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Cataclismo

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Sinopsis

Y si te dijera que el amor es fuego, es llamas... El amor te quema y te desgarra... Es simplemente... Un cataclismo...

Genero:
Romance
Autor/a:
Marna Cheer
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Ojos marrones

El llanto de dos bebés llena el espacio cuando cruzó el umbral del hospital, impregnado con su inconfundible aroma a desinfectante. El zumbido constante de conversaciones entrecortadas y el tintineo de las enfermeras corriendo de un lado a otro crean una sinfonía peculiar en el aire. Es una sinfonía familiar, una que detesto desde mi niñez.


Una luz artificial, intensa y fría, delinea pasillos infinitos con sus paredes blancas y estériles, haciendo que cada rincón del lugar parezca aún más gélido a pesar del frenético ajetreo en el área de urgencias. A lo lejos, el sonido intermitente de las máquinas médicas se funde con el traqueteo de las ruedas de las camillas que transitan por los pasillos, creando una atmósfera inconfundible de urgencia y cuidado.


La bulliciosa actividad de la sala pronto desencadena un incipiente dolor de cabeza. A pesar de que mi hermana y nuestra mejor amiga trabajan aquí, los hospitales nunca han sido de mi agrado.


Me apresuro, ansiosa por escapar del olor característico del lugar. Mientras más rápido salga, más pronto llegaré a mi trabajo. Mi mente se desliza hacia la importancia de ser puntual hoy, con esa junta tan trascendental programada.


Consulto mi reloj por tercera vez, es imposible que llegue a tiempo. Suspiro, consciente de que quejarme no resolverá nada.


Las miradas curiosas de los pacientes se posan en la maleta naranja fosforescente que llevo conmigo, destacando notablemente en este entorno. Si busco pasar desapercibida, la predilección de mi hermana por colores tan llamativos no ayuda en absoluto.


Ella, fiel a su estilo, no había logrado terminar de preparar su equipaje a tiempo el día anterior. Su desvelada tampoco había resultado a su favor, solo ocasión que se despertara tarde y aunque se esforzara le era imposible terminar de armar su equipaje y a la vez presentarse a tiempo en el hospital. Pero no es que tuviese un punto de defensa, al más puro estilo mexicano, lo había dejado todo para última hora.


Mi madre al verla tan estresada me había pedido que le entregara su equipaje antes de que yo me presentara a trabajar, como si mi trabajo de marketing no fuese tanto de valor y llegar tarde no me perjudicase. Menudo desastre. Ni siquiera tuve oportunidad de explicarle acerca de mi junta. Opté por no discutir, solo por el hecho de que mi hermana no regresaría a casa esa noche, y comprendía, aunque sea un poco el motivo tan importante que era entregarle su equipaje. Ella se dirigiría directamente al aeropuerto apenas terminara su jornada laboral, y no la veríamos dentro de un año. No obstante, ese hecho no eliminaba la aversión que tenía por este entorno.


La noticia sobre las especializaciones de Italia, mi hermana, y de Telma, una amiga cercana, marcó un cambio importante para ambas. Italia, nutricionista en el área de pacientes hospitalizados, se aventuraba en la nefrología, un paso significativo en su carrera. Su dedicación y amor por los pacientes la motivaban para asumir este reto. La oportunidad de trasladarse de Torreón a Monterrey para continuar sus estudios era emocionante y, al mismo tiempo, desafiante por el cambio que implicaba.


Por otro lado, Telma, una amiga cercana pero no tan íntima conmigo como lo era con Italia, se sumergía en la oncología en Ciudad de México. Siempre había mostrado una sensibilidad especial para comprender y ayudar a aquellos que enfrentaban enfermedades complejas. Su decisión de mudarse y especializarse en oncología demostraba su entrega y compromiso con su carrera.


La noticia de sus próximas mudanzas y especializaciones me llenó de emociones encontradas. Sentía orgullo por el crecimiento de mis seres queridos, aunque sabía que estos cambios redefinirían nuestras relaciones. Habíamos compartido tantos momentos juntas, y ahora estábamos en un punto donde cada una seguiría un camino distinto.


