Sin consentimiento no hay honor

Sinopsis

»¿Qué hiciste qué? —le preguntó él a ella, la tarde de ayer. »Lo que oíste —respondió la soberbia kunoichi-mutante-serpiente. Tuvo el descaro de cruzarse de brazos, además. »¿Sin mi consentimiento? —susurró él, impresionado; y más que nada, con un agio sabor a sentirse invadido. »Sí. »¡¿Sin mi consentimiento?! Lo que más le había enfadado no había sido la elección en sí, sino que Karai se hubiese tomado la osadía de decidir… ¡por ambos! ¡¿Qué carajos le daba el derecho de ponerle un supresor inyectable a él cuando dormía?! 【Omegacember. Día 6: Supresor.】

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo único

Disclaimer:

Teenage Mutant Ninja Turtles (2012) © Kevin Eastman/Peter Laird / Nickelodeon.

Las Crónicas de la Media Luna de Marte© Adilay Vaniteux/Reine Vaniteux


Día 6: SUPRESOR.

Ship: Leonardo (delta) xKarai (alfa).


Puta… madre…

Leonardo Hamato se encontraba tan enfadado que ni siquiera su hermano Raphael, en su peor momento, podría igualársele. Su interior ardía en llamas y estaba al borde embarazarse de un par de hernias. Descargaba toda su furia con un grupo de robots, cortesía del estúpido de Dexter Strouman, o cómo diablos se llamase.

Hace no mucho había detenido el robo a un banco, por parte de un par de imbéciles de poca monta; pero no mucho después, para alegrarle más el día, Leonardo visualizó una pequeña horda de robots haciendo de las suyas en un barrio marginado, casi despoblado al que seguramente la policía no acudiría… de nuevo.

La pregunta: “¿qué diablos quiere Dexter aquí?” No procesó como debió hacerlo dadas las circunstancias que Leonardo estaba sufriendo ahora mismo.

»¿Qué hiciste qué? —le preguntó él a ella, la tarde de ayer.

»Lo que oíste —respondió la soberbia kunoichi-mutante-serpiente. Tuvo el descaro de cruzarse de brazos, además.

»¿Sin mi consentimiento? —susurró él, impresionado; y más que nada, con un agio sabor a sentirse invadido.

»Sí.

»¡¿Sin mi consentimiento?!

Lo que más le había enfadado no había sido la elección en sí, sino que Karai se hubiese tomado la osadía de decidir… ¡por ambos! ¡¿Qué carajos le daba el derecho de ponerle un supresor inyectable a él cuando dormía?!

¿Ella no quería tener más sexo en esta temporada con él? ¡BIEN! Al final, su relación no era más que una donde ambos se vigilaban, se celaban, y cuando llegaban a un punto de posesión máxima, se buscaban, discutían, se follaban con rudeza por un par de horas, se separaban, se ignoraban por un corto tiempo y volvían a empezar.

Él ya le había dejado en claro que sí; estaba enamorado de ella. Pero, ¿y Karai lo estaba de Leo?

»¿Por qué? —fue su respuesta a su confesión; con mueca de extrañeza incluida.

»Honestamente… no lo sé —dijo él, sintiéndose como un perfecto idiota.

Karai era la que no parecía tener nada claro. Las veces que tenían relaciones sexuales, estuviesen en estos meses de desquicie total hormonal o no, ella se aseguraba de hacerle marcas con sus uñas y dientes para dejar algo de su presencia en él, para intentar alejar a todas las otras chicas que tuviesen un mínimo de interés en Leonardo Hamato. Pero Karai no permitía que él hiciera lo mismo. ¿Por qué?

¿Qué clase de idiota era él? Qué permitía aquello. Qué dejaba que esa mujer serpiente llegase a su lecho, lo montase durante horas hasta dejarlo seco y se fuese como si nada.

Bueno, al menos llegaba a disfrutar de aquellas horas y eso mitigaba un poco la sensación de estar completamente solo. Luego se sentía como una mierda peor cuando pensaba en su hermano Donatello y en el hecho de que él sí que estaba solo; Leo al menos tenía a Karai para no volverse loco.

