Este lugar tiene algo raro
— ¡Panadero! ¡El pan suave! ¡El pan de bolita! ¡Panaderoooo! —grita un tipo en bicicleta desde la calle.
¡La madre que lo parió! ¡Que en este país uno no puede dormir! —Obligada por las voces del vendedor ambulante me lanzo de la cama. Le paso la mano a mi gato que duerme en la parte baja de la misma, —Descarado —Camino hacia el baño bostezando, el sueño todavía tiene mi cuerpo retenido.
Mi pelambrera está más rebelde que nunca, el peine lucha por entrar en él pero es un guerra perdida — ¿Qué más da? —Lo acomodo con las manos, —Total, la onda afro se usa por estos días —Cuanto diera por tener dinero para una queratina, pero ya el alquiler chupa todo mi estipendio y lo que gano por la izquierda, la derecha y por el centro. Miro el reloj, voy atrasada para el trabajo —Como siempre Cecilia, como siempre.
Puedo oír las voces de mi madre en mi cabeza —Cecilia, tú no tienes que trabajar, tú tienes que estudiar —Claro que sería fácil quedarme en una de las becas de la universidad y vivir la buena vida a su costa, como los últimos cuatro años, —Pero no, Cecilia quería independizarse. Cecilia no tiene el valor de decirles a sus padres que cuando se gradúe piensa quedarse en la ciudad, y no regresar a su campo lleno de gente buena pero de mentes pequeñas. —. Mi miedo más grande es que la mía se me atrofie como esas. Hablar en tercera persona conmigo misma me hace sentir muy poco cuerda
Llego a la parada de la guagua local, como siempre una cola de dos kilómetros, la gente como buitres cazando el cacharro de metal que no llega. —Limpiadora de casas en las mañanas de los fines de semanas, dependiente de una cafetería después de clases y vendedora online en ratos libres,— todos los trabajos que tuve que tomar para poder pagar un alquiler de dos mil pesos y que quede algo para comer.
Al fin la guagua asoma su cabeza, viene que no le cabe un alfiler, en tres, dos uno, la guerra comienza. El empuja y afloja por llegar a la puerta ya es algo cotidiano, no importa si a alguien se le rompe un brazo, en todo caso sería una suerte, disfrutaría del asiento de los impedidos. Ni ganar un oro olímpico se debe sentir como clasificar en los que subieron antes que el chofer dijese la temida frase: “Hasta aquí”
Los cuerpos sudados con los que comparto transporte me apachurran, tampoco lo hace más fácil el brazo levantado del tipo parado junto a mí —El desodorante no mata, úsenlo —ni mi corpulento cuerpo que siento que lleva demasiado espacio.
Al fin mis pulmones respiran cuando llego a mi parada. A unos pasos veo a Daniela, sentada en el muro del portal de una casa pegada a su teléfono, seguro hablando con el baboso de su novio —Yo quiero un novio —suspiro antes de saludarla.
—¿Cómo está mi traidora favorita? ¿Lista para la acción?
— ¿No vas a dejarlo pasar nunca, verdad? —responde sonriente antes de molerme a besos
—No comprarás mi cariño con esos que también le das a tu novio —intento sacármela de encima —Y no, nunca te perdonaré abandonar nuestros planes de vivir juntas por irte con, ese —el desprecio sale solo de mi boca, aunque sé que no es un mal chico los celos me hacen odiarlo. —Para mi suerte encontré un alquiler por la mitad de nuestro presupuesto, no gracias a ti.
Ella pone los ojos en blanco, mi drama es exagerado, la exaspera, pero no me importa, es mi drama.
—Entonces cuando terminemos aquí podemos ir a cenar a ese maravilloso lugar que te encontraste por cuenta propia.
Solo le saco la lengua en respuesta de que este siendo tan condescendiente.
La limpieza de tres casas deja exhausto a cualquiera, pero aun teníamos que repetir la odisea hecha por la mañana para regresar a casa. Esta vez empujando a la rubia para que atraviese la ola de zombies y que logre guardarnos dos asientos y mis pies los agradecen.
— ¿Emocionada por el regreso a clases mañana? —pregunta con ironía.
—Claro, nada me emociona más que tener que prepararme para un examen estatal para conseguir mi título. Tú lo tienes fácil, solo tienes que entregar la tesis. —el aire proveniente de la ventanilla me mete sus pelos, rubios oxigenados, por la nariz.
—Sí, claro, porque escribir un panfleto de sesenta hojas de algo que me produce ganas de matarme es la gran vida. ¿Cuándo le piensas decir a tus padres que en cuanto te den la asignación laboral te quedas?
—No sé —ni ganas tengo de saberlo —Se darán cuenta eventualmente cuando después de mi graduación no regrese a casa.
—Sutil amiga.
El ómnibus casi nos estampa en un frenazo contra los tubos de los asientos del frente, recordándonos que es nuestra parada.
