PECADO FAVORITO
Conocí a Ark en la universidad. Yo estaba en el pasillo, viendo cómo el que era mi primer y único novio se besuqueaba con una chica. La noche anterior, él había intentado meterse en mis pantalones y le dije que no estaba lista. Ahora tenía a Jin, creo que se llamaba así, contra la pared. Le metía la lengua tan al fondo que ella se estaba atragantando.
Damon y yo acabábamos de empezar y él me gustaba mucho. Fui muy tímida en la secundaria. Esa fue la única vez que me arriesgué y le di una oportunidad a alguien que me invitó a salir. Solo quería follarme. Eso me dolió como una bofetada.
Ark era el estudiante colombiano de intercambio que todos conocían en el campus por su mal genio. Solo compartía un par de clases con él. Nunca me dirigió la palabra a mí, la estudiante japonesa de intercambio.
Pero ese día me vio allí con lágrimas en los ojos. De inmediato, apartó a Damon de su nueva conquista y le dio una paliza de muerte.
Luego se levantó, me tomó de la mano y me invitó a almorzar.
Desde entonces, ha sido mi mejor amigo y mi protector. Incluso después de graduarnos. Ahora es boxeador profesional. Eso significa que sabe muy bien cómo noquear a cualquiera si siente, aunque sea por un segundo, que me han lastimado o insultado.
***
Entré en casa de la madre de Ark y me dirigí a la cocina.
—Hola, Sra. H. —la saludé.
—Hola, mija —se limpió las manos rápido y corrió a darme un abrazo. Empezó a regañarme como siempre—. Kiki, ¿has estado comiendo, mija? Tendré que prepararte comida para que te lleves —murmuró para sí misma. Kiki es el apodo que Ark eligió para mí. Él sabía que me llamaba Misaki. Pero decía que, en su cultura, se les pone apodos a las personas que uno quiere. Cuando conocí a su madre, me presentó como Kiki. En todos los años que llevo siendo parte de su pequeña familia, su madre nunca me ha llamado Misaki.
Ark se mudó de casa de su madre en nuestro último año. Dijo que tenía dinero para tener algo de privacidad. Pero yo quería tanto a la señora Hernandez que la visitaba siempre que podía. Especialmente cuando sabía que Ark no podría verla.
Me quedé a dormir varias veces. Pasábamos la noche las dos solas viendo novelas y hablando. Mentiría si dijera que no le contaba todo a la señora Hernandez. Incluso le contaba más que a Ark.
—Bueno, mírate nada más. ¿A dónde vas esta noche? ¿A la pelea de Ark?
Hice una mueca de culpa. No debí aceptar una cita el mismo día de la pelea de Ark. Pero sabía que iría a su casa justo después para darle un masaje de disculpa. Ark se hizo boxeador a pesar de su título en administración. Yo me hice masajista a pesar de mi título en tecnología médica. Eso enfureció tanto a mis padres que no me hablan desde la universidad.
No me importaba, porque los tenía a ellos dos.
—Tengo una cita —confesé, evitando mirarla. Ella me observó un momento. Analizó mi vestido negro ajustado y mis botas altas. Luego levantó una ceja.
—¿Y quién es ese muchacho? —preguntó.
—Un tipo que conocí en la cafetería hace unas semanas. No iba a aceptar, pero me lo pidió después de vernos varias veces y le dije que sí.
—¿Y cómo es él?
No se parece en nada a Ark. Sentí un vuelco al pensar en él. Ark es un muro de músculos y mi mejor amigo. Tiene los ojos marrones más dulces y una sonrisa pícara. Un abdomen marcado que he visto cientos de veces. Una espalda tatuada que conozco al detalle. Ese tatuaje incluso tiene mi cara y mi nombre; lo he visto muy de cerca.
Yo ocupo un lado y su mamá el otro. A veces bromea diciendo que ojalá hubiera guardado un hueco en medio para nuestra hija. La palabra clave es: broma.
Ark no me ve como yo a él. Eso ha quedado claro tras años de amistad sin un solo roce sexual. Hemos dormido en la misma cama y no despertamos abrazados. Él se quedaba en su lado y yo en el mío.
Después de años esperando, me he rendido. Voy a morir virgen si espero a que Ark esté conmigo. Es mi persona favorita en el mundo. Pero si quiero tener una vida, y una vida sexual, tendré que buscarla en otra parte. Él no me desea de esa forma.
—Es alto —le dije. No tanto como Ark, pero lo suficiente—. Dijo que es banquero. Comparado con un boxeador invicto que tiene acciones en empresas millonarias, es de risa.
Es cierto que Ark iba camino de ser un hombre muy rico. Con solo unas pocas peleas, le compró una casa a su mamá. Es en la que estábamos ahora. También me ayudó a abrir mi negocio. Pero, de nuevo, Ark no me quería de esa manera.
