Aprender De Ti

—Bien chicos, ¡hemos terminado por este año! —Gritó levantando los brazos y sonriendo.
Sus alumnos contestaron con silencio. Ninguno quería que eso pasara.
¿Qué clases de adolescentes preferían estar con un profesor durante las tardes del sábado, en vez de andar divirtiéndose con sus amigos?
La explicación a eso estaba en Louis, un maestro diferente. A sus 28 años, había logrado cautivarlos por el gusto a hacer distintas cosas y aprovechar sus habilidades. En una espaciosa sala que les prestaba el sacerdote de la iglesia del pueblo, tenía un pequeño gimnasio, un sector de juegos de mesa, un lado para repasar materias de la escuela, otro de canto y baile. En el sector más alejado, un cómodo lugar para leer.
Bajo su orden y motivación, había logrado que 15 estudiantes de la escuela local se interesaran por ir cada sábado. Estaba feliz, porque el primer día sólo llegaron tres. Dos semanas después eran los 15 y nunca más se fueron.
Lo pasaban realmente bien. Se reían, compartían y acompañaban. Algunos ya no volverían al terminar las vacaciones, porque la universidad comenzaría para ellos, trayendo una nueva etapa, y eso significaba que un nuevo grupo debería formarse.
Louis tampoco estaba feliz. Amaba a sus alumnos, y estar tiempo con ellos. Pero secretamente, su miedo era tener que volver a Doncaster por las vacaciones. Ahí estaba su tormento, quien lo había hecho escapar de su lugar natal y buscar refugio muy lejos.
Se despidió de sus alumnos, y uno por uno los aconsejó. Tenía una palabra especial para ellos y sus historias, y un abrazo fraterno lleno de confianza y de seguridad. Cerró bien, y fue a su pequeña pieza por su maleta para salir rumbo al terminal de buses. Quería aprovechar cada momento libre.
Mientras iba en el bus, pensó en él. Jim había sido su amor y peor error en la vida. Se acordaba como si fuera ayer, del día en que lo vio por primera vez: Caminaba hacia su casa, y lo vio pasar. Nada especial, solo una mirada, y no necesitó más. Jim lo había desnudado en un par de segundos, y lo sabía, le sonrió maliciosamente, y siguió su camino. Nada cambió, excepto que, a la noche siguiente, lo tenía en su puerta, hablando con su mamá. Salieron a tomar una cerveza y terminaron en la cama de Jim, obviamente.
Recordó cómo fue caer rendido ante él y disfrutar como un principiante con sus caricias. Lo había enloquecido la primera vez que estuvieron juntos, y eso provocó una segunda, tercera y décima vez. Nunca podía negarse al placer que le provocaba, incluso sabiendo que no era el único, que sus palabras tenían de verdad lo mismo que su amor carnal a las mujeres.
Jim le pintaba lindas promesas que sonaban perfectas y el parecía un perro callejero en busca de afecto. Cualquier migaja era buena si luego terminaba en la cama con él, o en el sofá o en la escalera.
Era ridículo. Louis era mayor, siempre le gustaron los hombres menores por que eran mucho más descarados que los de su edad, y lo notaba en la cama. Pero Jim, era excesivamente indecente, rayaba en lo burdo y eso lo enloquecía. Se manejaba con tanta gracia que le hacía creer a Louis que tenía el control, cuando eso jamás pasó.
Decidió terminar con esa historia cuando una noche, lo vio pasear de la mano con un hermoso chico y escuchó cómo le prometía las estrellas, Plutón y Saturno. Una hora después lo llamó y unos minutos más tarde Jim gemía entre sus brazos, y le pedía que tuvieran un futuro juntos.
Y le dolió. Y eso fue suficiente para entender que no merecía eso. Comprendía y estaba de acuerdo en que fuera solo sexo, pero Jim jugaba con sus emociones y afectos, y eso era irresponsable y estaba comenzando a afectarle.
¿Intentó hablar con él? Por supuesto. Y la respuesta que recibió, fue el empuje que necesitaba:
“Con palabras bonitas caen más rápido en mi cama, deberías saberlo amor. A ti también te gusta cuando te hablo así, me follas más rico”.
Tomó la decisión de salir, no solo de esa relación tóxica; también del lugar físico, por lo que eligió un pueblo muy lejos del suyo donde empezar desde cero. Extrañaría a su familia y a sus amigos, sus lugares favoritos y su historia, pero su salud mental estaba al borde del colapso.
Siempre tuvo una inclinación especial hacia la espiritualidad, y eso lo mantenía siempre cuerdo y estable: Dios era su refugio. Tenía una licenciatura en Filosofía y Religión y pensó en ser sacerdote. No se decidía, y en ese momento estudió Pedagogía en Matemáticas, que era su otra pasión.
Llevaba en esta especie de trance muchos años. Por un lado, la necesidad de su alma de dedicarse a la oración para toda su vida. Por el otro, el deseo casi obsceno de su cuerpo de tener sexo. Amaba dominar a sus amantes, pero en ese camino se encontró con su talón de Aquiles, o sea, su debilidad.
Muchas veces se preguntó qué había detrás de esa necesidad de someter a sus compañeros de cama. Incluso una vez lo consultó con un sicólogo, pero la respuesta que recibió no le gustó y sencillamente lo dejó pasar. Le dijo que era miedo, terror a mostrarse vulnerable en una posición que lo obligaba a serlo, y que ocultaba mostrándose fuerte y avasallador en esa situación.
¿Sería el momento de abandonar todo y entregarse de una vez al celibato y la oración? No podía decidirlo, precisaba un poco de espacio y reflexión, y alejarse en ese momento era justo lo que necesitaba.
Afortunadamente logró encontrar trabajo rápidamente en una buena escuela, con pocos estudiantes y una excelente malla curricular. Había pocas actividades los fines de semana, y eso lo llevó a inventar esta especie de taller, que era más una ayuda para él que para los demás. Un año había pasado tranquilo, pero tendría que volver a enfrentar su pasado. Extrañaba sobre todo a su mamá y sus hermanas, y necesitaba abrazarlas.
¿Seguía sintiendo algo por Jim? No realmente. Pero tenía miedo. Terror de que aún tuviera el poder de dominarlo. No podía negar que su cuerpo se estremecía al recordar sus encuentros. Después de él, ninguno de sus escasos amantes logró borrar esas caricias intensas y mucho menos pudieron acabar con la perfecta sincronía de su tóxica relación.
Intentó dormir, mientras los árboles pasaban sin descanso a través de la ventana. Más de quince horas de viaje le quedaban por delante, por lo que se acomodó y se tapó. Lentamente el sueño lo atrapó y al despertar ya estaba a cinco minutos de su destino.
Con todos sus nervios y tratando de despertarse bien, tomó su maleta y caminó hacia su casa, reconociendo cada cosa de ese lugar. La plaza del pueblo, el negocio en la esquina, el perro peludo que siempre le ladra y el gatito blanco que busca sus manos. Nada ha cambiado.
A lo lejos, una reja de madera de color blanco, lo llenaba de recuerdos acogedores y olor a rica comida casera. Una gran sonrisa se asomó en su cara, y ahí se quedó congelada cuando su peor pesadilla le estaba sonriendo a menos de un metro de distancia.
Como siempre, impecablemente vestido, viéndose maravilloso, oliendo mejor, y su mirada altanera y suficiente, a pesar de ser muy temprano. No permitiría que Jim lo leyera, por lo que, de manera imperceptible, fingió sorpresa y una genuina alegría de verlo. Se acercó y le dio un abrazo amable, descolocándolo.
—Qué gusto verte, ¿cómo estás? —Preguntó Louis.
—No tan bien como tú amor, —contestó recuperándose. —Te ha hecho bien estar lejos. Lo escaneó de pies a cabeza, mientras se mordía el labio inferior.
—La verdad es que sí. Ha sido un buen año. —Sonrió. —Lo siento, pero me están esperando, nos vemos después.
Intentó seguir su camino, pero el brazo de Jim lo detuvo. Su mano fuertemente posicionada en su pequeña cintura. Demasiado cerca sintió su voz:
—Te espero esta noche en mi cama, —dijo guiñándole un ojo. —Me has hecho mucha falta.
No pudo contestar, su corazón se detuvo por cinco segundos completos, y la sangre olvidó como moverse en su interior. Era peor de lo que esperaba: Seguía a merced de los deseos de ese idiota atractivo y dominante.
¡Dios! ¿Dónde estaba la lógica en todo esto? ¿Era Jim una prueba en su camino?
Se perdió por varias horas en el calor de su hogar, entre sonrisas, historias y recuerdos con su familia. Risas y carcajadas llenaron el almuerzo de su casa, y una rica siesta abrazado a su mamá. Después, un improvisado karaoke con sus hermanas mientras comía galletas que habían preparado temprano.
Pero una vez que el sol empezó a ocultarse, su cuerpo le gritaba por un poco de atención. Al principio fue fácil decidir quedarse en casa, pero ahora estaba dudando. Cuando sus hermanas estaban durmiendo, no pudo más, y salió silenciosamente, dejándole una nota a su mamá en la cocina.
No iba a acostarse con Jim, claro que no. Le iba a dejar en claro que ya no más, que era una etapa superada. Eso era. Tenían que hablar, así se resolvían las cosas. Eran adultos, podían hablar sin necesidad de tener contacto físico. Se creyó su historia y se sintió tranquilo.
Llegó al edificio y se quedó un minuto mirando esa puerta horrible y sucia que tantas noches lo vio salir en silencio. Suspiró largamente y subió las escaleras.
Tocó el timbre, en el departamento del final del pasillo y en dos segundos el rostro bello de Jim lo recibió. Apenas entró fue desnudado salvajemente y lo que pasó ahí no puede describirse en palabras.
