De Flores y Colibríes (Miguel O'Hara x Lectora)

Sinopsis

Sólo era una fiesta de retiro en Alchemax, sólo querías una aventura de una noche. A cambio, el universo te dio muchísimo más que eso.

Estado:
En proceso
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Y así Nació el Caos

Las burbujas chispeantes estallaban en la superficie de las copas de champán mientras se distribuían entre los asistentes, era una fiesta de jubilación relativamente formal.

Una fiesta que al que le gustara o no, requería la presencia de sus invitados en un intento de hacer sentir al presidente ejecutivo apreciado y ya extrañado, a pesar de que la mayoría tenía la más mínima idea de quién diablos era.

Sólo unos pocos lo conocían, pero aun así, muchos tenían sus razones para estar en la fiesta además de confirmar su asistencia obligatoria. Comida gratis, alcohol, una miradita colectiva a aquellos compañeros de trabajo bien vestidos de los que la gente estaba enamorada, lo cual traería a nuevos chismes para mantener alejado el aburrimiento y elevar la moral entre los trabajadores de Alchemax. Un desfile de gente importante y poderosa, derrochando estilo.

Hubieron miradas no tan discretas a loscrushesde la administración y el laboratorio, más chismes y una noche libre de preocupaciones. ¿Tu razón? Vestirte y lucir por primera vez un vestido que siempre quisiste pero que nunca tuviste ocasión de lucir.

Un vestido de seda negro con corte bustier, tirantes finos y bordados florales, con elegantes sandalias de tacón de carrete a juego. El cabello que normalmente estaba recogido en media cola de caballo en la recepción, gracias al estúpido código de imagen corporativa, ahora estaba libre y frondoso, peinado por un estilista.

Te pusiste un maquillaje de chica francesa que no hizo más que realzar tus facciones, dirigiendo la atención hacia tus labios. Uñas lacadas en un precioso tono rojo que hacía juego con tu seductora boca. Junto a un pequeño bolso negro para guardar tus objetos personales.

Te veías diferente al look de la aburrida recepcionista que habías dominado después de dos años de trabajar para Alchemax. Un par de hombres se le acercaron durante la noche, pero amablemente los rechazaste. Parte de tu trabajo te había otorgado la capacidad de recordar bastante bien las caras, y un poco de conocimiento sobre su puesto en la empresa.

Uno trabajaba en el departamento de investigación, el otro te había invitado a una copa y a una charla, pero en las tierras de la administración era conocido como El sucio Sam. Otro más de la dirección de RRHH y Seguridad.

Era extraño. Probablemente pasarían de ti sin notar mucha diferencia si estuvieras en modo de trabajo. A veces te maravillabas de lo fácil que era impresionar a los hombres con un poco de maquillaje y más esfuerzo. Era como si fueras una persona completamente nueva. El chico de Recursos Humanos tuvo el descaro de preguntarte si te habían transferido. Ganándose el botón de rechazo instantáneo.

Te bebiste lo que parecía tu tercera taza de licor espumoso y te dirigiste a la barra de entradas. No sabías quién era el sujeto, pero estabas agradecida de que pensara en dejar el puesto a lo grande y de que sus colegas derrocharan en él una comida deliciosa que sólo tendrías el chance de probar en algún lugar exclusivo. Especialmente unas pequeñas empanadas, llenas con la cantidad justa de condimento picante que hacían que tus papilas gustativas cantaran en disfrute total.

Estabas a punto de agarrar el último canapé cuando una mano grande y bronceada la arrebató de la elegante bandeja plateada en el último segundo.

Una ceja poblada se arqueó hacia ti, como si te dijeraes mía, ya la tomé.Con un resoplido condescendiente alcanzaste la última copita crujiente de guacamole cuando tus dedos rozaron no tan amablemente los de él. Por instinto, tus dedos le pegaron un empujón a su mano, pero rápidamente te horrorizaste por tus acciones.

—¡Demonios! Lo siento mucho... - Te tapaste la boca y el hombre se rió entre dientes, divertido por tu nerviosismo.

¿Y si fuera de los altos mandos? ¿Qué pasaría si hiciera que te despidieran por ser tan descuidada y grosera? Y si-

—Descuida, tómalo. De todos modos traerán más.

