ÚNICO.
La primera vez que Jimin vio a Jungkook fue mientras caminaba por los amplios pasillos que conducían a la biblioteca de la universidad, hace casi ya año y medio.
Jeon Jungkook era difícilmente alguien que pasaba desapercibido, su persona atraía como las abejas a la miel a la mayoría del campus, hombres y mujeres por igual, por más que este se negara a creerlo o actuara demasiado modesto. Durante mucho tiempo Jimin aprendió de esa cara de Jungkook. La tímida, solitaria, popular y honesta.
Hasta que su propio ser no pudo conformarse, y su simple interés escaló más allá de lo moralmente aceptable, más allá del ámbito correcto.
Park Jimin se convirtió en su sombra.
Una sombra posesiva, obsesiva y poco tolerante.
Cada día de la semana, seguía los mismos pasos que Jungkook, casi pisando sus talones por donde fuera que caminara. En las clases, los pasillos, la cafetería, la biblioteca, salidas con amigos o incluso tardes en su departamento, apartado de la sociedad. Jimin sabía cada mínimo detalle de la ajetreada vida de Jungkook, se había dado el tiempo de averiguarlo. Desde su horario académico, hasta sus idas al gimnasio o las tardes en la playa.
Jimin lo sabía todo.
Jungkook era un chico popular más allá de la facultad de negocios, toda la maldita universidad conocía su rostro y su nombre resonaba sin cesar en cada camino que tomaba. Jimin, por otra parte, era conocido, sí, pero no en mayor medida, era popular en un sentido totalmente diferente al de Jungkook, él era un estudiante sobresaliente, poco social, pero con las mejores notas y trabajos. El curso lo conocía por ello, por ser el mejor de clase. Jimin no tenía muchos amigos, no como Jungkook, quien a donde fuera que iba un gran grupo de chicos le seguía como lobos a su líder. Jimin pasaba desapercibido, Jungkook nunca lo hacía. Él era el foco de atención, el acto principal de cualquier baile.
El sonido chirriante de las sillas al ser arrastradas inundó todo su campo de audición, despertándose de sus pensamientos. Enseguida notó que sus compañeros salían apresurados del aula, Jimin lo hizo también. Se puso a guardar sus pertenencias en su mochila, acelerado, revisando la hora en su reloj de mano, tenía un par de minutos para encontrarse de casualidad con Jungkook. Apenas y cerró la mochila cuando la mitad de su cuerpo salió disparado por la puerta. Demasiado ansioso de no perderse aquel momento exacto del día, cuando el horario de clase terminaba y tenía que regresar a casa para un largo fin de semana.
—Joven Jimin —el llamado por parte del profesor Wong le hizo detenerse a medio camino. Maldijo por lo bajo.
—¿Si, profesor? —contestó, fingiendo serenidad y paciencia ante tal interrupción.
—Quisiera felicitarle por el ensayo que entregó en mi clase el día de hoy, como siempre usted siendo el mejor de todo el curso. —El hombre canoso le sonrió, todo dientes blancos y perfectos. Jimin internamente se contrajo, el profesor coqueteaba con él, de nuevo.
—Gracias, profesor Wong. Es un gusto saber que mi trabajo ha sido de los mejores, es bueno para mi retroalimentación —soltó, sin corresponder a la sonrisa airada del maestro. Quería huir de allí—. ¿Puedo ayudarle en algo más?
Por un momento exacto, los ojos casi grises del hombre mayor parecieron brillar ante la sugerencia. Sudor frío bajó por su espalda.
Jimin tragó saliva. Justo antes de que el otro pronunciara palabra, pudo ver como Jungkook salía de su aula, doblando una esquina tan pronto como su vista lo percibió. Iba tarde.
—Lo lamento, señor Wong, pero tengo que irme a un asunto urgente. Espero con ansias su próxima clase, nos vemos —apenas y se despidió con la mano antes de salir disparado tras los rastros de Jungkook. Caminando de manera rápida, sin embargo con el perfil bajo.
Al doblar el pasillo confirmó una vez más que iba retrasado por dos minutos, tendría que tomar un pequeño atajo para ir a la par de Jeon, no se arriesgaría a correr en medio de la marea de estudiantes, eso sería demasiado estúpido y llamaría la atención.
