Rapsodia entre el cielo y el infierno

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Sinopsis

Llegamos al mundo sin pedirlo. No elegimos nuestro destino, porque viene escrito por manos ajenas. Mientras Dominick sobrevive al infierno, ayudado por su viejo violin, Chris convive con sus demonios, incapaz de exorcizarlos. La vida es como una rapsodia, la componen ritmos diversos. Algunos tienen sabor a condena, pero otros son capaces de llevarnos al cielo. Gracias @AlexKlaus por la maravillosa portada. 💕 Todos los derechos reservados

Genero:
Drama/Romance
Autor/a:
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Estado:
En proceso
Capítulos:
21
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1

Las puertas se abrieron al unisono y los pasajeros abandonaron el tren subterráneo componiendo una sinfonía desordenada e interminable. No eran más que un conjunto de sonidos, pero se convertían en melodía si cerraba los ojos por un momento y olvidaba donde se encontraba.

Dominick se forzó a regresar a la realidad. El tren subterráneo no era un lugar donde pudiera bajar la guardia. Así que regresó el violín al hombro y Nocturne Nº2 se unió al resto de aquella rapsodia urbana. Era inevitable cerrar los ojos ojos mientras le arrancaba las más nostálgicas notas a ese viejo instrumento. No tenía remedio, cada vez que tocaba se transportaba a aquel mundo de sensaciones que sólo la música sabe trasmitir.

El estuche de su violín repiqueteaba de cuando en cuando con el sonido de una moneda lanzada por los transeúntes. Sí, prefería el callado sonido de un billete, pero dinero es dinero.

La noche avanzaba y el hambre ganaba terreno. Entreabrió los ojos justo para ver como un billete caía dentro del estuche, casi tan gastado como las cuerdas del violín. Dominick no alcanzó a ver quién hizo el donativo, pero al agacharse a recogerlo se dio cuenta que la función estaba por terminar.

Sin perder un segundo guardó dentro del bolsillo del pantalón las ganancias de la noche. Casi colocaba su violín en su estuche, cuando un par de zapatos brillantes casi se detienen sobre él.

—¡Ey, Beethoven! ¡Te dije que no te quería ver por aquí!

El oficial Davis venía a echarlo, como era costumbre. Era hora de partir de todos modos. Sin decir una palabra, Dominick tomó sus pertenencias apurado para evitarse problemas.

—Te advertí que a la próxima te ganabas un paseo a la delegación.

El oficial hablaba en serio y tomó al músico ambulante de un brazo.

—Y... ya...me...ib..

Dominick intentó protestar, pero al resistirse el oficial lo sacudió del brazo e hizo que suelte el estuche del violín. Con más ahínco trató de liberarse para recuperar sus pertenencias, pero Davis lo sujetó del otro brazo y arrojó al suelo.

—¿No oíste? A la delegación, ya estabas advertido.

No podía responderle con el rostro pegado en el suelo. El oficial hizo que se levantara jalándolo. Dominick entró en pánico, tenía que recuperar su violín.

—¡Miren todos! ¡Ese oficial está abusando de su autoridad!

—¡Ese chico no estaba haciendo nada! ¿Por qué lo está arrestando?

—¡Déjalo tranquilo, es un niño!

De pronto sucedió algo que Dominick nunca esperó. Al levantar la cabeza pudo ver como un grupo de personas lo apuntaba con su teléfono móvil, mientras que las protestas no cesaban.

—¡Abuso policial! Ese chico no estaba haciendo nada más que tocar su violín.

Fue una muchacha quien se acercó primero, con su celular, intentó su liberación.

—¡Estaba tocando música sin molestar a nadie! —intervino otro joven del montón, sin dejar de documentar el suceso—. ¡Cuándo no la policía abusando de la gente inocente!

—¡Vamos a hacerlo viral!

—¡Saca eso! Métanse en sus propios asuntos. Fuera de mi camino

Davis arreció la presión y Dominick dejó escapar un sollozo. Los ojos se le llenaron de lágrimas y muy quieto le regaló una mirada lastimera a sus defensores, quienes volvieron a la carga

—¡Basta ya, suéltalo, le haces daño!

—¡Qué se metan en sus asuntos! —gritó Davis poniéndose colorado.

—¡La última vez que revisé estábamos en un país libre! Si el chico quiere tocar su violín acá, puede hacerlo.

—No es un crimen. La música es un modo de expresarse, estás atentando contra la libertad de expresión.

—Ustedes no se metan, hippies ignorantes. —Se defendió Davis y sólo consiguió avivar los ánimos del pequeño tumulto—. Ocúpense de sus malditos asuntos antes que los arreste por desobediencia y desorden.

