One Shots / One Piece por Mai en Inkitt
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One Shots / One Piece

Sinopsis

Una serie de One Shots de distintos personajes de One Piece x Lectora/OC✨ Aquellos que sean +18 o tengan contenido explícito de algún tipo, van a estar indicados en el título con el símbolo de 🔞, si son sólo fics de tipo romántico tendrán un ❤️. En este libro no encontrarán spoilers ni del manga ni del animé de One Piece; los escenarios ocurren en el mundo real. Lean y disfruten bajo su propia discreción.

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
Mai
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Vecinos Indeseables (Zoro x Lectora) 🔞

¡Bienvenidx a este One-Shot de Zoro!


Antes de empezar, tengo que admitir que quedó mucho más largo de lo esperado (más de 6700 palabras) y decirles que esta historia tiene bastaaante lemon.


Debo aclarar también -y esto lo considero muy importante- que yo soy muy del Slowburn, es decir, me tomo mi tiempo para llegar al verdadero clímax de las cosas; así que si te gusta ir de lleno a la cuestión sin mucho contexto y que el lemon sea tu único interés... Te lo debo, perdón jajaja.


En este One-Shot están incluidos los banners que hizo una amiga que no está en esta plataforma (⁠っ⁠˘̩⁠╭⁠╮⁠˘̩⁠)⁠っ. Pero, como siempre, muy agradecida a ella por todo el trabajo que decidió tomarse en hacerlos. Además, agregó un Zoro que queda a la perfección con la historia así que ♥‿♥


🟠 Datos del One Shot:


- Ubicado en el mundo real. Primera persona.


- Zoro y nosotras somos adultos, calculen al rededor de 23/27 años.


Por primera vez en siete meses, tuve la suerte de tener una cita con un chico nuevamente.


Para una persona como yo, que no accede a bares ni gusta de sitios de búsqueda de pareja, no es muy común conseguir una cita decente, pero Andrea insistió tanto en que era el chico ideal para mí, que logré ceder. 


La veía tan ilusionada de que lo conozca que pensé: «¿qué tan malo podría ser probar una sola vez una cita a ciegas?». Además de que era una recomendación de mi mejor amiga, quien mejor me conocía. Algo de potencial debía de tener.


Era viernes por la tarde y ya me había arreglado para salir; me puse un vestido rosa pastel con voladitos que llegaba un poco por debajo de mis rodillas, algunos accesorios y unas ballerinas color crema. Algo delicado y simple para ir a un café a tomar algo y conocerse en una primera cita. Tomé las llaves del auto y me dirigí hacia el subsuelo del edificio de mi departamento. Busqué la sección designada para mí auto: 37G. 


Para mi sorpresa, me encontré la motocicleta de algún idiota casi apoyada sobre el guardabarro derecho del auto. No la había visto nunca antes, seguro era un vecino nuevo que no tenía la menor idea de las reglas del estacionamiento. Iba saliendo con tiempo (como de costumbre), pero tampoco para ponerme a buscar al dueño de la motocicleta en la portería, por lo que decidí correrla yo misma. 


Sostenía el manubrio de la misma, intentando empujarla un poco, con miedo a tirarla accidentalmente al suelo. Pesaba. Y vaya que sí pesaba mucho. ¿Quién demonios anda cargando esta bestia? Ha de ser alguno de esos obsesionados con el gimnasio y el entrenamiento, sino no podría entender cómo se sube a esta cosa siquiera.


Torpemente y con mucho esfuerzo logré empujarla hacia un pilar que estaba a menos de un metro y la apoyé allí. Me escaneé para corroborar que estaba en buenas condiciones y, claro, no lo había notado, pero una de las ruedas había rozado mi pierna y, con ello, una parte de mi vestido. Bufé y entré al coche buscando unas toallitas húmedas descartables que guardaba dentro e intenté comenzar a limpiar la mancha. Probablemente al chico no le importase ni lo notara, pero yo sí. Y eso es lo que importa, no iba a dejar mi vestido así.


Logré quitar la mancha y me dirigí a mi cita.


Vamos a decirlo así; el chico sí era decente. Trabaja duro y se lo notaba muy amable, pero no mucho más que eso. 


Nada lo suficientemente importante como para dejar una impresión fuerte en mí. Muy recto y parecido a mí, y no quiero salir conmigo misma, ¿sí?


Así es como pasó el viernes y consigo el fin de semana, el cual fue tranquilo, visitando a una amiga y el domingo a mi familia. 


Vivo sola con mi gata Kashmir, y nadie más. Sólo trabajo y a casa. Llegar a ser arquitecta requiere de muchos años de laborioso estudio y la recompensa es esta: la vida tranquila y relajada que siempre quise. 


A veces demasiado tranquila.



Ese lunes ya había terminado mi jornada laboral y me dirigía a casa. Repasaba qué cocinaría a la noche, si le había quedado comida a Kashmir y pensaba que hace mucho no subía nada a mis redes. No había mucho que mostrar, realmente.


Cuando voy a mí estacionamiento designado, el 37G, otra vez la veo: la odiosa moto estaba ahí. Esta vez, ocupando gran parte de mi espacio. 


Bien, esta vez no hay chance de que no haga una pataleta con el conserje. Ese idiota de la moto se estaba excediendo y, ¿nadie va a decirle nada? Oh no, yo lo pondré en su lugar. 


Estacioné mi auto fuera del edificio y entré a la conserjería a avisarle el número de patente y el modelo de la moto que se estacionaba en mi lugar, ya por segunda vez. Joan, un señor ya mayor, chinito por las arrugas y canoso me miró por encima de sus lentes cuando llamé a la puerta y sonrió por debajo de su frondoso bigote gris. Allí comencé a invadirlo con mi histérica amabilidad, explicándole la situación, intentando no ser pesada.


