Capítulo único
Si no hubiera sido por la emoción del bullicioso público, estad seguros que lo único que podría ser escuchado en aquel enorme coliseo no sería otra cosa que el taconeo de las sandalias de Nira.
El quinto combate se disputaba en la arena. Shiva, el mayor dios hindú, enfrentándose a la humanidad.
Ridículo. La chica no para de repetir esa palabra una y otra vez en la mente, mientras que sus oscuros ojos buscan, sin éxito, un nombre en concreto. Espera verlo, escrito en alguno de los letreros que adornan las puertas del pasaje de los humanos.
No se detiene siquiera a leer los nombres completos. Le basta con un vistazo rápido para comprobar que ninguna de las estancias por las que ha pasado es la que espera encontrar.
Buddha no estaba ahí. Su lugar no residía con la humanidad.
De todos los caminos por los que Nira podría haber empezado a buscar, eligió aquel que más rabia hacía crecer en su interior. A conciencia, por supuesto. A pesar de ser humana y saber de sobra en lo que se había convertido aquel al que una vez pudo llamar amante, tenía la ligera esperanza de que él decidiera pensar en sus raíces.
Ya que, al fin y al cabo, el mismo Buddha fue humano una vez. Junto a ella. Desde poco después que él abandonara aquella vida de riquezas y facilidades.
Sin embargo, y conforme su andar se acelera, la peor de sus suposiciones se hace genuinamente más real.
¿Dónde estás, maldito imbécil?
Resopla con furia. La habían hecho regresar a la vida contra su voluntad sólo para ver cómo aquellos a los que ella podía considerar como semejantes luchaban por su miserable existencia.
A Nira poco le importaban dioses o humanos. A lo largo de su vida ninguno de ellos había hecho ni beneficiado en nada su corta estancia en la Tierra. De entre todos los que alguna vez conoció, sólo una persona fue memorable para ella. Siendo también la misma que terminó por traicionarla.
El mismo al que hoy, el día que más maldecía su existencia, está buscando.
El Sol cae sobre el coliseo. La cálida luz atraviesa los pilares flanqueantes de aquel largo pasillo y se reflejan en las perladas telas que cubren la atezada piel de Nira. Del mismo modo, regala un brillo especial a los pequeños detalles dorados que sujetaban su traje en brazos, cuello y cintura.
Ni siquiera el ondeante y largo cabello de la chica deja escapar una mota de aquel atardecer, el cual tiñe con rojizas tonalidades algunas de sus hebras castañas.
Elegante y sensual. Una belleza divina engarzada en un cuerpo mortal.
De repente, los movimientos de su silueta se detienen por tan sólo unos segundos al divisar una figura femenina al fondo llamando a todas y cada una de las puertas. Quizá preguntarle a aquella chica servía de algo. Quizá ella había visto al maldito dios por alguna zona de la enorme edificación.
Vuelve así a acelerar el paso hasta encontrarse frente a la contraria. Una pelinegra cuya melena rivaliza con la de ella misma en longitud. Su piel pálida en la que destaca una filosa mirada de rasgos asiáticos que, por el esmeralda que se advierte bajo las oscuras pestañas, hacen a Nira llegar a una clara conclusión: esa chica es una de las trece valquirias.
La penetrante mirada de Nira comprueba los detalles dorados sobre el azabache de la túnica que cubre el cuerpo de la contraria, únicamente dejando entrever una figura delgada y de cintura pequeña, enfatizada aún más por el diminuto estrechamiento de la tela en dicha zona.
Todo son confirmaciones de que aquella muchacha, no mucho menor en estatura que ella, es una de esas medio diosas que habían iniciado el Ragnarok. Asume aquello como un dogma y, por un momento, la presencia de la desconocida le resulta incómoda. Tampoco soportaba a las valquirias, pues habían sido precisamente ellas las que habían osado irrumpir en su paz en el Nirvana.
Sin embargo, aquella belleza de rasgos orientales no parecía ser, a primera vista, como las otras que había tenido el placer de ver con anterioridad. Pues parece desorientada, como perdida entre aquellas paredes del mismo tono de su piel. Pero Nira no tenía tiempo para resolver los problemas de los demás. No sabe cuánto más tendría que estar buscando a aquel patán. Este pensamiento le hace apretar los puños y, antes de que los rosados labios de la contraria se muevan en un intento de pronunciar palabra, la interrumpe.
—¿Sabes dónde está Buddha? —pregunta con rapidez.
La duda parece sorprender a la pelinegra, pues esta no contesta hasta pasados unos instantes.
—¿Buddha? —Un suave hilo de voz se desliza entre los labios de la chica—. ¿El dios?
—Sí, ese estúpido —afirma Nira, acompañando sus palabras con un movimiento de mentón y cruzando los brazos frente a ella.
La chica, en cambio, vuelve a tomarse su tiempo en contestar.
—Disculpa —La melosa voz vuelve a llegar a los oídos de Nira—, ¿eres una diosa?
¿Acababa de confundir a Nira con una diosa? Sí, esa pelinegra lo ha hecho. La morena deja escapar una mueca de asco, sin embargo, la confusión termina por hacerle gracia y, de hecho, lo expresa en una amplia sonrisa burlona.
—¿Tengo pinta de ser esa mierda? —suelta, arrogante, y decide acompañar aquello con una broma—: Que no te oiga Afrodita, o pensará que quiero quitarle el puesto.
La contraria parece incrédula con sus palabras, pues Nira acaba de comprobar cómo una de sus cejas, tan oscura como los cabellos que le adornan el pálido rostro, se ha elevado escasos milímetros. No se mueve de su posición, mantiene una mano cercana a uno de los portones, dibujando con las yemas de sus dedos la silueta que ornamenta el material. Parece nerviosa. Nira duda por un instante si acaso estará dudando de su humanidad.
—Soy humana, de verdad —asegura, de nuevo. Sin embargo, su pie comienza a repiquetear en el suelo. Está perdiendo demasiado tiempo ahí parada—. Pero, ¿sabes dónde está Buddha o no?
Es insistente, lo sabe. Siempre ha sido así. Y al fin, tras un gesto aprobatorio y de confianza que la desconocida parece haberle concedido, Nira obtiene algo de información.
—El área de los dioses está por donde he venido yo —La pelinegra indica a su espalda, con un sutil gesto—. Por ahí.
¿Una valquiria siendo amable con quién cree que es una diosa? Debe ser la única.
Nira no puede evitar sentir cierta emoción al saber que, al menos, de entre todas esas semi deidades, hay alguna a la que poder calificar con amabilidad. Se le escapa una sonrisa que los ojos esmeralda de la chica descubren. Una sonrisa genuina que hace a sus mejillas colorearse del mismo tono que el atardecer. Del mismo tono que el castaño cabello castaño de Nira —de nuevo ondeando por la emoción—, refleja todos los días a esa hora.
Ya no puede perder más tiempo. Nira debe despedirse de la amable valquiria que acaba de conocer y, a modo de agradecimiento, estrecha las finas y pálidas manos de ella entre las suyas, algo más cálidas y bronceadas.
—Gracias, valquiria. Eres la primera de las tuyas que me cae bien —deja salir esas palabras con alegría y se dispone a marchar.
Y así, Nira avanza de nuevo con paso firme hacia la zona que le ha indicado la valquiria. Sin embargo, esta última no continuó andando en sentido opuesto. Se mantuvo estática, observando cómo las curvas de la morena trazan ahora unas ondas más marcadas al haber acelerado el paso.
Aquella chica, Nuwa, y por el contrario a lo que todos estáis pensando, no es una valquiria. Ni de lejos. Ella es otra humana, al igual que Nira y, así como ella, también está buscando a alguien preciado y no lo encuentra. Está igual de desesperada que la morena por dar con esa persona, así que, antes de perderla de vista, se arma de valor y eleva la voz para preguntarle:
—Antes de irte —Sus palabras llegan a los oídos de Nira, acompañado de cierto eco producido por el material de las columnas del coliseo—. ¿Sabes si esta zona corresponde a los humanos?
¿Una valquiria perdida? Qué mona…, piensa y no puede evitar devolverle el pequeño favor que la pelinegra acaba de hacerle a ella y, de nuevo, regalándole una amable sonrisa.
—Sí, es aquí.
De esta manera, ambas emprenden de nuevo su búsqueda por separado.
Al menos ella está en el lugar correcto, no como yo. Se queja internamente, como siempre ha hecho, mientras que sus sandalias vuelven a resonar en el largo y curvado pasillo. El ala de los dioses debería estar cerca. O eso cree ella, según las indicaciones que acaban de darle.
Los ruidosos vítores del público inundan de nuevo el coliseo y ensordecen a Nira por un momento, cuando ya ha avanzado lo suficiente como para haber dejado todas las estancias de los humanos atrás. Sin embargo, y a pesar del repentino estruendo generado por los entusiasmados espectadores, unas palabras entonadas gravemente también la alcanzan, calando en lo más profundo de su ser y haciendo que un escalofrío viaje desde sus pies hasta la nuca, erizándole la piel.
—¿Dónde va, señorita?
Los oscuros ojos de Nira atisban un destello carmesí entre la oscuridad que un pasaje le otorga al dueño de las palabras. Este se deja entrever al instante, aunque su mirada se dirige indistintamente tanto a ella, como al camino del que proviene.
Nira lo reconoce, lo ha visto con los dioses hace escasos minutos, antes de que su búsqueda empezara. Sin embargo, le extraña encontrarlo ahí, escondido entre las paredes, tratando de no ser descubierto.
—¿Y usted qué hace ahí escondido?
—Yo pregunté primero, ¿podría responderme? ¿Dónde se dirige?
Finalmente la figura del hombre se ilumina por completo. Se ha acercado lo suficientemente a ella como para que el poco espacio que queda entre ambos pueda notarse. Denso, como si pudiera ser tocado por las manos de cualquiera y amasado a voluntad.
Nira recorre su rostro, analizándolo. Mechones oscuros sobre una tez amable bajo la que percibe intenciones cargadas de veneno. Puede sentir el peligro, el carmesí de esos tatuajes en el rostro masculino se lo advierte, y su lengua hace un movimiento involuntario para tragar saliva cuando, esos orbes brillantes, encarnaciones de los rubíes más preciados, la miran directamente.
—Estoy buscando a alguien —confiesa Nira finalmente.
—Este es el ala de los dioses. No puede pasar, señorita.