Paradas frente a la antigua casa de diseño colonial pongo las manos en mi cintura feliz por mi nueva adquisición. Si tiene humedades casi por todas las paredes, si es cierto que no puedo poner el calentador de agua y los fogones de la cocina al mismo tiempo, y que la carpintería ya era, nunca mejor dicho, de épocas pasadas.
Desde que pasamos por la puerta puedo ver algo raro en el rostro de Daniela, escanea toda la casa como un perro de la aduana en búsqueda de drogas.
—Cilia, aquí siento algo raro —dice poniéndose seria.
—Tú y tus locuras.
Siempre con lo mismo, siempre alardeando de que podía sentir cosas de otros mundos porque su tátara tátara tátarabuela era parte gitana y la consideraban una bruja. Como historia para los campismos y piyamadas estaba genial, pero no le voy a permitir echar malos augurio sobre mi nueva casa.
Como castigo por sus juegos la dejo encargándose de la comida mientras yo me baño, — ¿Dónde estarán mis chancletas? —juro que las dejé bajo la cama. Reviso cada esquina del cuarto y las encuentro dentro del armario — ¿Cómo llegaron ahí?
— ¡Cilia tienes el frío pelado! —el grito de Daniela me saca de mis pensamientos.
Dentro de unos días cobro el estipendio de la universidad, con eso podré comprar algo, no mucho, pero algo.
— ¡Saca el pollo! —le grito antes de entrar al baño.
La master chef de mi amiga prepara un complicadísimo arroz blanco con pollo hervido. Que me toca a mí poner a freír, en una épica batalla —sí, aquí todo es épico —contra las gotas de grasa que saltan del sartén a mi rostro, consigo la pieza triunfal de nuestra comida: Pollo semi quemado.
Luego de que la garrapata se comiese casi toda la olla de arroz en un intento vorágine que no afecta a su delgada figura, vemos una película en la sala hasta que el pitido de la motorina de su sapo perfecto anuncia que nuestra velada llega a su fin, y debo quedarme sola.
—Antes de que me vaya, —dice con un rostro de preocupación —Pon un vaso de agua bajo tu cama y hecha algo de sal en el marco de tu habitación —estoy lista para protestar cuando uno de sus dedos va a mis labios para que me calle —Hazme caso, —dice sobre protectora y se marcha con el saco de babas rodante. —Dios quiero un novio.
Como si se marchase con ella, la electricidad también desaparece de mi casa. — ¡Asere! —esta sería una noche épica de batallar con los mosquitos. Enciendo la linterna del móvil y con la voz de Daniela en mi cabeza voy a la cocina a buscar el vaso religioso y la sal de los mandados de la bodega. —¡Estupideces! —me repito, pero cumplo con el pedido de mi mejor amiga porque —Mejor prevenir que lamentar.
Me lanzo en la cama antes de que el calor sea demasiado exasperante para poder dormir y Kiro, el descarado felino que solo aparece para comer, dormir, o morderme, —se acomoda en mis piernas.
—Tú me protegerás ¿verdad Kiro? Dicen que los gatos alejan a las malas energías —el animal me mira y me parece que su respuesta es obvia, si yo muero solo buscará a otro a quien sacarle la comida. Él bosteza y me contagia su sueño —Buenas noches bestia malagradecida.
Un ruido en la cocina me alerta, la luz aún no ha regresado, así que busco a tientas mi celular. Seguro es ese gato malagradecido buscando entre las sobras de las cazuelas. Me levanto intentando no estamparme contra una pared, camino despacio y de pronto, — ¡Miauuuuuuu! —Chilla mi gato, le he pisado la cola. —Espera, si mi gato está aquí quien, ¿Quién está en mi cocina?
Mi corazón se acelera por segundos, — ¡un ladrón! ¡Ay no! —es mi primer pensamiento —Cálmate Cecilia, cálmate, seguro es un ratón, estás casas viejas siempre tienen ratones —Por si acaso, tomo el bate bajo la cama antes de bajar la escalera que lleva a la cocina.
¿Quién tiene un bate bajo su cama sin saber nada de beisbol? Pues yo, la paranoica pero violenta.
Con el teléfono en el elástico de mi pantalón, como foco que me abre paso, y el bate listo para romper un par de huevos, bajo escalón por escalón. Siento frio y calor al mismo tiempo, el sudor que recorre mi frente bien puede ser del miedo, o del hecho de las temperaturas de este país. Escucho el rascar de una cuchara contra una cazuela, —Eso no lo hace un ratón ¿o si? —Trago en seco.
Me paro frente al arco de la cocina y miro fijamente a mi intruso. Esto no puede ser, definitivamente no puede ser, los apagones finalmente me volvieron loca porque esto no puede ser. Mis manos pierden sus fuerzas y escucho el eco del bate al chocar contra el piso. Mi cuerpo está paralizado, reniega a moverse. Las tres horas programadas terminan y se hace la luz.
—Definitivamente me he vuelto loca.




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pero dios ame
asere,porfin encuentro un libro de mi país 😭presiento que voy a amar este libro
no mames, la historia de mi vida!!! pinches duendes, nomas me esconden los calcetines y los cubiertos los culeros :V