"La Enfermedad De Las Flores"
Koharu nunca tuvo la intención de enamorarse de Akaza, ni en sus momentos más lúcidos le pasó por la cabeza que su corazón terminaría perteneciendo a un ser temido por cientos y responsable de la muerte de incontables vidas inocentes, sin embargo, cuando el demonio la dejó vivir y después, en un acto que nunca encontró una razón del porqué lo hizo, Akaza la acompañó hasta su casa, Koharu sintió que quizá, de alguna manera, los demonios no eran tan crueles como le habían hecho creer desde muy pequeñita. Esa noche, algo despertó dentro del corazón de la chica, la curiosidad por conocer la naturaleza de Akaza era fuerte, y ella era muy débil; hubo un sentimiento intenso que la impulsó a visitarlo todos los días después de salir de la escuela, sentarse frente a él y escucharlo hablar.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —era una pregunta que Akaza le hacía a Koharu con mucha frecuencia, pues no lograba comprender la fascinación que ella sentía por él. Al principio pensó que era morbo, que Koharu era una chica que le gustaba ponerse la soga en el cuello esperando a que alguien tirara de ella, y en parte era cierto, tener el privilegio de poder estar cerca de alguien como él no era algo que muchos (de hecho, nadie) pudieran presumir, por lo que ella no dejó pasar esa oportunidad.
—Sí, de hecho, tengo tarea por hacer —sus respuestas eran cortas y con un dejo de nerviosismo, procuraba mantenerse tranquila, pero el ambiente era pesado con la presencia de la tercera luna—, ¿puedo hacerla aquí?
—¿Aquí?, ¿con un demonio come personas frente a ti? —inquirió Akaza enarcando una ceja y cruzándose de brazos.
Koharu asintió—Tú no comes mujeres, ¿cierto?, no vas a comerme, Akaza.
—No, pero eso tampoco significa que debas ir por ahí juntándote con demonios —sus palabras toscas sí hacían sentir mal a Koharu, era una chica sensible.
—El lugar es silencioso, me gusta la tranquilidad —la excusa de ella pareció ser lo suficientemente convincente para Akaza—, además no me junto con cualquier demonio que me encuentro, solamente contigo.
—Eres extraña —musitó.
—Tú también, puedo sentir tu presencia incluso si estás a varias calles de mi —explicó—, tú presencia se siente extraña.
—¿Puedes sentir mi presencia? —Akaza se acercó un poco a Koharu—, pero ¿cómo?
Koharu dejó de lado su tarea y miró a los ojos al demonio—, no lo sé, solo puedo sentirte y saber que eres tú.
Con el tiempo y después de que Akaza comenzó a acostumbrarse a la presencia de la ojiverde dejó de sentirse tan incómodo e incluso tuvieron un par de conversaciones “profundas”. Una de ellas en especial fue después del día blanco, donde se supone los hombres que recibieron un presente tienen que regresarlo. Koharu no le había regalado nada a nadie, por lo que no recibió nada ese día.
Y por más que ella le dijo a Akaza que no pasaba nada, él notó que ese día la chica no habló mucho y se fue antes de la hora cotidiana. No intentó hacerla sentir mejor, pues habían pasado cientos de años desde que sintió amor o algo parecido.
La razón por la que Koharu no le dio nada a nadie en San Valentín era bastante obvia, el haber pasado dos meses viendo diariamente a la luna hizo que se enamorara. Ella sabía que era un sentimiento estúpido, que jamás sería correspondido, y que lo mejor iba a ser esconderlo en el fondo de su corazón hasta que desapareciera.
Por desgracia, ese amor reprimido terminó convirtiéndose en algo bastante curioso, pues una mañana sus pulmones comenzaron a sentirse pesados y la chica cargó con un malestar durante todo el día. Una semilla no más grande que un grano de arroz comenzó a germinar dentro de ella.