Se repitió lo mismo cada noche durante dos semanas completas, y Louis estaba empezando a creer en un futuro juntos, sobre todo cuando en las mañanas compartían un café o una ducha, cuando las conversaciones se hacían más íntimas y profundas. Sus días eran familiares y sus noches de pasión.
Le quedaba poco más de un mes de vacaciones, y se estaba incluso replanteando dejar todo lo maravilloso que había conseguido por intentar una historia con Jim. Estaba de un humor inmejorable, disfrutaba de sus hermanas y de su mamá, de su pequeño jardín, y soñaba con hacer parte de eso a su amante.
¿Sería muy pronto para pedirle que fueran novios? Tal vez se estaba apresurando, pero nunca imaginó que las cosas se dieran así. ¿Estaba empezando a enamorarse?
Iba a intentarlo, tenía que arriesgarse. Esa noche tocaría el tema, y vería la reacción de Jim. Si era buena, le pediría formalizar. De lo contrario, esperaría un poco más. Podía tener un poco más de paciencia si todo seguía así de bien.
Cuando llegó esa noche al departamento, lo hizo un poco más temprano para sorprenderlo y se dio cuenta de que la puerta estaba junta, no cerrada, por lo que sólo la empujó suavemente y entró. Llevaba una deliciosa pizza para compartir y unas cervezas. Escuchó ruidos en el dormitorio y pensando que era Jim, comenzó a desnudarse.
Alcanzó a quitarse la polera y las zapatillas, pero al llegar a la habitación, quiso morirse.
Su amante predilecto dándole sexo oral a un hermoso hombre de marcado cuerpo, mientras un tercero lo follaba duramente.
Estúpido Louis. Idiota Louis. Tonto Louis. Ingenuo Louis.
Se quedó mirando la escena, sin poder moverse. Ver la cara de satisfacción de Jim era algo que jamás olvidaría, más aún cuando sus ojos se encontraron. Las mismas sábanas que los cobijaron la noche anterior se sacudían bajo su cuerpo. Los ruidos y gemidos de los tres hombres como una película de terror en sus oídos. El asco apareciendo.
Salió de ahí, y junto a la escalera vomitó. Se quedó sentado unos minutos, y se vistió. La pizza estaba en el bote de la basura, casi burlándose de su sufrimiento.
¿Porqué?
Corrió y corrió con todas sus fuerzas, hasta que se quedó sin aliento. No era justo, él no se merecía esto. Se ilusionó, otra vez, con una historia que solo él imaginó. Cómo pudo creer que las cosas cambiarían, que Jim cambiaría...
Volvió a su casa, y se metió en su cama. No salió de ahí en tres días completos. Se culpó, lloró, se maldijo. Pensó en todo mil veces, pero ya no más. Nunca más.
Se bañó, se vistió y salió con su familia a pasear. Iba a aprovechar hasta el último día de estar con ellas. Un tipo como Jim no merecía su tiempo, tampoco su cuerpo; mucho menos su amor.
Era todo lo que necesitaba para tomar la decisión de dedicarse a Dios. Requería un cambio urgente en su vida y en sus prioridades, así que decidió hablar con su amigo Niall, para que lo guiara en el camino que comenzaría a transitar, que era bastante largo además.
El último día de vacaciones, estaba sentado en el jardín, disfrutando de la tarde cálida y la visión de sus plantas, cuando apareció su ex amante con una sonrisa que mataba.
—Hey, te desapareciste, —dijo Jim, muy casual.
Sólo recibió una sonrisa sarcástica de respuesta.
—Si no quieres hablar está bien, pero te espero esta noche. Mi cama está fría sin ti, —insistió.
—No voy a ir. Nunca más Jim, no quiero verte más.
—¿Pero por qué? ¡Vamos! Tú sabes que no somos exclusivos Lou Lou, — le dijo extrañado.
—Lo sé, pero no me hace bien. Yo simplemente no me siento cómodo ahora, —contestó, mirándolo fijamente.
—Sabes dónde encontrarme, siempre serás bien recibido, —dijo Jim. No acostumbraba a rogar, aunque Louis le gustaba especialmente. Claro que no lo suficiente como para ser el único, pero debía reconocer que era extremadamente sensual en la cama.
Se fue, lamentándose de no haber tenido una noche de despedida.
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Ya se estaba oscureciendo cuando llegó a su pieza. El viaje había sido agotador, y solo quería descansar. Las clases comenzaban en una semana, pero debía presentarse al día siguiente para conocer los cursos que le tocarían ese año y empezar la planificación.
Por fin se sentía tranquilo. Dentro de todo, cerrar la historia con Jim le hizo bien. No fue de la mejor manera, pero se había terminado definitivamente. Él era un buen tipo: Centrado, tranquilo, intenso y sincero. Merecía algo mejor.
En la escuela le dieron todas las horas de matemáticas y una jefatura; lo mejor es que era en el curso de los más pequeños. Podría ahorrar, algo imposible hasta el momento. Estuvo todo el día organizándose, y luego fue a visitar el espacio que le prestaba la iglesia. Afortunadamente, el sacerdote del lugar estaba feliz de seguir ayudando con ese tipo de iniciativas. Más aún cuando supo de las intenciones de Louis de entrar al sacerdocio. Entre los dos limpiaron y acomodaron todo mientras conversaban. Incluso consiguieron una donación de un mejor equipo de música, lápices y cuadernos para dibujo en solo una hora.
Antes de dormir, habló con Niall. Este amigo, al que conocía desde hace diez años, había iniciado su sendero religioso, pero se había arrepentido a último momento, debido a la enfermedad terminal de su padre. Hablaron por cerca de dos horas, poniéndose al día y Louis entendiendo todo lo que significaba empezar ese camino.
Lo primero, le dijo su amigo, era intentar mantener el celibato. Y no solo mantener su cuerpo libre de cualquier caricia ajena o propia; también, y más importante aún, de que su mente se mantuviera limpia. Conociendo el historial de Louis, y lo que le gustaba en la cama, era necesario que lograra ser serio y responsable con la idea de seguir un camino como el de la religión.
Iba a ser difícil, porque el recuerdo de Jim estaba vivo y latente, pero sabía que era cosa de días. La decepción ayudaba bastante a calmar su ansiedad y retomar su rutina de trabajo también. La oración debía convertirse en su mayor aliada y su fe en algo indestructible.
Su primer día de clase fue maravilloso. Sus pequeños alumnos eran encantadores y tenía muchas ideas para acercar las matemáticas a sus diminutos estudiantes y el resto de sus clases fue bastante armónico. Sus compañeros profesores amables, incluso la comida de la cafetería era mejor que la del año anterior.
Su primer sábado extra programático estaba por empezar. No tenía grandes planes, porque ya sabía que era el menos concurrido. Sin embargo, no contaba con que llegarían 12 alumnos y la mitad de ellos nuevos. Estaba feliz. Rápidamente los organizó, y se dio el tiempo de conocerlos y saber sus intereses. Conversó y se rió, generando ese ambiente mágico que amaba con sus alumnos, cuando lograba romper la barrera del profesor, y conectaba desde la igualdad.
La semana siguiente se sumaron ocho alumnos más, y quedaron los cupos completos. Pero hubo algo distinto. Uno de los nuevos estudiantes era increíblemente llamativo y muy tímido. Después de dejar a los demás en sus puestos, se acercó para intentar saber cómo ayudarlo.
—Hola, ¿cómo te llamas? —Preguntó, sentándose frente a él con una sonrisa.
—Soy Harry, contestó el adolescente, sonrojándose suavemente.
—Mi nombre es Louis, y quiero que sepas que estás en un lugar seguro y que puedes confiar en mi, —le habló delicadamente. —Lo que sea que necesites, no dudes en pedirlo.
La mirada de esos ojos verdes decía tantas cosas, pero apenas pudo escuchar un “Gracias”. Lo dejó leyendo y continuó su recorrido con los demás. Una hora después volvió.
—Lees rápido. —Se sorprendió cuando vio que casi había terminado el libro que había escogido.
—Me gusta mucho leer, sobre todo este tipo de novelas de misterio. Contestó con una mirada enigmática. —En mi casa no tengo este tipo de libros y quiero aprovechar que acá tienes muchos.
—Soy muy malo para esa literatura, —dijo riéndose nervioso, Louis. —Nunca sé quién es el asesino o cómo pasaron las cosas. Creo que soy muy despistado.
Y si Harry no contestó, no le importó ni se dio cuenta, porque se quedó perdido en sus hoyuelos preciosos y en su pálida piel.
Hasta que lo llamaron desde el área de canto.
Trató de seguir la tarde como siempre, pero inevitablemente se quedaba por minutos mirando al sector de lectura.
Nunca se había fijado en un alumno, no lo haría tampoco ahora. Sólo era que este chico es... interesante. Nada más.
Cuando dieron las ocho, los despidió como siempre. Uno por uno los felicitó por sus avances y por sus intereses, invitándolos a volver y a querer y cuidar ese espacio.
El último fue Harry, quien se demoró leyendo los títulos de los libros en el estante.
—Espero verte de nuevo, —le dijo Louis, tratando de ser profesional, y fracasando rotundamente cuando se perdió en las lindas manos que sacaban una chaqueta de la mochila.
—Me encantó estar acá. Hay libros maravillosos, y es muy entretenido. Me gustaría probar otras cosas también, —contestó, con esa mirada que decía demasiado.
Y Louis pensó mal, pero no lo dijo.
—¿Cómo qué? —Preguntó casi molesto.
—Cantar, —afirmó mirando al cielo. —Me encanta hacerlo, aunque no soy bueno, pero me gusta. —Sonrió.
Y Louis se sintió culpable. No acostumbraba a juzgar, pero este chico le hacía descontrolarse.
