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DO YOU LIKE ME NOW? (lucemond, joffron)

Sinopsis

Lucerys ya no cree en el amor, no después de haber sido embarazado y abandonado por el alfa que amaba a los quince años. Cierra su lastimado corazón, dedicándose a su hijo, Joffrey, pero cierto alfa lo molesta e insiste que en cuanto tenga la edad suficiente lo cortejará y lo morderá. Ese alfa es Aemond, el mejor amigo de la infancia de Joffrey, quince años menor que él. "Ya soy mayor. ¿Te gusto ahora?"

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
arthit
Estado:
En proceso
Capítulos:
25
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

This is what falling in love feels like

Lucerys creció de golpe al quedar embarazado a los quince años. Nadie le dijo que dolería, que perdería amigos y que su familia se alejaría. Jace fue el único que se quedó a su lado, cuando sus padres no disimulaban el disgusto de ver ese abultado vientre, que contrastaba con su cuerpo menudito de adolescente. Se miraba en el espejo y sentía asco, pero sobre todo sentía miedo al futuro.

Las cosas mejoraron cuando tuvo a Joffrey en sus brazos.

El parto fue difícil y el post parto… peor; Joffrey era un niño robusto y tuvieron que practicarle una cesaría para que pudiera nacer. Ahora carga con una fea marca, porque en el hospital público donde lo atendieron, no hicieron el esfuerzo de suturarlo correctamente. La oculta con vergüenza, es un recordatorio de su incapacidad de traer cachorros al mundo. Su abuela creía con fervor que un omega de verdad es capaz de parir cachorros naturalmente, los que no, no sirven para nada.

Sin embargo, en la privacidad de la noche y de su habitación, se permite toquetearla con ilusión y un cálido recuerdo atorado en la garganta.

Arde cuando ve a Joffrey salir por las mañanas para irse a la universidad. Su cachorro es un guapo alfa de dieciocho años, estudiante universitario inteligente y trabajador. Pero sigue siendo su bebé, el dueño de su corazón y de sus años; sobre todo sus años, lo que más ha invertido en él.

Sabe que sus mejores años ya pasaron. En la actualidad, tiene barriga, arrugas en el entrecejo, cicatriz horizontal en el vientre bajo, la caderas y los muslos llenos de estrías. Se agota cuando sube escaleras y por eso usa el elevador. El calor lo pone de mal humor y debe tomar una siesta después de comer. Sus mejores años ya pasaron, pero eso a Luke no le molesta.

Dedicó toda su juventud en criar y amar a Joffrey, y ha valido totalmente la pena.

—¡Ya me voy, mamá! —anuncia el joven, corriendo por la cocina en busca de no-sé-qué —. Aemond está por llegar...

—Váyanse con mucho cuidado y mándame un mensaje cuando lleguen.

—Sí, sí...

Guarda un montón de pesados libros dentro de su mochila. Lucerys hace una mueca de disgusto al ver lo desgastada y vieja que está. Qué más quisiera comprarle una nueva, pero este mes están algo cortos de dinero y una buena mochila no es barata.

—¡Pero hazlo!

—Que sí, mamá. ¿Has visto mi libro de Mecánica?

—¿La qué?

Lucerys desconoce de qué trata cada uno de los libros de la carrera de Joffrey. No se considera una persona inteligente, apenas y terminó la educación básica. Tuvo que trabajar desde muy joven para costear los gastos del parto y todo lo que necesitarán su cachorro y él para sobrevivir; además de un techo, comida… Agradece a todos los dioses existentes -aunque no es devoto- por la vida de Jace, su hermano, que lo apoyó hasta que pudo valerse por sí mismo.

Hablando de Jace… tiene que llamarlo y preguntarle sobre el estado de Aegon.

—No olvides tu suéter, Joff. Afuera está nublado y parece que hará frío.

—Ya voy, ya voy.

Cuelga la mochila en el respaldo de la silla y anda a su habitación a regañadientes. Detesta que su mamá lo obligue a usar abrigos cada que sale, pero Luke no lo hace por molestar, sino porque su cachorro es susceptible a los cambios climáticos y no puede darse el lujo de enfermarse.