Raíces delgadas se incrustaban en la pleura visceral causando que a Koharu le costara respirar de manera natural y perdiera el aliento de manera rápida. Al principio parecía algo normal, ella creyó que se debía al polen y su alergia a este, por lo que nunca prestó mucha atención al pequeño problema que con el paso de los días y alimentándose de sus sentimientos se hacía más grave. Acompañado de un ligero piquete en la espalda, los dolores empeoraron cuando Akaza la tocó.
—Se te va el aire muy rápido —comentó Akaza al escuchar a la chica respirar demasiado profundo—, ¿has estado fumando?
—No fumo —expresó ella—, últimamente me ha dolido mucho la espalda y me falta el aire.
—Debes tener alguna alergia —el demonio se acercó a ella y tocó su espalda.
La explosión de sentimientos causó una reacción en cadena dentro del cuerpo de Koharu, pues las raíces que crecían dentro de ella se aferraron con más fuerza al tejido y las plantas terminaron por convertirse en hermosas flores. Si bien el dolor comenzó a ser insoportable al instante, Koharu se aguantó para poder sentir un poco más a Akaza.
Esa misma noche, mientras ella se preparaba para dormir sucedió algo que pronto se convertiría en algo habitual. Koharu comenzó a toser tan fuerte que su cuerpo terminó por derrumbarse en el suelo del baño. La garganta y pulmones le picaban, quería que eso acabara lo más pronto posible.
Con el pelo en la cara y el cuerpo lleno de sudor, Koharu vomitó sangre, pero no solo eso, pues también había pétalos de flores manchadas de carmesí. “¿Qué es esto?,” la chica miró alarmada lo que había salido de su cuerpo. Cuando sus padres entraron al baño y vieron el charco de sangre junto con los pétalos la llevaron de manera inmediata al hospital, en donde una vez hicieron una radiografía pudieron dar con el diagnóstico.
—Hanahaki Disease —explicó el doctor—, están creciendo flores en tus pulmones, y parece que la enfermedad ha avanzado rápido.
Koharu miró preocupada la radiografía de sus órganos—. ¿Qué es esto?, ¿cómo pude contraer esta enfermedad?
El doctor miró a los padres de la chica y después a ella—. Ocurre cuando amas a alguien –hizo una pausa, eran pocos los casos de esta enfermedad y dar una explicación tan larga era un fastidio—, y no es correspondido. Hay dos maneras de curarlo, la primera es que tus sentimientos sean correspondidos —el doctor miró de nuevo la radiografía, y supo al instante que esa no era una opción—, y la segunda es que te las quitemos con cirugía, pero al hacerlo perderás el poder de amar.
La chica sintió un nudo en la garganta—, ¿no hay otra cosa que podamos hacer? —se levantó de la camilla y miró a sus padres dándoles a entender que se salieran del consultorio, quienes al escuchar las palabras del doctor entendieron que era un tema bastante delicado—, ¿y si dejo de amar a la persona?
Ahora que sus padres no estaban en la sala, Koharu pudo hablar con más libertad y dejar salir su preocupación. Durante mucho tiempo convenció a su cabeza de que no estaba enamorada de Akaza y que simplemente se había acostumbrado a visitarlo, pero su corazón nunca pudo ceder, si bien el amor correspondido es hermoso y leal, el amor unilateral es mucho más intenso, pues el corazón se aferra con más fuerza a un “quizá” y a la ilusión de que en algún momento podrá ser correspondido.
—El sentimiento que tienes se ha convertido en flores, por más que intentes dejar de amarlo no podrás hasta que esas raíces sean removidas —continúo el doctor—, escucha. Sé que es difícil, pero... por lo que veo es algo que en poco tiempo se ha desarrollado demasiado rápido, en un par de meses las raíces crecieron lo equivalente a un año.
—Pero ¿dejar de amar? —la idea de que una intervención quirúrgica le quitaría ese poder tan hermoso era demasiado que procesar. Por un momento, Koharu consideró que simplemente viviría así, con flores en sus pulmones y un amor no correspondido.