Dos minutos. Dos minutos podían significar muchas cosas, ver la interacción de Jungkook con uno de sus amigos, ver con quien regresa a casa, si toma el autobús o va a pie. Perderlo de vista no estaba permitido, no cuando era tan fácil seguirlo sin levantar sospechas.
Jimin salió apresurado, bajando las escaleras de dos en dos y sin siquiera voltear a ver a las pocas personas que le dedicaban un saludo flojo, Jimin no estaba para saludos ni para sonrisas amables. Al llegar al camino que daba a la primera salida de la universidad, maldijo al profesor Wong que lo había interceptado, Jungkook no se encontraba por ninguna parte. Ni con su vista entrenada para reconocerlo en cualquier lugar pudo visualizar algo. Llevó su mano al rostro, suspirando profundamente ante la carrera contrarreloj. Por ocasiones como esta, se planteaba la opción de insertar un chip rastreador en el teléfono de Jungkook, sin que él se diera cuenta. Así podría saber la hora y el lugar donde localizarlo.
Comenzó a caminar de nuevo, actuando desprevenido cuando en su interior rugía la bestia enojada. Respiró hondo, decepcionado de no poder acompañar aquel día a Jungkook, sin embargo, la sonrisa que amenazaba con tomar su boca decía una cosa completamente diferente.
Al salir de la universidad dobló una calle, andando recto y sin distracciones a su hogar. Aunque bueno, apenas y había tenido tiempo de desempacar desde hace casi cuatro meses, cuando recién alquiló un departamento pequeño para estudiantes en uno de los barrios más cuestionables de la ciudad. Pero quedaba cerca de donde se alojaba Jungkook, con eso era más que suficiente. Una calle les dividía de ser ambos residentes de barrios con poca seguridad, al menos con Jungkook había carros de policía circulando, con Jimin no. Una ventaja. Una ventaja muy buena para seguir a Jeon sin parecer demasiado sospechoso, compañeros de facultad que viven cerca el uno del otro. Totalmente normal encontrarse de camino a estudiar o de regreso. Aunque nunca habían coincidido como tal, Jungkook parecía no darse cuenta de su presencia la mayoría de las veces, Jungkook jamás le miraba de vuelta.
Jimin era invisible a los ojos de Jungkook. Y eso le irritaba de sobremanera.
Jimin dirigió su vista al suelo, perdido en la música se sus auriculares y sus propios pensamientos. Sin nada más que lograra apaciguar su cabeza.
Dobló otra calle, notando el desgaste en la pintura de la fachada de los edificios a través que avanzaba por ellos. El tiempo siendo un acto sin relevancia al no poder medirlo. Aquello le sucedía con bastante frecuencia, disociar era un hábito poco sano en su persona, se desarrollaba cada vez que Jungkook no era parte de su alrededor, las demás cosas parecían carecer de algún sentido, dejándolas de lado. Perdiéndose entre sí. Sus pies caminaban por sí mismos, conociendo el camino de memoria sin necesidad de estar en constante alerta. Al levantar la vista, sus pupilas se dilataron ante la figura que reconoció a metros delante.
Jungkook.
Sus piernas tomaron vida propia, los vellos de la nuca se erizaron y los latidos de su corazón empezaron a ir más rápido. Todos sus sentidos volvieron como una avalancha, notando la más mínima cosa que les rodeaba. En un santiamén, regresó a su tapadera, ocultando la satisfacción de su rostro al hallarlo al final del día y tomando una mejor postura. Los seis metros que les separaban no eran más que un par de centímetros para Jimin. Retomó sus pasos como si no le hubiese visto, más por el hábito de la costumbre.
De nuevo su vista se posó en la espalda ancha de Jungkook, el suéter de lana negra acentuándose a tan exquisita figura, terminando en la estrecha cintura y continuando con sus fuertes piernas ocultas por un pantalón de vestir del mismo color. Jimin tomó un aliento, emocionado por tenerle de tan cerca. Bastó una barrida con sus orbes para notar que había otra figura que le acompañaba, Jimin apretó los puños, esa otra era un chico, no pudo reconocerlo, pero era casi de la misma altura que Jungkook, la complexión un poco más delgada. Iban hombro a hombro, demasiado juntos para su gusto. Agachó su cabeza, su dientes crujieron ante la fuerza ejercida en su mandíbula. Se mantuvo caminando así, con su juicio nublando y viendo rojo, sin fijarse del todo en la pareja frente a él.