Un nudo apretado se formó en tu estómago mientras el nerviosismo se convertía en ansiedad. Genial, ahora podría pensar que te acabarías todo la barra si puedieras.

—Gracias— murmuró tu boca seca, sus ojos permanecieron en ti por un momento, escudriñándote con la mirada mientras alcanzaba la comida. Lamentablemente, su rostro era el único que no te era familiar, y eso que habías visto y recordado muchos rostros a lo largo de tus años laborales.

Definitivamente recordarías pómulos afilados, labios carnosos y atractivos, ojos caoba que buscarían dentro de lo más profundo de tu alma sin esforzarse mucho. Un color raro pero atractivo que gritaba peligro. Nariz fuerte y comportamiento convincente que asustaría a cualquiera lo suficientemente cobarde como para huir de su presencia.

Pero no eras ninguna cobarde.

La cereza del pastel fue su voz. Profunda y con un toque de picardía si prestabas suficiente atención.

Sostenía una copa de champán en su mano izquierda.

—Los rollitos de primavera de langosta están buenos.

Te abofeteaste mentalmente por un enfoque bastante incómodo, tomaste un pequeño vaso de papel con salsa de chile dulce para acompañar los dos bocadillos antes mencionados en tu plato.

Él solo miró tus manos, sus ojos recorrieron la piel y pronto, se detuvo en tu pecho, adornado por un precioso par de montículos que sin duda encajarían en sus manos. Parpadeó para alejar el repentino pensamiento, pero no le ayudó ver cómo te metías una pequeña uva en la boca.

A pesar de su carismática fachada, estaba enojado. Molesto por los mensajes de texto y llamadas que había recibido hace un tiempo, desatando un nuevo nivel de alevosía dentro de su corazón.

Odiaba que lo menospreciaran y los mensajes pasivo-agresivos no lo ayudaban. Necesitaba reponerse antes de poner en marcha su plan. Una parte de él sabía que lo que su mente había conspirado estaba mal, pero su situación actual había decidido que era suficiente. Sólo podía aguantar hasta cierto punto antes de devolver todo ese daño inflingido.

Había que dejar salir la ira de una forma u otra. Y casualmente encendiste su bombilla de ideas imaginarias. Su mandíbula se tensó.

No te había visto antes, para él probablemente serías otra invitada externa que no tendría razones para regresar a la empresa. Alguien que sería olvidado en un lapso de una noche. Una más en su largamente olvidada y escondida lista de conquistas.

Bebiste la cuarta copa de champán y comiste, equilibrando la ingesta de alcohol.

—¿Cómo te llamas?

Las palabras salieron de su boca como mantequilla. En otras circunstancias, sentiría repulsión por su propio comportamiento, pero la ira que se estaba gestando tenía que ser desatada de una forma u otra, o las cosas se volverían aún más amargas en su mente.

Tus ojos se abrieron un poco ante la pregunta. Naturalmente le diste tu nombre y él asintió.

—Miguel. Encantado de conocerte.

Te ofreció su mano derecha y tú la tomaste, notando cómo tu pequeño manojo de dedos se perdía en la grandeza de su extremidad.

—¿Te estás divirtiendo?

—Si soy honesta, solo estoy aquí por la comida— Te reíste y te aclaraste la garganta, esperando que la falta de coqueteo durante los últimos seis meses no se filtrara y arruinara la posible oportunidad que tenías por delante.

—Eh, ¿y tú?

—No soy un fiestero. Pero un evento de vez en cuando no hace daño.

—Salud por eso— Sus copas tintinearon.

Sus ojos escanearon el área. La gente estaba dispersa en el salón principal o afuera en los balcones, en su propio mundo, sin mirar en su dirección o en la tuya.

Bien.

—¿Sabes por casualidad quién es el tipo que se va?—Su risa sólo amplió tu sonrisa.

—No precisamente.

Una mentira. Miguel lo conocía perfectamente, era el presidente del Departamento de Laboratorio y, si él trabajaba lo suficiente, pronto sería el reemplazo del viejo. Incluso tenía una nueva propuesta de proyecto que había estado elaborando durante los últimos meses y, con suerte, eso impulsaría su camino por delante.