No le gusta esa respuesta, y su ceja se arquea con desagrado.
—Pero estoy buscando a un dios, ¿dónde si no piensa que pueda encontrarlo? —replica ella, en tono suave y tratando de ser diplomática.
—¿A quién busca? —El hombre trajeado insiste.
—¿Tanto le incumbe?
—En absoluto. Pero no puede avanzar más de este punto.
Nira chasquea la lengua y alza la cabeza, con resignación. En ese momento, cae en la cuenta de quién es ese hombre. O, al menos, quién cree que es.
—Usted es el mayordomo de Zeus, ¿verdad? Le he visto antes con él —intenta parecer amable y ver si puede, con una pequeña conversación, convencer a aquel hombre de que la deje avanzar.
—¿Mayordomo? —Al pelinegro se le escapa una sonrisa genuina que apacigua los nervios de la chica—. No, no soy un mayordomo.
¿Eh? ¿Y qué hace entonces con los dioses? Le hubiera gustado preguntar a ella. Pero la respuesta a sus pensamientos llegó rápido.
—Soy Hermes, ¿tan perdida está aquí que no sabe quién soy?
Genial. Un dios. Lo que me faltaba. Vuelve a quejarse internamente.
—Pues… —trata de seguir la conversación e intentarlo una vez más—. Un poco, ¿puede indicarme el camino hacia la habitación de Buddha? Por fa-
—¿Buddha? —vuelve a interrumpirla con cierta cortesía, aunque Nira denota cierta pesadez en sus palabras—. Ya le he dicho que no puede pasar por aquí. Pero, déjeme acompañarla de nuevo a la arena. De hecho, yo también voy para allá.
Y así, sin dejarle siquiera responder, la mano del hombre, enfundada en un guante blanco, la hace avanzar de nuevo por el camino que ha venido. De nuevo a donde pertenece, con el resto de la humanidad.
Nira voltea la cabeza sobre su hombro una última vez, comprobando como aquel punto al que se dirigía vuelve a hacerse lejano una vez más. Como igual que aquella vez, hace más de mil años, Buddha empezó a hacerse cada vez más pequeño ante sus ojos.
Mierda…
No ha tenido éxito en su búsqueda. Y se maldice en silencio mientras es arrastrada por Hermes.
Pero, como bien se ha mencionado hace escasos momentos, Nira es insistente.
Y va a encontrarlo.
No la veía entre el público, a pesar de llevar ya un largo rato comprobando grada por grada desde la altura que le otorga una de las galerías superiores. Aunque tampoco se esmera por buscarla. Sabe que, en cualquier momento, aparecerá.
Lo sabe, porque lo ha visto hace poco.
Él simplemente permanece ahí, apoyado en una de las columnas cinceladas mientras finge disfrutar del combate que se celebra, ya que los demás dioses le están observando, y él a ellos. Solo se incorpora por un instante para estirar los músculos, algo agarrotados por la incómoda postura.
Para eso, y para bostezar.
Me aburro… ¿Faltará mucho para-
Sus pensamientos se ven interrumpidos cuando dos cosas suceden al mismo tiempo, en apenas una milésima de segundo; en uno de los palcos divisa la figura de Hermes postrándose al lado de Zeus y susurrándole algo con recelo. Si bien la atención del pelinegro parecía centrada en su padre, la tensión aumenta cuando su mirada carmesí se topa, a pesar de la distancia, con los ojos azules de Buddha. Y aunque podría decirse que ha sido el vistazo rápido de Hermes lo que le eriza la piel, no es ese el motivo de aquella reacción involuntaria.
Ese hecho tiene su origen en otra cosa, un peligro de procedencia más cercana.
Un peligro que Buddha también había visto y, por ello, acaba de ladear su cabeza hacia la izquierda, dejando que aquel objeto que le ha sido arrojado desde su espalda le roce escasamente el lóbulo de la oreja derecha y le mueva algunas de las hebras, tanto rubias como oscuras, del lateral de su sien.
—Vaya… —musita para sí mismo y las comisuras de sus labios se elevan en ese instante, al igual que su tono de voz—. Una sandalia. Esta forma de saludarme es nueva, ¿verdad, Nira?
—¡Maldito imbécil! ¿¡Dónde estabas!? ¡He tenido que escabullirme de un maldito dios para dar contigo!
Por fin. El pecho del dios se inunda de aire. Por fin parece que su aburrimiento acaba de terminar. Aunque haya tenido que elevar ahora su brazo para detener al vuelo un segundo proyectil —de nuevo en forma de sandalia— y que, esta vez, iba directamente hacia su coronilla.
La escucha resoplar con fuerza y quejarse de su vago intento de golpearle, pero eso es algo que siempre le ha parecido divertido. Ver a Nira enfadada siempre le resultaba estimulante. Y quiere volver a contemplar esa expresión que hace años, demasiados años, no ve.
Más que querer, lo desea.
Por eso, tira la sandalia hacia las gradas, haciendo que más de uno de los que allí había —y que ya se quejaban desde hace rato por algo similar— gritase de nuevo de dolor al recibir a la pareja del calzado femenino.
—¿¡Pero por qué la tiras!? ¡Idiota!
Aún la escucha gritar desde su espalda, sin mirarla. Pero ya no puede más. Cae en la tentación de asomar su rostro por encima del hombro, descubriendo así a su agresora mientras él mismo trata de apresar entre sus labios la sonrisa burlona.
—No era mía, y parece que su dueña ya no las quiere, ¿me equivoco?
Nira no contesta. Decide no hacerlo y rueda los ojos, trata de evitar el contacto visual con él. Resopla nuevamente y avanza —ahora descalza— hacia el muro que sirve de mirador a la arena. Los oscuros y largos cabellos de la chica rozan por apenas un instante el brazo del dios al pasar por su lado. Este no para de sonreír hasta el momento que ve el perfil de la morena.
Preciosa. Como siempre le había parecido. Y no solo por fuera, sino también en el interior. Siendo ella la única mujer que lo aceptó tal y como era. Libre de ataduras tras abandonar Malla, el palacio, sus riquezas y su título como príncipe de los Shakya.
Con potestad para decidir sobre él mismo, sobre sus acciones y las consecuencias que traían. Aunque a veces esas consecuencias supusieron en su día, justo como ahora mismo, una reprimenda por parte de la chica.
En cambio Nira parece tranquilizarse conforme su paso avanza para detenerse justo al borde de aquel muro, en el que apoya sus brazos con delicadeza, dejando reposar por unos segundos su tronco. La caminata le ha pasado factura y está cansada. Ya no solo físicamente, sino también mentalmente; de escuchar los vítores del gentío y taladrar su pensamiento con qué estaría haciendo Buddha.
Él la observa desde atrás, apreciando cada pedazo de piel que la sedosa tela blanca de la chica deja al descubierto, mientras trata de buscar en su mente las palabras más apropiadas que poder decirle.
Sin embargo, no es él quien rompe ese silencio.
—¿Sabes? Había mucha gente rezándote ahí abajo —menciona Nira, con calma—. Es irónico.
Los ojos de Buddha se abren demasiado, aunque ella no pueda verlo.
—¿A qué te refieres?
Aprovecha la ocasión para acercarse, situándose al lado de ella, pero de espaldas a la arena y apoyándose con sus codos en el muro.
—Vosotros, los dioses… Sois quiénes habéis organizado toda esta mierda… ¿Qué sentido tiene rezaros? En fin… supongo que los humanos siguen siendo los mismos infelices de siempre… siguen sin querer darse cuenta de que los dioses no están ahí para ellos…
Esa conclusión se clava en Buddha como un puñal pero, sin embargo, sonríe y en un movimiento rápido se coloca tras ella, pasando ambos brazos por sus lados, apoyándose él también en el muro con las grandes manos en las que los oscuros ojos de Nira no pueden evitar posarse. De repente su corazón, el que pensaba no volver a sentir de esa manera, empieza a latir con fuerza.
—¿Qué crees que haces, Buddha? —pregunta aún sin girarse, notando el calor del pecho del hombre en su espalda descubierta.
—¿Acaso tú no eres humana? ¿Te incluyes entre esos a los que describes como infelices? —susurra él, tras agacharse a la altura justa para que sus palabras lleguen a acariciar la piel del cuello de Nira—. ¿Acaso no estoy yo aquí ahora mismo? ¿Sin necesidad alguna de rezos?
Una ola de electricidad recorre el cuerpo de ella, incendiando su interior en una perfecta mezcla de nervios, rabia, y ciertas connotaciones de deseo. Siempre había sido igual con él. Por más que tratase de apartar todo de su mente para recriminarle, su cuerpo y corazón nunca iban en la misma sintonía de aquello que salía por sus labios.
En ese momento, Nira se gira de golpe, encontrándose de frente aquello que había querido evitar. Eso que sabe de sobra le hará perder la razón: la intensa mirada del dios que la observa detenidamente. Comprueba cada rasgo de picardía que siempre le ha acompañado; esa media sonrisa que mostraba sus colmillos, haciéndolo parecer aún más desvergonzado; la prominente nariz sobre la que reposan unos lentes que nunca ha visto; y al término de elevar su mirada, Nira contempla unos párpados ligeramente caídos, escondiendo esos profundos orbes añiles, como el océano en el que cree sumergirse y, a razón de ello, pierde la respiración por un breve lapso.
—Dime, princesa —Buddha insiste, recorre el hombro de Nira con las yemas de los dedos, hasta alcanzar el perfil de su mandíbula—. Si te estás incluyendo entre esos infelices como dices… ¿Es porque ya no eres feliz?
A pesar del tono sugerente del dios, y de que justo aquel gesto ha hecho a Nira enrojecer, se muerde el labio y con toda las fuerzas de las que cuenta, consigue apartar al contrario y sus piernas se mueven para tomar cierta distancia de él.
—¿¡No piensas hacer nada!? —recrimina Nira, ante la perpleja expresión del otro—. ¡Mi felicidad ahora mismo no es lo importante aquí, Buddha! Me da igual si la humanidad se extingue, joder. Llámame egoísta, pero no quiero desaparecer, ¿entiendes? Sin embargo y por desgracia, es con ellos con quiénes me tocó existir. ¿Comprendes que no todos los humanos tienen la oportunidad de convertirse en dioses? ¿¡Has olvidado que tú también fuiste humano!? ¡Mierda!