—De a poco te vas a ir sintiendo más en confianza y lo vas a lograr. Yo te voy a apoyar. Ahora vete que se hizo tarde.
—Adiós profesor, —le dijo cándidamente.
Le llamaba la atención a Louis un adolescente tan, tan bonito y tan tímido. Era realmente adorable y precioso, le daban ganas de apretar sus mejillas y pasar sus manos por ese pelo un poco desordenado. Y por su cuello y espalda. Podría mirarlo por horas y no se aburriría. ¿Tendría alguna experiencia o podría él enseñarle?
¿Experiencia? No, qué experiencia podría tener. Revisó la ficha que llenaban los chicos al entrar y casi se sintió morir cuando vio que apenas tenía 16 años.
16 dulces años.
No, no, no. Estaba todo mal. Tendría mucho que rezar esa noche y las siguientes, pero le costaba demasiado controlar sus pensamientos. Podía perder todo lo que tenía si alguien supiera sus intenciones con un menor de edad, que además, es su alumno. Este chico nuevo podría fácilmente transformarse en su mayor problema, o en una excelente prueba. Mejor ser positivo.
En fin, estaba agotado y decidió que era buena idea salir por un trago a un bar cercano. Era la última vez que bebía, también debía dejarlo. Luego iría a dormir porque estaba muy cansado y necesitaba claridad para organizar sus tiempos y sus pensamientos.
Estaba terminando su cerveza cuando alguien le habló. Una voz agradable, y un cuerpo atractivo se presentaron frente a él.
—Hola, soy Liam. ¿Eres Louis? —Preguntó con una linda sonrisa.
—Lo soy, —contestó confundido.
—Soy amigo de Niall. Me dijo que estabas viviendo acá y puedo ayudarte. También me interesa ser sacerdote.
—Eso es muy amable, te lo agradezco, —dijo ofreciéndole una silla.
Conversaron hasta que cerraron el local, y se compartieron los números de teléfono. Quedaron de verse una vez a la semana, para ir a pedir información actualizada a donde correspondiera y empezar a ayudarse con sus dudas y recaídas.
La escuela seguía sin contratiempos, excepto los martes y jueves, en que se volvía una tortura, porque Harry estaba en sus clases. Estaba haciendo su máximo esfuerzo para no mirarlo como a un hombre, pero cada vez era más difícil. Era un niño, se repetía, pero ese niño tenía un magnetismo que lo estaba enloqueciendo.
Algún colega le hizo un comentario, sobre la necesidad de no fijarse en los alumnos. Muchas veces se quedaba con la mirada fija en el adolescente sin darse cuenta, olvidando dónde estaba, y ya había algunas miradas acusadoras sobre Louis.
Los sábados se volvieron su día favorito, porque poco a poco lograba conectar con Harry. Lo dejaba leyendo, y luego conversaban. Le costó al principio que le tuviera confianza, pero lentamente se sentía más seguro en ese espacio y con él.
Los días pasaban y cada vez más se acercaban. Harry necesitaba reforzar en matemáticas y Louis lo ayudaba después que todos se iban, por una hora. O ese era el acuerdo. Terminaban siendo dos o tres, porque empezaban a conversar de cualquier cosa y se les iba el tiempo.
Y así como se iba el tiempo, también se fueron sus primeras impresiones del otro. Louis seguía viendo a Harry como un potencial amante, a pesar de sus rezos, pero ahora era incluso peor, porque empezaba a colarse el cariño en él. Y eso no podía ser. Prefería dejarlo en algo carnal, y no en algo más.
Harry empezó a sentir un apego muy bonito con su profesor, pero, además, comenzó a mirarlo como un hombre. Uno muy atractivo, uno que quizás podría enseñarle cosas que él no sabía y que debido a lo estrictos que eran en su casa, no había podido aprender.
Sutilmente sus encuentros empezaron a tener miradas más profundas, más traviesas y juguetonas; momentos de confesiones más íntimos y serios, dolorosos y tristes también; despedidas más largas, abrazos más intensos, pequeñas caricias en las manos.
Las noches se volvieron un infierno para Louis. Se recargaba de trabajo para prácticamente desmayarse de cansancio y evitar que su cuerpo reaccionara a todos esos estímulos. Su objetivo de mantener su mente en frío, era una agonía constante. Tenía que ser fuerte y maduro, luchar por el objetivo que había trazado para su vida y enfocarse en eso. Rezaba, a veces por horas, y si tenía suerte lograba tener un minuto de lucidez... Antes de volver a quemarse en el fuego que le estaba produciendo Harry.
Un sábado cualquiera, decidió que debían hablar. Esperó a que todos se fueran, y le pidió al adolescente que se quedara a conversar.
—¿Qué pasa, Louis? —Preguntó perplejo.
—Sabes que hay cosas que están pasando y que no están bien. Quiero qué me digas lo que sientes. —Cuestionó intentando ser cuidadosamente frío.
—Me gustas, Louis, —dijo avergonzado y ansioso, bajando la mirada. —Me gustas mucho... —Se sorprendió él mismo de su respuesta, porque no esperaba confesarse de esa manera.
—Eres un niño, jamás podría pasar algo entre nosotros, —le habló de manera seria. Y luego, más suave, continuó —Tienes muchas cosas que aprender, disfruta del viaje de crecer, no te apresures. Siempre podrás contar conmigo, como un amigo, pero no te confundas. Hay algunos rumores y no quiero estar en problemas y tampoco que tú los tengas. Ahora vete y piensa en lo que te acabo de decir.
Y Harry salió de ese lugar triste. Le dolía que pensaran que, por su edad, sus sentimientos no eran válidos o que estaba jugando. Él ya se había imaginado de viejito al lado de Louis. Sólo a su lado. Si tenía experiencias que conocer, quería hacerlo solo de su mano.
Pasaban las semanas, y el profesor notó ligeros y a la vez intensos cambios en su alumno preferido.
Los sábados Harry llegaba de inmediato a leer, casi ignorándolo, volviéndolo loco de a poco. A veces lo miraba y se mordía los labios, o le tiraba un beso o lo escaneaba de pies a cabeza. Al despedirse, siempre intentaba robarle un piquito o apagar las luces antes de salir, para aprovechar de tocar sus manos o algo más. Y Louis sólo pensaba en Dios, y trataba de no olvidar el Padrenuestro.
No había amanecer ni atardecer en que no le suplicara a Dios que le diera la sabiduría necesaria para saber actuar frente a esta prueba. Rogaba por ayuda, por un poco de claridad, por poder soportar un poco más. Y cada día pensaba que no era escuchado, porque era más y más difícil.
Pasaban los meses, entre juegos y bromas de Harry y lamentos de Louis. No podía concentrarse frente a tanto descaro. Intentaba con todo su ser mantenerse frío, pero ese travieso adolescente se las arreglaba para darle una mirada ardiente, un toque en las piernas, un mensaje en una hoja arrugada, incluso un gemido en su oído una vez que se acercó a corregir un error en su cuaderno.
Además, Harry se divertía mostrándole cómo era perseguido por muchos compañeros y alumnos de otros cursos. Incluso lo vio besarse con algunos, y sabía que era parte de un plan, porque Harry solo lo miraba a él cuando eso pasaba. Se había convertido en un pequeño demonio.
La situación era delicada, pero en vez de frenar los pensamientos pecaminosos del profesor, sólo los aumentaron. Quería castigar a ese insolente, azotar el descaro hermoso de su cuerpo...
Louis seguía hablando con él, procurando que cambiara sus acciones, que entendiera lo diferente que eran, la distancia de sus edades, el abismo entre sus futuros. Claramente no tenía los resultados que buscaba, pero seguía intentándolo.
Seguiría tratando de convencer a Harry de una verdad que era la mentira más grande del mundo. Seguiría inventando excusas tontas y sin sentido para acallar la voz en su interior. Seguiría rezando, mezclando salmos con maldiciones y soñando con un paraíso rodeado de fuego.
Hasta que un sábado, Harry no apareció. Preguntó a algunos compañeros y supo que estaba enfermo. El problema es que no fue en toda la semana a clases y al sábado siguiente tampoco llegó. ¿Seguía enfermo? Era demasiado tiempo. Dudó, pero se consiguió la dirección y fue a preguntar por él. Era una reacción que hubiera tenido con cualquiera de sus alumnos.
Le sorprendió ser recibido por una señora bastante mayor, que tenía el mismo pelo rizado y desordenado, y una mirada completamente perdida. Le faltaban muchos dientes y parecía tener rastros de golpes. Un mal presentimiento apretó su pecho.
—Buenas tardes. Mi nombre es Louis y soy profesor de Harry y quisiera saber cómo sigue.
—Oh, Harry ha volado en su carruaje por el alto campanario en búsqueda de su libertad, —habló la mujer con una ceremonia impactante.
Louis no entendía. —¿Disculpe?” —Preguntó, dejando caer la cabeza hacia un lado.
—Sí, ya era hora de que tomara las riendas del imperio. Mi esposo lo ha impulsado con su látigo y aún se escuchan sus gemidos bajo el manto de la noche. No lo busquen, el silencio habló y ya no volverá. Déjenlo cantar en su lúgubre sepulcro color oro...
Le tomó unos minutos entender. La señora estaba notoriamente fuera de sus cabales. Agudizó su oído y escuchó lo que parecían gritos. Todo tuvo sentido, pero era una situación horrible. Sin perder el tiempo, Louis puso una denuncia en contra de los abuelos de Harry y pidió ayuda a la policía para sacarlo de esa casa.
Se siguió el conducto regular, y el adolescente terminó en el hospital con dos costillas fracturadas, tres hematomas importantes en la espalda y una contusión en la cabeza. Recién había cumplido 17 años y no tenía más familia que se hiciera cargo de él.