Seas quien seas, te mataré.
Luego estuvo casi a su lado, su andar demasiado apresurado como para pensar en mantener una compostura. La música en sus oídos retumbó hasta que le dolieron las orejas, las uñas romas de sus dedos presionadas hasta causar heridas en sus manos. Después, cuando pudo volver en sí, Jungkook le estaba mirando, su expresión trémula. Su corazón se saltó un latido, el tiempo dejó de girar, solamente fueron ellos. No escuchó, pero los labios de Jungkook se movieron, un par de mechones pelinegros cubrieron su frente cuando su cabeza giró a un lado, Jimin quitó el audífono de su izquierda, pero los labios carnosos se sellaron. Después, el contacto visual entre ellos desapareció, Jimin tragó saliva. Dispuesto a dejarle atrás, avanzó sin verles, liderando el camino con pasos rápidos.
—Te tardaste.
Jimin se detuvo.
El crujido inconfundible de huesos contrarrestó la melodía proveniente de su teléfono, el ruido sordo de un cuerpo al caer a la acera fue lo siguiente. Jimin quedó helado, no supo exactamente si fue porque Jungkook se dirigió a él por primera vez desde que lo conocía, o por el cuerpo inerte tras suyo.
—¿Por qué? —inquirió de nuevo la voz, con el tono bajo.
Por pura inercia se dio la vuelta, inseguro de pensar que Jungkook no se estaba dirigiendo a su persona. Contra todo pronóstico al ver el rostro serio del más alto, toda su atención iba directo a Jimin. Con la mirada pesada y penetrante. Jimin tragó saliva, probablemente por sexta vez en un lapso de dos minutos, luego sus ojos se posaron en el hombre en el suelo, la forma antinatural de su cuello reflejaba algo que ya sabía, pero conocer el rostro de los orbes sin vida le descolocó. Choi Jookyung. El tipo que le acosaba desde primer año.
Hubo un silencio sepulcral roto por la música zumbante de su audífono caído, la calle estaba vacía y la ausencia de automóviles sólo lo hacía más tétrico.
—Te pregunté algo, Jimin. —Una advertencia paciente en su tono.
Jimin lo miró, ausente de palabras.
—Lo siento, n-no lo escuché…
—Pensé que te gustaría —interrumpió Jungkook, ignorando sus palabras. El ligero viento de la tarde movía con audacia los mechones de cabello oscuro—. Un acosador muerto no vuelve a acosar, ¿no es así? —soltó, la sonrisa engreída en su rostro no se quitó.
Su cuerpo lánguido tembló, la palidez en su cara se hizo más acentuante. Había algo allí, algo que no podía creer.
Jimin estaba aterrorizado, los últimos años de su vida habían carecido de ética y moral, pero nunca llegaron a eso. Sus formas de personalidad no pasaban de amenazas al aire, y sus hobbies tampoco se catalogan en lo sano, lo sabía. Pero no esperaba esto. No esperaba que la persona con la cual llevaba obsesionado por más de un año fuera un asesino. Quedó allí, sin optar por otra cosa más que no perderle de vista. Temía ser el siguiente en la lista de Jungkook.
—¿Te ha comido la lengua el ratón, gatito? —se burló Jungkook, entretenido con la expresión de perplejidad en su rostro.
No hubo respuesta, Jimin sintió la bilis subir por su garganta, arañando todo a su paso. La dejó salir, casi doblándose por mitad hacia el asfalto, quería huir de ahí. Sintió el ligero peso de una mano grande en su espalda dando palmaditas en apoyo. Aún después de que Jimin recuperó la compostura, la calidez en medio de sus omoplatos no lo abandonó, incluso se presionó más fuerte. Jungkook se mantuvo de pie y sin moverse a su lado, como un guardián protector listo a su alrededor. Ambos guardaron silencio, Jimin sabía que Jungkook no le dejaría ir, si la mano grande subiendo por su columna hacia su cuello era una señal.
—Oh, Jimin. ¿Estás asustado? —la voz reconfortante le susurró al oído, pudo escuchar la sonrisa en su boca.
De un momento a otro, Jungkook lo enderezó a través de la fuerza ejercida en su nuca. Aunque Jimin estaba a total merced, su cuerpo ya no le respondía a las órdenes de su cerebro, comenzaría a hiperventilar en cualquier segundo. La misma mano le hizo devolver la mirada al dueño de ella, aquellos orbes marrones oscurecidos por una emoción desconocida. La sonrisa seguía ahí, intacta.
