Ahora mismo (no) quiero irme a casa
¿Qué estaba haciendo allí?
El motivo por el que estaba parado en mitad de una calle congelada de Nueva York en lugar de escondido bajo cuatro mantas, en su coqueto apartamento de un dormitorio a unas cuantas manzanas de allí, se le escapaba. Cierto, su hermano lo había llamado, y su hermano era idiota, y si no lo obedecía bien podría presentarse en su casa y sacarlo de allí a rastras, pero ni eso parecía un motivo lo bastante bueno como para salir de la cama en mitad del invierno neoyorquino.
Suspiró. Harry era imbécil, y él estaba acostumbrado a obedecer al imbécil de su hermano mayor. No había más. O hacerle caso o soportar una pataleta que podía durar semanas.
Y aquí estoy.
La torre de oficinas a la que se dirigía estaba en un extremo de Wall Street, cerca del edificio de la Bolsa, y ocupaba media manzana ella sola. El logotipo de la empresa de su hermano -de sus padres, en realidad, pero eso era un detalle menor desde que Harry asumiera el control- relucía bajo tres capas de nieve. Y seguía cayendo, y él tenía ganas de morirse, o al menos de entrar en calor y luego morir.
Cruzó las puertas dobles, saludó con un gesto al recepcionista y siguió su camino ignorando los detectores de metales, sin detenerse a mirar el directorio. Ni siquiera notó que un guardia de seguridad -obviamente, nuevo en el puesto- era detenido por su compañero antes de que pudiera cortarle el paso.
— ... Coppeland... de esos Coppeland.
Eso tampoco alcanzó a oírlo, pero no le hubiera dedicado al comentario ni un parpadeo. Era muy probable que fuera el Coppeland menos Coppeland de la historia, a razón de su hermano, y lo era hasta en eso.
Sus ganas de ver a Harry disminuían por momentos, y ya eran bajas de por sí. Su hermano no acababa de entenderlo. No entendía por qué vivía en un pequeño apartamento -en realidad, era pequeño en estándares de Harry, ¡solo un baño, por el amor de Dios!-, y por qué había renunciado al beneficio continuo que podría darle el negocio familiar, en lugar de estar en una oficina vestido de Dolce & Gabbana, quemándose las pestañas.
Subió en el ascensor tarareando el aburrido hilo musical que se sabía de memoria -llevaban como seis años con el mismo, tenía que decirle algo a Harry al respecto-, y bajó en las oficinas sin mirar alrededor siquiera. Si había alguien allí que tuviera algo que decirle ya se enteraría. Aunque era poco probable. Todo lo que concernía a “su parte” del negocio lo discutía con Harry. Aunque él preferiría discutirlo con cualquier otra persona.
Pasó junto a la secretaria de su hermano, ignorando su grito de advertencia - si Harry exigía verlo, iba a tener que soportar que entrara sin llamar-, y empujó la puerta del despacho.
A punto estuvo de golpear con ella a quien estaba al otro lado. Con un grito ahogado, hizo un brusco movimiento para evitar alcanzarlo, dándose con la jamba y cayendo él mismo hacia delante. Unos brazos lo sujetaron antes de que tocara el suelo, sin embargo, y vio sus manos apoyarse en un par de largos antebrazos cubiertos con un traje de Armani. De los muy caros.
—Mason, dios mío, eres incapaz de guardar las formas.
—Hola, Harry —miró a su hermano, que lo observaba con desaprobación desde el otro lado del despacho, y compuso una sonrisa estúpida solo para él, sabiendo lo mucho que le molestaba esa expresión. Esperó hasta que empezó a refunfuñar y se volvió hacia el hombre que todavía lo sostenía, borrando la mueca para sonreírle con educación—. Buenas tardes, Row. Gracias por sujetarme.
Retrocedió un paso, saliendo de su espacio personal. Andrew Row, el mejor amigo de su hermano desde que Mason tenía memoria, le sonrió a su vez. Habían pasado unas cuantas semanas desde la última vez que se habían visto.
—¿Qué tal por Londres?
—Muy bien, gracias. ¿Qué tal el refugio?
—Prosperando.
El tono de ambos era de estricta cortesía, tan amable como la de dos extraños que se veían por causa de un amigo en común. Por mucho tiempo que hubieran compartido a causa de Harry, lo cierto era que ninguno de los dos se había animado nunca a dar cualquier paso que implicara un acercamiento personal.