Italia y Telma eran figuras fundamentales en mi vida, pero la dinámica entre Telma y yo era menos estrecha que la que compartía con Italia. Nuestras interacciones eran esporádicas, limitadas a saludos y ocasiones especiales. Reconocía el vínculo sólido que Telma tenía con mi hermana, Italia, y aunque nuestras conexiones eran menos frecuentes, valoraba su lugar en mi vida. Con sus mudanzas y especializaciones, se perfilaban nuevas distancias entre nosotras, pero confiaba en que la amistad y el afecto persistirían, aunque con una menor cercanía física.


Sigo mi camino, ansiosa por encontrar el ascensor, deseando escapar de la frustración que me invade. Cuando diviso finalmente la puerta metálica, mi corazón se aligera. Me apresuro a presionar el botón del ascensor, mientras, con un movimiento ágil, envío un mensaje a mi asistente para disculparme por el retraso con mi jefe. La molestia se asienta, pues mi hora de entrada ha expirado y aún me encuentro atrapada en este laberinto hospitalario. El ascensor, sin embargo, se niega a responder a mi llamado, manteniendo su indicador de luz apagado.


-El elevador no funciona – una voz profunda resuena tras de mí, interrumpiendo mis pensamientos frustrados sobre el funcionamiento del ascensor y mi fracaso de llegar temprano al trabajo.


Me vuelvo rápidamente, dispuesta a expresar mi indignación por la falta de mantenimiento en un lugar tan vital como este hospital. Pero mi enfado se transforma en sorpresa al enfrentarme a una escena inesperada. Frente a mí, un médico con una sonrisa pícara se mofa de la situación.


Su presencia irradia un enigma. Este hombre, con una apariencia atractiva y convencional, posee un atractivo singular. Su cabello oscuro, revuelto como si las manos del estrés hubieran encontrado refugio en él una y otra vez, le confiere un aire desenfadado pero atractivo y magnético. Sus ojos, de un marrón profundo como el café recién preparado en las mañanas, resaltan en su rostro y, sin esfuerzo alguno, atrapan mi mirada con una intensidad hipnótica. Brillan con una intensidad que parece tener vida propia, podría jurar que hipnotizarían a cualquier persona sin el más mínimo esfuerzo.


La perfección de sus rasgos faciales, con una mandíbula marcada y una nariz recta, sugiere una determinación serena. A pesar de su aparente relajación, se percibe en él una seguridad en su postura y movimientos que impone respeto y confianza.


Su uniforme, perfectamente ajustado, delinea una figura atlética y robusta, demostrando la dedicación a su profesión, pero también una preocupación por su apariencia personal. Cada detalle, desde la seguridad en su paso decidido hasta el modo en que sus manos descansan en uno de los bolsillos de su bata, emana una confianza cautivadora y, en cierta medida, intrigante. Su firmeza al caminar, junto con la atención que me dedica con detenimiento mientras su estetoscopio se balancea con sutileza alrededor de su cuello, aumenta esa sensación de seguridad y misterio que lo rodea.


―Creo que lo necesitas mucho ―señala mi equipaje, notando mi mirada perdida, desaparece su sonrisa burlona al darse cuenta de que la situación no tiene gracia alguna. ―Si quieres, puedo echarte una mano subiéndolo por las escaleras. ―Señala hacia la izquierda, indicando un largo trayecto de peldaños. Observo las escaleras; son interminables, y el médico frente a mí aún no sabe a qué piso me dirijo. Esta, entre muchas otras razones, es la razón principal de mi aversión a los hospitales: la falta de mantenimiento en elementos esenciales como el elevador.


―Qué desastre ―susurro con frustración, dejando escapar un lamento desde lo más profundo de mi ser.


― ¿Disculpa? ―inquiere el doctor, sin haber escuchado mi desahogo emocional. Sacudo la cabeza, volviendo a la realidad.


