CAPÍTULO 1: La selección
Hyunjin no recordaba la primera vez que vio a Jeongin como un encuentro.
En su memoria no había azar, ni sorpresa, ni el más mínimo destello de romanticismo. Lo recordaba como se recuerda un objeto bien elegido, una decisión tomada con frialdad quirúrgica. Como una variable que encajaba en una ecuación que llevaba años perfeccionando.
Jeongin apareció en su vida cuando Hyunjin ya tenía dinero, poder y un departamento demasiado grande para un solo hombre. No era un chico extraordinario a primera vista. No tenía la belleza evidente que vuelve a las personas deseables de inmediato. Lo que tenía era algo mucho más peligroso: una docilidad silenciosa, una manera de existir como si siempre estuviera esperando instrucciones.
Eso fue lo primero que llamó la atención de Hyunjin.
Lo vio en una inauguración aburrida, rodeado de gente que hablaba demasiado alto, que reía sin escuchar, que bebía sin placer. Jeongin estaba apoyado contra una pared, con una copa intacta en la mano, mirando el piso como si no quisiera ocupar espacio. No buscaba miradas. No buscaba aprobación. No buscaba nada.
Ese vacío era perfecto.
Hyunjin no se acercó enseguida. Nunca lo hacía. Prefería observar, confirmar, probar el material antes de tocarlo. Durante casi una hora lo miró desde lejos: cómo respondía cuando alguien le hablaba, cómo asentía incluso cuando no entendía, cómo sonreía por reflejo, no por deseo. Era un chico que había aprendido a agradar para sobrevivir.
—Se va a rompe fácil —pensó Hyunjin, sin emoción.
No era desprecio. Era interés.
Cuando finalmente se acercó, no usó frases brillantes ni gestos seductores. Se limitó a colocarse a su lado, invadiendo su espacio con la naturalidad de alguien que nunca pide permiso.
—No tienes que quedarte si no querés —le dijo, sin mirarlo.
Jeongin levantó la cabeza de golpe. Sus ojos eran grandes, oscuros, demasiado atentos. Hyunjin sintió esa descarga familiar en el pecho: el momento exacto en que alguien muestra que puede ser moldeado.
—Yo… estoy bien —respondió Jeongin, aunque su postura decía lo contrario.
Hyunjin sonrió apenas.
Siempre decían eso.
Esa noche no hubo sexo. No hubo besos. No hubo promesas. Solo conversación medida, silencios largos, preguntas que parecían inocentes pero no lo eran: familia, estudios, miedos pequeños disfrazados de anécdotas. Hyunjin no hablaba de sí mismo. Nunca lo hacía. Dejó que se vaciara solo.
Y Jeongin lo hizo.
Como todos.
En las semanas siguientes, Hyunjin repitió el patrón. Apariciones controladas. Mensajes breves. Invitaciones que no parecían órdenes, pero lo eran. Jeongin siempre aceptaba. Siempre llegaba antes de tiempo. Siempre esperaba instrucciones.
Hwang empezó a llevar registros mentales.
Cómo reaccionaba al contacto físico.
Cómo bajaba la mirada cuando se le hablaba con firmeza.
Cómo su respiración se desordenaba cuando sentía desaprobación.
No tardó en llevarlo al departamento.
El primer día, Jeongin se quedó quieto en el centro del living, sin saber dónde sentarse, como si el espacio fuera demasiado grande para su cuerpo. Hyunjin lo observó con atención clínica. Le indicó el sofá con un gesto mínimo.
—Sientate.
Jeongin obedeció.
No era amor lo que Hyunjin buscaba. Era respuesta.
La primera vez que lo tocó fue casi cruel por su neutralidad. Una mano en la rodilla. Nada más. Jeongin se tensó entero, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Ese temblor fue anotado, archivado, guardado para después.
—No te voy a hacer nada que no quieras —dijo Hyunjin, sabiendo que esa frase era una trampa.
Porque Innie no sabía qué quería.
Pasaron meses antes de que Hyunjin decidiera avanzar. No porque dudara, sino porque disfrutaba del proceso. De cómo Jeongin se volvía dependiente de su voz, de su aprobación, de su presencia. De cómo empezaba a organizar su vida alrededor de él sin que se lo pidieran.
Cuando el sexo llegó, fue inevitable… y decepcionante.
Jeongin se entregaba, sí. Abría el cuerpo, obedecía indicaciones, dejaba que lo guiara. Pero algo fallaba. No había resistencia real. No había conflicto interno. No había lucha. Jeongin cedía demasiado rápido.
