Kah'Dhia La Leyenda de Ahuru

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Sinopsis

Kah'Dhia vive en un mundo invadido por la guerra donde el autoproclamado "protector" rige con fuerza gracias a su ejercito al cual Kah'Dhia pertenece. Ella se convierte en una desertora y deberá tomar la decisión de combatir las injusticias o permanecer al margen; aunque sea cual sea su decisión, deberá que hacer sacrificios.

Genero:
Scifi/Drama
Autor/a:
Benjamin
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

La ceniza caía lentamente sobre el suelo de Salf mezclándose con el polvo suspendido a raíz de las explosiones. A lo lejos se oían las cargas de plasma impactar el terreno, enviando aire caliente al campo de batalla donde se encontraba el elatibh caminando a paso lento en medio de todo el caos. Vestía una armadura ligera de color negro con bordes dorados y una diadema de una punta en su cabeza bajo la cual su cabello blanco caía como cascada sobre su cuello y su piel se iluminaba por los resquicios de luz que se colaban entre el polvo.

Pronto él extendió su mano derecha con la palma hacia arriba y la poca luz del sol que había fue absorbida para luego expandirse desde su palma, cubriendo todo el campo con luz roja, como si de un faro se tratara

—No me dejan más opciones —murmuró el elatibh a un hombre que yacía a unos metros en el suelo frente a él—, si no te hubieras interpuesto todos estarían a salvo.

Tras decir estas palabras, toda la luz de color rojo que había inundado aquel lugar se contrajo a su palma nuevamente, formando un orbe no más grande que su dedo pulgar. Su pelo se movía con el aire de las ondas expansivas que provocaban los cañones de plasma a la lejanía y su cara se iluminaba con toques morados por aquellas explosiones

—Esta paz que ofreces… No es real. —dijo con tozudez el hombre moribundo—. Prefiero morir.

—Concedido.

El mundo enmudeció un segundo, no se oían explosiones ni el viento y si hacías un pequeño esfuerzo, el silencio era tal que podías escuchar la agitada respiración de aquel hombre moribundo, aunque este silencio solo duró un segundo. Luego de eso, luz blanca con destellos arcoíris que provenía de aquel orbe plagó todo el campo de batalla con un estruendo horrible, brillaba tanto que apenas si se podían distinguir las cosas y tras unos segundos todo volvió a la normalidad. El elatibh se encontraba exhausto con la respiración agitada y al poco tiempo cayó sobre su rodilla. Un par de metros adelante donde antes se encontraba su adversario ya no quedaba nada más que un cadáver calcinado y humeante. Lo había asesinado.

—Lo siento —susurró.

Tras haberse recuperado y puesto en pie se dirigió al campamento de avanzada que habían levantado unos kilómetros al sur de donde se encontraba. Caminaba cabizbajo y con paso tambaleante murmurando maldiciones. Cuando iba llegando al campamento, vio que el ejército que le acompañaba había menguado y que también le miraban con una expresión inusual.

«Asustados» —pensó.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó un hombre que le esperaba unos metros afuera del campamento.

—Hice lo que debía, Balioth. —le contestó el elatibh.

—Los pelotones del norte volvieron asustados. Dicen que sus contrincantes se calcinaron tras un estallido frente a sus ojos y los del perímetro sur dicen que los guerreros de Salf huyeron al ver la explosión —el elatibh apretó su mandíbula al escuchar esto. El lugar donde se encontraban era un valle inmenso en el planeta de Salf con peñascos ocasionales en el terreno, lo que facilitaba que aquel estallido se hubiera visto a kilómetros.

—Estoy muy cansado Balioth. Ya está hecho. Hemos ganado —dijo el elatibh sin estar muy convencido de sus propias palabras.

—Entiendo. Vamos adentro.