Tú, por otro lado, habías estado buscando un puesto más administrativo, intentando mejorar el estatus actual de una simple recepcionista. Definitivamente necesitabas un aumento.

—Quiero decir, si esto se hace cuando se jubila, no puedo evitar preguntarme qué harán en su funeral.

Miguel no pudo evitar reírse genuinamente de tu comentario. Sonreíste de nuevo y tragaste saliva.

—No he visto tu cara por aquí.— murmurando, pusiste tus ojos en él de nuevo, su boca se ladeó en un gesto pícaro.

—Me atrevo a decir lo mismo. Habría recordado esos lindos labios, preciosa.

No necesitaba añadir más elogios ya que causó el efecto correcto en ti. El tipo de efecto que haría que tu piel se sonrojara y un escalofrío recorriera tu columna.

—Bueno, habla por ti mismo.

—¿Crees que tengo labios bonitos?

Le resultaba repugnante lo fácil que era ponerse esa vieja máscara de galantería que se le había caído hace muchos años. Casi daba miedo lo natural que todavía parecía en el arte del coqueteo.

—Los más bonitos que he visto hasta ahora—. Murmuraste con una octava más abajo en tu voz.

No te intimidaba. Te concedió el respeto a tu perseverancia. Si tan solo el resto de sus colegas tuvieran eso, su trabajo sería más fácil. Eras bonita. Realmente bonita, y se estaba comportando como un idiota resentido que sabría darse el gusto.

—Se suponía que yo debía decir eso, hermosa.

Fuera el alcohol, o tus repentinas hormonas furiosas que provocaron un pequeño fuego en tu interior que él seguía alimentando con sus palabras, o la falta de sexo durante el último medio año que te hizo más audaz esta noche. Era tu noche.

—Cómo crees. Aunque estoy bastante segura de que se verían mejor sobre los míos.

Su ceño se arqueó en sorpresa cuando mordiste tus labios regordetes y rojos, lo cual fue suficiente para que él tomara su decisión.

—¿Quieres probar esa teoría?

Dejó la comida y la copa de champán a un lado y te ofreció la mano. Una vez más su moral le recordó las consecuencias. Pero la silenció, como todo lo que hacía muy poco para mantener su mente ocupada y enfocada.

Lo tomaste, dejando que él te guiara a otro entorno del edificio. Una zona más apartada. Los baños de Recursos Humanos. No era el tipo de entorno que habías imaginado, pero dado que las áreas de trabajo estaban cerradas por la noche, ninguno de los dos podía ser exigente.

Además, ninguno de los otros asistentes se tomaría su tiempo para caminar tanto para hacer sus necesidades. Tenías las ganas y él la disposición.

Una nueva sensación de emoción te invadió mientras te llevaba a uno de los cubículos. Una vez que la puerta estuvo cerrada, unos labios carnosos y regordetes aterrizaron en los tuyos mientras te arrinconaba contra la pared. El bolso colgaba de tu hombro

Los labios rojos derrochaban lujuria. Un pecado con el que se estaba contaminado cuanto más se devoraban ambos. Sus manos recorrieron las románticas líneas de tu cuerpo y te acercaron increíblemente cerca a las suyas, pero el área reducida del baño estaba demostrando ser una molestia.

Él gimió mientras se separaba de ti y abría el cubículo, mirando hacia afuera por un momento.

—Ven— Te sacó del lugar enjaulado para entrar en el de necesidades especiales. Definitivamente era más espacioso, perfecto para jugar incluso, si sabía cómo aprovechar el espacio al máximo. El encantador olor a jazmín y los matices florales que impregnaban el área ayudaron a que tus sentidos se relajaran, atrayéndote aún más a sus labios.

Su lengua hizo girar la tuya, mientras sus manos atrapaban tu nuca en el beso devastador. Uno de sus muslos se colocó entre tus piernas y empujó contra tu piel, ganándose un delicioso quejido. Bolso olvidado hace mucho tiempo en el suelo.

Aprovechando la oportunidad, sacó tu lengua y la chupó suavemente, tus caderas chocaron contra su muslo. Él sonrió durante el beso mientras sus manos se deslizaban por tu cuello para luego detenerse en tus hombros. Los finos tirantes de tu vestido se deslizaron hacia abajo, exponiendo el área que cubría tu pecho.

