Quiero Odiarte

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Sinopsis

Ian Death or De'ath ha tenido una vida llena de dificultades y problemas. Y Danielle Sttraford ha tenido su vida y su futuro en bandeja de oro. Un día Ian se ve metido en problemas por causa de su primo, y las circunstancias hacen que requiera ayuda de Danielle, esa chica seria y reservada que le llama tanto la atención. Un día Ian se ve metido en problemas por causa de su primo, y las circunstancias hacen que requiera ayuda de Danielle, esa chica seria y reservada que le llama tanto la atención. Dada la situación ellos no empiezan con el pie izquierdo, ni mucho menos con el derecho, ellos empiezan con la boca porque besarse era la única manera de que Ian se librara de su problema. Pero... ¿qué pasa cuando te das cuenta que una persona no es nada de lo que creías? ¿La perdonas o la dejas? © SE PROHÍBE LA COPIA TOTAL O PARCIAL DE ESTA HISTORIA ASÍ COMO SU ADAPTACIÓN. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. © OBRA REGISTRADA EN SAFE CREATIVE.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
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n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo

C A P Í T U L O 0 1


IAN DEATH OR DE'ATH


Mis pulmones ardían por el esfuerzo que estaba haciendo al correr de una manera tan desesperada por las calles atestadas de gente que se atravesaba en tu camino, estaba cansado por haber corrido casi diez cuadras, sí; sin embargo todavía podía aguantar más. No pensaba tomar un descanso teniendo a cinco tipos siguiéndome con bates de béisbol.


Intenté acelerar mis pasos dando largas zancadas y en aquel momento corriendo como alma que lleva el diablo comprendí que aunque me echara una cajetilla de cigarros cada tres días mi condición física seguía siendo bastante buena para cualquier otro fumador.


Aspire una buena bocanada de aire por la nariz y miré por encima de mi hombro para verificar que me seguían persiguiendo y regresé la vista al frente al comprobarlo.


No tenía necesidad de huir de cinco tipos queriendo golpearme por no encontrar a mi primo Raúl, podía detenerme y pelear con ellos, pero eran cinco contra uno, y todos se me echarían encima a la vez y era fácil deducir quién era el que saldría perdiendo; así que no servía de nada arriesgarse. No tenía idea de los problemas que tenía Raúl con otros barrios y tampoco en dónde se encontraba él en ese momento.


Esquivé personas y obstáculos que se interponían en mi huida e hice una mueca de cansancio y pesar porque me faltaba medio tramo para llegar a casa y no sabía en dónde diablos esconderme.


Corrí por las calles de la cuidad y me adentré a la larga y ancha calle que conectaba con el famoso callejón de los fantasmas. Había rumores acerca de que en las noches se escuchaban murmullos, llantos y se veían apariciones de gente muerta, pero yo siempre creí que nada de eso era real, solo eran rumores que se inventaba la gente chismosa, fantasiosa y sin quehacer.


Cuando estaba por llegar al dichoso callejón mis ojos captaron una silueta que conocía a la perfección en cualquier parte caminado con tranquilidad y sin prisas.


Era Danielle Sttraford.


Estudiaba en la misma preparatoria que yo, aunque era de otro nivel económico más elevado. Era la curiosidad de todo hombre dentro por mantenerse siempre seria y disciplinada.


Entorné mis ojos, enfocándola mejor y lo comprobé. Se trataba de ella.

La conocería en cualquier lugar aunque hubiese en ese mismo miles de mujeres más. Me sabía de memoria sus caminados y hasta en cuál parte del cuerpo le llegaba su cabello castaño.


Llegó un momento donde ella despertó mis instintos acosadores y sabía cosas básicas de su vida, aunque siempre me hacía el estúpido en el tema.


La miré por milésimas de segundos y supe en ese instante que ella sintió que una persona corría detrás de ella con urgencia cuando miró de reojo por encima del hombro y desvió la vista a sus zapatos, pasándome por alto.


Entonces le hice caso a mis impulsos, y la tomé del brazo sin llegar a lastimarla para no asustarla. Su ceño se frunció con confusión por haberla detenido y dirigió sus ojos al agarre en su antebrazo.


-¿Qué...?