Y fue así que Louis tomó una decisión que quizás lamentaría después, pero iba a pedir ser su tutor. No podía dejarlo desamparado. Era eso, o lo llevarían a un hogar, seguramente en Londres y no lo iba a permitir.
De manera urgente buscó un departamento. Había postergado ese trámite porque estaba pendiente del trabajo y los trámites para el sacerdocio, pero ahora necesitaba un lugar con dos habitaciones para poder llevar a Harry. Fue un poco impulsivo, pero su instinto protector actuó más rápido.
Los abogados hablaron largamente con él. Le explicaron todos sus deberes y cómo debía comportarse con un menor como Harry y lo importante de buscar ayuda sicológica. Tuvo a su favor sus excelentes informes de la escuela, y de parte del religioso del pueblo. También de muchos padres. La justicia no dudó que sería un buen ejemplo para el adolescente.
Hablando con el juez, supo la historia de Harry. Sus padres eran muy jóvenes cuando lo esperaban, y bastante irresponsables. De hecho, su papá desapareció apenas supo que venía en camino. Su mamá intentó abortar, pero fracasó en su propósito. No lo quiso y lo dejó con sus padres y también desapareció. En todos estos años, nunca volvió, tampoco llamó. Estos abuelos eran muy mayores y no eran malos, sólo que ya estaban perdiendo la razón y tenían varias enfermedades. Sobre todo, su abuelo era muy estricto, no quería que leyera, que tuviera amigos o que usara cierta ropa. Apenas lo dejaba ir a la escuela y si lo hacía, era gracias a la insistencia de la abuela, que así evitaba los golpes que recibían cuando estaban juntos. Debido a su avanzada edad, no podían ser encarcelados, por lo que la justicia les buscó un hogar para que pasaran sus últimos años vigilados pero acompañados. La casa donde vivían se pondría a la venta y el dinero en una cuenta a nombre de Harry, hasta que fuera mayor de edad y decidiera qué hacer con el.
Harry era un chico desvalido, que había encontrado en él una figura de apego sana, y todo se había desviado hasta llevarlos a esta relación incómoda que los tenía al borde de la locura. Él estaba actuando mal, muy mal. Harry lo necesitaba cuerdo, sensato y sano.
Realmente solo le importaba que Harry se sintiera cómodo y bien. Ya bastante había pasado en sus cortos 17 años, y él pondría todo de su parte para ayudarlo a salir adelante. Algo tenía ese pequeño que le provocaba un natural interés de protección. Quizás, pensó, era el impulso para que las cosas entre ellos se enfriaran.
Louis encontró el departamento perfecto para los dos. Estaba bien ubicado y tenía un buen precio. Las pocas cosas que tenía su nuevo acompañante ya estaban instaladas, y sólo faltaba firmar los últimos papeles para tener el permiso de vivir juntos.
Era una situación extraña, y pronto comenzó a tomarle el peso a todo. Ya no podría disponer de su tiempo como antes. Harry era un menor de edad que dependía completamente de él. Y lo estarían observando y pidiendo informes constantemente. En dos semanas más o menos, podría instalarse en su nueva habitación, cuando sus huesos sanaran y comenzara con su terapia. Arregló lo mejor que pudo el lugar, tratando de darle un ambiente acogedor y cálido.
Cuando llegó ese día, temprano fue al mercado y compró muchas frutas y verduras frescas. Cocinó platos saludables y muy ricos. El gobierno le daba una buena subvención por ser el tutor de un alumno de esa edad, y estaba decidido a aprovecharla en cosas que necesitara Harry. Tendría que llevarlo de compras para saber qué cosas usaba y le gustaban.
En el hospital, se encontró con un adolescente demasiado tímido, pero agradecido. No pudo sacarle una sola palabra, por más que lo intentó, así es que decidió darle un poco de espacio. Recogió sus cosas, y lo ayudó en silencio a caminar y a llegar al taxi que pidió. No era una gran distancia, pero lo mejor era evitar que se esforzara. Una vez en el departamento, lo llevó a su habitación. Le ayudó a cambiar su ropa, y a acostarse.
—Sé que esto es difícil y nuevo, pero por favor, déjame ayudarte. Quiero hacerlo, —pidió.
—¿Por qué? Yo no puedo darte nada, —contestó con un poco de miedo. Era un cambio muy grande para él.
—No necesito que me des algo Harry. Sólo quiero verte bien porque de eso trata ser una buena persona, y yo lo soy. Te voy a cuidar y ayudar hasta que puedas hacerlo por tu cuenta, sin miedos, sin trampas, sin mentiras, —dijo acariciando su pelo.
Y Harry sonrió. —Gracias, Louis, —contestó tiernamente.
—Eso está mejor. Tu sonrisa es muy bonita y puedes decirme Lou. —Le guiñó un ojo y Harry se sonrojó. Sentía que lo amaba con todo su ser. —Tenemos mucho de qué hablar, —siguió Louis. —No sé qué desayunas, o qué shampoo usas. Tampoco tus horarios. Así es que voy a traer algo de fruta y nos ponemos a trabajar, ¿Te parece?
—Me parece, —contestó feliz.
Se dedicaron cerca de dos horas a planificar tiempos y compras. Podrían haberse demorado menos si Harry no hubiera hecho tantas bromas o Louis no le hubiera hecho cosquillas, con el cuidado que requería la situación. Pero estaban demasiado ocupados tocándose “sin querer” para avanzar con lo importante.
La tarde pasó muy rápido, realmente se llevaban muy bien.
—Debes dormir ahora y descansar, —habló Louis..
—Yo creo que no, —contestó un agitado Harry, mordiéndose el labio. —Es temprano aún Lou, podemos hacer muchas cosas...
Y Louis sabía. Era tan fácil como intentarlo y podría someterlo a sus más bajos deseos. En un solo segundo podían cambiar las cosas. Lo miró, y le dijo:
—Buenas noches, Harry. Mi puerta está siempre abierta por si necesitas algo durante la noche. Descansa. —Tenía que dominarse.
—Buenas noches, Lou, —dijo en un susurro.
No, no estaba bien. Si era difícil controlarse con Harry lejos, ¿Cómo lo haría ahora con la tentación a unos metros de distancia?
Llamó a Liam y estuvieron hablando un rato. Se habían convertido en buenos amigos y confidentes. Es fácil adivinar lo qué pensaba de la situación, pero no había mucho por hacer. Rezar no estaba sirviendo, pero seguiría intentándolo con más ímpetu.
Esa primera noche fue un verdadero caos.
Harry intentó levantarse solo para ir al baño, pero no pudo y terminó cayéndose, debido a que se había mareado. Louis ante el ruido corrió a verlo, y lo ayudó: lo llevó al baño, lo esperó y luego lo acomodó en la cama. Decidió que lo mejor era quedarse a dormir en la misma habitación, así que se acomodó a los pies y se tapó con una manta.
El adolescente se ruborizaba de verlo dormir. Estaba tan cerca que su mente trabajaba al dos mil por ciento. Quería acurrucarse a su lado, sentir su olor, experimentar cómo era dormir abrazado a su amor.
Fue peor al día siguiente cuando debía bañarse y su tutor estaba ahí listo para desnudarlo, pero no fue como lo esperaba. Quería aprovechar cualquier oportunidad para tentar a Louis, pero se encontró con que estaba siendo muy difícil.
—Por favor, sácate la ropa y ponte esta bata. Cuando estés listo, me avisas para ayudarte a entrar a la ducha, —le dijo Louis muy amable, pero muy serio.
Así lo hizo, y se duchó como mejor pudo. Una vez que estaba limpio, y que Louis lo ayudó a salir, la bata se deslizó silenciosamente por el cuerpo de Harry hasta mostrar su virginal cuerpo desnudo y húmedo, mientras sus mejillas estaban teñidas del más bello rojo y sus dientes mordían con furia sus labios...
Los ojos de Louis recorrieron en fracción de segundos la desnudez perfecta e irreal que se le presentaba como un regalo, y conteniendo todos los impulsos carnales que se desataban en su interior, salió violentamente del baño, refugiándose en el pasillo, intentando calmar su agitación y su necesidad de tomar a ese atrevido chico que lo tentaba de esa manera.
—Padre Nuestro, no me dejes caer en la tentación... —Se repetía aferrado a la pared.
No era posible, no podía estar pasando. ¡Era un niño, por Dios! Sí, uno hermoso y atractivo, al que podría enseñarle tantas cosas, pero no... Era su protegido, estaba prohibido para él. Convenciéndose de eso, volvió al baño. No podían no hablar. Tenía que ser claro con Harry y explicarle que esas cosas no podían repetirse o podía perder su custodia.
Lo encontró aún desnudo, de pie, mientras gruesas lágrimas caían por sus mejillas con una pena infinita.
—Harry, no llores, —pidió limpiando sus húmedas mejillas, sintiéndose el peor hombre del mundo.
—¿No te gusto? ¿Es porque soy muy blanco, o muy flaco o porque no tengo experiencia?
Y Louis sonrió.
—Ven acá.
Lo colocó frente al espejo, donde se reflejaba su cuerpo completamente, envolviendo su cintura con una toalla.
—Eres perfecto y hermoso, recuérdalo siempre. No necesitas experiencia para amar, sólo sentir. Y no se trata de que me gustes o no. Se trata de que soy muy mayor, y de que soy tu tutor. Debo cuidarte, no aprovecharme de ti.
—Pero yo quiero que tú me enseñes, —dijo Harry con un deseo en su voz, que se grabó a fuego en los oídos de Louis.
—No insistas pequeño. Si sigues, terminaremos en problemas...
—Prométeme algo entonces, Lou.
—A ver, dime.
—Cuando cumpla 18, vas a enseñarme.
Louis no pudo contestar a eso. Salió apresurado, tropezando con sus propios pies, y golpeándose el hombro con el marco de la puerta.