Se retiró del beso y te miró fijamente. La lujuria y algo más oscuro se cernía sobre sus ojos. Su perfume hizo cosquillas en tus sentidos y se te erizó la piel cuando te empujó contra la pared una vez más y su lengua se deslizó por tu cuello.

Tus sentidos atacados sólo lo instaron a soltar tu pecho. Pechos que lucía tan apetitosos como había imaginado. Los pezones erectos se encontraron con su mirada hambrienta, la boca recorrió el valle entre ellos y succionó con destreza el izquierdo.

Jadeando, te aferraste a la barra metálica horizontal a tu lado, conectándote con las sensaciones que se acumulaban. Un gemido se filtró a través de tu garganta mientras su otra mano jugaba y pellizcaba suavemente tu pecho solitario. Su boca comenzó a complacer a ambos, para luego apretarlos juntos, tratando de que ambos cupieran en su boca.

—M-Mierda- Tu cara se puso de un rojo brillante cuando él sacó uno suavemente entre sus dientes, para luego dar una succión profunda que te hizo gemir. Te soltó con un pop húmedo, el pezón brillaba con su saliva mientras dejaba un pequeño chupetón debajo de la protuberancia.

Una forma discreta de marcarte.

Sus dedos se aventuraron sobre la cremallera trasera liberando tu cuerpo del lujoso vestido. Lo recogió y lo enganchó al pequeño artilugio adosado a la puerta, evitando que se ensuciara, a pesar del aparente estado impecable del lugar.

Y lo que vio debajo le apretó los pantalones hasta la ingle. Tus bragas sólo acentuaron la caída de tus curvas mientras tus generosas caderas lo llamaban. Atrayéndolo a perderse entre ellas.

Se quitó el traje y lo colocó encima de su vestido, con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos fuertes y bien trabajados.

Tus manos lo tiraron de la hebilla del cinturón y él se rió, pero rápidamente jadeó cuando desabrochaste el bucle, deslizaste una mano en sus pantalones y acariciaste su polla vestida. Los ojos se abren ante el gran tamaño.

—Uh-uh, muy tarde para retractarte, princesa.

Su tono envía escalofríos por tu espalda. Le apretaste.

—No lo hago.— El alcohol te volvió estúpido. Y audaz. Por eso eras un bebedor social. Le bajaste los pantalones tanto como pudiste.

Tu mano jugueteó con sus boxers por un segundo antes de agarrar su erección. Un aliento ronco abanicó tu rostro mientras lo bombeabas con una mano y con la otra bajabas la prenda interior de algodón por sus esculpidos muslos.

—Más rápido, preciosa- Él gimió ante tu ritmo aumentando, —J-Justo así. Dios que rico... ”

Murmuró entre respiraciones furiosas, una de sus manos se deslizó en tus bragas y sus dedos se sumergieron entre tus pliegues húmedos. Acariciando y frotando tanta piel como lograron encontrar, hasta que hizo contacto con tu clítoris. Gemiste y tu bombeo falló. Te quitó las bragas de las piernas.

—No, no, continúa—Era difícil complacerlo cuando te estabas desmoronando por los cuidados que te brindaba. Tu agujero sorbió uno de sus dedos, atrapándolo dentro. Por muy errática que fuera tu paja, le dio la necesidad suficiente de hundir otro dedo, estirando poco a poco tu apretado y ahora empapado agujero.

Tu rostro derrochaba felicidad absoluta cuando sus dedos se curvaron y flexionaron hacia adentro. Sus falanges se contraían y empujaban en los puntos correctos que te hacían rozarte en su mano, tratando de conseguir la mayor fricción posible en el interior.

Sus dedos se empaparon y tus maullidos se convirtieron en fuertes gemidos pero él puso una mano en tu boca, mientras se deslizaba dentro y fuera con facilidad. Los jugos rodaron por el dorso de su palma y se acumularon en su mano. Casi se rió al darse cuenta.

Ni siquiera te había follado correctamente y ya te estabas derritiendo y chorreando en él. Y la estrechez interior.Dios, iba a disfrutar arruinándote.

Tu respiración se entrecortó mientras él movía sus dedos más profundamente. Tu mano seguía dándole bombeadas profundas pero lentas, alternando entre masajearlo y apretarlo.