-Necesito tu ayuda -corté y la halé conmigo dentro del callejón. Danielle tardó en reaccionar pero luego de haberlo hecho no puso objeción alguna a que, prácticamente, la arrastrara por el callejón de los fantasmas. Solo rogaba a que ella no creyera en todas esas bobadas de aparecidos, porque de ser así en cualquier momento desearía salir en cuanto antes y no podría ayudarme. Mi conciencia de inmediato me contradijo; ¿Su ayuda? ¿Cómo iba a poder ayudarte Danielle? Aunque una parte de mí sabía que solo era un pretexto.


Cruzamos el callejón caminando con rapidez y nos detuvimos al final de este, tarde me di cuenta que seguía sosteniendo su antebrazo así que la solté repentinamente y respiré con profundidad. Había casas en la acera de enfrente y distintos autos estacionados. Cruzar por el callejón solo acortaba el camino, pero estaba seguro que los tipos del auto deportivo negro seguían rondando por la zona.


Trague saliva y palpé los bolsillos de mi pantalón buscando mi celular, no obstante, lo había olvidado en mi auto, que también lo dejé varado lejos por el tráfico, así que no tenía con qué llamarle a Raúl ni con qué llegar a casa rápido.


-¿Qué es lo que pasa? -La confundida voz de Danielle me sacó de mis cavilaciones y me giré para admirar su rostro de cercas por primera vez.


Sus cejas perfectamente depiladas y alineadas permanecían fruncidas y sus labios entreabiertos, esperando preguntar algo más tal vez.


-Me están siguiendo -me limité a decir, y caminé unos pasos en el callejón para mirar las calles, dejándola atrás.


-¿Qué? ¿quiénes? -Cuestionó con impaciencia, haciendo una mueca de extrañeza.


Mis ojos buscaron la casa de alguien conocido y en lugar de encontrar caminos rápidos visualice un auto deportivo negro adentrarse en la misma calle donde me encontraba. Mis alarmas se encendieron.


-Los del auto deportivo que vienen hacia acá.


Mierda.


Jodida mierda.



Me di la vuelta sin tener idea de lo que haría y Danielle sacó la cabeza con discreción y miró el auto que se acercaba cada vez más donde estábamos. La velocidad en la que iban era lenta, señal de que seguían buscándome.


De repente sucedió lo que menos me esperaba.


Danielle tomó mi mano y recargó su cuerpo en la puerta de un auto estacionado, halándome con ella. La miré confundido y se echó el cabello suelto hacia atrás, volvió a mirar el auto negro que se acercaba cada vez más y con la voz más neutral que existe soltó un claro:


-Bésame.


La sorpresa me pegó por completo.


¿Qué?


-¿Qué? -balbuceé.


Su rostro formó un gesto de preocupación y exasperación y volvió a repetirlo, dejándome en el mismo estado de perplejidad.

-Que me beses.


Abrí mi boca sin poder reaccionar ante su petición y me quedé sin moverme, entonces, ella colocó sus manos en mi nuca y chocó sus labios contra los míos sin más preámbulos.


Jamás pensé que la primera vez que me atrevería a hablarle la estuviera besando.


Mi mente tardó demasiado en procesar que estaba compartiendo saliva con Danielle y cuando lo hice, me prendí.


Mis manos involuntariamente viajaron hacia su cintura y acerqué mi cuerpo más al de ella. Sus manos fueron a parar a los costados de mi rostro y moví mis labios contra los de ella, sin embargo ella estaba quieta y tensa. Fue relajándose a medida que tomó confianza y al estar por corresponder a mi beso soltó un chillido en alerta e hizo que escondiera mi rostro en su cuello.


A mis fosas nasales entró un nuevo aroma y evité soltar un gruñido porque olía jodidamente bien. Soy un hombre con debilidades, y el que las mujeres siempre olieran a distintos aromas para mí era lo mejor. El aroma que desprendía la piel de Danielle era una extraña combinación de coco con manzana y pepino. Mi nariz rozó con la delicada piel de su cuello y sentí que su piel se erizaba, cosa que no fue buena para el estado en el que estaba.


Un segundo.


Dos segundos.


Tres.


Cuatro.


No sé cuánto tiempo, segundos o minutos pasamos así, perdí la noción del tiempo y puse los pies en la tierra al sentir sus manos dejar mi nuca y posicionarse en mi pecho.