—No me hagas repetir la pregunta, no agotes mi paciencia.
—N-No. —Tartamudeó, con el miedo escalando a niveles exorbitantes en sus venas—. ¿Puedo ayudarte en algo?
Los labios sonrientes tomaron una forma mucho más exagerada, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Su rostro era un papel en blanco que no reflejaba nada.
—Claro que puedes.
Aunque la diferencia de altura no pasaba de los cinco centímetros, para Jimin fue de tres metros de altura. Se sentía pequeño, vulnerable entre los orbes vacíos, ver nada más que su propio reflejo en ellos le trajo un nivel electrizante de nerviosismo.
—¿Yo? —cuestionó, con el nudo en la garganta impidiéndole respirar.
—Sí. Tú y nadie más que tú puede, así que no te alejes demasiado, ¿de acuerdo? —Jimin asintió frenético, hasta donde la mano en su nuca le permitía, después el ligero peso desapareció, cayendo al lado de Jungkook como extremidades de un títere—. Ahora vete.
Jimin le devolvió la mirada, buscando si aquello era una broma. No encontró nada, Jungkook incluso había retrocedido unos pasos dejándole libre de su dominante presencia. Jimin corrió sin ver atrás, temiendo que Jungkook le persiguiera como un lunático. Pero no sucedió. Le dejó ir, le dejó volver una vez más a su hogar.
Nada más llegar a la puerta de entrada, la cerró y puso el par de seguros baratos que ayudaban en que nadie que no fuera él entrara, un poco paranoico y con los recuerdos fugaces del rostro estoico de Jungkook.
Se encerró en el baño, echándose a llorar sin saber exactamente por qué.
(...)
Fue cuestión de un par de días para que Jeon Jungkook lograra dar un giro inesperado a la vida de Park Jimin, cambiar su mundo de cabeza, tanto que Jimin comenzó a cuestionarse qué había sido peor de todas las decisiones tomadas durante casi dos años.
No salió de su departamento en todo el fin de semana, mató su tiempo desempacando y acomodando muebles, haciendo de su lugar algo presentable. Había dormido con el miedo de que alguien forzara la entrada, pero nada de eso sucedió. Cuando por fin acabó con sus quehaceres, tuvo que reunir fuerzas para revisar su teléfono y la vieja televisión, en busca de la atroz noticia sobre el asesinato a sangre fría de una persona tan reconocida como lo era Choi Jookyung, sin embargo, no hubo ni un indicio.
Al llegar de nuevo el lunes, amaneció con la actitud renovada, con la mente paranoica como para preocuparse de que hiciera Jungkook. Ya no más, se dijo. Era cosa suicida seguir un juego que claramente él no ganaría. Mientras el shock seguía presente en sus venas, su forma de pensar todavía seguía lenta, procesando su alrededor a ritmo de oruga. Entrar al pasillo central de la facultad fue el detonante, vio cientos de rostros afligidos, el ruido ambiental de los estudiantes siendo casi un susurro. Parecía imposible rescatar algo más que las caras tristes, así que siguió su camino.
—¿Escuchaste lo que pasó? —una chica no fue sutil al momento de preguntarle a su compañera, ambas con un cuchicheo muy audible para Jimin.
—Sí, pobre Jookyung. Nadie sabía que estaba tan hundido, su madre llamó llorando al director para que dieran el aviso a los amigos de Jookyung —las jóvenes arrugaron su cara en profunda tristeza—. Sigo sin creerlo.
—Es cierto lo que dijeron, ¿no? Que dejó una carta donde pedía perdón por haber acosado compañeros en la escuela secundaria —preguntó la chica de gafas, Jimin no pudo reconocer su rostro.
—Parece ser que sí, pidió disculpas a todos y después se quitó la vida…
Jimin huyó, sin querer escuchar ni un segundo más. ¿Choi Jookyung arrepintiéndose de sus pecados? No lo creyó ni un poco, ese hombre había sido capaz de hostigar a tantas personas, pero jamás se disculparía con ellas. Él había sido el responsable de que dos compañeros de clase se suicidaran por el constante acoso que sufrían de su mano, Jookyung rio con sus amigos cuando la noticia fue dicha. “Ellos fueron unos cobardes, no soportan las pequeñas bromas de adolescentes” Jimin todavía podía escucharlo decir aquello, tan quitado de la pena.