Buddha está escuchándola, con toda la atención del mundo, pero no puede evitar que el verla así, rebosante de energía y viva, sobre todo devuelta a la vida, le genere la más complaciente de las emociones.
—¡Y vuelves a llamarme princesa y te juro que arrancaré esas columnas y te las tiraré encima! ¡Te lo juro por los dio… no, por mí misma!
El sermoneado deja reposar nuevamente sus codos sobre el muro, sin dejar de mirarla ni un segundo, admirando el movimiento enfurecido de su nariz, sus carnosos labios, ahora fruncidos y tratando de aguantar las palabras; esperando que él le conteste a todo aquello que acaba de soltar. No la hace esperar más y, tras suspirar brevemente y colocar con uno de sus dedos aquellos lentes, le contesta:
—¿Acaso crees que me importa que dioses y humanos se maten entre ellos? —ironiza—. Me conoces lo suficiente para saber que no estoy pensando en nada de eso ahora mismo, Nira. Prefiero no adelantarme a los acontecimientos y… bueno… ver qué pasa cuando sea mi turno. Si es que acaso me dejas llegar vivo, claro.
Contesta entre burla y seriedad, asomando la mirada por encima de los cristales rosados de las gafas, tratando de acceder con sus ojos hasta lo más profundo de la chica. Cosa que parece conseguir.
Nira guarda silencio. Dudosa de lo que acaba de decir e imaginando el loco plan en el que el estúpido que tiene en frente estará pensando y, ahora, el enfado parece desaparecer. Más bien, comienza a transformarse en preocupación.
—Dios… ¿¡Tú nunca vas a dejar de ser un maldito temerario!? —Se talla los ojos con los dedos, hastiada de gritarle—. Mira, ¡haz lo que quieras! Ni siquiera parece que me estés escuchando, ¡me voy! ¡Ahí te que-
Él sonríe de nuevo cuando la escucha alzar la voz y la toma por una de sus muñecas, interrumpiéndola para atraerla hacía él de manera abrupta, haciendo que todos esos adornos dorados que la chica porta tintineen con el movimiento y sin darle opción de escabullirse.
Los orbes azules del dios se oscurecen al tenerla ahora a escasa distancia, como si cierta penumbra se adueñara de su luz. Su lengua acaricia el interior de la propia mejilla, con burla, en una expresión involuntaria de lo que está pensando. Aunque no se reprime, y lo externaliza con palabras.
—No seas estúpida, claro que te estoy escuchando, pero no puedo evitarlo… Me encanta cuando te pones así —Toma el rostro de Nira por el mentón, elevándolo con dos de sus dedos para que sus miradas se encuentren una vez más—. Venga, sigue, grítame desde más cerca.
Y así lo ha hecho, porque sabe cuál será la reacción de ella.
Nira no se aparta. Y como solía hacer en el pasado, decide guardar silencio y sonreírle de vuelta de la misma forma que él lo hace.
Es justo ese cruce de miradas el que los hace volver a ambos años atrás. A los recuerdos enterrados en lo profundo de sus memorias. Algunos dulces, como unas bromas a escondidas de los demás. Ardientes, cuando esas bromas venían acompañadas de caricias subidas de tono.
—¿Para qué me buscabas, Nira? —cuestiona el mayor, acariciando el rostro de la morena y dejando que su otra extremidad comience a explorar la piel desnuda de su espalda—. No me digas que sólo era para echarme la bronca… ¿te preocupa que muera?
—Alguien tiene que decirte las cosas que no quieres oír, Buddha —Nira lo reprende, pasando sus manos hacia el frente, haciendo caminar un par de dedos por el pecho del contrario.
Un toque tortuoso para él, que termina por clavar uno de sus colmillos en la propia piel en un burdo intento de contención de sus instintos.
—¿Y esa eres tú? —le rebate, pero Nira no responde más que alzando una de sus oscuras cejas.
—Solo puedo ser yo, ¿recuerdas?
Claro que lo recuerda.
—Sí. Pero no me has contestado a la otra pregunta, ¿acaso no te importa si muero? —La mano de Buddha se aventura a deslizarse por la columna vertebral de Nira, hacia arriba, esperando que ella no rechace el gesto.
Y, en efecto, no lo hace. Se estremece ante el toque del dios que la resguarda entre sus brazos. De hecho, empieza a maldecir su instinto y esos nervios que nacen en su abdomen. Es el efecto que Buddha provoca en ella. Muerde su labio inferior y entrecierra los ojos, sin dejar de mirarle.
—No digas tonterías, no estoy preocupada. Tú mismo te estás labrando ese destino, imbécil. Poco puedo conseguir yo diciéndote nada si al final harás lo que quieras. Como siempre —brama, intensificando aún más el cruce de miradas y a medida que la distancia entre sus rostros se acorta.
Él detiene toda acción de sus manos y parece perder cierta fuerza, pues, tras un profundo suspiro, termina por posar su frente en el hombro de Nira. Puede percibir ahora el dulce aroma que la piel de la chica desprende; inunda sus sentidos y los hace enloquecer, retando a su mente a dejar de ser tan pretencioso con ella. Pero no puede evitarlo, siempre le ha gustado tensar el hilo con ella hasta el límite.
—Qué obstinada… —la incita, en tono divertido—. Pero tienes razón, no iba a seguir unas decisiones que no fueran mías… Ya lo sabes, tanto en la Tierra como en el cielo solo me obede-
—Qué pesado eres —Nira le interrumpe. Ella siempre tiene respuesta a sus alardes—. No me sueltes una de tus frasecitas de ser iluminado, Buddha. ¿No decías que recordabas que conmigo esas mierdas no te sirven de nada? ¿Hace falta que te lo recuerde una vez más?
Esa insinuación, y más el tono con el que lo ha dicho la morena, hace al dios sonreír de medio lado y girar su rostro hacia el cuello de ella. Roza la punta de la nariz con su piel y, de un travieso e indiscreto vistazo, comprueba cómo su pecho ha comenzado a subir y bajar en un ritmo para nada calmado.
—Buddha… para… me estás poniendo nerviosa, ¿qué haces? —Nira le implora desde el raciocinio, a pesar de que las señales de su cuerpo la contradicen. Así como el aura de deseo que su piel ha empezado a emitir desde hace un rato.
Un deseo mundano que él advierte. Y teme. Pero le resulta irresistible, es incapaz de no sucumbir a ella pues, al final de cuentas, no deja de ser un maldito temerario.
—Quiero que me lo recuerdes, Nira. Una vez más —susurra con voz ronca, lo suficientemente cerca del cuello de la morena como para que esta note el vello de su nuca erizarse. Más aún cuando Buddha acaricia su dermis con los labios.
Nira se pone aún más nerviosa cuando un escalofrío fruto de la indecencia le recorre la espalda.
—¿El qué? ¿Lo mucho que te odio? —bromea, notando como sus mejillas comienzan a arder. Ha dejado que la situación la lleve a no pensar, a relajarse y dejar que ahora sus yemas acaricien los brazos contrarios—. Y para, me estás haciendo cosquillas.
—Agh, cómo me gusta que me mientas —replica él de forma orgullosa, elevando su cabeza para quedar frente a ella.
—Lo sé —concluye ella, admitiendo la mentira cuando el dios la mira de nuevo.
Verla de esa manera le provoca. La nota nerviosa a través de sus manos, una acoplada a la cintura de la chica, mientras que con la otra ha comenzado a acariciar su clavícula. Es cuando comprueba que ella se humedece el labio inferior que decide avanzar su rostro, sin dejar que aquella mueca burlona abandone su expresión.
Se acerca lo bastante como para llegar a sonreír sobre sus labios, sin llegar a un contacto más íntimo pero igual de tortuoso para ambos. Como si aquel combate de la arena se estuviera disputando en el interior de ellos, ante la curiosa mirada de algunos espectadores que observan al par, de reojo y con disimulo, tras que los anteriores gritos de Nira llamasen su atención.
—Dime, Nira… —Buddha murmura sin separarse de sus labios, con voz áspera. Nota el aire caliente que se ha adueñado del milimétrico espacio que los separa—. ¿Sigues queriendo que me detenga?
Ella traga saliva, movimiento que favorece un ínfimo roce con los labios ajenos y suspira sobre estos casi sin aliento alguno.
—No… sí… —duda ella. Sin embargo, sus yemas se clavan en el brazo del dios al sentir como sus piernas han flaqueado por un instante, provocando que una única risita salga entre los labios del otro. Ese gesto le ha servido más de respuesta que las propias palabras de Nira.
Porque Buddha sabe que a Nira le gusta jugar así. Le gusta hacerlo enloquecer de esa manera.
—No, no quieres. Dilo claramente —continúa, jugando con ella.
Nira eleva los ojos y, por fin, le devuelve una sonrisa juguetona.
Pero una sensación de peligro se clava en él de repente, haciendo que las ganas que acaba por devorar la boca de la morena sean suprimidas casi con una tortura. Sus ojos azules se han topado, de nuevo, con los carmesíes del otro dios: Hermes, que los observa desde la lejanía y con media sonrisa cargada de venenosas intenciones. Buddha percibe esa ponzoña y decide actuar, antes de que esa situación en la que se encuentra con la humana pueda llegar a acarrear problemas para ella.
—Vámonos de aquí, mi princesa.
—¿Qué? —espeta ella, sorprendida.
Antes de darle tiempo a nada más, el dios la toma por la cintura y la carga sobre su hombro, con una clara intención de dejar aquel mirador atrás y dirigirse quién sabe dónde.
—¡Buddha! ¡Bájame! —Nira patalea sobre él, y estampa una de sus finas manos, sin quererlo, sobre la cara del dios, clavándose el frío metal de los lentes en la palma y haciendo que se le escape un quejido—.Y, por cierto, ¿¡qué mierda hortera es esta!? ¡Qué daño, joder!
—Estate quieta, princesa —responde él, divertido y apretando su agarre en las piernas de ella.
Están a punto de abandonar la galería y dejar atrás esos arcos que dan a la arena de combate. Pero ese mote con el que Buddha se refiere a ella está empezando a hartarla.
—¡¡Que dejes de llamarme así!! ¡A tomar por culo esto! —grita de nuevo, pero esta vez ha despojado de esas gafas al dios y las ha lanzado al público antes de desaparecer del lugar, al igual que él había hecho con sus sandalias unos minutos atrás—. ¡Y bájame!