Sin embargo, su plan fue descartado una vez el doctor habló—Si no te operamos o él no te corresponde no te espera otra cosa más que la muerte. Los pocos casos que he atendido, ninguno se ha curado cuando la persona corresponde.
—¿Por qué?
—Porque nunca lo hacen, mis pacientes mueren con una tráquea destrozada y un par de pulmones llenos de flores. Te duele hablar, ¿no es así?
Koharu apretó los labios y bajó la vista—. Sí, me duele.
—Y hoy vomitaste sangre con los pétalos, ¿eran más pétalos que sangre?
—Sí, lo eran.
El doctor tocó la espalda de la chica para animarla—. Lamento que tu amor no haya sido correspondido, pero no creo que valga la pena morir por alguien que no moriría por ti.
“¿Morir por mí?, ¿de eso se trata el amor?”
Cuando Koharu regresó a su casa no pudo dormir, “creí que había reprimido ese sentimiento,” ella estaba acostumbrada a no ser correspondida, durante toda su vida nunca pudo pasar un día de San Valentín con alguien, recibir flores, cartas o cualquier presente por parte de un chico, para ella era normal vivir con el “no pasa nada si no le gusto,” y con el tiempo comenzó a entender que el romance no era lo suyo.
Sintiéndose estúpida por no haber escondido sus sentimientos con éxito, Koharu pasó la noche entera llorando y maldiciéndose por aferrarse inconscientemente a la idea de que Akaza podría corresponder. Y es que a ella no le gustaba el silencio que había alrededor de Akaza, le gustaba Akaza, Koharu no dejaba sus tareas a último momento porque le aburrían, las dejaba a último momento porque quería pasar un poco más de tiempo con Akaza y sentir aquello que hacía su estómago revolver y sonreír. El amor la hacía sentir feliz, dichosa y con energía.
¿Morir por amor o vivir una vida sin poder volver a sentirse así?
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Durante los siguientes días, Koharu no pudo visitar a Akaza, el aceptar sus sentimientos terminó por postrarla en su cama y apenas tenía energías para comer, por su parte, la luna superior se quedó esperando a que ella llegara.
—¿Crees que le habrá pasado algo? —inquirió el demonio a Douma, quien había sido enviado por Muzan para saber qué había estado haciendo.
—¿A la chica?, puede ser —respondió con indiferencia—, o simplemente se cansó de venir, por lo que sé, nunca fuiste demasiado amable con ella.
Akaza se sentía confundido por el sentimiento de inquietud que no lo dejaba descansar a gusto. Pero era solo eso, inquietud.
—Esa chica está loca, ¿a quién se le ocurre venir a visitarme?
—A ella —declaró Douma—, como sea, el señor Muzan te quiere ver en una semana, más te vale tener algo bueno —la segunda luna abandonó el lugar.
Akaza se quedó solo, meditando una y otra vez porqué no podía quedarse quieto en ausencia de Koharu. Estaba seguro de que no sentía amor por ella, pero no podía evitar sentirse extraño sin el olor dulce de la chica y su voz hablándole de cualquier cosa que le sucedía en el día. “Está bien si ya no regresa, de todos modos, no tenía pensando quedar con ella,” intentó calmar sus ansias con palabras que solo aceleraban más su corazón. No importaba que pensara o dijera, Akaza no podía sacarse de la cabeza a Koharu.
Y así estuvo durante cinco días, hasta que una noche ella se apreció en el templo. Con dificultad y manos temblando, pudo presentarse frente a Akaza. Ambos se quedaron en silencio una vez se vieron, la luna se sintió molesta por la desaparición tan repentina de Koharu, mientras que ella aguantaba las ganas de llorar e intentaba regular su respiración.
—Akaza —ella fue la primera en hablar—, perdón por no haber venido.
—¿Qué te pasa? —gruñó molesto.
Koharu dio un paso hacia atrás—, ¿perdón?
—“¿Perdón?” Te desapareciste días, qué clase de persona hace eso —respondió—, eres una desconsiderada.