Y Harry sonrió. Sabía que algo le provocaba a su tutor, pero no quería que fuera sólo deseo sexual. A veces creía ver en sus ojos un poco de amor, pero después veía culpa. Le costaba provocarlo, pero según sus amigos, era la mejor manera de atraerlo y lentamente se acostumbraba a llamar su atención.
La rutina los tenía siempre juntos e inevitablemente se acercaron cada día más. Poco a poco se volvieron confidentes y Louis se volvió fundamental para Harry. Lo ayudó y apoyó en cada momento, no lo dejó solo nunca. Y su idea de que Harry dejara de sentir algo por él, resultó un tremendo fracaso. El amor del adolescente echó raíces profundas y poderosas.
Lo instaba siempre a buscar amigos, a probar nuevas cosas y experiencias. Incluso a tener citas. Ese fin de semana había aceptado a salir por segunda vez con un compañero de otro curso de nombre Michael, sólo debido a la insistencia del joven, no porque le gustara realmente.
Louis estaba celoso a morir, pero no diría nada. Era lo mejor para todos. Lo fue a dejar y esperó en el departamento a que volviera. Pero la hora pasaba y Harry no llegaba, y eso era extraño. No estaba autorizado a llegar tarde y siempre avisaba. Se arregló y fue a buscarlo, mientras lo llamaba. Afortunadamente le contestó, pero estaba llorando con mucha angustia.
—Harry, ¿dónde estás? ¿Qué pasó? —preguntó preocupado.
—¿Puedes venir al taller? —Hipaba tristemente.
—Estoy allí en un minuto. —Corrió sin parar hasta que vio la figura sentada en el piso, con su ropa rasgada y sucia. —¿Qué pasó? ¿Fue ese idiota?
—Abrázame... —contestó aferrándose con todas sus fuerzas al cuerpo de Louis. —Tuve miedo, —empezó a decir, mientras sentía cómo su pelo era acariciado y el olor intenso, mezcla de sudor y perfume lo inundaba, tranquilizándolo.
—Sé que estás asustado, pero ya estás conmigo y a salvo. Tienes que decirme qué pasó y si él intentó algo, debemos denunciarlo, ¿lo entiendes? —Habló ahora más suavemente.
—No... No quiero hacerlo...
—No es una opción Harry. Estuviste en riesgo bajo mi cuidado, te pueden enviar a cualquier hogar y no podemos permitirlo.
Pusieron la denuncia por abuso sexual e intento de violación en contra de Michael. La cámara de la iglesia grabó todo, por lo que no fue difícil verificar la versión de Harry, donde básicamente, explicaba que después de ir a tomar un jugo, y él sentirse mareado, quiso irse a casa. Michael había insistido en acompañarlo y al pasar por fuera del taller intentó besarlo y tocarlo. Harry al negarse fue violentado y tocado sin su consentimiento. Le rasgó la polera, le quitó el cinturón y alcanzó a bajar el cierre de su pantalón, mientras era golpeado. Debido a los ruidos, el sacerdote que estaba haciendo una ronda como cada noche, espantó sin querer a Michael, pero no vio a Harry, por lo que no le prestó ayuda.
Louis hervía de rabia. Eso no debía pasar, a nadie, nunca. Se dedicó a cuidar de su protegido toda la noche. Le preparó un té, lo hizo dormir, y se durmió a sus pies para velar su sueño.
Pero tuvo que acomodarse a su lado, porque las pesadillas no lo dejaban descansar. Una semana tuvo que dormir con Harry abrazado a él, o, mejor dicho, con su cabeza enterrada en su pecho. Le costó reconocerlo, pero dormir abrazándolo era de las mejores cosas que había sentido en su vida. Muchas veces se quedaba por largos minutos mirándolo, acariciando su pelo tan desordenado, respirando al mismo compás, sintiendo cómo era el lugar perfecto, apreciando su propia fragilidad en esos despertares tiernos, con el adolescente que parecía un dulce cachorro. Después de eso, pudo dormir de nuevo solo y retomar sus rezos y lecturas sagradas.
Los domingos hicieron un hábito de salir fuera de la ciudad. Tomaban un bus a cualquier lugar que estuviera disponible, y almorzaban allí. Luego recorrían y conocían la zona . Para Louis era una forma diferente de enseñarle a Harry a saber de historia, leyendas, geografía, gastronomía y de todo un poco. Para Harry eran pequeñas citas fuera de los ojos acusadores de algunos vecinos chismosos.
Una de esas tardes de domingo, estaban sentados en una plaza muy bonita, rodeada de muchos árboles y un viento cálido que avisaba de una tormenta durante la noche.
—...Y así es como termina la historia, —decía Louis, terminando de contarle sobre el libro que había leído hace unos días.
Pero Harry no lo estaba escuchando, totalmente perdido en sus labios, en el movimiento de su lengua entre sus dientes al pronunciar tan sensualmente algunas palabras en francés.
—Harry, no me pusiste atención, —dijo molesto.
—Al contrario, —contestó el adolescente, riendo.
—Te estoy hablando en serio. Pensé que te interesaba mi relato.
—Me encanta escucharte, pero no es mi culpa que seas tan lindo y tengas esa manera tan bonita de hablar y de pronunciar el francés. —Habló agitándose.
Y Louis no sabía cómo contestar a eso y cómo controlarse al ver ese cuerpo reaccionar así con solo unas palabras. Su corazón quería imitar el movimiento del pecho de Harry, pero no, no podía. Fue en ese momento que entendió, cuando dolió no poder tomar su mano ni abrazar su cuerpo ansioso, mucho menos besar su boca ni acariciar su pelo.
Entendió todo, y el dolor desgarró su corazón. Pero Dios le daría consuelo.
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Las vacaciones de navidad empezaban en un par de días, y Louis tenía todo listo para llevar a Harry a conocer a su familia. Para los dos se sentía natural y correcto. Volvió a hablar con él, y le pidió que se comportara. ¿Tendría éxito ahora?
El viaje fue agotador, pero estaban felices de pasar unos días con un ritmo más lento y descansar del ruido y las obligaciones. La mamá de Louis, Jane, estaba extrañamente confundida. Conocía la historia, por supuesto. Pero nunca vio actuar a su hijo así. Se comportaban como una verdadera pareja y ni siquiera se daban cuenta. Tenían actitudes espejo, pero era algo a nivel impresionante que no podía dejar de apreciar. Comían al mismo ritmo, separaban la ensalada de la misma forma, cuando les hablaban movían la cabeza de igual manera, se cruzaban de piernas y brazos en los mismos momentos.
Y sí, Harry era claramente un niño en muchas cosas y sus actitudes lo delataban, pero Louis no actuaba mucho mejor. Se notaba cuando les pedía ayuda para ir a comprar, y salían corriendo echando carreras, empujándose, y riendo como pequeños compañeros. También cuando la comida estaba casi lista y los pillaba picoteando de la olla, o cuando se supone que debían estar dormidos, estaban viendo películas en el sillón con las galletas que robaban de la despensa.
En otras, eran absolutamente cuerdos y prácticos. Como cuando una de las hermanitas de Louis se cayó, y entre los dos la calmaron y curaron sus rodillas con sangre, o cuando la vecina necesitó ayuda para limpiar la nieve de su vereda, y ellos lo hicieron rápido y bien, solo para después aceptar un chocolate caliente y conversación con la abuelita.
La verdad, funcionaban muy bien.
Una de esas noches, cuando todos dormían, Jane tuvo una conversación con Louis.
—Hijo, tú sientes algo por Harry, y no me lo puedes negar.
—Claro, lo quiero mucho, es como mi hermano mamá, —dijo un poco nervioso.
—No me trates como a una idiota Louis Tomlinson. Te gusta, te atrae. ¿Te enamoraste? —preguntó molesta.
—Mamá, voy a entrar al sacerdocio, ¿lo olvidaste? —Contestó haciéndose el tonto.
—Te enamoraste. —Habló en un tono de confirmación que no dejaba dudas.
—Como un tonto y de un imposible, otra vez...
—Tienes que olvidarte de la religión, hijo. No es lo tuyo, siempre te lo dije, —le contestó, acariciando su mejilla.
—No mamá. Lo mejor que puedo hacer, es alejarme. Las próximas postulaciones son en 1 año, y después se cierran durante dos. Es ahora o nunca, y lo voy a hacer.
—Él es un chico maravilloso, no es como cualquiera, por algo te fijaste en él. ¿Por qué no te das una oportunidad?
—No insistas mamá. Tengo el tiempo justo para que termine la escuela y cumpla su mayoría de edad. De verdad quiero intentar dedicar mi vida a Dios y Harry merece vivir cada etapa de su vida con creces. Yo solo sería un estorbo.
Terminaron de conversar a las dos de la mañana, y Louis se acurrucó al lado de Harry.
En la mañana salieron a pasear, solos los dos. Recorrieron bastante y conversaron de muchas cosas. Sobre todo, Louis volvió a pedirle que moderara sus actitudes, que ya no insistiera con el tema de tener algo, porque era inviable. Pero Harry no daba su brazo a torcer, le daba igual las veces que tocaran el tema. estaba enamorado y nada podía cambiar eso. Cuando iban de vuelta, pasó lo que Louis no quería.
Apareció Jim, como siempre: atractivo, seguro, insolente, arrogante.
—Amor, tanto tiempo sin verte. Mi cama te extraña y yo también, —le dijo intentando acercarse y sin ninguna vergüenza frente al desconocido.
Y si a Harry le dolió, no lo dijo. ¿Quién era este atrevido que le quería morder a su pastelito?
—Pensé que todo estaba claro entre nosotros, —contestó Louis, por primera vez, sin miedo, y sin su cuerpo reclamando.