―Sí, por favor. No creo poder lidiar con tantos escalones. ―Admito, mientras él toma mi equipaje, encaminándose hacia las escaleras.


―Es en el tercer piso ―añado, luchando por alcanzarlo mientras avanzamos hacia las alturas del edificio.


Detiene su paso, probablemente lamentando haber ofrecido su ayuda. Aun restan más de veinte escalones por subir y el equipaje no es para nada ligero.


Mi teléfono vibra y lo cojo al instante, sintiendo la tensión en mis dedos al sostenerlo. El remitente dice "Leonel", mi asistente. Seguramente Bernardo ya lo ha reprendido por mi culpa; al no estar presente, significa también perder la reunión con los clientes, un día crucial que definirá si logramos o no su contrato para manejar sus redes sociales. Mi corazón late acelerado, sintiendo la presión aumentar. No puedo desilusionar a mi madre, pero debo sopesar las consecuencias de esta decisión imprudente. La familia viene primero, me repito por tercera vez, tratando de controlar la ansiedad que se desata en mi interior. Justo el día no podría ir peor.


Cierro los ojos, inhalo profundamente y bloqueo el teléfono. No es el momento para leer el mensaje de Alex. Sé que Bernardo lo habrá insultado, como solía hacer cuando se sentía estresado y yo llegaba tarde. En ese instante, los pasos apresurados de las personas a mi alrededor y el constante murmullo de conversaciones en el hospital parecen aumentar, reflejando mi estado de agitación interna. Más tarde me ocuparé de mi trabajo; en ese momento, solo debo cumplir con el favor y salir lo más pronto del hospital.


―Supongo que debe ser el paciente al que vas a ver en el tercer piso. No demoremos ―dice el médico, provocando que abra los ojos de golpe. La ansiedad que se ha formulado en mí hace que por un momento olvide quién se encuentra a mi lado. El médico, al no escuchar una respuesta por mi parte, retoma instantáneamente su paso, subiendo las escaleras con más rapidez que al principio, a pesar del peso adicional que lleva consigo. Tal vez ha notado mis síntomas de ansiedad, como el leve temblor de mis manos. No es extraño; como especialista en salud, seguramente está familiarizado con esos signos. No me ha permitido ni siquiera explicarle la situación. Sin embargo, no estoy allí por un paciente, sino por mi hermana, quien necesita sus cosas antes de que concluya su jornada laboral.


Por alguna razón desconocida, siento la necesidad de desahogarme ante este desconocido. Una frustración me consume desde el momento en que cruzo el umbral del hospital. Quiero explicarle que el mensaje es de mi asistente y que mi presencia en este lugar no tiene que ver con una consulta médica. Es una situación familiar y personal que exige mi presencia, y sin embargo, estoy abrumada por la necesidad de justificar mi estar aquí ante este médico que se ha cruzado en mi camino en este momento crucial.


Subo los escalones, tratando de igualar su paso, hasta que logro alcanzarlo al llegar al segundo piso. Con determinación, tomo su brazo para detenerlo, pero noto cómo su cuerpo parece tensarse ligeramente bajo mi agarre. No es el único afectado por esa extraña sensación; apenas lo toco, una especie de cosquilleo eléctrico parece atravesarnos, una especie de magnetismo inesperado y poderoso que me desconcierta por completo, como si hubiera una extraña conexión magnética. Mantengo el contacto apenas cinco segundos antes de retirar la mano abruptamente. Es algo totalmente inusual, algo que no he experimentado con nadie más, y la falta de explicación alguna lo hace aún más extraño.


Frunzo el ceño y levanto la mirada hacia su rostro. La persona frente a mí es notablemente alta, mucho más que yo; debe medir al menos entre 1.80 o 1.90 metros, una diferencia de unos 30 centímetros con respecto a mi estatura, que no supera los 1.64 metros. Sus facciones muestran un ceño fruncido similar al mío, indicando que no he sido la única que ha sentido esa extraña conexión eléctrica momentos antes.