—No me desaparecí porque quiso —la voz de la chica se quebró, Akaza siempre le había hablado en un tono golpeado, pero no tanto como en ese momento.
—¿Y no pudiste haberme avisado?
Koharu agachó la cabeza y carraspeó la garganta al sentir la garganta picarle—, lo siento, tuve un problema.
—¿Y qué fue?
La fémina tomó valor—. Hace un tiempo hablamos acerca de si podías amar o no, ¿fuiste sincero con tu respuesta?
—Ya te he dicho en más de una ocasión que yo no puedo amar, Koharu —Akaza se sintió aún más molesto por la pregunta de la chica, “¿eso qué tiene que ver con que se haya desaparecido?“—, ¿eso qué tiene que ver?
—Entiendo —murmuró la muchacha intentando no romper en llanto e ignorando por completo la pregunta de la luna—. Akaza , ¿no te sientes extraño al no poder amar?
—¿Por qué lo preguntas?, ¿eso qué tiene que ver con lo que...
—Porque tengo miedo, Akaza —interrumpió, y nuevamente, la voz de Koharu se cortó y el mismo dolor intenso en la espalda la incomodó. Había pasado varias noches pensando en cómo explicarle a la luna su condición y su relación este, pero al final entendió que la única manera de hacerlo era siendo directa. Por eso, se había tardado mucho tiempo en ir a verlo, tomar valor fue un proceso demasiado largo.
—Te amo —confesó a secas—, con tanta intensidad que terminé enfermándome de amor. Quise venir para ver si tú podías curarme, pero... no importa.
—Enfermarte de amor... ¿cómo es eso posible? —sonó incrédulo. Koharu había vivido muchos años y pese a eso, nunca había escuchado una enfermedad como esa—, ¿y yo qué tengo que ver?
Koharu tomó aire—Mis pulmones se han convertido en una especie de jardín de tejidos y sangre. Cuando fui al doctor me explicaron que dentro de mi están creciendo flores —intentó explicarlo de la manera más tranquila posible, pero el dolor en su garganta no era de mucha ayuda y la mirada de Akaza tampoco—, flores, ¿puedes creer eso?, esto le pasa a la gente que ama a alguien, pero esa persona no lo hace de regreso. Me dijeron que había solamente dos maneras de curarme. Una era que la persona a quien amaba me correspondiera, y la segunda era que extrajeran las raíces por medio de una cirugía.
Ella se sentó en el suelo, hablar tanto le causaba pesadez, las raíces habían cubierto la mayoría de sus pulmones y los estragos de no haberse tratado a tiempo resultaban agotadores. Akaza observó a la joven tomar aire como si se encontraran en una montaña donde el oxígeno no llegara.
—Tenía la esperanza de que me amaras de regreso para que no tuvieran que operarme, porque una vez te quitan las raíces pierdes el poder de amar —Koharu no pudo evitar romper en llanto, se sentía ridícula, pues con la reacción que él tuvo después de que apareció, le hizo creer que quizá, sus sentimientos habían sido correspondidos —, eso es lo que me da miedo, Akaza. No quiero dejar de amar.
Akaza no sabía cómo reaccionar ante las palabras y acciones de la chica que se encontraba frente a él, no podía sentir amor por ella, y las flores dentro de sus órganos eran una prueba fiel de eso. El aire ligero del ambiente noctívago le traía un poco de calma a la muchacha que miraba el suelo, apenada por confesarse de una manera tan abrupta y desesperada. Koharu no tenía valor para mirar a Akaza a los ojos, pues nunca iba a encontrar esa calidez que siempre deseó.
—Es lo mejor que te sucederá, Koharu. Al perder el poder amar podrás mantener una vida más tranquila, no sufrirás como lo estás haciendo ahora mismo.
—Supongo que sí —se limitó a decir—, aunque realmente voy a extrañar como se siente tenerte cerca de mi —sus mejillas y orejas se ruborizaron—. Por eso vine. Bueno, para eso y para avisarte que no podré ir al templo en un par de semanas mientras me recupero de la operación.
