Al final solo me pinta las pestañas, pone un poco de colorete en mis mejillas, un color nude en los labios y me suelta el pelo.
—Pero que linda te ves, en realidad necesitas poco maquillarte. Eres toda una belleza. — nunca me he visto como dice Gisela, no me creo fea pero tampoco me considero una belleza. Siempre he llamado la atención por mis ojos, son grandes de un color ámbar con vetas verdes muy raro y llamativo, mi pelo es largo, ondulado y tiene un tono dorado oscuro con mechas más claras.
De repente tocan a la puerta de mi habitación.
—Lysett, apúrate te esperan abajo. — ordena la directora, el corazón me da un vuelco y me abrazo a Gisela con las lágrimas saltadas.
—Te voy a echar de menos, no estoy acostumbrada a estar tanto tiempo sin verte. — murmuro sin dejar de abrazar a mi amiga, no puedo evitar ponerme nerviosa y sentir un poco de miedo. Llevo más de seis años sin ir a la hacienda, sin ver a nadie más que a Charlie las cuantas veces que me visita aquí en el internado.
—Venga Lysett, no te pongas así me vas a hacer llorar. Sabes que pronto nos volveremos a ver, pienso amargar a mi padre para que me lleve de visita este verano al campo. Además, estaremos juntas en la universidad. — asegura mi amiga con una sonrisa, para después abrazarnos de nuevo y salir sin dejar de conversar.
Voy bajando las escaleras cuando entonces lo veo a unos metros de mí, enseguida me da un brinco el corazón y mi cuerpo empieza a temblar. No estoy preparada para verlo tan pronto, pues esperaba que viniera a recogerme Charlie. El nerviosismo se adueña de mí al instante, con tan mala suerte que en el último escalón tropiezo y caigo cerca de él. Tierra trágame, esto no puede ser verdad...
—¿Lysett?, ¿estás bien? — sonríe burlesco dando unos pasos hacia mí, antes de que se acerque y en cuestión de segundos ya estoy en pie.
—Sí.., no es nada. — le resto importancia toda abochornada, Jason y Gisela no contienen las carcajadas y siento mis mejillas arder.
—Bueno, veo que has crecido, pero sigues siendo igual de patosa. — bromea sin dejar de reír. —Vamos, es hora de irnos, ya tienes tus cosas en el coche. — prosigue asintiendo con una sonrisa.
—Gra... Gracias. — tartamudeo sonrojada, pues todavía estoy demasiado avergonzada. De nuevo me acerco a Gisela y me despido otra vez.
—Diles a todos que los echaré mucho de menos, y si puedo pronto vendré a verlos.
—No te preocupes, se los diré. Me dijiste que era guapo, pero te quedaste corta. — murmura bajito haciéndose la ofendida, me quedo callada, pues siempre fue guapo pero a día de hoy lo es muchísimo más. Bastante más alto, seguro que debe rondar 1,90 cm... Sus hombros son más anchos, y los ojos siguen siendo igual de hermosos como los recordaba. Pues el color azul turquesa de sus iris contrasta con sus oscuras, largas y espesas pestañas, al igual que su pelo oscuro y medio rizado.
JASON
Después de tantas llamadas e insistencia de mi madre, acepto ir a pasar unos cuantos días en la hacienda de campo de Charlie, el marido de mi madre.
Estoy yendo para allá y veo hectáreas y hectáreas de campo, aquellos en los que corría, jugaba y montaba a caballo desde que era un niño cuando iba a pasar el verano con mi madre.
Ella nos abandonó a mi padre y a mí cuando tenía cinco años para irse con Charlie y después casarse, entonces solo pasaba con ella y su nuevo marido el verano y algunas navidades.
Llegando cerca de la casa veo la cabaña que mandó a construir mi madre para jugar, no sé porque me acuerdo de esa pequeña niña que siempre me perseguía. Lysett... así se llama la pequeña que acogió Charlie y que a todas horas andaba detrás de mí. Me hacía gracia pues, era un torbellino, si yo trepaba un árbol ella subía detrás y aunque casi siempre se caía no paraba de intentarlo hasta que lo conseguía.
Dejó de seguirme cuando me vio besándome con una muchacha en los establos, se enojó tanto que nos tiró una piedra y terminó dándole a mi acompañante en la cabeza, haciéndole unos cuantos puntos de sutura. No puedo evitar reír al recordarlo.
—¿Y tú de qué te ríes? — pregunta Harry, él es mi primo, bueno más bien somos como hermanos.
—De nada, recuerdos. — le contesto sin quitar la sonrisa de mi cara.
Cuando llegamos, encuentro a mi madre fuera teniendo una discusión con Charlie.
—¡No puedes dejar perder esos millones por esa mocosa!, sabes que no puedes faltar a esa reunión ¡Qué vaya el chófer! — grita mi madre molesta.
—¡No pienso volver a abandonarla, Meghan!, ella ni siquiera lo conoce. — le responde Charlie.
—¡Qué buen recibimiento! — exclamo alto, al fin se callan y mi madre me mira.
—¡Jason! — se acerca a mí y me abraza.
—Bienvenido muchacho. — llega Charlie, dándome un apretón de manos.
—Gracias, ha venido el primo Harry conmigo.
—Bienvenido, Harry.
—Gracias, Charlie.
—Si quieres yo puedo recogerla. — suelto de pronto.
—¡Claro que no! Acabas de llegar, tienes que estar cansado. — abre los ojos con sorpresa mi madre al escucharme.
—No estoy cansado, sabes que me gusta conducir.
—Me harías un gran favor, gracias Jason te debo una. — me abraza palmeando mi espalda y se va fulminando a mi madre con la mirada.
No sé porque me he ofrecido a ir a recogerla, quizás ha sido por llevar la contraria a mi madre y hacerle rabiar, pues acabo de hacer un viaje de más de seis horas.
—Entrad a comer algo y descansar, ya mandaré a alguien a recoger a esa estúpida mocosa. — aclara mi madre con recelo al hablar de ella, de seguida me voy hacia el coche sin mirarla.
—Después nos vemos, Harry. — le respondo a mi primo antes de montar en el coche para ir en su busca.
Cuando llego al internado me hacen sentarme en una sala a esperar, mientras la directora llama a Lysett, voy a llevar sus cosas al coche. Cuando vuelvo a entrar de nuevo la veo cayéndose por los últimos escalones, de inmediato me acerco a ayudarla pero en cuestion segundos está levantada.
—¿Lysett?, ¿Estás bien?
—Sí..., no es nada. — responde con el mentón levantado y las mejillas sonrojadas.
Ahí está esa niña larguirucha y delgada convertida en toda una belleza de mujer, con un cuerpo de infarto.
—Bueno, veo que has crecido, pero sigues igual de patosa. Es hora de irnos, ya tienes tus cosas en el coche.
—Gra...Gracias. — tartamudea con un mohín en la cara.