Su ceja se alza ligeramente al notar mi mirada fija en su rostro. Me siento algo ridícula por haberlo detenido sin emitir una sola palabra, simplemente sujetando su brazo. Es palpable que existe algo más, una especie de conexión inexplicable en ese breve pero intenso contacto.


―No estoy aquí para ver a ningún paciente ―menciono apenas recuerdo el motivo por el cual lo detuve. Siento un nudo en la garganta, preguntándome por qué me siento en la obligación de justificar mi presencia en un lugar que no me agrada. Frunce el ceño, una expresión que no parece eliminar siquiera su atractivo. Intento encontrar alguna conexión en la mirada de aquel médico, pero su rostro es impenetrable. ―He traído la maleta porque...


―No necesito explicaciones. ―Me interrumpe y lo miro perpleja, sorprendida por la interrupción súbita. Respiró profundamente, claramente frustrada por no poder terminar su explicación. ―Nos estamos retrasando y tengo un compromiso. ―Intenta justificarse y se marcha. Si que es un menudo idiota. Y más idiota yo, por querer entablar una conversación.


Retoma su ascenso rápido y eficiente por las escaleras, sus pasos resonando en el vacío del pasillo iluminado por luces fluorescentes. La sensación de extrañeza se intensifica, un nudo en mi estómago que se enreda aún más al contemplar la vastedad de este lugar. Miro a mi alrededor, las paredes pintadas de un blanco clínico reflejan una luz fría que contrasta con la calidez ausente en las interacciones.


¿Por qué he sentido la necesidad de explicarle algo a un completo extraño? Es solo un médico más en un hospital lleno de ellos. Sin embargo, su actitud arrogante no hace más que confirmar mi aversión por esos ambientes llenos de egocentrismo, altivez, prepotencia y falta de sencillez.


Niego con la cabeza, una mueca de frustración marcando mi rostro, y sigo subiendo, deseando liberarme lo más pronto posible de ese lugar. Quizás fue una extraña casualidad o simplemente una intersección de caminos inesperada. Sea como sea, no deseo volver a cruzarme con él, aunque esa sensación magnética aún zumba en mis pensamientos.


La línea de espera parece interminable, pacientes que aguardan en sillas tapizadas de tonos neutros, algunos en silencio mientras otros murmuran preocupaciones a sus acompañantes. El olor penetrante del desinfectante se entrelaza con el aroma a café proveniente de una pequeña cafetería al final del pasillo, tratando de contrarrestar la asepsia con algo más acogedor.


Entre los murmullos, se cuelan conversaciones apresuradas de enfermeras y médicos, el sonido amortiguado de los pasos resuena junto con el zumbido de maquinaria médica. El trajín del personal de limpieza, moviendo carros repletos de suministros, añade un ritmo incesante a este escenario.


Sigo subiendo, tratando de alejarme de esa amalgama de sensaciones. La vista de los pasillos se extiende, revelando puertas numeradas y señales con indicaciones que dan vida a un laberinto de posibilidades médicas. En cada esquina, la mirada expectante de familiares aguardando noticias o el alivio palpable de aquellos que se marchan con la tranquilidad de un diagnóstico benigno.


El constante trajín de personas, la amalgama de emociones en un crisol tan clínico y el incesante ajetreo hacen que desee escapar más que nunca. Esta extraña casualidad o cruce fortuito de caminos me empuja a huir de este escenario que, aunque vital, se torna opresivo para alguien como yo, deseosa de un entorno más sereno y menos cargado de tensiones médicas.


No deseo volver a cruzarme con él, con ese médico cuya actitud arrogante solo intensifica mi desazón en este lugar. Aun así, la inquietante sensación magnética persiste en mis pensamientos, como un eco fugaz en medio de esta escena hospitalaria tan densa y compleja.


Quizás fue una casualidad extraña o simplemente una intersección de caminos inesperada. Sea como sea, no deseo volver a cruzarme con él, aunque esa sensación magnética aún resuene en mi mente.