Él se detiene por un momento tras llegar a otro largo pasillo. A sus oídos, además de las órdenes de Nira, ha llegado un último chillido de un hombre —seguramente el mismo al que le llevan lloviendo objetos todo el rato— y duda de si hacerle caso a Nira o no. Pero, evidentemente, obedecer no entra en sus planes. Así que únicamente continúa burlándose de ella.
Le da exactamente igual que ella se haya deshecho de ese complemento. Tiene más. Justo allí a donde se dirige ahora que ha reanudado el paso y trata de mantener a la inquieta Nira en su hombro.
Ella se resigna. Es imposible hacer enfadar a ese tipo. Pero ella parece contener toda la ira de ambos, pues continúa implorándole que la baje al suelo. En cierto modo, le asusta la altura a la que está siendo transportada.
¿El argumento irrebatible del dios para llevarla de esa manera y la excusa que acaba de darle para hacerlo? Simple: que va descalza.
¿Y ha vuelto a recibir un ataque de Nira? Por supuesto, sobre todo porque la broma de decirle que las princesas no van descalzas ha provocado de nuevo una reacción violenta en la morena.
Sin embargo, todo se traduce en eso durante el camino: bromas que tensan aún más el ambiente entre ambos.
La echaba de menos. Es un hecho. Y quizá por eso una pizca de arrepentimiento se está instaurando en su pecho conforme camina por la galería de los dioses, aún con Nira —ahora más calmada— sobre él.
Saca uno de esos caramelos para llevárselo a la boca al instante. Acaba de sentir la imperiosa necesidad de desquitar ese sentimiento con algo, y, hasta que llegaran a la habitación, cree que el palo de aquel dulce azul podría servirle.
No puede permitirse sentimientos tan humanos como el arrepentimiento. Aquello es algo que había dejado atrás hacía mucho, demasiado tiempo. Incluso antes de conocer a Nira, curiosamente, en una situación similar a la que tiene entre manos en este momento.
La voz de una Nira más joven llegaba a sus oídos, igual que ahora, desde la espalda del dios y mientras que las manos también le apretaban las piernas para que la chica no se cayera. Sin embargo, en aquella ocasión no se estaban dirigiendo a una lujosa habitación donde poder pasar un rato a solas, no. Lo que hacían era escaparse de una vieja casa en mitad de un bosque, perseguidos por cientos de fanáticos religiosos cuya única misión allí era la de mantener a Nira con vida hasta el día del culto, momento en el cual ella sería entregada como sacrificio.
Buddha no recuerda siquiera la religión que practicaban aquellos infelices, pero sí puede escuchar con demasiada nitidez los gritos de Nira dentro de aquella casa. Y, precisamente, no habían sido gritos de ayuda.
“¡Os pienso matar!¡Ni se te ocurra tocarme ahí!¡Tú, roñoso, dame agua!”
Sin embargo, los alaridos de dolor que seguían a esas reclamaciones de la chica a sus captores hacían al enorme corazón del dios encogerse cuando los escuchaba. Pero jamás la oyó llorar. Ni suplicar por su vida. Jamás.
Solo por ese carácter fuerte que parecía demostrar, la atención de Buddha se estancó en aquel punto del bosque durante varios días.
Por un momento, Buddha regresa al presente y aprieta el caramelo entre sus dientes al revivir aquello. Le sigue dando la misma rabia que le produjo hace tanto tiempo. Esos gritos nunca abandonaron su mente ni un solo día. Pues los escuchó durante el suficiente tiempo como para que quedaran guardados en su memoria para toda la eternidad.
Se mantuvo escondido en la espesura del bosque que rodeaba aquella casa, planeando cómo sacarla de allí antes de que otros decidieran que el día de su muerte le había llegado a la retenida. De la cual, hasta entonces, no tenía la más mínima idea de su identidad, solo el plan que tenían para ella.
No pasaron muchas noches hasta que consiguió deshacerse de los guardias que custodiaban aquella casa y sacarla de allí, sobre su hombro. Aunque, a diferencia de ahora, iba envuelta en sábanas y con la melena oscura toda enmarañada. Buddha solo se preguntaba cuánto tiempo había pasado la chica ahí hasta que él la descubrió. ¿Semanas? ¿Meses? Ella, lejos de agradecer el hecho de rescatarla, le reprendía en tono de pocos amigos.
“¿¡Quién diablos eres!? ¡Bájame ahora mismo o te juro que el país se te va a quedar pequeño para escapar de mí!“, bramaba ella.
Al dios le hacía gracia aquella situación. Sin embargo, recuerda cómo la sonrisa se esfumó de su rostro cuando, una vez consiguieron desorientar a todos los que los perseguían, llegaron a un pequeño lago en mitad de la espesura. No fue hasta entonces que pudo ver a la chica, a Nira. Y su presencia simplemente le enmudeció.
Estaba delgada, muy delgada, pero aun así podía comprobar una belleza inhumana en ella; en esos ojos oscuros como granos de café, en un rostro cubierto por el cabello desordenado que en ese momento trataba de acicalar con el agua dulce del lago y, sobre todo, recuerda todas las marcas en su piel morena, cuando ella terminó por zambullirse en el lago para limpiarse.
Y así como las batallas generan cicatrices, fue la figura de Nira bajo el atardecer, tiñendo su oscuro cabello con matices carmesíes, lo que se convirtió en un fuego que lo dejaría marcado para siempre.
Nira, sin embargo, sabe que aquello no fue con intención de quitarse la suciedad del cuerpo, sino para disimular algunas de las lágrimas que llevaba meses conteniendo. Trataba de mantenerse cuerda y con los sentidos alerta dentro de aquella casa y, por eso, no se había permitido el derecho a llorar por eso a lo que la habían destinado: su muerte inminente. Mucho menos por las palizas diarias a las que se sometía por su rebeldía.
Buddha la descubrió, cuando él también se internó en las calmadas aguas del lago. Ella lloraba, tratando que él no se percatara, sin éxito.
Ese fue el único momento en su historia que el dios había visto a Nira completamente rota. Lloraba en silencio y con rabia entre sus brazos, pues las pocas fuerzas con las que contaba en ese entonces no le permitían siquiera mantenerse a flote. Nira no pronunciaba palabra, solo sorbía de vez en cuando por su nariz con la mirada fija en el cielo, apartándose las lágrimas que iban asomando por sus ojos.
“No sientas lástima por mí, sabía que esto llegaría desde que tengo uso de razón”, relataba ella, cuando ya las últimas luces del día amenazaban por desaparecer.
Buddha escuchaba entonces su historia. La vida de Nira, la princesa de un pequeño reino olvidado por el resto del país. El cual, tenía por costumbre ofrecer en sacrificio a la primera hija de la nobleza cuando ésta hubiera alcanzado la edad apropiada.
Sin nadie que se opusiera a ello.
Nadie, salvo ella misma.
Ella sólo quería vivir su vida libremente, fuera de todo aquello con lo que había tenido la suerte —o desgracia— de nacer. Por esa razón, Nira imbuía su odio indistintamente a humanos y dioses; a los primeros por decidir su destino y, a los segundos, por permitirlo.
Sin embargo, también recuerda claramente las palabras de la única persona que, desde entonces, arrojó algo de luz a su existencia.
“No importa quien fueras, ni quien seas ahora. Solo debe importarte qué tan feliz quieras ser, y eso es algo que solo tú puedes decidir, Nira. Es algo que consigues por ti misma. Y creo que tienes la fuerza suficiente como para hacerlo”, la voz de Buddha resuena en su cabeza. “Si lo deseas, ven conmigo, princesa”.
Ella, al escuchar que por primera vez él la llamaba así, miró esos intensos ojos azules y sonrió tras mucho tiempo sin hacerlo, antes de quejarse, también en una primera ocasión, de aquello con lo que hoy en día al dios le gustaba seguir molestándola.
“Ya no soy una princesa”.
“¿Ah, de verdad? Entonces ya eres libre de hacer lo que desees, es un primer paso”, él le regalaba una sonrisa que la cautivó al instante. No fue algo que pudiera evitar.
Y él tampoco.
Porque fue justo en ese tiempo, cuando todos lo adoraban de cerca, pero respetaban en la lejanía. Cuando algunos lo temían, y por eso lo evitaban. Era entonces cuando él caminaba solo, creía hacerlo. Hasta dar con ella.
Porque descubrió en ella una luz nunca percibida con anterioridad. Una luz procedente de la oscuridad más profunda, y que luchaba por resplandecer aún más en su presencia. Cautivadora.
Porque no hizo falta más que un primer contacto para que las etiquetas que los habían acompañado durante toda su vida —o parte de ella— desaparecieran; cuando tan solo existían ellos dos, cuando no eran un dios, ni una princesa. Solo eran ellos, en su mundo. Buddha y Nira.
Por eso es que quizá se arrepiente de que, en cierto punto, sus caminos tuvieran que separarse.
Ambos están reviviendo esos momentos en sus propias mentes. Mientras que el dios sonríe, pasando el caramelo de un lado a otro de su boca y mordiendo el palo que lo sostiene en repetidas ocasiones, Nira está distraída mirando hacia la galería de los dioses, pensando en lo fácil que ha sido acceder en ese momento y recordando que no hace muchos minutos le fue imposible hacerlo.
¿Qué habrá sido de aquella chica? ¿Encontraría lo que buscaba? Quién sabe… al menos ella sí lo había conseguido, y con eso le bastaba.
Sin darse cuenta, lleva un rato jugueteando con sus dedos en la marcada y ancha espalda del dios, acariciándolo. Sólo se percata de ello al notar cómo a él se le eriza la piel. Sonríe para ella misma y decide apoyar sus palmas en el cuerpo de Buddha, para tratar de mirarlo como buenamente puede.
—¿Te ha gustado eso, no? —pregunta suavemente en el oído del dios, el cual acaba de detenerse delante de una de esas puertas.
Él no contesta más que apretando un poco la zona interna del muslo de Nira, a la que finalmente baja de su hombro. La coloca de espaldas a él, de manera que ambos quedan frente a la entrada a la habitación del dios.
—¿Esta es tu habitación? —pregunta ella, acariciando con sus dedos los dibujos de la puerta—. Vaya decoración más estrafalaria, las de los humanos no eran así.
