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El símbolo (una carta desde el infierno)

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Sinopsis

Enloquecido, atormentado y desesperado; Samy narra los hechos que lo condenaron al infierno.

Genero:
Horror/Mystery
Autor/a:
LuisGarnav
Estado:
Completado
Capítulos:
11
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Condenado

No puedo siquiera empezar a explicar cómo escribo esta carta, mierda, a mí mismo me cuesta entenderlo. Tal vez la manera más clara de ponerlo sería esta: lo entenderás si algún día estás en el infierno. No perderé el tiempo tampoco tratando de convencerte de la veracidad de lo que digo, mucho menos explicaré cómo me hice con herramientas para escribir aquí, puesto que el papel que tengo es limitado y la tinta en verdad no existe… cómo dije antes… lo entenderás si algún día estás en el infierno.

Aunque siempre está oscuro alrededor, nunca quiero abrir los ojos del todo. Aunque el calor es sofocante, la sola idea de beber la encuentro aborrecible. Aunque no hay nada por hacer, siempre de alguna forma me siento angustiado, cómo si he olvidado algo. Y vaya que he olvidado cosas… creo recordar que me llamaban Samy, y hasta donde logro indagar en mis propios recuerdos, odiaba ese diminutivo; me hacía sentir pequeño.

Creo que las cosas se torcieron aquella tarde que el viejo me disparó. Nunca entendí cuál era su problema —al menos ahora no logro recordarlo—; pero estaba enojado —el viejo quiero decir, yo por otra parte estaba aterrado—. Escuché los casquillos de la escopeta recortada caer al suelo y en ese momento, movido por mis propias ganas de vivir, salí de mi escondite y escapé torpemente por una ventana. El viejo no se rendía; era el padre de un amigo. Recuerdo que desde la ventana disparó de nuevo, lo recuerdo porque me pareció en ese momento que recargó el arma demasiado rápido y me sorprendió. Después abrió la puerta, y gritando improperios me disparó otra vez.

Sabía que tendría que cargar de nuevo; por lo visto usaba una escopeta de dos cañones. Entonces corrí; corrí con más soltura que antes, aliviado porque: si no me había logrado asestar a corta distancia, mucho menos lo haría cuando pusiera unos 20 metros más entre mi cuerpo y sus cañones malditos. Cuando calculé que estaba lo suficientemente lejos del viejo me di la vuelta; quería básicamente: ver que tan lejos estaba, comprobar si estaba cargando otra vez, o si venía tras de mí; y si he de ser sincero… burlarme un poco de ese viejo imbécil.

Pero cuando me di la vuelta no tuve oportunidad de hacer ninguna de esas cosas… no alcancé siquiera a ver al viejo. Todo el paisaje frente a mí había cambiado: el cielo era de un color verde profundo, un verde enfermizo y antinatural que me hacía pensar en un paraje desolado, donde era yo el único ser vivo en el continente. El sol era una gran bola de magma negro; era —a falta de mejores palabras para explicarlo—: luz negativa. Ese sol no estaba iluminando la calle, se alimentaba de ella. No alcancé a ver al viejo; pero vi la casa. Las ramas desnudas de un árbol salían por las ventanas abuhardilladas de esa casa vieja, irrumpían por los cristales, macizas, brillantes, muertas, gigantes. Esa visión me aterró, me aterró mucho más que el viejo y su escopeta. Me di la vuelta, necesitaba ahora huir del panorama de esa casa embrujada, de ese paraje desolado, y de ese sol negro; pero fui sorprendido por una escena más horrible todavía.

Un ser de otro mundo estaba parado frente a mí. Vestía una desgastada túnica hecha de harapos, y no tenía cara. Tenía forma de hombre eso sí, la figura de un hombre se distinguía bajo su túnica. Sin embargo, su cuello parecía madera tallada, y supe de alguna forma que estaba hecho de la misma madera que el árbol muerto de la casa; y su cabeza era una pirámide invertida que rezumaba un líquido —o un gas— desde su base, su vértice nacía en su cuello. Aquel ser hablaba, me decía cosas en una lengua extraña que no entendía, y a medida que las decía más bullía el líquido que chorreaba de su cabeza como nubes de un vapor denso. El ser me quitó el saco que llevaba en la mano, hasta ese momento ni yo me había dado cuenta de que lo tenía.

Volcó su contenido en una urna de piedra que estaba en el suelo del inusual cuarto. Sí, de pronto, y sin darme cuenta cuando llegamos ahí, estábamos en una rara habitación. No había nada en ella excepto por la urna de piedra y una silla que parecía tener algún tipo de magnetismo con mi carne; entre más luchaba por ponerme en pie, más pesado me volvía. El contenido del saco, si era el botín de algún robo, era ridículo. No tenía ningún valor; consistía solo de una pelota de beisbol, una rosa blanca, y unos zapatos de bebé.

—Yo no he robado eso —le dije al ser, esperando que me entendiera—. Son cosas sin ningún valor, nunca robaría eso.

Pero el ser no me hizo caso; siguió en su rito milenario, diciendo vocablos impronunciables para una garganta humana, sonidos que rápidamente aprendí a detestar. Tenía cierta cadencia al decir esas extrañas palabras, cierto ritmo; y aunque repetía las mismas frases una y otra vez, lentamente aumentaban en intensidad. Insistí en un par de ocasiones en convencerlo de mi inocencia, pero fui ignorado en cada intento; para el aterrador ser, era como si yo no estaba ahí.

No tengo una idea clara de cuánto tiempo pasamos en ese cuarto, pero lo que pasó después no voy a olvidarlo jamás. La tierra negra en la urna vibraba; se agitaba con los vocablos del ser, y debido a esas vibraciones, la tierra se tragó el contenido del saco: la pelota, la rosa y los zapatos.

—Eso no es mío —insistí aterrado—, yo no he hecho nada.

Entonces, de la tierra sembrada de objetos sin valor, salieron de forma perpendicular, como invocados por la canción de aquel engendro: tres pequeñas lombrices de tierra. En este punto el ser cantaba muy fuerte, su voz era tan antinatural como estridente; parecía que todo el cuarto se agitaba con su canción, y el líquido en su cabeza bullía como nunca. Caí en cuenta pronto de que las lombrices no eran en verdad lombrices; eran las ramas desnudas de una pequeña planta, que había crecido en apenas segundos frente a mis ojos. Se enlazaron en la punta, y entre las tres formaron el símbolo, parecía un nudo de algún tipo.

El ser dejó entonces de cantar, y su silencio me heló la sangre.

—Yo no he sido —intenté convencerle una última vez.

Tenía en las entrañas el plomo de un mal augurio. El demonio arrancó las ramas que habían crecido y se acercó a mí, yo me retorcía cautivo en mi silla. Alzó su mano de raíces, que hasta ahora no había alcanzado a ver, y señaló mi vientre diciendo otro de sus impronunciables vocablos; un terror más profundo me dominó, porque entendí su significado:

—Condenado —me dijo.

Busqué en mi vientre lo que el ser señalaba, no entendía nada; pero no demoré mucho en comprenderlo tampoco. Tenía la camisa agujereada, y la silla se elevaba sobre un lago de sangre.

—¿Qué está pasando? —le pregunté al ser—. ¿Estoy muerto?

—Condenado —dijo otra vez sujetando mi cabeza con su mano izquierda.

La derecha la echó atrás, empuñando las ramas como una lanza, y las clavó en mi frente con todas sus fuerzas; marcando en mí el símbolo.

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