Chapter 1

—¿Estás cómodo,zorra?
Daeron no responde, removiéndose en el sofá, sintiendo los tapones metálicos moverse dentro de sus agujeros. Tiene las manos atadas detrás de la espalda y los tobillos inmovilizados. Se muerde el labio, prohibiéndole a su boca emitir cualquier sonido. No va a darle el gusto a ese hijo de puta. No puede saber que ha ganado.
La sonrisa de Joffrey hace hervir su sangre.Suficiencia. Soberbia.
Que sonría todo lo que quiera, Daeron no tardará en borrarle la sonrisa de un golpe.
—Acordamos que no te quitarías el maldito cinturón...
—Iba hacerme un chequeo médico, yo...
Golpea la mejilla de Daeron con la mano abierta. La piel enrojece y sus ojos se llenan de lágrimas.
—Debiste pedirme permiso, corazón —le dice, en ese tono tan falso como su sanidad mental—. Pudimos llegar a un acuerdo.
Acuerdos, acuerdos, acuerdos... Es imposible llegar a un acuerdo con un hombre tan terco.
—¿Oíste, zorra?
No responde.
—¡Pregunté que sí oíste!
Otro golpe, más doloroso que el primero.
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Sí, maestro.
Joffrey asiente con la cabeza y murmura sin murmurar. Está loco. A veces habla solo y no le da vergüenza que lo escuchen. Externa sus pensamientos más depravados frente a Daeron, como si recitara el clima o la hora. Ese hombre frío y erudito no es más que un enfermo mental.
Pero a Daeron lo pone tan cachondo.
¿Cómo es que terminó aquí? Bueno, es una historia larga, aunque se puede resumir.
Nueve de Agosto, dos mil veintidós. Daeron entró a la residencia estudiantil y fue recibido por el guapo maestro de literatura, Joffrey Strong. Su sonrisa lo cautivó a él y las chicas que lo acompañaban, pero la mirada del profesor no se alejaba del lindo chico albino.
—Daeron —se presentó—. Daeron Targaryen.
Al principio, creyó que Joffrey solo estaba siendo amable, era su naturaleza, así que lo dejó pasar. Pero esas miradas coquetas durante clase, las caricias sutiles al recoger sus exámenes o trabajos, lo hacían... ilusionarse. Joffrey estaba buenísimo, todas querían follárselo y él también. Incluso se sorprendió a sí mismo arreglándose más de la cuenta para tomar su clase.
Quería impresionarlo. Obligarlo a dar el primer paso que él no estaba dispuesto a dar.
—Joven Targaryen —lo llamó al terminar la clase.
Algo dentro de su barriga se removió. Estaba nervioso. Había bajado sus notas porque su nuevo grupo de amigos lo mantenían ocupado. Fiestas.Raves. Conciertos. Orgías. Tenía poco tiempo para estudiar, pero estaba disfrutando de la vida universitaria al máximo.
—¿Sí, profesor?.
Joffrey esperó a que el salón se vaciara y le pidió que se acercara. No pudo evitar mirarle las manos: eran grandes, gruesas y las venas palpitaban exquisitamente. Daeron tragó grueso y se acercó al atractivo hombre. Ese día llevaba una camisa blanca, ajustada y abierta del pecho, y sus rizos marrones caían sobre su frente. Era el profesor más joven de la universidad, apenas había cumplido treinta, además estaba más bueno que el pan recién horneado. Todas las alumnas y profesoras querían acostarse con él.
Daeron también.
—¿Me puedes explicar qué es esto?
Se encogió en su sitio, intimidado por la voz del profesor. Grave. Profunda. Dominante.
—Yo.
—Si sigues así, reprobarás.
—No puedo reprobar.
—¿Qué piensas hacer? Estás a tiempo de recuperarte antes del examen.
—Créditos extras, tal vez...
—Formulé mal mi pregunta: ¿Qué estás dispuesto a hacer?
—¿A qué se refiere?
—Lo sabes bien, Daeron —Saboreó en su lengua cada letra del nombre del alumno, incluso lucía emocionado—. ¿O me vas a negar lo que pasa?
—Profesor...
Lucía inseguro y se odiaba, porque era obvio que algo pasaba. Joffrey lo miraba con deseo y Daeron correspondía. Pero era cobarde, muy cobarde...
—Creo que malinterpreté las cosas.
El tono en la voz de Joffrey daba algo de pena. Como un niño que se le negó un dulce.