Buddha ignora ese comentario y se agacha ligeramente. Avanza una de sus extremidades para agarrar el pomo de la puerta, rozando con su brazo el de ella y dejando su cabeza a la altura de la morena. Sigue saboreando el caramelo, mordiéndolo ligeramente y haciendo que el crujido que el dulce emite llegue a los oídos de la chica.
—Nira —murmura, apretando sus dedos alrededor de la manilla—. Cuando crucemos esta puerta volverá a ser como antes. Ahí dentro ni tú eres una princesa, ni yo un dios. Solo tú y yo.
Hace una breve pausa y, con su mano libre, comienza a tantear la cintura de la chica. Acaricia su suave piel hasta alcanzar su abdomen, donde ejerce una ínfima fuerza para atraer a Nira hacia él, haciendo que su espalda choque con su pecho.
Ella sonríe y ladea la cabeza. Le gusta escucharlo desde tan cerca, entendiendo entre esos susurros todas las impuras intenciones que sus labios no verbalizan.
—Te lo voy a preguntar solo una vez más, Nira —Buddha roza su nariz con el lóbulo de ella—. ¿Quieres seguir?
Nira, de repente, se gira para quedar frente a él, reposando su espalda contra la puerta y sosteniéndole la mirada con ojos entrecerrados. Buddha atrapa el caramelo únicamente con sus labios, zona que logra captar la atención de ella, que sonríe con lascivia.
—¿Qué es esto? —Nira acaba de arrebatarle el dulce y lo introduce en su propia boca—. ¿A quién demonios se le ha ocurrido ponerle un palo a un caramelo? Qué estupidez…
Habla de manera provocativa mientras Buddha la observa, sin darse cuenta de que la mano de la chica se ha movido hacia el pomo de la puerta y arropado la suya para, en un parpadeo, abrir la entrada a la estancia tras ella.
Nira avanza a su interior, dejándolo atrás y contestando de esa manera a su pregunta.
No quiere detenerse. No ahora que por fin se han reencontrado. Solo interrumpe su avance para, con una simple frase, incitar al dios a seguirla.
—No sé cuántas veces voy a tener que repetirlo, Buddha —suspira en un hilo de voz, saboreando con delicadeza el caramelo que ha robado—. Dejé de ser una princesa en cuanto te conocí. ¿Y tú? ¿Qué harás? ¿Vas a quedarte ahí fuera? Ven aquí.
Es por lo último que Nira ha dicho que él finge pensárselo por unos instantes, pero sabe de sobra que no puede resistirse.
Él, que no da ni recibe órdenes, encuentra placer en olvidarse de sus principios en su presencia. Le excita ese secreto. Peligroso pues, si lo descubrieran, encontrarían su punto vulnerable. Es solo con ella, con un pensamiento tan similar al suyo, que puede olvidarse de todo por unos instantes y dejar que las palabras salgan de su boca sin pensar. Que puede dejar que sus actos fluyan sin un objetivo más allá que el disfrute de ambos.
Y, por ese mismo motivo, acaba de cerrar la puerta tras de sí.
Los ojos castaños de Nira se fijan en cada rincón de la sala. No es demasiado ostentosa, pero tampoco podía decirse que todo lo que allí había estuviera al alcance de cualquiera.
La iluminación es escasa, y solo se da gracias a unos farolillos dispuestos en los lugares adecuados para hacer que las tonalidades rojas de todas las telas que hay dispuestas por el suelo coloreen la estancia. Atisba un brillo dorado proveniente del fondo, una especie de maza de oro apoyada en la pared. Quizá un adorno más de la habitación.
Nira pasa el caramelo de un lado a otro de su boca mientras camina descalza sobre una multitud de alfombras mullidas, sobre las que hay otra gran cantidad de cojines y almohadas de los mismos tonos cobrizos. Parecen ser cómodas, pues comprueba que Buddha se ha dejado caer al suelo donde estas alfombras adquieren un poco de grosor. Ahora permanece ahí sentado, arreglándose un poco el largo cabello en ese moño, bastante de hecho, a causa del camino y de las acciones de Nira sobre su hombro.
No sé para qué se está peinando, tampoco le va a durar mucho así, piensa ella, divertida. No puede evitar sonreír, apretando los labios en el palo del caramelo y observando la única zona que parece estar más ordenada en la habitación.
A diferencia del caos de cojines y telas, junto al dios hay una especie de mesa baja, con varios recipientes ovalados de diferentes tamaños. Pero lo interesante de todo aquello, es el contenido.
Centenares de dulces. De todo tipo, forma y color.
—¿Acaso te alimentas de esto? De verdad que, de no ser un dios, estarías muerto por sobredosis de azúcar… En serio, Buddha, házte mirar esa adicción —las manos de Nira se internan en los diferentes recipientes, tomando un poco del contenido de ellos y devolviéndolos al instante, dejándolos caer como quien toma arena para después volcarla—. Aunque, la verdad… no tienen mala pinta.
Buddha la mira de reojo y sonríe.
—Bueno, quizá si te portas bien, luego-
No le ha dado tiempo a terminar de hablar. Nira deja toda acción con esos recipientes y es en cuestión de escasos segundos que se sienta sobre él, a horcajadas, sorprendiéndolo y provocando el movimiento involuntario de las manos de Buddha sobre su cintura.
—¿Qué ibas a decirme? —Nira comienza a embaucarlo con preguntas, acompañándolas con un jugueteo de su mano en uno de los pendientes dorados del dios y haciendo que este sienta un placentero cosquilleo en su piel—. ¿Ibas a decir que si me porto bien luego me dejarías probarlos?
Buddha la contempla, no puede evitar que a través del agarre en su cintura ella sienta lo que le está provocando. Es por esa sensación, que Nira decide acercarse un poco más al rostro del contrario y entrecerrar los ojos.
Pero él sigue sin articular palabra.
—Si me porto bien, ¿qué, Buddha? —insiste, pero deja de lado la atención que le estaba dando al adorno en la oreja de él y, con sus manos, coloca las ajenas en su trasero—. No creo que a mí me apetezcan tanto esos dulces como a ti esto, ¿verdad? Además… Ya sabes que a mí nunca me ha hecho falta pedirlos…
Los dos están respirando de manera agitada. Pero Buddha no se reprime y presiona sus dedos en la zona donde ella le ha permitido posar las manos.
—Eres mala, Nira —los intensos ojos azules se posan en los labios de la chica, algo enrojecidos al aún mantener entre ellos aquel caramelo que le ha robado hace un rato. Sus manos amasan cada vez con más ganas.
—O tú eres demasiado bueno. Míralo así —se burla ella, sacando de una vez por todas el caramelo de su boca y sosteniéndolo por el palo con sus dedos—. Oye, esto está bueno —continúa, refiriéndose al dulce azul—. Pero, ¿qué sabor es?
Él eleva una de sus oscuras cejas y la mira con una sonrisa incitante. Eleva una de sus manos para apartar un par de mechones del cuello de Nira, porque le están impidiendo el acceso a esa zona de piel expuesta.
—Ni idea… ¿sabor azul? —dice con voz ronca, acariciándola justo ahí. Su otra mano no deja de juguetear en su trasero. Sus acciones están haciendo que la respiración de la castaña se vuelva cada vez más dispar y eso solo lo incita a continuar—: Ya no recuerdo cómo sabe… —se aventura a acercar su rostro al hueco del cuello de ella y dejar que de nuevo sus palabras le lleguen desde más cerca—. Ya no lo recuerdo porque alguien me lo ha quitado.
—No digas tonterías —replica ella, en el mismo tono. Una de sus manos se interna bajo la camiseta del contrario, delimitando con sus yemas todos y cada uno de los surcos del trabajado abdomen—. ¿Cómo no vas a acordarte? Si hace apenas un rato que-
—Lo he olvidado, completamente —la interrumpe y atrae hacia él, agarrándola nuevamente con ambas manos por el trasero y atreviéndose a dejar ahora un tortuoso camino de besos con destino en la mandíbula de la chica—. Voy a tener que probarlo de nuevo para acordarme.
Nira emite un suave gemido al ser tomada de esa manera y, sobre todo, al notar en su entrepierna lo que está provocando en él. Ese sonido hace al dios elevar la mirada y morderse el labio inferior.
Maldita…, piensa, sabiendo de sobra que ella ha exagerado el sonido porque sabe cómo eso le provoca.
—Pues no pienso dártelo. Este es mío ahora —bromea ella, pasándole el caramelo frente a sus narices, tratando de picar a Buddha de cierta manera.
Pero él, al fin, termina por ponerse serio.
—Eso no me va a hacer falta.
Y, de hecho, le ha arrebatado a Nira el caramelo y arrojado a quién sabe qué rincón de la enorme sala. Decide no alargarlo más, porque no puede más. Si bien le encantan los juegos de la chica, ambos saben, y se conocen tanto en ese aspecto, que son conscientes de que Buddha en algún momento tomaría el control de la situación.
Que sucumbiría de nuevo a la tentación.
¿Cómo no iba a querer caer en ese pecado una vez más?
Un pecado tan dulce que lo consumía, cada vez que la tocaba. Cada vez que la besaba, cada vez que sus ojos daban con los suyos en un pequeño atisbo de complicidad.
Era imposible que Buddha no tuviera una pequeña obsesión con su dulce Nira.
—Voy a probarlo de aquí, Nira —pasa su pulgar por los labios de ella antes de terminar de acercar sus rostros, sin llegar a un contacto profundo—. Directamente de aquí…
No deja tiempo a más palabras y junta sus labios con los de ella, como si estos llevaran mil años hambrientos de su boca, de su sabor. Sí, de ese dulce sabor que Nira posee y que lo transporta al mismísimo infierno, donde sus deseos yacen.
Ha vuelto a caer en el ojo de la tormenta. En ella. A pesar de todo; sus principios, dogmas y enseñanzas. Pero no le preocupa en ese momento. No le importa, ahora, más que él mismo y lo que sea capaz de hacer para pasar otro momento de felicidad con ella.
Siquiera le importaría en ese momento si los demás lo olvidan, si su nombre divino cae en lo profundo y jamás se recupera. Porque sabe que siempre habrá una única persona que sí lo mantendrá con vida: Nira.
Buddha gruñe al notar cómo la chica empieza a moverse sobre él, ayudada por las propias manos del dios. Nira roza sus muslos con los contrarios, con un vaivén de cintura que también ocasiona que esa zona entre sus piernas sienta lo que le está provocando a su amante. Ya no existe el control, los dos lo han perdido en cuanto sus lenguas han comenzado a acariciar la contraria en un impúdico y lujurioso baile.