Al llegar finalmente al tercer piso, la entrega de la maleta se convierte en un intercambio abrupto y carente de cualquier formalidad. Sus manos apenas rozan las mías, un gesto mecánico que refleja la prisa que lo consume. No hay cortesía, ni siquiera una mirada que indique algún tipo de consideración. Se aleja sin un atisbo de arrepentimiento, como si la urgencia se hubiera convertido en su única realidad.


Es como si el tiempo se comprimiera en ese instante, su silueta se aleja sin girar la cabeza, como si el peso de su propia prisa lo arrastrara a una velocidad que lo hacía invisible a mis ojos. No hay una mirada de disculpa ni un gesto que suavice la abrupta partida, solo el eco de sus pasos rápidos desvaneciéndose en el pasillo.


La frustración hierve en mi pecho, cada latido es un recordatorio del desaire, una sensación abrasadora que se propaga desde el estómago hasta la garganta. Mis respiraciones son cortas, como si el aire fuera un bien escaso en este instante de desconcierto.


La idea de lanzarle un par de palabras punzantes se materializa por un segundo, pero su escape repentino me deja inmovilizada, como si me hubieran quitado la oportunidad de expresar lo que rebosa en mi interior. Me quedo estática, con los puños tensos como garras y los labios sellados con la fuerza de la rabia contenida.


La decepción, la frustración y el desconcierto se reflejan en mis ojos, como si cada emoción compitiera por emerger en primer plano. El aire a mi alrededor parece espesarse, una densa atmósfera de tensión y descontento que me envuelve, añadiendo peso a cada uno de mis pasos.


La impotencia de no haber podido comunicar mi malestar se convierte en un torbellino interior, como un vórtice de emociones girando sin control en mi mente. Es una sensación agobiante, como si estuviera encerrada en un bucle de desencanto, deseando que el tiempo retrocediera para poder expresar lo que me oprime.


Primero se ha mofado de la situación del elevador y ha solicitado ayudarme, en algo que parecía una muestra de amabilidad, ¿pero para qué? ¿Solo para marcharse sin más? ¡Qué desconsiderado! Menudo. Su partida sin despedirse dejó un sabor amargo de desconsideración.


―¡Eres un idiota! ―mi voz resuena, como un eco cargado de frustración que se escapaba, aunque ya no esté cerca del pasillo ni de las escaleras. La habitación parece detenerse por un instante, mientras mi grito se abre paso entre el murmullo constante del hospital. No me importa si el lugar es un entorno médico, mis emociones escapan desbocadas.


Mi ansiedad y frustración, como dos fuerzas contrapuestas, chocan en mi interior, exigiendo liberarse. Son un huracán contenido que necesita una válvula de escape.


La reacción de la gente es de estupor, sus miradas desconcertadas se clavan en mí, como si fuera una nota discordante en medio de una sinfonía tranquila. Desde la central de enfermería, los gestos de desaprobación son palpables.


―Señorita, si continúa con esta actitud, lamentablemente me veré en la obligación de solicitarle que se retire de forma más enfática ―una voz firme, pero compasiva, proviene de una enfermera a mi lado.


Mi rabia se intensifica ante esa advertencia. ¿Retirarme? Siento que la injusticia se arremolina en mi pecho. No pueden comprender a quién tienen delante. Médicos arrogantes que no pueden quitarse la máscara de superioridad, pretendiendo humildad cuando carecen de ella.


Estuve a punto de dejarles saber mi opinión a viva voz, pero para colmo, mi día no puede ser peor.


―Eh, eh, alto ahí ―la voz de mi hermana me hace girar abruptamente. Su expresión refleja preocupación al verme en ese estado. Intento hablar, pero mis palabras quedan atrapadas en un torbellino de emociones. El ambiente se torna opresivo, una neblina de tensión y descontento que se posa a mi alrededor, haciendo que cada respiración sea agobiante. Mi postura, lista para arremeter contra la enfermera, se transforma en un gesto de desesperación, como si estuviera a punto de romper un dique de palabras afiladas. Todo eso, si no fuera por mi hermana.