—Bueno, si de verdad te gusta... —la Sra. H. parecía decepcionada. ¡Yo también lo estaba! Pero Ark tuvo su oportunidad. No puedo seguir colgada de él para siempre.
Misaki se fue unos quince minutos después. Prometió llamar en cuanto terminara la cita. La señora Hernandez no esperaba recibir esa llamada. Esperaba que, tras la charla que iban a tener, pudiera hacer entrar en razón a su hijo. Quería tener nietos. Y quería que Kiki fuera la madre.
Ark estaba con su rutina antes de la pelea. Caminaba de un lado a otro esperando encontrar a Misaki en las gradas. Luego se sentaba a calmarse y rezaba. Le daba gracias al Señor por su mamá y por su ángel asiático. Ella no sabía que él la llamaba así en secreto. También pedía una buena pelea y la victoria.
Alguien llamó a la puerta.
—Siento interrumpir, pero es tu madre. Dice que es urgente, y lo ha dicho con palabras muy fuertes.
Ark pudo imaginar lo que ella habría dicho. Hizo una mueca y tomó el teléfono.
—¿Ma? —respondió.
—¡Cabrón! —le gritó ella. —¿Qué hice ahora? —se quejó él.
—Kiki tiene una cita esta noche y es por tu culpa.
Ark sintió que se le detenía el corazón. ¿Kiki? ¿Saliendo con un idiota que no fuera él? El pulso se le aceleró tanto como la rabia.
—¿Dónde? —su madre le dio todos los detalles necesarios.
—Si dejas que se vaya con otro, no te vuelvo a hablar —prometió su madre. Él sabía que hablaba en serio.
Recordó el primer día que le habló a su madre de Misaki. Meses después de hacerse cercanos, empezó a sentir algo nuevo. Había tenido novias, y a su madre le gustaban pocas. Pero Misaki era su chica. Él la protegía y la mantenía siempre que ella se dejaba. ¡Era su mejor amiga, su confidente, su mujer!
Un día fue a casa y llamó a su mamá. Le dijo que ahora tendría una hija. La hija que siempre había querido. Poco después le presentó a Kiki. Como era de esperar, se quisieron al instante. La chica tímida no tardó en reír y bromear con su mamá.
—¡Maldita sea! —maldijo él.
—Cuidado con esa boca, chico —le espetó su madre.
—Perdón, Ma. Voy a arreglarlo, lo prometo.
Ark no quería perder el combate. Se preparó para terminarlo de un solo golpe.
En el ring, no dejaba de moverse. Sabía que todo el mundo podía ver los tatuajes de las dos mujeres más importantes de su vida en su espalda. Cuando él y Kiki tuvieran una hija, pensaba tatuársela también. La pondría justo en su pecho. Guardaría ese lugar solo para ella.
Mientras esquivaba a su oponente, Ark no dejaba de imaginar a un tipo tocándole la mano. Lo imaginó abrazándola. Finalmente, cuando le pasó por la cabeza la imagen de un imbécil besándola, lanzó un golpe tremendo. El sonido del impacto silenció al público. Su oponente cayó y no se levantó. Normalmente, tras una pelea, Ark se quedaba a firmar autógrafos y tomar fotos. Esta vez salió del edificio en minutos y fue directo al coche.
Su mánager lo seguía de cerca.
—¡Oye! ¿Qué está pasando? —le exigió saber.
—¡Kiki tiene una cita! —gruñó. El hombre lo comprendió de inmediato. Sí, todo el mundo lo sabía. Todos menos ella, al parecer.
—Si llego y él le pone un solo dedo encima, voy a ir a la cárcel. Así que ten listo el dinero de la fianza —le dijo a su mánager antes de arrancar a toda velocidad.
Ark se dirigió directo a la dirección que le dio su mamá.
****
Mi cita estaba hablando cuando se iluminó mi teléfono. Él hizo una pausa y me miró.
—Lo siento, tengo que contestar —dije antes de tomar la llamada.
—Dile que te tienes que ir y saca tu lindo culo afuera ahora mismo. Si tengo que entrar ahí, le voy a romper la puta cara por creer que puede hablar contigo.
—Ark...
—No estoy jugando, Misaki —gruñó mi nombre con un acento cargado de rabia. La señora H. me había traicionado. Me puse de pie y mi cita hizo lo mismo.
—Lo siento, me tengo que ir —le dije.
—¿Pasa algo malo? —preguntó él.
—Pasará si no me voy ahora mismo —expliqué.
—Bueno, déjame al menos acompañarte al coche.
—No es una buena idea.
—Insisto —insistió él. Ay, no.
Él me abrió la puerta para salir del restaurante. Cuando intentó ponerme la mano en la cintura, me esquivé. Afuera, vi a Ark caminando hacia nosotros hecho una furia.