¿Qué clase de hermano idiota era él? Uno que al menos podría decir que no estaba en mejores condiciones que Donnie. Su hermano de morado al menos dormía con su dignidad intacta al no andar por ahí rogando por atención y un mínimo de afecto femenino; tal parecía que su decepción amorosa con April le había dejado una gran lección. Por otro lado, Bobonardo seguía sometiéndose a los caprichos y órdenes de Karai a cambio de no perder ese lugar entre sus piernas.

Otro robot mordió el polvo.

Sólo despojos quedaron, y Leo se permitió respirar un poco. Si bien no se sentía menos enojado con Karai, ya podía sentirse cómo él mismo otra vez.

La noche que Karai aprovechó para inyectarle un supresor, eso que le impediría sentir cualquier tipo de apetito sexual además de tampoco permitirle tener erecciones, ellos dos habían acabo precisamente de tener sexo. Ella se acercó a él cuando dormía y para cuando Leo despertó, se encontró con la inquietante noticia de que su compadre no reaccionaba para un encuentro sexual por la mañana como en otras ocasiones que se quedaba dormir en uno de los refugios de Karai en Nueva York. Cuando compartió su preocupación con ella, Karai descaradamente le dijo lo que le hizo.

»¡¿Y se puede saber por qué demonios me hiciste eso?!

»Saldré por un par de días a Tokyo —se explicó como si nada, mientras preparaba unos hot-cakes. Esta vez el olor de un delicioso desayuno no apaciguó a Leo.

»¿Y? —gruñó él, temblando por la rabia. Se había sentido ultrajado. Traicionado incluso.

»Y no te vigilaré por un tiempo.

»¡¿Y?! —exclamó.

»Y sé que tienen a una hembra en celo en su guarida; ni siquiera se te ocurra tocarla. No quiero arriesgarme a volver y encontrar con que tienes más de una ITS.

»¿Renet? ¡Ella es virgen! —gritó casi espantado.

Bien, Renet no era una chica horrenda, pero no era su tipo. Era tierna, inocente y muy, muy torpe… le recordaba tanto a Mikey que Leo no podía siquiera considerar la posibilidad de sentir atracción hacia ella por mucho que su condición de mutante gamma fuese tentador para otros mutantes. Si Karai le había hecho aquello sólo por eso, había escalado un nuevo nivel en cuanto a paranoia celópata se refería. Además, a Karai qué le importaba si Leo tenía otras amantes. Ella le había dejado en claro que ellos solo se buscaban por sexo… nada más.

»Precisamente por eso, listillo —espetó ella, como si de pronto fuese la ofendida—. ¿Qué pensabas? ¿Qué yo me iría por un par de días y tú podrías revolcarte con una virgen? ¿O con cualquier otra zorra?

»¡Primero, yo no tengo ningún interés en Renet, así que a ella déjala fuera de esto! ¡Y a tu segunda pregunta, sí! ¡Puedo revolcarme con otras si quiero! —el asunto estaba en “si quería”—. ¡Por qué tú y yo sólo tenemos sexo! —le exclamó a la cara; Karai frunció el ceño con un deje de duda en sus ojos, pero eso a Leo no le importó; había estado tan rabioso que sacó toda su frustración a modo de gritos—. ¡No estamos unidos como los mutantes, no estamos casados cómo hacen los humanos, y no tenemos siquiera un noviazgo! ¡¿No fue eso lo que dijiste que querías?! ¡Cero compromisos! ¡¿Y tú crees que sólo porque te follo un par de horas ya soy de tu propiedad y puedes inyectarme lo que te dé la gana cuando estoy dormido?! ¡Estás mal!

No la dejó seguir hablando, se cerró a lo que ella pudo haberle dicho después; Leo se apresuró a tomar sus cosas y largarse de ahí. Al volver a la guarida, a mitades de la mañana, hizo como si hubiese estado durmiendo en su propia alcoba. Sólo Rapha se dio cuenta de la verdad, pero por suerte no lo interceptó con eso. Mikey y Renet habían estado desayunando tranquilamente en la cocina cuando de pronto su hermano menor lo vio llegar y le preguntó si estaba bien.

»Pasé una mala noche, es todo —se limitó a responder, sacando del refrigerador una lata fría de cerveza. Estando tan malhumorado, no le apetecía su desayuno saludable habitual.