Como si ambos hubieran reencarnado en el mismísimo Manusya, permitiendo a sus anhelos fundirse con los del otro a través del movimiento de sus labios.
—Te he echado de menos, demasiado —susurra Nira, sin separarse y casi sin aire, pues Buddha parece haberse llevado todo el oxígeno de su cuerpo y no parece querer detenerse.
Dios, y claro que no lo hace. La desea como nunca. Consumirla por completo, igual que ella invade cada rincón de su mente.
Vuelve a abalanzarse sobre sus labios, esta vez al inferior, pero no para besarlo. Atrapa esa enrojecida y humedecida zona entre sus colmillos, otorgándole a Nira un instante de doloroso placer.
Porque sabe que le gusta así, rudo. A pesar de ser ella la que en muchas ocasiones da las órdenes, o se rebela contra él, le gusta que la sometan.
Y a Buddha le encanta cumplir los deseos de su Nira. Es decir, ¿quién no querría obedecer a una mujer como ella?
Pero hay algo que le gusta aún más.
—Desnúdate.
—No, desnúdame tú.
Escuchar a Nira replicar por sus órdenes es algo que nunca podría compararse a cualquier otra sensación existente.
Por respuestas como esa es que sus encuentros personifican las más reñidas batallas, en las que la balanza nunca termina por decantarse hacia lado alguno. El orgullo de ambos es demasiado como para dejarse hacer por las manos del otro.
—Hay que ver cómo eres —se queja él, clavando sus dígitos en la cadera de la morena—. Me desesperas, Nira.
Desliza sus dedos por la espalda de Nira hasta llegar a su nuca, donde ese adorno dorado mantiene su traje sujeto. Demanda más de ella, por lo que no tarda en abrir el broche, ocasionando que la seda blanquecina caiga con lentitud frente a él, suavemente y acariciando las perfectas curvas de los pechos de la chica, hasta que estos quedan expuestos.
Se deleita al poder verla de esa manera, y no reprime sus ansias de llevar sus labios a uno ellos para atenderlo en el punto más sensible. Deja que su lengua lo acaricie con toques irregulares que llevan a la morena a suspirar. Masajea el otro con su mano antes de dejar que esa extremidad tantee de nuevo su piel. Ella lo permite e inclina su cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello y haciendo dudar al dios de dónde debe dirigir su atención ahora.
Ojalá pudiera poseerla entera al mismo tiempo.
Acaricia su abdomen, donde descubre una cicatriz que no recuerda. Le extraña, pero decide no preguntar por ella y continúa el camino de sus dedos hacia el muslo de Nira, apartando la tela que cubre la parte de ella que más ansía ser tocada por el dios.
Ella le inspira.
Pues no existe nada que le cautive más que las curvas y el tacto de su cuerpo. Por eso lo moldea con sus manos, otorgándole todo el placer que demanda.
La nota húmeda cuando al fin dos de sus dedos masajean la zona entre sus muslos; mojada a causa de él y de la situación, y eso excita a Buddha aún más.
Nira no puede resistir los roces entre sus pliegues y gime. Siendo esos sonidos una melodía infernal a oídos del dios.
Infernal, pues nada le cautiva más a seguir pecando que los sofocantes quejidos que salen de esa garganta, ahora ahogados con placer, al haber introducido dos dedos en su interior.
Nira baja la cabeza para descubrir cómo él la contempla, con media sonrisa en el rostro.
—¿Por qué sonríes de esa manera? —pregunta, en un jadeo e introduciendo sus manos bajo la camiseta del dios, de la que decide deshacerse en ese instante.
—Ojalá pudieras verte la cara —responde él, devolviendo su mano a la labor de darle placer a Nira—. Me vuelve loco verte así.
El musculoso cuerpo de Buddha la fascina. Todas y cada una de las marcadas líneas por las que pasea sus dedos, acariciándolo con un toque que, en la piel del dios, resulta castigador.
La cautiva más aún cuando comprueba cómo se le están comenzando a marcar las venas por la tensión de los movimientos que hace al embestirla suave y tortuosamente con sus dedos.
Y él lo sabe, pues sus pupilas observan cómo las mejillas de Nira se han enrojecido.
Aprovecha el momento en que ella lo mira para golpear sus paredes interiores con más fuerza, curvando los dedos, pretendiendo que estos exploren hasta el último rincón de ella y hacer que se mojen aún más. Los gemidos de Nira se intensifican y, casi por instinto, comienza a moverse de nuevo sobre él.
A pesar de que el dios aún mantiene las telas de su atuendo en la parte inferior, Nira puede notar, incluso a través de ellas, lo duro que está.
Desliza su mano por el torso de Buddha, hasta llegar a su cadera, donde tantea con sus dedos la forma más cómoda de acceder ahí y poder otorgarle al dios una ínfima parte del placer que él le está proporcionando.
Buddha lo advierte, y sin dejar de hacer que ella se retuerza entre sus dedos, decide presionar con su pulgar la zona más erógena de Nira. Ese punto que, en cuanto acierta tocar, provoca que un gemido sonoro se escape desde lo más profundo de la chica.
Nira deja caer su cabeza sobre el hombro ajeno, apoyando la frente. Un escalofrío la recorre de arriba abajo, y su respiración le avisa de que, si él continúa tocándola de esa forma, terminará por estallar entre sus brazos. Maldice al dios, mordiéndole el cuello y enterrando sus manos en el cabello rubio, casi deshaciendo por completo —y de una vez por todas—, el peinado que lo mantiene recogido.
—No hagas eso —él la reprende, pero ella se mantiene con el rostro hundido en su cuello. Sin que él pueda verla.
—¿El qué? —¿acaso le molesta que lo despeine?
No, no es eso.
—Esconderte. Quiero verte la cara.
—¿No te gusta tenerme así? —responde ella con otra pregunta y en voz tenue. Buddha reacciona de inmediato.
La eleva y aparta todos aquellos recipientes de la mesita próxima a ellos, despejando el espacio para que ahora la espalda de Nira repose sobre la oscura madera. Él se coloca frente a sus piernas y las acaricia, en un trayecto que lo lleva hasta la cintura de la morena para poder desprender de una vez por todas cualquier tela que cubra su cuerpo. Quiere verla al completo. Así, tumbada e indefensa ante cualquier cosa que le apetezca hacer ahora con su piel desnuda.
Ella jadea y alza una ceja, curiosa. Tratando de averiguar el motivo del por qué los ojos azules de Buddha han dejado de mirarla por un instante y parecen posarse en algo que hay en el extremo opuesto de aquel mueble sobre el que está tumbada.
Él, finalmente, sonríe genuinamente mostrando los colmillos y alarga su brazo para tomar aquello que miraba: un recipiente más pequeño que parece contener una especie de líquido espeso y que, por el olor que desprende, hace pensar a Nira que se trata de algún tipo de sirope dulce. Con un toque de la mano libre en una de las rodillas, Buddha indica a la morena que separe las piernas. Necesita espacio para poder colocarse entre ellas, pero, además, toma la pierna de la contraria y, con suavidad, la coloca sobre su hombro.
Se mantiene ahí, frente a ella que lo observa con atención y respiración agitada.
Ella no puede evitar ser curiosa, y se incorpora para ver qué está haciendo el dios. Este mantiene la pierna de ella sobre el hombro, pero sus manos están ocupadas en otra cosa. Parece estar dándole vueltas al contenido de aquel recipiente con lo que Nira cree que es un palo mielero.
—¿Qué estás haciendo ahí aba- —Nira comienza a preguntar, pero enmudece al notar una sensación fría en la parte interior de su muslo. Buddha ha sacado el objeto alargado del frasco y lo acerca a la piel de la humana—. Joder, qué frío.
El palo acaricia la cara interna de su muslo, dejando a su paso un rastro de lo que fuera que contuviera aquél recipiente. Nira siente un escalofrío que le recorre el tronco inferior, y que termina por traducirse en una contracción de la zona entre sus piernas. Su cuerpo se agita y eleva el rostro hacia el techo. Estar a la merced del dios la calienta demasiado.
Por eso cada centímetro de ella parece rogar al dios que la toque. Porque a ella nada le cautiva más que ser acariciada por él.
Buddha, al verla así, deja salir una pequeña risita traviesa.
—Buddha… ¿Qué ha-
—Cállate y déjame hacer —ordena él, silenciando sus palabras.
Pero a ella nada la incita más que recibir una orden de su parte, y sobre todo, tener el poder de rebatir a su antojo.
—¿De nuevo con tus cosas raras? ¿Qué me estás echando ahí?
Buddha lanza el frasco hacia un lado, haciéndolo impactar contra el suelo. Ya no lo necesita más y, por eso, no le importa que se haya roto en cientos de pedazos e impregnado la habitación de un agradable y dulce aroma.
—¿No he dicho que te calles? —cuestiona con autoridad y acerca su rostro al muslo de Nira—. Es miel. Una poco común, de hecho. De las flores del campo de Nisa.
Ha susurrado contra la piel de la morena, haciendo que ella note el calor de sus palabras acariciando su dermis.
—¿Y yo no te he dicho que no puedes darme órdenes? —contesta ella, con ironía y casi en un quejido impúdico que se le escapa al notar la lengua del dios rozar su muslo. Alza una de sus manos para cubrir sus labios y tratar de contener, sin éxito, un gemido que le nace desde lo más profundo.
Nada lo cautiva más que el sabor y el olor de Nira. Nada hace a su mente enloquecer de esa manera.
La lengua de Buddha traza con su lengua el sinuoso camino de miel que ha dejado en el muslo de la chica, deleitándose con el sabor que la piel que su dulce humana le otorga. Hasta llegar al término de aquella ruta trazada hacia el Nirvana entre sus piernas.
—Puedo hacer lo que quiera, Nira… —Buddha detiene el avance de sus labios y aprieta la piel de la chica con sus dedos. Clava entonces sus colmillos en ella, sabiendo que esa acción dejará una pequeña marca en su cuerpo. Justo en la zona más alta de su muslo.
Ella está agitada, deseosa de notar de nuevo ese músculo caliente que le acaba de recorrer la piel.
