Entre tu mundo y el mío

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Sinopsis

Los niños pueden pasar de alto las realidades de vida de sus amigos, pueden hacer que sus mundos converjan en uno solo cargado de sueños, juegos e ilusiones; pero tarde o temprano la realidad se impone. Soledad pertenece a un mundo de carencias. Renato a uno lleno de lujos. A ellos les une una amistad pasada y el recuerdo de tardes de juegos con aroma a galletas de manteca, pero en el presente no hay más que silencio y vacío. ¿Qué es lo que queda de un gran amor cuando el mundo se ha encargado de separarlos?

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Lunnadf
Estado:
Completado
Capítulos:
7
Rating
4.9 18 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Inicio

Febrero de 2003

Soledad estaba sentada en el viejo y desvencijado pórtico de su casa, vestía un enterizo de jean con una blusa rosa, demasiado grande, que se abultaba bajo el mismo. Llevaba el cabello sujeto en un moño mal hecho y con ambas manos en los oídos se balanceaba de atrás adelante mientras canturreaba su canción favorita.

Una estrellita lejana,

Paseando a la tierra llegó,

Y se quedó en nuestra casa

Para ser la hermanita menor…

Unas gotas gruesas amenazaban con caer de sus ojos, pero ya a la tierna edad de nueve años, había aprendido que llorar no servía para nada y que, cuando se sentía así, no había nadie que la calmara más que ella misma.

Respiraba con fuerza cuando lo vio. Un niño de cabellos dorados y ojos verdes la miraba con curiosidad desde el otro lado de la vieja verja blanca que limitaba su hogar.

—¿Estás bien? —inquirió el pequeño. Era flaco y alto, traía el cabello alborotado y la frente sudada por el intenso calor del verano.

Es como una muñequita,

Que ya dice papá y mamá

Ay, que linda muñeca preciosa,

Como en cuentos de hadas,

Llegaste a mi hogar

Siguió canturreando la niña.

El pequeño miró por encima del hombro de la niña y observó algunas sombras dentro de la casa.

—¿Quieres venir a jugar conmigo? —preguntó—. Tengo que mostrarte algo…

A su corta edad, Matías ya había visto demasiadas cosas y, aun sin ser capaz de ponerle nombre a ciertas situaciones, podía identificarlas con facilidad.

La niña hizo silencio y levantó la mirada para verlo, él le regalo una sonrisa y ella suspiró.

—Verás que vamos a divertirnos —insistió.

La pequeña se preguntó si podía confiar. Su abuela le había hablado muchas veces sobre no salir sin permiso y con desconocidos, pero en ese mismo momento, ya no había nadie conocido. ¿Qué podría hacer?

Se levantó, tomó en sus manos su viejo peluche en forma de gatito y se acercó hasta la verja.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—A un lugar donde te vas a divertir y te vas a olvidar un poco de todo —prometió—. Te presentaré a un amigo.

Soledad asintió y salió de la casa, cerró el viejo portón con la cadena que lo sujetaba y miró una vez más hacia la misma. Suspiró y decidió seguir al niño que la invitaba a un poco de diversión, después de todo, no creía que su madre se fuera a dar cuenta de su ausencia.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el niño—. Yo soy Matías, pero puedes llamarme Matu.

—Yo soy Estrella —Se presentó.

—Vaya… ese es un nombre curioso —dijo él encogiéndose de hombros.

—Lo es, pero me gusta… Me gustan mucho las estrellas —añadió—. ¿A dónde vamos a ir?

—A la casa de mi amigo Renato, él vive en una mansión, ¿sabes? Y tiene una piscina muy grande, puedo ir a bañarme en su piscina por la tarde…

—¿Y crees que me dejarán entrar? —inquirió la pequeña ante la idea de ver una mansión y una piscina.

—Sí, le diré que eres mi amiga.

Soledad sonrió, le gustaba tener un amigo, nunca había tenido uno antes. Cuando vivía con su abuela, tenía un par de amiguitas del barrio, y aunque en la escuela tenía compañeros, nunca había hablado mucho con un chico.

—Gracias —añadió.

Un rato después, llegaron a lo que a Soledad le pareció un enorme castillo de esos que solo leía en los cuentos que solía prestar de su escuela anterior. La casa ocupaba toda una manzana y a ella le pareció gigante.

—¿Es un príncipe? ¿Tu amigo? —preguntó cuando llegaron al enorme portón de hierro.

—No, es solo un niño… pero tiene mucho dinero —explicó.

—Sí, se nota —dijo ella sin dejar de mirar con asombro.

Matías no ingresó por el portón principal, bordeó la muralla hasta llegar a lo que sería la parte trasera de la casa y buscó una puerta de hierro que estaba escondida entre unos arbustos. Una vez allí, hizo un silbido que sonó fuerte.

—¿Qué haces?

—Es mi santo y seña —explicó él.

Soledad aguardó hasta que la pequeña puerta metálica se abriera. Un niño de unos diez u once años, completamente mojado y vestido solo con un bañador abrió la puerta.

—¡Hola, Matu! —saludó con alegría—. ¡Te estaba esperando!

Entonces miró a la pequeña.

—¿Es tu hermana? —preguntó.

—No, es mi vecina —comentó Matías—. ¿Puede bañarse con nosotros? Es que… estaba triste y…

—¡Claro! —interrumpió el chico y le regaló una sonrisa—. ¡Bienvenida, ¿cómo te llamas? Soy Renato, pero puedes decirme Ato —Se presentó.

—Hola… yo… me llamo Estrella —respondió ella para continuar con lo mismo que le había dicho a Matías.

—Pues pasen, ¿qué esperan? —dijo haciéndose a un lado.

Matías ingresó corriendo y se sacó la camiseta por el camino. Renato lo siguió y ambos se arrojaron a la piscina echando un montón de agua fuera de esta por el impacto.

—¿Vas a entrar? —preguntó Matías una vez que salió de abajo del agua.

—No tengo traje de baño —dijo la niña encogiéndose de hombros.

—¿Qué importa? —comentó Ato—. Lánzate igual.

—No sé nadar…

Renato salió entonces del agua y buscó un par de flotadores de color naranja que se hallaban a uno de los lados.

—Puedes usar estos, son de mi prima Lucía, estuvo ayer por aquí y los olvidó —añadió y luego tomó la mano de la niña para pasárselos primero por un brazo y luego por el otro.

Soledad dejó su peluche en una tumbona y fue hasta el borde de la piscina, donde se sentó y metió los pies. Renato y Matías comenzaron a mojarle y pronto se dejó caer.

La tarde fue mucho más divertida de lo que Soledad pensó que podría ser, y al cabo de unos minutos, sus nuevos amigos le habían enseñado a zambullirse, a flotar y a hacer patadas. Jugaron con una pelota de plástico y se arrojaron agua, lo que le permitió olvidarse por completo de sus penas por un ratito, tal cual le había prometido Matu.

Cuando ya casi anochecía, Renato ingresó a su casa y luego de un rato salió con dos bolsas de papas fritas y dos refrescos que le dio a cada uno de sus amigos, se despidieron prometiéndose volver al día siguiente y se marcharon saliendo por el mismo portón por el que habían ingresado.

Y ese fue el inicio de la relación más importante que estos tres niños tan distintos, y a la vez similares, tendrían a lo largo de todas sus vidas.uí...

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