—¡Ahora nos amenaza! Tenemos todo grabado.

—Lo vamos a poner en las redes para que todos vean este abuso de autoridad.

—Vamos a hacerte viral.

Davis se dio cuenta que llegaría a ningún lado enfrentándose solo al grupito de alborotadores. Sin dejar de alegar, pidió refuerzos por radio. Dominick al verse libre se lanzó entre las piernas de los presentes y recuperó el estuche. Apretándolo contra su pecho escapó confundido entre el montoncito de defensores ahora reclamaba sus derechos ciudadanos.

Al llegar a las escaleras se topó con los refuerzos que solicitó Davis. Los dejó pasar y huyó en dirección contraria. Ya a una cuadra de distancia y sin aliento, Dominick se detuvo. Una de sus piernas cargaba con una vieja herida, la cual no le permitía correr muy rápido ni distancias largas. Era mejor regresar a casa. Tenía un toque de queda que respetar.

Anelka esperaría que regresara, preocupada, espiando tras la puerta de su departamento. Seguramente quería saber la razón de su demora. Pensaría que se metió en problemas, pero a sus dieciséis años, Dominick sabía como evadirlos. Tuvo suerte esa vez, no se repetiría. Tendría que moverse con cuidado. Entonces se puso a pensar en la gente que hizo posible su escape. Podía tocar para ellos la próxima vez que los viera, si es que eso sucedía. Era el único modo como podía pagarles por ayudarlo.

Tocar el violín era su única gracia Era lo único para lo cual servía y que de vez en cuando le daba de comer. Cierto, con toda la conmoción ni sabía cuánto dinero consiguió tocando honradamente; sin molestar a nadie. Lo haría luego, después de reportarse con Anelka, ya en la oscuridad de su pieza.

A esas horas de la noche, ya pasadas las diez, seguro June se había marchado a ocuparse de sus asuntos. Las demás putas de la cuadra nunca aparecían antes de tal hora. En la entrada de su edificio, un par de vecinas peleaban a puñetazos mientras el motivo de la lidia intentaba separarlas sin conseguirlo. Tuvo que escabullirse hacia las escaleras esquivando las patadas que ahora le propinaban al marido infiel.

Tal y como sospechaba, Anelka esperaba inquieta en su propia puerta.

—Llegas tarde

Anunció ella con su acento característico. No tenía argumento para contradecirla, así que le sonrió como disculpa. La anciana lo dejó entrar a su pequeño hogar, oloroso a panqueque de manzanas. Dominick dejó la mochila que nunca abandonaba su espalda y el violín sobre uno de los muebles. Luego tomó asiento en la cocina y esperó que su regaño.

—Son más de las diez de la noche. La próxima vez cierro la puerta y ya ves que haces.

Anelka se deslizó por la pequeña cocina con una taza de te y unos panqueques en las manos.

—Sss...sss...sss...e...me hizo ta...tar...de...—respondió Dominicksin dejar de relamerse los labios.

—La disciplina es una virtud que todo músico debe cultivar —continuó Anelka acercando una tetera a la taza.

Ella se sentó a acompañarlo. Valzer de Giuseppe Verdi sonaba en el viejo tocadiscos que Anelka atesoraba. A esas alturas de su vida, Dominick conocía más de música clásica que de alguna materia escolar. La razón era simple, dejó de asistir a la escuela, pero Anelka jamás debía saberlo.

Odiaba mentirle a la única persona que cuidaba de él, pero no tenía remedio. Dominick siguió comiendo despacio los panqueques de manzana que Anelka espolvoreó con azúcar, antes de dárselos. Estaba muerto de hambre, pero jamás lo aceptaría frente a ella.

Anelka tomó el violín de su estuche para examinarlo con sus manos arrugadas. Parecía que quería afinarlo acariciándolo con ternura. Luego de una breve inspección, lo dejó sobre la mesa con el mismo cuidado con el que lo sacó. La anciana le dio otra mirada al interior del estuche gastado. Luego regresó el violín a su sitio, para llevarlo a un estante donde pasaría la noche.

Dominick observaba en silencio el ritual de cada noche. Comía despacio, porque no tenía ganas de terminar pronto. Era la rutina y pretendía alargarla cuanto pudiera. No resultaba conveniente para ninguno de los dos que se quedara en casa ajena, porque Dominick tenía un lugar a donde volver.

Solo que no quería hacerlo.

—¿June está en casa? —preguntó Anelka bebiendo un sorbo de té.