-Muy bien, creo que ya te has librado de ellos -Informó, y tomé cierta distancia para no incomodarla, dirigí mi mirada al final de la calle y el auto negro ya estaba lo suficiente retirado así que me fui calmando.


Ese fue su plan. Besarnos para que no pudieran ver mi rostro.


Tenía que admitir que era una ingeniosa.


Me quedé guardando silencio, mirando la calle vacía, dándome cuenta de que Danielle me sacó de un apuro, y mastiqué el chicle de menta que ella traía pero me había llevado por medio del beso.


-Yo... este... -me aclaré la garganta y mené la cabeza, pasándome una mano por la cara -, gracias por... ayudarme.


Asintió con la cabeza y acomodó su cabello junto con el cuello de su blusa que yo arrugue instantes atrás.


Y sonrió.


Me dio una sonrisa dándome la vista de la perfecta dentadura que tenía. Era estúpido pero hasta llegué a pensar que ella no sonreiría nunca, siempre tenía un gesto de... perra en reposo en la preparatoria.


-No tienes nada que agradecer, está bien.


Volví a tragar saliva y pasé la punta de mi lengua por mi labio inferior.


-¿Ibas a tu casa? -pregunté, dispuesto a sacar algún tema de conversación, no podía desaprovechar la situación y dejarla ir tan rápido.


Miré sus ojos marrones y desvió la vista, soltando una pequeña y corta risilla nerviosa y cohibida.

-Sí, iba camino a casa.


-¿Quieres... que te acompañe?


Volvió a sonreírme.

-Creo que sí, es lo menos que deberías de hacer porque te ayudé a librarte de muchos tipos.


Una sonrisa ladina se instaló en mi rostro e hice un encogimiento de hombros.


-¿Por qué ayudar a un desconocido?


Ladeó la cabeza, torciendo su boca. -Ayudar a la demás gente es bueno.


-Sí, pero tú no sabes qué clase de cosas son las que hicieron las personas. No sabes qué hice para que ellos me siguieran.


Aceptó mi lógica.

-¿Si te lo pregunto estarás dispuesto a darme la respuesta?


-Sinceramente, no.


Se rió. Su risa fue un sonido contagioso y único de ella. -Entonces eso será a su debido tiempo. ¿Quieres saber cómo es mi nombre?


Me hice el estúpido desviando la mirada. No había necesidad porque sabía su nombre completo y el lugar donde vivía.


Su primer nombre empezaba por la letra K y nadie la llamaba por ese nombre, sino por el segundo que era Danielle y el primero Kelly.


-Oh sí, disculpa que no me haya presentado -estiré una de mis manos con educación -. Soy...


-Sé quién eres -me interrumpió, mirándome con diversión oculta -. Todos conocen al enigmático Ian cuyo apellido significa Muerte.


Negué con la cabeza repetidas veces pero estaba sonriendo sin mostrar los dientes. Jodida santa mierda, la mujer que pensé que ni en la vida me hacía me conocía.


-Bueno, soy el mismo -acepté, pasando mis dedos por debajo de ni nariz -. ¿Tú cómo te llamas?


Estiró su mano hacia mí para estrecharla con la mía. -Soy Danielle, Danielle Strafford. Estuve en una materia contigo hace tiempo.


Lo sabía. Fue en ese momento donde la conocí, pero había que fingir demencia. -¿Es en serio?


-Muy en serio -Afirmó, asintiendo con la cabeza repetidas veces y chasqueado la lengua -. ¿Entonces? -inquirió, levantando una de sus cejas tupidas -. ¿Me acompañarás a mi casa?


Asentí con la cabeza y empecé a caminar a paso lento esperando que me siguiera, luego al estar a la par la miré de reojo con burla. -Sí, ¿También quieres que te devuelva tu chicle?


Intentó no ponerse a reír y rascó su barbilla. Su tono de piel era claro, pero no pálido. Estaba en las tonalidades medias. Su estatura era promedio, no estaba tan alta, me llegaba por el hombro, pero no podía decir que estaba corta de estatura, quizás el alto y jirafón era yo.