Sabiendo que la conversación concluía ahí, Mason se volvió hacia su hermano una vez más. Por supuesto, este lo miraba con un fastidio evidente. Si Mason se hubiera roto una pierna al entrar, Harry se hubiera quejado de que ocurriera sobre su reluciente parqué.
—¿Necesitas algo?
Row dejó escapar una risita mal disimulada y pasó junto a Mason para dejarse caer en el elegante sofá que ocupaba una esquina del despacho de Harry. Mason respiró una vaharada de aftershave con olor a madera y clavo, y se esforzó mucho por ignorarlo mientras Row recuperaba el whisky que había dejado sobre la mesita y le daba un trago.
—De verdad, ¿no puedes ser un poco educado? —se quejó Harry. Mason suspiró.
—Si quieres que sea educado, no me saques de mi casa a las 5 de la tarde en pleno Enero. Tengo cosas que hacer.
—Ver la tele mientras comes palomitas no son cosas que hacer.
—Estaba tejiendo una manta. —Su hermano se crispó como un gato mojado, como sabía que haría—. No pongas esa cara, Harrison. Solo es lana, no me dedico a cocinar metanfetamina.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
Mason puso los ojos en blanco.
—La verdad, tengo que darle de comer a Lucky. Si no te importa...
—¡Maldita sea, Mason! —Harry dio un puñetazo en la mesa, haciendo temblar la licorera que había dejado encima y una pila de papeles que tenían pinta de que serían difíciles de volver a ordenar si se caían. Mason se limitó a volver a poner los ojos en blanco, en absoluto sorprendido por su arranque.
Andrew carraspeó y se levantó, dejando su copa a medias.
—Por mucho que me guste veros discutir, Harry...
—Sí, sí —tan pronto como se había exaltado, Harry volvía a estar sereno—. Vamos a cenar. Aquí al lado, al Brunelli’s.
—Oh, que aproveche —Mason ya se estaba dando la vuelta, en absoluto extrañado por haber sido llamado para nada, cuando la voz de su hermano lo detuvo.
—Tú vienes con nosotros. —Cosas curiosas de Harry: reaccionaba muy deprisa cuando quería. En dos segundos había cruzado el despacho y lo estaba sujetando por el hombro para impedirle la huida.
-De verdad, Harry, Lucky tendrá hambre...
-¡Deja de hablar del maldito conejo y haz lo que te digo!
Otra cosa curiosa sobre Harry: cuando se ponía mandón con Mason sonaba exactamente igual que la abuela Coppeland. Él creía que era imponente y aterrador, pero se parecía más a una anciana molesta porque los niños corrieran alrededor de la piscina.
Mason querría haberse zafado, pero no tenía ganas de aguantar los quejidos de ancianita de su hermano más tarde, así que allí estaba, en el restaurante favorito de Harry -sospechaba que porque le permitía comer a menos de tres minutos de la oficina-, sentado frente a Andrew Row, que olía a aftershave, pero llevaba la barba más espesa que la última vez que lo había visto, y mirando mal una copa de vino blanco que no pensaba tomarse.
—Tenemos que hablar de muchas cosas —lo interpeló Harry desde detrás de la carta. Sin necesidad de verle la cara, Mason sabía que el tono irritado se dirigía a él—, pero vamos a cenar primero.
—O me dices lo que tengas que decirme y puedo irme a cenar algo de tamaño normal que no cueste 75 dólares— comentó Mason con ligereza. Para ser un restaurante tan caro, Brunelli’s tenía una carta horrible. Todas las raciones cabían en platos de postre.
—Cenarás aquí —atajó Harry, mirándolo mal, y Row carraspeó desde el otro lado de la mesa. Su hermano lo miró, con una ceja arqueada, y asintió en su dirección tras un instante—. Cierto. Tenemos que hablar de tus finanzas e inversiones, Mason, y por lo menos podrías estar presente y prestar atención.
—¿Me he arruinado? —preguntó, apartando un poco de sí la copa de vino y sin hacerles caso realmente. Sabía que no era así. Tenía una estupenda cartera de inversiones que le permitía vivir bien, un dinero ahorrado que lo protegía en caso de emergencia y un par de participaciones en negocios que iban muy bien, y que le daban rentabilidad para hacer lo que le apetecía.
—Tienes que dejar que supervise ese dinero, Mason. No sé ni de dónde viene y tú...
Ah, claro. Y Harry no tenía idea de nada de eso. Para su hermano, él vivía de quemar su fondo fiduciario -bendita fuera su madre, por prohibir que Harry tuviera acceso a ese dinero que, por cierto, Mason jamás había tocado.