—¿No nos presentas? —Insistió, mirando con maldad al acompañante misterioso y atrayente.
—Ni se te ocurra acercarte, —le advirtió, ante la sorpresa de Jim, quien supo en ese momento, que ese chico, era realmente importante.
—Vaya, veo que me cambiaste por carne fresca. Dudo que este niño sepa siquiera lo que es una buena paja, menos un buen sexo Lou Lou.
—No te importa Jim, déjanos en paz, —dijo molesto.
—¿Ya te lo follaste? Cuando pase lo novedoso vas a volver, sabes que soy tu preferido, —aseguró sonriendo.
—Lou y yo vivimos juntos.
—Ya veo. Disfruta mientras puedas. —Se fue, matándolo con la mirada.
—Explícame. —Exigió Harry, cruzándose de brazos.
—Él ha sido mi peor error, —comenzó Louis, un poco divertido con la reacción del adolescente. —Lo conocí cuando tenía 25, y comenzamos a tener sexo. Está bien cuando los dos quieren lo mismo, cuando deciden no tener más compromiso. Pero él empezó a prometer más, una relación... Y yo me fui ilusionando, pero nunca fui el único, —continuó.
Harry no sabía cómo reaccionar.
—El sexo con él ha sido el mejor de mi vida. Nunca pude negarme. Para las vacaciones, estuvimos juntos y pensé que había cambiado, porque empezamos a compartir más tiempo. Pero otra vez me equivoqué. Y decidí que no más. No merezco sus migajas. Terminó, mirando los bellos ojos de Harry, que estaba indescifrable.
—¿Lo amas?
—Creo que lo hice.
—¿Por eso no me puedes amar a mí? —preguntó con pena.
Louis sonrió. Pero no respondió, no podía hacerlo. Cambió la pregunta.
—¿Te has enamorado, pequeño?
—Lo estoy, —aseguró.
Louis no preguntó más. Lo llevó de vuelta a la casa de su mamá y se hizo el loco el resto de los días.
Harry y Jane se llevaban maravillosamente. Horneaban juntos y el chico amaba escucharla contar historias. Le gustaría tanto quedarse ahí con ella, disfrutar de la familia de Louis como si fuera la propia. Con sus hermanas se pintaban las uñas, inventaban peinados y jugaban. Merecía una familia así de increíble.
Suspiraba por eso antes de dormir. Los días pasaron rápido y tuvieron que volver a su rutina de vivir solos. Pero algo entre ellos parecía haber cambiado. Una tensión cuando se miraban, cuando mostraban un poco de piel.
Harry notaba los ojos de Louis en su pecho cuando llegaba corriendo a desayunar, y el mayor notaba como Harry se giraba a verlo agacharse a recoger cualquier cosa. Definitivamente, su intimidad era más fuerte.
Todo empeoró una noche en que Harry fue al cuarto de Louis a pedirle una regla para un trabajo, y antes de tocar, escuchó lo que parecían suaves gemidos. Al asomarse con cuidado, vio el cuerpo desnudo sobre la cama, y la mano de Louis sobre su miembro hinchado y húmedo, tocándose sin pudor, con los ojos fuertemente apretados.
La imagen era tan provocadora que inconscientemente se tocó sobre sus pantalones, solo para descubrir como comenzaba a endurecer. Qué ganas de ser él quien tocara a Louis, qué ganas de estar desnudo junto a él, qué ganas de compartir su cama.
Su mano se metió dentro de su pantalón y siguió el mismo ritmo de Louis, mordiéndose para no gritar de tanto placer que estaba sintiendo. Veía esa erección, grande y jugosa, y la imaginaba en su boca y entre sus piernas y por un infierno que estaba al borde de enloquecer.
Había mirado tanto y tantas veces a ese cuerpo, que podría describirlo a la perfección e imaginarse disfrutándolo, no era difícil. Al contario, era su fantasía de todos los días en la intimidad de su habitación.
Pronto vio la espalda de Louis arquearse y el semen dispararse sobre su estómago. Su cuerpo contestó de la misma manera, pero para su mala suerte, su esperma se desparramó por encima, ensuciando el piso.
Una maldición escapó de su boca, y salió corriendo a su habitación. Louis escuchó el ruido y se asomó, pero no vio nada. Sin embargo, vio las manchas en el piso. Una sonrisa en su rostro lo delató. Aún intentando controlar su respiración, limpió. Sabía que Harry había estado ahí, así como él lo había estado espiando un par de veces mientras se bañaba.
Al día siguiente no hablaron de lo sucedido, pero en la noche se volvió a repetir. Pasó una semana así, con Harry mirando a Louis masturbarse, y siguiendo sus pasos.
Estaban desesperados, sus cuerpos se llamaban, y Louis ya no podía con su cargo de conciencia. Había decidido dar rienda suelta a sus deseos con Harry en su intimidad, para ver si así lograba calmar el ardor que lo perseguía sin clemencia durante las 24 horas, porque incluso en sueños, esos ojos verdes y esa piel pálida lo tenían al borde de la psicosis. Pero al parecer, fue peor el remedio, porque sus fantasías eran tan reales que su cordura tambaleaba.
La sicóloga se había dado cuenta de que Harry estaba enamorado de Louis y no le parecía bien. Al contrario, pensaba que era una consecuencia natural del abandono del que había sido víctima, por lo que estaba en espera de que un juez pudiera nombrar un nuevo tutor para él, ya que, según su punto de vista, estaba en riesgo de ser vulnerado sexualmente, debido a alguna conducta que pudiera tener Harry con respecto a Louis.
El juez revisó el caso. Faltaban 4 meses para que Harry cumpliera 18 años, sus notas habían subido considerablemente, sus controles médicos estaban al día y su conducta era intachable. Pidió hablar con Harry y decidió enviarlo a un orfanato a Londres por mientras se cumplía el tiempo para su cumpleaños
¿Cómo pasó eso? ¿Por qué?
Días antes, Harry sacó una excelente calificación en un examen muy difícil, y Louis lo llevó por un helado. Harry eligió uno de menta en un cono de chocolate, y su tutor solo un jugo de naranja. Ver a su protegido, frente a él, en público, con ese helado, debería ser catalogado de ilegal. Estuvo a punto de llamar a la policía y también a la ambulancia para él mismo, porque estaba seguro de que podía sufrir un infarto.
La mirada de Harry fija en sus ojos azules, mientras su lengua subía y bajaba por el cremoso alimento, revoloteando, haciendo formas y figuras... Lamiendo sus labios, limpiando con sus dedos lo que quedaba en sus mejillas y luego chupándolos con una sensualidad de la que no lo creía capaz. Dios, eran los siete pecados capitales juntos y él no era un santo.
Los movimientos eran lentos, veía cómo se derretía el helado en el calor de la lengua ágil y se perdía allí. Harry, muy consciente de lo que hacía, le daba un espectáculo perfecto y una gran vista de sus esponjosos labios. Alcanzaba a notar como la garganta de su cuidador se tensaba y sus manos apretaban la servilleta, mientras sus pies no dejaban de moverse.
El golpe de gracia vino cuando casualmente, un poco de helado cayó en su pecho. Louis se apresuró a tomarlo con su dedo. Harry con su mano llevó ese dedo lleno de helado a su boca, sin dejar de mirarlo y lo lamió. Y luego lo chupó. Lo metió y lo sacó de su boca un par de veces ante la mirada atónita del mayor.
—Delicioso, —le dijo, cerrándole un ojo.
Y si Louis casi tiene un orgasmo, sólo sus ajustados pantalones lo sabrían. Al llegar al departamento, en la noche, Harry decidió que era momento de hablar. Por primera vez, iba a tomar la iniciativa.
—Vamos a hablar señor Tomlinson, y no acepto un no por respuesta, —dijo muy serio.
—Me parece bien joven Styles. ¿De qué quieres hablar?
—De nosotros, —contestó confundido.
—No existe un nosotros.
—¿Cómo que no? Louis, yo te quiero, sé que sientes algo por mí, pero no sé qué es y necesito que me lo digas.
—Eres mi protegido. Cuando cumplas 18 te irás y harás tu vida con alguien de tu edad. Es lo que corresponde y lo justo.
—Yo te quiero a ti, entiende.
—Te llevo 12 años, es imposible. Tú entiende.
—¿Por qué tienes que ser tan terco? Sólo me interesas tú, te he esperado a ti. —Se acercó peligrosamente.
—No te acerques. Mira Harry, llevo todo este tiempo preparándome para entrar al sacerdocio, en 4 meses más o menos son las postulaciones. No quiero que te hagas ilusiones, nosotros no podemos estar juntos.
Y esa conversación, fue la que llevó a Harry a pedirle al juez que lo enviara a un orfanato en Londres. No quería ser impedimento ni obstáculo en la vida de quien lo había salvado cuando más lo necesitó, aunque eso significara matarlo en vida.
Claramente se había equivocado. Pensó que su tutor podría tener sentimientos hacia él, pero no. A lo mucho una atracción física y sexual, pero nada profundo. Y si tenía que sufrir, lo haría lejos de él, nunca de frente porque no sería justo.
Esa noche sería la última que pasaría en el departamento de Louis, quien no podía creer lo que había pasado. Llevaba dos horas sentado en su cama, con la resolución judicial en sus manos, sin ser capaz de reaccionar. No recuerda cómo se durmió.
Harry en su habitación se sentía terriblemente vulnerable, quizás por todo lo que había pasado con la sicóloga y el juez, pero la soledad se apareció en su cama. Con mucho miedo al rechazo, fue a la habitación de Louis, y lo despertó.
—Lou, tengo miedo... ¿Puedo dormir contigo? —Pidió muy angustiado.
Y Louis no se pudo negar. No pudo decir que no a esa carita hermosa que lo miraba con temor.