Sus oídos estaban llenos de una canción húmeda y pecaminosa. Tus maullidos mezclados con los ruidos de chapoteo que hacía tu coño empapado lo empujaron a rozar esa textura hinchada y gomosa dentro de ti que le valió un gemido arrasador. Tu mano se había detenido por mucho tiempo y se aferraba a su camisa, con la boca entreabierta debajo de su mano, tratando de encontrar el sonido correcto para vocalizar.

Un sollozo ahogado. Tus ojos se pusieron en blanco mientras tu cuerpo convulsionaba y tu coño brotaba. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su hermoso rostro mientras te corrías. Tu excitación manchó el suelo en gotas.

Tenía que admitir que te veías más que preciosa. Mejillas y cuello enrojecidos, ojos sumidos de deseo, entrecerrados que le devolvían la mirada, rogando por más. Barbilla manchada de lápiz labial, que temblaba con cada jadeo profundo que hacías.Tan jodidamente hermosa.

—Condón—Respiraste, —P-Póntelo.

Chica inteligente. Si no fuera por tus palabras, te habría tomado ahí sin mucho preámbulo. Le divertías. A pesar de tu mente cegada por las ganas de follártelo, lograbas pensar con coherencia.

Buscó su billetera y sacó uno. Su teléfono vibró con muchos mensajes de texto que superaban los veinte. Pero lo puso en modo avión y rápidamente retomó su venganza. El anillo de látex se deslizó por su envergadura, ajustandose cómodamente y perfectamente, construido a su tamaño.

Agarró tus temblorosos y empapados muslos y te sentó en la barra metálica a la que te aferrabas. Su boca se ocupó de la tuya y su mano guió su punta hinchada hacia tu expectante entrada

Miguel se mordió el labio ante la sensación tan arrasadora y febril que le proporcionó tus cálidas y apretadas paredes. Tus piernas se abrieron lo más que pudieron para abarcarlo por completo.

Dios mío...— Dijo con voz áspera mientras empujaba hasta el borde, tus muslos descansando sobre sus antebrazos mientras tu columna descansaba contra la pared. Tu mandíbula se apretó ante la plenitud que estabas experimentando. El dolor y el placer iban de la mano. No ayudó que se hubiera enfundado ya que todavía estabas en tu euforia.

—¿Estás bien, princesa?— Un débil asentimiento. Su frente se apoyó contra la tuya, permitiéndote adapartarte a su erección que se estiraba e invadía dentro. Con un giro de caderas empujó todo el aire lejos de tus pulmones.

Una mano apretó su hombro mientras la otra tapaba su boca, evitando hacer demasiado ruido.

Buena chica— Elogió y sus caderas se movieron nuevamente, manteniendo un ritmo lento y constante.

—M-Miguel— Gemiste y te retorciste, —Espera, espera-

Él se rió entre dientes y besó tu cuello, ayudando a que tu malestar abandonara tu cuerpo. Pero en verdad, te estabas corriendo de nuevo. Tus piernas lo rodearon y lo apretaron con fuerza. Las respiraciones superficiales y erráticas salieron de tu boca mientras llegabas y tomabas su polla hasta el fondo. Cuerpo consumido con fuego.

—Por Dios, muñeca—. Sujetó tus muslos con más fuerza mientras temblaban, —Ha pasado un buen tiempo, ¿eh?

Asentiste mientras canturreaba. Un gemido agudo resonó a través de las paredes e inmediatamente te hizo callar con la mano nuevamente.

—Tienes que bajar la voz, ¿De acuerdo?

Asentiste y lo besaste desesperadamente. Y fue suficiente chispa para que él entrara de nuevo. Te dio embestidas produndas y lentos mientras sus uñas te arañaban el trasero.

Cada estiramiento dentro tuyo aumentaba en placer mientras el malestar disminuía. Nunca en tu vida habías conocido a alguien tan grande. Él hizo que tu mente se convirtiera en un charco. Un charco con el que disfrutaba jugar a su antojo.

Su voz susurró las cosas más dulces y sucias que se le ocurrieron a su mente. Al notar cómo reaccionaste ante las obscenidades, se hundió con más firmeza, besando tu cervix sin cuidado con la gruesa punta.