—Mi dinero va bien. ¿Puede llevarse esto y traerme agua con gas? —le sonrió al camarero, ofreciéndole la copa de vino, y luego miró a Harry—. Mis inversiones las lleva un fondo privado. Muy fiable. Me aconsejó un especialista.
—¡Maldita sea, Mason!
—Tu hermano está preocupado, Mason. Ya sabes cómo es esto— habló Row por primera vez. Llevaba desabrochados los primeros botones de la camisa, se fijó Mason, a pesar del frío. Iba a pillar una pulmonía—. Es peligroso invertir si no sabes lo que estás haciendo. Mucha gente se aprovecha de los ricos con desconocimiento del mundo bursátil.
—¡Y tú te dedicas a quemar el dinero que tienes en ese dichoso refugio!
—Me gusta el trabajo en el refugio —se encogió de hombros, ignorando por completo el tono de su hermano. Le acaban de traer una ensalada de rábanos con la que no se podría alimentar a un ratón vigoréxico—. Ayudamos a muchos animales. Y a la gente.
Quizás estaba intentando sonar un poco simplón al decirlo. Sabía que eso volvía loco a Harry. Desde el otro lado de la mesa, Andrew Row lo taladraba con sus fríos ojos verdes, diciéndole a las claras que sabía lo que estaba haciendo, y Mason respondió con su sonrisa más inocente.
—Os garantizo a los dos que estoy muy bien.
Harry bufó.
—Vives en un cuchitril.
—Es un estudio, Harrison, y bastante grande. Tengo hasta terraza en mitad de Manhattan.
—¡No tiene ni paredes!
Mason se estremeció de manera involuntaria.
—Tiene las del baño, ¿Quién necesita más?
—Como seguro que recuerdas, Andy es dueño de un par de edificios por la zona. Puede conseguirte algo mejor en cuestión de minutos.
Row sacó el móvil, como si estuviera dispuesto a hacerlo en ese mismo instante. Mason se distrajo mirando su mano izquierda, que tenía los nudillos algo hinchados. ¿El elegante Andrew Row, metido en una pelea de bar?
—Y he estado mirando criaderos. Puede conseguirte un Standford de raza, un perro que haga las veces de guardián. Y de paso te libras de esa bola peluda que...
—Mi edificio tiene dos sistemas de portería y cámaras de seguridad. Y sigo sin entender que tienes en contra de mi conejo —le frunció el ceño a su hermano—. Y los criaderos de perros son un espanto. ¿Sabes la cantidad de perros que son abandonados cada día?
—¡¿Puedes dejar de ser un niño por un minuto?!
Row suspiró. Siempre era lo mismo. Cada vez que el amigo de su hermano venía a la ciudad, aunque fuera solo unos días, Harry organizaba algo así. Una comida, una reunión -todavía tenía que dar gracias de que Lucy, la prometida de Harry, no hubiera hecho acto de presencia en aquella ocasión- o cualquier otra excusa para sermonearlo usando a Andrew Row de ariete, porque sabía que Mason tendía a ser más razonable cuando él estaba delante. Harry creía que la presencia de Row lo intimidaba y no estaba del todo desencaminado. Por lo menos, le impedía sacar su infame lado Coppeland. El único aspecto de su personalidad en el que era más Coppeland que el propio Harry.
—Harry, no quiere. Por más...
—¡Es un irresponsable, es lo que es! —se quejó, resoplando como un toro en liza, y después comenzó a calmarse. La rutina, pensó Mason. Para cuando había dejado de resoplar, ya concentraba toda su atención en Row—. Lamento que tengas que presenciar esto tan a menudo cuando vienes a Nueva York, compañero. ¿Cuánto te quedarás esta vez?
Aliviado de que la conversación se desviara de él por fin, Mason disfrutó de su diminuta ensalada mientras ellos hablaban de sus cosas.
—Solo tres días, me temo. Tengo varias reuniones en Londres a principios de la próxima semana.
Mason apuñaló con entusiasmo un rabanito crujiente.
—Un viaje relámpago.
—Mucho. Solo pasaré dos noches en el hotel.
El segundo (y último rabanito) se resistía a su muerte. Mason lo persiguió por el plato con el tenedor, irritado. Hubiera ayudado que el mentado plato no tuviera el tamaño de un tapacubos.