―Cálmate, vamos a mi consultorio ―me toma del brazo, llevándome lejos del tumulto, hacia un espacio más íntimo y calmado donde las palabras puedan ser canalizadas de forma más controlada.


La puerta se cierra tras nosotras, dejándonos en un consultorio de tonos cálidos y sutiles aromas a esencias relajantes. El reloj en la pared avanza en un tic-tac constante, creando una atmósfera serena que contrasta con la agitación que me embarga.


Italia, mi hermana, se prepara para partir por un año, y la despedida inminente añade un matiz de nostalgia al aire. Su expresión, un reflejo de la complicidad y la preocupación, refleja su deseo de ayudarme a calmar mi turbulento estado emocional.


Al notar mi frustración, susurra palabras de aliento, tratando de apaciguar mi ánimo encendido. Su presencia, una especie de ancla en medio de la tormenta, me recuerda cuánto la necesitaré en su ausencia.


― ¿Qué sucedió afuera? ―pregunta con voz suave, intentando comprender el caos que llevo dentro. Mis emociones desbordadas son como un río salvaje, difícil de contener en esos instantes de ira y decepción.


―Pasa que todos los médicos son un par de prepotentes -comienzo a moverme y hacer gestos dentro de su espacio. ―Pasa que jamás en mi vida estaría con un médico porque lo que menos tienen en su vocablo es humildad -continúo desatando mi furia-. Y es que nunca, jamás en la vida, besaría a un como el que me acabo de topar.


La atmósfera en el consultorio parecía estar impregnada de la tensión que emanaba de mí. Los muebles, los cuadros en las paredes, todo parecía reaccionar ante mi furia latente. Cada gesto, cada movimiento era un eco de la ira que me consumía.


Mis palabras resonaban en la habitación, llenas de una rabia que parecía desbordar el espacio. Movía mis manos en un vaivén frenético, como si cada palabra necesitara ser respaldada por un gesto, como si el aire mismo a mi alrededor se contaminara con mi indignación.


Mi hermana, con una expresión entre sorpresa y preocupación, intenta contener el huracán de emociones que brota de mí. Me ruega, con gestos calmados, que me calme, que tome asiento y respire.


―Detén tus caballos, hermanita ―su voz, suave como una caricia, intenta apaciguar mi furia―. ¿Qué te hicieron para que te expreses de esa manera?


Exhalo un suspiro, mis emociones revolotean dentro de mí, difíciles de contener.


― ¿Qué se cree, carita? ¡Es un idiota! ―mi palma golpea el escritorio al evocar su imagen, el sonido resuena por la habitación―. Me ofreció ayudar con tu maleta y luego actuó como un completo bruto ―hago una pausa, buscando las palabras para expresar mi frustración―. Ni siquiera me dejó decirle que venía a verte a ti, afirmó que venía a ver a un paciente y se largó sin más ―mi voz se eleva, el tono lleno de incredulidad y disgusto―. ¡Ni siquiera permitió que le agradeciera, como si tener contacto conmigo fuera algo contagioso!


La perplejidad en los ojos de mi hermana es evidente después de mi descarga de frustración.


―Y lo peor no es eso, lo peor es que se te olvidó hacer la maleta o traerla, en el día más importante para mí. Tenía una reunión crucial con clientes importantes y todo se fue al traste. Ahora debo afrontar las consecuencias.


Italia, mi hermana, me mira con una mezcla de pesar y comprensión en sus ojos.


―Lo siento, no sabía... ―susurra, con un dejo de culpa en su tono.


Respiro profundamente.


―Ni siquiera mamá lo sabía, Ita ―explico con rapidez, no quiero que se sienta culpable―. Al final, también decidí venir.


Una sonrisa se dibuja en su rostro y me abraza con ternura.


―Te quiero muchísimo, Maia.