—Vaya…¿Ya no me contestas? —el dios habla con el rostro entre sus piernas, casi en un jadeo de excitación que mueve el aire caliente de sus palabras hacia los pliegues de Nira, la cual, ahora, decide guardar silencio.
Buddha entiende eso como respuesta y sonríe.
—Así me gusta. Buena chica…
No tarda en premiarla de la mejor manera que conoce y deja que sea su lengua la que acaricie ahora la piel de Nira. Humedece aún más la zona entre sus muslos, prestando atención a todos los sonidos que ella deja escapar y siendo estos los que le guían para mover el caliente músculo de una manera u otra. Saboreando cada rincón de sus pliegues y deleitándose con sus reacciones.
Ella encuentra un lugar seguro para sus agitadas manos en los cabellos rubios de Buddha. Enreda sus dedos en las hebras, con fuerza y muerta de placer. Arquea su espalda sobre la fría madera. Lo que él le está provocando no es comparable a ningún tipo de sensación mundana, por eso ya no frena que los gemidos se escapen de sus labios e inunden la habitación.
Y que se intensifican cuando, una vez más, los largos dedos de Buddha vuelven a introducirse en ella y embisten sus paredes de nuevo. Tocando justo en ese punto que llega a tensar el abdomen de Nira.
—Dios… —suspira, en un tono diferente pero incluso más sensual a oídos de Buddha.
Detiene su lengua y, mientras continúa introduciendo y sacando sus dedos de ella, eleva sus azules ojos hacia el rostro de la castaña, descubriendo en su tez algunas lágrimas de placer discurriendo por los pómulos enrojecidos.
—Dime.
—No me refiero a ti. Aquí dentro no eres eso, ¿recuerdas?—está agitada, demasiado—. Pero no pares… No pares, joder.
Otra orden para Buddha. Una que no acata. Eleva su cuerpo y continúa tocándola, pero su rostro ahora la observa desde bien cerca.
—Joder, Nira. No puedes llamarme así, de esa manera, con ese tono… y esperar que no me guste.
La mano que no le está dando placer a la chica se instala en el cuello de ella. Buddha ejerce la presión suficiente como para elevar el rostro de Nira aún con sus dedos alrededor de su garganta.
—Pídemelo —susurra en su oído y aumenta la velocidad de sus dígitos entre las piernas de ella—. Pídeme que siga, ruégame.
—Para… —pide Nira—. Es pronto…
—¿Pronto para qué? —pregunta él, juntando sus labios con los de Nira y apretando un poco más sus yemas en el cuello de la chica—. ¿Para que termines?
Ella asiente como buenamente puede.
—Já —suelta él, en una única carcajada socarrona y acaricia el perfil de la mandíbula de Nira con los labios, hasta llegar al lóbulo de su oreja. Sus movimientos son suaves en esa zona, a diferencia de los que está haciendo más abajo.
—No voy a parar hasta ver cómo terminas entre mis dedos…—anuncia con voz rasposa directamente en el oído de la chica—. Ni voy a parar para ver como vuelves a hacerlo dentro de poco sobre mí…
Solo de pensarlo, el cuerpo de Nira se contrae por completo y deja salir un grito desgarrado lleno de placer, apretando la mano de Buddha con sus muslos. Odia el hecho de que, con unas simples palabras, unos simples toques y caricias, el dios pueda ocasionar eso en ella.
Sonríe orgulloso al verla así de complacida.
A pesar de faltarle el aire por el agarre de Buddha en su cuello y de él creer que la tiene completamente sometida en ese instante, Nira saca fuerzas de donde siquiera sabía que tenía y consigue incorporarse en un movimiento rápido que deja al dios atónito.
Guiado ahora por los movimientos de la chica, Buddha se sienta en la mesa baja, donde sus ojos azules atisban un surco que la piel de la morena ha dejado. Posa sus manos en la cintura de Nira y nota cómo su cuerpo aún está temblando por lo que acaba de ocasionarle.
—¿Qué vas a hacer, Nira? —pregunta cuando las manos de la chica desatan con ansia las telas de las cintura del dios, desvistiéndolo por completo.
—Cierra la boca —resopla y planta un beso en los labios del contrario. No quiere que hable, porque cada vez que lo hace las palabras se clavan en ella como punzadas dolorosamente placenteras—. Te dije que pararas hace un momento y no lo has hecho… Maldito dios. Tan estúpido y arrogante. Ahora es tu turno de callar y dejar que yo haga lo que quiera.
Él sonríe contra sus labios durante unos escasos segundos, pues la boca de Nira ha abandonado ese lugar y ahora recrea el torso de Buddha en distintas sendas irregulares; hacia abajo, hasta llegar a esa zona que había estado demandando su atención desde que entraron a la habitación.
Buddha no puede evitar comenzar a respirar de manera errática cuando ella se coloca frente a él, de rodillas. Menos aún cuando sus intensos ojos azules se posan sobre los castaños de Nira, que lo mira con lascivia y tomando su longitud con una de sus finas manos. La chica sonríe al ver la expresión de deseo de él y, con destreza, lo introduce en su boca.
Lame la punta, con suavidad y dejando que el dios disfrute de la calidez y suavidad de su lengua. Sabe que lo disfruta al escuchar cómo un ronco gemido se le atraviesa en la garganta y, justo es ese sonido, el que le da la señal a Nira para poder aumentar sus movimientos.
Un vaivén dulce y tortuoso para Buddha, que gruñe con cada bajada que ella realiza. Y, lo peor de todo, es que ella no aparta la mirada.
Está ahí, de rodillas frente a él, pero desafiando constantemente con esos oscuros ojos.
Acaricia la enrojecida mejilla de la chica con ternura y, en un impulso, lleva su mano a enredarse entre las hebras castañas para tomar el control por un momento y ser él quien provoque las embestidas. Solo un par de movimientos de sus brazos hacen que a Nira le lagrimeen los ojos por el esfuerzo.
Tiene que contenerse de no terminar en la boca de la chica, pues ha estado a punto de hacerlo cuando los labios de Nira lo han rodeado, hambrientos de él.
Toma a la morena por la muñeca y la obliga a incorporarse y volver a sentarse a horcajadas sobre él. Ambos están en el punto más alto de excitación. Pueden notarlo en cómo sus respiraciones se entrecortan mientras se devoran nuevamente el uno al otro.
Sus lenguas se enredan, tomando Buddha el liderazgo sobre los labios y el cuerpo de Nira, pues la eleva, amasando de nuevo la carne de sus nalgas. Ella reposa sus antebrazos en los hombros del dios, y lo observa desde una posición superior, siendo ahora sus orbes castaños los que quedan sobre el añil de los contrarios. Sabe que, en cuanto deje a su cuerpo caer, sentirá ese anhelado placer una vez más.
El que solo Buddha puede proporcionarle.
Nira acaricia el ancho cuello del dios, llevando sus dedos hacia su larga melena rubia, donde encuentra una sujeción para hacer que el rostro de Buddha no deje de observarla.
—¿No querías verme la cara? Pues mírame —Nira da una orden con voz temblorosa, y comienza a bajar lentamente, rozando sus pechos con el torso del dios, dejando que su cuerpo acoja al contrario con una deliciosa lentitud. El hecho de sentirlo en su interior, rozando todas sus paredes con el grosor y notando sus palpitaciones, hace que sus labios se entreabran y un tentador gemido se escape entre ellos.
Y lo mismo ocurre en la expresión del dios. Los orbes añiles arropados hasta la mitad por los párpados, sobre unos pómulos enrojecidos y unos colmillos que muerden la propia piel en un intento de retener los roncos gemidos en su garganta.
—Joder… —suspira Nira cuando nota que está completamente dentro.
—¿Qué te pasa? —Buddha la mueve sobre él, con suavidad y generando un febril roce de sus cuerpos—. No irás a decirme que te duele a estas alturas, ¿verdad? No es la primera vez.
—No —matiza ella, aumentando la intensidad de ese contacto de pieles—. No es que me duela… Es más bien lo contrario…
Buddha rueda los ojos y sonríe con vicio. Sus dedos aprietan el trasero de Nira con desesperación. La misma emoción que lo imbuye e impulsa al cuerpo de la morena a subir y bajar sobre el suyo. Enrosca uno de sus brazos en la cintura de la castaña, sujetándola y ayudándola en esos movimientos que comienzan a inundar la estancia de sonidos obscenos.
El calor en el lugar aumenta, como si el mismísimo infierno se hubiera trasladado allí y sus llamas fueran la causante de que una fina capa de sudor apareciera sobre las pieles de ambos.
No se sienten pudorosos a la hora de cambiar de postura, y Nira se voltea, para que él la embista aún sentada en sus piernas mientras los largos dedos del dios acarician sus pechos. Para ellos aquello no se siente como el infierno. Es como ascender al mismísimo cielo aun estando entre cuatro paredes.
Pues la felicidad, como bien sabe Buddha, no radica en un dónde, ni en un qué. Solo en un quién. Una entidad que él se atribuye a sí mismo, aún a sabiendas que es en ella donde yace gran parte de su dicha.
—Buddha… —Nira gime al sentir los dedos ajenos acariciar de nuevo entre sus piernas.
—Aún no —demanda Buddha—. Te he dicho que lo harás sobre mí. Y cuando pueda verte.
Lleva toda su vida mintiéndose. Apartando la idea de que no ama a Nira tal y como se ama a él mismo. Y compartir con ella, de nuevo, un momento como este, reafirma una vez más la patraña que a diario, y durante más de mil años, se ha repetido en numerosas ocasiones.
Con esos pensamientos y el deseo de volver a ver su rostro, toma a la morena, haciendo que ella abrace su cintura con las piernas y sin dejar de mover su pelvis para trasladarse hacia el suelo cubierto de alfombras, donde ahora la espalda del dios se posa; los cabellos, rubios y oscuros, se esparcen del mismo modo por las telas. Mueve el cuerpo de Nira encima del suyo, y eleva su cadera en repetidas ocasiones para golpear su interior sin control.
Nira encuentra el pecho de buda como el lugar perfecto donde anclar sus palmas para continuar moviendo su pelvis. Y así lo hace, hasta que la zona baja de su abdomen comienza a advertir que no aguantará mucho más sin volver a explotar.
Buddha está de la misma manera. Ver los pechos de la chica botando sobre él supone una pequeña dosis extra de placer visual.