Más duro— apenas lograste susurrar

—¿Qué fue eso?— Él se detuvo y tú te quejaste

—M-Más duro

Soltó una ronca y breve carcajada, “Apenas me estás aguantando princesa, ¿quieres que arruine tu lindo coño? ¿Hm?”

Asentiste y acercaste tus caderas a él.

“No puedo decirte que no”.

Su agarre se apretó sobre tu trasero, sus caderas se acomodaron en un ángulo diferente y se enfundaron una vez más. Te llenó tan bien que los dedos de sus pies se curvearon nuevamente.

No te dio tiempo para comprender completamente tu realidad cuando una avalancha de embestidas fueron entregadas en tu goteante entrada .

Tu columna se arqueó mientras sus manos te manejaban como una muñeca de trapo sobre su polla. La única prenda que quedaba en tu cuerpo eran los tacones.

¿Dónde estaba cuando necesitabas un nuevo amigo con beneficio? No importaba.

No cuando él estaba castigando tu coño y llenando cada centímetro de tus adentros de tal manera que nadie te había hecho sentir antes. Era adictivo. Tu trasero rebotaba en sus manos con cada embate.

Te dejó las entrañas vacías con cada tirón que daba, sólo para volver a llenarte. Y una y otra vez. Él te había advertido, pero no escuchaste. Y ahora estabas disfrutando y sufriendo las consecuencias.

Su aliento caliente se abanicaba sobre tu cuello, por mucho que quisiera dejarte marcado como suya a pesar de ser solo una aventura de una noche, no podía dejar rastros.

No sabía si tenías a alguien. A ninguno de los dos les importa. Lo único que le importaba era sacar su ira y que tú lo disfrutaras. Te gustaba rudo, sin lástima o recato.

Se calmó y dejó caer tus piernas al suelo, la acción repentina provocó una incisión en el condón, sabía que tenía que detenerse y cambiarlo, pero te sentías demasiado bien y tus entrañas rogaban por él y ser arruinadas. Estabas demasiado excitada para darte cuenta. Simplemente te dio la vuelta y levantó uno de tus muslos, abriéndote como un libro.

Se enterró con un movimiento rápido y reanudó su implacable embestida, dejándote sin aliento nuevamente. Tus manos se aferraron con fuerza a la barra mientras él golpeaba tu necesitado y hambriento coño.

Los constantes abofeteos hizo que todo tu cuerpo temblara, incluso tu cabeza, que intentaba con todas sus fuerzas mantenerse dentro de la línea de cordura. Pero este ángulo le proporcionó no sólo el lugar perfecto para estimular a ambos, sino también un acceso más profundo y despiadado a su interior.

Su pecho se llenaba de orgullo cada vez que jadeabas, gemías, suplicabas y balbuceabas torpemente su nombre. A diferenciade ella.

Por Dios que estaba enojado. Enojado por las palabras denigrantes de que él no era lo suficientemente hombre como para seguir con sus estúpidas apariencias y payasadas.

Sollozaste mientras tu cuerpo temblaba con tal fuerza que era demoledor. Sus manos se hundieron tanto en tus caderas que se alegró de que tuvieras ese vestido para cubrir los moretones que te saldrían sin duda alguna. Su agarre, firme.

¿Cómo se atrevía? ¿Cómo Dana podía decir esas cosas cuando estaba haciendo que esta hermosa desconocida que conoció hace unos minutos fuera tan dichosa y feliz? ¿Cómo podía decir que estaba insatisfecha cuando él te lo estaba dando todo? La humedad no mentía. Y no sólo lo habías arrojado a chorros, sino que lo mantuviste empapado y bienvenido y no le hiciste preguntas.

Eras la conejilla de indias perfecta.

No te importó. Demasiado concentrado en tratar de no enloquecer por el placer que ciertamente te había faltado. Tus entrañas se contrajeron. Te veías y sonabas incluso mejor que ella cuando estabas recién cogida, a diferencia de los molestos gemidos silenciosos que Dana le daba, haciéndolo sentir inseguro de su desempeño en la cama.

Te dio una palmada en el trasero y una marca roja floreció en tu glúteo derecho.