Balioth caminó a su lado, acompañándolo a su tienda, habían conseguido la victoria, pero no había celebraciones. Solo silencio. Mientras caminaban entre el campamento casi llegando a la tienda del elatibh una chica que formaba parte del pelotón de Balioth venía corriendo a tropezones hacia Balioth, entonces se detuvo a unos metros de él.

—Bal…

No logró terminar de decir su nombre cuando Balioth la miró de reojo negando con la cabeza y moviendo sus labios para decirle «no» sin emitir ningún sonido.

—Kah´Dhia —dijo el elatibh parándose en seco—, acompáñanos por favor —añadió volteando a verla.

—Si, señor. —titubeó la joven.

Una vez dentro de la tienda del elatibh, este se desplomo en un cojín gigante que estaba frente a una mesa con el mapa del terreno donde se encontraban y con estatuillas en forma de lanza al sur, al norte y otras tras unas montañas al este; donde estaba el campamento habían cinco estatuillas con la forma de la diadema en miniatura y una con forma de sol; Kah’Dhia estaba al otro extremo de la mesa y Balioth se quedó a unos pasos de la entrada.

—Cuéntame, querida —dijo el elatibh presionándose el tabique con los dedos—, ¿has soñado algo? —preguntó mirando fijamente a aquella chica.

La niña de no más de diez y seis años se mordió los labios y aclaró la garganta.

—No —contestó finalmente para luego mirar de reojo a Balioth—. Señor —añadió asustada de haber olvidado decir «señor».

El elatibh la miró por unos segundos más y dio un gran suspiro apartando su mirada de ella para ponerla en el tablero.

—¿Segura? —indagó mientras extendía sus manos para empujar las estatuillas de lanza con su índice; luego miró a Balioth y suspiró nuevamente empujando dos de las estatuillas con forma de diadema.

—Solo voces —dijo la niña mirando a Balioth.

—¿Qué decían? —averiguó bajando la cabeza y llevando sus manos a su frente.

—Señor, no es nada importante —interrumpió Balioth.

—Balioth, por favor —susurró el elatibh.

—Mi nombre, señor —dijo Kah’Dhia, esta vez sin olvidar decir «señor».

—¿Nada más?

—Nada más —zanjó la joven.

El elatibh se puso en pie, entonces tomó su diadema con su mano derecha y se aproximo a Kah’Dhia para verla un momento, la niña tenía los ojos llenos de lágrimas y su mentón temblaba; él abrazó su cabeza contra su pecho y le dio un beso en la mollera.

—Gracias querida —le dijo, seguido de un tercer suspiro tan grande como el primero, tras el cual dejó caer la diadema contra el suelo sin ninguna contemplación. Kah’dhia rompió en llanto.

Balioth estaba extrañado por esta escena, miró la diadema en el suelo y luego las estatuillas con la misma forma en el tablero, al instante su expresión cambió; empezó a respirar más fuerte retrocediendo con pasos cortos y sus ojos desorbitados. Cuando se disponía a salir corriendo de la tienda un soldado entró de golpe y le tomó del hombro.

—Señor. —le dijo el soldado—. Su hijo, murió.

Balioth empalideció. Empezó a decir algo, pero no se distinguían las palabras de su respiración agitada. Sus rodillas cedieron y cayó sobre ellas.

—No —susurraba entre sollozos buscando a Kah’Dhia con la mirada—. No —volvió a repetir.

—Lo siento. —le dijo ella mientras su cara se volvió roja y su expresión hacía parecer que comía algo muy amargo—. Balioth, lo siento —le suplicaba ella.

El elatibh solo se limitaba a abrazar la cabeza de la niña mientras ella y Balioth rompían en llanto. Su mirada ennegreció, elucubrando quizá quién sabe qué, quizá pensaba en el hecho de que Balioth había perdido a su mujer en el parto y que solo tenía al niño. O que para Kah´Dhia aquel joven era un hermano, puesto que Balioth cuidaba de ella de pequeña.

—Ganamos —dijo él.