«Disculpe, señor Joan»


«No lo molestaría si no hubiera pasado ya dos veces, señor Joan»


«Si puede avisarle a esta persona dónde estacionar, sería de utilidad, señor Joan»


Él sólo sonreía achinando sus ojos y asentía a la vez que recibía el papel donde yo había anotado la patente de la moto. Luego de intentar hacer foco en las letras y números que anoté, revisó en su registro y halló al culpable.


—Roronoa Zoro, del séptimo B —señaló, algo confundido—. Es un vecino nuevo, pero recuerdo haberle indicado en un papel que su estacionamiento era el 4C. Deberé recordárselo.


—Se lo agradecería enormemente si pudiera hacerlo, señor Joan —sonreí algo nerviosa—. No quisiera tener problemas con un vecino nuevo, encima de mi mismo piso. ¿Me avisaría cuando este muchacho mueva la moto de lugar? 


—No se preocupe, yo le diré, señorita. 


Y así, me dirigí a mi departamento, esperando la llamada del señor Joan en el sillón mientras acariciaba a Kashmir. Quería relajarme de una vez luego de mi trabajo y aún no podía hacerlo.


El teléfono sonó y Joan me indicó que el tal Roronoa ya se había acercado a mover la moto y tenía lugar nuevamente. Genial.


Salí de mi departamento y cerré tras de mí. En el momento que volteé ví que alguien acababa de abrir la puerta del departamento "B" para ingresar. Estaba justo frente a mi puerta, del otro extremo del pasillo, por lo que no logré verlo bien. Sólo pude vislumbrar un poco la silueta y la altura y, cómo me lo imaginé: este chico algo de entrenamiento hacía, se notaba en su espalda.


Me apresuré a guardar mi auto y volví a hacer la cena y mirar una serie. La noche pasó y al día siguiente cuando salí a trabajar veo la moto en un pilar cercano a mi estacionamiento.


A ver, este tipo no puede ser tan idiota. El conserje ayer me dijo que era el 4C. 4C. Vamos muchacho, no es tan difícil de recordar. Yo lo escuché una sola vez y pude recordarlo. 


Por supuesto que no dije nada, ya que no me estorbaba para sacar mi auto, pero de verdad este chico era estúpido.


Cuando volví, la moto estaba en otro pilar, pero no en el 4C. Sólo verlo me ponía nerviosa, ¿qué tan necio se puede ser para dejar su moto en todas partes excepto donde te dicen que lo hagas? Ya excedía la razón. Intenté calmar mi imperiosa necesidad de ir a patearle la puerta a este tipo; era nuevo en el edificio y no conocía las reglas, ya se adaptaría tarde o temprano.


Estaba en el ascensor esperando a llegar al séptimo piso cuando este se detuvo en la planta baja y alguien subió. Era un chico de aproximadamente un metro ochenta; llevaba unas gafas negras, el pelo corto y una camiseta que dejaba ver sus grandes bíceps. No lo había visto antes, así que suponía que debía ser él. Es un tanto excéntrico, pero muy atractivo. Tal vez en otra circunstancia lo podría ver de otra manera. Luego pienso en que debe ser un idiota engreído en motocicleta y se me pasa.


Ahora... ¿decirle o no decirle? Bien T/N, puedes preguntarle de forma amable sobre el problema en cuestión, eres buena en esto.


—Disculpe... —él volteó a verme— ¿Usted es el dueño de una motocicleta? ¿Vive en el séptimo "B"? —me apresuré a formar una sonrisa dubitativa pero amable en mi rostro.


—Sí, soy yo —me miró a través de sus gafas oscuras—. ¿Por qué? 


Vaya, qué seco.


—Ah, es que ocurre que se estacionó un par de veces en mi lote, creo que el conserje le habrá dicho que cada departamento tiene su lugar reservado y...


—Sí, me lo ha dicho —me interrumpió sin siquiera mirarme; estaba concentrado viendo en qué piso estaba el ascensor.


¿O sea que sabe que no es su espacio y no le importó? Siento que tengo un tic en mi ojo, pero trato de calmarme. 


—Oh, bien —intento buscar las palabras adecuadas para decirle las cosas sin sonar maleducada, pero es que este hombre resulta un poco irritante—. Por favor, tenga cuidado de no dejar la motocicleta en el 37G. Ya sabe, es mi espacio —declaro con una sonrisa que fuerzo contra mi voluntad.


—Sí, claro, no hay problema —dijo desinteresadamente, a la vez que salía, ya que las puertas del ascensor se habían abierto en el séptimo piso. 


Me bajo yo también y lo veo irse hacia su departamento. No parece haberme prestado mucha atención, es decir, apenas me miró. Pero espero que haya recordado dónde no estacionar, aunque sea.



Me encontraba en el ingreso al edificio luego de una larga jornada laboral. Había tenido un día caótico como pocos así que lo único que me consolaba cuando me dirigía a casa era llegar, tener a Kashmir en mi regazo y descansar en paz, como siempre. 


Y... bueno, parece que un idiota decidió que eso no sería posible hoy. Otra vez. 


Excelente. Otra vez la motocicleta. La-maldita-motocicleta-en-el-37G.


Este tipo se está buscando todo mi odio y créanme que ya se lo ha ganado. Era el colmo, realmente era el colmo. Esta vez ya sé dónde vive y quién es, así que iré a enfrentarlo; pareciera que intenta burlarse de mí y de Joan. 