Por instinto miró a su alrededor, buscando algo más que un luto fingido, pero sus ojos avellana sólo encontraron a Jungkook observándolo en la distancia, sonriendo. Jimin obligó a su cerebro a reaccionar, claro, Jungkook se había hecho cargo de todo, no era una coincidencia. El escalofrío que recorrió toda su columna vertebral le trajo un mal augurio, sabía a ciencia cierta que no iba a salir ganando de la batalla.
Cuando miró de nuevo, Jungkook ya no estaba.
Tampoco lo estuvo en toda la jornada estudiantil, Jimin no logró verlo de nuevo y no supo si sentirse aliviado o decepcionado por ello.
Tener la leve duda todavía le hacía sentir si algo iba mal con él.
Se permitió un momento de paz al salir, yendo a casa por una ruta distinta a la habitual. No quería ninguna sorpresa otra vez. Contra todo pronóstico, no quería saber algo que involucrara Jeon Jungkook. Estaba aterrorizado de él. Nunca creyó que el chico fuera capaz de hacer lo que hizo; llevaba meses acechando, algo que no estaba bien, pero jamás de los jamases le vio una actitud tan obvia que lograra delatarlo. ¡Había sido el hombre perfecto a sus ojos, por Dios! No obstante, Jimin no lo conocía en absoluto. Sabía todo de él, sí, pero no algo relacionado con su personalidad o gustos personales, en ningún momento atrás, salvo a la fatídica tarde, se dirigieron la palabra. Jimin tampoco recordaba haber hecho contacto visual, Jungkook parecía no hacerlo en el mundo, pero fue una equivocación tan cruel. Jimin no sabía con quién realmente se hallaba atrapado hasta el cuello.
Tan pronto subió las escaleras al tercer piso sintió un mal presentimiento, su departamento era el segundo a la izquierda, y por poco el único que mantenía a un huésped en todo el pequeño edificio de cuatro plantas. Subió el par de escalones lentamente, listo para correr por ellos de nuevo si sucedía algo.
—Un poco temprano, ¿no lo crees? —la voz que Jimin podría conocer en cualquier lugar preguntó, tan pronto hizo presencia en el pasillo.
Jimin se quedó quieto, sin siquiera respirar. El hombre frente a él le miró divertido, con una sonrisa burlona.
—No te vi de regreso y me preocupé —estaba apoyado en la puerta desgastada de madera, siendo sumamente un contraste raro entre las paredes despintadas y la buena ropa de diseñador. Eso era algo que Jimin nunca llegó a comprender, si sus fuentes no fallaban, Jungkook podría vivir como un rico, por una herencia de sus padres al partir del mundo en una situación extraña. Jungkook podía ir incluso a una mejor universidad fuera del país, sin embargo, vivía como un vago, casi, su apartamento ni siquiera se hallaba en una parte segura de la ciudad y no se sorprendería si al verlo está mejor o en las mismas condiciones del propio. Lo único peculiar en su persona y que le distinguía del resto era el buen gusto en las prendas que usaba. Nada repetido y nada que valiera más que unos cientos de dólares.
Jimin quitó su vista, que había permanecido en el otro mientras reflexionaba, avergonzándose al notar la mirada conocedora que le dedicaba Jungkook.
—¿Y bien? —insistió, sin un rastro de la despreocupación de antes—. ¿Dónde estabas? —preguntó, esta vez acercándose—. Acaso… ¿te escondías de mí? —lo atrapó en una prisión entre la pared de color crema y sus fuertes brazos cubiertos por una chaqueta negra, el olor de una colonia cara lo desestabilizó, mareado de tan poca distancia—. ¿Te gustan las escondidas, Jimin?
Ambos conectaron miradas, los escasos centímetros entre sus rostros parecían desaparecer en cada respiración. No hubo más palabras, pero sus ojos lo decían absolutamente todo.
—No… —susurró en respuesta, perdido y mareado de su esencia, respirar algo más que no fuera Jungkook parecía inaudito para Jimin.
—Entonces no vuelvas a esconderte de mí, ¿de acuerdo? —más que una sugerencia, se sintió como una advertencia. Jimin asintió, con la mirada perdida en el lunar bajo su labio.