Dominick se encogió de hombros, no tenía idea del paradero de su madre. June no pasó la noche en casa. Esa mañana cuando salió, no la vio tumbada en el sillón o en el piso del baño, donde terminaba si es que llegaba demasiado ebria. Cierto, Anelka esperaba una respuesta verbal.

—Nnnn...nnn...no sé. No he...ido...to...toda...todavía.

Ella frunció los labios, pero se ahorró el comentario. Dominick sabía lo que pensaba de June, no tenía que decirlo.

—Si no está en casa, vuelves Dushenk´a —añadió Anelka suavizando el tono de su voz—. No es bueno que te quedes solo.

Los silencios entre ambos eran casi los mismos que los de las partituras que la anciana le enseñaba a leer.

Anelka podía oír todo lo que pasaba a través de las paredes. Por eso ponía música, porque a veces no podía tolerarlo. Sólo los separaba una pared de distancia y no era lo suficientemente gruesa para que no se enterara lo que sucedía. Podía escuchar cada uno de los insultos que June le gritaba a su propio hijo. Por años soportó el llanto de ese niño, hasta que no pudo más. Esperaba que la madre saliera, para poder acercarse a la puerta y hablar con Dominick. Lo consolaba cantándole canciones en su idioma natal.

June dejaba al niño encerrado en casa, pero ella se las ingenió para conseguir acceso. Lo albergaba desde sus tiernos seis años. Le daba de comer, lo lavaba un poco y le enseñaba música. Ahora ese niño tenía dieciséis y ante sus ojos todavía era una criatura.

El disco de Verdi terminó y era hora de cambiarlo de lado. No, ya era tarde. Dejaría que el niño se marchara y se iría a la cama. A esperar con los ojos abiertos que al otro lado June tratara mal a quien ella tanto cuidaba. Anelka arrugó los labios porque ese era un trago amargo que jamás conseguía pasar.

Dominick le agradeció y antes de marcharse la abrazó con fuerza. Tenía que dejarlo partir y eso le dividía en dos el alma.

Tuvo suerte, Anelka estuvo tan enojada por su tardanza que olvidó preguntarle acerca de la escuela. Dominick prefería contarle cómo le fue tocando varias piezas en distintos lugares de la ciudad. No mencionaría el problema en la estación, no quería preocuparla. Tendría que ver un modo de narrarle sus aventuras disfrazando un poco la verdad.

—¡Ey, tú! ¿Vives aquí? ¡Ey! ¡Te estoy hablando, cabrón!

Frente a la puerta de su departamento un sujeto con muy mala pinta buscaba a alguien. Al parecer sus problemas no terminaban. Justo lo que necesitaba, pensó. Ahora ¿dónde pasaría la noche?

Dominick intentó seguir su camino, pero la fuerza bruta del matón lo estrelló contra la pared del corredor.

—¡Te vi salir por esa puerta y venías para acá! ¿A dónde vas tan tarde y con esa mochila? ¿Ah? ¿Eres niña exploradora o qué mierda?

Con toda esa bulla, Anelka no tardaría en aparecer. Dominick negó con la cabeza sabiendo que no servía de nada mentir.

—Vives aquí. ¿no? ¡Dile a la puta de June que saque su culo de ahí y de la maldita cara!

Sus sospechas eran ciertas. Mala suerte para ambos. No podría cumplir sus demandas porque no sabía dónde andaba su madre a esas horas de la vida.

—Nn...no... ddd..dd...

—¿Qué carajo tienes? ¿No puedes hablar como la gente o qué mierda? Lo que sea. La perra de June no abre la jodida puerta. ¡Abre tú!

—Nnnnnnnn...

Por su puesto que no lo dejaría entrar. No era sorpresa que June tuviera deudas pendientes, pero en los nudillos del intruso estaban dibujados con tinta los símbolos de la baraja. El más grande era el Trébol.

El matón no aceptó su respuesta y pretendía abrir la puerta usándolo para tumbarla. Al segundo golpe contra la madera, Dominick intentó negociar.

—Nnnnn....nnn...ooo... ssss... Jjjjj... Ju... Juuuy. Nnn...nnn...nnn... vi...nno...yer...

Dominick balbuceaba como si aprendiera a hablar e intentaba sacudir sus manos para comunicarse mejor. Cuando se ponía nervioso su tartamudeó se acrecentaba. Al tipo ese le importaba muy poco sus esfuerzos. Furioso lo tomó de un hombro e hizo girar con violencia. Una vez estuvieron cara a cara, estrelló las palmas a los lados de su cabeza.