Se hizo a un lado y lo acomodó. Lo tapó bien y acarició sus rizos cada vez más largos. Harry rápidamente se durmió, y él luego de unos minutos hizo lo mismo. Cuando despertaron al día siguiente, estaban abrazados. Demasiado abrazados. Harry prácticamente encima de Louis, con sus manos apretando su pijama, y los brazos de Louis en sus hombros.
Si los dos llevaban mucho rato despiertos y se estaban haciendo los dormidos, claro que se dieron cuenta, sólo que no iban a hablar de eso. En ese momento ya no tenía sentido. No cuando en un par de horas estarían separados por meses y quizás para siempre.
Increíblemente, Harry tomó la iniciativa de levantarse. Se puso de pie y fue a su habitación a preparar sus cosas, en silencio. No había mucho para guardar en su maleta, pero lo hizo en un tiempo dolorosamente largo, mientras Louis era incapaz de reaccionar.
Su mente evocó como una película, cada momento desde que se conocieron. Y una sensación nueva palpitaba en su pecho, haciéndolo entender que estaba a punto de perder a alguien que tal vez, no podría recuperar.
Pero no podía. Más allá de que Harry cumpliera pronto la mayoría de edad, eso no lo hacía de inmediato un adulto. La madurez tenía que ver con otras cosas, con un mundo de experiencias y no se sentía con la capacidad de interponerse al derecho de descubrirlas por él mismo.
Dolía como jamás nada le dolió, pero ahogaría esa aflicción en oraciones, rezos y buenas acciones.
A las once en punto de la mañana, la sicóloga y una encargada del orfanato donde sería recibido, fueron por Harry al departamento de Louis.
—Si necesitas cualquier cosa, por favor, llámame. A cualquier hora, siempre voy a estar para ti, —le dijo Louis, acariciando su pelo.
—No mientas, no es necesario, —contestó Harry aguantando las lágrimas. —Gracias por todo, de verdad, y espero que puedas ser feliz.
Salió casi corriendo de ese lugar, antes de aferrarse a los brazos de quien fuera su tutor y tuvieran que llevárselo en pedazos...
Después de diez horribles minutos, en que fue incapaz de caminar, Louis fue a la que era la habitación de Harry, para limpiar y sacar la ropa sucia. Se sentó en la cama, y terminó acostado. Hundió su nariz en la almohada, embriagándose con el aroma del shampoo que usaba su protegido. Cuando levantó la mirada, vio en la pared, dibujado un corazón. Una H y una L encerrados en él.
Y su corazón dejó de latir.
Elevó una plegaria, un ruego desesperado de ayuda. Minutos y minutos en que trató de encontrar la calma refugiado en el poder de la palabra. Lo intentó con todas sus fuerzas. Hasta que explotó en llanto. Y lloró hasta que se quedó sin lágrimas. Pero su sufrimiento reapareció cuando recibió un llamado de su mamá que, además de todo, le dio el regaño de su vida. Si pensó que conocía a su mamá enojada, estaba equivocado. Luego fue el turno de hablar con Liam, quien era de la misma opinión de Jane.
Estuvo dos días sin ir a trabajar, porque fue incapaz de levantar su cuerpo de la cama de Harry. Lo extrañaba demasiado, parecía que le estaban desgarrando su piel, que lo quemaban poco a poco. No podía respirar sin él.
Paulatinamente volvió a su rutina, pero no era el mismo. El taller de los sábados perdió su luz y su magia. Perder a Harry le estaba costando la vida. El primer mes pasó como una sombra, como la peor pesadilla, como el más horrible invierno. Bajó 4 kilos, sin saber cómo. No es de extrañar si olvidaba comer. Muchas veces se quedaba mirando el plato, y cuando se daba cuenta, ya estaba frío, ya estaba marchito... Su mirada sombría, sus manos resecas y profundas ojeras eran parte de su nueva apariencia. Una que desconocía, porque dejó de mirarse en el espejo, de importarle cómo se veía.
Hasta que una madrugada, su teléfono sonó sacándolo de su sueño recién encontrado y una voz familiar lo hizo despertar de golpe.
—Louis, ayúdame, por favor... —La voz desgarrada de Harry, pidiendo por él.
—¿Qué pasa? ¿Te hicieron algo? Contéstame... —Suplicó casi en un grito desesperado.
—Él está aquí... Michael... —Dijo llorando. —Volvió a intentarlo...
—Voy por ti ahora mismo, por favor espérame.
—No me dejes... Por favor...
—Voy para allá. —Temblaba mientras colgaba.
Se vistió como pudo, tomó su mochila y una chaqueta, su billetera y su teléfono. Apenas salió de su departamento, llamó a la sicóloga de Harry y la encaró por lo que estaba pasando. Después de eso, llamó a Liam y le pidió ayuda para encontrar un abogado.
Siguiendo la ruta más corta, se demoraría por lo menos tres horas en llegar, y lo haría cerca del amanecer. Afortunadamente, Liam consiguió un abogado cerca del orfanato y lo puso al tanto de lo que sucedía, por lo que ganaba tiempo en eso.
Le sudaban las manos, y sentía los pies acalambrados. Sólo imaginar a Harry triste le partía el corazón, y pensar en el infeliz de Michael intentando abusar de él otra vez, hacía hervir su sangre. Se encontró con la sicóloga en el aeropuerto, y fue incapaz de hablar con ella. Tenía mucha rabia, y si abría la boca, podía empeorar las cosas.
El viaje se le hizo eterno, pero ya estaba frente al orfanato. Era un edificio horriblemente frío y grande que lo hizo estremecer. El abogado estaba esperando y pudieron conversar. Independiente de lo que dijera la sicóloga, interpusieron una querella contra los responsables de enviar a Harry al mismo lugar que su agresor y pidieron la restitución del menor a su tutor de manera inmediata.
Apenas fue posible, pidió verlo. Petición que le fue concedida, ya que Harry lo nombró como a la única persona que quería ver. Lo que no sabía Louis, es que tendría que verlo en el hospital.
Michael casi lo mató a golpes cuando Harry se opuso a su ataque. Tenía una especie de obsesión con él y nadie se dio cuenta de que los enviaron al mismo lugar. Louis no podía entender cómo pasó eso, era una negligencia espantosa, podría haber sucedido algo peor aún.
Caminó rápidamente hasta llegar al hospital que estaba resguardado por guardias. Lo dejaron pasar, y no estaba preparado para lo que vio.
Harry en la camilla, con la mirada más vacía y triste que vio jamás. Su carita hinchada por los golpes, vendas en sus brazos, sus manos apretando las sábanas, con miedo.
—Hola, vine lo más rápido posible, —dijo tratando de ser alegre, y suave al mismo tiempo, ocultando su dolor y rabia.
Y Harry se deshizo en calientes lágrimas, que Louis secó con paciencia. No podía abrazarlo y hablarle como quería porque los estaban observando y debía mantener siempre su conducta intachable.
—Tranquilo, ya estoy aquí. —Intentaba calmarlo, pero era tan difícil.
—Perdón por llamarte, —logró decir Harry en medio de sus lágrimas. —Pero no tengo a nadie más...
Y esas palabras dolieron más que nunca, estaba solo en el mundo.
—No te disculpes, tomaste la decisión correcta, —dijo tomando su mano con cariño.
Fueron dos horas muy difíciles, en las que Harry sólo lloró y luego se quedaba imperturbable por minutos. Las imágenes se le repetían sin parar, iba a necesitar mucha ayuda. Terminado ese tiempo, le pidieron a Louis salir, lo que desencadenó una crisis en Harry y tuvieron que sedarlo.
—Dios, ¿Dónde estás? ¿Por qué permitiste esto? —Preguntó con rabia, mirando al cielo. —¿Por qué? ¡¿Acaso es otra jodida prueba? ¿No te cansas?!
Llamó a su mamá y habló largamente con ella. Sólo así pudo recuperar su calma y su centro. Respiró profundo y fue al orfanato a buscar explicaciones.
Su abogado aún no tenía noticias, pero había logrado dar urgencia a la causa, por lo que esperaba novedades antes de la hora de almuerzo. Intentó comer, pero tenía el estómago revuelto. Apenas pudo tomar un té. A las dos de la tarde, y cuando ya no aguantaba más la incertidumbre, su abogado lo citó en el orfanato.
—A partir de este momento, y hasta su mayoría de edad, eres el tutor de Harry de manera irrevocable, —afirmó el abogado. —Ya conoces los protocolos y todo lo importante, por lo que apenas salga del hospital, puedes llevarlo contigo.
—Gracias, gracias, gracias, —dijo sintiendo calma y gratitud después de mucho tiempo. Firmaron los papeles y retiró las cosas personales de Harry. Volvió al hospital cuando seguía durmiendo y se sentó a su lado para velar su sueño. Llamó a la escuela y habló con el director, que afortunadamente sabía de todo lo que había pasado, y le dio unos días libres.
Lo miraba dormir y se lamentaba. Su mejilla inflamada, sus labios con un corte, moretones por donde alcanzaba a ver. Besaría cada milímetro de ese cuerpo golpeado, y lo sanaría con sus caricias. Pero no. No.
Pasara lo que pasara, era él el adulto y tenía que comportarse. Y su protegido necesitaba ayuda, mucha ayuda, y eso era lo único en lo que tenía que encauzar sus esfuerzos.
Tres días después, y con muchos cuidados, pudieron viajar de vuelta. A Harry aún le quedaban dos semanas de reposo, y él no podía faltar más a la escuela y ni a su taller de los sábados. Cuando menos se lo esperó, apareció su mamá en su puerta.
—Mamá, ¿Qué haces acá? —Preguntó abrazándola.
—Me necesitan, así de simple. Tienes cosas que hacer, Harry no puede estar solo. Yo lo voy a cuidar hasta que pueda volver a la escuela, —contestó mirándolo muy seria.