Suelto un suspiro, intentando recuperar la calma antes de mi inminente partida. Mis ojos se desviaron hacia el reloj, marcando con urgencia que el tiempo apremiaba. Mi hermana notó mi ansiedad y, antes de que diera un paso hacia la puerta, expresó su gratitud por el gesto con la maleta.


―Por cierto... ―interrumpió mi movimiento, deteniéndome en seco y haciendo que me girara hacia ella―. Telma se va a casar ―mencionó el nombre de nuestra amiga, más cercana a Italia que a mí―. Hoy le pidieron matrimonio.


La noticia me sorprendió. Ni siquiera estaba al tanto de que tuviera una relación sentimental.


―¿Telma tenía novio? ―pregunté, perpleja, mientras Italia asentía.


―¿No lo sabías? Llevan casi 2 años juntos. Además, él también es médico de este hospital.


La ironía de la situación me provocó un gesto de fastidio. Estaba harta de situaciones que involucraban a médicos.


―No dudo que sea igual de prepotente ―respondí con un toque sarcástico en mi voz.


Mi hermana sacudió la cabeza, frustrada por mi persistente actitud negativa hacia los médicos.


―Telma no es así, es una buena amiga. No todos son iguales ―intentó defenderla, buscando mostrar otra perspectiva.


Bufé y decidí continuar hacia la puerta. A pesar de sentirme más calmada, su defensa de Telma dejó un regusto amargo.


―Por algo no soy tan cercana a Telma ―expresé girando el pestillo de la puerta, dejando escapar mi frustración―. Quizás porque es igual que todos ―añadí con una mirada intensa hacia mi hermana antes de cerrar la puerta tras de mí.


Qué día tan agotador. Saqué mi celular una vez fuera del consultorio de mi hermana y vi las 24 llamadas perdidas de mi trabajo, entre mi asistente y mi jefe.


¡Oh, vaya! Aquí vamos de nuevo.


Tras ver las múltiples llamadas perdidas, la ansiedad revoloteaba en mi estómago como una bandada de mariposas inquietas. Sentía la presión aplastante de la responsabilidad que acababa de descuidar al no llegar a esa crucial junta con mis clientes más importantes. Cerré los ojos un instante, intentando contener el embate de emociones que se arremolinaban en mi interior.


Sentí un nudo en la garganta, una mezcla de frustración y arrepentimiento. Había dejado escapar una oportunidad clave, una oportunidad que ahora se esfumaba entre llamadas perdidas y mensajes sin respuesta.


Avancé por el pasillo, ignorando el ambiente hospitalario, tratando de buscar un lugar más tranquilo para afrontar la situación. La sala de espera cercana lucía desierta, una lámpara parpadeante proyectaba sombras danzantes en las paredes, añadiendo una atmósfera de desasosiego a mi estado de ánimo.


Me senté en uno de los asientos, sintiendo el peso del día en mis hombros. El zumbido persistente del teléfono se hizo más fuerte, resonando en mi cabeza como un recordatorio constante de mi descuido.


Entonces, una enfermera de paso por el pasillo se detuvo frente a mí, mirándome con una mezcla de curiosidad y preocupación. Su expresión reflejaba una compasión genuina, como si intuyera la tormenta emocional que atravesaba en ese momento.


―¿Estás bien? ―preguntó con un tono suave, ofreciendo un gesto de apoyo inesperado en medio de mi desazón.


Miré hacia arriba, encontrando sus ojos compasivos. Mis labios se entreabrieron para responder, pero las palabras se atascaron en mi garganta, ahogadas por la frustración y la impotencia.


Finalmente, un suspiro escapó de mis labios. Asentí con un gesto de agradecimiento por su preocupación, aunque no pude articular ni una palabra.


La enfermera asintió comprensiva y prosiguió su camino, dejándome a solas con mi tormento interno. El teléfono seguía zumbando, pero esta vez, en medio de aquel momento de silencio, parecía menos estridente, más lejano.


Con un movimiento decidido, desactivé las notificaciones y me sumí en un momento de reflexión, buscando recomponerme antes de enfrentar las consecuencias de mi descuido laboral.

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