Volviendo a la realidad, Leonardo no vio venir la esperada emboscada de Damián Stockboy. Un robot enorme que requerías de fuerza bruta y un par de katanas. Para cuando Leo se dijo que… sí, necesitaba ayuda, su primera opción para requerir refuerzos era su hermano Donnie, pero seguro el pobre estaba pasándola muy mal aún con respecto a su brama. Luego pensó en Michelangelo, a quien llamó por teléfono.

Como le hubiese gustado no hacerlo…

Mientras eludía los ataques del robot de Storman, Leo casi pierde la concentración, lo que casi lo hace morir de la forma más irónicamente estúpida posible, al oír gemidos masculinos y gritos femeninos al otro lado de la línea.

—¡¿Pero qué carajo, Mikey?! —gritó, escandalizado. A punto de lanzar su celular al suelo.

Con la misma rabia que Leonardo quiso estrangular a Sorman, quiso romperle el cráneo a su hermanito de un coscorrón. ¡¿Qué diablos pasaba con él?!

Genial… no sólo él había sido imposibilitado de tener coito por culpa y capricho de Karai, la mujer que por alguna razón seguía amando como si aún fuese un adolescente; también había llamado a su hermanito justo cuando él claramente se estaba divirtiendo con su novia, a quien Leo no quería ver a la cara por un par de meses gracias a lo que había escuchado por breves segundos porque fue él quien colgó la llamada de inmediato.

—¿Por qué sólo queda Rapha? —se lamentó entre dientes.

Lanzó una bomba de humo a la cabeza del robot, donde seguramente estaban los ojos del científico. Este gritó exasperado por no poder verlo, y Leo aprovechó para ocultarse en medio de las casas abandonadas del sitio.

Marcó rápido a su hermano Rapha.

Marcó… marcó… y marcó… ¡el imbécil no respondía! ¡¿Por qué?!

—Maldita sea, Raphael, justo cuando te necesi…

¡Por fin atendió!

—¡¿Qué demonios quieres, cabrón?!

«Qué tierno» pensó Leo con sarcasmo, poniendo los ojos en blanco.

Conocía ese tono. O Raphael había estado jugando videojuegos en línea, o coo con Mikey, también lo había llamado en medio de un acto pecaminoso con alguna chica. Y Leo estaba segurísimo de que era lo segundo, pero lo primero nunca se descartaba.

—¡Estoy en el barrio usurero! —era obvio que el sitio no se llamaba así, pero de esa forma lo llamaban él y sus hermanos para una mejor ubicación—. ¡Dexter ataca con un robot gigante! ¡Debes venir, de inmediato!

—¡Pues acaba con ese estúpido! ¡¿Tan difícil es?! ¡Eres tan pendejo!

Sí… Leo lo había interrumpido en otra de sus noches de sexo. He ahí ese tono tan malhumorado y trato tan pedante. Al menos Leo agradecía que no lo había oído ni a él ni a su pareja de turno haciéndolo.

—¡Qué fácil lo dices, maldito infeliz! —gritó de vuelta, bastante enfadado; ahora no sólo Karai se creía que podía insultarlo y pasar por encima suyo, también Raphael se estaba volviendo a rebelar. Ah, no. Eso no iba a pasar—. ¡No te estoy preguntando si quieres venir! ¡Trae tu culo, aquí, ya!

El robot logró verlo cuando Leonardo cometió el error de asomarse por una de las ventanas rotas.

—No creo que me quieras ahí, por como estoy ahora, podría ser capaz de arrancarte yo mismo la cara por interrumpirme —se atrevió a decir.

De nuevo, inhalando profundo, Leonardo puso los ojos en blanco y salió rápido de su, ahora inútil, refugio. Su enfado no hacía más que crecer.

—¡Me importa un carajo qué diablos estés haciendo! —le aclaró Leonardo; él era el líder, y por mucho que a Rapha le pesase, debía obedecerlo—. ¡Ven acá, ya mismo!

—Hijo de perra, más te vale estar muriendo —espetó colgando el teléfono.

¿Mal momento para recordarle que tenían a la misma mamá?

Okey, no la conocían, pero eso no significaba que podían faltarle el respeto así.

—¿Quién diablos se cree este imbécil? —miró su propio celular con una rabia muy intensa.

¿Acaso ya no había respeto hacia él?

¡¿Acaso le mundo quería verlo convertido en villano?! ¡Porque estaba yendo por un buen camino!