Y eso, para Hyunjin, era un error grave.
El amor —el verdadero— necesitaba fricción. Necesitaba miedo. Necesitaba contradicción.
Jeongin lloraba cuando Hyunjin se alejaba. Suplicaba cuando lo ignoraba. Pedía perdón sin saber por qué. Pero nunca desafiaba. Nunca dudaba. Nunca intentaba huir de verdad.
—No estás entendiendo —le dijo una noche, mientras Innie temblaba bajo su peso—. No quiero que me obedezcas porque no sabés hacer otra cosa. Quiero que elijas quedarte.
Innie asintió, con lágrimas en los ojos.
Siempre asentía.
Eso fue lo que empezó a irritarlo.
Hyunjin aumentó la intensidad. El control. Las pruebas. Las marcas. Esperando que algo cambiara. Que Jeongin se quebrara o se afirmara. Que apareciera una grieta interesante.
No ocurrió.
Jeongin se volvió más pequeño. Más silencioso. Más apagado.
Y entonces Hwang entendió.
No todos estaban hechos para soportar su forma de amar.
Algunos solo servían como ensayo.
☆゚.*・。゚━☆゚.*・。゚━☆゚.*・。゚━☆゚.*・。゚
Hyunjin descubrió que el problema con Jeongin no era la obediencia.
Era la ausencia de voluntad.
Al principio creyó que eso se corregía. Que era cuestión de presión, de empujarlo un poco más, de forzarlo a enfrentarse consigo mismo. Pensó que, si llevaba el vínculo al extremo, Innie reaccionaría. Que aparecería el miedo real, la duda, la resistencia. Algo auténtico.
Pero no reaccionaba.
Se adaptaba.
Eso lo volvió peligroso… y aburrido.
La domesticación comenzó de manera sutil, casi elegante. Hwang nunca gritaba. No necesitaba levantar la voz para imponerse. Su poder estaba en el silencio, en la retirada calculada, en la desaprobación apenas perceptible. Jeongin aprendió rápido qué gestos agradaban y cuáles no. Aprendió a anticiparse. A corregirse solo.
—No me gusta cuando hablás de más —le dijo una vez, sin dureza.
Innie dejó de hablar.
—No me mires así —comentó otra noche.
Innie bajó la mirada para siempre.
Cada corrección era absorbida como una ley natural. Hyunjin observaba, esperando que en algún punto surgiera la fricción. No la hubo. Jeongin se volvía más moldeable con cada día que pasaba, más dócil, más dispuesto a desaparecer si eso garantizaba quedarse.
Y eso… eso empezó a disgustarlo.
El sexo se volvió una herramienta, no un encuentro. Hyunjin lo usaba para probar límites, para marcar territorio, para provocar reacciones que nunca llegaban. Jeongin gemía cuando se esperaba que lo hiciera, se tensaba cuando correspondía, lloraba cuando Hyunjin se alejaba. Todo era correcto. Demasiado correcto.
—Dime que no —le ordenó una madrugada, con el cuerpo encima, inmovilizándolo.
Jeongin abrió la boca. Dudo.
—No… —susurró, sin convicción.
Hyunjin se apartó de golpe.
—Eso no es decir que no.
Jeongin se quedó helado. Sus ojos se llenaron de pánico.
—Perdón… yo… no sé cómo—
Ahí estaba el problema.
Jeongin no sabía cómo desear algo distinto.
Hyunjin empezó a experimentar. No por crueldad gratuita, sino por necesidad. Necesitaba saber hasta dónde llegaba Jeongin, qué tan profundo podía hundirse sin romperse. Necesitaba ver si había algo debajo de esa sumisión constante.
Hubo días de silencio absoluto. Hyunjin desaparecía sin aviso. Innie quedaba suspendido, revisando el teléfono cada cinco minutos, incapaz de concentrarse en nada. Cuando Hyunjin volvía, Innie estaba exhausto, con ojeras, agradecido por una mirada.
—No vuelvas a hacerme eso —le suplicó una vez.
Hyunjin lo observó con atención.
—¿Hacer qué?
— Desaparecer…
No había reproche. No había enojo. Solo miedo.
Y el miedo, sin orgullo, no servía.
Empezaron las reglas. No escritas. No explícitas. Pero claras.
No hablar sin permiso cuando estaban con otros.
No vestir nada que Hwang no aprobará.
No tener secretos.
No tener tiempo que no le perteneciera.
Jeongin aceptó todo sin cuestionar.
Y eso fue lo que selló su destino.