Dejé mi auto afuera del edificio (otra vez) y subí hecha una fiera hasta el séptimo piso, más precisamente, al séptimo "B". Golpeé la puerta insistentemente mientras intentaba bajar un poco las revoluciones para no gritarle directamente a la cara.


O no.


Mi vecino abrió su puerta un poco, se notaba que recién se despertaba de una siesta o algo así porque se lo veía con los ojos algo perezosos y el cabello desalineado, pero lo más notorio era que sólo llevaba unos pantalones deportivos. Podía ver su marcado torso desnudo y eso lograba desconcentrar un poco. Titubeé un momento pero intenté mantenerme firme y no dejarme llevar por su bonito aspecto, por lo que le espeté toda mi furia:


—¿Me estás tomando el pelo?


—¿Disculpa? —sus ojos perezosos pasaron a verse un tanto hostiles y confundidos.


—La motocicleta. Otra vez estaba en mi espacio —digo tajante, a la vez que lo miraba fijo a los ojos. No podía evitar enfurecerme cuando las cosas se hacían mal, además de tantas veces.


—Mira, la verdad es que es el primer lugar que veo cuando entro que está vacío y por eso lo uso, no lo hago para molestarte —abrió un poco más la puerta y pude ver mejor su cuerpo. Para qué, me pregunto; es una distracción muy eficaz.


—Oye, p-pero tú tienes tu propio lugar —empezaba a bajar un poco el tono debido a la distracción ¿Para qué fue que vine a gritarle? ¿Estaba enfadada?


Me miró sin contestarme y con algo de duda, frunciendo el ceño. Me hizo un gesto con el dedo índice para que lo esperara y se dió la vuelta para buscar algo dentro del departamento. No pude ver qué, dado que había entrecerrado la puerta nuevamente, para luego abrirla de repente. Acto seguido, lo veía bajando una camiseta por encima de sus abdominales, estirándola y acomodándosela.


Típico, todos los idiotas tienen esos cuerpos, ¿verdad? Dios, la tentación de ver su cuerpo y saber que este hombre no parece tener dos neuronas que hagan sinapsis me pone de mal humor, ¿no podrían darme un hombre así pero inteligente?


—¿Qué haces? —de verdad su forma de manejarse por la vida era fuera de lo común.


—Vas a mostrarme dónde dices que debo estacionar. No quiero que vuelvas a molestarme mañana —renegaba el chico.


Me quedé mirándolo, sin comprender del todo qué era esa actitud y, al mismo tiempo, la imagen de ese torso desnudo se negaba a abandonar mi mente.


—M-me parece justo.


Prácticamente me llevaba al trote tras él. Sí, era un idiota, pero no dejaba de verse como una persona a la que intentas evitar hacer enojar, así que intentaba llevarle el paso. 


Llegamos al subsuelo y allí se dió media vuelta y me miró, cruzándose de brazos.


—¿Y bien? Ilumíneme, querida vecina —tenía un tono sarcástico que me llevaba a tener que contar hasta diez para no contestarle con algo que pueda hacer que me arrepienta y deba mudarme.


—Por aquí —le señalé con la palma de mi mano hacia la dirección de su estacionamiento, mientras sonreía forzadamente.


Él me siguió detrás y lo escuchaba bufando y rechistando; parecía un niño regañado.


—El 4C, tal y como me dijo Joan —continuaba sonriendo lo más amable que podía parecer en este momento. Quería ser firme pero tampoco puedo negar que este hombre me intimidaba un poco, parecía tener todo bajo control. 


Excepto la ubicación de la moto, por supuesto. 


Entonces, de mala gana, fue a buscar su moto y la condujo hasta allí. 


En ese momento, pude ver de cerca que su casco tenía una calcomanía en la parte trasera, la cual pude reconocer enseguida. 


—¿ojo Kendo? —mis ojos se abrieron con sorpresa al notarlo.


—Sí, ¿por qué? ¿Sabes qué es el Kendo acaso? —me contestó incrédulo.


—Practiqué Kendo durante muchos años —contesté, ablandando el semblante en una sonrisa nostálgica—. Desde los 10 a los 15, luego tuve una lesión importante en el tobillo derecho y tuve que abandonar.


—Oh, no pareces una persona que practicaría artes marciales —me observó con sorpresa, o al menos eso parecía notar tras su inexpresivo rostro—. Yo aún continúo practicándolo, no podría dejarlo por nada en el mundo.


A partir de esto, su postura cambió completamente. Hasta ese momento estaba a la defensiva, ofuscado y molesto y ahora estaba totalmente abierto, contándome de su pasión por el Kendo. Y, no voy a negarlo, yo también había cedido en mi enojo. Los años en los que practiqué Kendo fueron de los mejores de mi adolescencia.


Comenzamos a preguntarnos el uno al otro sobre nuestros sensei, los dojos, los torneos y exámenes a los que habíamos asistido. No podía creer que tuviéramos algo en común con alguien así.


Subimos hacia el piso por el ascensor hablando de cómo disfrutábamos el Kendo y él me contó lo mucho que le apasionaba competir y superarse. Me dijo que quería llegar al octavo dan (el grado máximo de Kendo) y que estaba entrenando duro y constante para eso. 


Lo sé, lo sé. Lo prejuzgué por su físico. Pero, ¿no hubieran hecho lo mismo?


Llegamos hasta la puerta de mi departamento y, la verdad es que no quería que se vaya, quería seguir hablando con él. Verlo con un brillo distinto en los ojos y hasta sonreír mientras me contaba sus sueños con el Kendo, me contagiaba una dulzura abrasadora. Lo ví tan amargado y bajo mi prejuicio todo este tiempo, que verlo tan entusiasmado no parecía muy común; no pretendía romper la magia del momento.