¡Bien! ¡Esto sería lo que haría!

Primero la hojalata, después Raphael. Sí, con Rapha desquitaría su enfado. Lo golpearía tanto que se sentiría mejor.

Baxter creyó que las bombas serían su mejor arma, pero como si hubiesen salido de una caricatura, estas tenían una mecha de tiempo que Leo usó bien a su favor para ir explotando aquella chatarra sin problemas. Parte… por parte.

—¡No puede ser! —exclamó Baxter cuando la última bomba arruinó por completo su juguetito.

«Sólo tú podrías hacer armas sin sentido» pensó Leo, sentándose por fin, agitado y algo más tranquilo.

Sí… en Stichman había descargado bien parte de su enfado de manera exitosa.

—¿Esta era la gran emergencia? —oyó a Raphael acercarse. Se veía realmente enojado… y mojado, como si le hubiese caído un diluvio encima.

—¿Te interrumpí en algo? —Leo alzó una ceja, inquisitivo.

El silencio de su hermano fue claro.

—Me largo —espetó Rapha, dándole la espalda.

Mirándolo con unos afilados ojos azulados, Leonardo se acercó a él en menos de un segundo, abrazándolo del hombro, sin que Rapha lo viese venir. Ambos tenían casi la misma altura, por lo que no fue difícil para Leo sujetarlo.

—Déjame decirte una cosa, no eres el único que tiene malas noches y si las tienes, eso no te da el derecho de gritarme o insultarme como lo acabas de hacer —apretó su agarre—, yo también estoy pasando una muy mala noche, y no por eso voy a desquitarme contigo, ¿o sí?

Bueno, sí lo pensó, pero no lo hizo. Eso debe contar, ¿no?

Tenso, pero no por miedo, sino por estar en el mismo nivel de enfado que Leo; Raphael se rio.

—Puedo olerlo —dijo burlón. Algo de pronto pareció ponerlo de buen humor; un humor retorcido—. ¿Debo preguntar por qué hueles a supresor?

Qué el universo se joda por darle un buen olfato a su hermano.

Leonardo entrecerró más su mirada sobre él.

—Si vuelves a la guardia en los próximos días te juro que olerás igual —gruñó amenazante; no tenía ningún supresor al alcance (de tenerlo le habría dado uno a Donnie, que sí lo necesitaba) porque no había querido usarlos ni había tenido la necesidad de eso; pero de alguna manera se haría con supresores hasta en forma de gomitas dulces si Rapha no dejaba de joderlo.

Pero claramente Raphael había nacido para abrazar a la muerte con una sonrisa; porque el bastardo no se inmutó ante la amenaza que Leo sí planeaba cumplir.

—No pensaba en volver en un par de días… o semanas… hazme un favor, ¿quieres? Cuiden a Mordelón mientras vuelvo.

Raphael se quitó el brazo de Leonardo del hombro y comenzó a caminar.

—¿Sabes, Bobonardo? Creo que sí valió la pena venir —dijo como último antes de echarse a reír, yéndose.

—Pendejo —masculló Leonardo, inhalando profundo.

Al menos Dexter estaba contenido.

Y lo peor de su noche no fue eso, sino el hecho de que, después de recorrer un largo camino para volver a casa, a descansar, apenas puso un pie adentro de la guarida, frunció el ceño al oír con claridad algo que lo dejó helado, y muy, demasiado, incómodo.

Además de percibir un fuerte aroma a…

—¡Más fuerte! —¿esa era Renet?—. ¡Así! ¡Así no pares! ¡Sí!

¡Dios, sí era ella!

¡¿Era en serio?!

Renet y Donnie, estaban en el laboratorio… ¿acaso estaban…?

Ah, cierto… si Mikey no estaba… Donnie y Renet no tenían pareja y era obvio que si se quedaban solos…

¡Ay, por dios! ¿Es que acaso todos se estaban esmerando en ser unos idiotas? Le dijo claramente a Mikey que cuidase de Renet. ¡Pero claro! El pequeño tarado estaba en otro lado, follando también. ¿Y Donnie? ¡¿Acaso no era el genio?! Aunque tampoco es que pudiese llamarlo “estúpido” por no aprovechar el tener a una dama cerca que lo aceptase… por otro lado, tampoco es que aprovecharse hubiese estado bien… un minuto, ¿qué demonios estaba haciendo pensando en esos dos mientras los oía follar?