—¿Y las chicas?
—Tu tía Victoria las está cuidando. Sabes que se adoran y están bien con ella, no te preocupes. Mejor llévame con mi niño. —Le dijo casi enojada.
Harry lloró entre los brazos de Jane, pero le hizo sentir tan amado, que logró calmar su angustia y, además, lo regaloneó con ricos platos y postres. Conversaron, vieron televisión, miraron revistas de moda, hacían video llamadas con las hermanas de Louis. Lo acompañó a sus terapias, lo aconsejó, le dio calor a su corazón y a su mente.
Durante esas dos semanas, Harry recibió una cantidad enorme de amor de mamá que le ayudó a sanar sus heridas, sobre todo, porque el amor de Jane era para siempre y para él, independiente de su relación con Louis.
En cambio, para el tutor, fue otra tortura llegar a su departamento y que su mamá apenas le hablara. Estaba muy molesta y se lo hizo saber en innumerables ocasiones. Aún no lograba escuchar de boca de su hijo, que había desistido de la idea del sacerdocio.
Y es porque Louis no quería decirlo, aunque ya lo había decidido. No podía hacerlo, no amando de esa manera a Harry. Aunque no tuvieran un futuro juntos, sus sentimientos no podía ocultarlos y en el fondo estaba muy molesto con Dios. Simplemente no podía entender muchas cosas, y el afecto genuino y apasionado que tenía por su protegido le había hecho cuestionarse cosas que jamás imaginó.
Era perturbador sentir a su edad, y después de tantas experiencias, ideas y pensamientos, objetar verdades que parecían claras e irrefutables. O que lo habían sido por muchos años. Y fue ahí que aceptó que, por primera vez, estaba enamorado de verdad, que Harry le hacía ver el mundo con otros ojos, a través de otro prisma, con otro ritmo, con otra luz.
Un niño, que cuando pudo sacar provecho de una situación, prefirió alejarse para no obligarlo a cambiar sus planes por él. Un niño, que tenía sus sentimientos claros y los gritaba de todas las maneras posibles. Un niño, que era más hombre que cualquiera de los que conocía.
Apenas Harry pudo retomar las clases, el tiempo pareció volar. Más de dos meses ya habían pasado, y se había mantenido alejado de cualquier tipo de provocación hacia su cuidador. No quería presionarlo, ya suficiente le debía con todo lo que había hecho por él y si era necesario que su amor fuera su motor invisible y no volver a tocar el tema, lo haría.
Pero, quería hacer un último intento. Si salía mal, Jane le había ofrecido su casa para vivir y él aceptaría. Desde ahí podría optar a alguna universidad no tan lejos, y seguir con su vida. Pero si había alguna, aunque fuese mínima esperanza de que Louis le correspondiera, necesitaba saberlo. Dejó preparada su maleta, para salir a primera hora de ese lugar si todo era un nuevo error de su imaginación.
Esa noche, después de la cena, y después de lavar los platos, se dio una ducha. Se colocó apenas una polera larga y un short corto, y con todos sus nervios a flor de piel, se acercó a Louis, quien estaba de espaldas, revisando unas cuentas en el living, y lo abrazó.
Louis se sobresaltó y se separó, pero no dejó de mirarlo. Caminó un par de pasos, y miró el reloj sobre la pared.
Y se fue a su habitación.
Y Harry lo siguió.
Apenas su protegido entró, cerró la puerta con seguro y se acercó como lo llevaba soñando hace más de un año, mirando esos labios rosados, que le prometían besos maravillosos, y no se equivocó: lo supo cuando los devoró, con apuro, con fuerza, con ímpetu.
Manos desesperadas por quitar cualquier cosa que estorbara su paso a esa piel pálida y suave. No le importaba ser torpe, tampoco ser suave. Sólo quería tomar ese cuerpo que le pertenecía por derecho, que lo había esperado y que sería su perdición.
Sabía que era la primera vez de Harry, pero él le iba a demostrar cómo era el sexo. No iba a ser cursi, no iba a ser tierno. Iba a amar su cuerpo como si no hubiera más tiempo, como si no importara nada más en el mundo. Mañana, tal vez, podrían perderse en dulces caricias. Pero hoy, en esta noche, conocería el fuego de su pasión.
Ver cómo se erizaba la virgen piel bajo sus besos, entre sus dedos, sólo lo hacía hervir de placer. Lo marcó deliberadamente por todo su cuerpo, sobre todo sus pezones que eran un pecado mortal perdiéndose entre sus dientes. Tiró su pelo hasta escucharlo gritar, dejó marcas en su cuello y apretó con ganas su adolorido miembro que parecía que jamás había recibido atención. Y él no podía permitir semejante aberración. Le enseñó cómo debía sentirse que le succionaran hasta el último milímetro de su hombría, que le lamieran su interior hasta que la vergüenza se diluyera entre sus gemidos.
Le dio la confianza de pedir, de exigir, de parar, de tocar y marcar el ritmo. Su propio cuerpo se entregó por completo a la exploración que hizo Harry con él. Reaccionó con cada caricia y explotaba como si fuera un aprendiz. No ahogó ninguno de sus gemidos, demostrando cuánto disfrutaba también de esas manos que lo buscaban con ansiedad.
Jugó con él descaradamente. Colocó la cabeza de su miembro, totalmente húmeda, en su entrada que se negaba a abrirse, y la rodeaba, empujando despacio, haciendo círculos. Una vez que empezaba a relajarse, se alejaba, burlándose de su necesidad de ser llenado por él. Minutos largos y angustiantes lo tuvo así, disfrutando de su mirada suplicante, de las palabras que morían en sus labios transformadas en maldiciones.
—Cuida tu vocabulario, o tendré que seguir castigándote... —Decía el tutor, con una gran sonrisa.
Cuando su propia erección lo estaba matando, comenzó a penetrar a Harry. Una vez que estuvo por completo dentro, disfrutando de la estrechez, intentando mantener la cordura, colocó una mano sobre el vientre plano y pálido del menor, sintiéndose.
—Aprieta... —Ordenó y Harry lo hizo. Y fue el jodido cielo. Y gimieron juntos. —Eres mío Harry, ¿me escuchas? Mío... —Comenzó a moverse, en un vaivén delicioso.
Se desconocía completamente. Él no era ese Louis dominante, posesivo e intenso. Pero la imagen de Harry con alguien más le revolvía las entrañas y sacaba todo lo peor de su interior. Nunca permitiría que otro hombre lo rozara siquiera, apenas podrían mirarlo, y con ese sentimiento, le daba duras embestidas, que el cuerpo debajo suyo disfrutaba como si supiera lo que significaban.
Querían ser marcados a fuego, los únicos en la vida y en la cama del otro, los únicos que supieran cuántos lunares tenían o cuál era el sabor de sus cuerpos.
Querían ser los dueños de sus orgasmos, los únicos que vieran sus rostros al terminar, los únicos que se vieran al despertar y que supieran qué les gustaba desayunar.
Querían ser los únicos que se dieran la mano al caminar, un abrazo después de un mal día y un beso para calmar sus enojos.
Harry y Louis querían darle y entregarle lo mismo al otro, aunque pareciera que sus tiempos eran distintos por sus edades, sólo eran dos hombres que se estaban enamorando de lo que eran juntos. Y es que eran fuego, pero también esperanza, calma y luz.
Era el sueño de Harry haciéndose realidad en la cama y en los brazos de Louis. Estaba entregando todo su ser en ese momento, la primera de muchas veces, un espacio que reclamaría como suyo y único desde ahora en adelante y para siempre. Porque él pertenecía ahí, era su lugar.
Junto a ese hombre mayor que le había enseñado tantas cosas sin querer, y tantas otras con intención, y que ahora lo llevaba por un camino de placer, en una lección que no terminaría jamás, y que sería su materia favorita.
Amaría repetir cada clase, varias veces, y repasar los pasos una y otra vez. Sólo si era siempre con su tutor, sólo con su Lou, su perfecto maestro, quien le enseñó más de su cuerpo que lo que él mismo se conocía.
No sabía que él, Harry, un pequeño desvalido, le había también enseñado a Louis lo que era la verdadera entrega. Aunque el profesor pensara que estaba siendo poco romántico en esa primera vez de su alumno, no se daba cuenta de sus besos suaves, de sus caricias cargadas de miel, de sus penetraciones armónicas y su mirada que invitaban a un futuro y a un para siempre.
Nunca tuvo un encuentro parecido.
Mucho más carnales, sí.
Mucho más fríos, sí.
Mucho más agresivos, también.
¿Así? Jamás.
La mezcla de travesura, de ansiedad, de amor, de deseo y de lujuria era una ecuación perfecta. Harry desordenaba los números y los símbolos, pero el resultado siempre era el correcto. Se amaron intensamente, se besaron y acariciaron por horas, hasta que el amanecer los descubrió.
Y cuando Louis vio esos ojos verdes brillar con el reflejo de los primeros rayos de sol, salió de la habitación, dejando a Harry descolocado. Se daría un minuto para tomar fuerzas y no derrumbarse, sólo había sido sexo... Sólo sexo con el hombre que amaba y que, al parecer, nunca sentiría lo mismo por él.
Se tapó con la sábana y se abrazó a sus rodillas, escondiendo su cabeza entre sus brazos.
Levantó su mirada cuando sintió pasos cerca suyo, y volvió a sonreír, con más fuerza que nunca, cuando vio una pequeña luz arder, y la voz hermosa de su tutor:
—Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños mi hermoso Harry, que los cumplas feliz...
Y Harry pidió un solo deseo.
Poder mirar siempre los ojitos azules de Louis al aclarar el día.










seria joder mucho pedir un extra 😭😭😭😭😭?