Alguien golpea la puerta y el grito de Joffrey resuena por todo el departamento.

—¡Pasa, Aemond!

El mencionado abre la puerta y asoma su cabellera rubia corta. Un par de ojos violetas buscan a Joffrey, pero se pierden en el omega que está de espaldas, lavando los trastes del desayuno. Delinea con la mirada la curveada espalda, las caderas rellenas, el culo respingón, las piernas cortas y los piecitos pequeños y gorditos.

—Buenos días, señor Strong.

—¿A qué viene eso, Mon? —se ríe—. Te conozco desde que eras un cachorro.

—Sí, perdón, Luke.

Señor Strong. ¿De dónde carajo sacó esa tontería? Lucerys siempre ha sido Luke, Lucy... El amor de su vida.

Aemond es asquerosamente torpe al interactuar con el omega. Intenta no ser tan obvio de lo enamorado que está de él desde que tiene uso de razón. Recuerda a ese muchacho de veinte años, tan delgado y triste, que caminaba de la mano con su cachorro, saltando para no pisar las líneas de la acera.

Desconocía lo que era el amor en ese momento, lo entendió años después.

Él tenía trece y Luke veintiocho. Recién presentó su primer celo y su nariz reconoció un millón de olores distintos. Eran más vívidos, nada comparado a cuando era un simple cachorro de alfa; por fin estaba convirtiéndose en un hombre.

Entre tantos olores, predominaba uno: lavanda pura y provenía del cuello de la madre de Joffrey. Su corazón latió fuerte y su alfa se revolcó de felicidad. Corrió hasta ese hermoso omega, el nuevo dueño de su corazón, y le dijo:

—Cuando sea mayor tú serás mi omega.

Lucerys sonrió, pero no lo tomó en serio.

Era un niño y un niño no podía ser su alfa. Otros alfas, adinerados y fuertes, lo cortejaban; ninguno de ellos digno de marcar ese exquisito cuello ni poner cachorros en su vientre fértil. El más detestable ha sido Cregan Stark, un imbécil que finge ser el mejor amigo del hermano de Luke, que solo quiso probar suerte y ver con qué hermano se quedaba.

No tuvo suerte con ninguno, porque Luke estaba muy ocupado cuidando de Joffrey y Jace acababa de conocer a su alfa destinado, Aegon.

Suele preguntarse si Luke permite que otros alfas anuden en él. Nunca le ha conocido una pareja... un omega tan bonito podrá estar soltero, pero jamás solo.

—No creas que lo olvidé —dice Luke, secándose las manos con un trapo.

—¿Qué?

Lucerys se aproxima y le entrega una cajita de terciopelo. Aemond la toma, rozando a propósito sus manos con las del omega. Le tiemblan las manos, Luke cree que es por la emoción, pero realmente es por los nervios de tenerlo tan cerca. Huele a lavanda, combinada con amor de mi vida y te quiero tanto.

Abre la caja. Dentro hay un bonito broche plateado de dragón.

—Feliz cumpleaños atrasado, Mon.

Sus madres se burlan de la obsesión que tiene con los dragones, pero Lucerys no. Gran parte de su colección ha sido aportación del omega, que en cada cumpleaños o navidad le regala algo nuevo.

—Es hermoso, yo... Muchas gracias.

—Me alegra que te guste.

Abraza a Lucerys con fuerza, sintiéndolo tan pequeño entre sus brazos. Lucerys es pequeño, a diferente de él y Joffrey, que miden un metro ochenta y tantos. Le gusta que sea así, que Lucerys sea chiquito, perfecto para resguardarlo en su pecho y besar sus rizos color chocolate. La risita del omega vibra en su pecho y un par de brazos rodean su esbelta cintura. Es tan cálido y blando, huele delicioso.

—Lamento no haber ido a tu fiesta, tuve que doblar turno en el trabajo...

—No importa, te acordaste y eso me hace feliz.

Duran un par de minutos abrazados, Aemond se niega a soltarlo, pero la voz de Joffrey los obliga a separarse. Seca las traviesas lágrimas que se escapan de sus ojos y Lucerys lo mira con ternura. Acuna su rostro entre sus manitas, parándose en las puntas de sus pies para verlo de frente. Con su metro setenta no logra mirarlo fijamente sin tener que doblar el cuello.