Dominick se encogió aterrorizado y el tipo chocó su frente con la suya. El matón de Trevor tenía ojeras pronunciadas lo cual hacía verse más amenazante. Era mayor que él por unos años, pero no por ello menos peligroso.

—Te dije que abrieras la jodida puerta, enano de mierda.

De acuerdo, si lo ponía de ese modo ni negarse. Dominick sacó la llave que llevaba colgada del cuello. El matón se la arrebató y abrió de un puntapié. Tal como esperaba, el departamento estaba vacío y en penumbra.

—¡Enciende la jodida luz, perra! ¿Qué esperas?

Dominick se abrió paso en la oscuridad para buscar una pequeña linterna.

—Nnn... nnnn

Listo, no podía explicarle que no había electricidad desde hacía unos días y a juzgar por la cara del tipo, no necesitaba hacerlo.

—¡Esto es una mierda! No tengo toda la noche para perder.

—N...nnnnn....

A pesar de la pobre luz de la linterna Dominick pudo distinguir el brillo metálico de un cuchillo acercándose a su rostro.

—Escúchame bien, perra. Mi tiempo es dinero, así que vas sacándotelo del culo o te saco las tripas como a un pescado.

Dominick lo miró con terror. Tenía algo de efectivo guardado en los bolsillos y un poco más refundido en los confines del departamento. No era mucho, pero era lo único con lo que contaba. Dejó que el matón lo siguiera a oscuras hasta el baño. Debajo del lavadero movió una tabla húmeda y podrida, para sacar de su escondite una lata de limpiador.

Los ahorros de su vida no duraron mucho entre sus manos. El matón se los arrebató y ayudándose con la linterna de su móvil, revisó el contenido con disgusto.

—¿Te estás burlando de mi enano de mierda?

Dominick negó retrocediendo todo lo que podía.

—¡Pues no es suficiente! ¡Vacía tus bolsillos! ¡Dame todo lo que tienes!

Y así lo hizo. Dominick le entregó lo que traía, monedas incluidas. Al matón del Trébol no le cayó en gracia. Al contrario, las recibió y volvió a estrellarlo contra la pared. Dejó una mano sobre su pecho para mantenerlo en su sitio y con la otra hizo una llamada.

—La puta de June no aparece. ¿Le dejo un recuerdo para que aprenda a pagar a tiempo?

Dominick tembló en su sitio. No necesitaba escuchar la conversación para saber que nada bueno sucedería.Si pudiera explicar que a June no le importaba si vivía o moría, de repente tendría una oportunidad de salvarse. La expresión del desconocido cambió de improviso. Parecía confundido y se alejó unos pasos.

—Pero —replicó mirando fijamente a Dominick—. Lo que sea. Tampoco tengo tiempo para perder.

Y colgó la llamada.

Apenas tuvo tiempo de contraerse, cuando el brillo de un arma blanca se deslizó sutilmente hacia su mejilla. Al sentirla punzando sobre su carne, Dominick ahogó un sollozo.

—Escúchame perra, estás de suerte. Tienes un ángel guardián o una mierda similar. Por esta vez te voy a dejar ir.

No le creyó ni una palabra. Dominick era inmune a las promesas falsas, especialmente cuando el filo del metal se hundía un poco más sobre su piel.

—Le vas a decir a tu puta madre que el Trébol quiere su dinero completo. No va a haber próxima vez.

Ni siquiera pudo asentir, Dominick se quedó muy quieto hundiéndose sobre la pared a su espalda deseando atravesarla.

—¿Qué carajo pasa contigo, enano? Seguro te mojaste los pantalones. Eres jodidamente patético, además de mugroso.

Sentenció tirando de su cabello. A pesar de la penumbra que los rodeaba, Dominick no necesitaba ver su rostro para percibir la mueca de asco que se dibujó en el rostro de ese sujeto.

—No vales ni el tiempo que me tomaría destriparte.

Lo sabía, pensó Dominick y dejó escapar un sollozo. Ese sería su fin, ahí mismo, sobre esa pared. El matón del Trébol resopló fastidiado y por fin lo soltó.

—Ya oíste. Dale el mensaje a la puta de June y toma un maldito baño, enano hediondo.

Sonaba enojado y de pronto le lanzó unas monedas que cayeron sobre su cabeza. Dominick se abrazó con más fuerza de su propio cuerpo, buscando protegerse de lo que viniera. Esperó unos minutos y al verse a salvo, no supo que hacer. Debía estar soñando, pensó casi sin poder creerlo. Así que se quedó en su sitio un rato más.eza a escribir aquí...