La observé con descaro y sin vergüenza directo a la cara y me di cuenta que tenía un pequeño lunar en la esquina de su boca. Sus labios eran carnosos y se mantenían del tono natural rosado, la punta de su nariz era respingada y hacía contorno con sus ojos, que no eran grandes pero tampoco extremadamente chicos. Sus pestañas eran tupidas y negras, haciendo que fuera lo que más llamaba la atención de su rostro.


Desvié la mirada y miré el panorama que se presentaba ante mis ojos. Era bueno sacándole temas de conversaciones a las mujeres, pero a Danielle no sabía qué podría preguntarle que fuera interesante.


-Mañana regresamos a clases -Comentó ella, retorciendo los dedos de sus manos. Eran largos, los adornaban dos sencillos anillos dorados y las uñas las tenía rectangulares, largas y de color rojo. Jugué con mi lengua, pasándola por todas mis muelas y metí mis manos a los bolsillos de mi pantalón. El regreso a clases estaba de vuelta una vez más, las vacaciones de verano terminaron y la rutina diaria comenzaría desde cero. Lo que me consolaba en aquel momento era que ya cursaba el último semestre y me libraría pronto -. ¿Piensas asistir?


Me encogí de hombros y patee una piedra en el camino. -Tengo que ir, no tengo otra alternativa.


-Te he visto un par de veces en los pasillos -comentó, mirándome -. En algunas estás con un chico del cual nunca los veo alejados.


Sentí la estructuración que hacía en el costado de mi rostro y rasqué parte de mi nuca.


-Ah, sí. Él es mi primo. Se llama Raúl.


-¡Ah! No conozco a todos los de la prepa, puede ser que de vista solamente, pero soy demasiado mala para recodar nombres. También te he visto con una chica delgada y de cabello rojizo.


-Ella es una amiga de nosotros, su nombre es Katherine.


En la calle por la cual íbamos caminando había un escalón que si no lo veías caerías al suelo boca arriba dolorosamente. Imaginé que ella estaba al tanto, pero me equivoqué cuando tropezó por estar poniendo su atención en el costado de mi cara. Reaccioné rápido y alcancé a tomarla de los brazos antes de que impactara en el asfalto. Una vez que se estabilizó apreté mis labios para no echarme a reír y una carcajada nasal me delató.


-¿Siempre eres así de distraída?

Pensé que ya habías visto el escalón.


Me acompañó a reírme y cubrió su boca con la palma de su mano.


-No, pero nunca te había tenido tan cerca -Se sinceró -. Estás muy alto, ¿cuánto mides?


¿Quién hacía esa clase de preguntas?


Ella.


-1,92. ¿Te gustan los altos?


-Sí, como tú.


Un sonido parecido a una risa escapó de mi garganta y nos adentramos a la colonia adinerada donde vivía. La colonia se llamaba Palacios blancos, y todas las casas eran grandes y lujosas.


Nos detuvimos a unos metros de distancia de su casa de dos pisos, con un gran jardín por delante y una cochera con cavidad de diez autos y se balanceó en sus pies.


-Aquí vivo.


Levanté una ceja. -¿Le enseñas tu casa a alguien que podría secuestrarte?


-Si tú eres el secuestrador no veo el problema, aparte no cuenta como secuestro si no me opongo.


Me solté a reír. Ella tenía aires de arrogancia y seguridad en sí misma. -¿Ah, no?


-No, aparte vives a unas tres cuadras de aquí.


-¿Cómo sabes dónde vivo?


Resopló. -Todo el que habite en The Forests creo que sabe de tu existencia, Ian.


Ian. Pronunciaba mi nombre de una forma particular, con lentitud en cada letra.


Puse gesto de arrogancia.

-Cierto. No te equivocas.


Volvió a sonreírme y tragó saliva. No sabía cómo despedirse.


-Bien, ya tengo que entrar a casa, tengo un montón de tarea que no hice en vacaciones.


-Bueno, entonces...


-Entonces ya sabes donde buscarme para secuestrarme -Murmuró -. Besas bien, Ian.


Guiñó el ojo y se alejó, caminando a la puerta de su casa. Caminaba como un gato, cruzando una pierna antes que la otra. Caminaba con clase y estilo.


Sonreí como idiota y me atreví a agradecer por haber sido perseguido por cinco tipos.