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Lubricante, ese era el olor que la rodeaba desde hace siete años. Siete años atrapada en ese lugar, ahí murió la esperanza de que su hermano fuera a buscarla. Ingenuamente creyó en sus palabras: 'La madame cuidará de ti, vendré en tres días'.
Los tres días pasaron y él nunca llegó. Al principio creyó que era una broma de su parte, a él siempre le gustaron las bromas. Pero sus ilusiones de que fuera algo de mal chiste se marchitaron conforme los meses pasaban. Era una omega asustada a la cual le ignoraban sus llantos y gritos para que la dejaran salir del cuarto donde la tenían encerrada. Nadie se apiadó de ella.
Y cuando se abrieron las puertas, pensó que por fin la dejarían libre, pero lo único que recibió fueron siete palabras que la destruyeron: 'Cierra la boca y abre las piernas'. Esas fueron las primeras palabras que le dijo su madame mientras la arreglaba para su primer cliente.
Esa noche, una parte de ella a sus diecisiete años murió para que otra pudiera nacer. Una nueva yo, era una omega distinta, con objetivos distintos.
Un golpe en la puerta la hizo salir de sus pensamientos; una melena blanca se asomó antes de entrar.
—¿En qué piensas, tesoro? —preguntó.
—Mmh, en recuerdos que ya no valen la pena —sintió una presión en su frente que la hizo sonreír ligeramente; siempre le besaba la frente cuando la sentía decaída—. Manjiro, estoy bien, en serio.
El peliblanco suspiró antes de tomarla por la cintura y pararla del asiento.
—Vamos antes de que el drogadicto mate a alguien.— a lo lejos se escucharon gritos seguidos de disparos.
Ella suspiró; la última vez que pasó, ella terminó con sangre salpicada en su rostro por culpa del pelirosado. Sí... era bueno que otra naciera para sobrevivir en ese mundo; la anterior no lo hubiera logrado ni a fuerzas.