Dana odiaba que la trataran con demasiada brusquedad. Pero a tí te encantó, incluso lo animaste a seguir nalgueándote. No sabía a quién culpar para llegar a este punto. A él mismo por permitir que las cosas se profundizaran hasta convertirse en esta miserable ira, o a Dana por acostumbrarse a su temperamento y acercarse a él una vez que las cosas estuvieran lo suficientemente calmadas.

Alimentando este comportamiento dañino solo por no dejarlo ir. A veces los momentos felices con ella no eran suficientes para él, pero se sentía demasiado cómodo como para ir y empezar a conocer gente nueva. No era alguien que socializara, pero toleraba el capricho lo suficiente como para conseguirle algunos favores entre la administración.

Si no fuera por el hecho de que estaba engañándola por despecho, definitivamente te pediría tu número para una segunda ronda.

Te viniste con el sonido más delicioso que jamás había escuchado, encendiendo su propio climax.

Se vació dentro de ti con un gruñido extasiado. Gruesas y calientes tiras de su esencia se derraman dentro del condón. Echó la cabeza hacia atrás y disfrutó de la liberación. La ira finalmente disminuyó.

Soltó tu muslo y salió dentro de ti. Algunas gotas se habían escapado a través del condón ahora roto. Sus ojos rodaron con molestia, lo descartó y se limpió. Sus dedos limpiaron el semen que goteaba de tu coño enrojecido.

—¿Sigues conmigo, preciosa?

Aterrizaste en el suelo con un ¡uf! Y se rió. Te acunó en sus brazos con una sonrisa. Tus piernas de Bambi tratando de controlarse mientras tú estabas de pie.

—Eso fue...— Sacudiste la cabeza riendo, —Lástima que no te conocí hace seis meses.

Él sonrió y se secó el sudor de la frente y el cuerpo, tratando de bajar el tono de su mirada peleada. Cogiste tus bragas y pronto te vestiste.

En verdad, hace seis meses estaba en la playa, tomando unas vacaciones improvisadas con Dana, celebrando uno de sus logros.

Sus manos alcanzaron tu cremallera una vez que te vio luchando con ella.

—Gracias.

El bolso olvidado en el suelo fue recogido y tus manos alcanzaron el artículo que estabas buscando. Le diste un par de toallitas desmaquillantes.

—Gracias —. Murmuró mientras salía del puesto. Seguiste sólo para reírte de tu reflejo. Todo el dinero invertido en el estilista, se acabó.

La barbilla enrojecida por el lápiz labial manchado, el rímel se había acabado, al igual que el delineador de ojos. Cabello encrespado y mejillas enrojecidas.

Cada uno de ustedes limpió, borrando la inmoralidad de lo que acaba de suceder. Poco a poco, empezaste a tener el mismo aspecto que tenías hace una hora. El cabello revuelto solo agregó un poco más de atractivo a tu apariencia.

—¿Seguro que puedes caminar?

Suspiraste, —Es un poco incómodo caminar después de meses sin sexo. Pero sí.

Corregiste tu sombra de ojos y luego tomaste el lápiz labial.

—Dios se toma su tiempo pero seguro que nunca olvida.

De nuevo, rió suavemente. Quizás debería pedirte tu teléfono. Sin embargo, la pantalla de su teléfono estaba encendida y exhaló, molesto.

—Gracias... Miguel, ¿verdad? Eso fue increíble.

El último acto de caballerosidad de él fue tomar tu mano y besarte el dorso de la palma.

—Gracias a ti hermosa. Que tengas una buena noche.

Salió.

Mientras te mirabas con aprobación en el espejo y te felicitabas mentalmente por tal hazaña, Miguel había abandonado el edificio.

Estabas en casa con una amplia sonrisa, sin darte cuenta de la artimaña en la que te habían arrastrado.

---

Llegó el lunes y te pusiste en modo trabajo. Recibir a los invitados y demás ejecutivos con una sonrisa era parte de su trabajo.

La ilusión de Cenicienta se había desvanecido, dejándote con una nueva expectativa que ningún hombre podría satisfacer. Los muslos se frotaron ante el recuerdo.

Pasó la tarde organizando archivos, recibiendo llamadas, dando información a la gente, organizando reuniones y despachando mensajeros.