—Podrías quedarte con Lucy y conmigo. La casa de invitados es muy cómoda, ya lo sabes. Tendrías tu propio espacio y no tendrías que so...
Mason creyó haber atrapado el rabanito, pero este salió disparado entre las púas del tenedor y voló del plato lleno de aceite aromático. Atónito, lo vio aterrizar con un “plof” en la copa de su hermano, salpicando su impecable traje a medida.
—¡Mason!
—Perdón. El rábano es difícil, ya sabes.
Harry lo taladró con la mirada. Andrew agachó la cabeza por un segundo, conteniendo lo que sin duda era una carcajada ruidosa, y volvió a enderezarse con una gran sonrisa.
—No te preocupes, amigo. Tengo un alojamiento muy cómodo apalabrado —le tendió a Harry su servilleta limpia—. De hecho, Otis ya ha llevado mi equipaje allí. Agradezco el ofrecimiento, y espero poder almorzar contigo y con Lucy antes de irme.
—Sí, por supuesto. —Harry dejó de amenazar a Mason para sonreírle a su amigo—. Ella está deseando verte, ya sabes.
—Y yo a ella, claro. No la veo desde el compromiso. Dile que escoja el restaurante, y allí estaré cuando quiera —se levantó, alisando las solapas de la chaqueta y le hizo un gesto al camarero—. Os invito, pero me disculparás que me retire ya. Llevo unas cuantas horas de vuelo y estoy agotado. Mason, un placer, como siempre.
Tan formales los dos. Se conocían desde siempre, y todavía se comportaban como si ambos llevaran palos de escoba metidos por el culo y compitieran por quién lo tenía más profundo. Levantó la vista de su plato para ver a Row alejarse a través de la ventana del restaurante. Observó su largo cuerpo perderse entre la multitud como una ensoñación, un gran leopardo entre gatos caseros, y sintió la habitual sensación de desasosiego que seguía a todas las ocasiones en las que lo perdía de vista.
A aquellas alturas debería haberse acostumbrado, suponía, pero no pasaba.
—Me pregunto quién será.
—¿Perdón? —miró a su hermano, que se había concentrado en su plato y murmuraba de manera distraída. Harry se encogió de hombros.
—Estoy casi seguro de que tiene algún amante aquí, en Nueva York. La última vez que lo vi fue igual —comentó—, se fue disparado en cuanto le insinué que se quedara en mi casa.
—¿De verdad? —Mason intentaba parecer desinteresado, y por una vez agradeció que su hermano no tuviera ninguna conciencia de él como ser sintiente, porque sabía que no lo estaba logrando en absoluto.
—Me pregunto si es el mismo de la última vez. Andy es de esos, ya sabes.
—¿De esos?
—Sí, un pelín promiscuo. En cuanto se aburre, los cambia. Estoy seguro de que tiene un par en Londres también.
Mason volvió a mirar su plato, luchando contra el peso que se había instalado en su pecho y su estómago. Si vomitaba dos rabanitos diminutos, ¿alguien lo notaría?
—Lucy siempre está insistiendo para presentarle a alguien, pero se niega. Yo creo que si sentara cabeza le iría mucho mejor, la verdad.
—Eso no lo sabes.
La idea de que Lucy le presentara a alguien le revolvió el estómago más que los comentarios de su hermano sobre los amantes de Row. De alguna forma, la posibilidad de verlo aparecer del brazo de alguno de los amigos de la abogada a -los que él había sido presentado en alguna ocasión, con resultados que era mejor ahorrarse recordar- era todavía peor que pensar en el amigo de su hermano saltando de cama en cama. Los extraños no tenían cara y no eran imbéciles snobs a los que quería hacer comer rábanos de Brunelli’s hasta la muerte.
—Sí lo sé —Harry lo miró por encima de su copa, recién servida por el eficiente maître—. Conozco a Row desde siempre, y en cuanto siente la cabeza se le acabarán los problemas. No puede vivir toda la vida de un lado para otro y sin respirar siquiera. Se lo he dicho muchas veces.
—¿Y qué te ha respondido?
—Nada, como es habitual en él. Pero estos días voy a aprovecharlos al máximo, por supuesto. Lucy ya tiene varios candidatos en mente que son perfectos para él.
La cabeza de Mason daba vueltas, tantas, que apenas podía concentrarse en la ridícula ración de pescado que acababan de servirle. ¿Estaba alucinando, o era del tamaño de su pulgar?
—Y ahora, hermano, volvamos al tema que nos interesa. Tus inversiones...