—¿Qué te hice a ti, Dios? —masculló Leo alzando la cabeza hacia arriba, tapándose los oídos, que aun así, eran torturados por los ruidos que hacían Donnie y Renet; quienes eran cada vez más ruidosos—. ¡¿Qué te hice?! —gruñó conteniendo a duras penas el grito que ansiaba salir de su boca.

Como si se hubiese lanzado a sí mismo una maldición al exigirle a Rapha no volver a la guarida por unos días; Leo supo que él tampoco debería estar aquí por un par de semanas.

De la alcoba de Rapha, Leo tomó al pequeño Mordelón en brazos, y salió con su sobrino del sitio.

—No oigas, pequeño; eres demasiado joven para saber de las porquerías que hace tu tío Donnie —dramáticamente, Leo no dejó de tapar a la pequeña tortuga alienígena hasta que se encontraban caminando por las vías no transitadas del tren subterráneo.

Con lo mucho que se había estado aguantando Donatello, las ansias de dejar de ser un virgen, seguramente él y Renet no estarían en sus cinco sentidos hasta después de un largo tiempo. Muchos días en los que Leo se decidió por invadir con descaro uno de los 2 apartamentos de Karai. Se encontró con una despensa llena, un sitio tranquilo y lo más importante, una televisión.

Le dio de cenar a Mordelón unas hojas de lechuga italiana y un poco de agua. Él por otro lado no tuvo ganas de cocinar nada así que se preparó una sopa instantánea. Prendió el televisor en un canal de caricaturas, y se dispuso a descansar por un rato.

Inhalando y exhalando, tratando de mantener la calma, Leonardo terminó de comer su sopa; dejó que Mordelón se durmiese sobre su regazo y casi le acompañó en aquello cuando de pronto su celular le notificó sobre el recibimiento de un mensaje.

Por lo poco (y más que suficiente) que Leonardo sabía de sus hermanos hasta ahora, era claro que ninguno de ellos era el autor. Instintivamente llegó a adivinar quién se lo había enviado.

Supo que leerlo sería un arma de doble filo, pero…

—Bah… qué demonios —se resignó. Tomó su celular y miró el mensaje.

“No sé si sirva de algo, pero yo también me inyecté.

Lo siento”.

Leonardo inhaló profundo. Sí, aquello venía del número de Karai.

Así que ella también…

No.

Aún no la perdonaba.

Aunque, se sintió como un perfecto pendejo cuando se percató de que se encontraba un poco feliz de que ella también se hubiese castrado momentáneamente al igual que hizo con él. Se dijo que eso no la excusaba de haberle hecho eso a él cuando dormía.

Si tan solo ella se lo hubiese pedido… él seguro habría aceptado ante la idea de que ambos estuviesen imposibilitados de tener sexo con otros hasta que Karai volviese de su viaje.

Si tan solo ella se lo hubiese pedido…

De pronto llegó otro mensaje. Él no pudo evitar mirar otra vez.

“Te lo compensaré.

Dime lo que quieres”.

—No hagas promesas que no vas a cumplir —susurró mirando el mensaje.

Su celular volvió a recibir otra notificación.

“Por favor”.

Mordelón se movió un poco, pero no despertó.

Leonardo apagó la televisión y miró su celular por un rato, viendo ese corto mensaje que tal vez para Karai fue bastante fácil escribir y mandar… o tal vez no.

Sus dedos se movieron para responder:

“Hablaremos cuando vuelvas”.

Ella fue rápida en escribirle:

“De acuerdo”.

Sí. Leonardo se consideraba un idiota. Uno sin remedio.

—…—

Gracias por leer, ¿comentarios?


PROHIBIDO DESCARGAR/IMPRIMIR PARA SU VENTA (la autora condena todo tipo de acto ilícito de este tipo y se procederá legalmente en caso de suscitarse el caso). / FAVOR DE NO RE-SUBIR A NINGUNA PÁGINA (todo acto de ese tipo será considerado como plagio). / NO TRADUCIR SI NO SE HA PEDIDO EL PERMISO CORRESPONDIENTE. Seamos honestos y educados; este trabajo es únicamente para entretener y no se busca lucrar con este de ningún modo.

—Gracias por su atención.