Hyunjin notó el cambio en sí mismo antes que en Innie. Empezó a irritarse con facilidad. A perder la paciencia. A sentir un vacío raro después del sexo, como si nada hubiera sido suficiente. Miraba a cuerpo dormir a su lado y no sentía satisfacción, sino una incomodidad creciente.
—No me mirás —le dijo una noche.
Innie abrió los ojos de inmediato.
—Sí, te miro.
—No. Me observás como si yo fuera lo único que existe. Eso no es lo mismo.
Innie no entendió.
Nunca entendía ese tipo de cosas.
Fue ahí cuando Hyunjin empezó a pensar en términos distintos. No de relación, no de vínculo. De ensayo.
Jeongin era una prueba. Un primer intento. Un borrador imperfecto.
Lo llevó a la habitación oscura por primera vez sin avisarle. No hubo ceremonia. No hubo preparación. Solo una orden seca y la certeza de que Jeongin obedecería.
Y obedeció.
Cuerdas, posiciones incómodas, silencios prolongados. Hyunjin esperaba el quiebre. Esperaba gritos, insultos, lágrimas que no fueran sumisión automática. Pero Innie solo temblaba y se dejaba hacer, con los ojos perdidos, como si su mente se hubiera apagado.
Eso fue lo más perturbador.
—Reaccioná —le dijo, con frustración apenas contenida—. Dime que me odiás. Dime que quieres irte.
Innie lloró.
—No… no quiero irme. No sin vos.
No era amor.
Era vacío.
Después de eso, Hwang empezó a documentar. Fotos. Notas. Fechas. No por morbo, sino por necesidad de orden. Si algo fallaba, tenía que entender por qué. Qué había hecho mal. Qué variable no había considerado.
Innie notó el cambio. Se volvió más ansioso, más desesperado por agradar. Intentaba anticiparse aún más, borrarse aún más. Y eso solo confirmaba la teoría de Hyunjin.
Algunos cuerpos se entregan sin alma.
Y eso los vuelve inútiles.
La ruptura no fue una explosión. Fue lenta, quirúrgica. Hyunjin empezó a retirarse emocionalmente, a tocarlo menos, a mirarlo como se mira algo que ya no interesa. Jeongin lo sentía, y su miedo crecía como una infección.
—¿Hice algo mal? —preguntaba todo el tiempo.
Hyunjin ya no respondía.
El final llegó una noche silenciosa, sin violencia explícita. Hyunjin le dijo que se fuera. Sin gritos. Sin explicaciones largas.
—No eres lo que necesito —fue todo lo que dijo.
Jeongin se quedó de pie, paralizado.
—Yo puedo cambiar…
Hyunjin negó con la cabeza.
—No. Ese es el problema.
Jeongin salió del departamento como un fantasma. Más pequeño de lo que había entrado. Sin discutir. Sin reclamar. Sin entender.
Hyunjin cerró la puerta y sintió algo extraño.
No culpa.
No alivio.
Insatisfacción.
Se sirvió un whisky y abrió una carpeta nueva. Escribió una sola línea:
> Resultado: insuficiente.
Jeongin había sido un error necesario.
Un paso previo.
☆゚.*・。゚━☆゚.*・。゚━☆゚.*・。゚━☆゚.*・。゚
Después de Jeongin, el departamento quedó en silencio.
No un silencio vacío, sino uno ordenado, limpio, casi clínico. Hwang caminó por los espacios como si revisara un laboratorio después de un experimento fallido. Nada estaba fuera de lugar. Nada había sido dañado. Eso, en sí mismo, era una confirmación.
Jeongin no había dejado huellas reales.
La taza que usaba seguía en el mismo estante.
La almohada conservaba la forma exacta de su cabeza.
El armario tenía espacio de sobra, como si nunca hubiera sido ocupado del todo.
Hyunjin se detuvo frente a la cama, observándola con los brazos cruzados. No sentía nostalgia. Tampoco alivio. Solo una incomodidad persistente, como un cálculo mal hecho que seguía apareciendo en los resultados.
—No fue suficiente —murmuró para sí mismo.
Abrió el cajón inferior del escritorio y sacó la carpeta de Jeongin. La hojeó con calma, sin prisa. Fotografías, notas, fechas. Todo estaba ahí. Cada avance, cada retroceso, cada señal ignorada. Hyunjin no se engañaba: no había fallado en la ejecución. Había fallado en la elección.
Jeongin había sido demasiado vacío desde el inicio.
Demasiado dispuesto a desaparecer.