—Disculpa —lo interrumpí un momento—, ¿estás ocupado ahora? Porque me preguntaba si tal vez quisieras pasar a tomar el té y charlar un rato. Si gustas, claro.


Su rostro denotaba que no estaba acostumbrado a recibir ofertas de ese tipo, por más que el tipo tuviera un físico estupendo. Debe ser su aura tan intimidante, no debo ser la única que la nota. 


Se rascó un poco la nuca con nerviosismo y me esquivaba la mirada pensándose mi propuesta.


—Está bien si no quieres, no estás obligado ni n-


—Sí, pasaré a tomar el té —se apresuró a contestar. Pareciera como si se hubiera autoconvencido de hacerlo.


Me quedé unos momentos procesando su reacción, asentí y procedí a abrir la puerta con las llaves con las que venía jugueteando con ansias desde el ascensor. 


—Adelante —señalé dándole paso y quitándome las sandalias en el recibidor. 


Él entró con una actitud algo tímida y ofuscada (¿la molestia es el estado natural de este hombre?) y yo me dirigí a la cocina y puse a calentar agua para el té. 


Él se sentó a la mesa y Kashmir, mientras tanto, se asomó por el pasillo del departamento para husmear quién venía conmigo. Es una gatita amable pero muy orgullosa, y no se acerca tan fácilmente a los invitados. 


Desde la cocina podía verla aproximarse a él con cautela. La realidad es que a estas alturas no sé quién de los dos se veía más retraído. 


—No tenía idea que tenías un gato —dijo mientras se agachaba para acercar su mano a su hocico. 


—Gata. Y sí, se llama Kashmir y es bastante callada, así que rara vez hayas podido escuchar sus maullidos —le contesté mientras revolvía mi caja de té para ver qué le ofrecía al peculiar muchacho, hasta que me decidí por llevarle la caja para que él elija. 


Me dirigí a la mesa sólo para ver a Zoro de espaldas a mí y con la peluda cola de Kashmir alzándose tras su hombro. Veo que mi gata se ha regalado fácilmente y sin muchos tapujos, lo que hizo que bufara y riera.


—Vaya, al parecer no opuso resistencia —dije mientras colocaba la caja de té sobre la mesa—. Elige el que gustes. 


—Gracias —dijo acercando la pequeña cajita de madera con separadores, removiéndolos y oliendo cada sobrecito como si estuviesen envenenados o algo por el estilo.


Era algo raro, retraído y callado, pero no puedo negar que el que Kashmir continuara refrégandose en su rostro mientras él inspeccionaba los tés me producía algo de envidia. Su piel se veía suave y olía bien, ¿qué tal se sentiría si...? No, mejor no pensemos en eso. 


Continuamos hablando de Kendo y me dijo sobre su trabajo: era mecánico. Específicamente se dedicaba a reparar motos. 


Ciertamente teníamos profesiones muy distintas y somos muy diferentes, es increíble que encontráramos un punto en común ¿Qué tantas posibilidades había de que nos hablásemos por algo así?


—Tal vez debería volver a practicar Kendo —declaré de un momento a otro—. Han pasado muchos años, pero creo que mi amor por él sigue intacto.


—¿Estás segura? ¿Qué tan mala fue tu lesión en el tobillo? 


—No lo sé, me recuperé y luego estaba muy frustrada y adolorida como para practicar de nuevo. Pero ya han pasado muchos años, tal vez no me moleste. 


—Hagamos una prueba entonces —se levantó de la mesa en dirección hacia mí, haciendo que Kashmir se bajara de su regazo. Siento pavor, ¿qué intenta hacer?—. Ponte de pie. 


—¿Qué?


—Vamos, de pie —hice caso y me puse de pie, con la incertidumbre de la proposición—. Bien, ahora: muéstrame la primer postura que recuerdes. 


Accedí y la hice. Se sentía raro pero nostálgico volver a experimentar esos movimientos. 


—Muy bien, ¿y este? —se puso como ejemplo e hizo otra postura. 


Intenté imitarlo pero exigía mucho a mi tobillo, por lo que sentí un pinchazo y solté un pequeño quejido. 


—Bien, entonces no te has recuperado bien. Toma asiento —me pidió amablemente. Toda la energía de su cuerpo había cambiado; era como si fuera otra persona totalmente abierta y comprensiva. Yo sólo asentí e hice lo que me pidió. Mi tobillo no era exigido hace mucho, por lo que me dolía aún. 


Entonces y sin previo aviso, Zoro me tomó por el tobillo y comenzó a masajearlo. No voy a mentir, sentí mi cara arder en una milésima de segundo. Sus manos se notaban fuertes y callosas, pero muy cuidadas. 


—¿También eres kinesiólogo? —le pregunté incrédula. Él rió. 


—Para nada, estoy estudiando para ser preparador físico. En realidad quiero ser un sensei de Kendo y necesito saber alguna que otra cosa más.


Asentí con sorpresa mientras lo observaba masajeando mi tobillo, quería que se quede así para siempre. Mi cuerpo sentía pequeñas descargas que me relajaban poco a poco y la verdad que no había notado lo tensa que estaba hasta entonces. 


No soy una persona muy adepta a los descansos autoimpuestos, sólo cuando enfermo y mi cuerpo me obliga a parar. No estaba acostumbrada a masajes ni atenciones de ningún tipo porque no solía permitirlo, pero de verdad se sentía muy bien. 