De un momento a otro, Jungkook le dejó libre, permitiéndole recuperar la conciencia. Jimin parpadeó, perdido.
—¿Por qué no entras? Puedes resfriarte aquí afuera.
—Está bien —convino Jimin, yendo a su puerta para sacar las llaves y abrirla. Sus manos fueron temblorosas, así que tardó más tiempo de lo necesario en insertar la llave. Una mano, más grande y con tatuajes, agarró la suya, ayudándole a finalmente quitar la cerradura. El cuerpo caliente tras suyo le impidió dar un paso al frente, su corazón galopaba y el habla se quedó atascada en su garganta.
—¿Me invitas a pasar? —la pregunta fue simple, pero la forma en la que la pronunció no lo fue en absoluto. Jimin dio un asentamiento, sonrojado y sin aliento.
No quería, una parte de sí todavía dudaba de lo que era capaz Jungkook. Pero la otra, aquella parte tan oscura, la que lo hizo iniciar algo prohibido desde un inicio, le alentó. Siempre lo había deseado, las atenciones y por sobre todo, la atención dirigida a su persona, Jimin la deseaba más que nadie. Por ello no tuvo miedo, dejó pasar al monstruo a su vida.
Sin dar marcha atrás
(...)
La noticia dentro de los pasillos de la facultad tardó un poco en propagarse. Primero, comenzó con el hecho de que Jeon Jungkook y Park Jimin habían sido vistos juntos saliendo de la universidad, después, con ambos llegando juntos por las mañanas y yéndose de regreso, en un punto desconocido, la bomba explotó al verlos entrar por las puertas de la biblioteca central tomados de la mano. El mundo estalló, como si de verdad fuera una noticia de alta estigma.
Fue un acontecimiento inesperado para la gran mayoría de universitarios, alguien como Jungkook nunca se veía con alguien como Jimin. Una manera rara de coincidir que más pronto que tarde se volvió normal, una cosa de todos los días. No faltaban miradas viéndoles entrar un jueves a las 7 AM, pero los susurros obvios dejaron de ser un timbre molesto.
Jungkook entró en su vida de una manera que no puede describirse más que como descomunal, él se había convertido en su todo. No más seguidas nocturnas y carreras por tratar de alcanzarlo, Jimin se dio cuenta que Jungkook lo hacía por él. Con el pasar de las semanas dejó de ser escalofriante saber que el pelinegro lo seguía a cualquier parte, fue como darle la vuelta a la moneda. El acechado ahora era Jimin, pero no se sentía amenazado por ello.
Le encantaba.
Tener la total atención de Jungkook le encantaba, de una forma retorcida y extraña, sin embargo, fácil de sobrellevar para ambos.
Jungkook era un psicópata, Jimin lo había descubierto fácilmente, pero él también tenía ciertos fallos anormales que les hacían una pareja perfecta de la forma más imperfecta posible.
No podían sentir amor, pero fingían tenerlo.
—Jiminnie… —el llamado vino con un fuerte bostezo, el brazo tatuado cayó justo en su cintura desnuda, jalando para hacerlo caer en el musculoso pecho. El castaño quedó quieto, sin quererlo había despertado en medio de la noche, el sueño esfumado en alguna parte de la habitación oscura. Tenía el suficiente frío como para taparse con las sábanas, aunque la mitad de su cuerpo descubierto decía otra cosa muy distinta.
Jimin tuvo nuevamente ese momento de disociación en sí mismo, perdido en un punto del espacio, sin pensamientos en su cabeza y sin las extremidades congeladas. En más de una ocasión propuso cambiar de departamento al pelinegro, pero este se negó, alegando que donde estaban era perfecto para ello. Pasar desapercibidos en un barrio como ese era por el propio bien de ambos, mejor dicho. Jimin no insistió, nunca lograba nada al hacerlo. Pronto cumpliría su tercer mes con un huésped alojado en su casa, pero no le importaba en lo absoluto, Jungkook había entrado en su puerta para jamás irse, él mismo lo dijo en cada momento que fue necesario en los cimientos de su relación.
Relación. ¿Realmente él y Jungkook tenían una relación? No lo habían entablado lo suficiente como para hacerlo oficial, eso era claro. Sin embargo, todo lo que hacían y al momento de realizarlo o mostrarse, parecían de lleno ser de una feliz pareja, muy aparte de sus actividades extracurriculares, claro.