—Deberías irte —intenté advertir a mi cita, pero él no se movió.
—Soy... —Él intentó presentarse, pero Ark lo fulminó con la mirada.
—... el que se larga —gruñó Ark, terminando la frase por él—. O vas a terminar sangrando en este pavimento.
Corrí al lado de Ark para evitar que le diera una paliza a mi cita, fuera por la razón que fuera.
—Y ni se te ocurra volver a contactarla, ¿te queda claro?
—Ella dijo que estaba soltera —protestó mi cita.
—Y vas a estar muerto si no te largas ya mismo. —Ark hablaba en serio. ¿Qué estaba pasando?
Mi cita levantó una ceja. Me miró mientras yo intentaba hacer de barrera entre Ark y él, luego dio media vuelta y regresó al restaurante.
—Súbete a tu coche y sígueme a casa.
—¿No crees que deberíamos hablar de lo que está pasando? —Le clavé la mirada en su rostro enfurecido.
—Misaki. —Pronunció mi nombre como si fuera un arma.
Fue en ese momento cuando decidí que odiaba que me llamaran Misaki.
***
Ya en su casa, lo vi quitarse la sudadera mientras gruñía que necesitaba una ducha.
Me quité las botas y busqué las pantuflas que él me tenía compradas para cuando estaba allí. Después, fui al armario a buscar una barra de chocolate para el estrés. Estaba bien surtido; él me conocía lo suficiente para saber que me baja el azúcar cada vez que me pongo nerviosa.
¿Y esta situación? Me tenía atacada de los nervios.
Poco después, Ark entró en la sala, recién duchado pero todavía de muy mal humor.
Después de darle vueltas a lo que había pasado, yo también me había empezado a enojar.
—¿Por qué arruinaste mi cita? —le reclamé.
—¿Y por qué te fuiste de cita tú? —me espetó él.
Me levanté y caminé hacia él. Me planté frente a frente, aunque él era mucho más alto.
—¿O sea que no puedo salir con nadie?
—No.
—¿Por qué no? Nos conocemos hace años, Ark. Ya es hora de que empiece a ver a alguien. A ti ni siquiera te gusto de esa forma.
Él soltó una risa amarga.
—¡Tengo tu cara y tu nombre tatuados en la espalda y dices que no me gustas así!
—Eso es solo porque somos mejores amigos.
—¿Y esto? —Me mostró su muñeca derecha. Tenía caracteres japoneses tatuados. Y aunque la mayoría de esos tatuajes suelen ser un desastre, estos no lo eran. Era, sin duda, mi nombre.
—Yo... —No podía hablar. Lo miré totalmente en shock.
—¡A la mierda! —gruñó él. Me cargó con facilidad y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura.
Me pegó contra la pared más cercana y me besó. Nuestro primer beso. Me gustaría decir que fue tierno y dulce, pero no. Aunque me sostuvo con cuidado contra la pared, la forma en que devoraba mi boca no tenía nada de suave.
Se apartó en cuanto mis manos tocaron su espalda y me miró fijamente.
—¿Este es el problema, Misaki? ¿Querías que te demostrara que soy tu hombre así?
No pude evitar soltar un gemido al sentir su erección.
—¿Esto es lo que querías? ¿Es esto, Misaki? —le preguntó.
—Misaki no —gimió ella mirándolo a los ojos—. Kiki...
—¡Joder! —gruñó él antes de atrapar sus labios otra vez.
Las muchas veces que Ark había imaginado estar con Misaki por primera vez, se veía cortejándola. Pensaba en llevarla a un restaurante caro y luego a su casa, que estaría decorada para esa noche especial. Sería delicado porque era su primera vez e iría muy despacio.
Pero todo eso se fue al traste. No hubo cena de lujo ni rosas, y él estaba demasiado frustrado para ser gentil, al menos no de la forma que había planeado. Y parar no era una opción. El angelito se estaba restregando contra él. Prácticamente le estaba suplicando que hiciera esto después del numerito que montó esta noche.
—¿Qué ibas a hacer después de la cita? —le exigió saber.
—Iba a venir aquí para darte un masaje de disculpa por perderme la pelea. —Él entrecerró los ojos.
—¿No pensabas contármelo?
—Solo si la cosa funcionaba...
Ark resopló: —Como si eso fuera posible.
Ella lo miró con sorpresa y dolor. Él le borró esa expresión con un beso.
—Solo existo yo para ti, Kiki. Ha sido así desde que le di una paliza a aquel idiota en la universidad. Jamás dejaré que nadie más pruebe tu dulzura. Ya comparto suficiente con mi madre. Antes mato a un hombre que saber que te ha tocado.
Se apartó de la pared y caminó hacia su habitación. La puso de pie y le quitó el vestido.