—Veo que te sientes un poco mejor —levantó la mirada y se encontró con la mía, que seguramente estaba algo somnolienta de todo ese momento relajante. Él dejó de masajearme y se puso de pie.


—E-eh sí, disculpa, estaba un poco fuera de mí —reí.


—¿Quieres que lo volvamos a intentar?


—Claro —dije, y me paré de golpe. 


Como ya había dicho antes, no estoy acostumbrada a la relajación y tengo más contracturas que músculos, por lo que esa descompresión y el movimiento abrupto al pararme lograron marearme, haciendo que me tambalee.


Para mí suerte o desgracia, Zoro tuvo los reflejos para evitar que cayera de cara al piso, tomándome entre sus brazos.


—O-oye, no te pares de golpe, con cuidado —dijo, conmigo entre sus brazos. Ahora no tengo nada que envidiarle a Kashmir.


—Lo siento, no estoy acostumbrada a estas cosas —me expliqué, aún sin soltarme de sus brazos.


—¿Qué cosas? —preguntó mientras intentaba ponerme en una postura más cómoda. Estaba sosteniéndome de su hombro, más bien cerca de sus bíceps. Y sí que tenía fuertes brazos este hombre.


—A los masajes y esas cosas.


—Debes tener contracturas algo fuertes para que te descompensaras así —me sentó nuevamente—. ¿Quieres que te traiga algo?


—Agua estaría bien. Me duele un poco la cabeza —dije. No estaba muy compuesta aún. 


Zoro se acercó a la cocina y sacó un vaso que estaba secándose sobre la mesada, lo cargó y me lo acercó.


Mientras yo tomaba el agua, él se quedó observándome. 


—¿De verdad tienes tantas contracturas y no vas a un masajista siquiera?


—No tengo tiempo para masajistas.


—Si tienes tiempo para quejarte conmigo del estacionamiento, tienes tiempo para ver a alguien que te trate —se cruzó de brazos alzando una ceja. Yo sólo rodé los ojos.


—Touché —dije sonriendo.


Y entonces, sin previo aviso, noto que Zoro se colocó detrás de mí, apoyando las palmas de sus manos en mis hombros y comienza a trabajar.


—¡Ey! Espera, ¿Qué haces? —le pregunté sobresaltada.


—¿Intento ayudarte y así me pagas? Vamos, esperaba aunque sea un «gracias» —dijo con una sonrisa soberbia.


Luego de soltar algún gruñido de molestia ante el gesto de Zoro, intenté relajarme y dejarme llevar por los movimientos de las fuertes manos de este hombre. No quería hacerlo, pero logró hacerme ceder; sí que sabía lo que hacía.


Masajeaba mis hombros y repasaba también mi cuello y yo no podía evitar caer más y más en el sopor que provocaba en mí. Él apartó mi cabello que caía por el lado derecho de mi cuello, centrándose, al parecer, en un punto donde se hallaba un nudo. Cerré los ojos y podía sentir todo con más claridad e intensidad, tanto el dolor como el placer. Podía, entonces, advertir la cálida respiración de Zoro sobre mi piel, y eso logró hacer que un escalofrío súbito recorriera mi espalda. En ese momento y sin darme cuenta, solté un pequeño gemido que logró avergonzarme, dado que escapó totalmente de mi control. 


Abrí los ojos, un tanto nerviosa, dando un pequeño vistazo hacia atrás, pero el parecía no haber dado importancia a esto, tanto que se veía igual de concentrado en su labor que antes. Me relajé nuevamente aunque más atenta a mi cuerpo y a lo que pudiera ocurrir. 


—De verdad, necesitas tomarte descansos. Tienes demasiados nudos y contracturas para una persona tan joven —decía Zoro, aún peleando con mi cuello y hombros— ¿Puedo atarte el cabello?


—¿Qué? —pregunté incrédula.


—No puedo trabajar cómodo así.


Asentí y me levanté para buscar una liga en un cuenco de bijouterie de mi cuarto y se la dí.


Sentía cómo peinaba mi cabello con sus manos hasta que encontró el punto perfecto y lo ató en un par de vueltas, entonces, me pidió que estirara mi cabeza hacia abajo. Tiró la coleta hacia adelante también y acercó su rostro a mi nuca, tanteando con sus dedos la cervical y observando muy de cerca todo su trabajo, por así decirlo. 


Otra vez sentía la respiración de Zoro pero, esta vez tan cerca que no sabría si podría controlar otro gemido más. 


Fue entonces cuando se me ocurrió una brillante idea.


—¿No crees que tal vez sería mejor que me acueste para hacer esto? Siento como si en cualquier momento me pudiera caer hacia adelante.


—Mmmm... De hecho, creo que sería una buena idea.


Nos acomodamos y nos dirigimos a la habitación, donde me recosté boca abajo justo por debajo de la almohada para que él pudiera trabajar mejor.


Sí, estaba un poco nerviosa, pero no estaba siendo inocente. Podrá verse como un idiota, ser terco y tener un pésimo sentido de la orientación (esa es toda la información que tengo de él hasta ahora), pero, oh dios, que sus manos valen mucho la pena.


Él pidió permiso al entrar a la habitación y cuando me vió acostada sobre la cama, esperándolo, dudó un momento y pude notarlo. No podía verlo, pero notaba su indecisión en ese momento.


—¿Estás segura de que no te incomoda o molesta esto? —pude escucharlo, aún parado a los pies de la cama.


—En serio, está bien. Es esto o caerme de frente hacia el suelo —bromeé. Claro que no se trataba de eso solamente, pero prefería hacerme la desentendida.