La duda surgió. Como una enfermedad arrasando todo hasta no dejar nada.
—Jungkook. —Fue un llamado vacilante, en busca de ayuda, con las sombras consumiendo su frágil castillo de arena.
—¿Uhm? —un murmullo adormilado su respuesta, con los ojos todavía cerrados pesadamente.
—¿Qué somos? —la pregunta la dejó en el aire, sin agregar más al conocer al otro. Jimin actuaba al pie de la letra, porque así lo quería él.
Jungkook bostezó de nuevo, abriendo sus orbes oscuros, dándole aquella mirada vacía, cargada con nada más que emociones banales que Jimin todavía no aprendía a descifrar.
—¿Te refieres a nosotros? —se enderezó entre el par de almohadas, tratando de moverse en la pequeña cama que compartían.
—Sí… —Jimin guardó unos minutos de silencio, tratando de ordenar su cuestión de la manera correcta—. ¿Qué soy yo para ti? ¿Significo algo en tu vida de verdad?
¿No más que una nueva adquisición?
—Eres más de lo que te imaginas, Jimin.
El joven lo miró en busca de más palabras, insatisfecho de la confesión tan simple, aceptándola, pero sin conformarse.
—Mucho más de lo que podría imaginar esa pequeña cabecita tuya —le señaló juguetonamente su cabello, el cambio radical de expresión alertó a Jimin, siempre había algo allí cuando sucedía—. Eres una parte de mi ahora, he tratado de dejarte ir, pero no hay mejor manera para nosotros que estar juntos. ¿Entendiste? No puedes irte, incluso si lo deseas. No puedes huir de mí.
Por primera vez en toda su existencia, Jimin no tuvo miedo, aquellas palabras tuvieron el efecto contrario en él, lo consolaron. Lo hicieron sentir único, necesitado, necesario para alguien.
—Y tú eres solo mío, Jungkook. A nadie le perteneces más que a mí. —Su voz fue cargada de un sentimiento que no supo cómo llamar, pero sabía que era mutuo.
Jungkook sonrió, pareciendo que la afirmación tenía el significado de la realidad.
—Lo soy, Jimin. Porque no es que sea sólo tuyo, sino todo lo que sería capaz de hacer por ti.
Ambos se sonrieron, sus ojos decían lo que pensaba el otro. Había aquella conexión aterradora que no tenía cabida, pero los jalaba con fuerza sobre sí.
—No me importa más que no seas tú, no puedo seguir si no estás tú a mi lado. Y no puedes huir… no puedes irte a ninguna parte. —fue una amenaza, clara y concisa, tan cuerda como su propia mente.
—Si supieras lo que haría por ti, cariño. Mentiría por ti —lo hice—, mataría por ti —lo hice, tantas veces como fue posible—, moriría por ti —lo haría sin dudarlo—. De eso jamás tengas duda, Jimin.
Porque somos el uno para el otro, solo somos tu y yo, para siempre.
Fue un momento audaz, emociones cruzadas y sentimientos encontrados. Se besaron para sellar el trato, con la necesidad de ser uno incrustada en el fondo de sus corazones.
Jimin subió a su regazo, desesperado por hacer desaparecer las capas que les separaban, aquellas que hacían que sus pieles no se tocaran. Sus labios chuparon, su lengua invadió y sus manos rodaron por el cuerpo ajeno. Buscando satisfacer el hambre insaciable y cada vez más grande, dolorosa. La leve luz de la luna les acompañó en el vaivén de sus caderas, el sonido de sus pieles chocando y los gemidos convertidos en gritos a medida que el tiempo y el placer aumentaban. Se convirtieron uno solo en otra noche más, sin diferencia alguna salvo la sentencia de muerte. Se besaron hasta el amanecer, cuando sus labios hinchados no podía dar más y el sudor de sus pieles comenzó a secarse.
No hubo más qué decir, la sentencia fue dicha.
La oscuridad distinta de sus seres combinada como sus almas, volviéndose una sola.
Para siempre.
(...)
no juzguen mucho por favor, me tome un pequeño break y siento que estoy perdiendo chispa.









es tan retorcida que... AMO
me encantó
quedé enamorada de tu escritura y sin duda este ha sido un buen OS, me encantó 💕