1. Manos que ayudan
—¿Podrías subirme el cierre? —pregunté, mirando con torpeza sobre mi hombro para verme en el espejo.
Sarah se acercó y cerró mi vestido. Luego se dio la vuelta para que yo hiciera lo mismo con ella.
—Solo lo haré esta vez —le advertí—. La próxima pídeselo a Eliza.
—Ya se lo pedí —dijo Sarah arrastrando las palabras—. Pero tenía planes. Te juro que es solo por hoy.
Suspiré. —Me veo ridícula —mascullé, tirando de la costura de mi vestido negro de hombros caídos—. Ni siquiera puedo levantar los brazos.
Sarah llevaba el mismo vestido. Todas las demás chicas que trabajarían con nosotras esta noche irían igual.
—No está tan mal —dijo Sarah restándole importancia—. Una vez nos hicieron usar disfraces de arlequín.
Hice una mueca de disgusto. —Repito, solo lo haré esta vez.
—Iris, no seas tan dramática —suspiró Sarah—. ¡Va a ser divertido! Además, habrá hombres ricos. Deberías buscarte un sugar daddy.
Me echó a reír. —Ay, Dios, no. No se me ocurre nada más asqueroso. Además, no tengo tiempo para eso.
Sarah se encogió de hombros. —Como quieras, pero sabes que te vendría bien el dinero.
Cuando estuvimos listas, Sarah nos llevó a la fiesta. Entramos para recibir las instrucciones. Después de guardar los bolsos en los casilleros, a todas las chicas —vestidas de forma idéntica— nos asignaron tareas y zonas específicas para servir.
Mi zona iba desde la fuente hasta los setos al fondo del frondoso jardín donde sería el evento. Tenía que servir aperitivos y bebidas durante toda la noche. Específicamente, debía repartir champán cada hora en punto. Sarah me había advertido lo exigente que era su papá con sus instrucciones; lo mejor era seguirlas al pie de la letra.
Suspiré con incomodidad y me acomodé el vestido. Era demasiado corto, demasiado ajustado y mucho más revelador de lo que me gustaba. Cuando Sarah me pidió que reemplazara a una de las chicas que se había enfermado, tuve mis dudas desde el principio. Ser mesera no era lo mío. No era lo bastante elegante, se me daba fatal equilibrar las bandejas mientras servía y ni siquiera quería pensar en tener que hacer todo eso en tacones.
Y el hecho de que mi zona estuviera llena de caminos de piedra blanca solo empeoraba las cosas.
Los invitados no tardaron en llegar. La mayoría eran hombres mayores vestidos de punta en blanco. Solo unos pocos traían acompañante, supongo que sus esposas. Busqué a Sarah con la mirada, pero no la vi por ninguna parte. Con cuidado, me dirigí a la barra, donde cuatro jóvenes con camisa blanca y pantalón negro preparaban tragos. Agarré una de las bandejas que habían puesto en la barra y regresé a mi zona.
El camino de vuelta fue espantoso. Debía de parecer un tierno venadito recién nacido caminando sobre hielo. Mis tacones se hundían en las piedras mientras luchaba por equilibrar la bandeja sin derramar nada. Maldije en silencio mi decisión de ayudar a Sarah, aunque seguía sonriendo con amabilidad a los invitados al pasar.
Después de unas cuantas vueltas, le agarré el truco y empecé a relajarme. Mis bandejas se vaciaban rápido por manos descuidadas; ni siquiera tenía que ofrecer nada. La mayoría de los invitados no se molestaban en dar las gracias. Algunos ni me miraban ni pausaban su charla mientras tomaban copas o aperitivos de mi bandeja.
Busqué un reloj por la zona, pero no había ninguno. Intenté mirar de reojo el reloj de un invitado, pero se movía demasiado rápido para ver la hora. ¿Cómo se suponía que iba a saber cuándo servir el champán? Volví adentro y, cuando al fin encontré un reloj, vi que aún faltaban quince minutos.
Tomé una bandeja vacía de la barra y salí de nuevo para recoger los vasos vacíos que estaban repartidos por... todas partes. Limpié las mesas de cóctel desde la fuente hasta los setos. Solo me quedaba un pequeño rincón al otro lado del jardín. Con otra bandeja en mano, me dirigí hacia allá.
Estaba a punto de cargar las copas en mi bandeja cuando de pronto recordé el champán. Mierda, ¿qué hora era? Miré a mi alrededor, pero no había forma de saberlo. Podría volver a la barra, pero perdería un tiempo precioso. Estaba segura de que el papá de Sarah notaría las copas vacías que dejaría atrás.
Entonces recordé la torre del reloj por la que habíamos pasado antes. Tal vez pueda verla si tan solo... Miré alrededor y, viendo que nadie me observaba, me subí al borde de una jardinera de piedra y me impulsé para mirar por encima del seto.
—¿Planeando tu escape? —preguntó una voz grave a mis espaldas, asustándome tanto que perdí el equilibrio.
Un par de manos fuertes me agarraron por la cintura, evitando que me cayera. Me di la vuelta de golpe y me encontré a uno de los bartenders sosteniéndome, con una ceja levantada.
Me quedé sin aliento al verle la cara. ¿Cómo no me había fijado en él antes? Tenía que ser el tipo más guapo que había visto en años, tal vez en toda mi vida. Tenía el pelo oscuro peinado hacia atrás de forma relajada, una nariz recta y unos labios que no podías evitar mirar, sobre una mandíbula angular y bien rasurada. Carraspeé con torpeza y quité sus manos de mi cintura con suavidad. —Solo miraba la hora —murmuré, con las mejillas ardiendo de vergüenza.
Me miró fijamente un buen rato. Sus ojos pasaron de la jardinera a mí, claramente pensando que estaba loca.
—La torre del reloj —expliqué—. Pensé que podría verla desde aquí.
Él asintió. Luego se quitó su reloj y me lo abrochó en la muñeca.
—Para que no te rompas el cuello —murmuró—. Ten cuidado, es caro. Devuélvemelo al final de la noche.
Miré el reloj. No parecía especialmente caro. Es cierto que la esfera era compleja, quizás hasta vintage, pero la correa era de cuero y no reconocí la marca. Definitivamente no era un Rolex, eso saltaba a la vista.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, subiendo el reloj por mi brazo para que me ajustara mejor. —Conrad —dijo él. —Gracias, Conrad. Te traeré un poco de champán. Espera... no, seguro no te dejan beber en el trabajo, ¿verdad? Su expresión mostró confusión por un momento.
—Creo que una copa no me hará daño —respondió, ladeando un poco la cabeza mientras me miraba. Me giré rápido para ocultar el sonrojo que subía por mis mejillas y corrí adentro a buscar el champán.