Zoro se subió sobre mí y pude notar lo callado que era este hombre, más allá de su concentración en todo momento. Sólo se escuchaba su respiración y la mía y pude notarlo algo nervioso también por la situación. Las manos le sudaban un poco, pero no dejaba de moverse con firmeza. A estas alturas, tengamos en cuenta que está sentado por encima de mi culo y no voy a negar ni afirmar que tal vez me acomodé demasiadas veces de postura durante los masajes, llegando a sentir 'algo' encima mío. Ese 'algo' estaba respondiendo a mis caricias justo como quería.


—¿Sabes? Siempre tengo problemas en mi espalda baja también. Es que paso mucho tiempo sentada —dije, alzando un poco mi cara del colchón para mirarlo con mi expresión de queja y dolor, a la vez que levantaba un poco mi blusa para que pudiera ponerse manos a la obra.


En ese vistazo que dí para decir esto, pude ver un leve color rojo en sus mejillas y cómo intentaba ocultar en vano que su respiración se agitaba más. Ahora sí podía notar que él se había puesto más duro, aunque luchaba por no rozarme tanto y ser respetuoso, a lo que respondí estirándome un poco más hacia atrás para volver a sentir el roce, cosa que lo sobresaltó un poco. Noté cómo se había quedado pasmado y me giré para verlo, apoyada de costado. Él intentaba mantener una compostura seria, pero era clara su agitación por no saber qué intentaba hacer.


—¿Estás bien? —pregunté relajadamente.


—No lo sé —dijo de forma pausada y dubitativa, situando ambas manos a los costados de su cuerpo, como si tuviera miedo de mover un solo músculo— ¿Tú estás bien?


Me acomodé y me senté sobre la cama para mirarlo de frente, viéndolo aún en suspenso, sin saber cómo actuar.


—Por supuesto que estoy bien, me están dando unos masajes de puta madre —sonreí—. Además de otras cuestiones... —me acerqué a gatas hasta su rostro, hasta estar a escasos centímetros uno del otro. 


Todavía se lo notaba nervioso, pero parecía estar aflojando su postura poco a poco al verme acercándome a él. Estando tan cerca que podía sentir su respiración aún más caliente que antes, a la vez que sentía el perfume de sus suaves labios. Éstos se veían muy tentadores a esta distancia y no podía dejar de observarlos. De repente, pude notar un cambio en su semblante, ahora decidido y confiado al punto de tomar la iniciativa y acercarse a devorar mis labios repentinamente. 


Podía notarlo desesperado a estas alturas, parecía haberse estado conteniendo un largo rato y ahora podía desquitarse. Cambiábamos de posición nuestros rostros y de un momento a otro, aprovechando que aún tenía el pelo atado, pasó de mis labios a mi cuello, cosa que no hizo más que excitarme más de lo que ya lo estaba, dándome unos húmedos e impacientes besos que se transformaron en pequeñas mordidas que lograron sacarme más de un gemido.


Me empujó con brusquedad hacia la cama, lo que me tomó por sorpresa, sonriendo maliciosamente al verme debajo de él, siendo yo ahora la pequeña presa que el depredador ha atrapado.


¿Y el muchacho tan tímido y dubitativo de recién? Creo que fue todo una fachada, este es mi verdadero vecino. No tengo quejas.


—¿Estás segura? —preguntó aún sonriendo y enarcando una ceja. Yo sólo reí con nerviosismo.


—No lo sé, ¿lo estoy? —bromeé encogiéndome de hombros.


—Podríamos hacer la prueba y averiguarlo, si quieres —dijo y se abalanzó sobre mí.


Me tomó de las muñecas y puso cada una a un costado de mi cabeza mientras me besaba frenéticamente. Podía sentir en mi entrepierna su miembro endurecido aún más que antes, si eso era posible.


Metió una de sus manos debajo de mi blusa y las copas de mi sujetador, acariciándome uno de los pechos en su estado de frenesí. Yo sólo lograba gemir y gruñir ante cada uno de sus actos, no sé si estaba lista para un hombre con tanta energía. Es muy distinto a lo que esperaba de él y a los otros hombres con los que estuve, parecía no tener miedo de romperme.


Finalmente, se decidió por quitarme completamente la blusa y el sujetador, a lo que intenté cooperar como pude y llevar el ritmo de su locura. Vió mis pechos al descubierto y me miró humedeciéndose los labios, lanzándose a besarlos y apretarlos. Podía sentir mi pezón entre sus dientes, mordiéndolo y lamiéndolo con suavidad. Con su mano libre recorría mi cuerpo y yo aún continuaba con el pantalón puesto, cosa que parecía comenzar a estorbarle. Por mi parte, podía sentir cómo empezaba a mojarme más de la cuenta y sólo tanteaba a presionar su nuca para que continúe besándome los pechos.


Estaba casi inmóvil y sólo podía retorcerme, por lo que tuve que empujarlo de a poco para liberarme y no dejarlo tener el control total. Si antes estaba mareada, ahora me encontraba desorbitada. Tenía un ritmo brutal y todavía no habíamos ni siquiera comenzado. 


Bajé mi mano hacia su miembro, acariciándolo por encima del pantalón, a lo que respondía alzando el rostro hacia arriba y cerraba los ojos, esperando ansioso mi siguiente movimiento. Su pecho subía y bajaba y sólo se lo escuchaba suspirar profundamente.