Acaricia con cautela esa cicatriz que ha descubierto antes y frunce las cejas cuando Nira ha dado, sin avisar, una bajada más fuerte. Está a punto, y notar las contracciones de las paredes de la chica no le ayudan en lo más mínimo a contenerse.
—Ah… —Mucho menos, ese gemido que Nira acaba de soltar por sus labios.
—Nira… —gime casi sin voz y envuelve su cintura con un brazo y la atrae hacia él para besarla.
Besa su cuello, inundándose de nuevo de ese olor y de la dulzura de su piel morena. Y le presta especial atención a esa zona con sus labios, más aún sabiendo de sobra que es su punto débil.
Nira jadea sin parar, la constancia de sus gemidos aumenta con cada embestida de Buddha y él parece estar en la misma situación; sin control alguno de sus acciones, tan solo pudiéndose concentrar en el caliente interior de la preciosa mujer frente a él.
Sin tener una noción clara de sus pensamientos más oscuros.
La oye aumentar el volumen de sus gritos, y él deja salir un gruñido ronco de sus labios entreabiertos. Las palpitaciones que siente entre sus piernas incrementan al compás del vaivén de las caderas de Nira, y es en este momento cercano al éxtasis que se permite arrojar los últimos vestigios de su autocontrol al lugar más recóndito de su mente.
Es en ese momento, cuando ambos exhalan por última vez sobre los labios del otro, que Buddha le confiesa, en un susurro débil, su mayor debilidad.
Y con ella su mayor secreto.
—Te amo, Nira.
Aún sofocada, Nira permanece tendida sobre el pecho del dios, tratando de recuperar el aire y, sobre todo, asimilar eso que acaba de escaparse de sus labios.
Él guarda silencio. No sabe lo que ha dicho. Pero es consciente de la verdad que conlleva.
—¿Es eso cierto, Buddha? —a sus oídos llega una pregunta formulada con voz rota y para la que no tiene una respuesta que no lamente.
Pero debe decírselo.
—Sí —admite—. Empecé a amarte en el pasado, Nira. Y nunca dejé de hacerlo.
Ha dejado expuestos sus sentimientos, y se siente vulnerable. Desprotegido, como el viento tratando de ser contenido por una red. Al igual que ella se sintió una vez.
No dicen nada, pues no encuentran las palabras.
Es solo cuando Nira eleva el rostro para volver a mirarle que él acierta a hablar. Pues ve que los oscuros ojos de la chica se han enrojecido. No sabe si de pena, o de rabia. Igual que el día que se conocieron.
Le fascina su mirada. No. Toda ella le parece increíblemente preciosa. Siempre ha sido así.
—No me mires así… no con esos ojos… —acaricia su mejilla, con cariño, pero su mano se dirige hacia la cicatriz en el abdomen de Nira—. ¿Qué te pasó?
—Lo que tenía que pasar… —relata ella, y regresa suavemente la mano del dios a su rostro—. Morí, Buddha. Cuando te fuiste. Mi vida terminó en el momento que te alejaste. Lo que vino después solo fue la conclusión de aquello para lo que los dioses me trajeron a la vida… Ser entregada a ellos de nuevo.
Buddha siente cómo, de nuevo, la respiración de Nira se agita. Nota contra la piel de su pecho el fuerte latir del corazón ajeno. Y le duele.
—No me martirizo por ello, ¿sabes? —continúa ella—. Pero me da rabia. Es inevitable, a fin de cuentas, soy humana. No puedo evitar sentirme así. Tú ya no entendías de esas cosas…y tampoco te culpo.
Buddha es incapaz de sentir rencor alguno. Acaba de descubrir cómo terminó la vida de la mujer frente a él, pero no siente furia; está condenado a reprimir esas emociones. Tan dichoso es el destino, que el de Nira quedó encadenado al mismo martirio desde el momento en el que lo conoció.
Nunca se permitió sucumbir ante el deseo, la codicia, el amor, que pudiera sentir por él. Porque es de insensatos anhelar algo que nunca podrá pertenecerte.
—No estabas en ningún lado, Nira… ¿Dónde reencarnaste? —pregunta él, pasando saliva por su garganta.
Buddha la buscó, por todos y cada uno de los seis reinos; a pesar de todo, y sin éxito. Es con esas palabras que salen de los labios del dios que Nira conoce la verdad oculta a sus ojos.
Si él estuvo buscándola, tenía que ser verdad.
Ella le sonríe y baja los párpados, haciendo que sus largas pestañas atrapen una diminuta lágrima que amenazaba con escapar.
—No lo sé —musita con pena y niega con su cabeza levemente sin borrar la sonrisa—. No lo recuerdo. Solo sé que morí y pareció pasar el tiempo. Cuando llegué aquí sólo sentía añoranza, Buddha. Una nostalgia que se apoderó de mí y se transformó en rabia… Esa misma que me hizo empezar a buscarte. Pero no recuerdo nada del lugar desde dónde me han traído.
Quiere decírselo. Volver a confesar una vez más lo que su corazón siente al estar a su lado. Pero le da miedo. Teme que, a pesar de ser consciente de que él siente lo mismo, aún así, la abandone de nuevo.
Buddha la abraza, tratando de alargar ese momento un poco más, y acerca su rostro para posar sus labios en la frente de Nira.
—Voy a encontrarte cuando todo esto acabe. No pienses más en eso, ¿vale?
Pero a ella le duelen esas promesas vacías. Se aparta de golpe, incorporándose y comenzando a recoger sus prendas del suelo. Volver a esos sentimientos que tuvo en vida la está engullendo una vez más. Y trata de combatir sus instintos y deseos de volver a caer en sus brazos, porque sabe que, si bien dice amarla, ese sentimiento nunca superará al orgullo que el mismo dios profesa a sí mismo.
Sigue con esa creencia de no ser merecedora del amor de un dios. De ese dios. De que su destino fue únicamente el de ser ofrecida a quién sabe qué deidad, pero no era a él.
Ojalá pudiera odiarlo. Todo sería mucho más fácil. Y de nuevo, la inminente despedida no le dolería tanto.
—No digas cosas que no vas a cumplir, Buddha. No seas tan pretencioso —establece Nira, casi en un mandato—. No me busques. No me des esa esperanza.
Él incorpora su tronco y observa con preocupación cómo recoge las prendas y comienza a colocárselas; Nira tiene la intención de irse, de alejarse de él otra vez. Y no quiere.
No quiere volver a aquél día en el que empezó a preguntarse qué era más importante: si su felicidad, o la de ella.
Por aquél entonces lo tenía claro: era la de él mismo.
Sin embargo, cuando Nira desapareció de sus días, estos perdieron gran parte de su luz. La misma que hoy ha vuelto a admirar y ve como con cada segundo se atenúa frente a él.
—Nira, perdóname.
Siguiendo sus pasos, Buddha se incorpora y agarra al vuelo algunas de sus prendas, anudándolas alrededor de su cintura y cubriendo así sus piernas.
Ella no contesta. Ha terminado de vestirse y se dirige hacia la puerta pero, antes de salir, sus pasos son detenidos por el dios, que la ha abrazado desde atrás, envolviendo la estrecha cintura con uno de sus brazos.
—Contéstame —demanda él.
—No me des órdenes, Buddha.
Ninguno de los dos hace movimiento alguno; el sabor de la despedida llega a sus labios, pero nunca ha sido de su gusto. Nira lo expresa sin pudor, al tratar de no mirar a Buddha para que no se de cuenta de sus ojos llorosos. Él, por otro lado, se acerca aún más a su cuerpo y se permite dejar caer su frente contra la de ella en medio de un pesado suspiro.
—Tú tampoco puedes ordenarme que no te busque, princesa. Lo haré una y otra vez. Hasta dar contigo, en todas las vidas posibles —vaticina el dios—. Y si no lo consigo, al menos ahora Nira, perdóname. Por favor.
Está cansada de reprimirlo, porque sabe que su lugar siempre fue con él. Por más que lo oculte, niegue y desmienta. Por más que trate de apartarlo de su mente, él siempre permanecerá ahí; él es esa luz que la guía en la penumbra.
Lo ama. De una manera tan estúpidamente genuina que le resulta imposible no esperanzarse con el simple hecho de volver a su lado.
—Con una condición —Nira se gira, quiere admirar sólo unos segundos más las facciones de Buddha. No quiere olvidarlas. No de nuevo.
Él perfila su rostro con dos dedos y le sostiene la mirada. Está nervioso.
—¿Cuál? ¿Quieres un caramelo? —bromea él sin poder evitarlo y a causa de la inquietud que se ha adueñado de él.
Obtiene, como respuesta, un ligero golpe en su torso por parte de la chica y un rodamiento de los orbes castaños. La morena acaba de elevar una de sus manos hacia la tela que le cubre el pecho, de donde saca algo que tenía escondido y enseñándole justo lo que él acaba de ofrecerle.
—Te dije antes que eso no me hace falta pedírtelo —Vuelve a guardarlo y a mirar al dios directamente—. Esa no es mi condición para perdonarte, Buddha.
El dios arruga las cejas por un momento y el sutil brillo de diversión que cruza sus pupilas no escapa de la vista de Nira. A pesar de ello, sus labios se retraen en una fina línea y piensa un par de segundos antes de hablar.
—No mueras —ordena con severidad—. Ni se te ocurra morir ahí abajo.
Buddha se sorprende por escasos segundos, pero es cuestión de éstos que su característica sonrisa vuelva a él. Se acerca a ella, aún más, y siente sus labios rozar los suyos en una corriente placentera. Su piel da con la suya, y deja salir de su garganta una risa ronca que acaba por desquiciar a Nira.
—¿Es una orden? —pregunta el dios.
La morena resopla y trata de zafarse de él. Las intenciones son en vano, pues Buddha apenas tarda más de dos segundos en retenerla alrededor de sus brazos, impidiéndole escapatoria alguna. Sin quererlo, sucumbe de nuevo a él.
—Tómatelo como quieras —reprocha ella, con sus labios formando un rabioso puchero.
Sin embargo, también sonríe. No puede evitarlo.
Buddha imita el gesto. Siente los brazos de ella acariciar los suyos, y él se deja hacer. Relaja el cuello y se permite acercar el rostro hacia el hombro de la morena. Roza la piel de su lóbulo con los labios y provoca, una última vez y con el calor de unas palabras impropias del dios, que el interior de Nira vuelva a experimentar todo aquello que creyó muerto.
—A tus órdenes, princesa.