Los ojos melancólicos y expresivos de Koharu miraron el cielo buscando la luna, su amor por las cosas más sencillas pronto se convertiría en nada, moriría junto con las flores que serían arrancadas de su cuerpo y lo único que quedaría serían cicatrices palpitantes y dolorosas.
—No importa, yo me iré en una semana, no creo regresar en un largo tiempo.
—Ah... está bien.
¿Cuántas veces seguidas puedes romper el corazón de una persona en una noche?, Akaza llevaba al menos tres.
—No tengas miedo, Koharu, el mundo no se acaba solo porque no puedas amar.
La chica se levantó del suelo y asintió, estaba tan dolida que ni siquiera tuvo energías para refutar todo lo que Akaza le decía—. Antes de irme —titubeó—, quiero que sepas que no me arrepiento de haberte amado. Pasar las noches contigo dentro de este lugar con olor a tierra mojada fue lo mejor que me ha pasado en esta vida, pero ¿sabes?, tampoco quiero morir de amor. Si mi amor no es correspondido y tampoco me opero sólo me espera una muerte lenta. Te amo, Akaza, pero morir por ti no está en mis planes —llena de angustia acumulada en el pecho y sangre escurriendo por la comisura de sus labios, Koharu se abrió por primera vez frente a Akaza.
—¿Puedes tomarme de la mano? —pidió nerviosa—, quiero sentir por una última vez como es tocar a la persona que amo.
Akaza extendió su brazo con la mano abierta, al instante, Koharu imitó su gesto juntando ambas palmas. La diferencia de tamaños era evidente al igual que la temperatura de sus cuerpos.
Koharu cerró los ojos pegó su frente al pecho de Akaza, era agonizante saber que nunca más iba a volver experimentar esa sensación que le hacía sentir como si estuviera en el cielo—, cuídate a donde sea que vayas, ¿sí? —se separó de él y comenzó a caminar hacia la salida del templo.
La luna no se despidió, Koharu lo dejó sin palabras.
Mientras la fémina esperaba a su doctor para que la internaran comenzó a toser de manera pesada. Su cuerpo se desesperó cuando los primeros pétalos teñidos con sangre salieron de su boca, pues esta vez eran más grandes y en mucha mayor cantidad que la última vez, al intentar que estas no cayeran al suelo se cubrió la boca, pero incluso así, el líquido tibio y los pétalos que está ocasión habían salido con vestigios de tejido pulmonar llenaron sus manos y se desbordaron por sus brazos. Koharu sufría, mucho. Pero pronto ese dolor desaparecería.
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Los días en los que Akaza estuvo lejos del templo no tuvo mucho tiempo para pensar en la chica, y, de hecho, se sintió aliviado al poder pasearse libremente por todos lados sin la preocupación de estar a tiempo antes de que ella llegara. Sin embargo, cuando regresó al templo sintió por primera vez la ausencia de la chica inquieta que no lo dejaba tranquilo. El lugar era silencioso y no había señales de que alguien se hubiera parado por ahí en un largo tiempo. Sin darse cuenta, desde la visita de Koharu habían pasado tres meses y medio.
Y es que después de que las raíces fueron retiradas de sus pulmones, la fémina no sintió la necesidad de regresar al templo, ya no había ninguna motivación que le pidiera ir. Sentada en el sillón de su casa y mirando una película antigua, Koharu se había recuperado por completo de la operación. Estaba triste, pues como le advirtió el doctor, no había amor en su ser, pero tampoco había hecho mucho para ver si de alguna manera podía recuperar ese sentimiento. Akaza no tuvo razón al decir que su vida sería mejor sin poder amar, Koharu se sentía vacía, sin un propósito en la vida, ninguna pasión la movía más que la necesidad de trabajar para poder comer y pagar las cuentas de su apartamento, porque después de la operación decidió salirse de su casa.