—No quiero volver a verlo nunca —le dijo. Luego contempló su pequeño cuerpo—. ¡Dios! Estás hecha para mí. —Él se quitó la camisa. Ella se acercó y apoyó la frente contra sus abdominales duros.
—¿Estás nerviosa? —susurró él. Ella negó con la cabeza. No.
—Te necesito —murmuró.
—¿Ah, sí? —preguntó él, pasando sus grandes manos por la pequeña espalda de ella. Cuando sintió que ella asentía, perdió el control.
Le soltó el sujetador y le bajó las bragas en un tiempo récord. La sentó en el borde de la cama. Se arrodilló ante ella y separó sus labios con la lengua. Al instante, ella le agarró la cabeza y gimió. Esto era nuevo para ella. Nunca había hecho nada de esto, y él lo sabía.
—Te haré sentir bien. ¿Confías en mí?
—Sí, Ark.
Él lamió su centro, succionó su entrada y su clítoris. Cuando le metió un dedo, ella se corrió, temblando. Mientras llegaba al clímax, sintió que él intentaba meterle un segundo dedo y soltó un grito. Él se subió a la cama y la llevó con él. Se tumbaron de lado, frente a frente, besándose despacio y explorando sus cuerpos. Kiki se puso valiente y le tocó el pecho y los abdominales, algo que ya había hecho antes, pero no así. Nunca así. Luego bajó más la mano y rodeó su miembro curvo.
—¡Mierda! —maldijo él mientras la acercaba más y le apretaba el culo.
—Primero te voy a tomar así —le dijo—. Luego, cuando te acostumbres a mí... —La respiración de ambos se volvía pesada. Sus corazones latían con fuerza uno contra el otro.
—Cuando te acostumbres... te voy a dar la vuelta y dejaré que rebotes sobre mí.
—Pero tendrás que metértela tú misma, Kiki. Si de verdad la quieres, póntela.
Ella lo apretó con más fuerza. Lo miró y él le apartó el pelo negro de la cara.
Ella empezó a posicionarlo. —Espera —la detuvo él.
—Mírame un poco. —Ella levantó la vista y se encontró con sus ojos marrones.
Sintió un calor intenso en el vientre y su pussy empezó a palpitar.
—Estoy enamorado de ti. Siempre lo he estado y siempre lo estaré —declaró él.
Ella abrió mucho los ojos. —Yo también estoy enamorada de ti —gimió mientras lo acomodaba y empezaba a hundirse en su miembro. No dejó de mirarlo a los ojos.
—Ark, por favor... —Le estaba costando; le dolía y estaba tan apretada que parecía que estaba estrangulando su polla.
—Jodeeer... —Él le agarró la cadera con una mano, su verga con la otra, y empujó venciendo la estrechez hasta entrar en el calor de su interior.
—Ark... —Ella estaba llorando. Él la besó por toda la cara para consolarla; se sentía tan bien que dolía.
—Pronto se pasará, nena. —No se movió, se quedó dentro de ella, besándola despacio hasta que ella empezó a arañarle los brazos y el pecho, suplicándole que se moviera.
Empezó despacio, con embestidas suaves y cortas. Salía apenas un poco y volvía a entrar lentamente. Ella gemía con cada empuje y lo arañaba cada vez que él se retiraba. Pronto empezaron a sudar y ella se convirtió en una fiera en sus brazos. Empezó a pedir más, más fuerte, casi sin aliento. Se besaron, se tocaron y se fundieron. Pero cuando eso ya no fue suficiente, él la puso arriba y le dijo que lo cabalgara.
Ella empezó con torpeza, sin saber bien qué hacer. Tomó las manos de él, las puso en sus caderas y susurró con voz ardiente: —Enséñame cómo, Ark... —Sí, se iba a casar con ella, no tenía ninguna duda. Esta era su mujer.
Él le enseñó cómo moverse y pronto ella tomó el mando, moviendo las caderas y rebotando suavemente. Lo tenía tan hipnotizado que él no podía dejar de mirarla mientras le acariciaba los pechos y jugaba con sus pezones. Esperaba que todas esas sensaciones juntas la hicieran correrse otra vez a pesar del dolor de antes. Y así fue; ella gritó, se arqueó y cayó rendida sobre su pecho.
—Ark, ya no puedo más —se quejó en su cuello. Él la rodeó con sus brazos y le dijo: —Está bien, ángel, deja que yo me encargue.
Después de eso, la sujetó con firmeza mientras la embestía desde abajo con golpes potentes. No pasó mucho tiempo antes de que él terminara dentro de ella como un cohete, disfrutando cada segundo.
—Eres toda mía —declaró él mientras le besaba el cabello.
—Te amo... —susurró ella, y acto seguido se quedó profundamente dormida.