—Me disculpo, joven Targaryen.
Tomó todos los papeles desperdigados en su escritorio y los metió dentro de su maletín; se abrochó el saco y se acomodó la corbata...
—Lo que sea.
—¿Disculpe?
—Estoy dispuesto a hacer lo que sea.
Por la noche, se reunieron en el departamento de Joffrey. Vivía en un bonito completo de soltero, cercano al campus y en una avenida concurrida. Se notaba que tenía mucho dinero y buen gusto. Él lo recibió con vino, que bebió aunque sabía horrible, y le dio un recorrido. Le mostró la habitación principal, la oficina, la cocina, la lavandería y la sala de estar. Dejó el final para lo mejor...
—¿Qué es eso? —preguntó, aterrado por el objeto de cuero que sujetaba Joffrey.
—¿No lo conoces?
Daeron negó con la cabeza, sin apartar la mirada.
—Ternurita —se mofó—. Es un cinturón de castidad y servirá para que dejes de ser tan zorra.
Ese comentario pudo haberlo herido, pero Joffrey no mentía. A Daeron le gustaba el sexo, tanto con chicas como con chicos, y se la pasaba de cama en cama. Olvidó la cuenta y la caras de quiénes pasaron por su cama o él pasó por las suyas.
—¿Me obligará a usarlo?
—Claro que no. Tú decidirás si usarlo o no. Yo no obligo a nadie.
—Pero...
—La puerta es amplia y yo muy paciente. Si vas a ponértelo, será por cuenta propia.
Joffrey le permitió tocar el objeto. El cuero se sentía suave, quizás no sería tan incómodo. Tenía dos cilindros metálicos con la punta redondeada; estaban fríos. Supuso que ambos irían en sus agujeros.
—¿Qué te parece? ¿Aceptas?
¿Debería? Si seguía con malas notas perdería su beca. Sería estúpido oponerse a ser la putita personal de un tipo que se capia de bueno y que quería follarse.
—Acepto, pero antes tienes que saber...
—Shhh, Daeron —lo acalló, acercándose a su oído y morder el lóbulo—. Conozco todo lo que necesito saber sobre ti.
Paseó el dedo índice por su mejilla, cuello y se detuvo entre sus pechos. La camiseta disimulaba bien que aún los conservaba. Jugó con el estampado, hasta que encontró el puente de su sostén. Lo jaló para acercarlo y robarle un rápido beso. Daeron deseó más, pero esperó pacientemente el siguiente movimiento de Joffrey.
—Eres una lindura. Desnúdate.
—¿Ahora?
—No, el martes —bromeó, aunque a Daeron no le causó gracia—. Claro que ahora, zorra. Anda, hazlo.
Retiró cada prenda con cuidado y Joffrey no apartó la mirada en ningún momento. Lo escuchó jadear cuando quedó en bragas y en sostén. Le avergonzaron sus pechos pequeños y la mancha de excitación en sus bragas color rosa.
—Hay que mojarte un poco.
—¿Eh?
—Ven aquí.
Joffrey lo envió en sus brazos y lo disfrutó. Se sentía tibio, suave... Había algo cariñoso en las caricias hambrientas y los besos en su cuello. Tenía a Daeron gimiendo, tembloroso y muy mojado. Succionó sus tiernos pezones, dejándolos hinchados y babosos. Le comió el coño como nadie lo había hecho y le permitió correrse en su boca. Dilató su culo, con paciencia y Daeron se corrió por segunda vez.
—¿Puedo?
Miró el cinturón, los dilatadores metálicos brillaron bajo la luz de la salita, y luego miró al profesor.
—Sí.
Introdujo los dilatadores con cuidado; el de su culo fue el más difícil, pero logró entrar sin mucho dolor. Unió las tiras de la cadera y las unió con la entrepierna. La hebilla era en forma de corazón, un lindo detalle, y tenía cristales rosados alrededor. Era turbio y hermoso. Daeron gimió.
—Buen chico.
Palmeó su muslo y le ordenó que se levantara.
—¿Cuánto tiempo lo traeré puesto?
—No te lo puedes quitar, más que para hacer tus necesidades básicas, y siempre deberás enviarme evidencia de que te lo volviste a poner. Es sencillo, ¿vale?
—¿Por qué debo usarlo?
—Así nadie más que yo podrá follarte.
Sintió escalofríos. Nunca supo si eso significaba algo bueno.