Comencé a besarlo suavemente mientras acariciaba su miembro. Primero, liberaba el botón de sus pantalones; luego, bajaba la bragueta, poco a poco tirando de sus pantalones para bajarlos... Y esto parecía transformarse en una agonía para la locura a la que parecía estar acostumbrado. Cerraba los ojos con fuerza, desesperado para que yo finalmente lo tomara entre mis manos, pero lo estaba haciendo esperar y lo torturaba. Finalmente lo liberé y parecía poder respirar en un suspiro ahogado.


Toqué su miembro y estaba realmente caliente, palpitando con desesperación como el resto de su cuerpo. Comencé a masturbarlo mientras besaba su cuello y él se contenía para no gemir, pero sabía que lo estaba disfrutando. Me tomó de la cintura aún con los ojos cerrados y me apretaba con fuerza, como si buscara algún punto en donde descargar la energía que recorría su cuerpo.


Vaya, lo estoy enloqueciendo y eso me encantaba.


Empecé a hacerle caricias lentas y delicadas a lo largo de su falo endurecido y parecía que iba a explotar. Iba recorriéndolo suavemente, hasta que decidí soltarlo de repente.


Él, sintiendo que lo acababan de sacar de un golpe de su éxtasis, abrió los ojos y me miró obnubilado y expectante, como si no hubiera estado allí en todo ese tiempo y no tuviera conciencia de todo lo que pasó.


Parecía buscar represalias por dejarlo en el medio de tal estado, por lo que me tomó del pantalón, que aún conservaba en su lugar, y logró sacármelo de un tirón.


Otra vez esa sonrisa maliciosa aparecía en su rostro.


—Así que crees que te vas a salir con la tuya, ¿eh? Ahora te toca.


Quitó la única prenda de ropa interior que faltaba y pudo observar mi feminidad justo desde abajo con mis piernas semiflexionadas, ya que yo me encontraba acostada boca arriba luego de sacarme el pantalón.


Se mordió los labios mientras me observaba con ansias. Entonces, lamió dos de sus dedos y comenzó a acariciar los labios de mi zona íntima. Podía sentir cómo continuaba mojándome más y más a medida que subía y bajaba, aún sin entrar; sólo intentaba exasperarme tanto como yo a él.


—Puedes meter un dedo —propuse con demanda.


—No creo que te lo merezcas —me respondió con total indiferencia.


Por mi parte, comenzaba a retorcerme, cerraba los ojos y quería que ya metiera sus dedos (o algo más) y poder calmar esa tensión que me estaba manteniendo justo al borde.


Tomé su mano e intenté meter sus dedos en mi cavidad, pero él se detuvo y me miró enarcando una ceja.


—¿Disculpa? ¿Crees que te lo mereces? —su rostro parecía decirme que él estaba en total control de la situación y que nunca supe con quién estaba lidiando. 


Mientras lo miraba con desespero, haciendo unos leves quejidos, siento una nalgada desde un costado.


—No te escucho.


—S-sí, si lo creo. 


Me miró por un momento con duda y luego una sonrisa desafiante se dibujó en su rostro.


—¿Sabes? No te lo mereces, pero te daré algo mejor. 


Y allí pude sentir cómo apoyaba la punta de su miembro en mi entrada y de a poco iba presionando hasta que dió una embestida, metiéndola de golpe. Por mi parte, sólo pude dar un gemido de placer que más se asemejaba a un grito en cuanto sentí que me llenaba completa y hasta podría decir que demás. 


Parecía ser que mientras me torturaba con sus dedos, logró ponerse el preservativo. Habilidades que desconocía que existían.


Me embestía lentamente y yo sólo podía estirar mis brazos sobre mi cabeza y gemir. Él se estiró sobre mí y pude acariciar sus fornidos brazos mientras aún continuaba balanceándose adentro y afuera. Nos mirábamos a los ojos y parecía que iba a besarme. Lo estaba deseando. Pero justo cuando parecía que iba a hacerlo, se acercó a mí cuello lamiéndolo con locura, haciendo que me retorciera aún más, sintiendo que podría llegar a un orgasmo sólo con él dentro, sus movimientos y sus besos. Pero me contuve: apenas comenzábamos y no quería que esto terminara.


Jadeaba y me retorcía y podía notar cómo comenzaba a bajar a mis pechos. Pero no, fue hasta debajo de mis pechos, por mis costillas, y empezó a lamer allí, haciéndome sufrir la expectativa.


La venganza es dulce.


Intento tomarlo de la nuca para dirigirlo hacia mis pechos, pero se resiste, quiere continuar con la tortura que yo misma impuse como pauta de nuestro encuentro. Me maldigo internamente mientras espero paciente a que busque lo que yo deseo.


Y de repente lo hace; se abalanza con una mano sobre mi pecho y con la otra recorre mi cuerpo mientras lame erráticamente mi pezón. Lo inesperado de su acción me quita un sonoro gemido que no logro controlar. Lo siento sonreír mientras disfruta de verme así de sometida a sus impulsos. 


Se yergue y levanta una de mis piernas sobre su hombro, dejando mi cuerpo ligeramente hacia abajo, embistiéndome enérgicamente y mirándome desde arriba. 


Súbitamente, me hice a un lado y saqué su falo de mi interior, pidiéndole que se recostara. Me miró con duda, pero escaneando todo mi cuerpo aún con deseo evidente en su mirada, accediendo finalmente a mi petición. Se acostó boca arriba y puso sus manos por debajo de su cabeza, dejando ver que sus bíceps y torso estaban espectacularmente marcados. Cuando miré su rostro, tenía una sonrisa fanfarrona y me miraba desafiante.


—¿Y bien? ¿Qué estás mirando? ¿No ves que te esperan? —dijo mientras señalaba su pene con la cabeza, aún sin moverse. 


