El ocaso
“Soñé contigo”, me escribió ella por Whatsapp. “Soñé que me engañabas”, fue su siguiente texto.
Al leerlo le escribí: “pero sabes que no soy yo, verdad?“. Veinte minutos después me escribió: “¡claro que fuiste tú!, mi sueño fue tan real”. Le llamé rápidamente, pero no me contestó. Entonces, corrí hacia su casa.
Era de madrugada. La luna estaba ausente, pero en cambio, miles de estrellas adornaban el cielo despejado. Ella se encontraba fuera de su casa, como esperando a que llegara.
¿Por qué me haces esto?, dijo ella al correr hacia mí. “No ves que me haces daño”, continuo, mientras me daba un golpe en el pecho. “¿Acaso me odias?“, le pregunté de forma muy directa. “Si tanto daño te hago, ¿por qué estás conmigo?“, continué. “Si no te gusta como te amo, que todo se acabe de una vez”, seguí.
“¡No!, yo te amo”, me dijo aferrándose a mi brazo. “Me gusta como me amas. Que me cantes; que me escribas cuentos; que me hables del mundo; que me beses; que me abraces...amo todo de ti. Es solo que a veces es demasiado. Ni yo puedo controlarlo”, me dijo con sus ojitos hinchados de tanto llorar.
“Entonces, ámame más. Hasta que todas tus dudas sobre mí desaparezcan”, le dije mientras la abrazaba fuertemente. “Lo hago”, me dijo con un tono que note más bien de condescendencia conmigo.
“¿Realmente será feliz conmigo?“, me pregunte. “¿Será que sus dudas, al fin logré hacerlas desaparecer?“, Me seguí cuestionando. Llegaban los primeros rayos del sol, anunciando el amanecer. Aunque para nosotros, sentí, más que el amanecer parecía el inicio del ocaso.
Alberto Pascual