—¿Estás bien, Aemond?

—Mejor que nunca.

La sonrisa de Lucerys derrite su corazón.

—Joffrey te llama, ve con él...

—Lucerys.

—¿Sí?

—Ya soy mayor. ¿Te gusto ahora?

Frunce el ceño, luciendo como un cachorro confundido. Baste sus largas pestañas, procesando las palabras del alfa. A veces es algo lento, pero Aemond ha sido directo, por lo que no le cuesta tanto.

—¿Qué cosas dices?

—¡Aemond! —vuelve a gritar Joffrey —. ¡Trae tu huesudo culo para acá!

—¡Joffrey Strong, tu vocabulario!

—¡Perdón, mami!

—Ve.

—Responde.

—¿Qué quieres que te diga?

—Te amo, Lucerys —confiesa—, y quiero ser tu alfa.

—Soy muy mayor para ti...

—Eso no me importa.

—Eres el mejor amigo de mi hijo, Aemond, por favor.

—Lo aceptará.

—No.

—¡Aemond!

—¡Ya voy!

Rompe el abrazo de mala gana y camina al cuarto de su mejor amigo. Joffrey se mira en el espejo, con dos abrigos en cada mano. Uno es celeste, sin estampados ni cierres; el otro es de mezclilla azul, tiene botones y muchas bolsas. Joffrey quiere que lo ayude a decidir.

—Ese —Señala la sudadera —. ¿Para eso hiciste tanto alboroto?

—Quiero verme guapo —sonríe con suficiencia— para Daeron.

—Ya te dije que no te le acerques a mi hermano.

—Daeron me busca y yo no puedo negarme.

—Lo preñas y te mato.

Joffrey se carcajea y le da un puñetazo en el brazo. Aemond borra su expresión de amargura y se une a las risas. No le desagrada que a Joffrey le guste Daeron, es un alfa bueno y cuidará de su hermano, pero Daeron tiene quince y Rhaenyra no está de acuerdo de que un alfa de dieciocho lo corteje, sumándole lo que pasó hace unos meses...

—Vámonos, es tarde.

Salen del cuarto y Luke sigue limpiando la cocina. La confusión mancha su bonito rostro. Muerde sus pomposos labios, ansioso, sus ojos verdes y grandes se pierden en la vista a la calle transitada desde su ventana.

—Ya me voy, mami.

—Ven acá —Lucerys abre sus brazos y Joffrey se mete entre ellos, teniéndose que agachar—. No olvides pasar a pagar el recibo de la luz y recoger tus medicinas para la alergia a la farmacia.

—No se me olvida.

—Más te vale...

—Te quiero mucho, mami.

—Yo más, bebé.

Toma sus cosas y sale disparado del departamento. Aemond lo sigue a pasos lentos, pero se detiene antes de salir. Regresa para sujetar la mano de Lucerys y ponerla sobre su mejilla.

—Piensa lo que te dije, por favor.

—No insistas, Aemond.

Por favor, por favor. —Se arrodilla frente al omega, mirándolo fijamente a los ojos—. Por favor, por favor, por favor, por favor...

—No hagas eso, levántate.

—Hasta que me prometas que lo vas a pensar.

—Levántate.

—No.

—Aemond.

—Bien.

Se levanta de mala gana y sacude sus pantalones.

—¡Aemond! —grita Joffrey, desde afuera—. ¡¿Qué tanto haces?!

—Debes irte.

—Sí, claro.

Posa su mano en la nuca del omega y lo atrae para darle un beso. Sus fríos labios chocan con los mullidos labios de Lucerys. Su saliva sabe aleche con chocolate y pan con mermelada. Luke lo empuja, escondiendo su sonrojo tras sus manos rollizas.

—Vete.

—Luke.

—¡Que te vayas!

El alfa lo mira con dolor, pero abandona el departamento. Luke cae al suelo y abraza sus rodillas, enterrando su rostro entre ellas. Respirar se vuelve difícil, de sus ojos no paran de brotar lágrimas y su pecho duele.

¿Por qué me besaste, Aemond? ¿Por qué?

No sabe lo que acaba de provocar.

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