Acababa de recibir un paquete, el nombre Dana D’Angelo grabado en la etiqueta de entrega. Treinta minutos más y podrás volver a casa. Las manos arreglaron tu cola de caballo por tercera vez.

Tus dedos escribieron la información mientras programabas las reuniones, cuando se acercó una morena con una melena corta.

—Hola. ¿Por casualidad llegó un paquete con el nombre de D’Angelo?

Su sonrisa era desarmadora, tenía el aurade una chica rica, bonita y frescaque irradiaba de ella. El tipo de aura que haría que la gente la mirara fijamente al entrar a una habitación.

—¡Sí! En realidad, lo acabo de entender.— Te levantaste de tu asiento para buscar el paquete. Un pequeño paquete de revistas de bodas y algunos folletos informativos sobre lugares y otros procedimientos relacionados con la boda.

—Ahí tienes. Firma aquí, por favor—. Señalaste el espacio mientras su mano deslizaba el lápiz sobre el papel. Caligrafía impecable cuando notaste un anillo de compromiso en su mano izquierda. Brillante y perfectamente ajustado a su dedo.

Suertuda

Tu sonrisa se estiró ante el pensamiento. Por supuesto, las chicas guapas como ella tenían un hombre de aspecto maravilloso como futuro marido.

—Dana, preciosa . Date prisa.

La voz familiar te hizo levantar la cabeza hacia el hombre. Para tu horror, Miguel estaba frente a ti, con un anillo dorado en su dedo anular, a juego con el de Dana.

Tu garganta se volvió seca y agria, como si te hubieran obligado a tragar un gran vaso de cenizas. El corazón latía tan violentamente que tuviste que agarrarte el pecho por un segundo mientras sus ojos se reconocían.

Un sutil ceño se frunció en su labio superior.

La comprensión golpeó a ambos más fuerte que un accidente automovilístico, tan repentino, inesperado y aterrador. Sin lugar a dudas, era el mismo hombre que te había dado el polvo más delicioso de tu vida, el mismo hombre que no usó su anillo mientras te follaba en el baño después de unos minutos de coqueteo.

El mismo hombre que frunció el ceño después de que Dana recibiera su paquete. Ojos penetrantes se apoderaron de ti. Ya no había en ellos lujuria, sino aprensión y desconfianza. Ninguno de los dos necesitó palabras para comprender las devastadoras consecuencias que se desarrollarían si su pequeño y sucio secreto saliera a la luz.

Rompe hogares

La idea te hizo palidecer. Te habías follado a un hombre comprometido. Un hombre comprometido la había atraído y utilizado. Eras parte de una mentira de la que la morena ni siquiera era consciente. Y ahora deseabas ser tan felizmente ignorante como ella. Sin ser consciente de su papel en esta mentira desgarradora y traicionera.

¡No no no!

Dana caminó adelante y Miguel la siguió. Náuseas subiendo a tu garganta, tu estómago se apretó de tal manera al verlos besarse y avanzar hacia la entrada.

¿Cómo podría? No no. ¿Como pudiste ?

Puta

Su mano envolvió sus hombros más pequeños en un abrazo amoroso mientras lanzaba una mirada de desprecio en tu dirección

Una mirada que se interpretaría como Cállate y note metas en mi camino.

Si tan solo la tierra pudiera tragarte y escupirte en otro lugar muy, muy lejano. Una amenaza silenciosa. Una amenaza que no estabas seguro de guardar para ti mismo. Tantas preguntas inundaron tu cerebro a la vez.

Como si un sinfín de voces te instaran a hacer lo correcto y ahorrarle a la mujer el dolor de descubrirlo por sí misma, al diablo con las consecuencias. Pero sus ojos y la promesa dentro de ellos hicieron que tus pensamientos acelerados se detuvieran. Era una persona diferente a la que conociste y no necesitaba palabras para dejar claro su punto.

Manten tu boca cerrada.

Zorra

Otro hombre se metió en tu periférico mientras te saludaba. Un visitante. La cabeza daba vueltas, voces tan fuertes que uno consideraba gritarles que se detuvieran.

En cambio, forzaste una sonrisa tensa y nerviosa al visitante que se te acercó.

“Bienvenido a Alchemax. ¿Qué puedo hacer por ti?”

Te quemarás.