Y el amor, el verdadero —el que Hyunjin buscaba sin saber cómo nombrarlo— necesitaba algo más que obediencia. Necesitaba resistencia interna, conflicto, culpa. Necesitaba alguien que luchara contra sí mismo antes de rendirse.
Jeongin no luchó.
Se apagó.
Eso lo volvió irrelevante.
Hyunjin cerró la carpeta y la colocó en la estantería, junto a otras que aún estaban vacías. Espacios reservados. Posibilidades futuras. No sentía remordimiento por lo que había hecho. Sentía frustración por lo que no había obtenido.
Durante semanas no buscó a nadie.
No porque estuviera afectado, sino porque estaba pensando. Refinando criterios. Ajustando variables. Analizando qué había salido mal y cómo evitar repetirlo.
Entendió algo esencial: no bastaba con que alguien fuera vulnerable. Tenía que saberlo, pero odiarlo al mismo tiempo. Tenía que desear ser elegido y, a la vez, temer lo que eso implicaba. Tenía que tener una vida previa, un mundo al que aferrarse… para que abandonarlo doliera.
Jeongin no tenía nada que perder.
Y por eso perdió todo sin resistencia.
Hyunjin empezó a observar personas con otros ojos. En cafés, en reuniones, en espacios cotidianos. Ya no buscaba docilidad. Buscaba contradicción. Sonrisas que ocultaran inseguridad. Miradas que pidieran permiso y, al mismo tiempo, lo desafiaran sin saberlo.
Alguien que creyera en el amor, pero no confiara en sí mismo.
Alguien que se entregara… pero con culpa.
Fue entonces cuando dejó de pensar en Jeongin como una persona y empezó a verlo como lo que realmente había sido: una etapa necesaria. Un ensayo general. Una base sobre la cual construir algo más sólido. Más profundo. Más duradero.
Una noche, meses después, Hyunjin volvió a abrir la carpeta.
No para leerla.
Para confirmarla.
Pasó las páginas sin detenerse, con una expresión tranquila. Cuando llegó al final, escribió una última anotación, breve, definitiva:
> Conclusión: la entrega sin conflicto no genera vínculo.
El miedo sin deseo no crea dependencia.
El vacío no se puede poseer.
Cerró la carpeta con un gesto firme.
Jeongin había sido un intento temprano. Un error útil. Nada más.
Y entonces ocurrió.
Fue un día común. Una cafetería cualquiera. Un lugar sin importancia. Hyunjin no buscaba nada específico esa tarde. Solo café. Rutina. Normalidad.
Y ahí estaba.
Felix.
Detrás del mostrador. Sonriendo sin darse cuenta. Atento, torpe, con esa manera particular de existir como si siempre estuviera pidiendo permiso al mundo para ocupar espacio. Había ternura en sus gestos… pero también algo más.
Hyunjin lo notó de inmediato.
La inseguridad disfrazada de amabilidad.
La necesidad de agradar mezclada con orgullo silencioso.
La fragilidad sostenida por una ilusión de control.
Eso.
Eso era nuevo.
Hyunjin sintió cómo algo encajaba en su cabeza con una precisión inquietante. No deseo inmediato. No excitación. Claridad.
Lo observó durante largos segundos, mientras Felix preparaba el café, concentrado, sin notar que estaba siendo evaluado. Hyunjin vio en él lo que Jeongin nunca había tenido: una vida propia. Amigos. Sueños. Una identidad blanda, pero existente.
Algo que podía ser desmontado pieza por pieza.
Cuando tomó la taza, sus dedos rozaron los de Felix. El chico se sonrojó. Bajó la mirada. Sonrió con timidez. Y en ese gesto mínimo, Hyunjin supo que esta vez no cometería el mismo error.
Porque Felix no era vacío.
Felix iba a romperse mientras luchaba por no hacerlo.
Hyunjin salió de la cafetería con la certeza absoluta de haber encontrado lo que buscaba desde hacía años. No amor. No compañía.
Perfección funcional.
Esa noche, al llegar al departamento, abrió la estantería. Miró la carpeta de Jeongin por última vez. No con rencor. No con tristeza. Con gratitud fría.
Y dijo en voz alta, como una verdad que por fin tomaba forma:
—Fue un experimento fallido… hasta que vi a ese rubio..
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Al final decidí subirla antes de fin de año. Jaja
Me gustan las historias de amor bonito pero mi género favorito es este.
Y pues es mi historia jajaja así que ni modo.
Espero que estén igual de loquit@s que yo.
Besos en el Anastacio. Y dejen sus comentarios!!!