Mirar películas de terror era un pequeño consuelo para ella, ya que los nervios que sentía al verlas en el medio de la noche llenaban el vaso roto que su alma guardaba. Con los ojos pegados en la televisión, Koharu fue incapaz de notar que alguien entró a su casa desde la ventana.
Así como perdió el poder de amar, también perdió la habilidad de sentir a Akaza, quien se encontraba en una esquina de la cocina observando a la fémina.
—Koharu —habló con un tono suave para no espantarla tanto.
—¡Ay! —la chica brincó del sillón y se levantó de golpe del sillón para poder mirar a la persona que la llamaba, lo reconoció al instante—, ¿Akaza? —la luz era escasa, pero nunca iba a olvidar la silueta de él.
—Koharu —repitió—, ¿estás bien? —el demonio se acercó a paso acelerado a ella. Su cuerpo no tenía signos de enfermedad y su cara se veía sana, incluso su pelo se veía más brillante.
Lo único que cambiaron fueron sus ojos, pues las pupilas de Koharu se mantuvieron en su lugar y pareció dubitativa a la hora de sostenerle la mirada—, ¿qué haces aquí? —preguntó ella.
—Vine a ver cómo estabas, hace mucho que no nos vemos —replicó—, dijiste que vendrías en un par de semanas y ha pasado mucho tiempo, ¿por qué ya no regresaste?
—No sentí la necesidad de hacerlo. Además, en nuestra última plática fuiste muy grosero.
—Pero dijiste que ibas a venir.
Ella encendió las luces y apagó la tele—. Lo dije porque te amaba, Akaza. Después de que me quitaron las flores no sentí la necesidad de regresar a ese lugar.
—¿Es en serio? —el demonio se acercó más a ella, definitivamente algo había cambiado—, ¿y ya no piensas venir?
—No, y si ya terminaste vete —pidió, consideraba a Akaza un hipócrita.
Aferrado porque las palabras de ella fueran mentira, Akaza tomó la mano de la chica y la besó, la única respuesta por parte de Koharu fue un hormigueo en esa zona por los labios fríos del demonio besar su piel—. ¿Y si te toco así? —la abrazó con fuerza—, ¿podrías volver a amarme?
—Akaza, no sigas —Koharu se apartó de golpe, le estaba molestando demasiado que el demonio se tomara todas esas libertades—, no hay nada en este mundo que pueda hacer que vuelva a amar —se quedó en silencio un rato—, además, ¿para qué quieras que vuelva a amarte? —subió el tono de su voz—, ¿te gustó verme triste?, ¿es eso?
—Koharu... —la mirada seria y sin brillo de la joven fueron la prueba fiel de que ella ya no sentía nada hacía Akaza, solo un resentimiento profundo.
—Tenías razón, creo que ahora mi vida es mucho mejor que no amo a nadie —expresó Koharu después de alejarse de Akaza—, me siento más tranquila y he dejado de llorar, nunca creí que iba a poder verte sin que se me acelerara el corazón. Por ti perdí lo único que me daba un sentido en esta vida, no quiero volver a verte.
No había nada más que hacer, el mencionado se sintió herido y se le hizo un nudo en la garganta. La luna se dio cuenta demasiado tarde de sus sentimientos. Incluso si los hubiera aceptado el día que Koharu fue a despedirse, nada habría cambiado. Quizá fue la manera tan intensa en la que Koharu lo amó que sus pulmones se infectaron demasiado rápido, para ese momento no importaba. El amor siempre había sido complicado para ambos, pues cada uno tenía algo que los hacía reprimirse, pero mientras Akaza vivía sin ningún problema, el destino de Koharu se escribía en hojas irrompibles.
De regreso al templo, Akaza se quedó en silencio durante varios días, dándole vueltas una y otra vez al sentimiento que hasta hace poco descubrió que era amor. Así como él condenó a Koharu a no poder amar, ella lo condenó a vivir una eternidad sin poder ser correspondido por la única persona que amó después de convertirse en demonio.
Y Hanahaki Disease no distinguía entre humanos y demonios.