Rodé los ojos y reí, montándome a gatas sobre él. Pasé mi intimidad por encima de la suya, sólo rozándolo, y me acerqué a su rostro. Nos miramos durante unos momentos y lo besé. Parecía que nos devoraríamos en cualquier momento. Nos provocábamos mutuamente y no podíamos parar de hacerlo.


Mientras nos besábamos, el bajó sus brazos y tomó mi cadera de ambos lados, empujándola hacia abajo, buscando su miembro. Se lo permití y coloqué su pene en mi entrada, tomándolo entre mis manos. Lo miré a los ojos con picardía y enarqué una sonrisa ladina justo antes de meterlo en mi interior de golpe, tal como hizo él antes. 


Suspiró sonoramente y rió un poco, contagiándome. 


—¿A qué jugamos? Me gusta —dijo sonriéndome. 


Comencé a subir y bajar frenéticamente, haciendo que ambos gimamos en la boca del otro. El me tomaba de la cadera con fuerza, nalgueándome de tanto en tanto, haciéndome gemir y gritar como nunca antes lo había hecho. Me lamento por mis otros vecinos que escucho que golpean desde abajo, pero no puedo contenerme.


Nunca había sentido tanta química sexual con una persona y eso no paraba de sorprenderme. No es el tipo que buscaría habitualmente pero no me molestaría verlo para algún que otro encuentro de estos, sobre todo lo pensaba ahora que su vaivén acompañaba al mío de forma cada vez más rápida, rozando mi clítoris con cada empuje de su piel contra la mía, haciéndome sentir que llegaba al clímax.


—Ya no puedo más —logré decir agitadamente.


—Y-yo tampoco —gruñó él.


Pude sentir cómo el condón se llenaba de su esencia y como yo lo encerraba dentro mío con fuerza.


Me recosté sobre su pecho, cargando parte de mi peso en mis codos que se apoyaban sobre el colchón. Lo único que retumbaba en la habitación era el sonido de dos respiraciones disonantes. 


Me sentía mareada y no sabía si me iba a desmayar. No lograba tardar tan poco en venirme, y a veces ni lo lograba; y ahora, con sólo esto, fue suficiente para dejarme drenada y no tengo quejas al respecto. Fue simplemente ideal.


Entonces, mientras recuperaba el aliento, sentí unos brazos acariciando mi espalda suavemente, seguidos de unos jadeantes labios que se posaron sobre una de mis mejillas, dejando pequeños besos que lograron que quedara atónita. Él aún continuaba con los ojos cerrados, pero yo no podía dejar de observarlo con fascinación.


No, este no es del tipo que hace estas cosas, ¿o sí? ¿Es real?


Me bajé, aún con la mirada clavada en él, para recostarme a su lado. Él abrió sus ojos y me miró también, al parecer, confundido.


—¿Todo bien? —dijo, apartándome el cabello de la cara para colocarlo detrás de mi oreja. 


—S-sí, sólo que... —respondí dubitativa. Aún estaba asombrada. 


—¿Qué? —frunció el ceño, aunque esta vez su expresión era suave.


—¿Siempre eres así?


—¿«Así» cómo?


—Así de... Atento. 


—¿Atento? Ah, no te gustan estas cosas, ¿verdad? —preguntó algo dudoso. 


—No, al contrario, sólo que en estos encuentros... No es algo que se estile —me encogí de hombros, recorriendo su pecho con uno de mis dedos a forma de evitar el contacto visual con sus penetrantes ojos negros.


—Pues yo hago lo que me da la gana en el momento que me da la gana, no lo pienso demasiado —dijo volviendo a cerrar sus ojos; parecía estar a punto de dormirse—. Fue un buen polvo y la pasé muy bien, no veo por qué no tomarse un momento para relajarnos. 


Él bostezó y yo estaba estupefacta mirándolo. Pensé «¿por qué no?» y me acerqué a acariciar su mejilla, para luego posar un beso en sus labios mientras él continuaba a punto de dormirse. Sintió mi beso y me abrazó atrayéndome a su cuerpo de repente, haciéndome soltar un leve chillido.


Reí y comencé a dejar pequeños besos por toda su mejilla, haciendo que me abrace con más fuerza que antes e incluso parecía que una pequeña sonrisa se intentaba escapar de la comisura de su boca. Sólo logró detenerme en cuanto me dió un beso de vuelta, esta vez buscando ser más largo, haciendo que su lengua entrase a mi boca.


Esos besos escalaban cada vez más y estábamos listos para un segundo round en cuestión de minutos. 


Volvimos a hacerlo de nuevo, más lento y, esta vez, sí hicimos una siesta larga hasta pasada la medianoche.


Nos bañamos y nos vestimos para que él pudiera irse a su departamento; al día siguiente era día laborable y debíamos madrugar.


Los días posteriores, él dejó su moto nuevamente donde no le correspondía, pero ahora, en vez de hacerme enfadar, sonreía cada vez que la veía allí, dirigiéndome directamente al séptimo "B" a golpear la puerta insistentemente y quejarme con mi tonto vecino. Cuando ésta era abierta, era arrastrada adentro del departamento y me recibían con una tormenta de cálidos y húmedos besos que me llevaban a límites del placer antes impensados para mí. 


Espero que les haya gustado este primer One Shot con el que me presento aquí por Inkitt❤️


Personalmente, me divertí mucho y me gustó dejarme llevar por los personajes, sobre todo de cómo me lo imagino a Zoro en una situación así.


❤️

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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author

tamo zoro 🥵

2 años
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ya Dios haz real a Zoro 🥺

2 años
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